miércoles, 29 de marzo de 2017

No busques el amor.


Tras un matrimonio fallido de dos años de duración, Arcadio tuvo una nueva aventura que tampoco fructificó. Parecía que eso del amor no estaba hecho para él, de modo que se pasó los siguientes ocho años en un celibato cuasi cartujano.

 A punto de cumplir los cuarenta, envidiaba la estabilidad y los hijos que sus amigos tenían. Sin embargo, a esas alturas encontraba dificultad para hallar pareja; creía que desentonaba en aquellos lugares donde buscaba, sin pensar que el amor no se busca, aparece cuando menos se espera, que la impaciencia lleva a la ansiedad, y ésta, al fracaso.

Para conseguir un fin, hay que poner los medios, pensó con su lógica, cual si estuviera en el trabajo. Y el mejor medio para vender, para venderse, era mostrarse tal cual en el escaparate más grande del mundo: La red.
Preparó una página tipo test con todos sus datos, sin trampa ni cartón y que vemos a continuación.

Nombre: Jesús Arcadio.
Edad: 39 años.
 Altura: 1.83 cm.
Peso: 76 kg.
Estado: Divorciado.
Hijos: No.
Trabajo: Estable (16 años misma empresa)
Salario: 60.000€ año.
Vivienda: Sí.
Hipoteca: No.
Coche: Sí.
Deportes: Sí.
Carácter: Extrovertido.
Creyente: A mi modo.
Aficiones: Trabajo, lectura, senderismo.
Manías: La puntualidad.

Con este currículum, parecía fácil presa para cualquier lagarta de las que pululan en busca de fortuna. Bien es verdad, en estas cosas siempre se disfraza, aumenta, disminuye, retoca con Photoshop, que nuestro hombre, tonto no era.

Arcadio recibió una cantidad de mensajes apabullante. Día a día tenía que eliminar la mayoría de ellos, eso sí, contestando educadamente que la candidata no encajaba.

Hubo una que le llenó el ojo nada más ver la foto mandada por whatssap. Concertaron una cita para el mismo día, Arcadio solo se tenía que desplazar treinta kilómetros.
La joven era tal y como la fotografía la mostraba, otra cosa era su personalidad engañosa. Si en los correos se había mostrado conversadora y de buena cultura, tras cinco minutos de conversación pudo comprobar que solamente le interesaba una cosa: El sexo. Arcadio pudo haber aprovechado un aquí te pillo aquí te mato, pero él no era de esos. Con una disculpa la dejó allí plantada.

La segunda seleccionada, iba de instruida, pero su conversación era tan insulsa, que Arcadio comprendió que lo que escribía simplemente era un remedo de lo que otros decían. Muchas risitas de por medio y citas a personajes importantes​ sin venir mucho a cuento. Le dio pasaporte a las primeras de cambio.

La tercera, además de impuntual, le envió una foto que en poco se parecía al original; era de cuando debía tener quince años menos. Ella, al ver que él no había mentido, se disculpó alegando suponer, que él habría hecho otro tanto.

Aquél sábado, se fue hasta el parque a correr un poco. El circuito transcurre por la margen izquierda del río, justo al borde. Rodea un bosquecillo de eucaliptos que van parejos a la calle y de nuevo al inicio. Tal parece que alguien eligió el lugar por diversas razones; la llanura del terreno, la humedad que proporciona el río, y el perfume de los árboles, todo ello bálsamo para los pulmones. Apenas son tres kilómetros por vuelta y siempre hay alguien, mañana o tarde. Unos hacen marcha, otros velocidad, pero los más solo corren para estar en forma.

Arcadio, ha finalizado su ejercicio, cambia camiseta, calzón y zapatillas por un chándal y una playeras junto al coche. Según costumbre, se va a la terraza frente al lago, separado de la pista por la calle donde suelen aparcar los deportistas y que va al viejo molino. Sentado a una mesa, se zampa un pepito de ternera y un botellín de agua mientras lee un libro.

Una joven que por allí pasea, lo ve, titubea, parece que no se decide. Por fin,  da media vuelta y va hacia él.

- Buenos días, yo le conozco. No sé de dónde, pero le conozco. Perdone, pero me ha llamado la atención el libro. Yo también lo estoy leyendo. Soy Susana.

La mano tendida de la rubia y esbelta muchacha, esperaba la correspondencia con una sonrisa reflejada en el rostro. Él, pillado de improviso, tuvo un momento en que su mente en blanco no acertaba comprender la situación. Por fin, la luz iluminó aquellas simples palabras, y reaccionó con un pensamiento casi lógico; Bueno, por algo hay que comenzar para iniciar una conversación, aunque me intriga tan ridícula disculpa de acercamiento. Más, si es una triquiñuela, pronto lo sabré.

Quizá ella ya había pensado lo mismo que él, o tal vez la comunión entre ambos fue tan fuerte, tan inmediata, que para aseverar lo dicho, le preguntó por dónde iba leyendo. Cuando Arcadio se lo dijo, compartieron las incidencias más notorias y dignas de mención hasta aquel punto por donde leía.

Eliminada aquella sombra de duda, resultó que eran vecinos. Hablando, hablando, la chica ya se había sentado y tomaban unas consumiciones.
Susana vivía con su padre viudo, en el piso sobre el establecimiento de antigüedades que regentaba frente al Hospital de la Cruz Roja. Arcadio vivía ahora al final de la calle, en la Plazuela de San Miguel, donde tenía un ático sobre una entidad bancaria. Pero sus padres, aún residían en la misma calle, y casi enfrente de ella.

- Entonces... ¿Tú eres Jesús?

- Sí, Jesús Arcadio. Casi todos me llaman Arcadio, menos mi madre.

A Susana se le subieron los colores.

- Hace veinte años que no nos vemos. Te recuerdo del verano en que me diste clases particulares.

Y Arcadio cayó en la cuenta de inmediato. Por entonces él tenía dieciocho y ella doce. Fue la única vez que dio clases a media docena de chiquillos, más o menos de la misma edad, para sacarse una pesetillas. Aquella imagen de la niña había permanecido durante mucho tiempo en su mente: Los pantaloncitos floreados, la camiseta sin manga que cubría aquellos senos incipientes. La rubia melena suelta, la cara de ángel y sus ojos de un azul tan claro que parecían de bebé. ¡Cómo no recordar, la situación que un día vivieron!

-¡No me digas lo que estás pensando, que ya lo sé!

Y su cara se arreboló aún más.

- Saliste corriendo al baño. Tardabas mucho y fui a preguntar si te pasaba algo.

- Yo te contesté que sangraba.

- ¿Por la nariz?

- ¡No! Por ahí. Te dije.

- Y yo comprendí, que de repente habías dejado de ser niña. Entré. Estabas sentada en el inodoro, lívida por la vergüenza. El pantalón en el suelo, escondiendo tus manchadas bragas entre los muslos.

- Abriste, sin mirarme siquiera, del armarito me acercaste una compresa de las de tu madre, y saliste. Volviste a poco, de alguna manera tenía que sujetar aquello, con una braga que me quedaba muy grande, pero que cumplió su cometido.

- Luego, te mandé para casa. Tu madre siempre agradeció lo que te enseñe, pero sobre todo, el tacto con que manejé aquella situación pese a ser casi un imberbe.

- Yo ya estaba sobre aviso. Mi madre me había dicho: Susi, vas a notar cambios en tu cuerpo. No te asustes si te pasa esto y aquello. Dejarás de ser niña, serás una adolescente, y a la vez que madura ese cuerpo, madurará tu mente. Cuando eso haya ocurrido, estarás en condiciones de ser madre. ¿Sabes que estaba enamorada de ti?

 - ¿Y tú, sabes que me gustabas en demasía? Aquél año me fui para Oviedo a estudiar, estuve en casa de mi tía Petra. Solo volvía en las vacaciones, pero a pesar de vivir casi frente por frente, no te volví a ver. Ahora vivo solo. ¿Y tú?

- Esperando mi príncipe azul. Algunos ha habido, pero nada ha cuajado. Tal vez tu recuerdo me lo impedía.

- Pues hagamos como si el tiempo no hubiera transcurrido. Vivamos la aventura que debimos haber vivido y que el azar nos robó. ¿SÍ?

- ¡Sí, vivámosla!



viernes, 24 de marzo de 2017

El cajón de mis recuerdos.


Voy a tener que ir al loquero, ya no aguanto más. En estas últimas semanas me viene sucediendo una cosa extraña: Sueño.

Muy natural, todo el mundo sueña. Querrás decir que recuerdas tus sueños cuando antes no lo hacías tan a menudo.

No. No es eso. Y tienes razón, me he expresado mal: Sueño... y vivo lo que sueño en una realidad aterradora, que no acaba cuando despierto. Al contrario, se complica aún más.

¿A mí me lo cuentas? ¿Acaso tú y yo no somos la misma persona?

Sí. Pero necesito la imperiosa necesidad de contárselo a alguien, y qué mejor que a ti, que soy yo mismo.

Mira por donde ahora tenemos doble personalidad.

No seas tonto, de sobra sé que hablo conmigo mismo, me ayuda a ver las cosas claras.

Bueno, pues a ello.

Mi sueño comienza siempre igual, aunque la temática es distinta cada día. Estoy sentado frente al televisor, vivo lo que veo de tal manera, que parece estuviera dentro de de él. Yo me digo, que solo sueño con esa playa donde las olas mueren mansamente en la orilla. Apenas una pequeña cinta de espuma las orla, y en el reflujo de la marea, va dejando charcos, y una arena húmeda de color más oscuro, más marrón que el resto donde no llega el agua, y que parece refulgir por efecto del sol. Aquí y allá, en esos charcos, aparece un minúsculo orificio por donde sale una pequeña burbuja que estalla. Se podría pensar, que es el gas atrapado que pugna por salir a la superficie. Posiblemente, pero hay más y sé muy bien de qué se trata. Recuerdo que cuando era un chiquillo, llevaba un puñado de sal en la mano. Allí donde había un agujero, echaba un poco y esperaba a que la navaja asomase a la superficie para cogerla. A veces, el rico molusco deja asomar nada más que su músculo, pero otras, con un ansia desmesurada, emerge a toda velocidad enseñando sus frágiles valvas de un marrón listado, en tonos rojizos a veces, otras de blanco nacarado.

La playa es muy larga, está desierta a finales de este marzo soleado. Por la derecha, los cantos rodados flanquean un pequeño riachuelo que allí desemboca. Alguien ha plantado siete palos en círculo, uno más grueso en el centro, sobre el que ha ido apilando piedras pequeñas sobre grandes. Por el número de estacas, llego a pensar en algo cabalístico, o sencillamente, que es una especie de escultura de un padre con su hijo. Lanzo la imaginación al vuelo: Quizá sea el altar sobre el que se hicieron ofrendas, recitaron mantras y entonaron cánticos, como en ese rito al estilo de la Puja budista, para eliminar las energías negativas. Solo faltan las banderolas de oración que dan ese colorido excepcional al Himalaya, donde los sherpas no suben sin realizar la ceremonia. No me resisto a colocar una piedra más, cual si esa fuera mi plegaria.
Recorro esa playa en toda su longitud y voy encontrando varadas en la arena cosas inservibles que la gente arroja convirtiéndola en un basurero: Botellas de plástico y cristal, la tapa de un inodoro, botes de refresco, tampones higiénicos usados.... Supongo que todo desaparecerá con la llegada del buen tiempo.

Mi sueño acaba sin ninguna incidencia, solamente una paz gratificante parece embargar mi alma. Pero cuando me levanto por la mañana y me preparo el café, encuentro aquella pequeña concha de vieira que en mi sueño recogí de la arena. Eso me deja aturdido. Trato de recordar cuándo y dónde la encontré en tiempos pretéritos, pero no es posible. Ayer mismo no estaba donde está, ni tengo noción de haberla tenido nunca.

Te contaré otro de los sueños de esta etapa, que finalizaron bien. Nuevamente estoy ante el televisor, y me adentro en él viviendo algo de singular belleza. A bordo de un barco turístico que quiere semejar un sampán, solo por su línea y sus velas, pues me parece por comparación demasiado confortable en su interior, visitamos la bahía de Ha-Long. Navegamos entre los islotes que los dragones de la leyenda escupieron, para formar una barrera defensiva contra los invasores chinos, en su intento de asentarse en aquellas tierras.
El atardecer es grandioso, el sol va hacia su ocaso dejando reflejos de oro sobre la superficie de un mar, completamente en calma. Unas traviesas nubes tratan de ocultarlo. Forman entonces el fondo bellísimo de un cuadro: el claroscuro de sí mismas, el más negro de los islotes, y el rojizo de ese sol que parece pugnar por sobrevivir.
Nunca he estado en Vietnam, y tal vez, viendo ese reportaje en la televisión, quedó grabado en mi mente cual si de verdad se tratara. Es posible que así fuera. Más, entonces, ¿de dónde han salido esos autorretratos a bordo de la nave, y que he encontrado en el mismo lugar donde estaba la concha? ¿Y quién es esa mujer que me acompaña? Grandes misterios de irresoluble solución.

La cosa se fue poniendo peor. Un día, me vi inmerso en el bombardeo de una ciudad que tiempo atrás fuera cosmopolita. Los proyectiles de cañones y morteros, hacían boquetes en las paredes de los edificios, mientras que los lanzados por la aviación, los reventaban cual sandía golpeada con un mazo. Cascotes, polvo, gritos y aturdimiento. Yo trabajaba como voluntario llevando heridos en una ambulancia. Cansado de tanto horror y sufrimiento, tome una determinación.
No me preguntes cómo, los sueños son así, pero allí estaba yo, en el Palacio Presidencial y con un documento de embajador plenipotenciario de un país aliado. Debía entregar una carta y un presente enviado al dictador, del que siempre he dicho tiene cara de pito. 
Puedo llegar a comprender, que en algún momento, en algunos países, se necesite un dictador que de estabilidad y prosperidad a sus gentes. Que acabe con los desórdenes, las hambrunas y la incultura. Lo que no comprendo es que las dictaduras, al igual que los reinados, se puedan perpetuar y trasmitir de padres a hijos. Ya pasaron esas épocas. Es así, que cerriles, la mayoría de esos dictadores acaban llevando al pueblo a peores situaciones. 

Es por ello que allí estaba yo, convertido en un fanático más. Tratando de acabar con las muertes de una guerra civil y la dispersión de sus habitantes, tal vez a costa de mi vida, y  la de un semejante.

El presente era una carabina bellamente adornada. Dos cajas de cartuchos; rojos los que concentraban el tiro, muy propios para animales de gran porte. La otra con cartuchos verdes, de apertura más dispersa, para caza menor. En ambas cajas había algunos trucados, con la pretensión de que al percutir uno de ellos, la poderosa carga fuera tan potente, que el arma reventara matando a su portador.

A fecha de hoy, no parece que el rifle haya sido disparado. El dictador continúa vivo, no hay noticia de ningún percance, yo tengo la muestra de los cartuchos sobre la repisa encima del televisor. Jamás he tenido contacto con un arma de fuego, ni he salido de mi país. La cosa no deja de ser sumamente inquietante. Es muy posible que alguien se haya apercibido del caramelo envenenado que dejé, que se descubriera el pastel, en una comunicación habida entre los dos mandatarios, como agradecimiento del presente recibido. De ser así, seguro que estarán buscando a aquel falso dignatario que hizo la entrega.  
Pero lo más inquietante, no es que lleguen a descubrirme y acabe muerto en cualquier cuneta. Lo es, el que ahora creo lo vivido en mis sueños. Y eso me acojona hasta el punto en que he regalado el televisor, y tengo la alarma del despertador programada para que toque cada media hora. Durmiendo a ratos, quizá deje de soñar.

 He desistido de ir al loquero. ¿Me comprendes, verdad?

Si, temes que por ese cabo lleguen al ovillo. ¡Para qué dar un cuarto al pregonero!

Exactamente. Además, con el remedio que me he dado, parece que la cosa funciona. Otra cosa es... ¿Qué hago con el cajón donde guardo tantos recuerdos?



miércoles, 22 de marzo de 2017

Matar es fácil: Triste realidad.



Para matar solamente hay que tener tres cosas: Motivo, arma, y oportunidad.

En ocasiones sobra el arma, con tener dos manos es suficiente. Un buen golpe con el canto de la mano en el cogote, y listo. Así se mataban antiguamente los conejos, y pienso que aún se hace.

Los motivos siempre están ahí. Más o menos ocultos, siempre hay un motivo. Por mucho que se diga "nadie sabe porqué lo mató", esta aseveración es gratuita. ¿Quién está en la mente del asesino? Desde el menosprecio al rencor, desde el interés a la propia defensa, desde los celos hasta la orden al verdugo, desde el placer al odio.

La oportunidad solamente es necesaria en ocasiones. El que planea un crimen, buscará la oportunidad, el que menospreciando la vida de los demás, mata, le es bueno cualquier momento, lugar y situación.

Si nadie matara, la pena de muerte es muy posible que no existiera. Aunque pensándolo bien, algunos siempre encontrarán motivos para privar de la vida, con la Ley en la mano.

A veces pensamos que nadie merece la muerte, otras por el contrario, que una sola muerte no es suficiente para pagar por lo que hizo. Controvertido parece el tema, pero no lo es en absoluto: Nadie, por cualquier motivo o razón, tiene derecho a quitar una vida.

Y sin embargo, asistimos cada día más o menos impasibles a la muerte de cientos de personas. A fuerza de ver ahogados que huyen de morir por el hambre o la guerra, se nos va formando un callo en el alma. Un callo que impermeabiliza, que hace resbalar el cargo de conciencia que un día pudimos tener. Con demasiada frecuencia, no queremos conocer esas noticias, apagamos la radio o cambiamos el canal del televisor. Estamos perdiendo la conciencia, alejándonos cada vez más, de una realidad que nos circunda.


sábado, 18 de marzo de 2017

El Blanco, el Oscuro y el Invicto.


Hubo no hace mucho tiempo, ¡qué son quinientos años para este viejo mundo! una mujer que fue tres veces reina en razón de sus matrimonios. Las tres veces enviudó, no sin dar a cada uno de los reyes un hijo, que a su vez fueron reyes de aquellos sus minúsculos reinos, cada uno al lado de los otros cual hoja de trébol.

El primero de sus hijos, era valiente, aguerrido y de buen porte, más demasiado crédulo. Lo llamaron Cándido, que significa Blanco. El segundo de ellos, era indolente, haragán, de verbo fácil, pero ambicioso. Lo llamaron Bruno (Oscuro). El tercero y más pequeño, era como su madre, menudo, listo y vivaracho, pero demasiado inteligente. Lo llamaron Aniceto (Invicto)

Los "pero", indican la parte negativa de todos ellos. Posiblemente, el ser crédulo, ambicioso o inteligente, no parezca peyorativo, todo depende del modo en que esas palabras, traducidas a hechos sean empleadas. Así, el rey crédulo, rayano en la estulticia, creerá las patrañas de sus consejeros y puede que le lleven a una guerra que solo unos pocos desean. No es malo tener ambiciones en la vida, lo malo es que esa ambición lleve al rey a desear lo que no le pertenece y para conseguirlo comience una guerra. En cuanto a la inteligencia, tampoco es mala en sí, solamente lo es, cuando se emplea para aniquilar al ambicioso y al crédulo.

Dicho lo dicho, a nadie extraña a estas alturas, que los tres hermanos se enzarzaran en una guerra fratricida por conseguir cada cual, lo que por derecho de herencia correspondía a los otros.

Todo comenzó, cuando el ambicioso maquinó un plan para hacerse con el reino del crédulo.
- Hermano, creo que Aniceto está preparando algo en nuestra contra. Ya sabes que nunca se sabe lo que maquina, y ha llegado a mis oídos que está reclutando un ejército.

- Será por culpa esos vecinos tan belicosos que tiene. Querrá darles un escarmiento.

- Si así fuera, ¿no crees que nos pediría ayuda?

- Ya, un poco extraño parece.

- Podíamos nosotros adelantarnos a sus planes. Hostigarlo un poco, tomar algunas plazas, quemar algunas cosechas y ver cómo reacciona.

- ¿Y no sería mejor hablar con él primero?

- ¿Acaso ha hablado él con nosotros? ¡No!  No podemos perder el factor sorpresa que tanto puede beneficiarnos.

Y Cándido cedió de buen grado a las pretensiones de su hermanastro, dada su naturaleza belicosa y en contra de lo que su consejero le recomendara.
Tranquilamente, las mesnadas de los dos reyes, se acercaron a un pueblo en el reino de Aniceto. Avisado el alcaide, de la presencia de hombres armados en la lejanía, salió con dos de sus soldados por ver a qué se debía tal movimiento. Al reconocer a los hermanastros de su rey, se tranquilizó un tanto, más su estupor fue grande cuando fue apresado, encadenado y encerrado en una de las mazmorras de la torre. Así cayó la villa en su poder, sin una gota de sangre, ni un cruce de espadas.

Cándido y Bruno arramblaron con todo cuanto de valor había, dejando al alcaide encerrado, y una guarnición formada por algunos de sus hombres para proseguir en el avance. Ni que decir tiene, que los pocos soldados de la villa se pasaron al otro bando. Ya se sabe; A rey muerto, rey puesto, aunque Aniceto aún podría dar mucha guerra.

Otras dos villas no demasiado lejanas, corrieron la misma suerte, colocando los hermanos sus pendones en lo más alto, como señal de pertenencia.
Estando la Corte de Aniceto lejos, no se enteraba de lo que en su reino sucedía, pues Bruno y Cándido no dejaban salir de los pueblos invadidos más que al vulgo a realizar sus labores en el campo.

Deseoso Cándido de participar en alguna batalla, propuso a Bruno atacar algo de mayor entidad, como la ciudad de Salsipuedes, donde había un buen castillo y su guarnición. Salsipuedes, que había quedado atrás por ser presa grande en un inicio en el que los dos ejércitos necesitaban conjuntarse bien, representaba ahora un peligro.

- Hermano, estoy cansado, padezco de melancolía, echo de menos mi cama y algunas otras cosas. Ve tú si tanto empeño tienes y no puedes esperar un par de días. Llévate algunos de mis caballeros y peones, pero prepara el plan con tiento no vayas a salir escaldado.
Cándido, temblando de gozo cual chiquillo con cosquillas, llamó a su capitán para comunicarle la decisión que había tomado; Vamos a la conquista de Salsipuedes, envía un espía para saber cuántos hombres la defienden, las puertas más accesibles y... todas esas zarandajas.

Un hombre a caballo ha llegado a la ciudad. Entra por la puerta del Alcázar donde dos soldados apoyados en sus alabardas, observan a aquellos que por razón de las mercancías que entran, deben de pagar el pontazgo. El hombre pregunta a uno de ellos por la residencia del alcaide al que ha de entregar en mano una carta, y por las estrechas callejuelas se dirige al lugar indicado.

Al día siguiente, Cándido sabe todo lo necesario para entrar en la ciudad. Es ésta un recinto amurallado, sobre un cerro que cobija una torre adosada al lienzo sur poco más alta que las almenas, la iglesia del monasterio, un par de casas señoriales, el mercado y las viviendas o comercios de sus moradores. Solamente dos puertas de acceso; La de la Carne, que mira al oeste y de pronunciada pendiente, así llamada por ser por donde entra el ganado para consumo, y la principal o del Alcázar en el lado contrario. El espía no ha visto más tropa que un par de docenas de soldados, los que están en las puertas, los de la torre y el palacio del alcaide gobernador, y algunos en las almenas.

El capitán del rey, entiende que hay dos problemas: por la puerta oeste es necesario entrar a caballo, a pie quedarían sin resuello; Prolongada pendiente y paso estrecho fácilmente defendible al tener que pasar los caballeros uno a uno. Por la puerta del este, el puente sobre el río que casi circunda el conjunto, es un cuello de botella; a ambos lados hay sendas plazoletas. Imposible el factor sorpresa por lo despejado del terreno. Una vez cerrada la puerta poco se puede hacer. Los atacantes se van a ver en un compromiso; los de atrás no pueden pasar y hacen tapón, mientras que los primeros, aunque llevasen un ariete, están a tiro de ballesta sin sitio donde revolverse y con la imposibilidad de volver grupas. Muy complicado acceder por los lados; por el sur hay que atravesar el río, trepar por los riscos y escalar la muralla. En el lado norte, aunque no existe río, lo escarpado de la pendiente lo hace imposible.

Cavila Cándido hasta lograr la solución, aunque el capitán tiene sus dudas.

Es noche cerrada y oscura. Se oye una voz:
-  Las dos de la madrugada han dado y alerta está el soldado. ¡Alerta el uno!
Otras voces  van contestando: ¡Alerta el dos! ¡Alerta el tres! y así se van corriendo la voz hasta que todo vuelve a quedar en silencio.

La tropa del rey, ha ido cruzando el puente de uno en uno, agachados, arrimados a los pretiles y sin meter ruido. Luego pegados a las paredes, esperan que con las claras se abra la puerta. Ese será el momento en que cual torrente impetuoso, entren a saco.

El capitán le ha pedido al rey que se quede en el rellano al otro lado del puente, hasta que consigan entrada franca. Pero Cándido, temiendo quedarse una vez más sin su combate, prefiere entrar a pie con los primeros. Ya le llevarán luego su caballo.

El sol de principios de verano, aparece radiante casi de sopetón sin que monte alguno se lo impida. Las piedras reverberan por su efecto, y ya se oyen al otro lado del portón las maniobras de apertura. Todos se aprestan para irrumpir raudos, mientras al otro lado del puente, entre las encinas que conforman un bosquecillo, el resto de la tropa espera camuflada a caballo.

Más la sorpresa es grande. La puerta no se abre, y las almenas se cuajan de ballesteros que asaetean sin piedad a los frustrados asaltantes. Sesenta hombres caen abatidos, heridos los unos, muertos los otros. Entre ellos el rey, que tampoco esta vez logró su ansiado combate.

Bruno, ha abandonado su lugar de descanso, y siguiendo en pos de su hermano, ha rodeado el bosquecillo y a apresado al resto del ejército de Cándido, que sin ánimos de lucha por no poder ayudar a su rey, se van a rendir a los que hasta ayer fueran sus aliados.
¡Traición! Exclaman algunos. Y buena razón llevaban. Bruno fue el que envió el emisario a la ciudad para advertir del ataque. El alcaide ha preparado su plan: manda un correo a Aniceto, que presto ha tomado su gente, y a marchas forzadas, pasa por los pueblos conquistados, ve los pendones de sus hermanos, libera, pregunta y llega para rodear a su vez a Bruno.

Bruno se encuentra ahora entre dos fuegos, los soldados de Cándido que retoman sus armas y van contra el traidor, tratando con ello de conseguir el perdón de Aniceto, y el rey Invicto. La superioridad numérica apabulla al indolente y oscuro Bruno, que arroja sus armas hincando la rodilla en tierra, en demanda del perdón.

Bruno ha entrado en la ciudad atado a la cola del caballo de Aniceto. Por mucho que ha tratado de disfrazar el asunto, y queriendo hacer valer la carta que envió avisando del ataque, de nada le ha servido. Ha sido juzgado y condenado. Penderá de una soga, mientras su hermanastro, despectivo, le lanza un ¡Ahora sal si puedes!

La suerte es la suerte, y el destino no se cambia así como así. El listo, no tuvo necesidad de demostrar que lo era, por lo que nos quedamos con las ganas de saberlo. Es cierto, que al menos en aquella ocasión, salió Invicto del trance.

Al Oscuro personaje, más le hubiera valido seguir siendo el indolente que decían era, en vez de pasarse de listo. En su mente estaba entrar en Salsipuedes con la muerte de su hermano como salvoconducto, y hacerse con la ciudad una vez dentro. Dos reinos en la mano y medio de otro. ¡Demasiada ambición y justo castigo!

El mirlo Blanco, es una rara excepción que se da en la naturaleza. El nuestro, el del cuento, no era mirlo, era excepcionalmente tonto como para dejarse embaucar, solo por demostrar su valía en la lucha. 


domingo, 12 de marzo de 2017

En esos tiempos...


Hubo un tiempo, en el que vivir en cuevas, entender de hierbas, y hongos, hacer pócimas y elixires, era sumamente peligroso. Sobre todo para las mujeres. Los hombres, aunque hicieran las mismas cosas, se refugiaban en un diploma, falsificado en muchos casos, que casi les exoneraba de cualquier acusación. Así, ya fuera cirujano, sacamuelas o barbero, podía trepanar, extirpar y recetar. Por contra, ellas podían ser acusadas de brujería, simplemente por fabricar un filtro de amor de muy dudosa efectividad.
En ese tiempo, la inmensa mayoría de la población era analfabeta, y pocos en los numerosos pueblos desperdigados por la geografía, se atrevían a poner en duda tal documento. Los niños del campesinado y de urbes de escasa densidad, debían de contribuir al sustento de la familia, razón por la que no podían acceder a una cultura escrita, monopolizada por clérigos, nobles o burgueses de alto rango. Era la tradición oral lo que primaba, calando en aquel caldo de cultivo las enseñanzas del clero.
Sin embargo, a menudo, las gentes acudían a la magia blanca de las brujas para ahuyentar la mala suerte, el mal de ojo, mejorar las cosechas, sanar las enfermedades o prevenir el futuro por medio de la adivinación.
La bruja, utiliza hierbas, ungüentos, filtros y alucinógenos produciendo la sugestión necesaria para hacerse imprescindible y conseguir su propio sustento. Para los filtros de amor, utilizaba, como afrodisíaco el Beleño. También la Belladona, pues la infusión de sus hojas servía desde antiguo para blanquear el cutis de las mujeres, y el jugo de su fruto aplicado en los ojos, producía la dilatación de las pupilas realzando su hermosura. La Mandrágora, poderoso narcótico, se usaba con fines curativos, o el Estramonio y el Floripondio, que pudiendo llegar a causar la muerte, eran de uso habitual.
Tal vez las brujas se propasaron tentadas por peticiones que se salían de lo corriente, dando paso a la magia negra que pretendidamente causaba el infortunio. Necesitaban para ello además del conocimiento de sus hierbas y potingues, de ritos con los que dominar a las crédulas personas. Esos ritos implicaban la invocación del lado oscuro, con lo que se apartaban de la religión y que fue perseguida por la iglesia como herejía.

Desde niña, Angélica - Tabita para los de casa - ya iba con su abuela Priscila al bosque donde escogían las plantas que se necesitaban para fabricar pócimas y ungüentos.

- Mira Tabita, esta planta se llama malvavisco. Podemos utilizar las hojas para preparar emplastos contra las picaduras de los insectos, o tisanas para las flemas de la tos, para lavar las quemaduras y otras muchas cosas, pero lo mejor es la raíz que hay que recoger a finales de otoño.
- Esta otra es la caléndula. Las flores sirven para tratar los dolores y desarreglos de la menstruación.

Y así iban recogiendo de aquí y allá para luego preparar en casa aquellos tarros con diferentes potingues, o colgar de una viga en el desván los ramos que debían ser curados.
La niña ha ido creciendo y aprendiendo de Priscila en ese arte que sirve de remedio a propios y extraños. Entre ambas existe una comunicación que va más allá del trato familiar; Llevan en sus cabezas la farmacopea necesaria para la asistencia en partos difíciles, las pulmonías, cólicos, torceduras o heridas, y que prodigan a los necesitados de ellas.
Pero pronto se establecerá una rivalidad con el hombre que ha llegado al pueblo: El médico.

Alonso de Contreras nació en 1550. Con 16 años se incorpora al tercio viejo de Sicilia como soldado, que en 1571 participa en la batalla de Lepanto contra el Imperio Otomano. Ya había estado en campañas contra los turcos como también las hiciera en Flandes y en la guerra con Portugal. Su última batalla la dio contra los ingleses en 1588 a bordo de una de las naves de la Grande y Felicísima Armada.
Con 38 años, cansado, da por finalizada su carrera en la milicia, sin sufrir heridas de consideración a pesar de haberse batido siempre en primera línea, siendo merecedor de los galones de sargento.
De regreso a su tierra, con la bolsa medio vacía, en peores se había visto, ya que estuvo tres años sin cobrar la paga por una de las bancarrotas del Imperio, se detiene una noche en un figón para reponer fuerzas. A la salida, cuatro hombres le cercan, y a la orden de la bolsa o la vida, responde sacando su acero.
La superioridad numérica no lo amilana, y a destreza, no le ganan aquellos galfarros con sus espadones. Estocadas van y vienen, hiere a uno de ellos que besa el suelo, a poco, otro más se retira con un agujero en el hombro, pero Alonso siente un resquemor en su mano izquierda. La sacude varias veces, sin darse cuenta de que ha perdido parte del pulgar. Ante el alboroto producido, salen curiosos los del figón, mientras que por la estrecha y empinada calle, se oyen ya a los alguaciles correr.

¡Qué extraña es la vida! Durante casi 23 años, ha participado en numerosas batallas, también en reyertas, incluso en algún duelo, y jamás tuvo una herida digna de mención. Es cierto que tiene cicatrices, que sus huesos están resentidos y algunos fueron rotos, pero hasta ahora nada le faltaba.
Contreras ha perdido la primera falange, y un poco más que el médico ha tenido que rebanar para cerrar sobre él la piel. Le va a quedar el juego y un pequeño muñón, que apreciará con el tiempo más de lo que ahora piensa.

Resuelto el asunto, con la mano vendada, y unas indicaciones de lo que debe hacer con ella, se encamina a la casa de sus mayores. Más en el camino, en el dorso de su mano herida aprecia una mancha parduzca y dura, ha perdido sensibilidad y algo de movimiento.

Cuando llega, desoyendo los consejos de su madre que le encamina a casa de Priscila, va ver al médico. Es este de trato un tanto altanero, orgulloso de la sapiencia que cree poseer, y que parece no estar valorada dada la escasa clientela. Sin duda el recién llegado es alguien que viene de rebote, alguien al que la bruja no ha sabido curar.
El galeno mira la mano. La herida ya casi está cicatrizada, pero aquella mancha... Coge una aguja y pincha. Alonso apenas lo nota. Pregunta si tiene alguna mancha más, Contreras dice que no. No obstante le pide que se desnude para comprobarlo y da su dictamen:
- Creo que es lepra.
A Contreras se le viene el mundo encima. Tanta miseria como ha encontrado por esos mundos, y ahora, cuando está en casa, esto.

Últimamente, Villa Serena de los Oteros, el pueblo donde nacieron Priscila, Alonso y Tabita, no hacía honor a su nombre; por fin tenían médico, había llegado Alonso tras muchos años de ausencia, recientemente nombraron nuevo alcalde y ahora anunciaban de paso para Galicia, a un dominico preclaro hombre de la Santa Inquisición. Más que serenidad, aquello era un sin vivir ante tantas novedades dignas de chismorreos. La peor de todas, la llegada del inquisidor.

El alcalde tenía que proveer aposento para tan distinguido – y temido – visitante y acompañantes; otros clérigos, una docena de soldados que en una carreta portaban diversos útiles de trabajo; potro, rueda, y una novedad, la doncella de hierro. A Dios gracias, que solamente se detendrían un par de días para descansar.

Sin embargo, las cosas se tuercen a veces, los propósitos mudan en función de las circunstancias, y estas pueden traer adversidades con las que nadie contaba. Así sucedió, que Alonso, buscando una nueva opinión, en cuanto salió de la casa del doctor, corrió a casa de la bruja como su madre le recomendara.

También el galeno le fue con el cuento al alcalde para que se anduviera con ojo, pues en el pueblo había un leproso. El alcalde, mandó a los alguaciles a casa de Alonso, con orden de que abandonara la villa antes de que acabara el mes; dieciocho días.

Priscila reconoció a Alonso a pesar de los años transcurridos, y trás muestras de afecto en recuerdo de cuando lo trajera al mundo, pasó a interesarse por lo que parecía Le preocupaba. Alonso le enseñó su mano y de inmediato llamó a su nieta, a la sazón en la veintena.

- Esta es mi nieta Angélica o Tabita como la llamamos ¿Qué te parece que puede ser esto, Tabita?

La moza tomó la mano entre las suyas, pasó la yema del dedo índice sobre la abultada mancha y preguntó:

- ¿Has tenido la mano vendada? ¿Con que te la trataron?
- Desde que me hirieron, ocho días he traído el emplasto que el cirujano me recomendó. Aquí está el ungüento que me he puesto sin duda más veces de las que me recomendó en mi afán por curarme. Lo cierto es que cuanto más me ponía, peor lo veía.

Las dos olieron el contenido del pomo, una pizca en la lengu, se miraron y comenzaron a decir la una a la otra lo que creían contenía:

- Ortiga - dice Tabita.
-  Aceite de oliva y harina de trigo para espesar -añade Priscila.
- Y tal vez acelgón - termina la otra.
- Ya, ¿pero qué es lo que tengo? No me preocupaba demasiado, pero me han metido miedo.
- Poca cosa y nada tiene que ver con la herida. Solamente se te ha endurecido la piel, suele ocurrir a las personas mayores, sobre todo en la cabeza, cara y manos. Los nervios se han atrofiado un tanto y perdido sensibilidad por un exceso del contenido del acelgón o mandrágora. ¿Verdad que te ocurre eso? Y posiblemente sientes mareos.
- Sí. ¿Se puede recuperar? ¿Estáis seguras?
- Sí. Tendrás que dejar ese ungüento y ponerte otro que te daremos. No temas, la base es inicua, lleva llantén.
- El médico de aquí me dijo que era lepra. No suelo temer por mi vida, pero si a esa enfermedad maldita.
- Puedes estar tranquilo Alonso, no es lo que te han dicho. En una semana estarás bien del todo. ¡Ah! ¡y tira ese pomo, puede matar a cualquiera que lo meta en la boca.!

La recuperación de Alonso Contreras fue casi inmediata, volvía sentir la mano y ya la flexionaba. Cosa del demonio, según don Elías, el médico, herido profundamente en su orgullo y que tenía en el alcalde su principal valedor. Ambos pertenecían a la burguesía… más o menos ilustrada.

A Elías le salió el tiro por la culata, tanto el alcalde como los alguaciles y algunos vecinos se encargaron de difundir el chisme, y ahora recuperado Alonso de lo que jamás había "tenido", se abrió una guerra descarada entre dos bandos, unos pocos a favor del médico y el resto de la bruja. Mala cosa ahora que ya llegaba su Ilustrísima el inquisidor.

Alonso empeoró la situación al pedir explicaciones a don Elías, y a punto estuvieron de llegar a las manos. El uno era de armas tomar, y exigió al médico pública rectificación del diagnóstico tratando de exonerar a Priscila. Más el otro era cerril y lenguaraz, fiando a su verborrea la resolución del litigio. Como quiera que no estaba dispuesto a pasar por tal vergüenza, amenazó a Alonso con los tribunales, y este respondió al modo en que acostumbraba: Lo retó en duelo.

Así estaban las cosas, cuando llega fray Tomás de Echenique que venía de Castilla de quemar un par de brujas, y se dirigía a Santiago de Compostela donde tenía su sede.
Por más que don Felipe el párroco, trató de convencer al inquisidor Echenique, de que la brujería no existía ni por asomo en Villa Serena, el fraile, celoso de su cometido, quiso ver indicios donde no los había. El alcalde había hablado más de la cuenta.

Aquel domingo, tras la misa y el sermón de don Felipe, el inquisidor, crucifijo en mano, se dirigió a los feligreses según costumbre. Les pidió que levantaran su mano y jurasen ayudar a Santo Oficio a perseguir la herejía y los delitos sexuales, pues delito era el ayuntamiento entre solteros y los actos contra natura.  Para que nadie tuviese duda, leyó el edicto de fe, una larga relación de las creencias y conductas heréticas, entre las que se encontraban la magia negra, el sexo con demonios, los aquelarres, las pócimas y ungüentos, blasfemias, bigamia, y la tenencia o lectura de libros prohibidos.

Esperaba el inquisidor que se presentara alguien para denunciar alguno de estos hechos, pero a pesar de las presiones recibidas, tratando de eludir el duelo, solamente el médico acudió de buen grado como acusación de dos posibles herejes. Más en cuanto vio la composición de la mesa, comenzaron a temblarle las piernas. Aunque el delator había recibido la garantía del anonimato, el miedo a que su nombre se difundiera era grande; allí estaban del pueblo; el párroco como teólogo calificador, el alcalde como jurista, y un alguacil como brazo de la ley. De los acompañantes del inquisidor, un clérigo fiscal y dos notarios.

Oída la acusación, se buscaron testigos que corroboraran la denuncia. En esos tiempos, en que mejor era ser acusador antes que acusado, los vecinos siempre unidos en penas o alegrías, comenzaron a distanciarse al ser llamados por el inquisidor.
Sibilinamente, el fiscal preguntaba si conocían algún acto reprobable y a alguien que los cometiese, y así, fueron elaborando un legajo del que se sacarían unas primeras conclusiones. Procedía llamar a testificar a los que sin saberlo fueron acusados.

La experiencia de Echenique le decía que el párroco llevaba razón, más, una vez puestos a ello, mejor salir de dudas. Interrogaría a las pretendidas brujas, y si respondían adecuadamente, daría el asunto por zanjado.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Priscila Rodríguez, sesenta años, soy partera y herbolaria.
- ¿Sabe el motivo por el que está aquí?
- Dado que conozco a casi todos los vecinos, supongo que requieren información de alguno de ellos.
- ¿Tiene algún estudio para desempeñar su cometido?
- Lo que sé, lo aprendí de mi madre que en la Gloria del Señor esté.
- ¿Cuántos niños ha ayudado a venir al mundo?
- Posiblemente más de quinientos.
- ¿Se le murió alguno?
- A mí no. Pero sí quiere decir si murió alguno en el parto, sí. Hay partos complicados donde muere el neonato, otros en que muere la madre, y algunos en que ambos fallecen. El Señor da, el Señor quita. Sus designios son inescrutables.
- ¿Fabrica pócimas y ungüentos?
- Sí.
- ¿Con qué fin?
- Con el fin de tratar de sanar al que lo necesita.
- ¿Y ha muerto alguien como consecuencia del tratamiento?
- Todos hemos de morir un día, los remedios solo son paliativos. Cada cual tiene su día y su hora.
- ¿Está casada?
- Soy viuda desde hace diez años.
- ¿Cobra por sus pócimas?
- No. Jamás he admitido una moneda. Es cierto que me pagan con su amistad, algún que otro capón, conejo o similar. El pueblo llano es pobre.
- ¿Es religiosa?
- Como cualquier otra persona. Acudo a misa los domingos y fiestas de guardar, comulgo al menos una vez al año, pago mis diezmos y guardo la vigilia. Bien lo sabe don Felipe que es mi confesor.
-¿Es cristiana nueva?
- No. Soy cristiana vieja como lo fue mi familia por ambas partes.
- ¿Qué opina de los actos carnales?
- Monseñor, creo firmemente que el cuerpo es un templo mayor que las iglesias y las catedrales, pues estas las hacen los hombres para gloria de Dios. Sin embargo, el cuerpo es Dios quien nos lo ha dado, por ello hay que tratarlo según las reglas que él nos dio; Creced y multiplicaos, simplemente. Tampoco se debe mortificar de la forma en que algunos lo hacen.
- ¿A quién se refiere?
- A usted monseñor. Por su manera de andar, intuyo que o bien padece de espalda y caderas, o lleva un cilicio que le aprieta en demasía.
- ¿Acaso es adivina?
- No. simplemente observadora. Ni adivino lo que está por venir, ni convoco a los espíritus, ni a las fuerzas del mal.
- ¿Cree que está aquí como acusada?
- Tal parece por la deriva que va tomando el interrogatorio.
- ¿Y quién cree que la pudo acusar?
- No lo sé, ya le dije que no soy adivina. No creo que nadie del pueblo pueda hacer tal.
- ¿Qué posesiones tiene?
- La casa donde vivo con mi hijo, su mujer y mi nieta. La heredé de mis mayores como mi padre la había heredado de los suyos. Mi padre, que fuera uno de los hombres que acompañaron a Magallanes y Juan Sebastián Elcano en su circunnavegación alrededor del mundo, la arregló con las soldadas adeudadas, y a una compensación por tal hazaña.
- ¿Hay rencillas entre usted y el médico?
- No por mi parte, apenas le conozco. Yo no trato de competir con él, simplemente atiendo a quien llama a mi puerta. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.
- ¿Como se llama su nieta?
- Angélica.
- ¿También ejerce de partera?
- Sí. Ella será si Dios lo quiere, mi sucesora.
- ¿Y también ejerce como bruja?
- Monseñor, bruja es quien se dedica a la brujería. Es sabido que el pueblo, falto de cultura, se asombra por poca cosa, tiene recelos sobre lo que desconoce, y fía en la tradición, aunque algunas veces se equivoca. Llama bruja a quien hace algo que ellos no comprenden, sin darse cuenta de que mide por el mismo rasero, a quien remedia, y a quien utiliza poderes mágicos otorgados por el diablo. Nosotras simplemente tratamos de curar por medios naturales.
- ¿Qué medios?
- Con ayuda de hierbas.
- ¿Y no hacen eso las brujas?
- Yo no sé qué es lo que hacen las brujas. Un cocinero, las mujeres en casa o en la fonda, emplean, empleamos para nuestros condimentos, ajo, laurel, tomillo o azafrán entre otras muchas hierbas. ¿Se ha de considerar eso como brujería? Usted es fraile, mejor que yo sabe que en los conventos se hacen bebidas espirituosas a base de frutos o cereales, que se escriben y adornan libros con el jugo de plantas y minerales, ¿es eso pecado? Si restañar una herida o curar una pulmonía a base de hierbas medicinales, se considera algo malo, ¿por qué se les permite a los médicos, utilizar los ungüentos y pócimas que hace el boticario?
- Usted responda y no haga preguntas. ¿No llaman a su nieta Tabita?
- Sí.
- ¿Tabita es nombre judío?
- Arameo, la lengua que nuestro Señor Jesucristo hablaba. Significa gacela, la empecé a llamar así por su agilidad y largas piernas.
- ¿Donde guarda las recetas de sus preparados?
- En la memoria. Aunque se leer, siempre he escrito tan mal, que luego era incapaz de leerlo.
- ¿Tiene libros en casa?
- Solamente la santa Biblia.

Ahora era el turno de Angélica. Echenique, tratando de pasar desapercibido, estaba recostado en un sillón en una de las esquinas de la sala. La vio entrar decidida, sin pizca de temor, espigada ella, un tanto arrebolada, color que parecía natural. Se quedó de pie frente a la mesa, mirando a sus componentes con curiosidad pero sin descaro.

- Diga nombre, años y a lo que se dedica.
- Me llamo Angélica Núñez Rodríguez, cumpliré veinte en septiembre si Dios lo quiere, ayudo a mi abuela Priscila en los partos y la herboristería.
- ¿Tiene algún conocimiento para desempeñar su cometido?
- Lo que he aprendido de mi abuela.
- ¿No ha estudiado o leído libros?
- No hay libros en mi casa, no los podríamos costear y quizá ni entenderlos. Todo se hace según la tradición y lo que la experiencia nos dicta.
- ¿Quiere decir que experimentan con las personas?
- No. No quiero decir eso. Todos los remedios aplicados son fórmulas aprendidas de memoria, que ya desde la antigüedad se vienen empleando. Es cierto que no a todos les sientan por igual, entonces se corrige esa fórmula.
- ¿Es eso lo que sucedió con el soldado?
- Efectivamente, monseñor. A Contreras se le inflamó la mano como consecuencia del golpe recibido y de la cirugía. El médico, le dio un remedio eficaz, pero con una dosis excesiva de uno de los componentes. Eso, y la mano prieta por el vendaje durante ese tiempo, produjo un agarrotamiento de los nervios y cierta insensibilidad. También tuvo una reacción benigna de la piel, que se confundió con una lepra en estado primario. Sin embargo, la lepra comienza por una mancha blancuzca y no marrón.
- ¿Soltera, o casada?
- Soltera.
- ¿Ha tenido contactos íntimos?
- Si me está preguntando si conservo mi virginidad, sí, la conservo.
- ¿Se atrevería a demostrarlo?
- ¿Acaso está poniendo en duda lo que digo?

Al Inquisidor le hubiese gustado ver aquel cuerpo desnudo, sobre la rueda o sobre el potro; piernas y brazos abiertos en aspa, los pechos enhiestos al cielo, el velludo y abultado pubis invitando a lo que él deseaba. Luego la liberación y el eterno agradecimiento. Echenique se respingó al darse cuenta de sus malos pensamientos y pidió excusas para salir un momento. Se fue a su aposento, se levantó el hábito, y apretó dos agujeros más el cilicio.

- ¿Cree que las brujas vuelan montadas en palos o escobas?
- No tengo motivos ni a favor ni en contra, jamás he visto una bruja.
- Entonces, ¿nada sabe de aquelarres?
- Monseñor, aquí celebramos la fiesta de Nuestra Señora, también la de Santiago Apóstol y la de San Juan, son las reuniones que congregan al pueblo y donde se baila al son de la música hasta bien entrada la noche. La magia, que no la superstición,  está en la fe que a todos nos une.
- ¿Cree en el demonio?
- Así nos lo enseñan desde pequeños. El demonio no solo habita en los infiernos, también en el corazón de los hombres. Es por eso que Jesucristo expulsaba los demonios de los posesos.


Tomás de Echenique estaba cansado física y moralmente. En cuanto a su estado físico, comenzó a mejorar cuando se puso la pomada que Priscila le proporcionó. Había arrojado lejos de sí aquel cinto con clavos que mortificaba su cuerpo, y no reparaba su alma. Respecto a lo moral también. Comprendió que sus propios pecados, no le permitían juzgar con ecuanimidad a aquellas mujeres, como a tantas otras ya sin remedio. Que no eran las herejes brujas acusadas por un hombre letrado que las acusó solamente por insidia, y que pese a ser unas palurdas pueblerinas, hablaban y actuaban en la vida con el convencimiento de buenas cristianas. Por ello, expuso a la mesa lo que pensaba, y todos le dieron la razón; no había caso que juzgar.

Una cosa quedaba por dilucidar: El castigo para el delator que por pura inquina había acusado a Priscila y Angélica. Se lo llevaron preso nadie sabe a dónde, ni por cuánto tiempo.


Villa Serena de los Oteros volvió a ser el pueblo tranquilo que fue, Priscila y su nieta continuaron con su vida, y Alonso Contreras, viendo que nada tenía que hacer allí, prefirió volver al tercio a luchar de frente contra sus enemigos. Parece que jamás volvió.