viernes, 22 de junio de 2018

El elixir maravilloso.



Introito:
Un tal Roderik MacNeill del que nada sé, pero personaje sin duda influyente, al menos para Alexander Carmichael, aseveraba  a este allá por la década de 1870, que la estirpe de las hadas nació como consecuencia de la venida a la tierra de los ángeles del cielo. Del tal Carmichael se sabe bastante más: Recopiló por toda Escocia en un trabajo memorable, oraciones, himnos, encantos, conjuros, bendiciones, poemas, canciones, proverbios, y todo aquello relacionado con el folclore de la tierra, editados en seis tomos bajo el nombre de Carmina Gadelica.
MacNeill le contó, si Carmichael le creyó o no es otra cosa, que, "el Ángel Rebelde, fomentó la rebelión entre otros ángeles para fundar su propio reino. Muchos lo siguieron, y viendo el Hijo que eran tantos como estrellas, y la ciudad estaba quedando vacía, se lo dijo a su Padre. Este mandó cerrar de inmediato las puertas del cielo y las del infierno, con lo que unos quedaron dentro y otros fuera. No teniendo los de fuera a donde ir, volaron hacia la tierra, más, temerosos de no ser bien recibidos, buscaron cobijo en cuevas, y con el paso de los siglos se fueron transformando exterior e interiormente en nuevas criaturas. ¿No os suena la historia?
Hay otra leyenda para el mismo tema y que a mí me gusta más. En ella se da por sentado que todos esos seres fascinantes, son los descendientes de los hijos - que Eva escondió por vergüenza - para que Dios no viera que aún estaban sin bañar. De hecho los lavaba en el río, cuando él le preguntó si todos sus hijos estaban allí, mintió ella, y el Señor la castigó haciendo que a partir de entonces nadie los viera.
Sea como fuere, ¡Qué sería de los cuentos sin las hadas sin los gnomos, trasgos, duendes, elfos, príncipes, princesas, brujas, ogros...! Dejarían sin duda de ser lo que son, se perdería la fantasía de las historias inventadas, de las que pudieron ser verdad y se envolvieron en un halo de misterio, de intriga o intimidad.
Hay quienes aún creen en la existencia de los descendientes de aquellos ángeles, transformados por el paso del tiempo y las distintas condiciones de vida que llevaron. Creen en los Pixies británicos, almas  de niños muertos sin recibir el bautismo, en los Leprechaun irlandeses, ricos, traviesos y aficionados a la zapatería. En La Vieya; mujer que puede cambiar de aspecto y tamaño a voluntad, apareciéndose joven o anciana, las Xanas, Anjanas, Mouras y tantos otros personajes recogidos en las tradiciones de comarcas y países con distintos nombres, pero similares formas o características. Yo jamás he tenido el privilegio de ver alguno de ellos, sin embargo, a una de mis lejanas abuelas nacida en Echterbosch, población holandesa próxima a la frontera alemana, le encantaba contar cuentos de seres fantásticos de uno y otro lado de aquella línea fronteriza. ¡Quién sabe si creía esas historias! Gracias a ella, y siempre por tradición oral, algunos llegaron hasta mí, y yo os contaré hoy el que más gustaba a mi abuela materna, nieta de aquella otra abuela.

El Elixir Maravilloso.

Estos son los intérpretes principales:
Parlerón; el gnomo.
Bellaura; la princesa.
Mirlitón; el mago.
Armagón; el hijo del leñador.
Lucanor; El Rey.

No lejos de las murallas de un burgo de mediano porte, habitaba un matrimonio con su hijo. Un hijo al que el padre deseaba ver crecer con; carácter, fuerte, resistente y a la vez maleable, para encajar los golpes que da la vida, como si de una armadura indeleble estuviera recubierto. Por ello, como si eso fuera suficiente para lograr su deseo, le puso el nombre de Armagón.

El muchacho fue creciendo alejado de los otros chicos, siempre metidos en peleas a imitación de los soldados, oficio que deseaban para ellos. Armagón gustaba más de aprender en los libros que su madre le llevaba prestados, de la casa del burgomaestre donde servía. Amigo de la naturaleza, era conocedor de plantas, hongos y toda clase de animales, a los que repetía aquellas fábulas que leía, y cuentos que la abuela le narraba.

Cuando llegó a la edad propicia, el padre estimó que debía aprender un oficio, y dado que él era un simple leñador, vista la naturaleza soñadora del hijo, quiso algo más liviano para él. Lo envió con un sastre que pronto se deshizo de él, porque embobado con los trinos de los canarios enjaulados, enfilaba las tijeras a desmano de las líneas trazadas, cortando unas veces de más y otras de menos. Lo mandaron al taller del zapatero, y este lo puso a limpiar calzado mientras iba aprendiendo la labor del maestro. Pero él se preocupaba más de atender a los animales de la casa, que de encerar los hilos para coser el cuero, o  a recortar tacones. También lo despidió. Igual sucedió con el herrero, y el carpintero. Todos se deshicieron de él, el uno porque la fragua se apagaba por falta de carbón y fuelle, y el último, por estar más ocupado con gallinas, perros, gatos, que a la pesada labor de lijar tablas.

Vuelto a casa sin oficio ni beneficio, sus padres no le auguraban un buen futuro. Quiso el destino que acertara a pasar por allí un tío, hermano de su padre, guardabosques del Rey, y que al chico puso los dientes largos con el ofrecimiento siguiente: "En casa tengo una jauría de perros a los que podrás alimentar y cuidar. Perseguirás liebres, conejos y venados, sacándolos de sus escondrijos cuando el rey venga a cazar"
Feliz con tal proposición, se fue con su tío y comenzó a cuidar de los perros a los que alimentaba, limpiaba y sacaba a corretear por el bosque. Hasta que un día, se llevó el disgusto de su vida. Para el sustento de la casa, el guardabosques mataba toda clase animales que se le ponían a tiro, los unos para la cazuela y los otros por el valor de sus pieles. Disgustado y lloroso al ver aquellas muertes, discutieron. "Si quieres ganarte el pan que te comes, has de cambiar de actitud", le dijo airadamente el guarda. Y ordenó: "Vete al bosque y trae una corza que he dejado herida en el robledal". Armagón fue para contentar a su tío.
La corza estaba tendida sobre la hierba. Herida en una pata trasera, podía haber tratado de huir, pero no lo hizo. Con sus grandes ojos miró al chico emitiendo unos sonidos casi inaudibles. La cogió en sus brazos y caminó hasta el arroyo para lavarle la sangre, luego, la vendó con un trozo de su camisa. Quiso ocultarla sin saber bien donde, pero ella le fue indicando el camino; una especie de ladrido ronco para indicar que por allí no, el piido suave para el correcto. Llegaron a un claro resguardado por una pared a un lado y árboles en derredor. Entonces se revolvió el animal hasta que Armagón lo depositó en el suelo.  La corza se izó sobre la pared posando sus manos en una llábana llena de verdín. Pateó la piedra con movimientos rítmicos a la vez que emitía un nuevo sonido. Tal parecía una contraseña, pues a poco, semejando la puerta de la cueva de Alí Baba, la losa se movió dejando paso franco. Por el hueco se introdujo indicando con la cabeza que la siguiera. El chico se fue tras ella encorvado por la poca altura de la galería, estrecha y oscura. Pasados unos metros, una fosforescente luz la iluminaba; cientos de luciérnagas asidas a las raíces de los árboles eran las causantes. Llegaron a una estancia donde encontraron un gnomo. Se presentó como  Parlerón. Tras sacar el plomo a la corza, ambos empezaron a dialogar en la jerigonza del animal. Armagón estaba embobado contemplándolos, y más cuando el hombrecillo le contó como los animales todos, le habían hablado muy bien de él.

- Ya que eres bondadoso con ellos, te voy a recompensar con algo muy valioso. Te daré un elixir para que comprendas el habla de mis protegidos, así sabrás lo que saben de los hombres, te servirá para mejor defenderlos, y puede que en tu propio provecho. Toma un par de gotas de este pomo cuando quieras saber lo que te dicen.

Armagón volvió a casa de su tío, que al verle llegar sin la corza, le increpó duramente: "¿Donde está la corza? ¿Es que ni para hacer un simple mandado sirves?" La disculpa del muchacho fue sencilla: "La he dejado marchar porque me dio pena". Entonces el guardabosques enfurecido lo llamó blandengue, bueno para nada, y como hicieran los otros, le echó de casa."¡Largo de aquí, vete a buscar la vida a otro lado, o que te mantenga tu padre!"



Con el hatillo al hombro caminó por la vereda del río. Olmos y abedules jalonaban las orillas, apareció la pradera junto a un remanso, y se acercó a refrescarse. Fue entonces que las ranas comenzaron a asomar sus cabezas fuera del agua, o asentadas sobre las plantas acuáticas. Cuando el muchacho se sentó, ellas comenzaron a croar. Tanto insistían en su canto, que Armagón pensó.... "¿No será que quieren decirme algo? Sería un buen momento para probar el elixir de Parlerón". Se puso las dos gotas bajo la lengua y dijo:
"Ranitas, de una en una, que con tanto croar no me voy a enterar"

Entonces, la rana más gorda de aquella especie de charca, dio un par de saltos y se colocó en primera fila.

"En una bolsa escarlata
hay en el fondo oro y plata 
también esmeraldas y perlas
que ciegan de solo verlas"

El muchacho lo buscó, y hallado el tesoro, lo sacó para esconderlo en otro lugar. Tomó una moneda de oro y tres de plata solamente, pues por el momento no convenía hacer ostentación.



Comenzó a caminar hasta llegar a una aldea, y viendo que la noche se acercaba, buscó aposento en una posada. El posadero le dio una pequeña habitación con una ventana a la que se asomó. Enseguida oyó el ulular persistente de un cárabo, y sabedor Armagón de que en muchos lugares se le asocia con la mala suerte, incluso con la muerte, se puso dos gotas en la lengua para saber lo que anunciaba. 
Houuuu, ho, ho, ho, houuuuu, volvió a la carga el ave. Y él maravillado entendió:

 "Ahora rápido debes escapar
el posadero y su criado
son rufianes de cuidado
 planeando robarte están"

Y aunque apenas si tenía algo que robar, solo las cuatro monedas llevaba, salió por la ventana dejando la lámpara encendida. Pasó al tejado, de allí a un árbol próximo desde donde escondido vio como el posadero y su criado, portando sendos cuchillos, lanzaban imprecaciones ante el fallido robo.

Tras pasar la noche durmiendo al sereno, despertó entumecido, así que empezó a caminar a buen paso. En un prado encontró un precioso caballo blanco que al verlo comenzó a relinchar quedamente, le acarició la frente, pero el équido, con ojos tristes y mirada insistente, continuaba relinchando. Dos gotas tomó nuevamente Armagón, y esta especie de acertijo fue lo que escuchó:

"A lo que te voy a decir Armagón
presta mucha atención:
Se encuentra triste y llorosa
de sangre solo una rosa
podrá aliviar su dolorido corazón"

Comprendió el muchacho que alguien estaba en apuros, y montando sobre el caballo le dijo:

"Presto me has de llevar
adonde está ese doliente corazón
por ver si se puede encontrar
al caso una solución"

Y el animal lo llevó hasta un palacio por cuyas puertas entraban las gentes en busca de información. Caras apenadas, quedos murmullos, más, cuando vieron a Armagón sobre el caballo, cambiaron sus expresiones mostrando un júbilo desbordante.
¡El caballo del rey! ¡Sí, sí, es el caballo del rey! Exclamaron, y todos atropelladamente le preguntaban dónde estaba su señor Lucanor. Armagón, que ni idea tenía del motivo por el que a él se dirigían, pidió ser llevado a presencia del dignatario que lo representaba. El anciano de luenga barba, alertado de lo que sucedía ya salía a recibirlo. Por él supo Armagón la desgracia que vivían en la ciudad, y pronto, si no encontraban remedio, en el reino entero.

- Nada sabemos de nuestro señor, desde que el mago Mirlitón se presentara en palacio con la pretensión de casarse con la princesa Bellaura. Como quiera que ni a la princesa ni a su padre, les gustó la arrogancia y el horrible carácter del viejo y feo Mirlitón, este les lanzó un conjuro. Desde ese momento, la princesa se va ajando de tal forma, que un día transcurrido es como si hubiese pasado un año. Del padre nada se sabe, desapareció a la vez que el caballo, pero si lo del noble bruto tiene explicación; el caballo huyó porque se mostró reacio a dejarse montar por el mago, que lo apaleó, para la desaparición del rey no la hay. De ahí el júbilo de tu recibimiento, al aparecer el caballo, pensamos que nuestro querido monarca también habría aparecido.
- ¿Y dónde está ahora el tal Mirlitón?
- Según dijo, iba a su morada de las montañas para recoger unas pertenencias antes de la boda. Piensa quedarse a vivir aquí.



- Bien, vayamos por orden, lo primero la princesa, después nos ocuparemos del mago o del rey según convenga. Conducidme a sus aposentos y veamos si su mal tiene remedio.
Camino a los aposentos de la princesa, Armagón hubo de pasar por un claustro de arcos al que llamaban De la Reina, pues circundaba el jardín donde la difunta madre de Ballaura gustaba del esparcimiento cultivando flores. El joven recordó la rosa que le mencionara el caballo, y presto inició la búsqueda de la roja flor. Encontró el rosal junto a una cantarina fuente, eligió la más bella y la cortó. Siguió su camino hasta una pequeña puerta que comunicaba con la sala del trono. La estancia era un rectángulo de altas paredes en las que había grandes ventanales en la parte superior por donde se colaba la luz, varias puertas en la inferior... y nada más. Solamente un pequeño estrado, y sobre él un sencillo sillón a modo de trono. La sala completamente vacía, sin otro ornato que un techo pintado de negro, donde miles de cristales de colores, semejantes a piedras preciosas, daban la apariencia del mismo firmamento cuando eran iluminados por el sol, o las flamas de las velas en los candeleros. Sentada sobre un cojín, en el suelo, se hallaba la princesa absorta en sus negros pensamientos. Al entrar Armagón, Bellaura se cubrió la cara con el velo, y preguntó:

- ¿Quién sois y qué queréis?
- Me llamo Armagón señora, y creo tener el remedio para vuestra desesperanza. Por favor, tomad esta flor y aspirad su perfume.

A la princesa aquella propuesta le pareció banal, la quimera de un alucina... de un joven guapo y apuesto, rectificó su pensamiento al verlo. Alargó la mano y aspiró profundamente. Al instante su ánimo se vio libre de toda su pesadumbre, de la melancolía que padecía desde que Mirlitón apareciera por el palacio. Salida de su abstracción, se interesó ahora por la aparición el caballo de su padre, ya que ninguna atención había prestado al noble anciano cuando este se lo contó. Aún cuando o su ánimo se recuperó, no sucedió semejante transformación con su físico, dos meses habían pasado desde el hechizo, sesenta años sobre los diecisiete hacían setenta y siete; arrugas, verrugas, nariz y orejas grandes, espalda cargada... ¿Dónde estaba la hermosura de la bella, el aura que la hacía resplandecer?

Ya se disponía el joven a despedirse alegando que aún le faltaban por cumplir dos misiones; encontrar al rey, y ver la manera de librarse del brujo y sus hechizos, cuando entró la gata Sultana acompañada de sus cuatro gatitos. Se fue hasta Armagón en cuanto lo vio, y enredándose entre sus piernas con el rabo en alto, comenzó a miagar a la par que lo miraba a los ojos.
Comprendió el joven que algo le decía, y otras dos gotas del brebaje tomó, y esto fue lo que entendió:

"Pon remedio a esa figura marchita,
 a los achaques de la princesita.
Propón que con agua clara
de la fuente cantarina
se lave la cara
y volverá  a ser divina.

Y Armagón corrió al patio De La Reina, de la fuente llenó un caldero con agua y regresando a la estancia, le pidió que se lavara la cara.
De nuevo pensó la princesa que el joven estaba un poco loco, más... si el remedio de la flor había acabado con toda su conturbación, alguna razón había de tener para pedirle aquello. Se apartó el velo, haciendo cuenco introdujo las manos en el caldero y se echó el agua a la cara. En ese mismo momento, comenzó a sentir como su flácida piel se tensaba, cómo los músculos todos de su cuerpo recuperaban el vigor, se enderezaban los torcidos huesos, y volvía a ser la hermosa joven de dos meses atrás.
De inmediato Armagón quedó prendado de la princesa, también se dio cuenta de que con aquella pinta de pueblerino, Bellaura no se iba a fijar demasiado en él. Ni siquiera Mirlitón lo consideraría un rival de entidad. Necesitaba mejor porte para enamorar a la una, y que el otro se fijara en él como competidor y así tratar de anular sus trucos.
Armagón, en el caballo del rey, partió hacia su ciudad, pasó por el bosque en busca de más monedas con que pagar vestidos y armadura, entonces oyó el insistente y monótono canto del cuclillo que de rama en rama parecía seguirlo. Nuevamente tomó las dos gotas y escuchó:

- "Cucú, cucú
Merlitón brujo y mago odioso
con el anillo el hechizo lanzará,
aparta de su camino brioso
e interpon un espejo donde se reflejará.

De dónde tenía escondido el tesoro, se llevó una buena bolsa, y ya en casa de su antiguo maestro el sastre, merco elegantes trajes, en la del zapatero botas y zapatos de gran hebilla, al herrero una coraza bruñida le pidió, un morrión de bello plumero y espadín de hermosa empuñadura. A seis criados que a su servicio tomó, mandó guardar todo aquello en sendos baúles, comprados al carpintero y que subieron a un carruaje. Pasó por casa de sus padres que no salían de su asombro,  sobretodo cuando recibieron una buena bolsa de oro y la promesa de que les llamaría para una boda que pronto iba a concertar.
De camino nuevamente hacia el palacio, Armagón, que no había dejado de pensar cómo podría vencer a Mirlitón, escuchó la conversación de dos tórtolas turcas:



- "Cucurrú, cucurrú.
El bueno de Armagón
tiene un problemón
ha de encontrar al rey
y acabar con Mirlitón.
Cucurrú, cucurrú.
Para el mago Mirlitón
parece tener solución
para el rey diremos nosotras:
No debes ser sacapotras
Cucurrú, cucurrú.
En Lavandera dentro del carbayón
con un tajo de arriba abajo
debes abrir el milenario roblón
y saldrá el rey sin trabajo.
Cucurrú, cucurrú.

Y así lo hizo Armagón, llegado al pueblo de Lavandera, desenvainó el acero dando un tajo al árbol. Apareció el rey como por ensalmo, y una vez fuera, el roble se cerró de nuevo, ni un rasguño le quedó. Tras contar al desorientado Lucanor los sucesos acaecidos desde su desaparición, quiso Armagón tornar el caballo a su dueño, más el rey le dijo: "En mucho lo estimo y por defenderlo del malvado, así me vi condenado. ¿Quién mejor que tú, que bien lo entiendes, podrá conseguir con él lo que pretendes?"

Ya en palacio, prepararon la estrategia para cuando llegara el mago, veremos el resultado, pues las fanfarrias que lo acompañaban, anunciaban la llegada de Mirlitón. Cuatro carretas con matraces, probetas, pipetas y gavetas, tortas y retortas, alambiques y potingues, activos y reactivos, muflas y chuflas, morteruelos y crisoles a más de otros innumerables traía con él. Pero, al entrar en la plaza de la armería, las fanfarrias callaron. Un silencio sepulcral en el ambiente, ni una tos, ni un carraspeo, ni un movimiento a pesar de que la gente de toda la ciudad se encontraba allí. Sentados El Rey y la Princesa con Sultana en el regazo, todos los demás de pie. 
Se bajó Mirlitón del carruaje sorprendido, airado y contrariado, y dirigiéndose  hacia Lucanor, con voz chillona preguntó:

- ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Y Lucanor le respondió:

- Sucedió, que el más inteligente, bondadoso, humanitario y servicial de todos los hombres, el mejor, el más grande de todos los sabios, ha deshecho tus mortíferos hechizos y va a acabar ahora con tu poder. ¡Este es: Armagón!

Mirlitón, que destilaba odio hasta por las orejas, miró al erguido joven con las manos a la espalda, y confiando en su poder, lanzó su conjuro:

- "Ego convert haec homine in rat"*

Del brazo al frente, la mano por delante, el puño cerrado, partió del anillo un rayo de luz cegadora dirigida a Armagón. Más, apartando la capa que cubría su pecho, apareció la bruñida coraza que repelió el rayo como le dijera el cuco, y que de rebote dio de lleno en Mirlitón. Una blanquecina nube lo envolvió por un momento, luego, el mago fue menguando, menguando hasta que desapareció. Solo sus ropas quedaron en el suelo, y de entre ellas, huyendo salió una rata, que prestamente Sultana atrapó.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.  Solamente falta decir:
Bellaura y Armagón se han casado, van a ser felices aunque no comerán perdices. El elixir se ha terminado, a Armagón no le importa, ahora comprende y habla el animalingua. Mirlitón vive en una jaula de la que no sale, no porque no pueda, pues está abierta; teme demasiado a los enredos de los gatitos de Sultana.

* Aunque ahora parezca que ya no viene a cuento, la traducción del latinajo viene a ser más o menos: "Voy a convertir este hombre en rata".

 19/06/2018






lunes, 26 de marzo de 2018

La avaricia puede llegar a romper el saco.



El teniente de la guardia civil, se presentó con todo el personal del cuartel a su mando; un sargento y seis números. El jefe de la policía local, con otros cuatro. La plaza de la iglesia, estaba abarrotada de gentes, bien amigas, bien conocidas, pero sobre todo curiosos que venían a ver si se armaba la gorda.

Llegó el cortejo. Los designados llevaron a hombros al prohombre y lo introdujeron en el templo para el funeral. Un general sentimiento de fastidio o de escepticismo, hizo que muchos de ellos entraran en los bares a esperar... por si acaso.

A mitad del servicio, cuando el sacerdote principal, cuatro eran los oficiantes, glosaba las virtudes del fallecido, un rumor se extiende afuera:
- ¡Ha llegado el juez! ¡Ha llegado el Juez!

Los mandos de las fuerzas del orden lo saludan. Manda el juez que distribuyan a sus agentes, el grueso de los civiles en torno al coche fúnebre, y delante, el Land Rover. Los municipales a lo suyo, mantener un pasillo a fin de que tanto curiosos como los que quieren dar el pésame, lo hagan sin apelotonamiento.

Ya sale el cortejo, juez y mandos muestran sus condolencias a los familiares y acto seguido la autoridad judicial alarga un documento al mayor de los hermanos. Empieza la discusión que se agrava cuando dos hombres hacen acto de presencia colocándose al lado de las autoridades.
La cosa se calienta. Los cinco hijos del difunto increpan a los recién llegados, y hacen ademán de irse a las manos.

- ¿Qué coño es lo que queréis, desgraciados? ¿A qué viene esta pantomima de mierda? ¡No sois nadie y nada os llevaréis!
- ¡Hijos de mala madre! ¿Cómo se puede hacer esto y en este momento?

- Nosotros también somos sus hijos, mal que os pese. Solamente queremos lo nuestro, y ya que no habéis querido por las buenas, sea por las malas.

Los guardias mantienen una barrera entre los dos bandos, el coche de la guardia civil arranca, tras él la funeraria. Se tomará una muestra para analizar el ADN del fallecido, y que como todos en el pueblo saben, va a dar una probabilidad del 99.9%.

El motivo por el que se ha llegado a esta cuestión, está claro. El prohombre ha tenido dos hijos fuera del matrimonio, y ahora reclaman se les dé lo que él no quiso dar en vida.

Don Anastasio de la Fuente González, heredó de su padre tierras y fortuna. Vivía en la casa familiar con criados y doncellas, y una mujer que también aportó lo suyo al matrimonio. En el pueblo sabían que era hombre entregado a su trabajo, que había rechazado en varias ocasiones el puesto de alcalde,  sus obras en beneficio del pueblo; el campo de fútbol se instaló en terrenos por él donados, el depósito del agua potable y otras cosas de interés general lo avalaban. Sin embargo, siempre hay un pero en toda vida, lo que espléndidamente regalaba a los demás, lo racaneaba a los suyos. Y no solo eso, era además un licencioso en lo tocante a las mujeres.

Delfina Couto Silveira entró al servicio de la casa cuando apenas contaba catorce años. Pequeña de estatura, era vivaracha... y muy linda. Desde antes del matrimonio, Anastasio tenía relaciones con ella, y el mero hecho de casarse con una señorita de bien no iba a cortar aquella relación. A los cinco meses de tener su primer hijo legítimo, Delfina tuvo también un niño.
A pesar de los reproches que la mujer hacía al marido, Delfina continuó en la casa donde crió al pequeño bastardo. Una hija más y otros tres hijos varones tuvo el matrimonio, y la criada, por no ser menos, alumbró otro hijo.
La señora de la casa no rabió de casualidad, pero esa rabia, la había de pagar aquella que desafiante la miraba con sonrisa burlona. Al jefe del clan, al ordeno y mando, nada le podía decir su mujer. Cuando ella sacaba a colación cualquier conversación en contra de Delfina, él la cortaba con un "Suay, Suay, Suay", expresión que todos entendían como "Suave, tranquilos y a callar". En realidad, la palabreja, que ya utilizaba el abuelo de Anastasio, no era sino el nombre de una población de Filipinas adonde lo llevó el ejército, y donde hizo fortuna.

La señora seguía los pasos de la criada por la casa, la asignaba los trabajos más ínfimos, le escatimaba la comida para los niños, medía el aceite, contaba los chorizos, los huevos... y posiblemente hasta los garbanzos por ver que ella no los robara. ¡Porca miseria! Para encima, la fámula no tenía sueldo, trabajaba y se dejaba fornicar, por la comida, el vestido y un billete de cinco duros que el señor le dejaba en la mesilla, y no siempre. Ya se puede suponer de qué trazas andarían madre e hijos.

Cuando Avelino Couto Silveira, hijo de padre desconocido, cumplió los diez años, Anastasio le regaló un coche de bomberos de hojalata. Tres días después, Abandonaron aquella casa. La señora había por fin ganado la partida. Dos mil pesetas a escondidas le dio el señor, por quince años de trabajo y desahogos a voluntad.
Delfina se refugió en casa de su madre. Vivía la vieja sola y sin marido, que se lo llevó la guerra, cuidando las patatas y las berzas en un pequeño huerto del que habrían de comer ahora los cuatro. Porque, encontrar otro trabajo... Los que se lo propusieron buscaban lo mismo que le diera a su anterior amo. Y eso, ¡nunca jamás!

Las pesetas se fueron gastando, y con doce años, Avelino entró a trabajar como aguador en la cantera. Fue lo único que su padre hizo por él; recomendarlo para el puesto. ¡Vergüenza le debía dar! Hasta los hermanastros, con los que había ido a la escuela, les retiraron el saludo influenciados por su madre, cuya inquina mantendría durante toda su vida.

En el lecho de muerte, Anastasio pidió a su mujer que llamase al notario para hacer testamento, pero ella temerosa de que incluyera en él a su antigua querida y a los bastardos, le daba largas.

- Déjate de bobadas Tasio, por una gripe no se hace testamento. Tiempo tendrás cuando se te pase.

Y Tasio se murió de algo más grave de aquello que le decían, y sin testar, Por si acaso, el hijo mayor, el legítimo, con la mosca tras la oreja, propuso a su madre hacer unos chanchullos; ventas falsas y movimientos de cuentas para salvar lo que tenían en caso de reclamación. Pero la madre se negó. Todo lo que había era de ella y no estaba dispuesta a dar un chavo, ni a legítimos ni a bastardos  hasta que también se fuese para el otro barrio.
El lío fue mayúsculo. Los hijos en contra de la madre, y los ilegítimos a la puerta llamando. La solución fue tajante. Los abogados se llevaron sus buenas tajadas y ella se vio obligada a entregar la mitad, que se repartírian entre los siete hermanos a partes iguales. El colmo de los colmos, fue, que lo que ella había aportado al matrimonio, también fue repartido por no poder demostrar que aquello solamente era de ella y no del matrimonio.


Eso sucede por no hacer bien las cosas desde el principio.


viernes, 23 de marzo de 2018

Las almas al otro lado de la niebla.



Estaba rodeado de una cambiante niebla; espesa, pesada y gris a veces, lechosa, móvil y tan tenue otras, que parecía moverse cual si una máquina de humo la lanzara. Sea como fuere, era incapaz de ver mis manos puestas ante la cara.

Desconcertado en aquellos momentos por el desconocimiento, el motivo, el lugar, la ubicación, el porqué de aquella situación y sensación tan extraña, parecía el ciego que busca a tientas alguna referencia que lo encauce por el camino correcto.

Sonó un solo ladrido: ¡Guau! No era imperativo, ni amenazador. No trataba de intimidar, simplemente parecía a modo de saludo. Traduje: por ¡Hola! Pero no veía al animal. Él volvió a llamar: ¡Guau, Guau! ¡Estoy aquí! Su voz me sonaba conocida. ¿Cómo puede ser posible? Hace tiempo que no tengo perros. Por mi imaginación pasó un San Bernardo al rescate, pero entonces sucedió algo irreal; el can frotó su cabezota contra mi rodilla, luego, debió ponerse a dos patas, sus manos se apoyaron en mis clavículas a la vez que me daba unos lametones. Conocía bien aquella actitud.

¡Tom! ¡Eres tú! Tras las caricias se echó al suelo, su cola me daba rabotazos en el muslo, indicativo de que debíamos caminar. Lo agarré por el collar, y poco a poco me sacó de aquel muro de niebla. El prodigio no acabó allí, más bien empezó. A un lado del camino, estaban todos mis perros; los dos Yorki, y los dos de aguas. He dicho todos y no es cierto. Tuvimos un amigo perro, "Boy", solamente por un tiempo. No tendría más de un año cuando lo dejé con un compañero para que lo atendiera durante las vacaciones. A la vuelta me pidió que se lo dejara, el perro y su hijo pequeño, aquejado de parálisis cerebral, se habían encariñado de tal forma, que eran inseparables. 

Al otro lado del camino, estaban los gatos, y todos, gatos y perros, retozaban alegres en torno a mí saltando para que los cogiera en brazos. Los abracé nombrando a cada uno de ellos entusiasmado por la visión, olvidando, que estaban muertos y enterrados hacía años. Comencé a comprender la situación; o ellos habían resucitado, o yo había muerto y me reunía con ellos al otro lado del arco iris.

Una claridad etérea lo inundaba todo. No sé veía el sol por parte alguna, y sin embargo, aquello era semejante al jardín del Edén. Flora y fauna exuberantes con todo el colorido, con toda la vida de la que gozaron en sus mejores días. Empecé a encontrar gentes. Gentes que conociera en otro tiempo, y cada uno de ellos, según su edad, me trataba como si yo fuera el chiquillo, el amigo, el hijo de fulano o mengana. Así, mi amigo Julio, fallecido a los doce años, me hablaba como si yo tuviera su edad. El señor Antonio, comentaba mi boda, en la que había estado, y que fue la última vez que nos viéramos. Igual ocurría con Benito, Cándido y otros compañeros de trabajo. Todos hacían referencia al tiempo transcurrido, y guardaban aquella última imagen de mí. Lo mismo sucedió con la familia. Todos menos mis padres. Ellos me veían todos los días a través de un agujero en aquella niebla.

Hablamos bastante tiempo. Yo estaba a gusto allí. Pero mi madre, siempre en todo, me llevó de nuevo hasta la niebla, hizo un agujero con el dedo y me pidió que mirase. Mis hijas lloraban desconsoladas, mi mujer lo hacía para adentro, comiéndose rabia y dolor, y atisbando la soledad que le esperaba. Entonces me vi. Estaba en la cama demacrado y sin aliento, quizá muerto o a punto para los últimos estertores. 

No sé si se paró el tiempo, o solamente se detuvieron los protagonistas del otro lado. El médico a un lado, miraba hacia mí mujer esperando una decisión con la aguja hipodérmica en la mano. Tal parecía que de ella dependía mi salvación. Los demás, expectantes.
Entonces mi madre me dijo: Si estás en disposición de volver, este es el momento. Y yo valoré aquella increíble proposición, sin entrar en quién era el que tenía poder para hacer semejante cosa. A mis ochenta y un años... de haber tenido treinta menos, no lo hubiera dudado. A aquellas alturas...¡Qué podía esperar de la vida! Mi mujer, mis hijos y nietos ya estaban, si no conformes, sí resignados. Quizá les quedaba el último trago, pero... ¡Por nada del mundo les haría pasar de nuevo por semejante trance! Le susurré al oído de la que había sido mi compañera durante sesenta años: Déjame partir, de poco va a servir esa solución. Ella hizo un ademán, el galeno se retiró.... y todo siguió su cauce.



sábado, 17 de marzo de 2018

El minero soñador.



Bocamina del Socavón Barredo Mina Mariana. Mieres del Camino.

Muchas minas de carbón llevan nombre de santos, nombres de mujer, o de los topónimos donde están ubicadas. A una de estas minas, acudió a trabajar una muchacha, pensando que la coincidencia de su nombre con el de la mina, le traería buena suerte. Ambas se llamaban Mariana. Más el destino se vuelve a veces en contra de aquellos, que incluso en tan duro trabajo, ven una puerta abierta a la más elemental de las necesidades; comer. Otros, soñadores, buscan el simple bienestar, la prosperidad y hasta la felicidad.

El carbón que los picadores arrancan en aquella mina, llega a la zona de cribado donde se separan las porciones más grandes; suelen ser los estériles; madera y piedras principalmente, aunque también las hay de carbón, y todos han de ser retirados a mano. En sucesivas fases se clasifica por tamaños y se lava con agua a presión eliminando  polvo y tierra. Este agua con partículas de carbón que escapan de los tamices, irá a parar al río, río que se teñirá de negro, formará acúmulos o depósitos en los remansos, o será detenido por medio de trabancos. Ese mineral dado por perdido, lo sacarán del río los que no encontraron otro trabajo, a pala y con cestos, mujeres u hombres, con las  negras natas por las rodillas, lo llevarán pingando sobre la cabeza, lo amontonarán y pisarán para una vez compactado, consumirlo en sus casas, o venderlo de puerta en puerta.
Mariana trabajaba en uno de estos lavaderos, un trabajo ímprobo por un jornal de miseria y una jornada interminable. No le importa, el caso es llevar a casa unos reales.

El peligro de la mina no solo está dentro, también en el exterior, y aquella moza va a sufrir un percance: Una vagoneta le seccionará ambos pies. Entre lo que perdió y lo que el cirujano hubo de sanear, se le fueron todos los dedos y algo más.

Mariana está en el hospital. Pachu, el caballista ha ido a visitarla. Él ha sido testigo y primer auxiliador de la joven en el accidente. Se siente culpable de lo sucedido, aunque en realidad poca culpa tiene. Una falla del material de enganche, hace que se rompa un eslabón. La mula lleva quince vagonetas cargadas, camino del cargadero sube la rampa, pero las cuatro últimas se sueltan, se van hacia atrás adquiriendo mayor velocidad por momentos. En ese preciso instante, Mariana, tratando de atajar para llegar a su puesto de trabajo, atraviesa la vía. Al ver lo que le viene encima, trata de saltar hacia atrás, hurta el cuerpo pero no los pies que resbalan en el talud.


Antiguo Sanatorio de Bustiello. Mieres.

El minero le deja una caja con casadielles sobre el embozo de la sábana -Son de casa, a ver si te gustan- le dicen mientras arrima una banqueta para charlar con ella. Aunque parezca extraño, va a ser la primera vez que se hablan. Se ven todos los días, él la mira con una sonrisa, blancos los dientes en aquella cara tiznada, Ella elige aquel camino por verle, pero hasta ahora, solamente un saludo llevándose él la mano a la gorra, a la que ella corresponde alzando la mano. Pero palabras, ni una, exceptuando un; "Tranquila, déjame hacer", mientras se quita el cinto con el que le da dos o tres vueltas a cada pierna. Posiblemente aquello servía de poco, la sangre no era demasiada, pero siempre tranquiliza que alguien haga lo que puede en tan amargo trance.

Mariana tiene dieciocho años para diecinueve, Francisco, Pachu, Pachín, Veintiuno para veintidós. Hablan del accidente ¡cómo no!  ¡Si me hubiera fijado! ¡Si no hubiera resbalado! ¿Qué voy a hacer ahora? Se lamenta ella. ¡Me tendrán que hacer zapatos especiales, tendré que aprender a andar de nuevo, me voy abambolear zangole mangole como barco movido por las olas... y ya no podré bailar! ¿Quién me querrá así?
- Yo te querré ahora, más que nunca y no en silencio. Desde que te ví el primer día, pensé: ¡Poco puedo, o contigo me he de casar! Nada te decía porque tú levantabas la mano como diciendo... ¡Bah, un simple caballista! Y creí que te parecía poca cosa, pero, con las diez pesetas que gano, puedo mantener la familia, y si no alcanza, cargaré vagones fuera de hora. Con uno diario es suficiente, son otros catorce reales. ¿Quieres que nos hagamos novios?

El destino quiso que la pareja lograra aquello que anhelaba.  Se han casado, bien es verdad que viven bajo un hórreo cerrado a calicanto, nunca mejor dicho; no hay ventanas, solamente una puerta de cuarterón siempre abierta para que pase la luz. El habitáculo es cocina, comedor, dormitorio, despensa... Todo en no más de veinte metros, con la única intimidad que dan unas cortinas que separan la cama de los niños, ya tienen tres, y la de los padres. Anaqueles en las paredes para cuatro cacharros, dos arcones para la ropa... allí no cabe un alfiler.  Pero son felices y no falta el pan en la mesa en tiempos de tanta hambre. Mariana  no baila ya, pero ha aprendido a tocar la vigüela y continua con el grupo de danza. Toca y canta a todas horas para sus hijos, y pronto, muy pronto, tendrán casa propia. 
El casado casa quiere, que decía su suegra, y que vio con alivio como su hijo se marchaba dejando un sitio que sus hermanos necesitaban. Ocho tenía la viuda de Juan el minero, a los que alimenta con lo que la huerta y una vaquina en el prado dan. Amén, claro está, de la menguada soldada de los tres de quince a dieciocho. Echaría sin duda de menos la paga del mayor, pero cada cual ha de buscarse su propia vida como mejor pueda.

Hay personas, que cuando se habla de la mina, se imaginan esta como un túnel, todo hacia adelante y arrancando el carbón de una pared que está de frente. Sencillo sería. Pero las capas son caprichosas y hay que ir en pos de ellas hacia arriba o hacia abajo,  tumbados a veces los mineros abriendo estrechos pasadizos, coladeros, con mala ventilación, gas, explosiones, derrabes, hundimientos...

Pachín tiene un ferviente deseo: Que las dos mulas jóvenes que tiene en casa de su madre, herencia que le dejara un tío sacerdote en un pueblo de Castilla, entren en la mina con sueldo y forraje. Una nueva desgracia le va a dar esa oportunidad.

A veces, el picador observa que el carbón se desprende con mucha facilidad. Cae por gravedad al estar mal consolidado, la experiencia entra en juego, valora y no le da importancia, continua con su labor. Otras veces, esa experiencia le dice que el volumen es demasiado importante, supone que el gas está empujando, que urge una retirada del tajo, y que lo valore el vigilante. Más en otras ocasiones, el derrabe es producido por una liberación súbita de energía sumamente peligrosa, peor si se trabaja en un plano inclinado.

Y sucedió, que un día, en aquella mina hubo uno de esos derrabes súbitos, impredecibles, en que los mineros hubieron de salir a la carrera, dos han quedado en algún sitio a resguardo, o enterrados bajo el mineral. El carbón se desprendió como si se hubiera abierto la compuerta de un pantano. A su paso arrancó la madera; mampostas, bastidores, o testeros. Pachu conoce la mina palmo a palmo y está cerca. De inmediato, ante las voces de alarma, desengancha la mula, coge unas cadenas y ambos se adentran hasta donde ha ocurrido el suceso. Masca el polvo del ambiente que poco a poco va siendo absorbido por los extractores. No se detiene a pensar en el gas, pero va agachado con la cabeza pegada a la panza de la mula. Llega a un muro de escombro que ciega la galería - ¿Hay alguien ahí? Pregunta a voz en cuello. Una voz responde - ¡Aprisa, hay poco aire! Estamos en el nuevo transversal aún ciego. Con la menguada luz de su lámpara, el caballista va amarrando los troncos con la cadena, tira la mula y los va extrayendo. El hueco que deja cada tronco que retira, es ocupado de inmediato por el carbón, si no llega pronto el auxilio... Sin embargo aquella maniobra va dando resultado, la altura del material va en descenso y ya se atisba hueco por la parte superior. Quizá pase el aire vivificante, pero también se corre el riesgo de hundimiento. Habría que mampostear. Ya llega el socorro, abren un coladero hasta un transversal inferior que se va tragando el derrabe, y tras duro trabajo sacan a los dos hombres de aquel escondrijo que otros estaban abriendo. Un par de piernas rotas ha sido el mayor daño.

A Francisco aquello le costó un rapapolvo por inconsciente; podía haber muerto gaseado o aplastado por hundimiento al faltar el entibado, incluso poner en mayor peligro la vida de los compañeros. Sin embargo, el señor director lo felicitó por su arrojo y le quiere hacer entrega de un sobre de gratificación.
Sin  alargar la mano siquiera Pachu, le dijo que la única gratificación que quería, era que sus dos mulas pasaran a engrosar la nómina de la mina, privilegio que tenían unos cuantos contratistas. Y así, con dos sueldos más, el minero pudo arreglar la casa familiar, y amestar junto a ella la suya propia.

El minero soñador encontró felicidad, prosperidad y bienestar en aquella mina que se llamaba igual que su mujer. Por supuesto que se quedó en el tajo, pero el sábado al acabar la tarea, se lleva sus mulas a casa. Pacerán todo el domingo en el prado, donde las cepillará para que se vean lustrosas y se sientan bien tratadas y queridas, 


Castillete Pozo Barredo.


martes, 13 de marzo de 2018

El ojo del amo...



Por fin Ramiro encontró trabajo. No era lo que buscaba, pero no se quejaba; ochocientos más propinas, comida, cena, y los martes de descanso. Eso sí, el trabajo desde las doce de la mañana hasta las cuatro de la tarde y de las seis a las doce de la noche. ¡Porca miseria! Pero en fin.
Él había estudiado Agronomía, más lo que se le daban bien eran los cócteles, y aunque en el bar donde solicitó el trabajo, apenas si servía alguno, lo contrataron. Algo vería el dueño en el mozo. 

La peña, once fijos y algún arrimado, quiso que el dueño viera que había contratado a alguien que podía, sino llenar el local, al menos, darle más ambiente.
Empezó su trabajo un lunes cualquiera, y el viernes de tarde, fuimos a tomar algo y a ver cómo se desenvolvía. Lógicamente, y dada su especialidad, pasamos de tomar las birras de costumbre y pedimos unos cacharros.
Sin saber el motivo, nos hizo una seña para indicarnos que hiciésemos como que no le conocíamos. ¡Menuda tontería! ¡A nuestra cuenta va a ingresar un gasto extra, y no quiere que el dueño se entere de que son sus amigos quienes lo hacen!
Lo peor fue que los combinados eran raquíticos en "esencia", y que no tuvo la delicadeza de servirnos unos miserables cacahuetes de aperitivo, cuando los pinchos circulaban a troche y moche por la barra y las otras mesas.

Alguien levantó la mano para pagar la cuenta e irnos, y el dueño, que no tenía un pelo de tonto, se vino hasta nosotros.

- La casa invita a otra ronda.

Unos cuantos se disculparon con un no, gracias, pero el hombre insistió.

- Es la primera vez que habéis entrado en el local, no sé por qué, me da en la nariz que conocéis a Ramiro, aunque no acierto a comprender el trato que os ha dado. Lo lógico es, que le hubiera llamado la atención, pero temo que lo hizo para que yo no creyera que vuestra amistad iba en perjuicio de la casa. Vamos, que os daba un trato deferente. Al principio pensé en ponerle la cuenta en la mano, en mi casa se trata a todo el mundo por igual, no como en algunos sitios que solo dan pincho a los conocidos. más no quiero desprenderme de él, es un buen barman, y creo, que aunque se equivocó, lo hizo por conservar el puesto y por una fidelidad mal interpretada.

Aceptamos las copas, esta vez con buenos pinchos, y reconociendo que el ojo del amo engorda el caballo.