lunes, 11 de septiembre de 2017

El hacha del leñador.



Para que un amor perviva en el tiempo hasta el punto de entrar en la leyenda, uno de los amantes,  a veces los dos, están  obligados forzosamente a morir. Tanto en la vida real, pero sobre todo en esa ficción que es el género teatral denominado tragedia, se prodigan estos amores de consecuencias funestas y que nos han llegado desde la antigua Grecia. Ficción o realidad,  Elena y Paris, Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta, Don Juan y Doña Inés, Tristán e Isolda, Desdémona y Otelo, Isabel y Diego de Marcilla, entre muchos, han entrado en esa leyenda.
Además, la leyenda necesita un tiempo para consolidarse, para convertir en tradición, en algo definitivo y estable, aquello que se ha escrito, o que puede haber sucedido. Aún y así, no todas las peripecias inverosímiles llegan hasta nosotros, solamente una mínima parte de ellas son conocidas por el vulgo, y casi siempre, están protagonizadas por actores relevantes: Dioses y reyes principalmente. Sobre los miles de millones de pelamangos - persona sin ninguna entidad - que habitamos este planeta, los trovadores no  fabricarán leyendas, ni los abuelos harán correr de boca en boca hechos relevantes, por muy trágica que haya sido su vida.

Yo te voy a contar una pequeña historia que nunca merecerá estar entre esas leyendas, porque no se da ninguna de las condiciones. Si acaso, que fue escrita por uno de tantos pelamangos.

Hubo una vez un leñador, que construyó su cabaña en medio del bosque con la aquiescencia de su señor. Solamente una condición le puso: "Por cada árbol que derribe tu hacha, has de plantar tres". Y Simón, que era joven y fornido, aceptó. Llevó consigo a su esposa, y por un tiempo vivieron felices. Cuatro hijos tuvieron, llamando Florlinda a la menor por su hermosura ya de recién nacida.

El tiempo fue pasando, y fiel a su promesa, tantos árboles derribaba, por tres multiplicaba los que plantaba. Más un día, al caer uno de ellos, una gruesa rama las piernas le quebró. Postrado en cama, sin poder trabajar, se acabó la bolsa y la despensa, y no tuvieron otro remedio que mandar a los dos hijos pequeños al villorrio, por hacer algún servicio que les pagaran al menos con un zoquete de pan. 
Mientras Florlinda hacía imaginarias comidas a su padre, la madre menos capaz, trataba de suplir su falta con gran esfuerzo y mucho afán. Ayudaba en la tarea el mayor de los hermanos, vigilando el boliche que Simón dejara cociendo, trabajo este de responsabilidad, pues había que estar al tanto de los agujeros que se pudieran producir, para taparlos de inmediato so pena de que se quemara la leña perdiendo la carbonera. Montones de tierra tenía repartidos en derredor de la pequeña montaña que formaba el boliche, y la pala siempre presta para taparlos.

Un día, por el bosque apareció un viajero. Trabajaba la leñadora con denuedo y poco provecho, y él que la vio, con ella trabó conversación.

- Si tú quieres, leñadora, yo te echaré una mano.

- Te lo agradezco, pero no es necesario ni tampoco te podría pagar.

- Con un caldo de gallina vieja me ha de bastar.

- ¡Más quisiéramos! Mi marido está herido en cama y vacío el corral. Solo tenemos nabos y eso te puedo dar.

- Dame el hacha.

Y ella le pasó el utensilio que él acarició, y en diciendo unas palabras mágicas, el hacha por si sola comenzó a trabajar. Derribó un árbol y sus ramas podó, de manera que del tronco buenos tablones sacó, dejando a un lado la broza para en la carbonera quemar.

Maravillada la mujer, a su casa se fue a esconder, no fuera obra del diablo aquello que acababa de ver. Con palabras entrecortadas, presa de la emoción, a Simón la hazaña contó; ¡En una hora y sin esfuerzo hizo, lo que tú tardas un día con sudor! Y más sosegada ya, comenzó a calcular.

- Si ese hombre el sortilegio nos enseñara, con tus cinco hachas... ¿cuántos árboles cortaras?

- Dile que pase y veremos, si por ello impone alguna condición. Seguro que pedirá lo que no tenemos, por algo de tan grande proporción.

- Yo te enseñaré las palabras mágicas con las que ricos seréis. A cambio vosotros, a vuestra hija doncella, con quince años cumplidos para mi hijo me entregaréis. Usa este don con mesura, no vaya a suceder, que en vez riquezas halles amarguras.

- Nueve años son muchos, dijo el marido recelando del mago, tiempo habrá para buscar el modo de no cumplir la promesa, para entonces tendremos un buen patrimonio y llegada esa hora, con quien convenga haremos buena boda".

Más el tiempo pasa volando, han pasado ocho de los nueve años, y muchas cosas han sucedido en ese intervalo. El hacha taló sin descanso, y gracias a que solo aquella poseía el don, se libraron de mayor problema. Pronto en el bosque comenzaron a verse abundantes claros, y el señor, observando que la arboleda en vez de medrar menguaba, mandó a un alguacil a que contara los tocones y con los arbolillos plantados los confrontara.

¡Ah maldición! El leñador, preocupado en guardar el secreto, no se atrevía a contratar a nadie reventando de trabajo a toda la familia. Escogían los árboles, los malos para la carbonera, los buenos para tablones. Apilaban, tapaban y cocían la madera. A su tiempo desenterraban el carbón, lo cargaban en el carro y lo vendían. Para todos era un sin vivir. El único consuelo era contar con avaricia el oro ganado, para ya ricos en otro lugar al que escaparan, vivir sin cumplir la palabra dada al extraño. De plantar lo prometido se había olvidado.

El señor conde ha sentenciado a Simón.

- No volverás cortar un solo árbol, y si en el plazo de tres meses, no está replantado el bosque, te asaré vivo en una caldera. No obstante, y como consecuencia del perjuicio, una vez acabada la plantación, tus hijos varones, sin soldada, entraran a mi servicio hasta que disponga lo contrario.

Dos mil árboles han sido talados según el alguacil. Ha de plantar Simón, según las cuentas, seis mil. Descontando los plantados le faltan al menos cuatro mil. La huída lejos del conde no es posible, la guardia lo iría a buscar y más pronto que tarde, cociendo en la caldera estará. Ha de contratar gente que le ayude con la compra de plantones, negociar, acarrear y plantar. El dinero que fue haciendo, se le va marchando en jornales, y piensa, que aunque se libre de la amenaza del conde, del brujo no se librará.

Con el conde todo resuelto, árbol más árbol menos, se acabó la faena. Ahora queda por dilucidar, lo que con su hija va a pasar.

Dice el padre - Con algún galán de los que la rondan, podríamos la casar.

Aunque muerta de pena, cuatro hijos casi ha perdido, la madre resuelta a Florlinda está dispuesta a entregar: "Vale más una hija aunque lejos esté, que la venganza de mago tan poderoso de la que no podremos escapar".

Florlinda no sabe porqué sus padres tienen tanto miedo, ella no lo tiene, nunca ha visto el prodigio del hacha, y casarse con uno u otro, ¡qué más da!
Acaricia la idea de Simón sin reparar el daño que a todos puede causar, pero su madre es de armas tomar, y cuando tiene una idea, es complicado que se vuelva atrás. No obstante, y pese a quien pese, está decidida: ¡Dejará de ser doncella!

Un apuesto mozo, a caballo ha llegado al lugar. Viste buen paño, a la cintura un puñal, y Florlinda que lo ve, de inmediato se ha enamorado. Su mente maquina un plan: "Con este me he de casar... o al menos a él me he de entregar".

Más queda gratamente sorprendida por las palabras del doncel.

- Hermosa doncella, sin duda eres Florlinda, yo me llamo Gaspar. De Omnímodo, el que todo lo abarca, soy hijo, y tu mano vengo a reclamar, pues mi padre con tu madre hace años acordaron, que el uno para el otro estábamos destinados. Una sola condición he de poner esperando de acuerdo estés, que aunque mi padre tiene buen ojo, primero nos debemos conocer.

De paseo por el bosque empezaron a intimar. Le pregunto ella por su padre, por saber si era el ogro que los suyos pintaban, y el mozo le respondió:

En realidad mi padre se llama Amancio, pero todo el mundo le conoce por Omnímodo. Ahora te explico el motivo. Dueño de una comarca entera, su negocio consistía en prestar terrenos a labriegos, ganaderos y a cualesquiera que necesitasen una parcela para edificar sus casas o negocios. Él sabía cuando nacía una ternera, una oveja, un cerdo, las fanegas de trigo o pacas de alfalfa que se cosechaban, todo, absolutamente todo lo que sucedía en cada casa, de ello se enteraba. Así, al cumplir el año, los aldeanos pagaban según como les había ido sin marcar él la tasa.  Si había sequía, inundaciones, o cualquier otra desgracia que no pudieran afrontar, él lo remediaba.
Fue cuando yo nací, que lo dejó todo en manos de su secretario y amigo, y ahora en las mías. Mi madre a la que adoraba, murió en el posparto, dedicándose desde entonces al estudio de las Ciencias Ocultas, para tratar por su mano, lo que pudiera remediar y que aquello a nadie volviera a suceder .
Muchos hombres sabios venían a enseñar y aprender, y él también los iba a visitar. Entonces le pusieron el nombre de Omnímodo, porque todo lo abarcaba; ciencia, saber, inteligencia, poder... En uno de estos viajes llegó hasta aquí, te vio, y al momento supo que eras quien me convenía para esposa. El motivo solo él lo sabe, quizá también tiene el poder, de leer en nuestro interior.


Florlinda y Gaspar, más de un mes de novios no pudieron aguantar, con orna y boato presto se casaron. Se fueron a vivir al castillo de Omnímodo que deshizo el conjuro del hacha, pues una vez más constató, que el pan con el esfuerzo propio se ha de ganar.

Como regalo de bodas, el conde liberó de las obligaciones impuestas a los hermanos, que antes que partir leña para hacer carbón, con él se quedaron de soldados.

A Simón y su mujer, sin la ayuda de hijos ni sortilegio, tullido como está, no les cunde el trabajo. Se han ido a vivir a una casilla junto al puente del río, donde son los encargados de cobrar el pontazgo. Ellos piensan en la deferencia del conde por haber cumplido, más este, pensando en el beneficio, ya tiene sustituto para el bosque. Es joven y fornido como antaño lo fuera Simón, con él saldrán los carros de madera y carbón con mayor frecuencia, pagará por pasar el puente, y una tasa por árbol derribado, además de replantar. 

¿Por qué ha de regalar lo  suyo, y que otro se pueda beneficiar?


Ya dije al principio, que esta historieta nunca fue ni será leyenda, tampoco tragedia. Florlinda y Gaspar se amaron sin ambages desde el principio, y no estaría de más recordar un par de máximas que pueden venir a cuento del cuento:

"Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores". 
Duque de La Rochefoucauld.

“Bienaventurados los que dan sin recordar, y los que reciben sin olvidar.”
Madre Teresa de Calcuta. 


miércoles, 6 de septiembre de 2017

El cochazo de Antolín.



Juan no sintió la necesidad de tener coche hasta después de casado. Siempre había utilizado el tranvía, y, cuando en vez modernizarlos, los cambiaron por el autobús, más rápido y que no necesitaba cobrador, al igual que la gente lo aceptó de inmediato. Coche, ni soñarlo siquiera.

Fue cuando ya empleado, un compañero de trabajo comenzó a meterle el gusanillo por el motor, pero había otras prioridades y a ellas se debía. Luego hablaremos de ellas, ahora veamos quien era Antolín.

Antolín, era de los pocos que tenía coche en la empresa. Empezó con un Renault cuatro-cuatro, que cambió por un Dauphine y luego por un Simca. Soltero y con buen sueldo, le atraían los coches cada vez más grandes, así que, a principios de los setenta ya tenía un Dodge Dart. Aquella preponderancia, según él, y parece que era cierto, atraía a las mujeres como las flores a las abejas. Muchas novias tuvo a pesar de su incipiente calvicie, tenía por entonces veintisiete años, era bajo y más bien tirando a feo.
Tanto coche, tanta juerga y tanta novia, le iban a reportar grandes problemas. Sintiéndose acosado por dos de aquellas mujeres que le reclamaban la paternidad de sendos hijos, pidió vacaciones en la empresa y se fue a olvidar a la provincia de Salamanca de donde era oriundo. Allí en el pueblo, tomó, a mi modo de entender, la peor decisión de su vida, pues salió de Guatemala para entrar en Guatepeor.

Alfonsina era una joven cuatro años mayor que él. De estirpe y rancio abolengo, vivía con su viudo padre en un caserón, antiguo palacio de la familia, en estado bastante cochambroso pero con dos escudos adosados a la fachada del lienzo principal, que daban mucha prestancia. Conocidos desde la niñez, Antolín siguió por un tiempo  sus pasos, sabedor de que el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Don Mateo, el padre de ella, parecía persona influyente y nunca está de más una recomendación. Tampoco vamos a negar que le gustaba mucho. Más, Alfonsina lo despreció olímpicamente quizá por feo, quizá por pobretón, o simplemente porque esperaba a su príncipe azul. Sin embargo el pobretón acabó yendo a la universidad, y una vez acabada la carrera se empleó sin necesidad de recomendación, mientras que ella, desde el colegio de las monjas, no hizo otra cosa que estar en casa atendiendo a su padre y sin visos del casorio rimbombante que esperaba.

Se encontraron en la calle principal, cuando ella iba a hacer cualquier cosa y él paseaba su flamante Dodge vino Burdeos para presumir. Paró al borde de la acera...

- ¡Alfonsina, Alfonsina, soy yo! ¡Cuánto tiempo que no te veo!

- ¡Antolín, dichosos los ojos!

- Anda, sube que no puedo parar aquí. Te invito a un café y hablamos.

Se fueron hasta un merendero allá por la Ruta de la Plata. Ella le encomió el auto, mientras él, vanidoso, le enseñaba los tapizados de cuero y otras zarandajas. Era justo la hora del vermú, así que Antolín pidió un unos chatos de manzanilla de Sanlúcar y un poco de jamón, lógicamente de Guijuelo. Él le contó de su vida, lo que le interesaba, y ella, más o menos. Para ser honestos, menos que más; poco tenía que contar.

Habían arrendado las tierras de la familia, pero no le dijo que solo cobraban dos mil pesetas al año, medio saco de garbanzos, otro medio de lentejas, un par de ristras de chorizos y una hoja de tocino. Con aquello debían de subsistir, pues siendo su padre tan caballero, y ella tan señorita, jamás en la vida habían dado palo al agua, no había sueldos, ni herencias... y el palacio casi se les caía encima. Le contó, a su manera, que estaban tramitando los permisos para poner una cubierta nueva al caserón, cosa muy cierta, pero no le dijo que los trámites los hacía el banco, que muy en secreto había llegado a un acuerdo con Don Mateo.
Apretado por la necesidad, aquel descendiente de nobles que perdieran el título por un gran desfalco de un bisabuelo, había ido vendiendo cuantos muebles, cuadros y armaduras albergaba la casa, y ahora cedía la propiedad a cambio de varias cosas: Uno: Que le reparasen de inmediato el tejado que estaba como colador de esos con agujeros grandes que se utilizan para trasegar las olivas en salmuera. Dos: La seguridad de que podrían vivir en una parte de la casa al menos durante veinticinco años. Tres: La cantidad de cinco mil pesetas al mes a perpetuidad hasta que ambos falleciesen. Cuatro: Dado que el uso principal del inmueble, iba a ser destinado a museo, Alfonsina tendría un empleo como guía o similar.
Los papeles estaban firmados, pero al banco, que trabajaba a años vista, de momento solamente le interesaba la reparación en evitación de males mayores. El museo, tiempo al tiempo. Las pelas, que era lo que más les interesaba a ellos -Don Mateo ya se veía en el casino tomando daiquiris en vez de agua- no empezarían a cobrarlas hasta dentro de tres años, en el setenta y cinco.

Hablando, hablando, chato va y chato viene, acompañado de su tapita de jamón, queso y lomo, se les pasaron las horas. Ya eran casi las tres y Alfonsina debía dar la comida a su padre. Quedaron en salir de tarde.
Antolín encontró a la moza mucho más receptiva que antaño, tanto, que al cabo de unos días consentía lo que a ninguno había consentido. Tampoco es que hubiera habido muchos, pero ahora estaba pensando en un mañana muy, muy próximo. Aquello podía fructificar, y lo del banco, al ritmo que iba la vida, pan para hoy y hambre para mañana. Además, el arroz que tenía al fuego, se le estaba pasando.
Nuestro amigo, aguerrido y consumado amador, no conseguía llegar más que hasta cierto punto. A partir de allí, ella reculaba como la yunta lo hace picada por la aguijada del boyero.

 -Tente Antolín, que mi flor solo la entregaré al hombre con quien me case.

Y Antolín, como un incauto mozalbete, picó.

- ¡Pues nos casamos y sanseacabó! Al fin y al cabo, ya fuimos casi novios, nos conocemos bien, y yo siempre he pensado en ti.

- Antes has de hablarme con bellas palabras de amor, declararte formalmente, y si llegara a aceptar, pedirme en matrimonio, concertar fecha...

Mucho tiempo parecía que se iba a dilatar aquello, cosa que a él no le convenía, apenas le quedaba una semana de vacaciones y tenía que volver al trabajo... y a lidiar con aquellas dos pencas. Llamó por teléfono al director de la empresa para que le concediera un mes más de permiso por causa familiar de bastante entidad, y que no se preocupase por el prototipo de aerogenerador que estaban construyendo. Trabajaba sobre una mejora en el engrase que eliminaba rozamiento, y en un nuevo diseño de las palas que aumentaba la potencia generada. En la confianza de que el tiempo no se perdería, se lo concedió.

Entonces Antolín puso toda la carne en el asador:

- Alfonsina, no sé de palabras amorosas, pero siempre, y a pesar de tus desaires, me ha perseguido la miel de tus bellos ojos. Recordaba ese tránsito al verde esmeralda cuando por alguna emoción cambiaban su tonalidad. Recordaba esos hermosos labios gordezuelos, que por efecto del mal humor se afinaban en una mueca casi cruél. Recordaba esas caderas un poco escurridas y que yo deseaba ensanchar a base de hacerte el amor. Mucho te he deseado, mucho he buscado en otras lo que en ti veía. No sé si eso es amor, pero quiero casarme contigo.

- Lo pasado, pasado está. Pero una cosa te diré; mis malos humores a ti se debían. ¿Cómo se puede querer estar conmigo, y mirar a otras?

La boda fue sencilla y rápida. ¿A que tanto planificar, si ambos sabían lo que cada cual quería?

La recién casada se encontró de pronto en otra ciudad, en un piso de hombre soltero, grande, pero que había que cambiar. Y a eso se dedicó con la pasión propia de la celosa esposa cuya creencia, seguramente acertada, de que aquella casa fue el picadero de quien ya era su marido.

Bien, dejémoslos con los cambios y veamos el camino de Juan.

Juan tenía novia. De esas que se tienen de toda la vida. Ambos congeniaban, se entendían con una mirada, y se amaban profundamente. Alba, trabajaba en una autoescuela como profesora y era partícipe en el negocio con una amiga. Juan y Alba deseaban casarse, pero no hasta que al menos tuvieran la mitad del dinero que costaba el piso de sus sueños. Como él decía, "la hipoteca come de día y come de noche, cuanto más pequeña sea, menos hambre tendrá"

Llegado el tiempo se casaron. Viaje de bodas a Madrid y excursiones programadas a Toledo, Ávila, Segovia o Cuenca, y a casa a vivir una vida perfectamente planificada. Alba, que presumía de conocer los secretos para no quedar embarazada hasta haber salido de la hipoteca, cometió un grave error; se fió del método del señor Ogino, y quince días antes de cumplirse los nueve meses de la boda, tuvo un hijo... y una hija. Aquello trastocaba sus planes económicos, aunque poco a poco salieron del bache. La hipoteca era a interés fijo y los sueldos iban en aumento a pasos agigantados.
Fue entonces, cuando hartos de empujar los carritos de los gemelos y con complicada movilidad para desplazarse, se decidieron a comprar su primer coche; un Renault seis de amplio maletero. Ya podían ir de vacaciones sin agobios.

Mientras Juan y Alba administraban con prudencia, y mejoraban su situación, Antolín y Alfonsina se quedaban estancados merced a los caprichos de la gastiza Alfonsina, que quería resarcirse de tantos años de necesidad, por un lado, y la sentencia de un juez que obligaba a Antolín a mantener a aquellos hijos que ni siquiera conocía, por el otro.

El final de esta historieta era fácil de prever; Antolín y Alfonsina acabaron separándose. Ella volvió al pueblo con tres niños, a ocupar el puesto ofrecido en el museo por fin terminado, y él, a la cuarta pregunta, hubo de olvidar aquella pasión por los coches; cinco hijos que mantener eran muchos hijos.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Un hombre llamado Melendro.


Hay cosas en esta vida, que me llaman mucho la atención, incluso que me sorprenden, palabra esta que estamos acostumbrados a oír, pero en sentido contrario, pues hay mucho presuntuoso, que dice estar de vuelta de todo, y nada le sorprende. Una de estas cosas objeto de mi atención, es la estúpida frase de admiración con que se premia a algún personaje, en razón, casi siempre, de una novela que ha escrito: "¡Es una historia dentro de otra historia!" Parece como si ese personaje hubiera inventado la pólvora negra, cuando la misma vida, es una serie de historias dentro de la misma historia que es esa vida. Lo sepas contar con más o menos acierto, es otra cosa.

A la edad de once años entré como guaje en la mina. Lo recuerdo bien, era una fría mañana en marzo del treinta y cinco y fui destinado a los lavaderos de carbón. No había transcurrido una semana de mi incorporación, cuando la mina se inundó. Al parecer el vigilante, al reconocer las labores antes del destino del personal, observó una vía de agua inusual. Las bombas de achique no daban abasto, la grieta se hacía cada vez mayor por la presión del agua, hasta que la pared cedió. El agua subió por la caña del pozo tras inundar las galerías, y hasta por los respiraderos salía cual si fuera un geiser. Dos meses tardaron en bajar las aguas, y cuando se pudo entrar, comprobaron la magnitud del socavón donde el agua había estado estancada por decenios. Solamente se ahogaron media docena de mulas que no se pudieron rescatar.
Pasé con suerte por diversos puestos hasta llegar a picador; solo dos accidentes no muy graves en cuarenta y dos años que estuve dándole a la pala y al martillo, hasta que me jubilé. Pude hacerlo primero, pero no quise. Después de tantos años, uno se acostumbra a una rutina, y ha de concienciarse muy bien para una nueva etapa de vacío. Para cubrir ese vacío, me he dedicado un poco a la huerta y mucho al paseo diario. Paseos livianos, por la mañana y al atardecer siempre por lo llano y no demasiado largos, que los pulmones se resienten con el polvo del carbón y hacen que el pito que llevo en mi interior, resuene como el de una locomotora cuando me esfuerzo en demasía.

Un día de esos en que el incesante orbayu molestaba hasta con el paraguas, al pasar frente a la biblioteca, me dio por entrar. Había sentados a las mesas, jóvenes por un lado, y vejestorios que leían el periódico de balde por el otro. Me extrañó no ver gente de edad intermedia, y supuse que bien estarían trabajando, o no tenían al igual que yo, demasiado apego a la lectura. No sabiendo que hacer allí dentro, me fui hasta el mostrador donde una frescachona mujer me atendió. De edad medianera, tenía las posaderas un tanto gruesas, posiblemente debido al tiempo que pasaba sentada, cara afable y risueña, y que estaba leyendo un libro.

- Verá usted, es la primera vez que entro aquí. No sé a ciencia cierta el motivo de mi impulso, sin duda la lluvia me empujó, pero me gustaría que me recomendara algo para leer.

- Dígame lo que le gusta y veré de ayudarle.

- No sé, algo entretenido, que enganche.

- ¿Le apetece algo histórico? ¿Qué tal sobre la conquista española en tierras del Nuevo Mundo? Mire, le voy a recomendar este sobre La Malinche.

Aquel nombre me era completamente desconocido, pero tenía algo de exótico, subyugante, no sé. Alguna bruja, pensé. Me fui a la estantería que me dijo, extraje el libro y me senté en una de las mesas vacías. El libro relataba la historia novelada de los amores de una "india" llamada Malinalli, hija del cacique de Coipanalá, en Veracruz, con Hernán Cortés. Durante casi tres horas estuve leyendo, enamorado ya desde el principio de aquella bautizada Doña Marina, vendida como esclava, intérprete, consejera, amante, madre y señora casada e influyente. Todos los ingredientes que parecían interesantes estaban allí; batallas, botines, traiciones, envidias, amoríos, tesoros escondidos...
Temiendo que mi mujer estuviera preocupada por mi tardanza, volví al mostrador para que la bibliotecaria hiciese los trámites para el carné. Me permitió que me llevara el libro a casa, y ese fue el principio de mi tardía pero complaciente afición por la lectura.

Hubo días en que mis viejas dolencias, esos huesos rotos en los accidentes, se recrudecían con la inestabilidad del tiempo y no me permitían salir de casa. Sin nada que leer, me aburría como una ostra. Uno de esos días, me dio por consultar la guía de teléfonos. Hoy ya no se ven, creo que han desaparecido, y con ello, muchos puestos de trabajo, desde los diseñadores de las páginas publicitarias, hasta repartidores, choferes para las furgonetas... El listín telefónico, había ido creciendo con el paso de los años. El cuadernillo con unos pocos números comenzó a engordar dependiendo de si la población era más o menos importante. Había capitales en donde no bastaba con un solo tomo, luego separaron en otro los dedicados a los comerciantes y empresarios. Las nuevas tecnologías lo cambiaron todo, empezó a disminuir el tamaño y dejaron de repartirla, por lo menos en mi pueblo. Aunque nadie lo crea, aprendí mucho de la guía. Palabras como; talabartero, morillero, tablajero etc. en referencia a los oficios o negocios que a ello se dedicaban me hacían acudir al diccionario. Nombres de personas sumamente curiosos u olvidados, como uno que me llamó extrañamente la atención: Juan Melendro Fernández Bis. Tal vez, porque en mis tiempos de cazador, me había topado con un par de tejones, a los que aquí llamamos melandros. La semejanza con el nombre era notoria, solamente variaba una letra.
Quise saber la procedencia del nombre Melendro y de ese raro apellido Bis, que aunque siendo yo poco leído, me sonaba a repetición. Ya se sabe, el diablo cuando no tiene que hacer, con el rabo mata moscas.
Me puse en contacto con el nombrado, que me dijo desconocer su procedencia, pero que tanto él como sus antepasados, eran de un pueblo recóndito hoy casi abandonado, y que siempre fueron los Melendros.

Por entonces iba a cumplir yo cincuenta y cinco. Tantas vueltas le di al asunto, que a mi mujer le resultaba extraña aquella fijación solo por un nombre. Aquella mañana, aún en la cama, ella tenía ganas de juerga. Me puso boca arriba y me acaballó con sonrisa pícara.
- En terminando este "trabajo", nos vamos a ir a ese condenado pueblo. Tal vez el cura tenga en la iglesia toda la documentación sobre el asunto que te preocupa.



Bueno, la cosa no fue tan sencilla. A partir del año 1608, se había reformado la ermita existente, alargando la única nave que poseía y añadiéndole dos capillas laterales para darle el rango de parroquia, ya que el pueblo había aumentado considerablemente. Aquello nos hacía presuponer que habría que buscar a partir de esa fecha. Con todo y eso, el señor cura no vivía allí, llevaba varias parroquias y nosotros ni éramos de la familia, ni teníamos ningún documento autorizando la indagación que deseábamos. Y lo que es peor, durante la guerra, muchas iglesias habían sido incendiadas y con ellas todo lo que contenían. Este último no fue el caso, pues, cuando una partida de milicianos comenzó a sacar las imágenes de vírgenes y santos de la iglesia, para quemarlos en una hoguera en la plaza del pueblo, los vecinos los corrieron a gorrazos guardando cruces e imágenes en sus casas hasta que pasó la tormenta. Por fin conseguí convencer al párroco y empezamos a bucear en libros polvorientos.

La búsqueda dio resultado, encontramos el nacimiento de un Luis Melendro Fernández Faedo, en 1702, a una distancia de diez generaciones con el actual, como luego se comprobó. Eran sus padres; Acisclo Fernández Puga y María Faedo Fernández. Y no solamente encontramos eso. Llegamos a la conclusión de que el párroco de aquel tiempo, tenía una costumbre un tanto peculiar: Al pie de cada nombre, añadía su mote para mejor identificarlo, así aparecían sobrenombres como fariñón para el molinero, esgarrapellejos para el carnicero, los de Paula, los de Casona, etc. Se supone que al estar el pueblo en tan remoto lugar, las bodas entre los lugareños se hacían entre miembros con lejanos vínculos familiares,  por lo que la repetición de nombres y apellidos era común. El mote de Acisclo era Melandro, lo que indicaba que algo tenía que ver con el mustélido. El señor cura, bastante mayor, había añadido, seguramente sin darse cuenta, el mote al nombre de Luis y le había cambiado una letra. Los varones de las diez generaciones siguientes, llevaban el mismo nombre Melendro, bien simple o compuesto y sin saber el motivo, solo por tradición.
Faltaba el apellido Bis, pero ya no buscamos más. Invitamos a cenar al cura un buen cabrito y di por solucionado el asunto. Quise creer que alguien había cometido otro error. Si tantos Fernández había, bien podía el escribano haber simplificado colocado un Bis por no escribir otra vez el apellido. A partir de ese día, no me volví a meter en berenjenales semejantes. Eso sí, todas las semanas voy a la biblioteca. La encargada siempre tiene una buena recomendación. Sabe lo que me gusta y siempre acierta.

Según mi parecer, hay dos clases de historia; la Historia de personajes como el áspero Cortés, conquistador de México para el Emperador Carlos I, y la bella e inteligente Malinalli, que además de su idioma materno, el náhuatl, aprendió a hablar maya-yucateco tras ser entregada como tributo a un cacique de Tabasco. El español lo aprendería con ayuda de Jerónimo de Aguilar, cuando nuevamente sirvió como regalo de los tabasqueños a Cortés, con quien tuvo un hijo, tras la pérdida de la batalla de Centla.

Las otras historias, éstas con minúscula, no pasan de ser más que simples anécdotas del común de los mortales, puestas una a continuación de la otra, y que se olvidarán aún antes de marcharse para el otro barrio.


miércoles, 30 de agosto de 2017

No hay rosa sin espinas.



De las cinco hermanas, ella era el patito feo. Incluso sus dos hermanos eran más guapos para mujer que ella. Hija de un chatarrero misérrimo, y con una abuela gitana por parte de madre, fue la única que heredó la tez morena y la nariz un tanto ganchuda de la abuela. Tal vez por ello, en las contadas ocasiones que su padre pasaba por casa, el mejor regalo que llevaba a sus hijos era para ella, no deseaba que se sintiera de menos.

El hombre, tan pronto estaba en la cúspide de la montaña, como en el más profundo abismo. En cuanto al dinero, me refiero, por cuanto su oficio estaba sometido a los vaivenes de una oferta y una demanda, demasiado fluctuante. A veces pagaba a cinco por lo que cobraba a uno y viceversa. El problema era que solamente poseía un carro del que tiraba un caballo, y cuando el carro estaba lleno y estaba sin blanca, había que vender aunque perdiera dinero. Nómada por vocación, aunque nada le relacionaba con la etnia a la que pertenecía su mujer, pasaba las semanas por pueblos y ciudades a la búsqueda de la chatarra. Así, la familia tan pronto nadaba en la abundancia, como ni siquiera un trozo de pan podían llevarse a la boca. Para más inri, era bebedor, jugador, pendenciero y enamoradizo. Algún día os contaré sus historias. Fuese como fuese, todos iban tirando.

María Rosa, nombre del patito feo, creció envidiando la blanca tez y hermosura de sus hermanas, y reverenciando la deferencia hacia ella por parte de su padre. Con los años, el rencor hacia sus hermanas fue en aumento, aunque sagaz e inteligente, jamás dio muestras de ello. A lo sumo, las trataba con cierta indiferencia, incluso con superioridad cuando para ella el padre traía el más lindo vestido, ajorcas o collares.

En el cincuenta y ocho, la mayor, Alicia, ha cumplido dieciocho primaveras, Rosa, la segunda, uno menos, luego Ernestina, los chicos y por último las otras dos. Todos se llevan un año mes arriba mes abajo. Sin posibilidades de estudiar, cada cual se va buscando su chamba, ellas también. El uno aprendiz de panadero, el otro de mecánico, Alicia y Ernestina peluqueras, y Rosa se ha empeñado en poner una tienda de viejo. Quiere, imitando a su padre en el trapicheo, ser ropavejera. Él, a la par que busca el latón, cobre, plomo o hierro, ha de hacer ahora un hueco en el carro - acabará por tener una furgoneta- para esa ropa que Rosa venderá.

Las tres mocitas mayores, empiezan a salir al baile y las romerías con las amigas. Un grupo de moscones no las dejan ni a sol ni asombra. Rosa ha echado el ojo a uno alto y fornido, parece un tanto simple, pero estudia para arquitecto. Sin embargo, ha tratado de tontear con unos y otros, para chinchar a las demás. Pero la táctica de hacerse la intelectual, siempre con un libro bajo el brazo -Tratado de psicología contemporánea- no da resultado. Se compró otro libro; Los mejores chistes de todos los tiempos, para hacerse la simpática, más no era lo suyo, por bueno que fuera el chiste aprendido, lo estropeaba al contarlo. También se mostró indolente, mística y hasta vampiresa, pero nada ha surtido efecto, cada cual tiene su objetivo bien definido.

A Mateo, al que todos llamaban Teo, no se sabe si por simplificar un nombre ya de por sí bastante corto, o por significar la simpleza del mozo, le gustan todas, todas menos Rosa, pero los otros más espabilados en las artes del amor, no le han dejado resquicio. O se queda con la fea, o se queda sin nada. Es duro tener que buscar solo en otra parte, sus amigos están allí y él sin ellos no se atreve. ¡Es tan apocado!

Es la ocasión de Rosa. Enganchará a Teo de la mano y presumirá de lo buen mozo que es. Él, reconociendo su poco espíritu, se ha dejado llevar por esa forma de ser entreabierta, contradictoria y siempre inquieta de la que ya es su novia. Ha comprendido que tampoco sirve para el oficio que eligiera; hay que tratar con los clientes, estamentos, obreros... Cambia de parecer y se dedica a la topografía. Le gusta el monte, el campo abierto y las carreteras que ha de trazar. Con su teodolito al hombro y su ayudante a distancia, es feliz. Luego, en su estudio, plasmará los datos, presentará sus proyectos, y que los jefes resuelvan.

Alicia y Ernestina se van a casar. Han decidido que será el mismo día, una boda conjunta en la que han puesto todas sus ilusiones. La fecha está decidida, para entonces estarán acabados los pisos donde vivirán, tendrán tiempo para completar el ajuar y ahorrar algo más. Para colmo de felicidad, su padre pasa por una buena racha, ha comprado un terreno donde acopia el material, ya no le afectan tanto las subidas o bajadas de precios, tiene gente que trabaja para él, y pasa más tiempo en casa.

Seis meses antes del evento, surge el problema. María Rosa dice estar embarazada de dos meses; ha de casarse a toda prisa. El chasco de las otras es mayúsculo. ¡Les ha estropeado la boda! Rosa no puede retrasarlo, ni sus hermanas adelantarlo. Todo está ya planificado.

- ¡Parece que lo hicieras a posta! Le grita Ernestina fuera de sí.

- ¡Sin duda! -apostilla Alicia- ¡Ese pánfilo como tú le llamas, no sería capaz de encontrar el agujero sin llevarle de la mano!

- ¡Por Dios hermanas, ha sido sin intención! ¡Os lo juro! ¡Solamente una vez nos propasamos! ¡Qué desgracia la mía señor! A todos he defraudado con mi proceder. Pero no os preocupéis, celebrad vuestra boda, ya lo haré yo cuando mi hijo haya nacido. No me importa apechugar con ello.

- ¡Eres mala Rosa! Y encima quieres ir de mártir. Si te casas primero, todos sabrán el motivo, si lo haces después, ¿en qué lugar nos dejas? Solamente hay una solución; que te cases el mismo día... y seremos el hazmerreir de la ciudad. Dice la una.

- ¡Ha no! Yo prefiero aplazar la boda aunque tengamos que afrontar algunos gastos. No me vas a fastidiar ese día. Añade la otra.

Las dos hermanas aplazaron la boda para seis meses después de lo que tenían planificado. Para entonces su sobrino habría nacido cinco meses antes. Pero hete aquí, que tras la boda de Rosa, su tripa no aumenta. Ni al cuarto mes se le notaba, ni al quinto, ni al sexto. Entonces ella reunió a la familia y le dijo que tenía dos noticias una mala y otra buena. Al mes de casada, tercero de su embarazo, se sentó en el inodoro por un fuerte dolor de tripa, sangró, y entre la sangre se marchó lo que esperaba. Asustada tiró de la cadena no fuera a pensar alguien que había sido provocado. Al parecer, había quedado limpia, no tuvo necesidad de acudir al ginecólogo. Ahora estaba de nuevo embarazada.


Todos vieron falsedad en lo que contó, y sin aspavientos ni reproches, se despidieron, pero pasó mucho tiempo antes de que la volvieran a hablar.


lunes, 28 de agosto de 2017

El camino perdido.



- A mí me gusta saber lo que se esconde tras las palabras.

- ¡Mucho pides! Yo soy como el poeta, y mi realidad puede ser completamente distinta de la de los demás... o no. Todo depende del estado de ánimo de cada cual.

- Ya, dependiendo del ánimo, veré, veremos, los paisajes alegres, luminosos, floridos, o simplemente en tonos grisáceos. ¿Es eso lo que me dices? ¡No! Dices que perdiste el camino. Así, en singular, sin echarme la culpa, pero haciéndome pagar las consecuencias. El caminante se pierde porque se aparta de la senda. Ese es el motivo que a mí me interesa, el momento en que empezaste a dejar el sendero marcado de forma intangible. El que los dos nos marcamos un día. ¿Que puede ser por mil razones? Ya, pero me gustaría conocerlas. Después de los años en los que nos hemos amado, creo que no basta con decir que eres como el poeta, que quieres vivir otras realidades y caminar otros senderos. Ha de haber algo con lo que te has sentido ofendida, relegada, o postergada, que no me explicas, ni yo llego a comprender.

- Entiéndelo, también el amor se muere.

- ¿Sin más?

- Tal vez la rutina. Planificarlo todo al dedillo no es bueno. ¡Dónde queda el misterio, la aventura, la sorpresa! Nos conocemos demasiado.

- Mucho has cambiado. Cuando te conocí, yo era el loco que dirigía; hoy aquí, mañana allá, ahora esto, luego lo que salga... un aquí te pillo aquí te mato... Pero tú querías las cosas de otra manera, a la antigua usanza. Más, una vez que conseguiste domesticarme, te das cuenta de que no es bueno planificarlo todo. Al final, los pájaros cantan aunque las nubes no se levantan, y pides volver a un camino de felicidad. Y yo pregunto: ¿Con quién?  ¿Con otro?  Sin duda has perdido el camino, a mí me hiciste perder el mío. aquel que acepté de buen grado por ti, pero ahora te vas. Ni siquiera tienes la consideración, de decir que quieres intentar volver a ese sendero por un tiempo recorrido. Y a no te soy necesario. Sí, mejor vete.


jueves, 24 de agosto de 2017

Matar es fácil; Sentimientos encontrados.


Matar es fácil, otra cosa es matarse a sí mismo, sin morir, y echar a otro la culpa del crimen. Lisa y llanamente: Fingir el propio asesinato. La cosa parece complicada, en verdad lo fue, veremos si dio resultado tal incongruencia.

Maruja llega en su coche a la apartada finca donde hasta hace un par de años vivía con su marido. El paisaje es una delicia; altos sicomoros, magnolios en flor, arbustos, retamas... y una pequeña charca donde al atardecer croan las ranas. Ha ido a buscar unos documentos que él no le puede llevar por encontrarse con un fuerte lumbago.

La casa está silenciosa, solamente se oye el canto de los pájaros; esa especie de carcajada del pito real, el musical del petirrojo, el suavecito y corto del chochín, el incesante cucú del cuclillo llamando a la hembra... Maruja, que siempre ha añorado los hijos que no tiene, recuerda cómo le hacía el cucú a su sobrina, cuando en el cuello de su hermana le cantaba el cucú ora por un lado, ora por el otro, haciendo que la niña la buscase tras la cabeza de su madre. Es lo poco que echa de menos de aquella casa; el canto melodioso de las aves.

Ahora, tras la separación de facto, se va a consumar el divorcio, y a eso ha venido, a por los papeles.

Aún conserva la llave, pero prefiere llamar. Nadie responde. Mira a través de las ventanas inferiores. Nada puede ver. Insiste, a voces llama a Antón por si estuviera fuera, cosa improbable dado que según él, no se podía mover. Decidida, encaja el llavín y entra. La casa está vacía. Algo la preocupa, en la bañera hay manchas de sangre que parece han querido diluir con el agua para que se fuese por el desagüe. ¿Se habrá hecho daño y lo han tenido que llevar al hospital? Entonces se da cuenta de que el cable del teléfono esta arrancado, algunos cajones revueltos. ¡Aquí ha pasado algo! Vuelve al coche a por el móvil y hace unas llamadas.

Aunque la policía, en estos casos no suele ser tan rápida, tan solo se trata de una aparente desaparición, una pareja de los guardias del pueblo cercano se ha llegado hasta allí para practicar una inspección ocular. Miran la bañera, en la cocina encuentran un cuchillo con un tenue rastro de sangre. Afuera, en la leñera, el hacha sobre el tajo parece haber estado cortando algo, y no madera precisamente.

Más llamadas. En el hospital confirman que Antón no está y que ya había llamado su mujer con la misma pregunta. El médico del ambulatorio dice haber estado en la casa para atender al paciente, una inyección, antiinflamatorios y reposo. De la cuenta en el banco, han sacado el límite; dosmil euros.

- Pudiera ser un secuestro. Tal vez lo obligaron por la fuerza a proporcionarles la contraseña, y, a la vista del capital que había, no se conformaron. Habrá que esperar a ver si aparece o hay una petición de rescate.- aventura quedamente el sargento como para sí.

Preguntas y más preguntas a una Maruja que apenas si puede responder: En los dos años que llevan separados, solamente le ha visto tres o cuatro veces. Sin embargo, han encontrado bien a la vista, una póliza en la que ella es la beneficiaria de un seguro de vida por una elevada suma. La cosa se complica.

- Mi sargento, voy a hacer un juicio de valor aunque no me corresponda. La mujer lo mató, lo ha enterrado en algún lugar, y su presencia aquí forma parte de la coartada. Habrá que pedir las grabaciones del cajero y...

- Calma muchacho, calma. Nosotros somos lo que somos y no nos corresponde, como bien dices, emitir juicios de valor. Presentemos el caso a quien corresponde y ellos decidirán lo que se debe hacer. Aun estamos en una simple inspección. No es hora de presuponer.

Los del tricornio han dado paso a los especialistas, y estos, tras los análisis pertinentes, han llegado al convencimiento que el ADN se corresponde con el del desaparecido. También las esquirlas de hueso encontradas sobre el tajo pertenecen a Antón, que, pasada una semana, no ha dado señales de vida. La búsqueda en los alrededores de la casa, ha sido infructuosa. Incluso han drenado la charca y desviado el riachuelo que la alimenta. Las imágenes tomadas por la cámara del cajero, solamente han dado una pista; la mano del hombre que manipula las teclas tiene un corazón con dos estrellas. De lo demás nada se puede sacar en conclusión, hábilmente el individuo se ha camuflado de manera irreconocible.

Los profanos culpan a Maruja como lo hiciera el joven guardia en su momento. Pero al señor juez no le acaban de encajar las pocas piezas del puzle. Es cierto que, la aún esposa, en un tiempo, podría heredar casa, negocio y cobrar el seguro, más ella tiene una buena coartada; durante toda la mañana ha estado trabajando en la Delegación de Hacienda de la ciudad. Una docena de compañeros lo pueden atestiguar, y el tiempo transcurrido en la casa no es el suficiente para matar, trocear y enterrar. Si la charca hubiera tenido media docena de cocodrilos, tal vez.

En muchas ocasiones, el tiempo ayuda a resolver casos que se creen irresolubles, hay que dejarlo transcurrir para comprobar, en este caso, si la mujer hace algún movimiento sospechoso, o, si ambos están confabulados para estafar al seguro.

Siempre hay alguien que se fija en los detalles, y ese alguien, el policía que lleva la investigación, se ha dado cuenta de que el tatuaje no es más que una simple calcomanía de niño, quizá utilizada para despistar. Una semana perdida buscando al que no es. Por otro lado, el laboratorio afirma que las esquirlas son raspaduras hechas con una escofina y no de cortes con el hacha. Otra trampa más, han querido dar la apariencia de descuartizamiento. Parece que el presunto muerto es un vivo.

Ha pasado casi un mes, no es mucho tiempo, pero el caso parece estar estancado. Entonces salta la liebre que esperaban; la tarjeta de crédito ha vuelto a ser utilizada en un pueblo cercano. Rápidamente, se ponen controles en caminos y carreteras en un círculo de diez kilómetros mientras otros van a visitar el comercio donde se utilizó.

- ¿Ha efectuado esta persona una compra aquí?

- Sí.

Parece que el asunto está casi resuelto. Al menos Antón no está muerto.

Por un empinado sendero que lleva a un núcleo de turismo rural en pleno monte, Antón sube tranquilo con una bolsa en una mano y apoyándose con la otra en una muleta.

-¡Alto a la guardia civil! ¡Levante las manos por encima de la cabeza y no se mueva!

- Ya me explicarán cómo lo hago y a qué se debe tamaña demostración.

- Haga el favor de contestar solamente a lo que se le va a preguntar.

- ¿Y es necesario tanto cacheo?

- Saque la documentación, por favor. Gracias. Usted es Antón Rodríguez Rodríguez, ¿cierto?

- Si señor, lo soy.

- Bien, tenemos orden de llevarlo al cuartelillo de Santallana.

- ¿Motivo?

- Para que de unas informaciones a quien corresponde.

- ¿Y si me niego? Mire usted, estoy de vacaciones ahí arriba en una de las casas. No pienso ir a ningún lado, el que quiera hablar conmigo, que venga, aquí estaré. A no ser que esté detenido por algún delito. ¿Lo estoy?

Los que pretendían encontrar a los presuntos extorsionadores, se han encontrado con el presunto extorsionado. No hay orden de detención, tampoco parece que se haya cometido ningún delito. El guardia, ante la duda, se va a al coche y explica por la radio lo sucedido.

Todo ha quedado en nada. Una semana después, Antón está en su casa. Ha dado las siguientes explicaciones:
Tras la inyección se ha calmado el dolor. Pelando una zanahoria se hizo un corte profundo en la mano que ha tratado de restañar con un apósito. En la ducha se le cayó volviendo a sangrar. 
Los cajones estaban revueltos porque con una mano le era complicado guardar la ropa que se iba a llevar al monte.
Hacía apenas un año que le colocaron una prótesis de cadera. Le pidió al cirujano la desgastada rotula para tener un recuerdo. Le hizo una base de madera noble, un soporte de acero inoxidable, la pulió y colocó sobre su mesa de escritorio. De ahí las virutas en el taladro del cobertizo y las limaduras sobre el tajo. 
Por entonces, antes de la operación, Antón aún confiaba en que su mujer recapacitara y volviera. Temeroso de que le ocurriese algo, el quirófano impone lo suyo,  cubrió la póliza del seguro. Sin otra familia, ella sería quien cobrase. 
Un tropezón fue el causante del desaguisado con el cable del teléfono. 
Ante la imposibilidad manifiesta de manejarse bien, todos los golpes iban a parar a la mano herida, y la espalda le molestaba lo suyo, quiso tomar unos días de relajo donde todo se lo dieran hecho. Se fue al monte donde ya había estado reponiendose de la cadera. 
Había olvidado por completo que Maruja había de pasar por casa.

Nada que objetar. Caso cerrado.


Sin embargo, Antón tenía sentimientos encontrados; por un lado se regodeaba con el susto que su mujer se había llevado, por otro, sentía que no hubiera dado resultado la triquiñuela. Ambos sabían que él había tratado de inculparla en algo que no había sucedido. La policía también, pero no había modo de probar que aquello fuera cierto.