jueves, 16 de noviembre de 2017

Cosas de chigre: Manolo y Severino.


Esta tarde en el chigre, la gente estaba más interesada en ver la televisión que en dar la parpayuela, a la expectativa por ver si había declaración de independencia o nuevas elecciones. Solamente dos personas estaban sentadas en la terraza del chigre donde tomo el café.
La conversación era sobre los políticos, y ya parecía venir de largo. El uno le decía al otro:
- No estoy de acuerdo, no todos los políticos son iguales. Sin duda conocerás esta fábula de Iriarte, que le viene bien al caso.
Un día dijo la víbora a la sanguijuela: De tu boca reparo, que se fía el hombre, mientras que de la mía, recela.
La chupona le responde: Ya, querida, más no picamos de la misma suerte. Cuando yo pico a un enfermo, le doy vida; Tú, picando al más sano, le das la muerte.

- No conocía tal fábula, o al menos no la recordaba, pero, ¿qué coime tiene eso que ver con lo que estamos hablando?

- Ya veo Severino, que a pesar de lo mundano que pareces, fábulas y metáforas no son lo tuyo. Comparemos a esos dirigentes de los que hablamos. Los dos mandan, porque tienen la prerrogativa que les dieron los votos, el uno sobre la Nación, el otro sobre una parte de ella. Esa Nación - digamos que es el enfermo.- está tratando de salir de un bache económico gordísimo del que ya se va recuperando. Bien es verdad, a costa de los sacrificios de todos los ciudadanos. Al primero lo llaman sanguijuela, epíteto este peyorativo, injusto y con afán de molestar y desacreditarlo, sin reconocer, que gracias a los ajustes, el enfermo se recupera. El otro, que como hemos dicho también manda, pero menos, porque solamente es parte del enfermo, con su deriva nacionalista, en la que emplea recursos necesarios para cosas imprescindibles, lo lleva a la quiebra, divide la sociedad quebrantando leyes, y acábara por matarlo. Esta es la víbora. ¿Me he explicado bien? Así es al menos como yo lo veo.

- Paparruchas. Ni tanto ni tan calvo. Yo creo que los dos podían hacer mejor las cosas. El uno ni me va ni me viene, allá ellos. El otro me está jorobando con una ridícula subida de la pensión.

- ¿Cuánto cobras, Severino?

- Dos mil trescientos.

- ¿Y te quejas? Llevas jubilado desde los sesenta años. Cierto que con cuarenta de trabajo, pero es bastante dinero. Si esa queja fuera en favor de los que no cobran ni la mitad, lo comprendería. La solidaridad es indispensable en los momentos difíciles. No estaría mal, que reclamaras, que lo que te dan de menos, se lo diesen de más a esos a los que les suben lo mismo que a ti, cobrando la mitad... o menos. En cuanto a que ni te va ni te viene en el lío que unos cuantos nos han metido a todos... Ya sé que en el término medio está la virtud, Severino. Pero muchas veces, uno no puede ser equidistante, hay que mojarse.

Esta vez me marché con la cabeza caliente, la política es tan compleja, que soy incapaz de comprenderla. Escuchando a unos y a otros; jueces que opinan blanco y otros negro, periodistas que dicen A, mientras otros dicen B, opiniones tan encontradas entre personajes del mismo gremio, que cuesta saber quien lleva razón.
De una cosa estoy convencido: La fuerza de una Nación, está en sus gentes, en esas que unidas luchan por conseguir metas. Los que solamente miran lo suyo, difícilmente conseguirán llegar a buen puerto.




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Amor precoz.


Pensó él, que aquel sentimiento debía ser eso que llaman amor. El primero, el único... aunque fuera un imposible. Un imposible, porque... ni veía en él  un atisbo de reciprocidad, ni ella era libre, ni sus edades estaban en concordancia. Iván vivía en bajo de aquella casa. Ella en el piso superior. Él tenía catorce años, ella le doblaba en edad, estaba casada y tenía un niño de tres años.

El dueño de aquella casa, había vivido en la planta de arriba, mientras que en la baja tenía un amplio zaguán, cuadra y gallinero. Cuando el barrio comenzó a crecer, se vio en la obligación de trasladar el negocio al extrarradio, entonces alquiló la planta de arriba, mientras acondicionaba la de abajo para el mismo fin. Por muchas vueltas que el arquitecto le dio, poca chicha se podía sacar, el zaguán era intocable por ser el paso a la escalera que llevaba arriba, así que solamente se aprovechó la cuadra para una habitación grande, el gallinero para cocina y retrete, y sanseacabó. Apurando, apurando, podían sacar un cuartucho cerrando bajo la escalera, y con ventilación por el montante de la puerta. Sin embargo la demanda de viviendas era grande, y pronto lo alquiló a los padres de Iván, que vivían al lado con los suegros y cuatro hijas solteras. El mayor inconveniente del "nuevo piso", era que necesariamente, habían de salir al zaguán para ir de la cocina a la habitación o viceversa. Por entonces Iván tenía cuatro años.

El padre del muchacho, era "Técnico en bituminosos por aspersión". Traducido al cristiano: Peón que riega alquitrán en las carreteras. Pero él eufemísticamente se presentaba de aquella manera. Era aquel trabajo por los años cincuenta, ingrato y duro, pero fijo. Las apisonadoras a vapor, compactaban el terreno, luego se regaba el alquitrán calentado en un depósito, desde donde se alimentaba la lanzadera por medio de una bomba manual. Una nueva capa de grava fina paleada a mano, y un nuevo alisado con el rodillo de la machuca finalizaba el trabajo. Así fueron cambiando las antiguas carreteras y calles, con piso de zahorra o macadán, de cantos rodados y en el mejor de los casos de adoquines. Ni que decir tiene, las condiciones en que llegaría a casa aquel hombre de salpicaduras y vapores. Y para encima tenía que ducharse con agua fría en el patio trasero, mientras Juana le refregaba las manchas con aceite de oliva.
En fin, esto viene a cuento de lo siguiente: El matrimonio que ocupaba la planta superior, la deja libre. Félix y Juana, los padres de Iván, piensan lo bien que les vendría a ellos el piso. El chico tiene ya catorce años, y hace unos cuantos que lo echaron de la habitación. Ahora duerme en el oscuro cuartucho bajo la escalera. ¡Eso no es de recibo! Pero el dueño pide demasiado, y a ellos no les alcanza el agua al sal. Tendrán que esperar tiempos mejores.

Apenas cuatro días ha estado vacía la planta de arriba. Un matrimonio con un crío la han ocupado. Él es encargado del montaje de la nueva cementera que se está construyendo. Ella, una morena de pelo corto, tez pálida y muy buena figura. Suave en los movimientos y en el habla, educada y sensitiva, que suele llevar vestidos de sedosa popelina, ceñidos de talle, manga corta, enseñando pantorrilla y siempre sobre zapato de tacón.

Iván se ha quedado boquiabierto viendo como aquella beldad, da órdenes a los mozos de cordel que le han traído los muebles:
- Esto, esto y esto, a la habitación a la derecha según se entra. Esto otro al comedor, aquello a la habitación de la izquierda, todo lo demás, a la cocina y al cuarto frente a ella. ¡Mucho cuidado con estas cajas, que llevan  lámparas de cristal, y estas otras la vajilla!
¿Vajilla? ¿Lámparas de cristal? Eso solo lo ha visto en casa de la abuela Vicenta, la que vive en Madrid, y en los restaurantes del centro, o en el hall del ayuntamiento. ¡Estos sí que tienen pasta!

Pronto Iván va a enredar con el chiquillo de arriba. ¡Le gustan tanto los niños! Dice su madre. Pero, para él es la ocasión de estar junto a la joven madre, aspirar su delicado y dulce perfume a jazmín, ver el hechizante contoneo de sus caderas y oír su voz aterciopelada. Sin duda está enamorado de ella, aunque no sepa lo que es el amor.

Muchas veces, en la soledad de su camastro bajo la escalera, ha pensado en la forma de entrar en el piso de su vecina. A solas. Para husmear entre las cosas que ella guarda en la cómoda, para recoger el perfume de sus prendas, acariciarlas y sentir el roce de su propio cuerpo con la tela, y soñando con el cuerpo de ella entre medias. Quizá un viernes, cuando los hombres trabajan, el niño está en el colegio con las monjas, y las mujeres se van al mercado, donde llegan los aldeanos con frutas y verduras frescas. También visitarán las carnicerías y pescaderías de la plaza de abastos. Toda la mañana en la compra para el fin de semana. Toda la mañana de libertad para conseguir lo que desea. La entrada es fácil. El sabe que la llave, esa llave grande y pesada de casa antigua, está colgada de un clavo bajo el pasamanos de la oscura escalera. Pero no se atreve. Como los hombres y como otros chicos, el tiene su obligación; la escuela. Pero ya llegará el verano y tendrá su oportunidad.

Y ésta llegó. Al fondo del zaguán, la escalera hace un ángulo recto. Media docena de peldaños en la penumbra, porque la luz entra por la puerta del portal y se va debilitando zaguán adelante. El tramo más largo es el más oscuro, aquél que le daba miedo subir de pequeño. Tantea bajo el pasamanos, toca la llave, la descuelga. Con un dedo busca la cerradura, y por fin la encaja. Entra en el comedor. El balcón está entreabierto, siente la corriente de aire que se produce y mueve las cortinas. Cierra la puerta. Conoce bien la casa y va a tiro fijo. En la habitación, un armario, la cama, la cuna donde ya no duerme el niño, la cómoda, y una silla calzadora. Revuelve en los cajones procurando dejar todo lo que no le interesa tal y como está. Encuentra lo que busca, pero aunque la emoción le embarga, no es exactamente eso. La ropa huele a limpio, predomina el olor del jabón Lagarto sobre otro perfume más tenue, más sutil. Entonces cae en la cuenta. Va al baño. El cesto de mimbre ha de contenerlo, si no, el riesgo ha sido en vano.
Camisas de hombre, ropa del infante, y allí abajo... ¡El tesoro!. Huele la prenda y, presa de una emoción incontenible, sin meditar la decisión, la mete bajo la camisa y huye a toda prisa. Es en la oscuridad de su cuarto donde va experimentar unas nuevas sensaciones: La mezcla de los efluvios inmateriales de la prenda, con los suyos, más materiales y tangibles.

El destino puede ser cruel, o no. Según a quien le toque la desgracia, y a quién se beneficie de ella. Iván, ha logrado un beneficio momentáneo, pero pronto va a sentir pesar por lo que ha hecho. Le remorderá la conciencia y se culpará, de algo de lo que solamente el destino tiene la culpa.

Irene, su adorada, hace tiempo que no está bien. Una tosecilla recurrente ha ido en aumento desde el invierno, y ahora está asustada. Esta mañana cuando llevaba el niño al colegio, ha empezado a toser, hasta que tiene un vómito de sangre. Una mujeruca que lo ha visto, le pregunta:
 - ¿Hace mucho que tiene esa tos?

 - Desde el invierno, señora.

Entra en casa la mujer, y sale con una botella de gasolina que su marido plomero, utiliza para el soplete. La vacía sobre el vómito que la tierra ha empapado y le prende fuego.

- Señora, vaya de inmediato al médico... y aleje al niño de su lado. Por desgracia he visto esto en más de una ocasión. De no hacer lo que le digo, usted se morirá y los que están a su lado, puede que se contagien. Lo que tiene es tuberculosis.

La predicción de mujeruca era acertada. Irene ha sido ingresada en un hospital en la sierra. Hace tres meses que no ve a su hijo al que atiende Juana. Su marido va a visitarla todos los domingos. Iván, ante tanto comentario espeluznante, hace tiempo que quemara el producto de su rapiña.


Por fin Irene está curada y vuelve a casa. Iván se alegra, se le va toda la pesadumbre, los miedos que ha pasado, y la lástima que ha sentido. Con esos miedos que se van, se va otra cosa; la adoración que por Irene sentía. También el matrimonio se va. El trabajo ha concluido y otra cementera en otro lugar espera; se están construyendo varios pantanos y se necesitan toneladas y toneladas de cemento. El piso queda libre de nuevo, y esta vez sí, esta vez ellos lo ocuparán, pues el técnico en bituminosos por aspersión, ha sido nombrado encargado en la empresa, el que manda las cuadrillas de las nuevas carreteras de asfalto.


domingo, 29 de octubre de 2017

El fantasma.



Tal vez alguien piense de mí que soy una persona morbosa. No es así. Siempre me ha interesado la gente, los vivos y sobre todo los muertos.  Porque de los que ya no están, se pueden conocer historias que de vivos guardaban celosamente para sí. Historias que ahora se cuentan sin pudor.

No es de extrañar esta afición. Mi padre, junto con su hermano y socio, tienen una funeraria. Yo trabajo para ellos. Es aquí, ante los cadáveres, que me da por pensar en la vida que pudieron llevar, anodinas unas, interesantes otras,  envueltas en el misterio las menos. Hoy relatare una sobre la mujer que vamos a incinerar en unas horas.

Lucinda murió sola. El mismo día en que cumplía noventa años. Nos llamaron para recoger el cuerpo. Un mes había transcurrido desde su muerte. Lo sé porque una vez resuelto el asunto, yo fui el encargado de recogerla y prepararla para el funeral.

La habitación era bastante grande. Sentada en el sofá, la muerte de la esqueletizada Lucinda, se me antojó cierta similitud, no sé el motivo, con la de Charles Foster Kane. Sí. Aquel magnate interpretado por Orson Welles en Ciudadano Kane.
Si bien Kane muere en la cama, mientras la bola de nieve cae de sus manos haciéndose añicos, pronunciando aquella misteriosa palabra; Rosebud, Lucinda, en los estertores de la muerte, ha dejado caer la copa con la que celebraba su último cumpleaños. Cristal de la bola, cristal de la copa, ambas en el suelo.

Sobre la mesilla ante el sofá, está la tarta de la que falta un pedazo, Un minúsculo pastelillo con dos velas, nueve y cero. La botella de ginebra está también sobre la mesa. Ha tomado tres tragos más o menos. Y yo me pregunto: ¿Qué palabras habrá pronunciado esta mujer, en su último momento? Esta pregunta, y su soledad, es lo que me mueve a interesarme por su vida.

El televisor estaba encendido. Hartos y extrañados de que durante tanto tiempo, día y noche ininterrumpidamente se oyera un programa tras otro, cayeron en la cuenta de que no veían a la vieja, y que tal vez le hubiera pasado algo. ¡A buenas horas mangas verdes! La Santa Hermandad, como de costumbre, llegó demasiado tarde. Es cierto, y hay que anotarlo en el cuaderno de disculpas, que era una práctica casi habitual de Lucinda, el ver la televisión hasta bien entrada la noche. Que pocos la conocían, a pesar de que llevaba viviendo en aquel piso sesenta años. Que raramente se la encontraban, pues solamente por la mañana temprano salía de casa. Algunos vecinos sabían de su gusto por caminar... "Se va hasta el parque, al otro lado de la ciudad, solamente por dar de comer a los patos del estanque". Y así era. Compraba en el obrador frente al parque, una barra de pan y un pastelillo de merengue, con los que volvía a casa. A veces paraba en el colmado que estaba a medio camino, y ya no salía hasta el día siguiente, con la bolsa en la que llevaba el pan sobrante para palomas y ánades.

En aquel mes que se pasó frente al televisor, su enjuta carne se había pegado al esqueleto. Era como una momia seca por dentro y por fuera, y los únicos líquidos que su cuerpo guardara, se habían volatilizado sin dejar siquiera un atisbo de olor.

Por fin se ha localizado a la familia. 

- Mi padre falleció cuando nosotras teníamos trece y diecisiete años, me cuentan las dos hermanas. Somos tres los hijos. Mi hermano Pedro, el mayor, se fue de casa seis meses después. Cuando encontró trabajo y un piso, nos llevó con él. No creo que venga. Tampoco nosotras íbamos a venir, ninguno nos tratábamos con mi madre. Le parecerá raro, pero ella jamás nos quiso. Nosotros tampoco. ¿Qué se puede esperar de una madre, que jamás nos amamantó porque le daba asco? ¿Qué se puede esperar de alguien, que ve cómo sus hijos se van y no mueve un dedo, ni una palabra para que se queden?

Aquello era demasiado fuerte. Las dos mujeres parecían de esas personas tan viscerales, que cuando odian, odian para toda la vida y cuando aman, también pueden llegar a odiar. Y tanto odiaban a su madre, que a pesar de que Lucinda había mantenido durante toda su vida "que la habían de enterrar al uso", contraviniendo su deseo, la incineraban.
No comprendí a qué se referían con enterrar al uso, hasta que me explicaron que no deseaba nicho, ni mucho menos que la quemaran, que ella prefería la tierra de donde podría salir el día del Juicio Final. Curiosa forma de pensar, para quien según sus hijas era atea.

Les comenté, que la incineración llevaba aparejado el reconocimiento del cadáver.

- ¡Ah no! ¡Eso sí que no! Además de que hace cincuenta años que no la vemos, y nos sería imposible reconocerla, no queremos. Hagan con los restos lo que estimen oportuno.

Tratando de convencerlas de que aquello era indispensable, me atreví a preguntar por ver si las ablandaba: ¿También renunciarán a la herencia?

- De la herencia, me dijo la menor, la mitad era de mi padre. ¿Si no la reclamamos cuando estábamos a la cuarta pregunta, cree que nos ha de interesar ahora?

- Señoras, por favor, consulten con sus maridos.

- No tenemos marido, somos hermanas y pareja. Eso fue lo único que le podemos agradecer a nuestra madre, el que faltas de cariño, nos tuviéramos que arrimar la una a la otra.

Tras aquellas palabras, en mi cabeza se formó la imagen una mujer indolente, que no quiso a su marido, ni a sus hijos. La de las hijas tratando de consolarse la una con la otra, y convertidas las caricias en un amor de amantes. Pero solamente conocía yo parte de una historia con un solo interlocutor. A riesgo de resultar procaz, un metiche al que nada le iba en aquel asunto, pregunté:
- ¿Acaso su madre tuvo una niñez desgraciada, para comportarse de tal forma?

- Nuestra abuela materna, a la que casi no conocimos, se casó dos veces. La primera, enviudó a poco de casada. Era él militar, el único muerto en una batalla, que ni siquiera se llegó a dar. En los preparativos, se cayó del caballo con tan mala fortuna, que su mismo sable lo atravesó. Lloró ella amargamente el amor perdido, y a pesar de que siempre estaba tratando de dar lástima, se casó con su segundo marido. De algún sitio había de comer. Para entonces mi madre ya tenía tres años. Aquel hombre las traía en palmitas, más, cuanto mejor las trataba, la una lo rechazaba en la cama, y la otra  odiaba a ambos por haber suplantado al padre que murió antes de nacer.

Mi madre se casó con mi padre porque era un guapo mozo, y porque una amiga andaba tras de él. Se metió por medio y lo consiguió, pero ella adolecía del mismo mal que la abuela, solo querían a un fantasma.

Creo que ya sé la frase que aquella mujer pudo haber dicho cuando se iba para el otro barrio; ¡Que os zurzan a todos!




martes, 24 de octubre de 2017

Cosas de chigre: Cuestión de confianza.


Llegué a tomar el café a la terraza del bar, cuando a juzgar por los restos que aún quedaban, cuatro amigos se habían comido una buena parrillada. Andaricas, navajas,  almejas, langostinos y bugre, entre las tajadas de un pescado, sacado de la lonja que está justo al lado. Digo buena, porque sé como es de largo Manél, claro está, que también  cobra lo suyo.

No quisieron postre. Se tentaban la panza con satisfacción mientras a sorbos iban trasegando chupitos de una botella de Cardhu, que Manél les dejara en la mesa, mientras hablaban creo que de economía.

Uno de ellos, tomó la palabra dando inicio a lo que en principio me pareció una perorata, pero que no dejaba de tener su miga.

- Os voy a contar un cuento sobre un pequeño país que estaba en bancarrota. La inflación era galopante, la producción bajaba por falta de inversión y el tesoro no aguantaba el tirón. Cuanto más dinero se ponía en circulación, más bajaba la moneda y se estaba quedando sin oro con que respaldarla.

Llamó el presidente al ministro de economía, y le dio un ultimátum: O arreglas esta situación, o te vas por donde se fueron tus antecesores.

Y el ministro, en aquel mismo instante, propuso el siguiente plan:

- Vamos a sacar al mercado un billete de un millón de dineros.

- ¿Te piensas que nací ayer? ¿O acaso crees que soy tonto? ¿De qué carajo va a servir eso?

- Señor presidente, la idea es la siguiente: Vamos a imprimir billetes de oro, concretamente mil billetes de un millón. Todos sabemos que de nada servirá en condiciones normales, pero una cosa es cierta: Hay muchas personas que comprarán ese billete solamente por ser una rareza. El costo de fabricación apenas llegará al valor de uno de ellos, obteniendo ya un beneficio con el que al menos podremos pagar por unos meses a los funcionarios. Además, los coleccionistas pujarán por tener uno, aumentando su valor hasta límites insospechados, lo que nos dará, si no liquidez, sí fama y notoriedad.

- ¡Menuda estupidez! Desde este momento quedas cesante.

- Hagamos la prueba. Nada perderemos. Esos billetes, no serán la panacea, pero muchos pequeños inversores, pensando que nuestra moneda es fuerte, nos ayudarán a levantar la economía.

Y confeccionaron los mil billetes de oro con primorosos dibujos grabados, numerados y con las huellas impresas del Gobernador, el Cajero y el Interventor del Banco Nacional, como sistema de seguridad contra falsificaciones. A bombo y platillo, los presentaron ante los medios, y allí mismo, rompieron y trituraron las planchas, para que nadie pensara que se podrían imprimir una vez más.

¿Dio resultado la estratagema del ministro? ¡Sí! Rotundamente.
La confianza es el arte de hacer predecible las acciones de los demás para contigo. Esto es: Si eres capaz de generar suficiente confianza, tus proyectos llegarán a buen puerto. Eso fue lo que el ministro hizo, generar confianza entre el pueblo, que sentía con orgullo, que su país no estaba vencido, que había que arrimar el hombro, desterrar el pesimismo, y gritar al mundo, que ellos eran tan grandes como los más grandes.

Tal vez el cuento fuera un tanto peculiar, pero no dejaba de tener, como ya dije, su miga. Confió el presidente en su ministro, confió el ministro en sí mismo y en el pueblo, confió el pueblo en sus gobernantes, confiaron los inversores extranjeros en el potencial del país.... Y es que en la confianza basamos nuestras relaciones, y sin ella no podríamos vivir.

viernes, 20 de octubre de 2017

La séptima ola.


La mar estaba bravía. Rompían las olas contra el acantilado que causaba pavor. La blanca espuma que surgía de los golpetazos, y la que se formaba al chocar las olas unas contra otras por efecto del reflujo, semejaba visto desde lo alto un glaciar a setenta kilómetros por hora, un alud en movimiento de viene y va.

Desde siempre, y por cualquier cosa, he sido miedoso. Para evitar que me lo llamasen, disimulaba. Así, cuando había que subir a una altura, a fin de evitarlo decía sentir vértigo. En realidad, fue cierto en un tiempo, cuando tenía doce años y por subirme al campanario de la iglesia del pueblo.
Las campanas al vuelo eran volteadas a mano por los mozos en la fiesta de la patrona. No dejaban subir a los chiquillos, pero yo me colé, y una vez arriba, los que allí estaban, ni siquiera se fijaron en mí. El ruido era ensordecedor, la altura mucha, el esfuerzo considerable en el inicio, pero una vez comenzada a volar, no parecía difícil. Suelta la cuerda del badajo, solamente se trataba de empujar el contrapeso o yugo; bien afianzados los pies en el suelo, una mano en la pared y la que queda libre empuja el yugo hacia abajo. No era difícil, el peligro estaba en no calcular bien cuando debías echar la mano para dar el impulso. Si lo haces antes de tiempo, la mano va al vacío, el cuerpo se inclina hacia adelante... y el yugo te golpea la espalda echándote fuera. Si lo haces después de pasado el contrapeso, lo que te puede golpear es el cuerpo de la campana.
La procesión ya hacía rato que había salido. ¡Hala, todos para abajo! Los mozos se marcharon, pero yo me quede en lo oscuro, arrimado a la pared trasera que hacía de caja de resonancia. Las dos campanas iban perdiendo fuelle. La tentación era grande, me arrimé al claro desde donde veía los tejados de las casas allá abajo. Por un momento me temblaron las piernas, pero puse mi mano en el muro, calculé, y decidido eché mano. La campana pesaba lo suyo. Con las primeras vueltas no hubo inconveniente, aún giraba con buena inercia. A pesar del esfuerzo, cada vez iba más lenta de modo que mi ritmo inicial ya no servía. Mi mano encontró el vacío... y gracias a que por un instante se mantuvo a medio volteo. Cuando volteó, yo ya había dado un paso atrás con un gran susto en el cuerpo. Ese fue el principio de mis miedos a las alturas.

Hoy estoy a la vera de esa mar bravía. Un farallón cual proa de barco se interna en el agua buscando el norte. En la parte baja y resguardada por ese accidente, hay una pequeña caleta. Los pescadores atracan allí sus botes o en la ancha rampa de hormigón a la derecha cuando los quieren tener en seco. Hoy los han dejado en el puerto, ni les parecía segura la cala, ni el embarcadero. 
A pesar de todo cuanto le he dicho, mi mujer se ha ido con el perro hasta un talud que hay sobre la rampa. Ya sé que allí nunca llegará el agua, está demasiado alto, pero temo que uno de los embates produzca un argayo y la tierra se hunda bajo sus pies.
Me ha llamado cagalón porque me he quedado más atrás, en el prado que aún está más alto. Pero, ¿para que estar tan cerca, si desde donde yo estoy lo veo todo mucho mejor? ¿Porqué correr riesgos aunque parezca que no los hay?

Desde mi altura le grito: ¡Atenta a la séptima ola! Ya sé que lo de la séptima ola es algo que se cumple cuando la mar lo tiene a bien. A veces es la sexta y otras la octava, pero casi todo el mundo cree en ello a pies juntillas. Se lo digo para que esté vigilante.

Las olas suelen venir en grupos, cada grupo puede ser de distinto número, lo que es cierto, es que la más grande siempre es la que va en medio de las otras. Las primeras van creciendo y las últimas decreciendo hasta que llega un nuevo grupo.

No las he contado, no sé si venía un grupo de doce o de quince, pero esta es grandiosa. Rompe contra el acantilado, saltan las proyecciones espumaradas a lo alto.... y sube por la rampa a toda velocidad. El perro tensa la correa y ladra desaforadamente al agua. Un agua que ha llegado a la parte superior de la rampa donde encuentra camino hacia la derecha, justo por detrás de donde ellos están. Mis gritos de advertencia no se oyen. La riada imparable arrastra mujer y perro hacia el abismo.
Grito a voz en cuello presa del pánico, a la vez que sin meditarlo salto al vacío, arrastro el culo por el talud hasta llegar donde ella estaba. No sé del miedo, la desesperación ha obnubilado la razón. Un nuevo salto me lleva diez metros más abajo, a los remolinos que forma el agua y nado con todas mis fuerzas, viendo como las otras olas, las que empiezan a ser más pequeñas, arrastran a mi mujer rampa arriba, y a mí en pos de ella. Inerme, ahogada. Del pobre perro me he olvidado. Llego por fina a su altura y la agarro. ¡No! ¡No! ¡Maldita sea! María pesa como el plomo. Me doy cuenta de que no puedo con tanto peso. Y es que mi mujer, por arte de magia, se ha convertido en la "Lloca del Rinconín".

- ¡Alfonso! ¡Fonso! ¡ Fonso! ¡Despierta, despierta! ¡Parece que te estuvieran matando!




La lloca del Rinconín es una de las esculturas más emblemáticas de Gijón. Bautizada así por el pueblo, "La madre del emigrante" es una obra de Ramón Muriedas ubicada en el Paseo del Rinconín. Mirando al mar con cara de sufrimiento y pelo mecido por la brisa, levanta una de sus manos señalando allende los mares, donde los hijos de esta tierra emigraron en busca de mejor vida.


lunes, 16 de octubre de 2017

El Alcohólico.





El único amigo que le quedaba a Ramón, era yo. A todos los demás, hacía mucho tiempo que los había espantado su mujer. Conmigo no podía. Nos conocíamos desde siempre. Nacimos en el mismo barrio y en el barrio continuamos viviendo, en el mismo portal, él en el bajo, yo en el primero. Yo soy más viejo, quince días, lo que a sus ojos, ya desde la infancia, me ha dado cierto caché y preponderancia. Ahora estoy en el hospital, acompañándolo. Ha tenido un accidente tras una discusión con esa arpía que lo insulta, denigra, menosprecia, y creo que hasta le pega. Desde casa oigo bien sus discusiones. Bueno, las voces  y el parloteo de ella que nunca acaba y cada vez se embala más.  Borracho, gastizo y pilila de goma son sus tres epítetos favoritos. En esta ocasión, harto ya, Ramón no se calla. Restalla el bofetón y le espeta:

- Soy alcohólico pero no borracho, solamente una vez me emborraché, y fue antes de conocerte. Sabes bien quién tiene la culpa de mi enfermedad. El beber solo lo hago para aliviar la vida que me das.

Como se suele decir, cogió la puerta y se largó. A punto estuvo de dar la vuelta y pedir perdón. Era la primera vez que le ponía la mano encima en veinte años, pero no lo hizo, salió del portal rumiando contra sí mismo y tragando bilis. Atravesó la calle sin mirar justo cuando pasaba una moto. La cara como un panchón, nariz y pómulo roto, una pierna que operar, y aquí estamos.

Lleva veinticuatro horas en la cama. Mucho tiempo sin beber. Empieza a decir lo que yo creo son tonterías. Tras un rato me voy dando cuenta, de que lo que dice estar viendo no es otra cosa que el delirium. Salgo al pasillo y hablo con la enfermera, necesito que le diga al médico lo que hay. Está empeñado en que ve lejanas naves marcianas, que la caja de pulsadores junto a la puerta, es por donde espían lo que ocurre en la habitación. Y sólo está comenzando. La cosa sin duda irá a peor.

- Ramón- le digo- cuando pulsas el botón de llamada para que venga la enfermera, se enciende fuera un piloto rojo. Ella lo ve, viene, y en ese botón junto a la puerta lo apaga. Las naves que dices ver, son solamente los focos del techo, lo que sucede es que aún estás resentido del golpe en la cabeza. Tu visión no será buena hasta dentro de unos días.

Calló, pero su mirada me dice lo que piensa. ¡Mientes como un bellaco!

Aquella noche se armó la tremolina. Ramón se tiró de la cama, y como pudo, quitó el colchón para tapar la ventana, arrancó cables y tubos del gotero, atrancó la puerta con la mesilla. Rompió la pantalla sobre la cama, los filtros del oxígeno y tiró abajo la televisión con ayuda de las muletas que le dejaron para ir al baño ya que no quería "mear en la botella". Tras el alboroto, se sentó desnudo en el suelo a llorar. Con el camisón se hizo un torniquete en la pierna que había comenzado a sangrar de nuevo.

Han pasado unos días, va mejor. Nadie ha venido a verle y su mujer ni siquiera se ha dignado a hablar con el cirujano después de la operación. Cuando llamaron a la familia para comunicar el resultado, tuve que decir que yo era su hermano. ¡Vergüenza me daba!

- Oye Pablo, quiero que me hagas unas diligencias. Te voy a dar la tarjeta del banco y la contraseña. Quiero que vayas sacando día a día el tope hasta llegar a la mitad de lo que tengo ahorrado. Me lo guardas en tu casa. También quiero que me busques una casa pequeña por la aldea. A menos casa, menos que limpiar. No quiero volver a ver a Rosa. Si la encuentras, y no es mucho el alquiler, la coges. A poder ser con un poco de terreno para plantar tomates y distraerme. Luego, cuando salga, voy a ir al banco para que me borren de la cartilla, pasaré el sueldo a otra entidad. También tengo pensado que voy a escribir una carta a mi mujer. La advertiré que los gastos están cubiertos por un mes. A partir de esa fecha, luz, agua, y otras zarandajas, debe ser ella quien los asuma. Como el piso es mío por herencia, continuaré pagando la contribución, pero nada más. Mientras tenga dinero del que tirar, para ello la dejo la mitad en la cuenta, no habrá problema. Para ella estaré muerto, pero no tendrá pensión. Que se las arregle como pueda.

Le pregunté si lo había meditado bien, si no sería mejor una separación formal, de qué manera iba a hacer esto, aquello y lo otro, y si no sería mejor que consultase con un abogado para no meter la pata. Su decisión era firme.

Le encontré una casita de cuarenta y dos metros cuadrados, cocina, comedor, y estar, a un andar, esto es; sin tabiques de por medio. Una habitación y baño. Sin pasillo, entrando de la calle directamente a la cocina. Con huerta y a doce kilómetros de la ciudad. Era muy antigua, pero con algo de reforma quedaría perfecta. El día en que salía del hospital, lo fui a buscar en su coche. Le gustó mucho y al momento supo lo que iba a hacer, los muebles que compraría. Estaba eufórico, sin percatarse de la soledad en que se estaba metiendo.

A poco de estar instalado, y caminando ya aunque con muletas, se fue ver al abogado. El taxi lo dejó a la puerta, aún no podía conducir. Era temprano. El horario colocado en la placa del portal, indicaba que por la mañana los trámites eran de nueve y media a catorce, sin embargo subió. En la puerta otro cartel anunciaba "pase sin llamar" y aunque solo eran las nueve, empujó y entró.

- Buenos días, ¿hay alguien?

Una joven apareció por uno de los pasillos con una gamuza en la mano.

- Hola, buenos días. Aún es temprano, pero pase y siéntese en la salita.

La mujer tenía ganas de cháchara. Le ofreció un café.

- O chocolate, té, manzanilla, lo que guste. Y si quiere unas pastas también. Yo soy la mujer de la limpieza, vengo de ocho a diez todos los días, me marcho después de servir a los empleados un café. En este mundo de prisas, solo alguno viene desayunado y no son precisamente las mujeres. ¿Viene a ver a don Manuel? ¿O a resolver algún trámite? Perdone, tal vez piense que soy demasiado indiscreta...

- Sí, a ver al abogado.

- Es un hombre muy competente, sin duda le resolverá bien sus cuitas. Yo hace veinte años que trabajo aquí. Vine para que me ayudara con los papeles, y además de solucionarlo, me empleó. Es que soy filipina, ¿sabe usted?

- ¡Ah! Pues no lo parece. Por el habla, digo, porque el rostro casi ni se nota, quizá los ojos un poco rasgados.

- Es que mis antepasados eran españoles. Mi bisabuelo se fue como funcionario a Luzón, tuvo un hijo que se casó con mi abuela que era nativa. Ambos tuvieron varios hijos, uno de ellos, mi padre, se casó con mi madre que también era mestiza de español y filipina. Por eso mis apellidos son españoles. Tras muchas vicisitudes aquí estoy, en la tierra que mi abuelo no dejaba de añorar sin conocerla. Influencias de su padre que todo su pensamiento estaba puesto volver algún día.

- Bueno, van llegando los empleados. Le voy a dejar. Una cosa, si quiere que lo lleve a algún sitio cuando acabe, no hay inconveniente, Tengo un coche pequeño y estoy libre hasta las doce.

- Como te lo cuento Pablo. Me esperó, yo no quería molestar, pero insistió. Le indique el camino y cuando ya llegábamos, la invite a tomar algo en el restaurante del cruce. Hablamos un buen rato, luego, nos fuimos, le enseñé la casa y me dejó de piedra cuando me dice que si quiero me viene a buscar hacia las seis para dar una vuelta. Tenía yo la mosca tras la oreja, tanto ofrecimiento a una persona que de nada conocía, y siendo ella la que llevaba la iniciativa, me dejaba un tanto descolocado.

- De tarde lo pasé tristemente entretenido. Me llevó a un merendero desde donde se veía la mar. Allí me contó su vida; la muerte de sus padres cuando tenía siete años y cómo se fue a vivir con su abuelo durante otros tres hasta que falleció. Entonces la recogió un vecino que abusaba de ella, pero su mujer que se enteró, celosa, la vendió.

El comprador, un tal Reynaldo, tenía niñas de entre diez y veinte años, a las que explotaba en un tugurio que regentaba. Cuando tenía catorce, conoció a un español que se prendó de ella. Era el fulano un estereotipo del Bogart interpretando al detective Sam Spade, aunque en la realidad era todo lo contrario; contrabandeaba con productos de China y Japón en todas las islas, principalmente con Cebú y Luzón, atracando su barco en el puerto de Manila sin ningún recato gracias al soborno. Era conocido por señor Casasola.
El español siempre avisaba con antelación de su llegada para que Reynaldo le enviase a Margarita al hotel. Entonces el proxeneta la quitaba del trabajo tres días antes "para que estuviera bien cerradita cual primeriza".

Casasola, que estaba enamorado de ella, quiso comprarla, pero a Reynaldo no le convenía y se negó. Entonces se propuso rescatarla de aquella mala vida para dejarla libre. Entre Casasola y Margarita prepararon en secreto los papeles; pasaporte, visados, billetes avión, equipaje... y dinero. Ella no tenía una gorda, con los gastos corrió el enamorado, y Margarita, que sabía muy bien donde el macarra Reynaldo guardaba sus ahorros, por la mañana, antes de tomar el avión, le cogió tres mil dólares del escondrijo donde lo guardaba. Poca renta para lo que él se merecía. Así llegó sola a España, agradecida del gran favor que Casasola le había hecho.

- Rocambolesca historia, Ramón. ¿Y tú, le has contado la tuya?

- Pues sí. Mejor antes que después, así se evitan los malos entendidos. A pesar de todo, cuando me trajo de regreso, me dijo:

- ¿Quieres que me quede contigo esta noche?

- ¿Y se quedó?

- Pues sí, y espero que por mucho tiempo.


Desde que Ramón salió del hospital, no ha vuelto a probar una gota de alcohol. No lo necesita ya. Su vida ha cambiado y no gracias a la terapia del cultivo de tomates... que no planta. Todo se debe a la mujer que tres años después de conocerla, le ha dado una hija.
Margarita continúa con su trabajo, sus dos horas en el despacho, y otras tres atendiendo la casa y los niños de una divorciada que se pasa los días en su negocio. No es cuestión de perder los mil euros que saca en limpio.

Sin embargo, Rosa, que en toda su vida no había dado palo al agua, tuvo que marcharse a vivir de nuevo con sus padres. No fue capaz de mantener un trabajo más de una semana, acabado el dinero que Ramón le dejara, se vio en la tesitura de trabajar, o pasar hambre. Cuando divorciada ya, abandonó el piso de Ramón, le rompió cuanto pudo; persianas, bañera, inodoro, muebles, lámparas...  Esa fue su venganza.

Ramón recompuso el piso, pero no quiso vivir allí. Se fue con Margarita. Suelen pasar el verano en la casilla de la aldea donde comenzó su felicidad.




domingo, 8 de octubre de 2017

El Hotel.


La casona, un tanto decrépita por el paso de los años y el abandono, salió a subasta con un precio irrisorio. Así y todo, corriendo los rumores que corrían por el pueblo, ningún vecino pujó. Un mes después, volvió a salir a subasta sin precio de salida. Un avispado hombre de negocios, pensó que allí había chollo, y, aunque tuviera que derribar el edificio y construir de nuevo en la parcela, salía a cuenta. Ofreció un miserable euro y se llevó casa y finca.

Encargó a un arquitecto que revisara cimientos y demás para ver si se podía aprovechar algo. Este le comunicó que solamente era desechable el tejado, y que con la reforma del interior quedaría un hotel de lujo. El único inconveniente que tenía, era el ruido que producía la cementera situada tras el monte cuando soplaba el aire del nordeste. Nada especial que no se pudiera remediar con un buen aislamiento en el interior, pero sí para la terraza que pretendía y desde dónde se podría contemplar todo el valle y la ría que a unos cientos de metros formaba una hermosa playa.

Entraron los obreros y en menos de cuatro meses la obra estaba terminada. Solamente ocho habitaciones por planta, veinticuatro en total aprovechando el bajo cubierta. Los sótanos, antiguos calabozos, se destinaron para los servicios; almacén, lavandería cámara y cocinas. El piso bajo para recepción, comedor, bar, salón de estar, escalera y ascensor. Asfaltaron el camino, allanaron la parte trasera para aparcamiento, y junto a la fachada del oeste, colocaron la piscina con lo que la obra se dio por finalizada. Los clientes comenzaron a llegar con la primavera. Al principio, más que otra cosa, parejas que buscaban un sitio discreto, no lejos de la ciudad y en un entorno privilegiado. Poco a poco, entre la propaganda de los medios y el boca a boca, el hotel casi siempre estaba al completo.

Fue a partir del mes de octubre, cuando la clientela bajaba bastante por semana, que algunos de los habituales empezaron a notar cosas raras. Se quejaban de un frío húmedo en la habitación 213. Un frío que se desplazaba de un lado al otro de la cama o hacia los pies. Tenían la sensación que desde una especie de nebulosa de contornos imprecisos, les espiaba algún ser maligno cuando dormían, y que en la 212, al otro lado del distribuidor, se abría sin ton ni son la puerta del armario de corredera de donde salía una figura grisácea que se perdía por el pasillo.

Antonio llevaba el hotel y a él le fueron con la embajada.

- ¿Fantasmas en un hotel que solamente lleva seis meses de funcionamiento? ¿En un edificio nuevo? Perdón señor Julio, pero me parece un tanto raro. Tal vez la puerta quedó desnivelada y con cualquier movimiento imperceptible se abre. Ya sabe que los edificios, y aunque no lo parezca y se hable de obra muerta, están muy vivos. Hay movimientos telúricos muy lejanos y profundos que nosotros somos incapaces de percibir, pero no los edificios.

- Ya sé que las chimeneas de una fábrica, oscilan, ¡pero esto es un mazacote rectangular y de escasa altura! Además, no se olvide de esa etérea figura, ese efluvio que parece venir de algún lado para dirigirse a otro.

- Don Julio, es usted un buen cliente y no lo quiero perder, de las habitaciones que tengo libres, escoja la que desee.

Y don Julio y su ligue se mudaron para el piso de arriba y en lo sucesivo no se volvieron a quejar. Sin embargo, don Pedro y su secretaria, los de la 213, no se movieron de allí para disgusto de la señorita.

- Son aprensiones tuyas Angelita. Siempre con el miedo en el cuerpo por temor a tu novio, te hacen ver fantasmas donde no los hay. ¡Cómo va a haber aquí fantasmas!
Claro está, que don Pedro después de un par de faenas y vuelta al ruedo, caía rendido y no daba ni pie ni mano.

Hasta que una noche, Puri que así se llamaba la secretaria, notó la presencia del fenómeno. Sintió el frío aún antes de que sin romperla ni mancharla, atravesará la puerta que daba al pasillo. Se arrebujó con la sábana y la colcha contra el cabecero de la cama, a la par que muda por el espanto, trataba de despertar con pataditas y codazos a su amante. A medida que se acercaba, una figura de mujer se iba definiendo; ojos desorbitados, rictus de asco u odio cual posesa… y unas grandes tijeras amenazadoras.
Por fin el contenido grito salió de su boca, le dio un sopapo a Pedro, y cogiendo el almohadón se lo lanzó a la fantasmagórica loca. Entonces la mujer, en vez de asestar el golpe, lanzó las tijeras y se evaporó.

Todo podía haber sido un pesadilla, a no ser porque la tijera dio en la pared y rebotada fue a caer de punta sobre Pedro que ya se incorporaba.

Del arma, ni se supo. Desapareció al igual que su portadora, pero sus efectos los notó el hombre en su cuerpo;  tenía una cortada a la altura del hígado por la que no cesaba de sangrar.

El encargado de noche, visto el estado de nervios de la joven, y que la herida del hombre continuaba sangrando a pesar de los apósitos, optó por introducirlos en su coche y llevarlos al pueblo situado en la loma sobre la playa. Abrió la puerta el médico y los hizo pasar, proporcionó un sedante a la mujer, y tras desinfectar y poner unas grapas en la herida de Pedro, preguntó por lo sucedido.

- Ustedes perdonarán, pero necesito saber para descartar una agresión que tendría que denunciar.

- Ella le contará que es lo que ha pasado, yo simplemente me encontré sentado en la cama y con un dolor en la barriga como si me hubiera cortado con un cristal.

Y Purita, algo más calmada, relató al galeno lo que viera o creyera ver. El doctor, como de sesenta años, les hizo unas cuantas preguntas y luego de ofrecerles un té, revolvió en un cajón donde encontró lo que buscaba.

- Mire bien esta foto, le dijo a la joven entregándole una lupa. Quiero que me diga si reconoce a alguien.

La fotografía, que debió de estar enmarcada en su día, mostraba el edificio de la antigua casa cuartel de la Guardia Civil. Ante la casona, posaban los habitantes, y que a juzgar por sus vestimentas, o era el día de la inauguración, o la celebración de la patrona. Los niños en primer lugar, detrás las mujeres, y tras ellas sus maridos, vestidos de gala.
Con un simple golpe de vista, señaló una cara que luego inspeccionó con calma ayudada de la lupa. La mujer tendría sobre cuarenta años y buena figura. También se fijó en otra que en vez de mirar a la cámara, tenía la cara volteada hacia uno de los guardias de la fila superior.

- No hay duda, esta es la persona que vi, dijo señalando a la mujer que estaba al otro extremo de la que tenía la cara volteada.

Don Fernando, el médico, tomó la foto y la dio la vuelta. En el dorso estaban escritos por grupos los nombres de los siete guardias, sus mujeres y sus hijos. Entonces contó a la pareja una historia que oyera cuando apenas tenía quince años.


 - Conozco bien la historia del cuartel, he nacido en este pueblo, aquí me crié y aquí me jubilaré en unos años. Solamente durante mi etapa de estudiante, y luego en los primeros de profesión, he estado fuera.
- Siempre se ha dicho, que en los sótanos se torturaba para obtener información, primero por culpa de la guerra, y después para tratar de detener a los jefes del contrabando que entraba por la ría. En la primera etapa, hubo algunos desaparecidos. Las gentes del pueblo dejaron de murmurar cuando supieron que los presos habían sido llevados a la cárcel de la capital. No obstante, y dada la situación de asedio en que se encontraba el cuartel, la jefatura optó por cerrarlo por un tiempo. Pasada la guerra, lo reabrieron. Fue entonces el estraperlo lo que debían tratar de perseguir, embrión que dio paso a los contrabandistas que de matute metían toda serie de mercancías para su distribución en la ciudad.
Los guardias vigilaban día y noche la bocana del minúsculo puerto y la playa, pero al parecer, algunos de los vigilantes estaban en connivencia con los matuteros. Uno de estos guardias que hacía la vista gorda, estaba prendado de la mujer de un compañero a la que hacía regalos, hasta que la consiguió. Mas, en tan reducido espacio, conviviendo los unos con los otros, todo se llega a saber.
Simón, el galán corrupto y corruptor, tenía mujer y dos hijos. Ella, que se había montado un rústico taller de confección en la despensa de su piso, comenzó a sospechar que su marido la engañaba. Las mujeres saben bien cuando su hombre les es infiel. Lo que no imaginaba, era quien era la otra y dónde se reunían. Una noche, la mujer de Simón se despertó hacia las cuatro de la mañana. Se encontró sola en el lecho, y una punzada taladró su corazón. Nadie pudo explicar cómo supo con quien estaba su marido, tampoco cómo entró en la casa de su rival, lo cierto es que tres cuerpos aparecieron muertos en la alcoba de la amante cuyo marido estaba de servicio en el puerto. Sea como fuere, Ana, la mujer de Simón, mató a ambos con las tijeras que siempre llevaba colgando de una tanza entre la falda, al estilo de alguna gitana de las que venden telas por los mercadillos. Simón, antes de morir, empuñó la pistola que llevaba para disimular si alguien lo veía por el pasillo, y disparó dos veces a Ana.
Hasta aquí, más o menos lo sucedido. Otra cosa es lo que a raíz de aquello se cuenta de tarde en tarde, porque nadie quiere saber nada del tema. Decían, que desde aquel funesto día, el espectro de Ana vagaba por el edificio en busca de su marido con las tijeras de sastre en la mano, y que en los sótanos del cuartel, se escuchaban los lamentos de aquellos que en vez de ser conducidos a la capital, fueron asesinados. Lo cierto es, que usted señorita, que nada sabía de esta historia, ha señalado con acierto a Ana. Mire a su marido detrás. ¿Sabría decirme quién es la amante?

- Está claro, no puede ser otra que ésta que lo mira.

- Pues ya tiene a los difuntos, y la constatación de que en ese hotel, hay al menos un fantasma que no ha comprendido que su venganza le costó la vida.
Avisaré a Antonio de lo que hay, y que él decida si ha de clausurar esas habitaciones. Yo lo haría.






martes, 3 de octubre de 2017

Matar es fácil: La joya desaparecida.


Todo empezó hace años. Cuando como otros novios en el reservado del café, jugaban a los dados o al parchís. Era aquel cubículo un reservado muy poco discreto. Cerrado por unas pesadas cortinas siempre entreabiertas, las madres sentadas a las mesas frente a la barra vigilaban a sus hijas. También los que por la calle pasaban podían ver lo que dentro sucedía, la gran cristalera que daba al sur, solamente estaba protegida por unos visillos de pasa la pulga, esto es; ralos a conciencia.

Pepe y Nuria mataban el tiempo con su partida. Cuando él ganó la tercera, como de costumbre, perdió el interés. Resuelto, fue directo a lo que le rondaba por la mente.

- Oye Nuria, ahora que ya estamos casados por lo civil, bien podríamos...

- ¡No! Hasta la semana que viene no es la boda y sabes que espero esa noche con emoción contenida.

- ¡Bah! Lo de la iglesia no deja de ser una pantomima, obligados como estamos por las circunstancias en que vivimos. En otros países no existe ese requisito. Lo verdaderamente válido es el amor que la pareja se profesa. Tampoco creo que un papel del juzgado avale ese amor por toda la vida.

- ¡Que pesado te pones Pepe! Mira, mete un dado en el cubilete, si en seis tiradas seguidas sacas la misma figura, mañana domingo nos vamos a un hotel.

Y Pepe, sabiendo las nulas posibilidades de tal envite, quiso confiar en la suerte.

Aquel domingo, seis días antes de la fecha, Pepe y Nuria disfrutaron de su noche de bodas,,, de cuatro de la tarde a nueve de la noche. Ya en la habitación, Pepe le hizo un regalo inesperado; una cadena de oro de la cual pendía un dado del mismo material y que en sus seis caras tenía tres puntos.

Han pasado veinte años, la pareja tiene un hijo de dieciocho, el mayor. Es buen estudiante, pero le apasiona demasiado el Rock. Ha estado ahorrando para ir a Madrid a un concierto de Aerosmith que se va a celebrar en el Palacio de los Deportes. Cuatro mil pelas la entrada más viaje y otros etcéteras. Por más que ha mendigado, no le alcanza la sal al agua; solamente tiene para la entrada y un par de bocadillos, pero va.

Es el 14/06/1997... El Real Madrid juega en casa con el Atlético. A la banda de rock se le ha antojado ir al partido y posponen un día su actuación. Más gastos a afrontar por José Ignacio.

Nacho está en la Puerta del Sol, no lo piensa dos veces. Los amigos también están a la cuarta pregunta, esa expresión que dicen venir de los antiguos interrogatorios judiciales, en los que al imputado se le preguntaba nombre y edad en primer lugar; su lugar de nacimiento y domicilio en segundo; su religión y estado civil en tercero y en cuarto por sus bienes y rentas. Para no ser embargados, los declarantes alegaban ser insolventes, y siempre que se hacía alguna alusión al dinero, se remitían a lo declarado en la cuarta pregunta. El mozo entra en una casa de empeños y pide dinero por la joya que presenta.

- ¿La primera vez que vienes? - le dice el tipo tras la ventanilla - Ya. Te voy a orientar de qué va esto. El oro no tiene un precio fijo, sube y baja a tenor de diversos parámetros que son impredecibles. Como puedes entender, yo debo cubrirme las espaldas, y sacar mi ganancia. Por ello, voy a pesar lo que me traes, tanto peso, a tanto el gramo, tantas pesetas. Ahora te pregunto, ¿quieres empeñar o vender? Si vendes, tanto te doy y aquí se acabó todo, si empeñas, yo te aconsejaría que lo hagas por la cantidad que necesites; cuanto menor sea esa cantidad, menos interés a pagar y más facilidad de rescatar lo empeñado. Tú dirás.

- Entendido, con mil me arreglo.

- Bien. Te doy las mil, tienes un plazo de un mes justo para venir a por la joya, en ese momento me pagarás mil doscientas, Si pasa un día de la fecha y no has venido, perderás la opción de rescate. ¿Estás de acuerdo? Puedes poner más tiempo, si necesitas dos meses, me darás mil cuatrocientas y así sucesivamente hasta...

- No, con un mes me basta.

A pesar de que el concierto fue un éxito, a Nacho no le satisfizo. Tenía demasiada preocupación por el lío en que se había metido. Había cogido aquel colgante del joyero de su madre... por si acaso. Ella solamente se lo ponía una vez al año y no lo notaría. Por otro lado, tenía todo un mes para juntar las mil doscientas. Debía gastar el mínimo imprescindible para unirlo a las pagas semanales.

Faltaban cinco días para el vencimiento y Nacho, a duras penas, había reunido lo que debía pagar. Le faltaba el viaje y no sabía de dónde sacaría el dinero. Eso no fue lo grave. Lo grave fue que su madre notó la falta de la joya. Entonces confesó. Se armó la de Dios es Cristo. A pesar de todo, Pepe, que era un blandengue cuando de sus hijos se trataba, toma una decisión; él irá a Madrid temprano en el coche, con la papeleta, desempeñará le colgante y volverá el mismo día.

A las seis de la mañana ya está en pie, ha pedido un día de permiso. Nuria trabaja y ha de atender a los hijos menores de once y trece años. En el garaje se da cuenta de que tiene un pinchazo, para viaje tan largo necesita imperiosamente arreglarlo. Una demora con la que no contaba, hasta las nueve no abren el taller del centro comercial. A pesar de estar antes de que abrieran, no le dan hora hasta las diez. Total, que cuando quiere ponerse en marcha ya son casi las once, lo que significa que no llegará a destino antes de las seis de la tarde.
A medio camino, cerca de Tordesillas, se detiene a estirar las piernas y a comer un bocado. Va retrasado, de no haber ocurrido aquel incidente ya estaría en Madrid, solventado el asunto y tras una comida rápida, la vuelta para estar en casa sobre las diez.
Pero las prisas no son buenas consejeras, se pierde la noción de muchas cosas por querer finiquitar cuanto antes lo que se tiene entre manos. Una señal no vista, o despreciada olímpicamente, supone media hora perdida y una multa con la que no contaba. A la altura de Las Rozas, un vehículo se incorpora al carril de la derecha a toda velocidad, a pesar de tratar de desviarse hacia su izquierda, a Pepe le ha golpeado el retrovisor rompiéndole el espejo. Como quiera que el incívico conductor ni siquiera hace ademán de detenerse, Pepe le toca el claxon varias veces. La respuesta es un gesto con el dígitus impúdicus, una peineta vamos, y un acelerón para perderlo de vista.
Por fin ha metido el coche en el aparcamiento. Son casi las siete de la tarde y adonde va, cierran a las ocho, mejor coger un taxi por si se pierde. Solventado el asunto, sopesa si quedarse a dormir, o exponerse a la vuelta. Está cansado, hambriento, y habiendo madrugado es fácil que le entre la modorra. Habla con Nuria por teléfono que le aconseja que se quede. Busca una pensión; "La Barata" en una transversal a la Calle de la Montera.
La habitación en el tercer piso y sin ascensor, está limpia aunque el mobiliario es bastante cochambroso. Un balcón que no se puede abrir da a un patio interior pequeño y oscuro, sobre la puerta un montante entreabierto es la única ventilación en un Madrid caluroso de julio. Bueno, ya está, para unas horas cualquier cosa sirve. Sale a tomar unas cervezas y pinchar algo. Se va hasta la Plaza Mayor, baja hasta Las Cuevas de Luis Candelas y se mete entre pecho y espalda una de cochinillo, aunque visto el tipo del trabuco de la entrada presupone que le van a atracar. Tras deambular un poco para bajar la cena, se va para la pensión.
A la una de la mañana no aguanta más, el calor y los ayes de la pareja en la habitación de al lado son insoportables. Se viste y se va a la calle, lleva una botella vacía de agua que ya se ha bebido para tirarla al contenedor un poco más arriba de la entrada. Abre la tapa. ¡Sorpresa! Sobre una caja de cartón de lejía "El conejo Blanco" hay una pistola. Mira a ambos lados de la estrecha calle con nulo tráfico, a nadie ve. En el contenedor han tirado unas cañas quitadas seguramente de un cielo raso. Con una de ellas engancha el arma por la guarda del gatillo, no quiere dejar sus huellas ni borrar las que pudiera tener la culata. En otra caja de zapatos encuentra un par de señora, a su vez en bolsas. Los zapatos están casi nuevos, son de tacón de aguja, color rojo chillón con un corte en la puntera y un lazo en el empeine. Saca uno de ellos para guardar la pistola y se va calle abajo hasta la calle Montera para bajar a Sol, donde espera encontrar a la policía.
Antes de llegar a Montera, un hombre con síntomas de embriaguez viene dando tumbos. Justo a la entrada de un bar de copas, se chocan. El beodo, en vez de disculparse, con voz aguardentosa reprocha...

- ¿Te crees que la calle es tuya gilipollas?

- Si no vinieras haciendo eses no te hubieras chocado conmigo, casi me trago los monaguillos por evitarte.

Pepe conoce a ese tipo. ¡Sí, es él! El presentador de un programa de televisión muy conocido por no dejar títere con cabeza.

- Maldito cabrón, ¿me vas a echar a mí la culpa? ¿A mí? ¿Quién te crees que eres mierdecilla?

- Mierdecilla lo serás tú, estúpido borracho.

En ese mismo momento, el presentador tiene una basca y le arroja el alcohol que lleva dentro, junto con unos cuantos tropezones. A pesar del salto hacia atrás, a Pepe le ha manchado el pantalón.

- ¡Guarro, mira como me has puesto!

- ¡Te jodes mierdecilla! Y no te solmeno dos hostias porque no tengo gana de bronca.

Entonces Pepe saca el cañón de la pistola por la boca de la talega...

- Y yo no te vuelo los cojones porque me das pena. ¡Fantoche!

El bocazas se ha venido abajo al ver el arma. Por el olor que apodera al de la vomitona, no cabe duda de que se lo ha hecho encima, y las temblorosas piernas se han negado a sostenerle. Pepe entra en el bar iluminado con tenues rojos y azules y les dice a las que están tras el mostrador...

- Señoras, llamen al servicio de limpieza, aquí a la puerta hay una mierda mayúscula.

Pepe sigue su camino mientras ve cómo el presentador es reconocido por las personas que han salido intrigadas por sus palabras. Ya tiene el castigo que se merecía. Encuentra a quienes estaba buscando, les hace entrega del arma, enseña la documentación y se va a por el coche. Demasiadas emociones para un solo día, demasiado calor que altera los nervios. Aunque tenga que parar a dormir por el camino, va a tardar en volver a los madriles.

Por esta vez, y aunque matar hubiera sido muy fácil, no había motivo para tanto.

A preguntas de su mujer, Pepe le dijo que todo había ido de maravilla. El chico encontró trabajo para agosto en una hamburguesería, y con lo que cobró, y lo que ya tenía, pagó la deuda que el padre no quería coger. Pero la madre,  más sagaz, lo cogió. 

Y es que el que algo quiere, algo le ha de costar. Claro está, que al poco, con ese dinero, le compraron un guitarra, en realidad un bajo que mola tanto o más.