sábado, 19 de agosto de 2017

Amores tardíos.


Dice una canción: Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Yo sin embargo debí nacer para soltero, porque no he encontrado el amor.

Y en esta tesitura me encuentro. Cincuenta años cumplo hoy, y estoy más solo que la una. Es cierto que tuve oportunidades para abandonar la soltería, y a punto estuve de hacerlo cuando todos mis amigos iban por ese camino, más, un matrimonio solamente por la compañía, no me seducía. Yo necesitaba ese amor, que los demás parecen encontrar al menos una vez en la vida.

Mi madre tiene setenta y dos, mi padre dos menos. A veces los encuentro en la playa, forofos acérrimos del sol y el agua. Veo como se da crema el uno al otro para que no les queme el sol, con aquella delicadeza, aquel mimo, aquel amor. Siempre de la mano, él la coge del brazo cuando barrunta que alguien la mira, como queriendo decir; ¡ojo, que esta es solo mía! Y ella hace lo mismo cuando alguna lagarta se quiere hacer la simpática. ¡Con esos años! No me debía de sorprender, toda la vida ha sido así, pero me sorprende y eso es lo que siempre he deseado para mí.

Mis amigos empezaron a mirarme como a un bicho raro, sabían de aquellos flirteos míos, que nunca cuajaban en algo serio. Sabían que me gustaban los niños, era padrino de alguno de ellos, y todos me llamaban tío aunque ningún parentesco teníamos. Yo era el tío Jaime, al que sus madres habían querido casar a toda costa con unas u otras amigas, conocidas, o féminas de la familia. Acabaron desistiendo y mirándome con recelo ante el temor, no sé porqué, de que mis andanzas fueran solo fachada, y me gustaran los hombres.

Aquí estaba yo, bajando de nivel la botella de ron al que me aficioné en jamaica. Vaso a vaso y escuchando la música de mis vinilos. Cuanto más triste, más desgarradora, mejor. Quería llorar para celebrar mi medio siglo... y mi soledad. Ellos, amigos, mujeres y la baraúnda de "sobrinos", algunos ya con novias, me habían dado una fiesta... que me dejó el corazón debatiéndose entre sentimientos; sangrante al ver la felicidad que yo no lograba,  y feliz porque ellos lo eran. Me despedí con la excusa de un ligue. Mentira podrida, hacía tiempo que ni los quería, ni los buscaba. Me fui para casa a lamer la herida.

Cuando me quede solo, tras sus bodas, no paré de buscar con ansiedad, aquello que no encontraba, y un día, comprendí que no había nacido para martillo. Me enfrasqué en el trabajo, durante las vacaciones recorrí medio mundo con la excusa de distraerme, primero los países limítrofes, luego, exóticos lugares que aumentaban mi tristeza al contemplar tanta belleza... sin alguien con quien compartirla. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. ¡Pura falacia!

Estoy borracho. He tirado la botella y la alfombra ha sufrido las consecuencias. Mañana Juana, la asistenta que viene los martes y los viernes, me va a regañar. Ventajas y desventajas de tener a alguien conmigo tantos años ya.
Sin embargo, Juana, no me regañó. Peor aún. Me dijo que ya no podía venir más, que lo había estado demorando hasta encontrar una sustituta. Tenía que ocuparse de sus nietos.

- No te preocupes hijo - me dice con esa familiaridad que da el haber estado a mi servicio durante veintitantos años - conozco a la chica que vendrá a sustituirme desde que era cría. Tiene cuarenta años, es divorciada y madre de una niña con parálisis cerebral. Es hacendosa, limpia y muy maja, le hace falta el dinero, tú no la vas a ver siquiera, vendrá por la mañana y no te dará ningún problema. Se llama Alicia.

- Pero Juana... - quise protestar-

- Ni peros ni nada, niño. Haz caso a esta vieja, y si por algún motivo o razón, no estuvieras conforme, me llamas.

- Pues vale, si lo dice Juana, punto redondo. Alicia vendrá al país de las maravillas.

La presencia de Alicia, en la casa, pronto se hizo notar. Yo ni siquiera la conocía, aunque Juana me la quiso presentar, me di por conforme. Lo único que tuve que hacer fue cambiar el nombre y número de la cuenta en la que debía de ingresar el dinero. Desde que Alicia se hizo cargo, nunca faltaron flores frescas en el jarrón del salón. Un día, encontré sobre el tocadiscos un vinilo que yo no tenía, era de Leonard Cohen: Various Positions. Lo puse a girar. No sabía la causa, si por la música o por la acción, pero las manos me temblaban. Mientras escuchaba, pensaba en los motivos por los que aquella desconocida tenía esas atenciones conmigo. Pensé que trescientos pavos al mes tampoco eran para tanto, aunque de veras los necesitase.
Al poco tiempo, encontré una nota sobre otro disco nuevo, esta vez de Whitney Houston. La nota decía:

 -Señor Jaime, le dejo unas muestras de tela por si le apeteciera cambiar las cortinas del salón. Las que tiene, además de un tanto raídas, son bastante feas y hacen la sala muy oscura. Perdone el atrevimiento.
P.D. Usted corre con el gasto de la tela y yo se las confecciono: 10 m a 22 € 220€.

¿No te estarás pasando, muchacha? Me dije. ¡No sé por qué me parece, que te estás metiendo demasiado en mi vida! Ahora hay también flores sobre el mueble de la entrada. Todos los martes las cambia, como aun aguantan, las que quita las pasa al salón y así una semana tras otra. ¡Hasta me ha colocado envases de colores para reciclar la basura! Me tira la comida caducada de la nevera, y deja fruta en su lugar .¡Inaudito! 
He de averiguar si es que solo quiere agradar, se siente doña perfecta, o es una marimandona que todo lo quiere gobernar. También yo le dejé una nota:

- Alicia, creo que el tema merece una pequeña discusión, mejor nos vemos. Nos conoceremos, tomamos un café y vemos la conveniencia. Déjeme lugar, día y hora y lo comentamos. Mejor a partir de las seis de la tarde entre semana, o el sábado por la mañana. ¿Vale? También hemos de hablar de los discos; ¿Son un préstamo?

 Nueva nota:
- Señor Jaime: El sábado a las doce en el parque junto al chiringuito del lago me va bien. Llevaré a mi niña, tiene nueve años y va en sillita. Así me reconocerá. Los discos son un regalo, espero que le hayan gustado.

Con un cuarto de hora de antelación, ese día me dirigí al lugar. Quería ver sin ser visto. Pero me salió el tiro por la culata, cuando llegué ya estaba allí no podía ser otra. Decidida se llegó hasta mí.

- ¡Hola don Jaime!

- Por favor, retira el tratamiento, es demasiado formal. ¿Cómo me has reconocido? Ninguna foto tengo a la vista en casa...

- De acuerdo. Mira a tu alrededor. ¿Cuántos de los muchos que aquí ves llevan traje de lino? ¡Ninguno! Además, conozco de sobra lo que tienes en el ropero, no olvides que hago la colada y te plancho las camisas.

Me sentí un poco incómodo, estaba claro que ella conocía mucho más de mí, que yo de ella. De no ser por la sillita de la niña... Le hice una carantoña a la chiquilla a la par que le preguntaba su nombre.

- Me llamo Alís, y tengo nueve años.

- Eres preciosa Alís. Yo me llamo Jaime y estoy contento de conocerte.

- Gracias, yo también.

En verdad lo era. Ojos de un azul muy claro, rubia y delgaducha que parecía no dominar bien su brazo izquierdo.

- ¿Quieres que te baje para pasear un poco con Jaime?

- Sí, por favor.

La niña era más alta de lo que parecía, al igual que su brazo, le costaba manejar la pierna del mismo lado. Era como esas personas a las que ha dado un ictus, sin embargo se expresaba con calma pero perfectamente.

- Ponte de este lado -me dijo- y entonces se cogió de mi mano.

- ¿Quieres tomar un refresco? ¿O damos un paseo por el lago en la lancha?

- ¡Sí! Me gustaría mucho el paseo y luego el refresco.

- Pues hala, vamos.

Alicia no había abierto la boca, empujaba la vacía silla a nuestro lado camino del embarcadero. Nos miramos con una sonrisa de complacencia.

- Tienes buena mano con los niños,  me dijo Alicia.

- Tengo nueve sobrinos postizos, vaya, que son hijos de mis amigos y los he visto crecer, será por eso. Los muy tunantes se aprovechan de mi, siempre esperan el regreso de mis vacaciones para ver lo que les traigo.

Alicia estaba sentada en el banco de enfrente y la niña a mi lado. Fue entonces cuando realmente me fijé en ella. Las dos eran como una gota de agua, un calco la una de la otra, aunque la chiquilla, de no ser por la enfermedad, seguramente con el tiempo la sobrepasaría en altura.
Mientras Alís miraba los patos y los botes de remos, nosotros tratábamos de adivinar los pensamientos recíprocos, indagando en la profundidad de nuestros ojos como si aquello nos fuera a decir algo. La lancha no era lugar para confidencias, llena a rebosar de padres con niños, o parejas de excursionistas mayores, el bullicio era casi ensordecedor.

- ¡Mira, mira los pavos reales en aquellos árboles!

- ¡Y la cascada! ¡Vamos a pasar bajo ella!

Alís se acurrucó junto a mí algo insegura ante la oscuridad que se presentía. La barca entró en una cueva tras el agua, y de repente, se encendieron unos focos de colores, rojos, azules, verdes o amarillos, dirigidos a las estalactitas y a las raíces colgantes de los árboles que estaban en el exterior, en la cumbre del montículo. Entonces cesó el jaleo, todos quedaron con la boca abierta mirando aquella maravilla.

- ¡Oh, qué bonito! ¡Mamá, nunca me habías traído aquí!

- No podía yo sola Alís. ¿Lo comprendes, verdad?

- Sí. Gracias por venir Jaime.


En la terraza del bar, Alicia me contó que era abogada. Se casó cuando ambos, dos años después de acabada la carrera, trabajaban en bufetes distintos. Compraron un piso y nació Alís, pero Marino, su ex-marido, incapaz de soportar la enfermedad de la chiquilla, le pidió el divorcio. Llegaron a un acuerdo, él le dejaba como compensación la parte que le correspondía del piso a cambio de los alimentos que había de pasar a la niña, y se largó. Alicia dejó el bufete, su hija necesitaba de ella y aquel trabajo no le daba respiro. Vendió el piso, demasiado grande, y puso a buen recaudo el dinero tras alquilar un apartamento. Entonces comenzó a trabajar como asistenta por las mañanas en varias casas mientras Alís estaba en la guardería. Tenía las tardes libres, los fines de semana y menos preocupaciones pudiendo dedicar a su hija todo el tiempo. Alis era lista y cariñosa, y aunque se fatigaba al menor esfuerzo y otras cosillas puntuales, la mente razonaba bien, conocía el significado de las palabras, y mantenía una conversación como cualquier chiquillo de su edad. Para hacer honor a la verdad, yo había supuesto que iba a encontrar a una madre puntillosa y a una hija incapaz, un ser amorfo al que se le caía la baba, hacía gestos extraños y gritaba en vez de hablar.

Habíamos quedado para hablar de cortinas, pero hasta el momento, ni ripio sobre ellas. Ella me contaba su vida con naturalidad, como si fuéramos viejos amigos que se encuentran por casualidad después de mucho tiempo. Yo, a medida que ella se explayaba, me juzgaba a mí mismo. ¡No volveré a emitir jamás un juicio de valor solamente por apariencias o ideas preconcebidas!


Si dijera que ese mismo día me enamoré de ambas, y por primera vez en la vida, no mentiría. Tal vez estaba predispuesto, ansioso por cambiar de vida... es muy posible. Aun reconociendo esa ansiedad, lo que empecé a sentir aquel día nunca lo había sentido y sabía con toda certeza que el roto había encontrado al descosido, o viceversa. 
¡Craso error! Alicia se mostró reticente cuando le abrí de par en par mi corazón. El gato escaldado del agua fría huye. Más, estaba seguro de no equivocarme, y de que ella no se equivocaba. El tiempo, no mucho, me dio la razón.


lunes, 14 de agosto de 2017

El reino de Aamaranto.



Erase una vez, hace mucho tiempo, un reino ni grande ni pequeño donde todo parecía estar en armonía. El rey se preocupaba de que sus vasallos vivieran decentemente, sin los agobios de impuestos onerosos, y procurando evitar las luchas intestinas, que por unas y otras razones, habían sido hasta su llegada causa de enfrentamientos cruentos.

Era tenido el rey por condescendiente, procurando seguir aquella máxima de Terencio que decía: "La condescendencia crea amigos, la verdad, odios". Y digo "procurando", porque cuando algo grave sucedía, dejaba a un lado la condescendencia, para tratar de encontrar la verdad aunque pudiera granjearse el odio de aquellos que iban a sufrir las consecuencias, si es que habían quebrantado la ley. Ante esta forma de actuar, el pueblo reconoció que también era justo.

Más, justicia, ley, verdad o condescendencia, son palabras mayores, complicadas de manejar cuando atañen a la propia persona.

Nuestro rey casado a edad tardía, tenía tres hijos, dos varones y una fémina en medio de los otros dos. El primogénito, que habría un día de heredar el trono, fue bien encauzado desde chiquillo por su ayo, que inculcó en él educación, responsabilidad, sentido del deber, paciencia, mesura... en fin, cuanto de bueno y loable hay en la vida. Claro está, que para que todo aquello cuajara, había que tener una pasta especial, y el chico la tenía.

Su hermana, sin embargo, bien por el mimo excesivo con que fuera criada, o simplemente porque lo llevaba en la sangre, era voluble, caprichosa, casquivana, parlanchina en demasía y sin afán de aprender otra cosa, más que la forma de lucir esplendorosa. Decían de ella, que habiendo oído una vez aquella historia sobre Cleopatra y los baños de leche de burra, se encaprichó de tal modo con aquella idea, que su madre no tuvo más remedio que complacerla. Lo cierto era, que no habiendo burras suficientes en la comarca para atender tanto consumo, los baños los preparaban con agua y leche al cincuenta por ciento.

El tercero de los hijos del rey, en poco se parecía a sus padres, pues siendo estos morenos de tez y pelo, él salió rubio tirando a rojo cual panoja de maíz y de piel blancuzca que se tornaba en un difuso anaranjado en los a menudo momentos de contrariedad. Mucho le dio por pensar en esto al rey, y también a la reina, aunque ella no se sabe a ciencia cierta si lo hacía para disimular. "De cualquier forma, dijo la reina, tú te llamas Amaranto, al igual que tu padre y abuelo, y sabido es que esa planta tiene una flor de color carmesí. Por algún motivo les pondrían ese nombre". Quedó conforme el monarca, que enfrascado en los avatares de la gobernanza, no se volvió a ocupar de ello. El chiquillo, cinco años menor que su hermana y siete que el hermano, era de la piel del diablo. Un zascandil artero, traidor, fisga y fisgón, amén de cualquier otro adjetivo por el estilo.
Con cinco años, correteaba por todos los aposentos del castillo, habiendo descubierto pasadizos tan sumamente secretos, que ni su padre los recordaba. Fue así, recorriendo aquellos, que se entero de cosas muy interesantes que algún día no lejano podría aprovechar en su beneficio. Por ahora, simplemente se dedicaba a ver, oír, callar y almacenar, en una memoria prodigiosa. Mira por donde sus padres habían acertado con el nombre: Beltrán.

A Amaranto, el rey justo, se le empezaron a complicar las cosas del reino. En época de bonanza, los señores medran a costa del abundante campesinado que ha de trabajar por un alimento de subsistencia, las ciudades crecen, hacen falta recursos, se han de aumentar los impuestos... y ya está liada la cosa. El rey, preocupado en tratar de solucionar los conflictos surgidos, no se da cuenta lo que en su propia casa sucede. Y sucede, que, su esposa tiene un amante, que su hija es una ninfómana que aprovecha los baños para darse placer, que su hijo pequeño, a punto de la pubertad, so pena de contar lo que a escondidas por los secretos portillos de los pasadizos ha visto, practica el incesto con su hermana, que ha puesto en un brete a su madre, pues habiendo oído que es hijo del amante, les ha dicho que él quiere ser rey, y que su "pseudo padre", el rubio Roderico, capitán de la guardia, ha de deshacerse del hermano mayor para conseguirlo. 
De enterarse Amaranto de estos contubernios, las cabezas de los implicados corrían el riesgo de caer al cesto del verdugo, cortadas por el hacha. 

Los amantes pensaron la forma de deshacer tan complicado enredo. La reina Taira no estaba dispuesta a perder bajo ningún concepto a su hijo Antón. Roderico, aunque callaba, no veía con malos ojos que el suyo lo fuese - Así, durante unos años yo sería regente. ¡Qué digo, puedo ser rey! - Cavilaba.
Aunque eliminar al infante sería la mejor solución: Con un solo muerto todo estaba solucionado, y muerto el perro, se acabó la rabia, eso no le haría rey.  No era cosa de escrúpulos, ningún apego sentía por Beltrán, era cosa de la ambición que el propio chico había generado en Roderico. Lo acertado sería la primigenia idea de acabar con Amaranto y Amarantón. (Así llamado el hermano mayor para distinguirlo del padre al que no le gustaban los numerales romanos, y que al final se quedó en Antón). Beltrán, de diez años, necesitaría de alguien que le ayudase a gobernar y allí entraba él. Pasado un tiempo, ya consolidado en el puesto de regente, Beltrán y Taira sufrirían un accidente, entonces Roderico se casaría con Amarilde para dar mayor legitimidad a su nombramiento como rey.

Beltrán no las tiene todas consigo. Sabe que tiene once años y que ha comenzado una partida de ajedrez harto complicada. A un lado las negras: Amaranto rey, Antón caballo, Amarilde un simple peón, al otro lado las blancas, que han de iniciar una apertura en que las negras no saben de la misa a la media: Él el rey, su madre dama y Roderico torre. Tiene las mejores piezas para dar un jaque mate, pero todo depende de cómo juegue cada cual. Hay que tener en cuenta, que aunque parezca una similitud, no es un juego y puede haber cobardes (Taira, nada hará contra Antón) o traidores (Roderico se puede volver en su contra).


Por una vez, Amaranto observa a su hijo pequeño. Lo encuentra, más que pensativo, preocupado. Más que bullicioso, silencioso y precavido, siempre mirando tras de sí.

-¿Qué te sucede amado hijo? ¿Qué es lo que te ronda por la cabeza? ¿Acaso estás enfermo?

Al chiquillo le extraña el tono afectuoso del padre, que lo ha acercado junto a sí y le acaricia el pelo. Tiene un momento de debilidad.

- Padre, ¿crees en verdad que yo puedo ser hijo tuyo?

- ¿Qué pregunta es esa?

Se miran a los ojos. Los del padre inquisidores, él se retrae un tanto ante el temor de haber sido descubierto. Inventa una patraña.

- Lo digo, porque al ser yo tan distinto de Antón, parece como si fuera hijo de otros padres.

- Beltrán, aunque no lo creas, eres mi preferido. Yo también fui un tanto díscolo, luego me fui dando cuenta de que por ese camino, no llegaría a aquietar las convulsas aguas que tu abuelo no era capaz de remansar. Estaba el reino casi perdido, se necesitaba valor y carácter para dominar a los señores que lo habían convertido en un reino de taifas. Emplee tiempo, esfuerzo, y la amenaza de someterlos por las armas, pero por fin lo logré. Ahora las cosas andan revueltas de nuevo, yo confío en ti para que ayudes a tu hermano cuando me haya ido. Antón tiene muchas cualidades, pero tú le ganas de lejos en inteligencia, él será rey, y tu su más preciado consejero.

Por un momento, Beltrán pensó contar todo lo que sabía, más aquello podía tener consecuencias que no podía imaginar, mejor se enteraba primero y luego decidiría. Y decidió preguntar a su madre, a bocajarro:

- Madre, ¿es cierto que soy hijo de Roderico?

- ¡Jesús! Verás hijo, te diré toda la verdad. Roderico es joven, atento y gallardo, yo estaba muy sola, desatendida, con tu padre siempre inmerso en la resolución de problemas. Me hizo la corte, y me rendí. Yo estaba ya en la madurez y me enamoré. Tuve miedo que se alejara de mi lado y le hice creer que tú eras hijo suyo para sí retenerlo. En verdad de poco ha servido, Roderico no te quiere a ti, ni a nadie, y ahora vienes tú a servirle en bandeja de plata la cabeza de tu hermano, cosa que jamás consentiré. De continuar con esa pretensión tuya, yo misma confesaré a mi marido, tu padre, la verdad. Eso tal vez nos cueste la cabeza a ambos, pero prefiero la muerte antes que un hijo mío sufra algún mal.

- Gracias madre, se lo decías con tal convencimiento, que yo creí en verdad que era hijo suyo. Ahora te creo. La partida de ajedrez ha terminado, la torre caerá abatida antes de dar jaque.

- ¿Cómo dices?

- Nada madre, no te preocupes, nada malo le va a suceder a nuestra familia.

Con la excusa del plan que tenía fraguado, Beltrán llevó a Roderico por el laberinto de pasadizos secretos que comunicaban salas con dormitorios, vestidores con comedores, o cocinas, o bodegas, escaleras... Roderico estaba completamente desorientado, en un momento dado llegaron a una puerta, Beltrán le dio la antorcha que había portado hasta entonces.

- Pasa, le dijo- es necesario que abras esa poterna. Roderico dejó libre el cerrojo y la puerta se abrió hacia afuera. La luz lo cegó, el cerrojo en una mano, en la otra la tea, y abajo, muy abajo, el foso. Durante unos segundos el capitán de la guardia quedo suspendido en el aire, luego cayó al vacío. Se acabaron los contubernios.

Más arriba hemos dicho, que palabras como ley, justicia, verdad, o condescendencia, son complicadas de manejar cuando atañen a la propia persona, a la familia. Ante caso semejante, ¿buscaría el rey la verdad? ¿Aplicaría la ley y la justicia? ¿O, sería condescendiente consigo mismo?


La reina Taira explicó a su esposo Amaranto ce por be sus amores adúlteros.

El rey abdicó en su hijo y se dedicó a su esposa.

Beltrán sería desde aquel momento nombrado el consejero más joven que se había visto. Nunca explicó si Roderico se había caído... o lo empujó.

Amarantón llevó el reino a una prosperidad jamás soñada.

A Amarilde la casaron con el príncipe del reino limítrofe que la hizo nueve hijos. Tanto embarazo la curó de aquellas "enfermedades" que padecía.

Todo quedó en familia.



martes, 8 de agosto de 2017

El legionario.


Decían que Julio estaba participando en conflictos por varios países como soldado de fortuna. En realidad, nadie sabía más que lo poco que él contara, dejando al albur de la fantasía de los demás, hechos basados en alguna realidad que magnificaban.

Lo que era cierto, es que cuando aún no había cumplido los diecisiete años, se fue del pueblo con bastante prisa. El motivo, que su familia negó en principio, para después tratar de comprar un silencio imposible, no era otro que un embarazo. Pero el padre de la chica, catorce años, estaba dispuesto a descerrajar dos tiros a aquel mequetrefe que por la fuerza le había robado la honra a su hija. Con cuatro perras en el bolso, y lo puesto por equipaje, dejó que sus mayores solventaran el asunto, porque así se lo pidieron. Corría el año 1928.

No se supo nada de él hasta el año 1942 en que envió una carta desde algún lugar de Argelia. Al parecer estaba en la legión francesa, que, obedeciendo órdenes del gobierno colaboracionista del general Pétain, luchaba contra el movimiento francés libre y contra americanos e ingleses que habían desembarcado para combatir a los alemanes en el norte de África. Eso duraría poco; con su general al frente, se pasaron al bando aliado.
En aquella carta, dirigida a su padre, contaba alguna de las vicisitudes por las que había pasado. Los años de hambre y duro trabajo hasta que llegó la guerra en España, su incorporación al bando republicano, la huída a Francia y su alistamiento, más bien forzado, en la legión. Le pedía perdón por los males y la zozobra que pudiera haber causado, y, enterado de las necesidades por las que pasaba el país, ahora que podía, mandaba algo de dinero para lo que fuese menester. Los envíos, comenzaron a ser regulares por medio de los consulados, hoy desde aquí, mañana desde allá.

Casi quince años sin dar señales de vida, y cuando lo hace, dirige su primera carta a un progenitor que había muerto siete años antes, en el  treinta y ocho.

Muchas cosas habían sucedido en aquellos años. Julio padre, trató de arreglar del mejor modo posible aquel desaguisado. Con buenas palabras quiso convencer a su convecino Esteban, de que los chicos eran demasiado jóvenes para algo de lo que ninguno estaba preparado. Podían esperar unos años, él se haría cargo de Ana y de lo que tuviera, y después los casarían. Pero Esteban era cerril, consideraba que si Julito había tomado por las bravas a su hija, mal porvenir les aguardaba.

- Pero, eso es lo que te dice ella. No sé si se quieren, ni ellos lo saben, o solamente fue una aventura, lo que sí sé, es que hubo consentimiento. Así me lo dijo Julio y yo le creo. Ella tuvo miedo a tu reacción y por eso miente.

- ¡O miente el tuyo!

- ¿Y esperó cuatro meses, cuando ya todo era notorio, para hacer esa acusación?

Aquella conversación acabó de mala manera, se insultaron y llegaron a las manos. Las dos familias no se volvieron a hablar, y cuando llegó la guerra, alguien acusó a Julio de ser un fascista. Bastaba con saber que su padre y su hermano habían sido militares y que estaban en posesión de una buena hacienda. Julio, el maestro, fue detenido, y seis meses después, en el treinta y ocho, con las cárceles llenas, comenzó una purga sin ton ni son. Con él, otra docena fueron hallados junto a la tapia del cementerio fusilados y con sendos tiros en la nuca, para remate. Todas las sospechas de la delación recayeron en Esteban, que apareció pocos días después colgado de una viga en el corral, entre las ovejas. Corroído por el remordimiento, seguramente pensó que la cosa no iría tan allá, y optó por una decisión que dejaba a su familia en una situación precaria ya de por sí.

Ana, confesó llorando entonces que todo era culpa suya. De no haber mentido, los dos hombres vivirían, Julio no se hubiera ido, y a aquellas alturas los dos estarían seguramente casados, y criando a su hija.

Su suegra putativa, viendo las condiciones en que vivía en su casa, con cuatro hermanos menores, perdonó y acogió a las dos. Era lo único que le quedaba, el hijo, ¡quién sabe por dónde andaría y que peligros correría!

Hasta el cincuenta y tres, Julio no volvió a escribir. Por entonces los franceses estaban a punto de perder Indochina. Era una carta de despedida. Para entonces ya sabía todo lo relativo a su familia, sabía que tenía una hija en la universidad y que Ana, tras muchas idas y venidas, había conseguido que la embajada lo buscase.

- Señora, haré todo lo posible por encontrarlo, pero ha de tener en cuenta, que los legionarios suelen dar un nombre ficticio al alistarse. Le había dicho el cónsul. Más ella no ceja en su empeño - Siga el rastro del dinero que envía y sabrá dónde está. Es necesario que sepa que su madre está muy enferma - y mira por donde, a principios del cincuenta y tres lo localizan con su nombre y apellidos españoles. Está en los alrededores de Hanói en el delta de Río Rojo con grado de teniente, dos veces herido en combate y con el pecho lleno de condecoraciones. Ana le cuenta de cabo a rabo todo lo acontecido desde que se marchó, le pide que vuelva ante la enfermedad de su madre, pero Julio está atado.

El legionario, rehace en su memoria el recuento de cuantas situaciones complicadas ha vivido; La Batalla del Ebro, cuando pusieron en serios apuros al bando nacional pasando a la otra orilla, el retroceso por su empuje, la pérdida de lo conseguido y su huída a Francia. En aquella ocasión, como tantas otras, tuvo miedo, pero no la certeza que ahora tenía de que iba a morir al igual que murieran su abuelo y su tío, el primero en El barranco del Lobo en 1909, y su hijo en Annual en 1921.

Incorporado a la legión extranjera, lo llevaron a Argelia. Tras un duro entrenamiento, es destinado a una pequeña guarnición en el desierto. Es aquí donde ganará sus primeros galones merced a una treta que los naturales bereberes solían utilizar. Enterrados en la arena bajo sus chilabas, esperaban las salidas de las patrullas y las atacaban por retaguardia saliendo de sus escondrijos. Julio propuso al capitán que mandaba el pequeño fuerte hacer lo mismo; enterrarse a unos centenares de metros, y cuando los atacantes bereberes se lanzaran al asalto, los cogerían entre dos fuegos. La treta dio resultado, veinte muertos dejaron sus enemigos, y por un tiempo se vieron libres de las amenazas de merodeadores y partidas de ladrones que amparaban un incipiente movimiento nacionalista.

Recuerda su participación en la guerra mundial recorriendo todo el norte africano desde Marruecos a Túnez donde fue herido por segunda vez. Luego, su reincorporación en el cuarenta y seis lo llevó a Vietnam donde Francia trataba de recuperar sus posesiones, de las que fueran expulsados por los japoneses un año antes, y que ahora controlaban los comunistas de Ho Chi Minh. Tampoco sintió esa desazón en la Batalla del delta del Río Rojo frente treinta mil hombres en el cincuent y uno. Quizá por la superioridad manifiesta que parecían tener con aquella mortífera y novísima arma que los aviones arrojaban: El Napalm. Pero ahora, en el cincuenta y cuatro, lo han llevado a Diem Bien Phù. A su entender, y a pesar del aeródromo y la fortificación, una ratonera en un valle situada en el centro del territorio del Viet Minh, de difícil acceso donde prácticamente solo podían ser abastecidos, o recatados, por aire; la carretera era mala y propicia para las emboscadas.
La artillería enemiga, enterrada en una labor de zapa que los ocultaba, machaca las posiciones sin piedad un día tras otro. Esto, unido al monzón que forma un enorme barrizal le hace ver las cosas harto complicadas. Cree firmemente que se va a dar la última batalla y que de ella no saldrá con vida. Sin embargo se equivoca, herido nuevamente, perdida la guerra, rendido el ejército, es hecho prisionero y puesto en libertad tras el armisticio en el cincuenta y cinco.


Julio no sabe cómo se va a vestir. El uniforme le parece demasiado ostentoso, de paisano no se ve. Es igual que se ponga ropa informal o traje, va a cumplir cuarenta y cinco años y lleva más de la mitad vistiendo de militar.

Ha llegado a España y se dirige a la casa familiar. El taxi le ha dejado en la plaza del pueblo. Plaza y calles adyacentes parecen estar igual que cuando se fue; los soportales con sus columnas de piedra continúan sustentando las balconadas y galerías, la iglesia luce ahora con una gran cruz en la fachada sur con una inscripción loando a los caídos. Solamente los alrededores han cambiado, bueno, hay algunos comercios nuevos, las tabernas tienen ahora otro aire y han sacado las mesas afuera. Pasea a la sombra de los soportales mirándolo todo y tratando de reconocer negocios y negociantes. ¡Imposible! Solamente la farmacia y la ferretería continúan más o menos igual. Mientras la primera ha agrandado el escaparate, la segunda ha amontonado junto a la puerta sus cachivaches para que se admire el género.

Se decide a entrar en la antigua botica de don Servando, donde pide una caja de pastillas Valda. La joven que lo atiende lleva bordado en azul su nombre en el bolsillo de la blanca bata. Él pregunta por don Servando.

- Perdone que le haga esta pregunta: ¿Vive don Servando?

- ¡Oh sí! Como él dice, solamente tiene setenta y un años. Si lo quiere ver, a esta hora suele estar tomando el aperitivo en el casino.

- ¿Sigue siendo el propietario?

- Digamos que sí. ¿Lo conoce?

- Por supuesto, aunque hace años que no lo veo. Me ha dejado en la duda, ¿es el propietario, o no?

- ¿Por qué desea saberlo? ¿Acaso es familiar suyo?

-No, ni mucho menos era amigo de mi padre. Solamente es que su respuesta ha sido un tanto ambigua. Aunque no lo parezca soy militar, en mi trabajo estoy acostumbrado a las preguntas con respuestas concisas. Perdone si la he molestado.

- Tiene razón, pero yo a usted no le conozco, y no me gusta contar a los desconocidos vida y milagros de los demás. Don Servando es mi padrino y no tiene descendencia. Yo seré la propietaria cuando fallezca, si Dios quiere dentro de muchos años.

- Veo que la he molestado, lo siento. Mire, yo vivía en esa casa de la plaza que hace esquina con la calle de Los Zapateros. Curiosamente me llamo como su segundo nombre, licenciada Ana Julia Contreras.

Al instante los dos interlocutores se dieron cuenta de quién era cada cual. El aguerrido soldado se quedó mudo, la joven con la boca abierta y los ojos como platos.
Él pensó: Es un nombre que se ve poco. Ana por su madre, Julio por su padre, sí el apellido Contreras es de su madre, como estoy seguro, quiere decir que la registraron como hija de padre desconocido.
Ella pensó: Se llama Julio, vivía en la  casa de la esquina donde yo vivo con mi madre y abuela, tiene acento francés, y es militar. ¡Más claro, agua!

Y los dos al unísono exclamaron: ¡Eres mi hija! ¡Eres mi padre!

- ¡María! - llamó a la que en la rebotica trajinaba.- atiende tu sola que tengo que salir.

Se sentaron en la terraza del Café Ideal, ni un solo gesto de acercamiento entre ellos. Al fin y a la postre, rumiaba Ana Julia, él las había abandonado, y tan culpable era de la muerte de los abuelos Esteban y Julio, como lo fuera su madre. Aquella desgracia estaba grabada a fuego en su mente desde los nueve años. Por otro lado, aquello quedaba un tanto lejano, y, aunque apenas había dado señales de vida, cuando lo hizo fue para tratar de reparar lo acontecido, aunque solo de vil metal se tratase.

El legionario, habituado a solventar situaciones comprometidas, estaba confuso sin saber la determinación, el comportamiento que debía mantener. No había previsto tal encuentro y la situación le irritaba consigo mismo.

- ¿Está ya bien mi madre?

- Sí, la abuela Mercedes ya está bien.

- ¿Y Ana?

- Muy bien, gracias.

- Por ti no pregunto, te veo hermosa e inteligente. Posiblemente, y con razón, un tanto recelosa conmigo, pero la vida es como es, y si no te conocí primero, me gustaría mucho hacerlo ahora. Comprendo que encontrar un padre a estas alturas, no cambia nada, me he perdido tu infancia cuando más me necesitabas, y tus sentimientos pueden ser encontrados. No pretendo, tampoco sabría, actuar como tal, pero si quisiera ser un buen amigo.

- Siempre he tratado de imaginar cómo sería el soldado que luchaba sin tregua. Iba añadiendo años a aquellas antiguas fotos de un crío con cara de santo, y cada año que pasaba, el santo se iba convirtiendo en demonio. Ni una sola carta, ni una sola mención a mi persona en las cuatro que escribiste en todos esos años. El paladín con el que soñaba de chiquilla, se fue convirtiendo en villano hasta el punto en que rechace la ayuda que me pudieras prestar. He estudiado siempre por mis propios medios, o con la ayuda puntual de mi padrino Servando, que siempre trató de mediar entre mis dos abuelos. No puedes llegar a saber los malos tragos que se pasan cuando has de escribir en los documentos "padre desconocido". Lo crueles que llegan a ser los otros niños con los que vas a la escuela. Dices que quieres ser mi amigo, está bien; si no te vas a otra guerra de esas a las que eres tan proclive, quizá lo puedas conseguir. Soy persona abierta, amiga de mis amigos, que tiene fe en el prójimo, y que quiere sinceramente a aquellos que lo merecen... y a bastantes de los que no.

Se fueron hasta la casa. El portalón estaba como siempre; la escalera a la derecha, el portón que daba al patio al fondo, a la izquierda el aula donde su padre impartía clases a los niños, a la derecha la de las niñas. Don Julio el maestro, dejaba abiertas de par en par ambas puertas, y con continuos paseos se dirigía de la una a la otra en una forma peculiar de enseñanza. Su voz grave resonaba en el portalón, y ni unos ni otras, perdían ripio de lo que contaba o las explicaciones que daba. En la clase de geografía, todos a coro recitaban el nombre de los ríos, sus afluentes y por donde pasaba cada cual. A veces, cuando nombraban las cordilleras, las provincias de cada región o similares, se establecía una competición tan sonora entre una y otra banda, que don Julio debía aplacar los ánimos. Hoy, una de las estancias la ocupa don Servando, primo de la dueña. Mercedes lo había traído a vivir a la casa cinco años antes, cuando se quedó medio ciego por culpa de la diabetes. En la otra estancia estaba la biblioteca con un par pupitres de los que utilizaban los chiquillos, los libros que don Julio había ido recopilando y unos buenos sillones frente a la chimenea.

Subieron la escalera. En el primer piso dos puertas también. Las dos abrían por medio de un cordel que accionaba el resbalón. Entraron en la de la derecha. Dos mujeres hablaban.

- ¡Buen díaaa! Os traigo una visita. Pasa.

Ninguna de las dos mujeres sabía de antemano que Julio estaba en España y mucho menos que iba a venir. Sin embargo, ambas lo reconocieron al instante. la una, porque es imposible que se le despinte un hijo, la otra, porque aunque pasaran los años, la llama seguía viva; lo había querido desde que empezara a andar.
Aunque al principio Ana se retrajo un poco, el lugar era para la madre, enseguida se unió a ellos. Se abrazaron y comieron a besos. Ante aquellas muestras de cariño, a Ana Julia se le soltaron las lágrimas, el impulso la llevó a participar en las caricias, y por un rato largo, los cuatro permanecieron abrazados entre suspiros.
No era día de reproches, pero sí de disculpas. El legionario, sintiéndose querido como nunca antes, pedía perdón a las tres entre sollozos.


Esta pequeña historia, está por terminar. Pero no seré yo quien lo haga, Tu que has llegado hasta aquí, dime qué es lo que piensas: ¿Volvería Julio a retomar su oficio, o se quedaría para saldar la deuda que tenía para con su madre, novia e hija?


viernes, 4 de agosto de 2017

Diógenes, su perro y la birra.


Una de las citas de Diógenes el Cínico que ha llegado hasta nosotros, es aquella que dice: "Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro".

En más ocasiones de las que quisiera, estoy de acuerdo con él. Son momentos, en que los que viendo el egoísmo, la intransigencia, el odio, el menosprecio, la desconsideración, la villanía con que se actúa en la vida, me hacen renegar de la especie humana. Ese bajón que conturba mi ánimo, suele pasar al poco rato, otras veces tarda algo más.

La semana pasada estaba en la barra de un bar tomando un café. Hacía tiempo mientras esperaba la hora de la cita con un agente inmobiliario. Llegaron tres jóvenes que pidieron cerveza. Como quiera que el hueco era escaso, codazo va codazo viene, se metieron entre otro cliente y yo. Ninguno de los dos abrimos la boca. Ellos parloteaban, gesticulaban, y entraban a los pinchos de la bandeja sobre el mostrador con todo descaro. El barman, viendo el saque que tenían, optó por agarrar la bandeja y llevarla al otro extremo.

- Oye, le dijo uno, si los tienes para adorno, mejor los haces de escayola.

- Ya, y si vosotros queréis matar el hambre, en el comedor damos el menú del día.

- Anda, trae aquí y sirve otras birras.

Dudó por un momento el camarero, pero... la recaudación es lo que importa. Sirvió otras jarras y les puso en un platillo dos pinchos para cada uno. El que se supone era el chistoso, con guasa le dijo... "Gracias generoso". En ese momento, jarra en mano se volvió, el líquido elemento, lleno a rebosar, se desplazó cual ola enorme, esas tan altas en que los barcos desaparecen de la vista, y fue a parar a mi chaqueta. Solamente le oí decir un ¡vaya coño, ya perdí la mitad! mientras los otros se reían a carcajadas.

Continuaron a su bola sin pedir una simple disculpa.

- Podías tener un poco más de cuidado, digo yo. Recriminé mientras trataba de limpiarme.

- ¿Cómo dices?

- ¡Que por lo menos podías disculparte, mira como me has puesto!

- ¿Y? Ha sido un accidente, ¿acaso no lo has visto?

- Ya, pero yo me quedo con la mancha y tú tan fresco. No estaría de más una disculpa, con o un "lo siento", vale.

- ¡Tas pirao, viejo! Hay que tener más reflejos.

- Lo que hay que tener es respeto, civismo y urbanidad, que es lo que te falta.

- ¿A qué te suelto un par de yoyas?

El camarero, dueño del local o lo que fuere, trató de poner paz. El gallito estaba frente a mí con cara desafiante. Le iba a decir que no me acojonaba, pero se me anticipo.

- ¡Ya está bien señores, no quiero discusiones! Y vosotros haced el favor de marcharos.

Fue lo último que recuerdo. Once días después salí del coma en el hospital. Al parecer el individuo me había dado un cabezazo que me lanzó contra la máquina tragaperras. Las dos heridas la una en la frente y la otra en el colodrillo, me retuvieron allí otros cuatro días más. Ya estoy mejor, de la cabeza digo, pues el ánimo lo llevo por los suelos. Interesada la policía en el suceso, a pesar de que el local estaba a rebosar, nadie había visto nada. Los tres amigos dijeron que todo fue un accidente. Al tratar yo de esquivar el líquido que se me venía encima, resbale y caí de espalda con mala fortuna.

Para la policía la explicación no justificaba el chichote y la brecha de la frente, pero ni yo podía ser mi propio testigo.