miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Difunto. (Sit tibi terra levis)



Llevaron a enterrar a Jacinto un día de primavera. Estaba anunciado un chubasco, y ya llevaba lloviendo dos días. Gruesas y rápidas gotas, que golpeaban como cantazos lanzados con un tirachinas, caían. Ni el señor cura quería subir al cementerio, y aunque solo estaba a menos de cien metros de la iglesia, lo tuvieron que empaquetar en el coche fúnebre para recorrer tan exigua distancia.

La fosa abierta en el suelo el día anterior, tenía medio metro de agua... y subiendo. Aquellas tierras arcillosas no eran capaces de absorber todo lo que caía. Media docena de paraguas, zapatos llenos de barro, y del montón que lo iba a cubrir, faltaba la buena tierra, esa que hace crecer la hierba, la que mullida hace que al muerto le sea liviano el peso.

La sensación de incomodidad en los asistentes era notoria, nadie hablaba, ni siquiera acompañaban al cura en su Padre Nuestro. Los pensamientos estaban concentrados en la visión que se les presentaría en unos segundos, con el amén.

¿Flotaría la caja en aquellas aguas oscuras? El difunto era un real de queso, una raspa de bacalao, solo pellejo sobre el hueso. Pero no. Tocó fondo, y el agua la cubrió. Comenzaron a salir pequeños gorgoritos distintos a los que las gotas en su caer formaban. Iván, su hermano, había  dejado la tapa sin echar el cierre y por la junta se colaba el agua. Arrojaron unas flores que quedaron flotando, y ya el enterrador se disponía a lanzar el barro, cuando la tapa se abrió de golpe. La escuálida figura, pugnando por sentarse, lanzó a viva voz unos improperios:

 ¡Cago nel mio mantu, non solo dibeis soterrame, tamién a afogame!


Y es que Jacinto padecía de catalepsia, bien lo sabía su médico de familia que con grandes letras mayúsculas lo tenía escrito en su informe. Pero estaba de vacaciones y el sustituto ni siquiera lo miró. Nadie lo sabía, excepto su mujer ya fallecida, y tampoco se percataron del cuadro que sobre la cama tenía esta inscripción:

¡Munchu güeyu, recordái que les  apariencies engañen y puedo tar dormíu!

¡Mucho ojo, recordad que las apariencias engañan y puedo estar dormido!



domingo, 22 de noviembre de 2015

La Torre de Papel.



Recordad por un momento el Génesis 11.9:  "Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra"

Últimamente vengo pensando, que una vez más, y quizá con mayor énfasis, los lenguajes del pensamiento han sido confundidos, instalándose en ellos un libertinaje obsceno. Si bien el egoísmo y la malsana ambición, han estado siempre ahí, nunca como ahora han tenido tan graves consecuencias. A unos les lleva a la estafa material, mientras que a otros, si cabe la distinción, a una estafa moral que siempre es infinitamente más perjudicial.

Me asombra ese estafador, al que su Patria ha tratado de educar honestamente, y sin embargo, se convierte en un delincuente, maestro en arterías, confundiendo pensamientos ajenos que les conducirán a la muerte. Confundidos y confundidores, llegan a despreciar cualquier vida, incluso la propia, en virtud de las creencias inculcadas, de la notoriedad o el martirologio que esperan alcanzar. En ese momento, han pasado de ser estafadores a ser simplemente asesinos.

Me pregunto: ¿Cómo un estafador, puede confundir el pensamiento de una mujer, para que se convierta en mártir, o en el mejor de los casos, en barragana que entregará a sus hijos a la causa? No lo sé. Parece más comprensible en el hombre que busca emociones fuertes, pero no una mujer. Y sin embargo, hay (demasiados) quienes corren desafiando a la familia y a la sociedad, en busca de esa torre de papel, de la que quieren escalar su cima.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Triángulos Amorosos.




Él tocaba el saxo y ella era la vocalista de aquel conjunto musical, al que dieron en llamar La Banda del Estraperlo. El nombrecito nació como consecuencia de las letras de las canciones, de las que a menudo, y en el mejor de los casos, cambiaban el orden de las palabras, es decir, hacían hipérbatos. Suponía esto, una intriga (de ahí la palabra estraperlo) graciosa para los oyentes, pues identificada la música, nunca sabían por donde iban a salir con la letra.
No parecía el invento muy comercial, y además, complicado de encajar con el tempo melódico y el poético, pero la banda tenía éxito.

La joven Mariela, se enamoró perdidamente de Blas, el saxofonista. Lo cierto es que nunca supe el motivo, él era un garrulo, y lo he llamado así, porque reunía todas las malas cualidades de la persona. Lo único en su descargo es que sabía tocar, muy bien por cierto, pero era feo, hasta para hombre, basto, como la lija del 30, grosero y zafio a no poder más, y, sobre todo, embaucador.

Ella, que cantaba en público desde los doce años, lo hacía de oído, no sabía música, lo que algunas veces ocasionaba que se perdiera con la letra en un bucle cuasi interminable. Blas la conoció con apenas dieciocho años. Se sintió atraído por aquella voz cálida, su bonita cara y mejor figura, y la candidez que irradiaba. No le costó demasiado convertirse en su mentor, en el Pigmalión que modeló, no su cuerpo, que no lo necesitaba, pero sí su interior, su yo. Era la adoración que por él sentía, rayana en la sumisión, y que solamente se podía entender, por el cambio radical que su vida había experimentado. De cantar en verbenas de barrio o pueblos míseros por cuatro perras, a alternar en clubs, salas de fiestas de renombre y eventos sociales de primer orden. No se daba cuenta de que el estudio, la constancia y el amor propio, era ella la que lo había puesto. Él, reproches sin cuento cuando se equivocaba, o desdén manifiesto cuando lo hacía bien. Nunca estaba satisfecho.

Ya llevaban tres años juntos, cuando una mañana le dijo que se pusiera guapa, que iban a un sitio. Bajaron caminando por la rambla, y antes de llegar al Ayuntamiento, le compró un ramillete de flores en un puesto. Loca de alegría por aquella deferencia, le preguntó por el motivo, pero él calló. Ante su asombro, y media hora después, salían del edificio; ella llevaba una alianza y había firmado unos papeles que la señalaban como esposa de Blas Menique Infante. Triste boda, pienso yo, sin amigos, invitados, ni banquete, ni viaje de bodas. Aquella tarde noche, había función en el Tropical.

Apenas una semana después, estando preparándose en su camerino, Mariela recibió una visita. Tras presentarse, los dos hombres le preguntaron si ya había decidido la respuesta a la oferta que a su representante le hicieran. Ella dijo desconocer tal cosa y, puesto que a su marido se habían dirigido, no veía la razón de que allí estuvieran. A Blas lo encontrarían en la barra, hablando con el grupo.

- ¿Se han casado? - preguntaron extrañados- Pensábamos que nos esquivaba. Tal vez por eso no hemos tenido noticias suyas, y como nuestra inmejorable oferta era solamente para usted, por eso estamos aquí.

Por más que insistieron en que conociera la propuesta, ella no quiso escucharla, los remitió a su marido.

Cuando Mariela le preguntó, Blas dijo que el negocio no les convenía... y allí acabó la cosa.

Los triángulos amorosos, pueden semejarse a los geométricos:

Equilátero; Generalmente, cuando dos hombres y una mujer, o dos mujeres y un hombre, con similares armas, luchan por conseguir aquello que desean; la mujer en el primer caso y el hombre en el segundo.

Isósceles; Cuando uno de los anteriores es más débil que los otros dos. Ya sea hombre, o mujer, se les conoce por cornudos.

Escaleno; Cuando la preponderancia de uno de ellos es superior a los otros dos. Si es hombre, el otro no mojará. Si es mujer, hará lo que le dé la gana.

Mucho lío para acabar diciendo que a Blas le salió un competidor por el amor de Mariela, y que como he explicado anteriormente, el triángulo a formar parecía un escaleno dada esa notoria preponderancia. Pero las apariencias pueden falsear la realidad.

El saxofonista, jefe de la banda, tenía sus fans, y, si había traicionado a su mujer con una boda, para evitar que ella tomara otros derroteros en busca de fama y dinero, no iba a dejar de engañarla con algunas de sus admiradoras. Estas actitudes, no pasaban desapercibidas para Mariela, que una cosa es ser sumisa y otra ser tonta. Así que un mal, o quizá buen día, se le ocurrió recriminarle sus andanzas. Él, creyendo que se le subía a las barbas, la empujó contra la mesa, la arrancó la ropa, y como las bestias toman a sus hembras, con fuerza la humilló. Ya tienes lo que querías - le dijo para remachar el clavo- mientras ella se limpiaba las piernas, y las lágrimas.

Mario era el batería. Con diez años menos que Blas, y dos más que Mariela, todos lo tenían por chalao, un mal que no se por qué se les achaca a muchos de los que hacen percusión. Sin embargo, la fachada suele ser a menudo simple apariencia bien calculada. Mario estaba enamorado de Mariela, deseaba probar la fruta prohibida, pero no se atrevía. El ogro, que podía dejarlo en la calle, por un lado, y el embobamiento que ella demostraba, por otro, lo frenaban. Sin embargo, por aquellos días, notó en la chica una tristeza inusitada, y como eran buenos compañeros y amigos, se atrevió a preguntar lo que le ocurría. Tampoco ella se lo iba a contar de buenas a primeras, pero para el buen entendedor, pocas palabras bastan, y más si el distanciamiento se percibe en el aire.

- Apóyate en mi hombro, que yo puedo ser el bálsamo que cure tus males. Mira que estoy loco por ti, que te puedo dar lo que nadie te ha dado, verás el pedestal en el que te tengo colocada.

Y poquito a poco, el triángulo se fue transformando de escaleno a equilátero.

Mariela se fue dando cuenta de la abismal diferencia entre los dos hombres; El uno; Haz, trae, quiero, dame, vete, ven... El otro; quieres qué, te gustaría, que te parece... En la comparación, llegados estos casos siempre se hace, su marido salía perdiendo por goleada. Tomó una determinación; comenzó a decir aquello que no quería, que no le gustaba, con lo que no era conforme... Y se armó la marimorena; El triángulo dejó de serlo.

A veces, la diosa Ocasión, mujer hermosa en su desnudez, con sus pies alados, de puntillas sobre la rueda y la frente de abundante cabellera, nos avisa que la ocasión que viene de cara, puede pasar rápidamente, que hay que cogerla por los pelos, pues una vez que pasa, es imposible; por detrás está calva.

Esto fue lo que le dijo Mario a Mariela, y ella se fue a ver a aquellos señores que la contrataron. Cambió al saxofonista por el batería, y con él y los hijos que tuvieron, vivió feliz, amada y respetada, en tanto que el otro, rumiaba una venganza que no llegó, produciéndole ansiedad, y por ende, salivación excesiva que le dificultaba tocar como antes.


Colorín colorado, este cuento, por fin se ha acabado.

viernes, 30 de octubre de 2015

Matar es fácil: Duda.




Un hombre ha muerto. El juez ha escrito en su informe: Homicidio por imprudencia leve. Causas: la aglomeración de las personas que acudieron en su socorro.

Es sábado, sobre las seis. Tres amigos a los que el cuerpo les pide parranda tras una buena comida, se van de putas. El barrio es de sobra conocido, está en la Puerta de la Villa por donde antes entraban animales y mercancías para el abastecimiento de la ciudad. Con el paso del tiempo, una mejor carretera dejó aquél lugar fuera de la órbita municipal. Las casas, pequeñas y antiguas, han sido ocupadas por ciudadanos de pocos recursos, que en el mejor de los casos, se dedican a un peonaje incierto y mal pagado. Campan las gentes de mal vivir; rateros, trileros y ventajistas, prostitutas y celestinas. Los que se dedican al mangue, se reúnen en el bar de Teófilo, el tuerto le llaman, y las que ofrecen su cuerpo, en el bar de la Trini.

Para distracción de los municipales o la policía, que de vez en cuando hacen por allí la ronda, el bar de la Trini, es solo eso, un bar. Cualquier acuerdo, trato o favor al que las parejas lleguen, ha de solventarse en alguna de las casas de sus convecinos, por un precio estipulado.

Los tres amigos, un poco pasados de copas, enfilan la calle, antes carretera. Algunas mujeres, casi todas de bastante edad, cosen a la puerta de sus casas. A Pedro le llama poderosamente la atención una, que sentada en los peldaños de la entrada, está zurciendo calcetines. Luce un vestido de trapillo que deja ver pantorrilla y algo de muslo, y aunque Pedro se ha fijado, ha sido solo un instante. Está embobado con la cabellera pelirroja de la mujer, que no llegará a los cuarenta.

- Oíd,- dijo apuntando con la barbilla a la cosedora- ¿vosotros sabéis de qué color son los rizos que no se ven?

Y los otros empezaron una discusión; el uno que negros, y el otro que del mismo color que el de la cabeza.

Pedro cortó la discusión- ¡Nunca lo hice con una pelirroja! Me voy a por ella.

- ¿Dónde vas, chalao? Esa solo pone la cama... El ganao está en el bar...

- No seas basto, Pepe, que si ellas son ganao, ¿qué serás tú que vas a la monta?

Pero Pedro ya hablaba con la taheña.

- Perdona si te ofendo, pero ando buscando un rato de compañía. ¿Te hace?

- Yo ya no me dedico a eso, estoy casada. Solo pongo la cama, vete al bar.

¡Ajá! Ya me has contestado y te he de enredar. Pensó el galán.

- Oye, se que en el bar piden entre diez y veinte duros, te doy treinta por media hora.
Una sombra de duda creyó adivinar Pedro en la cara de la mujer que se ha pinchado con la aguja. Avienta la labor, el huevo de madera se ha salido del calcetín y rueda por la calle. Pedro lo recoge y se lo entrega a la par que aumenta la oferta a cuarenta.

- Bueno, pasa, pero solo media hora.

Ella lo conduce a una habitación, un cuarto interior con un montante sobre la puerta que hace de respiradero. Enciende la luz. Solo la cama, una jofaina y una toalla sobre una silla.

Adela, que así dice llamarse, se saca el vestido por la cabeza mientras Pedro la contempla. En ese momento, unos toques en la puerta. Es el marido. Sabe que llega a tiempo, los ha visto adentrarse en la casa desde el principio de la calle, y ha ido a todo correr. Desde el otro lado le dice que no lo haga, que trae algo de dinero. Ella le contesta que el trato ya se ha hecho, y que no hay vuelta atrás, que se vaya a dar una vuelta. El marido sabe que tienen que comer, pero a él no le gusta aquello, habían acordado que solo el cobro de la cama. No se puede perder esto, afirma ella, ya he cobrado cuarenta duros.

Pedro no las tiene todas consigo, pero ha sentido cerrarse la puerta de la calle, y la pasión le consume. No quiero, ni aspavientos ni oírte ayear. Tu, pasiva, no me gusta que me engañen. Y van a lo suyo. Adela ha procurado en todo momento distraerse contemplando la lámpara, pero poco a poco, su respiración se va haciendo más intensa, hasta que en un momento, busca la boca del hombre y sus uñas hacen marca en la desnuda espalda.

El cliente vuelve unos días más tarde, no la puede apartar de su pensamiento. Adela es reacia, la bronca del otro día con el marido ha sido mayúscula, se rifó una torta y casi le toca. Pero las perras se acabaron en esto, aquello y lo otro, y las diez pesetas que caen de vez en cuando por la utilización de la cama, apenas sirven para pan y leche. Son bastantes las que cosen a la puerta, demasiadas para repartir las exiguas rentas. El marido hoy no trabaja, ayer tampoco, mañana,  ¡quién lo sabe!

Las dudas de la mujer aumentan cuando Pedro le dice que hoy solo tiene veinte duros, más, son muchos duros y mayor es el recuerdo que él la dejó. En estas están, cuando Juan, el marido, celoso de un honor vendido demasiado a menudo, se presenta de nuevo. Esta vez Pedro se marcha como vino tras una agria discusión. Pero no desistirá, es topógrafo, está trabajando en el descampado, detrás de las casas donde construyen un colector que llevará las aguas a la nueva depuradora, y le es fácil espiar los movimientos de la calle con su teodolito, en la distancia.

Ha meditado, ha hablado con el encargado que lleva la obra, y ha conseguido un trabajo para Juan en la depuradora, a dos kilómetros de allí. Es la forma de alejarlo, de tener el campo libre. Le entrega una tarjeta a Adela con la recomendación, y allá se va el hombre,  sin querer pensar, como la habrá conseguido. Solo piensa que con el trabajo y un sueldo regular, los escarceos de su mujer cesarán.

Adela se siente ahora presa de dos circunstancias; un anhelo callado pero vehemente, y un agradecimiento que desea sea notorio. Ambas circunstancias la llevan a entregarse con pasión.

Las constantes y fuertes lluvias del otoño, han paralizado las obras un par de semanas. Los obreros acuden igualmente al tajo por si hay algo que puedan hacer, pero los pies se hunden en el barro hasta los tobillos, no hay manera de encofrar, y mucho menos de echar hormigón o colocar tubería, así que, una vez han hecho acto de presencia, se vuelven para casa.

Ha cesado de llover, la tierra ha ido absorbiendo el agua y el aire contribuye a secar el terreno, vuelta al trabajo. Pedro tiene una buena disculpa para verse con Adela, le basta con decir a su ayudante; Me voy a la oficina, vete clavando las estacas en los puntos de referencia. Pero este día las cosas le van a salir torcidas... o no.

Es sábado y solo se trabaja hasta la una. Pedro, algo más. Está ultimando unas mediciones que no le convencen. Juan, con el bolsillo caliente, se ha parado en casa del Tuerto a tomar un vaso. Unos mojarras bromean y le lanzan puyas para que pague una ronda:
- Ahora que tienes más de un sueldo bien puedes invitar.

Juan trata de hacer caso omiso al rufo que lleva la voz cantante, piensa que lo de los sueldos va por el trabajo y por la cama que su mujer renta.

- Igual te equivocas, y el pelagatos del catalejo lo saca por la cara - apostilla otro dirigiendo a ambos una mirada socarrona.

- A vosotros, malsines, ni os va ni os viene en mis asuntos, más de un cuatezón hay aquí que pudiera señalar con el dedo, pero me callo. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.

- ¿Qué es eso de cuatezón que nos has llamado?

- Que aunque no se os vean, también vosotros tenéis cuernos, es decir, que hay mucho cabrón.

Apura el vaso y se marcha Juan. A lo lejos sobre un pequeño montículo divisa al agrimensor, causa de sus celos, y yendo como va, fuera de sí, se dirige hacia aquél lugar.

Llegado al sitio, toma aire procurando calmarse, pero las palabras que de su boca salen, no parecen conciliadoras.

- Oye una cosa mequetrefe, ya te avisé de que no continuaras por ese camino. ¿Quién coño te crees, para tratar de descomponer nuestras vidas? ¿Acaso piensas que el dinero lo es todo? Es la última vez que te aviso, si me entero de que vuelves a rondar a mi mujer, por mis muertos que te saco las tripas.

- Atrévete ahora mismo, estamos solos. Estaré con tu mujer hasta que me canse. ¿Te enteras?

- Pues ahora mismo lo solventamos.

Puños por delante, Juan arremete contra Pedro que se pone a la defensiva. Esquiva una primera y una segunda puñada, la tercera le alcanza en el pecho y casi lo zampa en el suelo. Poco a poco Pedro lo va llevando a donde quiere. Lo llama flojo, muérgano... y mantenido, exacerbándolo aún más. Juan desconoce algunas de las palabras que le suelta en vez de los puños, pero eso de mantenido lo entiende perfectamente. Cual si fuera un toro bravo, toma carrerilla y embiste con los brazos abiertos para atrapar a aquella sabandija escurridiza.

Pedro aguanta haciendo el don Tancredo, y cuando Juan está a punto de tomarlo, se aparta. La inercia lleva al peón a caer por el terraplén del colector. Hasta el fondo. A cuatro metros. Abajo una laguna poco profunda, pero cenagosa por la tierra que ha ido argayando. Juan se levanta. Trata de salir de allí, los zapatos se quedan en el fondo atrapados por aquellos puches. Descalzo trata de gatear hacia arriba, pero por cualquier lado que lo intenta, y con enorme esfuerzo, la tierra se le viene encima.

- Échame una cuerda, mamón. No puedo salir.

Y aquel diablo con cara de santo, muestra una sonrisa maligna, se da media vuelta y allí lo deja. Baja a todo correr hasta las casas gritando: ¡Ayuda, socorro, un hombre ha caído en el pozo y no puede salir! Y los vecinos todos, corren para ver lo que ha sucedido. Se acercan al borde, la tierra falla. Juan grita; ¡No, no, atrás, atrás! pero los rezagados quieren ver y empujan a los que estaban al borde. La tierra no aguanta tanto peso. Algunos están a punto de reunirse con el que queda sepultado.

Vía libre para el amor. ¡Mentira! En el mismo instante en que Juan quedó sepultado, Pedro perdió el interés que sentía por Adela. ¿Y Adela? Adela ha vuelto al bar de la Trini. Como muchos de los vecinos del barrio, tiene en su mente una duda: ¿No habría sido aquello premeditado?

lunes, 26 de octubre de 2015

Psicología Inversa, o el Galán Cartero.



El tipo practicaba la Psicología inversa, sobre todo con las mujeres. Presumía de haberse llevado al huerto a bastantes famosas (el reto estaba en conseguir la primera) a base de escribirles cartas de amor. Unas cartas de amor que siempre comenzaban más o menos así:
 - Perdona mi atrevimiento (nombre de la pretendida), sé que probablemente no leerás esta carta, y, en caso de hacerlo, no tendrás en cuenta mi proposición. Has despertado en mí, esa pasión que quita hambre y sueño, y no hago otra cosa que pensar en ti.
- Deseo pasar una noche, en realidad todas las noches de nuestras vidas, pero me conformo con una sola noche para que veas quién y cómo soy. Lo que por ti siento, todo lo que podría darte.
- No aceptarás, seguro. Sin duda piensas que estoy zumbado, que soy alguien que padece manía persecutoria, no sé, lo peor. Pero no es cierto. Te amo de veras y no tengo otro camino que este para acercarme a ti. Tienes (según su estado: Marido, novio, amigo con derecho a roce, guardaespaldas...) lo que impide ese acercamiento. Imposible "asaltarte" en el restaurante, en la calle o en las fiestas a las que vas. Siempre estás rodeada de gente.
- Por ello te pido una cita de esta manera. Haz la prueba y conviérteme en el hombre más feliz sobre la tierra, aunque solamente sean unas horas, y verás que corresponderé con la misma moneda. Soy leal y hasta entretenido, y puedo cumplir cualquiera de tus deseos.
- Sé que no me llamarás para hablar conmigo,  y que me iré consumiendo de pensar en lo que pudo haber sido y no fue, pero si lo haces, no te arrepentirás.


Lo cierto es que, a Argimiro, que así se llama el galán cartero, se le ve paseando a mujeres de muy buen ver, no se sabe si porque eso de la psicología inversa funciona, o porque las hay que... "Culo veo, culo quiero"

Ya se dijo al principio, que el reto estaba en conseguir la primera.


lunes, 19 de octubre de 2015

El Novio que Ofelia nunca tuvo.


Cuando en 1955 se conocieron Ofelia y Avelino, ella tenía dieciséis años, y él cuatro más. En el mismo momento de conocerla, Avelino supo que, con el andar de los años, aquella chica sería su mujer.

Comenzar a rondar a la niña no le resultó difícil. La familias acababan de mudarse a aquél poblado de casitas nuevas, blancas, unifamiliares, adosadas las unas a las otras y formando calles estrechas y paralelas. Las casi trescientas con una chapa donde constaba el emblema y la leyenda que el Ministerio de la Vivienda se encargaba de clavetear en la fachada. Nuevos vecinos, nuevas amistades.

Avelino trabajaba en un taller mecánico manejando una rectificadora de bloques de motores. Ofelia era estudiante de bachillerato e iba una academia del centro, donde aprendía corte y confección de seis a ocho.

 La ciudad estaba condicionada por dos vías de comunicación; la carretera a Coruña y la de Madrid. La una discurría de este a oeste y la otra de norte a sur. Ambas se cruzaban en un punto que dieron en llamar Cuatro Caminos. Cada uno de los cuarterones conformados, estaban bien definidos: En el del Noreste estaba el puerto, en el del Sureste los edificios notables, viviendas, negocios, restaurantes... En el Noroeste estaba el polígono industrial, y en el Suroeste, el apartadero y los cobertizos del ferrocarril y un descampado donde se celebraban las ferias de ganado. Fue en este lugar donde se ubicó el poblado, muy cerca de las chabolas de los gitanos que estaban contra el monte, y a los que también dieron casas para erradicar el chabolismo. Las casetas de tabla y cartón continuaron allí, pues antes de que las derribaran, se instalaron familiares venidos de otros lugares.

El tranvía unía el centro de la ciudad con el puerto y el polígono, por lo que los habitantes del poblado debían bajar a pie hasta la rotonda de Cuatro Caminos. Hubo un proyecto para que un ramal continuara recto hasta las nuevas edificaciones, pero todo se quedó en agua de borrajas.
Como quiera que transitar de noche, desde la rotonda hasta el poblado no era muy recomendable para una chica sola, Avelino esperaba a Ofelia todos los días. Para ella era un orgullo sentirse protegida por aquel mocetón, sabía que causaba la admiración y hasta envidia de amigas, compañeras o vecinas, pero eso de ser su novia como decían, ¡ni hablar del peluquín!. Ella tenía otros proyectos, o al menos eso solía decir, sin querer reconocer para sí misma, que no tenía ninguno. Lo que si tenía claro es que no iba a lavar monos grasientos toda su vida.

Avelino era formal, lo que no era impedimento para permitirse coger aquello que deseaba si es que le daban pie. Así que, hoy la mano, mañana el brazo por encima del hombro, y al otro el primer beso bajo el alero de la antigua caseta del fielato.

- Ya somos novios, dijo él cuando ocurrió lo que tanto tiempo llevaba ansiando.
- ¡Naranjas de la china!- Contestó ella dando un bote - Aún soy joven para esas cosas. Me lo paso bien contigo, eres ameno, alegre, guapo... pero hasta ahí llegamos, no necesito novio.
- ¿Y entonces, qué somos? ¿Por qué te dejaste besar?
- Para ver que es lo que se sentía, ha sido el primero en la boca.
- ¿Y te gustó?
- Si.
- ¿Repetimos?
- Bueno.

Y con el nuevo beso, los cuerpos muy juntos, las manos del mozo comenzaron a bajar por la espalda. Encontraron dos rocas duras allá donde comienzan los muslos y asiéndose a ellas, encolingó sin esfuerzo a la moza hasta su altura, que se agarró a su cuello para mejor saborear la mieles de aquella boca.
No fue aquél día, pero si poco después, que Ofelia le entregó gustosa su flor.

- ¿Y ahora? ¿Somos novios?
- ¡Te he dicho que no!
- Ofelia, ya me han sorteado, me tocó para África, y cuando vuelva, quiero casarme contigo; estoy enamorado.
- ¡Necio eres! Cuando vuelvas hablaremos.

Pero como dice el refrán... el hombre propone, Dios dispone... y la mujer, o el diablo, todo lo descompone.

" Querido hijo:
          Espero que al recibo de esta, te encuentres bien. ¿Están en la carta los veinte duros que te envío? Espero que sí.
          Sobre lo que me comentaste en la anterior, creo que es mejor que juntes todos los permisos para antes del licenciamiento, así se te hará más corto. Venir, para luego volver, además de resultar costoso, tiene inconvenientes: Perderás días en los viajes, estarás contando los que te restan del permiso, y sentirás pena cuando te marches.

          Otra cosa te tengo que decir. Como todos los años para la Cruz de Mayo, llegó el circo. Dicen que este año fue el último que lo traerían en tren, van a comprar o contratar camiones que son más rápidos. Hubo casi treinta barracas, las lanchas, la noria y otras atracciones nuevas que colocaron como siempre junto a la iglesia. El circo junto a las vías. Este año además de los elefantes, hipopótamos, camellos, caballos, tigres, leones y monos, trajeron osos que jugaban al fútbol, y unas ovejas de cuello largo que las dicen llamas. La gente se arremolinó para verlos bajar de los vagones, así se ahorraban las pesetas que cobraban por la visita al zoo.

          No sé si contarte esto, igual te apena, pues parecía que tenías interés en ella. Ofelia se marchó con un titiritero que se hacía el borracho subido a una farola. El director del circo les dijo a sus padres que con ellos estaría bien, que aprendería el oficio y que el tal saltimbanqui, necesitaba una chica para hacer como de mujer suya, zurrándole la badana por beodo. El caso es que se marchó dejando a Teo y Antonia las dos mil pesetas del contrato. Pero poco duró el trabajo. Dicen que el volatinero se prendó de ella y que la sacó encinta.  Apenas nació el niño, el médico sentenció que no era normal, entonces el equilibrista se puso como un cafre, porque según cuentan, ella lo había despreciado, haciendo con alguno de los enanos, lo que no quiso hacer con él. A partir de aquél momento la apodaron Blancanieves, pues el hijo era enano. Las trifulcas fueron a mayores, el hombre no la quería ver por el circo y el director se vio en la necesidad de despedirla so pena de perderlo. Así que se ha venido para casa. Teo los ha admitido a regañadientes.
          Y eso es todo. Espero no haberte disgustado mucho. Un abrazo fuerte de tus hermanos y besos míos y de tu padre".

Sabido esto, Avelino cedió a la sugerencia de su madre, se había incorporado en abril y ya iba a cumplir el año. Descontando del resto los permisos, aún le que quedaban otros diez para su vuelta. Dolorido en lo más intimo, apenado, y sin llegar a comprender el misterio del alma humana, se resignó a seguir pisando las arenas del desierto y pensando en el reenganche.

Ha llegado Avelino al poblado. Nadie lo espera, pues ni a su madre se lo ha comunicado. Para ser febrero, el día es soleado y hasta caluroso, aunque el soldado -aún lo es hasta que le firmen la cartilla- siente un frío que le llega a los huesos. Le tiemblan las manos, los dientes chocan entre sí y siente el corazón acongojado, oprimido, acelerado. Enfila la callecita, el sol entra por ella como si de un río se tratase, la alargada sombra en el suelo, el paso que quiere ser decidido, erguido como si fuese a desfilar, pero lo cierto es que las piernas tiemblan, y el ánimo se halla conturbado. A mitad de la calleja, en la puerta frente a la de su casa, está sentada Antonia tejiendo punto. Tiene a su lado un serón. Cinco pasos antes de llegar a su altura, la mujer ha visto la sombra, suelta las agujas y corre a colgarse del cuello del mozo. Gruesas lágrimas corren por sus mejillas. ¿Será por lo que pudo haber sido, y no va a ser?
Avelino se acerca a la cuna, la cara del niño que duerme apacible en la penumbra, las piernas al sol. Cabeza grande, frente prominente, y bracipaticorto. Muy guapo, se atreve a decir a la abuela mirándola fijo a los ojos. Para que vea que de verdad siente lo que dice, que aquél ser indefenso, no le mueve ni a pena, ni mucho menos a repulsión.

A los hipos de la mujer, ha salido la hija. Apenas se miran un instante, y en un acto reflejo, ambos abren los brazos recibiéndose mutuamente, y comiéndose a besos.
- ¿Serás ahora mi mujer?
- Siempre lo he sido Avelino.

Han pasado los años. Solamente los que no le conocen, ven en Genaro un enano. Pero los que si le conocen, saben que es un hombre, inteligente y culto. Él sabe, como toda la familia, que Avelino es su padre, no por haberle criado, mantenido y estudiado. Lo es porque la ciencia así lo demostró, aunque ni falta había; Avelino era el portador del gen mutante. Lo es, porque su madre, que se fuera con el circo por temor a su padre al saberse embarazada, se entregó a un solo hombre, al hombre que siempre quiso y que nunca fue su novio.


viernes, 9 de octubre de 2015

El Castillo de las Moscas.



Cuenta la leyenda, que el conde Baudilio construyó su castillo en lo alto de un monte, al que una bifurcación del río había dejado otrora en medio formando una isla, ya que ambos brazos volvían a encontrarse un trecho más adelante. Por una u otra cusa, el río cambió su curso de manera que ahora solamente discurría por el lado sur, dejando una profunda herida en lado norte. Era un buen lugar de defensa; este, sur y oeste lo amparaba el río, y al norte la barranca excavada a lo largo de siglos. Un puente sesgado, para no coincidir con la puerta de entrada, y con sendas barbacanas a ambos lados, imposibilitaban el paso a las torres de asedio o los arietes.

Los canteros que hicieron la obra, dejaron su marca en los sillares, y cuentan, que alguna calavera de trecho en trecho para amedrentar. Que la argamasa con que unieron las piedras, estaba amasada con la sangre de sus enemigos, por aquél entonces sarracenos, y que a estos, también los enterró bajo los cimientos imitando a los emperadores chinos que construyeron la gran muralla.

Al castillo, lo dieron en llamar "De Las Moscas", porque estas eran atraídas por el color rojo de las juntas donde parecían libar. No se sabe con certeza si abundaban debido a que en la pradería del lado sur, donde se asentaba la aldea, se apacentaba mucho ganado, o acudían a esa pared principal por la imaginaria sangre desecada. Lo más probable es que las moscas acudieran por costumbre, pues hubo allí jaulas colgantes de hierro, donde se introducían a los condenados por delitos graves, hasta que solamente quedaban sus huesos.

Hasta aquí algo de la historia del castillo, del que hoy apenas queda parte de la fachada sur y este. De sus moradores, más bien poco, pero algo hay.

El conde Baudilio, tenía la arraigada costumbre de practicar el derecho de pernada, al que sus vasallos se sometían, ya sea porque sus "primogénitos" podían disfrutar de prerrogativas, que de otra forma no podían alcanzar a no ser por meritorios hechos de armas, o porque como su nombre indica, gustaba a todas las mujeres e incluso a los hombres a pesar de una juventud un tanto tenebrosa, que se suavizó mucho con el nacimiento de su legítima hija .

Pero el hombre muda a menudo de gustos, sobre todo cuando le atañen a la bolsa o al honor.

Era Pedro Herreruelo, hijo de otro Pedro, que tomara su apellido del oficio que desempeñaba, el cual trasmitió al Pedro de nuestra historia. El mozo, dominaba el arte del templado de los metales como ningún otro, siendo sus espadas además, un puro gozo por su liviandad, filo y ataujía.

Ya desde niño, a la par que ayudaba a su padre en la fragua, se formó como lanzador de venablos y en el manejo de la espada de marca. Para congraciarse con el conde, y poder trabar amistad con su hija por la que bebía los vientos, a pesar de saber que aquello era cosa imposible, le forjó una espada de hoja soldada, plegada diez veces y con canal. Esbeltos gavilanes, empuñadura de cuerno recubierta con filigrana de plata y pomo equilibrador grabado con el blasón en oro.

El conde cayó en la celada ante aquél regalo digno de un rey, y desde aquél día, Pedro tuvo la anuencia de su señor para andar por el castillo, so pretexto de revisar el armamento de los caballeros y peones, y las armas guardadas para las levas.

A Arundina, la hija de Baudilio, que a la sazón contaba catorce años, le sorprendió aquella cara nueva y cuerpo atlético que deambulaba por las plantas inferiores de la torre. Pedro se ejercitaba a veces con los hombres en el patio, probando las armas, bien entre sí o contra el estafermo. No reconoció en él, al ayudante del herrero, sudoroso, tiznado de carbón y con ropas desastradas, que la miraba a escondidas cuando con su aya salía al mercado de los viernes.

 Una desazón inexplicable embargaba su alma, sin querer reconocer, que aquella inquietud interior, no era si no el dardo del amor que había prendido en ella. Ambos se miraban, pero guardando las distancias y sin osar intercambiar una palabra.

El rey Arnulfo, llamó a sus vasallos a la batalla para tomar una serie de plazas desde donde los moros lanzaban a menudo razias contra aldeas dispersas, con poca protección, o contra los campesinos para robarles animales o grano. Baudilio acudió con sus mesnadas y la leva que reclutó para los trabajos de ayuda. De entre ellos, los dos Herreruelos en previsión de reparaciones en los pertrechos.

Pedro el mozo, ante las vicisitudes que se avecinaban, se atrevió a hablar con Arundina para pedirle, aunque él posiblemente no guerrease, que fuera su dama. La respuesta afirmativa de la niña, le animó a dar el paso, y entonces,  le habló de lo que por ella sentía; la amaba.

Se hicieron promesas e intercambiaron regalos, a pesar de que ambos sabían lo complicado de aquella relación; ella era noble y él un vulgar plebeyo. Pero Pedro tenía su planes y a ella se los contó.

Contra la oposición de su padre - no es lo mismo practicar el arte de la esgrima que herir o matar a un hombre, yo bien lo sé, y menos morir por alguien a quien odias - armado con sus venablos y espada acudió a su primera batalla. Él no odiaba a su señor y tenía mucho que ganar en aquella lucha; Un amor para toda la vida, mientras que su padre era uno de los que guardaba profundo rencor hacia Baudilio desde el día en que se casó; la noche de bodas, su mujer fue del conde y no suya.

Pedro el mozo, se unió a la lucha al tranco del percherón que utilizaban para llevar la fragua con sus bártulos. Iba revestido este, cual unicornio de puntiagudo cuerno en la testera, petral, barda y capizana, mientras que su dueño solamente llevaba un peto como defensa, los venablos en su alijaba y la espada como armas. Esperó a que los arqueros acabaran su labor, entonces, cuando ya los combatientes se enfrentaban cuerpo a cuerpo, arreó a su caballo a la par que lanzaba sus venablos. Por el pequeño hueco que dejaron los caídos, el caballo entró como un ariete arrollando cuanto encontraba a su paso. Unos lanceros se colocaron a los flancos defendiendo al animal, consiguiendo entre todos romper la línea formada por los sarracenos. Por aquel coladero empezaron a entrar cristianos para atacar por la retaguardia y creando gran confusión. El rey moro, dando por perdida la batalla, rindió sus armas en evitación de más derramamiento de sangre.

Pedro, se ganó la admiración del rey que contemplara desde la loma aquella maniobra y quiso premiarle con aquello que quisiere. Pidió ser caballero y la mano de Arundina. Pero Baudilio, sospechando que el mozo, al igual que todos los primogénitos de su aldea, pudieran llevar sangre suya, le pidió al rey que negara aquella petición. Pedro y Arundina podían ser cohermanos.

Entonces intervino Pedro el viejo para aseverar que su boda se celebró casi dos meses después de que Aldonza, su mujer, quedara encinta. El mozo era hijo suyo como bien sabía el abad de san Nicolás.

Descubierto el engaño que los pueblerinos venían perpetrando contra Baudillo, pues todos se casaban cuando sus novias estaban preñadas, este montó en cólera y exigió al rey, que puesto que el derecho a la desfloración no se había cumplido, los habitantes del condado debían de pagar una compensación. El rey estaba en un brete del que salió de la siguiente manera: Accedió a ese pago compensatorio, pero también otorgó a cualquiera que se hubiese sentido ofendido, el derecho a la defensa de su honor; No debían pagar dos veces por un solo derecho.

La mayor parte de los campesinos declinaron la propuesta, dándose por satisfechos. Pero no así Pedro el viejo, que retó en duelo al conde, para saldar la cuenta. En el combate Pedro murió en el campo, y Baudilio cinco días más tarde a resultas de las heridas recibidas.

Ha pasado el tiempo, Pedro el mozo tiene cuatro hijos con Arundina, continua haciendo espadas en su fragua, acude a las batallas con sus mesnadas cuando el rey lo pide, en su condado se ha desterrado el derecho de pernada... y ya no hay hijos sietemesinos.

Los juglares cantaron sus proezas, y gracias a ellos, hasta nosotros ha llegado parte de la historia de aquel castillo llamado "De las Moscas" que te he contado.





martes, 6 de octubre de 2015

Consideración, Condescendencia...




Cuando tuve la edad, fui a estudiar a la Escuela de Artes y Oficios. Seis horas por la mañana, media hora de recreo con descansos de cinco minutos entre clase y clase, y tres horas ininterrumpidas de tarde. Las mañanas eran para las asignaturas tradicionales, pero enfocadas al oficio u arte elegido, así, dibujantes, grabadores, pintores, escultores, talladores o escultores, estudiaban a fondo la geometría, las medidas y las proporciones mientras los mecánicos lo hacían con el cálculo matemático, o los electricistas con la  física. Las horas de la tarde, de cuatro a siete, eran para las prácticas.
Sin embargo, las asignaturas de siempre, a pesar de que muchos de los alumnos estaban en contra, ahí estaban. No era de recibo que un artista o un buen profesional, fuera un inculto, debía aprender también a ser persona.

Don Clemente, daba clase los lunes, miércoles y viernes a primera hora. Era un hombre rechoncho, de hablar pausado y un tanto monótono que sentado en su poltrona con las manos sobre la barriga y los dedos entrelazados, daba vueltas a sus pulgares ora en un sentido, ora en el otro mientras recitaba su lección de memoria.

- "Nació Gonzalo de Berceo hacia 1198 y murió hacia 1264. Fue un sacerdote, representante en grado sumo del mester de clerecía, lo que viene a significar, oficio de clérigo. Un preclaro literato medieval, que como correspondía a su estatus, escribía de temas religiosos y morales. A él se le atribuyó el Libro de Alexandre que narra la vida de Alejandro Magno.
- No confundir, el mester de clerecía, con el mester de juglaría, que se refiere a la literatura del pueblo llano, casi toda analfabeta, y que divulgaban los juglares en las plazas de los pueblos al estilo del Poema de Mío Cid.

Su voz me llegaba cada vez más lejos, el calorcillo de la calefacción y el madrugón estaban comenzando a hacer su efecto, y por más que trataba de mantenerlos abiertos, los párpados se me cerraban casi de continuo.

- Os recitaré algo de cuando El Cid, desterrado por el rey Alfonso VI, sale de Burgos con sus hombres y entran en Castejón perteneciente al reino moro de Toledo...

- Ya amanecía   y venía la mañana
salía el sol,  ¡Dios, qué hermoso apuntaba!
En Castejón   todos se levantaban,
abren las puertas,   afuera se mostraban,
para ir a sus labores   y a sus campos de labranza.
Todos han salido   dejan libre la entrada,
sólo pocas gentes   en Castejón quedaban;
las gentes por los campos   andan ocupadas.
El Campeador  salió de la celada,
en torno a Castejón   aprisa cabalgaba,
Mío Cid don Rodrigo   corre hacia la entrada,
los que guardan la puerta  viéndola asaltada,
tuvieron miedo   y la dejan desamparada.
Mío Cid Ruy Díaz   por las puertas entraba,
trae en la mano   desnuda la espada,
quince moros mataba   de los que alcanzaba.
Ganó a Castejón y mucho oro y plata.
Sus caballeros  llegan con la ganancia,
la dejan a mío Cid  sin querer para sí nada.

Dicen, que el oído es el sentido que más tarda en adormecerse. Ya soñaba yo, que estaba en medio del asalto mientras continuaba oyendo la narración del profesor. Sentí un mandoble en el hombro, se rasgó la cota de malla y la punta del alfanje tocó carne...

- ¿Eres Fernando Álvarez Camino?

Entonces di un respingo y desperté. Don Clemente, a mi lado me apretaba a la altura de la clavícula.

- ¿Hay sueño?

- Usted perdone don Clemente. La verdad es que sí, un poco. Me levanto a las seis y media, tengo que coger el tren, asistir a las clases, comer en el bar, y a la noche desplazarme otra vez. Llego a casa pasadas las nueve, y aunque algo estudio en la biblioteca a medio día, siempre tengo tarea que hacer.

- Ya veo -dijo meditando por un momento- ¿Qué tal si te propongo un trato? Yo te eximo de las clases... y duermes una hora más.

- Pero...

- Tranquilo, te digo cuales son los temas del mes, al final haré un examen, si sacas como mínimo un notable, prolongamos por otro mes el trato. Solo te perderás alguna anécdota. Lo mollar, lo que interesa, no son las divagaciones o las libertades que yo me pueda permitir en clase.

Acepté.

Don Jesús, da las dos clases restantes de la semana a hora tan mañanera. Es todo lo contrario a don Clemente; pequeño, nervioso, de ojos redondos y grisáceos siempre interrogantes. Ha prometido no hacer ningún examen durante el curso que todos aprobaremos, si acaso, preguntará de vez en cuando para ver si sus explicaciones son comprendidas. Imprescindible la asistencia, nada de fumarse las clases. La pregunta de hoy va dirigida a todos:

- Veamos, ¿quien pronunció esta frase y en qué contexto? "Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Escribidlo en la libreta y dejad el lápiz sobre la mesa.

Yo sabía el quién y el por qué, sin embargo solo me fijé en la enjundia de la última frase; Escribidlo en la libreta. "El pequeño saltarín" no se fiaba de nosotros, temía que haciéndolo de palabra, nos copiásemos los unos a los otros. Además, ¿cuando había explicado él, algo referido al tema?

Escribí mi repuesta y me dispuse a oír a los demás. Uno por uno, se fueron explicando. Yo, que en esta clase siempre me colocaba en los pupitres del fondo, me iba adormeciendo con las tímidas respuestas de unos, y los silencios de otros. Sentí el dedo acusador en mi frente...

- ¿Tanto lo tienes que pensar? ¿Acaso con los ojos cerrados, te concentras mejor? ¿O te importa un pito la clase?

- Don Jesús, tengo mi respuesta, y sí, con los ojos cerrados me concentro mucho mejor, mentí.

- Veámosla pues.

- He escrito Jesús, dije enseñando el cuaderno, fue la respuesta que El dio a los fariseos que le querían poner en un aprieto.

- ¡Explica eso!

- Empezaré por el contexto: Judea era provincia de Roma, gobernada por un precepto que a menudo había de reprimir las continuas rebeliones. Entendían los judíos, que pagar los impuestos al imperio romano era una limitación del dominio de Dios sobre su pueblo, un pueblo que vivía por y para la religión, pero el impago era una rebeldía contra la autoridad, y ambas cosas conllevaban castigo.

- Los fariseos preguntaron a Jesús: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?

-La respuesta, tanto positiva como negativa, no era válida, pues una ofendía a Dios, y la otra a Roma. Por tanto les dijo; Mostradme un denario. ¿De quién es la imagen y la inscripción que lleva? Y los fariseos le dijeron: Del César. Entonces El les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

- Bien, es correcta la respuesta y el planteamiento. Ahora sube al estrado y quédate de pie junto a la pizarra el resto de la clase. Así no te dormirás.

Don Clemente era profesor de literatura y don Jesús era el profe de religión como sin duda bien habéis pensado. Pero este cuentecillo no trata de una adivinanza, trata simplemente de consideración, de condescendencia, indulgencia, benevolencia, tolerancia... cosas que al señor cura le faltaban.

Consideración.
(Del lat. consideratĭo, -ōnis).
3. f. Urbanidad, respeto.

Condescender.
(Del lat. condescendĕre).

1. intr. Acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien.