jueves, 1 de diciembre de 2016

Cosas de Chigre: Ella y Yo.


Por una vez, hoy no escucho a los demás en el chigre. Estoy ensimismado con esos pensamientos, que me causan una paz interior perdida por un tiempo.

Hoy me he vestido como antaño solía hacer. He cambiado mi gorra por un sombrero marrón de fieltro y ala ancha a juego con los pantalones, corbata y zapatos. Mostaza la chaqueta y camisa de un rosa muy pálido. No sé si estoy bien conjuntado, no importa, el caso es que me encuentro a gusto. Creo que he dejado atrás una depresión de caballo que casi me lleva a reposar en el campo santo.

 Todo empezó hace un par de semanas, lo de la recuperación, digo. Porque la depresión ya venía de largo, desde que se me murió la María sin ella darse cuenta, ni yo apercibirme.
 Aquél día, me levanté algo más temprano que de costumbre; tenía frío. Me eché la bata sobre el pijama y, mientras cubría a María con el edredón que siempre dejaba sobre la butaca, le recriminé que no pusiera de una puñetera vez la bolsa de agua caliente, que echara una manta más, o que dejara la calefacción puesta. Ella ni gurgutó. Mejor, así no habría lío. Siempre rácana con el gas, temerosa de un escape y con el "quita el edredón, que se estropea", para luego calentarse arrimándome los pies helados.
Desayune mi café con leche y las tostadas, lo poco que sé hacer en la cocina, y me fui al baño. Luego volví para vestirme y dar mi paseo matutino. La toqué el hombro  -María, que me voy - pero ella estaba más tiesa que la mojama. Se me paró el corazón, comencé a respirar con ansiedad y, tropezando en todos lados, levante la persiana, encendí la luz, corrí las cortinas, la puse boca arriba, le di friegas, masaje cardíaco, le insuflé aire... Todo a sabiendas de que no había remedio. Me senté en la butaca. Aquello era algo inaudito, delirante, monstruoso. Siempre habíamos dado por sentado, que yo era el pocho, el que iba a dar ortigas  primero. Yo y no ella, llena de vida, la que canturreaba por las mañanas mientras trajinaba, la que nada se le ponía por delante, la que planeaba y decidía la mayoría de las veces. No apartaba mis ojos de su cara esperando que tosiera la muerte de un momento a otro, y volver a la vida. Más aquél color blancuzco ya, los labios lívidos de sonrisa engañosa, me llevaban la contraria.

Dirás tú; "¡Qué falta de respeto! ¡Anda, que comparar a tu mujer muerta con la mojama...!" Ya. Pero yo estaba cabreado. Ella no tenía derecho a dejarme tan huérfano, tan vacío. Las horas de mis días, eran completas a su lado. Fui feliz, porque ella se empeñó en ello, y ahora... ¿Ahora qué?
Ni lo sabía, ni me importaba. Solo me importaba el recuerdo revivido de cada momento en esos treinta años. Con lágrimas en los ojos, moqueando y con una rabia infinita ante la injusticia y el ensañamiento del portador de la guadaña. ¿Quién eres maldito? ¿Quién eres para llevarte lo que más quería? Para hacer distingos... ahora ella, luego tú, el otro, aquél, aquella...

Sí. He vuelto al chigre. A tomar el café, la copa, y a fumar la faria, cosas poco convenientes ya que soy enfermo crónico y jubilado por ello.
Tal vez fueran ensoñaciones mías. Quizá, y muy en el fondo, yo no deseaba lo que parecía estaba dispuesto a hacer. Pero, una vez más, María hizo por mí lo que ninguna otra persona. Me habló, cuando hecho un guiñapo, fui al cementerio para decirle que me iba con ella. Allí mismo, en aquél momento. Y ante el nicho, su voz me llegó clara y nítida; "Julián, ¿qué vas a hacer? ¿Acaso crees que quitándote la vida, me querrás más? ¿Piensas, que de este lado se está mejor, que vamos a permanecer juntos? No. Ni siquiera hay otro lado. Podrán permanecer juntos nuestros huesos, pero nada más. Anda, vete a casa, vive lo que te quede y recuérdame con cariño, simplemente, sin alharacas, al igual que siempre llevamos nuestras vidas.

Y me fui. Con una duda... y una esperanza; Si me hablaste, es porque sí hay otro lado y allí nos encontraremos.


Cosas de chigre: Yo y la Otra.



El peruano que lleva el bar me ha servido como siempre. Es un tipo bien parecido. Los pantalones negros siempre con su raya a tiralíneas, los zapatos brillantes a pesar de que a veces se encarga él de echar la sidra. La camisa impolutamente blanca, remangada a medio brazo y con esas líneas verticales en la pechera remarcadas cual sheriff norteamericano, el mandilillo negro a la cintura. Sí, siempre me ha parecido majo. Majo y atento, educado y servicial. Y no porque yo fuese con María a cenar todos los sábados. Es así con todo el mundo. A los camareros casi ni los trata, una mirada suya y ellos ya saben lo que quiere, lo que le parece bien o mal.

Hoy no hay mucha gente. Me pregunta que tal voy, y yo le contesto con un "bien" circunstancial. De sobra sabemos ambos que estoy más solo que la una. Y entonces me habla de María, de su buen carácter y lo cariñosa que era, de lo mucho que se echaba de menos. Y era sincero, no lo hacía por el negocio.

- Oiga don Julián- me dice- Me gustaría hablar un rato con usted. Quiero hacerle una proposición.

Ni siquiera me deja que pregunte de qué se trata. Alarga el brazo, coge una silla de otra mesa y se sienta frente a mí, en esa que él coloca el cartel de reservado entre las dos y las cuatro.

- Don Julián, ya sé que lo ha pasado mal, que se encuentra solo. Es por ello que me atrevo a  proponerle algo que vengo pensando desde hace unas semanas: Tengo una prima que está haciendo medicina. Su padre le envía remesas desde Venezuela, pero últimamente la cosa no va bien por allá. ¿Estaría dispuesto a darle cobijo, a cambio de que le ayude en la casa?

Todo el tiempo pensando que era peruano y resulta que no era así.

- Mira Manél -le dije- mi casa era una cochiquera y no me importaba. Quería morirme, y a poco lo consigo, pero de asco por la dejadez y la lástima que sentía por mí mismo. Algo me impulsó a ir al cementerio y las cosas cambiaron. En mi demencia, había pensado cortarme el cuello a los pies de la tumba de María, más, estando allí, creí oír su voz hablándome quedo al oído y entré en razón. Ahora, la limpieza de la casa me la hace una compañía dos veces por semana. En cuanto a la comida soy bastante frugal, con cualquier cosa me conformo... No sé.

- Comprendo sus dudas don Julián, pero, ¿por qué no se la presento y hablan?

Y Yanila, me contó que le faltaban dos años para acabar la carrera, que estaba de alquiler, pues otras opciones no le habían salido bien, que ella llegaba de la universidad a la tarde, que solamente necesitaba una habitación donde estudiar y dormir, y que me ayudaría con la ropa, la comida, la compañía o aquello que necesitase y ella pudiera corresponder.
Se vino a vivir a mi casa, y fue un acierto. Ella se ahorraba casi seiscientos euros a cambio de buena conversación, camisas limpias y planchadas, haciendo desaparecer los platos del fregadero. Se acabaron las latas de sardinas para cenar o los bocadillos de queso y jamón. Pero lo más importante no era aquello. Lo más importante eran los rebusquinos que sentía por la espalda, la impaciencia esperando su llegada. Su sola presencia me quitó de un golpe los treinta  años que nos llevábamos, y en un momento dado, pensé lo tonto que era; fantaseaba, me estaba haciendo ilusiones. Pero, ¿quién no, con aquel monumento construido a lo largo de veintidós años? 

Desde hacía un tiempo, solíamos salir los sábados. Le enseñaba lugares que no conocía, comíamos y vuelta a casa. Aquella tarde de viernes, sentados en el salón, planificábamos a donde ir por la mañana. Ella, que me trataba de tú, pero me decía don Julián con aquel acento suyo, me dejó boquiabierto: - Oye, don Julián, ¿tú no vas a querer sexo conmigo?

- ¡Puedo ser tu padre, niña! Y recalqué lo de niña para que viese la distancia, lo decrépito que yo era, y la hermosa y joven mujer que era ella.

- Y eso, ¿qué importa? ¿Acaso no tienes necesidades, acaso no te gusto? Mira don Julián, antes de yo venir aquí, me tuve que buscar la vida de aquella manera, aunque solo cuando necesitaba plata para seguir. ¿Por qué no voy a hacer ahora, lo que deseo por puro placer, sin plata de por medio?  

Confundido, halagado, temeroso, con remordimientos, sin pensar en el mañana, pero ardiendo de deseo, me dejé llevar. Había días en los que yo la buscaba -menos de los que quisiera- y días en que ella hacía lo propio. Tal vez solo quería liberar tensiones, y harta de estudiar, buscaba el desahogo, o quizá, era la forma de pagarme. Me apenaría si así fuera, sin cariño siquiera por su parte. Más ella se mostraba además de meliflua, alegre y dicharachera.  Mis dudas persistían - solo sobre el bien o el mal de la cuestión- y a pesar de decir para mí, que aquél era el último día, volvía a caer en la tentación.

Sin embargo, lo que acabó con aquello fue un mequetrefe que se metió de por medio. Un día me dice; Oye  Julián - ¡coño, pensé yo, hoy me ha quitado el don! - he conocido a alguien. Y mi mundo se vino abajo.
A pesar de la vida que llevara anteriormente, ella no era de las que juegan con dos barajas, Yo tampoco. Continuó en casa, pero ya no era lo de antes. Cortamos ambos, hasta que un día, llegó algo más tarde de costumbre, me dio las buenas noches y se introdujo en su cuarto rápidamente. Luego, la oí como hipaba. A la mañana siguiente, un moratón adornaba una de sus mejillas. Nada le dije, pero comencé a investigar.

El niño pijo, tenía una moto de esas que parecen agresivas por lo grande, la forma y los colores. Parecía un chuleta tan agresivo como su moto, el gallito del corral que dominaba de malos modos a hombres y mujeres y contra el que había que actuar. Pero no acertaba cómo. Tener unas palabras con él de nada servirían y tal vez fueran contraproducentes... y peligrosas.

Me fui al bar. Manél me vio triste y trató de sonsacarme. No hacía falta, deseaba explayarme, buscar consejo, una vía, un camino para arreglar aquello sin que ella se enterase. Y él me dijo: Déjelo de mi cuenta.

Una semana después, salió una noticia en la prensa; Fallece un motorista en accidente de tráfico al derrapar la moto en la cuesta de La Peruyal. ¡Y oh casualidad, era el mequetrefe!

Volví al bar a hablar con Manél. Quería saber si había tenido algo que ver. Me dijo que no sabía nada del asunto, pero mientras hablábamos, sacó del bolsillo del mandil unas tijeras y un rollo de cuerda de nailon,  de esas que los pescadores utilizan apara amarrar las nasas. Va a hacer viento, dijo mientras una a una iba atando las sombrillas.
Tal vez fuera pura casualidad, pero recordé las películas donde se utiliza  el truco del cable o similar atado a un árbol, y que tensado desde el otro extremo, hacen caer a caballos, bicicletas, o motos, que por allí pasen.


Me gustaría decir aquello de, "aquí paz y después gloria" pues sería el colofón, pero yo ando con mis sospechas, ella no se decide ni a irse, ni a quedarse, si continuar o dejarlo, y Manél... Manél continua como siempre; Impoluto, amable y servicial.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Fabricio, Bunilde, Rodolfo y el Oso



Erase una vez... el Rey de un pequeño pueblo. Todos los jueves, de todas las semanas, de todos los meses, hiciera frío o calor, lluvia o nieve, salía al bosque a cazar.

Su joven esposa lo despedía lanzándole besos con la mano, algunas veces desde la torre y las más desde el adarve del castillo. Salía él a caballo, acompañado de sus principales, con su venablo cuando practicaba el arte venatorio tras el jabalí, el oso y venado, o portando el ave de presa en su mano izquierda cuando de palomas, tórtolas y similares se trataba. 

Diestro en el manejo de armas y halcones, y dada la numerosa fauna existente, aprovisionaba de viandas las despensas del castillo, encargándose sus criados de transportarlas. Este esparcimiento, servía además como práctica y adiestramiento para la guerra, porque el rastreo, persecución acoso y muerte de la presa, incluía en sí una estrategia de la operación, preparada como si de una acción bélica se tratara.

Aquél día Fabricio se internó en el reino del espíritu del bosque; El Busgosu, esa criatura mitad humana, de cuernos retorcidos y patas de cabra que acompaña a los pastores y es fiel protector de árboles y animales. El recorrido transcurre entre robles, hayas, acebos y tejos que se reparten entre zonas sombrías y solanas, mientras que, bordeando el río, el fresno y el álamo se mezclan con el avellano, el serbal y el boj.

Pronto los monteros, ayudados por sus perros, descubren una presa. El rey se lanza tras la jauría de rastreros, sabuesos, o alanos. Ha dejado atrás, consciente del peligro, a batidores y acompañantes, aunque maldito si le importan los zurriagazos que las ramas bajas le propinan. ¡Ha de ser el primero en alcanzar su trofeo!

Tal pareciera que el Busgosu había preparado la celada, pues bien se sabe, que es enemigo mortal de los cazadores. Aunque así no fue, él cargó con la culpa de lo que iba a suceder.

¡Aquí mi rey, aquí! Grita su primo Rodolfo tratando de desviarlo de su camino, hacia el otro lado de la maleza por donde los suyos cerraban el cerco.Y Fabricio lanza su caballo.  De pronto, el asturcón que monta se para, resuella echando espumarajos por los ollares. Y, cuando la fiera aparece, despavorido se encabrita, levanta las manos cual si fuera a corvetear y lanza a nuestro rey al suelo, que se lleva una gran costalada. Huye el caballo, Fabricio se levanta raudo a pesar del doble aturdimiento, (por el golpetazo y por el error creyendo perseguía un ciervo) bien sabe que su vida pende de ello. El pardo oso se asienta sobre sus patas traseras, gruñe y manotea el aire lanzándose a por aquél que invade sus dominios y es causa de su mal. El rey ha perdido su venablo, echa mano al cinto y saca la daga, el plantígrado ya lo abraza, y muerde. De varias puñaladas ha herido de muerte al animal, más un bocado en el cuello casi descabeza a Fabricio, cayendo ambos abrazados mientras piernas y patas se mueven en los agónicos estertores de sus vidas.

La comitiva llega al castillo. Los dos sobre parihuelas, el uno para mostrarlo públicamente y el otro para ser enterrado con el boato que le corresponde.

Aún caliente el cuerpo del rey, Rodolfo insta a la joven Brunilde para que se case con él. El reino no puede quedar huérfano y es a él, como pariente más próximo, al que pertenece la corona. La boda legitimará aún más el título.

Pero hete aquí, como se suele decir en los cuentos, que el capitán de la guardia ha estado contemplando el oso. En la sospecha de que se ha fraguado un malvado plan, habla, interroga e incluso amenaza a los sirvientes. Entonces varios de ellos confiesan: Varias semanas ha que Rodolfo y sus acólitos han logrado atrapar un oso vivo. Lo han dejado en el bosque encadenado hasta esperar la ocasión propicia. Llegado el momento, lo sueltan... y el drama se representa según lo previsto.

El capitán Arnaldo ha averiguado quiénes y cuántos son los confabulados, y en un momento dado, con la reina, dignatarios y guardia a su favor, los detiene. Solamente queda juzgarlos, mostrando como prueba las marcas que los grilletes dejaron en la fiera, en su afán por liberarse. 

Rodolfo ha sido ajusticiado, su cuerpo desmembrado, esparcido y abandonado a merced de las alimañas.
La reina ha llorado a su marido por un tiempo, más ya se sabe aquello de; "El muerto al hoyo y el vivo al bollo". Cuando se es joven, la sangre arde, el cuerpo exige y la voluntad flaquea. Hora ha llegado de dar un heredero al trono, pues sabido es también, que;  "A Rey muerto Rey puesto"





miércoles, 23 de noviembre de 2016

Los Regalos de los Reyes Magos.


Dejemos a un lado las hipótesis sobre si Jesús nació cinco o seis años antes de lo que normalmente se cree, de si fue en diciembre o en junio, si la estrella de Belén fue una conjunción de planetas, o una nova que pudo ofrecer un aspecto espectacular y perdurar por un periodo de tiempo que alguien estimó en 70 días. Que los Magos de Oriente procedían de la India, Babilonia, Abisinia, o que cada cual pertenecía a cada uno de los continentes conocidos; Europa, África y Asia. Obviemos también, si eran de origen judío y que por tal motivo conocían las Sagradas Escrituras. Escrituras que anunciaban la venida del Mesías y que estaban a la espera de un signo que lo corroborara. Cuando la estrella, cometa, conjunción de planetas, o aquello que fuera, apareció en el cielo, quizá quisieran estudiarlo, o simplemente llegaron a la conclusión, de que aquél era el signo, e iniciaron la larga caminata para cumplir la voluntad de Dios.
Pudo haber sido voluntad de Dios, que los Magos pertenecieran a lugares tan distintos y alejados entre sí, y que sin medio de comunicarse, llegaran a un lugar de encuentro desde donde proseguirían juntos. Pero este narrador, se inclina a creer en los Evangelios apócrifos, que asegura venían de la tierra del Preste Juan: Etiopía, y que eran hijos de distintos padres, pero con un abuelo en común, es decir; eran primos.
Lo cierto es, que los Magos tenían ante sí un reto importante; recorrer los dos mil quinientos kilómetros que separan Abisinia de Jerusalén, en tiempos en que los caminos apenas existían. Pero ellos tenían varias ventajas sobre los demás mortales; eran Magos, tenían un guía, y podían ver lo que a su alrededor había, gracias a un espejo que se lo mostraba.
Algo más de cincuenta días tardaron, y por donde quiera que pasaban, causaban la admiración que nunca se viera en caravana alguna. Soldados de vistosos uniformes, camellos, caballos y elefantes ricamente enjaezados y con gualdrapas multicolores componían la comitiva.

Al atardecer de un día cualquiera, llegaron a un mísero poblado sobre un cerro. Los ancianos del lugar, ofrecieron a los magos la mejor de sus casas para pasar la noche -que el desierto es frío de noche aunque se tenga una buena jaima- mientras el cortejo vivaqueaba junto a los animales.
Al amanecer, hora de partir, alguien pidió reponer el agua que llevaban consigo, y los ancianos les dijeron: "El agua es escasa, hay que buscarla lejos, en un pozo"
Los magos preguntaron el motivo de haber construido el pueblo tan lejos del pozo, y ellos respondieron que estaba en un lugar bajo, donde las lluvias escasas pero torrenciales todo lo anegaban.  Solo allí encontraron el ansiada agua. Por ello, cada mañana se formaba una procesión de chiquillos con cántaros y odres en los que traían la necesaria. Entonces los magos, miraron su espejo por ver el lugar, pero tan lejos estaba, que no acertaron a verlo.
- Bien, os dejaremos una pareja de camellos con su cría, con ellos podréis acarrear el agua y así los niños podrán emplear ese tiempo en aprender cosas de mayor provecho. Pero, si tanta agua dejan las lluvias, aunque solamente sean dos veces al año, deberíais construir un gran aljibe que las recogieran, y luego, izarlas hasta el poblado por medio de una na'úrah (noria). Y les enseñaron, por medio de dibujos, la forma de construir aquel artilugio. Así, al tener más agua, el pueblo prosperó y los niños se vieron libres de la esclavitud que suponía la rutina diaria.

Siempre que pensamos en un oasis, lo hacemos con la admiración propia de quien está ante algo maravilloso; aguas cristalinas, hierba verde y palmeras frondosas donde penden los dulces dátiles, en fin; un bucólico remanso de paz y belleza. Y esto fue lo que en la distancia y con aquel espejo mágico, vieron nuestros reyes. Más, llegados a aquel punto para descansar, se encontraron con algo bastante diferente; aguas estancadas y fétidas, excrementos de camello y caballo, y restos de  las fogatas que dejaron las caravanas que por aquel lugar habían pasado. Ante el lamentable estado de aquel cenagal, mandaron construir unas gradas para remover y limpiar las arenas circundantes. Planificaron ellos distintos estanques a partir del nacimiento del manantial, para que los más próximos a este fueran aprovechados solamente por el hombre, y los más lejanos por las bestias.

Siempre en pos de la estrella, prosiguieron su camino los magos, llegando a otro pueblo a la orilla del Mar Rojo. Había aquí una industria que en otro tiempo fue floreciente, pero que consumía mucha mano de obra, de nuevo con los chiquillos como protagonistas, y que iba a menos por falta de combustible. Se trataba de unas salinas.
Los pobladores acarreaban el agua del mar, hasta unos grandes peroles donde la calentaban para provocar la evaporación, al modo chino, según decían, pero que casi habían acabado con toda la vegetación susceptible de ser quemada.
- ¿Y qué hacéis con la salmuera? preguntaron.
- La extendemos al sol para que se acabe de secar.
- ¿Y al que tuvo la idea, no se lo ocurrió que ya desde un principio, se podía haber aprovechado del sol?
- Es que ya los padres de nuestros padres utilizaban este método venido de China.
- Aquél era un método antiguo y rudimentario que solamente se emplea en los lugares donde el sol no calienta como aquí.  Si queréis que el comercio de la sal vuelva a prosperar, y que los árboles sigan aumentando, debéis preparar unas eras a la orilla del agua, dejar entrar ésta de manera que apenas cubra un palmo, y esperar que la temperatura del sol y la brisa hagan la mayor parte del trabajo. Se puede construir una acequia para que entre el agua, o si el desnivel es grande, se puede colocar un "tanbur" o tornillo sin fin para extraerla.
Así lo hicieron siguiendo sus indicaciones, y los niños se evitaron, una vez más, el trasiego del agua y de la leña. Luego renacieron los arbustos y los árboles, las aves y los animalillos se multiplicaron haciendo del lugar lo que antaño fuera.

Por cada pueblo que pasaban dejaban regalos maravillosos que liberaban a los niños del duro trabajo, y así, llegaron al palacio de Herodes el Grande, pues era obligada la visita de cortesía de los reyes hacia el rey de Judea. Quiso saber Herodes hacia donde se dirigían, y ellos contestaron que venían a postrarse ante el nacido Rey de los judíos. Siendo él idumeo, y colocado en el trono de Judá por los romanos, temió ser destronado, por lo que sibilinamente preguntó donde había nacido para también él ir a cumplimentarlo. Recelaron no obstante los reyes, respondiendo que no conocían exactamente el lugar, y se marcharon siguiendo la estrella hasta que esta se paró. Habían llegado.
Hicieron sus ofrendas; Oro, al que el niño no dio ningún aprecio, pues es para reyes terrenales, y sabido es, que años después diría; Mi reino no es de este mundo. Melinchor ofreció mirra, y el recién nacido tampoco prestó demasiada atención, de sobra sabía que su cuerpo era mortal.  Posó el niño su mano sobre el incienso solamente por un instante, mirando de frente a los presentes y complacido ante la honra de ser considerado divino.

Todo cuento debiera tener un final feliz, más este, sabemos como acaba: Los reyes vieron en su espejo, la maldad de Herodes ordenado a sus soldados pasara a cuchillo a los menores de dos años. Entonces dieron la voz de alarma para que se pusieran a salvo cuantos recién nacidos se pudiera. Así comenzó un nuevo éxodo, rueda que desde el principio del mundo, y hasta nuestros días, no ha cesado de girar.


Maltrato Violencia e Indefensión infantil:
Abuso físico, sexual, maltrato emocional, abandono físico y emocional, agresiones y explotación sexual. Asia: 1.000.000, de ellos 400.000 en India. Estados Unidos: 300.000, Sudáfrica, cerca de 30.000.
Falta de educación por explotación infantil  (250.000.000)
Niños soldado y suicidas inducidos. (250.000 a 300.000)
Hambre y Miseria (1.300.000.000 de personas, la mayoría niños)
Negación de derechos. (Ni se sabe)

lunes, 21 de noviembre de 2016

De porcentajes y estadísticas.


Esto de las estadísticas me tiene frito. De un tiempo a esta parte, vengo escuchando que los españoles estamos en tal o cual puesto de longevidad. Y uno, que ya va teniendo sus años, se preocupa de algo que no quiere le recuerden; Que apenas le quedan unos días para llegar a esa media fatídica. La vida, es como es, y muchos se quedan en la cuneta antes de llegar, mientras otros, son capaces de remontar esa media, creando una ilusión, tal vez efímera.

Seguramente, a los jóvenes ni siquiera les preocupa, pero al que anda cerca, sí. Y es que, si al menos estuviéramos seguros de la certeza de esa frase: Aquí paz y después gloria, aún quedaba el consuelo; mejor la gloria que nada. Pero los escépticos nos tememos, que una vez la diñas, se acabó lo que se daba.

 Yo soy de los que a pesar de los achaques, procuro andar erguido, con la sonrisa en los labios, siempre jovial y voluntarioso. Eso da un tono más vigoroso, y hasta distinguido que suele causar envidia. Y aunque el cuerpo de uno es como la vestimenta de aquel señorito pobre; solo traje planchado y replanchado, solo pechera, cuello y puños de la camisa, sin ropa interior siquiera, esa envidia causa una sensación benéfica para la mente, y me lleva a pensar, que yo superaré la media con creces. Así sea. 


Yo fui Millonario.


Recuerdo cuando fui millonario ¡Qué tiempos aquellos!
Eran tiempos en que la inflación traía de cabeza a los Gobiernos... porque subía todos los meses. Ahora es por todo lo contrario.
Entonces, con inflación y todo, la mayoría teníamos dos, cinco, quince, millones, pero llegó el Euro, y los 22 millones de pesetas que valía el piso, se quedaron en una miseria. Los millonarios, de medio pelo, dejamos de serlo, y ya jamás lo lograremos de nuevo. Es más, no sé muy bien la razón, por la que esos mismos pisos valen ahora la mitad.

Y sin embargo oigo hablar de millones, como si aún la peseta estuviera en circulación. Los antiguos millonarios, de pelo entero, lo siguen siendo, pero ahora en Euros, que no en pesetas. A más de uno lo cogen con 40, 80 o 100 millones en Suiza... ¡pura bagatela! exclama alguien, y yo saco la cuenta... 80.000.000 X 166,386 = 13.310.880.000 de pesetas, tanto, que no lo sé escribir con letra y temo haberme equivocado con los números.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

La princesa Enclaustrada.


Cuenta la leyenda, que hace muchos años, dos familias nobles y para mejor defender sus intereses, acordaron la boda de dos de sus hijos aún menores. Ella, Alfonsina, tenía nueve años, y él, Alonso, once. En juego estaba el comercio, la defensa contra una iglesia ávida de expansión territorial, o el combate a aquellos bandidos, desecho de las guerras, que trataban de vivir de gorra a cuenta de campesinos y figoneros, asaltando a los peregrinos del  Camino y a los recaudadores de impuestos.
Alfonsina, pariente del rey, en realidad no era princesa, aunque todos la trataran como a tal. Se continuaba así aquella vieja tradición visigótica, donde los gobernantes locales eran llamados príncipes por su derecho a elegir y a ser elegidos como Rey. Era la primera hija del conde de Albama, hombre belicoso que se rebelara en varias ocasiones contra su Rey y hermanastro, con la pretensión de destronarlo. La unión entre Alfonsina y Alonso, hijo del conde de Norniella, le daría mayor poder para conseguir lo que creía merecer como primogénito y que no tuvo dada su bastardía.
Pero los planes de Alfonsina, si es que a tan temprana edad se pueden forjar planes para el futuro, iban por otro camino. A ella lo que gustaba era escaparse al bosque en su caballo de regalo, ese del que tanto presumía y que debería guardar para el lucimiento, y la compañía de Pedro el palafrenero, artero en la búsqueda de ayalgas y xanas. ¡Cándidos infantes!
Pedro, que tenía doce años, ya estaba al servicio de la princesa desde los siete. La fama de ayalgueru, le venía por haber encontrado cierto día en el hueco de un árbol, varias ajorcas, zarcillos y una peinilla de oro, sin duda de alguna xana, que a la orilla del río peinara sus cabellos. Eso decía él, sin confesar que las picazas lo espiaban desde una rama, y que se lanzaron contra el ladronzuelo, al ver el saqueo de las joyas tan afanosamente conseguidas.
Por unas u otras razones, la boda de Alfonsina y Alonso se fue demorando, y mientras, los niños iban creciendo. Por fin Pedro encontró su gran tesoro... entre las piernas de Alfonsina, que quedó encinta. Cuando la situación fue notoria, el conde de Norniella deshizo su compromiso, recluyendo el de Albama a su hija en la torre del palacio de por vida. Entregó su nieto a alguien de su confianza para que lo criara en un lugar lejano, y a Pedro, suerte la suya el ser hijo de uno sus capitanes, lo condenó al destierro. Pasó este a engrosar como caballerizo, las filas de los que por orden del rey la guerra contra Portugal preparaban, y que tuvo la merced de tomarlo bajo su protección. No se sabe a ciencia cierta si lo acogió por chinchar a su hermano (cosa que le movió a risa), por el recibo de dos esplendidos caballos que el abuelo de Pedro criaba a las faldas del Sueve, o por simple conmiseración.

La vida de Alfonsina transcurría monótona entre aquellas cuatro paredes. Acompañada solamente por su aya, un par de criados y media docena de soldados, languidecía por los amores frustrados con la única distracción  que le proporcionaba la admiración de un paisaje harto conocido, o la asistencia a los oficios desde una de las ventanas que en la capilla frente a la torre se daban. Mientras, las obligaciones a que Pedro estaba sometido, le hicieron olvidarse de la búsqueda de tesoros, pero no de la princesa, ni del hijo que entrambos hubieran.
Aquél año, en que Alfonsina cumplía veinte, y seis su hijo, del que tan poco sabía, se celebraba la romería de la Virgen de la O a quien estaba dedicada la ermita que su padre mandara construir frente a la torre. Multitud de romeros venían desde lejos a contemplar la imagen con el círculo en la tripa, divina esperanza pronta a nacer.
Tres días antes de la fiesta, llegaron varias carretas cargadas de pertrechos desde el palacio de Muravea, residencia habitual del conde Amaro de Albama. Descargaron y comenzaron la instalación de unas tiendas para la soldadesca que acompañaría al conde y que llegaría al día siguiente. El verano iba camino de acabar, por lo que las colocaron junto a la tapia del jardín que daba a poniente, donde Alfonsina cuidaba con esmero rosas y gladiolos, durante las dos horas que tenía permitido salir de la torre.  
Sus padres vinieron con sus otras tres hijas y escoltados por una treintena de soldados. Alfonsina estaba ávida de noticias y chismes de cualquier tipo, pero el distanciamiento con sus hermanas había ido a más con el tiempo y poco querían saber de ella. En seis años, no más de cuatro veces se habían visto, así que solamente un hola y adiós. Su padre estuvo con ella apenas unos minutos, por el contrario su madre, tratando de ocultar las lágrimas por aquella vida perdida, le puso al corriente de lo poco que sabía de las andanzas de aquél hijo, nieto suyo, cuyo retrato iba en el camafeo que la entregaba.
El mismo día de la romería, apostados a la vera de los tres caminos que convergían en la plaza de la ermita, vendedores de reliquias ofrecían su mercancía; Astillas de la Santa Cruz, limaduras de las cadenas con que San Pablo sufrió presidio, huesos, dientes, pelo, trozos de vestiduras de distintos santos... y que se presentaban en relicarios.
Asentados junto al atajadizo rectangular tras la capilla, un montón de pobres, tullidos algunos, tuertos o ciegos otros, mendigaban formando una fila, bien de pie o sentados y en silencio, para mejor mostrarse como los dignos representantes de Cristo. Estaban allí como mediadores en la salvación de los ricos, por medio de la limosna que con ellos ejercían. Y un poco más allá, en la pradera, los tenderetes de los vendedores que esperaban hacer mejores ventas que en el mejor día de mercado.
Monjes de diversas abadías, clérigos, músicos, trovadores y gentes devotas que ya bien temprano comenzaron llegar, esperaban al señor Obispo que oficiaría el acto religioso en el décimo aniversario de la ermita, tal vez por ello, honor hasta la fecha desconocido.
Alfonsina corría de una ventana a la otra, por mejor ver aquel continuo espectáculo que en derredor de su estancia se daba. Un bizarro mozo le llamó poderosamente la atención. Su dormido corazón, comenzó a latir hasta el punto del sofoco creyendo reconocer en él a su Pedro, que acompañado por un infante, miraba sin disimulo hacia la torre. - ¿Será aquél niño mi hijo, o tal vez solo un simple escudero? ¡Imposible! Demasiado tierno para el oficio - y así, retorciéndose las manos nerviosamente, hacía sus cábalas.
Una fanfarria anunció desde lejos la llegada de alguien importante. Algunos creyeron que era el obispo, más tal alarde sería inusual hasta en la capital. Efectivamente, pronto se corrió la voz de que el Rey llegaba. Enterado el conde de Albama, molesto y malhumorado, por tener que rendir la pleitesía a que se debía, mandó que a toda prisa colocaran un baldaquín y los mejores sillones de la casa, y tras formar a sus hombres, salió a recibir a su señor. El Rey saludaba condescendiente al pueblo que lo vitoreaba, mientras una sonrisa cínica asomaba a su rostro al pensar en la bofetada moral que le daba su hermano, en sus propios dominios. Bueno, al fin y a la postre, la mayor parte de ellos, eran suyos porque él generosamente se los había dado.
Alfonsina, aprovechando el momento que tal algarabía produjo, corrió escaleras abajo en busca del doncel, por constatar si era su amado y el hijo que le hurtaran. Llegada al patio, casi se da de bruces contra Pedro, que sin meditar las consecuencias que su acto pudiera tener, iba  a su vez en busca de Alfonsina. Quedáronse ambos parados, escrutándose mutuamente, y tratando de adivinar los sentimientos recíprocos. Apenas unos segundos bastaron, sus ojos decían bien a las claras del amor incombustible que los animaba. Ella desvió la mirada al niño. Pedro la siguió, y por un momento, estuvo a punto de decir lo que Jesús le dijo a su madre y a Juan cuando estaba en el Madero; "Mujer he ahí a tu hijo, hijo... " - pero eso le sonaba a blasfemia. Sí, le dijo, es nuestro hijo Alfonso. Y sin más miramientos, se fundieron en un apretado abrazo.
Pedro estaba dispuesto a acabar con aquella situación, y creyó, que presentándose los tres ante el rey para pedir su favor, el conde se ablandaría permitiendo la boda. Bastante había durado ya el castigo. Alfonsina temía que el plan no diera resultado, bien conocía a su padre, y pensaba que era motivo suficiente para no acceder a sus pretensiones, el verla en la calle contraviniendo sus órdenes, pero cedió.
A espaldas de la ermita, en el cercado de las celebraciones, había un altar. Sacarían en procesión a la Virgen rodeando el palacio y el pueblo entero, para depositar la imagen en el ara donde se celebraría la misa. El Rey Ramiro y el obispo pusieron pie a tierra donde los esperaba el conde, y, tras los saludos pertinentes, pasaron a orar brevemente continuando después hasta el cercado mientras la procesión comenzaba.
 Las dos centenas de soldados que el soberano traía, se colocaron en hilera protegiendo los flancos, doble a espaldas del baldaquino frente al altar. Mientras, los del conde hacían simple labor de policía fuera del cercado, desprovistos del honor de guardar al Rey. Durante la espera de los romeros que llegaban en pos de la Virgen entre cánticos y rezos, Ramiro departió con los nobles y prohombres que le rendían acatamiento. Pedro y Alfonsina, con su hijo en medio, se unieron a la fila para el besamanos, más, percatado Amaro de Albama de su presencia, y sabiendo bien quienes eran los acompañantes de su hija, a punto estuvo de ir en su busca para encararse con ellos. Sin embargo, aquello era imposible sin incomodar a su hermano, máxime, cuando él era el encargado de presentarle a aquellos a los que desconocía.
Llegado el turno de los dos "díscolos" jóvenes, el conde de Albama estaba congestionado por la ira, con la diestra amenazadora sobre el puñal que en la cintura llevaba, y sin acertar a balbucir palabra. Pero el rey conocía bien a Pedro, no en vano le surtía de esos duros ponis asturcones que por Piloña criaba su familia, y que tan fiables eran en trochas y vericuetos cuando iba de caza. El rey se lo puso en bandeja:
- ¿Acaso te has casado sin yo enterarme? le dijo en tono un tanto recriminatorio- Dime, quien es la dama...
- Señor, jamás se me ocurriría tal cosa sin pediros permiso, y eso es lo que os pido ahora: Deseo casarme con Alfonsina, hija del conde vuestro hermano, a quien os presento junto con nuestro hijo Alfonso.
- ¿Y es conforme el conde? ¿Habéis resuelto ya, aquella cuestión por la que te desterró y a ella encerró?
- Aun no, pero preguntadle a él, mi señor.
Y Ramiro, sin mediar palabra, miró a Amaro con una pregunta que llevaba implícita la respuesta.
- Soy conforme. - Contestó Amaro de mala gana y en la confianza de que una vez su hermanastro se fuera, podría castigar aquella insolencia. Pero le salió torda.
- Pues no se hable más, hoy mismo, en este lugar, y al amparo de Nuestra Señora de la Merced, seréis oficialmente marido y mujer. Como padrino de bodas, yo te dotaré convenientemente, sobrina.

Y aquí se acaba la historia del enclaustramiento de la princesa. Mediada la tarde, el rey Ramiro ordenó a los suyos levantar el campo, habían de llegar a la capital, para, a la mañana siguiente, proseguir ruta hacia el oeste. Iba contento. El obispo celebró la boda, cantaron los monjes como si en la catedral estuvieran, y al conde Amaro, le vaciaron la bolsa, la despensa y el corral para aumentar dote y banquete. Los pobres, saciados con aquellos manjares y llenos los macutos de abundantes sobras, lanzaban vítores a su señor, que no podía pedir más. Pero el agudo rey, como no se fiaba de quien tantas veces le hiciera frente, se llevó consigo a los recién casados, que felices vivieron, aunque no se sabe a ciencia cierta, si comiendo perdices.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Los Cuentos de la Abuela.


Caminaba el otoño hacia el invierno, y en las largas anochecidas, bien fuera en las esfoyazas donde se deshojaba y enristraba el maíz al amor de la lumbre, o en cualquier ocasión para matar el tedio, una de mis abuelas solía contarnos algún cuento.
Todos tenían, como debe ser, su moraleja, tanto para mayores como para los chicos. No sé de dónde sacaba tantos, pues pocas veces se repetía, no así esta leyenda que os contaré tras un breve preámbulo.
Sabido es, que  las esfoyazas se hacían en comunidad, hoy en esta casa, mañana en la del vecino, acudiendo la mocedad toda. Después del trabajo, tortilla, boroña, jamón, queso, nueces, sidra... y algunas canciones. Calientes los ánimos, satisfechos y alegres, cada cual para su casa con el candil en la mano.
En prevención para aquellas que recorrieran el camino por  oscuras caleyas bordeadas de arbolado, fuera noche o día, la abuela recordaba una leyenda que, como hemos dicho, nadie sabe donde consiguió.

"Se cuenta, comenzaba, que el Trauco es un hombre pequeño, feo, que no llega al metro de altura y no tiene pies. En su afán por perseguir doncellas, aprovechará todas las oportunidades para utilizar su magia, evitando que nadie le vea. Se dice, que nunca atacará a una muchacha que ha tenido la precaución de ser acompañada por alguien.
A pesar de su fealdad, posee una mirada muy dulce y sensual, viste traje y sombrero confeccionado con una planta trepadora de flores amarillas o rojas, conocida como Coralito y usada para hacer canastos o escobas. Subido a la rama de un Tique, también llamado Olivillo por sus frutos parecidos a la aceituna, espera a su víctima. En su mano derecha lleva un hacha de piedra, desciende rápidamente del árbol al que da tres hachazos. Ramas que se desgajan transmitiendo su temblor a las colindantes, hojas que caen por doquier y gran confusión. La muchacha, aún sin recuperarse del susto, se encuentra con el Trauco a su lado, quien sopla suavemente el bastón que porta en la otra mano. La niña sin poder resistir el encanto del Trauco cae en un profundo sueño de amor, y al despertar del embrujo, regresa a su casa sin saber claramente lo sucedido. Nueve meses después, dará a luz al hijo de este misterioso espíritu del amor."


Las mozas tomaban buena cuenta del consejo, y las más medrosas, cuando habían de pasar por el bosque para ir a la fuente, llevar el ganado a abrevar, o a recoger leña para la lumbre, procuraban ir acompañadas de alguien de confianza. Otras hacían caso omiso, pareciendo desear el encuentro, pues a pesar de todo, siempre hay quienes encuentran más fascinante el placer, que el riesgo que supone.

martes, 8 de noviembre de 2016

El Duende de los Ajos.


Hacía cuarenta años que no subía al desván. Desde los doce, cuando murió el abuelo y mi madre me pidió que la ayudara a subir aquellas sus pertenencias más preciadas que no podían ir a manos del trapero. Hoy he vuelto a subir la estrecha escalera. ¡Qué cosas! La recordaba más ancha, incluso el tragaluz es más pequeño ahora y menos diáfano, tanto, que subo a tientas, con una mano en la pared y la otra agarrando el pasamanos mientras trato de acostumbrar mi ojos a la penumbra. Subo nuevamente para cumplir su deseo: "Antes de que te vayas para Madrid, por favor hijo, bájame del desván aquel pequeño baúl donde mi padre guardaba los recuerdos de sus mayores". Subí sin prisas, aspirando el perfume de la noble madera. Sin encender la luz siquiera, iluminada mi imaginación con  imágenes de mi infancia; oscuro casi negro abajo, más claro cuanto más arriba. Con aquella desazón que causa el saber que el lugar al que iba, guardaba sobre todo complicidades y sensaciones adormiladas durante tanto tiempo. También aquellas cosas materiales, que a menudo, cuando melancólico recordaba, trataba de apartar de mi mente como si fuera incapaz aún de asimilar la falta del abuelo.
¡Cuántas veces estuve en ese desván con él! Hasta que un día me dijo que ya no podía subir más; "... que la reuma no me deja, que apenas puedo doblar las rodillas ni mover las caderas y la fatiga me acogota" Y se acabaron los cuentos, las fábulas, las leyendas que parecían aventuras reales. Aunque haciendo honor a la verdad, fueron a menos pero nunca me faltaron. Sin embargo, el ambiente ya no era igual. No es lo mismo contar un cuento a la puerta de casa y sentados en el escaño, que en el desván, recogidos en aquellas viejas mecedoras y rodeados de los cachivaches que trajera de Astrorga; El guacamayo de la abuela; murió, decía, de pena tres días después que ella. Disecado y colocado en su percha, parecía que aún estaba vivo, ladeada un poco la cabeza como si escuchara atento para coger alguna palabra bonita. Un baúl con libros, un arca con ropas maragatas, la cornucopia de latón con dos velones que cuando se encendían, de tal forma reverberaba la luz, que la imagen daba miedo. Al menos yo tuve esa impresión las primeras veces que me miré en él. Luego, pasado el tiempo, gustaba de poner caras y muecas que hacían reír al abuelo. El zurrón de piel de carnero que guardaba la zanfona, aquél maniquí que se ensanchaba dándole a una rueda, el globo terráqueo donde guardaba la cazalla...
El abuelo Cosme era pequeño y gordo como un botijo de esos bajos. Pantalones de pana en los que la cintura casi le llegaba a las tetillas, y que sin embargo le quedaban cortos de pata. Al abuelo le gustaban así. Por entonces aún calzaba botas de media caña de piel de becerro, pues gustaba fueran admiradas por sus repujados. Así, los sobrantes de las perneras iban como refuerzos en rodillas y culera en unos rectángulos parejos. Cuatro o cinco vueltas de faja, también negra, los sujetaban, y cuando dejó las botas, alpargatas de esparto reforzadas en la puntera. Camiseta de manga larga bajo el blusón de tratante y, para los días de diario; boina, que los domingos se calaba un chambergo con una cintilla, aunque ni a misa iba. Y eso que él se proclamaba como los antiguos; cristiano viejo, cosa que tenía a mucha honra, pues un antepasado suyo, vino desde Francia andando el Camino, aunque no lo terminó, pues una moza la más rica del pueblo de Astorga, le hizo tilín y allí acabó su viaje. Dicen, que ella era descendiente de cristianos nuevos, judíos conversos de veras, no marranos, y que contribuyeran a financiar el primer viaje de Colón, pero eso, si era cierto, lo callaba.
Siempre lo conocí de esta guisa, o al menos esos son mis recuerdos, como recuerdo el olor que consigo llevaba. Una vez le pregunté: "Abuelo, ¿por qué siempre hueles a ajo?" Y su respuesta fue; "Mete la mano en el bolsillo, y sin verlo, dime que tocas". Son dientes de ajo, respondí ufano y sonriente en la seguridad del acierto. Pero aquello explicaba solamente, que olía ajo, porque ajos llevaba en el bolsillo, pero yo quería saber el motivo de por qué los llevaba. Entonces me contó una creencia suya, que a mi modo de ver solamente funcionaba a medias.
- ¿Te has fijado, en la figurita de madera que tengo sobre la mesilla de noche?
- Pues no mi güelu, sabes que casi nunca entro en las habitaciones de los mayores.
- En la mía puedes hacerlo cuando gustes. A lo que vamos, yo tengo un duende de los ajos, como tu llevas al cuello esa figa de azabache. Lo mismo da, que da lo mismo, pues ambas cosas sirven por igual y todo depende de la región en que viva cada cual. El duende, que mi padre tallara para un bastón, fue encantado por una bruja, y viendo el interés que por él tenía, me lo regaló. Cuando me lo entregó, me dijo que servía contra el mal de ojo, esa cosa tan mala que produce la envidia y hace a la gente infeliz; A los envidiosos, porque deseando siempre lo de los demás, andan en un continuo sin vivir, y a los crédulos, porque cualquier cosa que les salga torcida, dirán que fue cosa del aojador y se volverán tarumba en busca de remedio. También sirve contra el reuma y los achaques todos de los huesos. Para que el duende cumpla bien su cometido, le pondremos como ofrenda, un diente de ajo cada día, luego en la noche, tomas el ajo y lo colocas bajo la cama. Por la mañana te lo guardas en el bolsillo y pones uno nuevo. A mí me ha dado buen resultado, ni envidio a nadie, ni creo que nadie me haya tenido envidia jamás.
- Sí güelu, entonces, ¿eres tú de los crédulos... que encontró remedio?
- No, ¡qué va! Ahora ya no. Pero sigo con la costumbre... la rutina.
- ¿Y de la reuma...?
- ¡Bah, bah, bah... la reuma, peor estaría si no llevase mis ajos!
Puede que yo no creyera el cuento, no sé. O quizá sí;  jamás he abandonado la figa que llevo al cuello, y tampoco olvidé por qué mi abuelo olía a ajo.

Mi madre revisó el baulillo, no más voluminoso que una maleta, apartó una caja metálica, revolvió en otra de madera sin tapa para enseñarme un par de relojes de bolsillo, de plata uno y de oro el otro y con ellos colgados en la mano, me preguntó si los quería.
- Madre, me voy por una semana, no para toda la vida, ya sabía dónde estaban y que son míos porque el abuelo me los dejó. Pero ahora no se llevan, están bien ahí por ahora.
Entonces perdió todo el interés sobre las demás cosas que contenía, y posó su mano sobre la caja de chapa.
- Ya. Bueno, aquí los dejo. Pero sobre esto tienes que indagar, no vayas a hacer lo que yo misma, tu padre y el mío hicimos. Tal vez en estos escritos esté la historia de la familia, mi padre me los enseñó una vez, pero como ninguno acertamos a leer una sola palabra, ahí se quedaron. O el misterio sobre este lienzo... y el fragmento que falta. ¡Quién sabe si sería el cuadro de un pintor famoso! Si a alguien se le antojó el pedazo que cortaron, o si hubo algún motivo oscuro... pasión... celos... despecho...
 - ¿Y por qué  me dices esto ahora? ¡Anda que no has tenido tiempo!
- No sé, un presentimiento... ¡Qué sé yo! ¿No va siendo hora, de saber lo que dicen?
- Bueno vale, les echaré un vistazo.
Hice unas fotos del lienzo para que mi madre viera que ponía interés, y le dije que trataría de hacer algunas preguntas. De los escritos de la caja, un legajo en prosa fechado en 1637, estaba a su vez dentro de un cartapacio de badana. Se los llevaría a un amigo filólogo a ver si podía sacar algo en consecuencia dada su antigüedad. Los otros, sin fecha, eran poemas y algunas partituras sueltas, distintas letras para la misma música a lo que parecía.
Y me fui para Madrid a ver unas máquinas que me podían resultar bien en el trabajo que comenzara mi padre, fallecido diez años atrás. En el tren, me dio por sacar las fotografías que llevaba en un sobre, y eso me sirvió para tratar de recordar lo poco que sabía de mis antepasados.
Nació mi abuelo Cosme en Astorga, él siempre decía que vino al mundo cuando moría el siglo, así que fue alrededor de 1900. Viudo por un mal parto en el que nació mi madre en 1927, no se volvió a casar, y de la abuela, casi nada sé. Casi siempre andaba malucho; los bronquios, la artritis, la artrosis... cosas de viejos según decía, pero apenas tenía cincuenta y cuatro años. Por aquél entonces, sobre el 54,  ya empezaba a andar yo, mi madre se pasaba los veranos en Astorga para atenderlo, y mi padre iba y venía los fines de semana del año entero en un BMW del año 40 que comprara de segunda mano. Tanto innecesario trajín ponía nervioso al abuelo, así que un día, después de la comida y cuando ya preparaban viaje de regreso, dice... "El médico me dijo que necesitaba un aire algo más húmedo, menos frío y menos calor, pues el de esta tierra me mata en invierno y me ahoga en verano".
Le puso en la mano a mi padre los cuartos, para que comprase una casa grande donde pudiéramos vivir juntos, y él se independizase del abuelo Fermín a sabiendas de que las aspiraciones del hijo no iban por los mismos derroteros que los del padre. Malvendió las tierras de Astorga, que durante muchas generaciones habían pertenecido a su familia, a sus aparceros. Solamente se quedó con la casa familiar a la que continuábamos yendo en primavera y que los guardeses siempre tenían a punto. Mi padre, que conoció a mi madre cuando por allí estaba haciendo el servicio militar, hizo lo que él le mandó; Compró un caserón que perteneciera un indiano, lo acondicionó a gusto de mi madre, y en la nave que fuera secadero de tabaco, colocó la instalación más moderna del mercado para el recauchutado de neumáticos, básicamente de camiones. Entonces Cosme se vino a vivir con nosotros cerca de Gijón, de donde era mi padre.
Con el abuelo Fermín y la abuela Felisa, tenía buen trato, me querían y yo a ellos, pero no tanto como para preocuparme en saber de su vida más que lo básico.
Dejé de pensar en la familia y me centré en las fotos que le hiciera al lienzo. Justo en la esquina superior izquierda, derecha para el que lo mirase de frente, faltaba un rectángulo de la pintura como de un metro cuadrado. El tema era campestre; un pequeño burgo al fondo, el cercado de una ermita y romeros a la puerta, de comida algunos, mientras otros danzaban. Allí faltaba sin duda lo primordial, y puesto que la procesión parecía haber terminado, lo que se echaba en falta eran los músicos. Eso es lo que había que buscar, el tambor, la dulzaina y quizás algún pandero. Mucho me pareció para tan exiguo trozo de lienzo cuya era firma ilegible para mí.

Durante varios días me dediqué a aquello a lo que iba, y quiso la suerte, que una de las personas con las que hice negocio, me invitara a una cena donde me presentó a una joven restauradora de cierto museo. Aunque las fotos que llevaba eran de 20 x 30 cm. y las estuvo mirando y remirando con una lupa de joyero que llevaba al cuello pendiente de una cadena de oro, me dijo no estar segura y que necesitaba comprobar el lienzo. Pudiera ser que estuviéramos ante un gran descubrimiento, y ella creía saber, dónde estaba la parte que faltaba del lienzo. Quedé en volver a Madrid lo antes posible.

Mi amigo el filólogo, me dijo que los documentos que le había entregado era muy interesantes para él, puesto que estaban escritos en fráncico lorenés, dialecto que no dominaba. Pero también, y con distinta escritura,  había letras de canciones en francés, italiano y alemán.
A su entender, parte de los manuscritos correspondían a Armand Reverón, nacido en 1590 en el ducado de Lorena. Esto fue lo que sobre él me dijo: Es Armand un lutier que aparte de construir instrumentos, compone canciones. A la edad de 30 años, y como consecuencia de una enfermedad, se está quedando ciego. En poco tiempo, su vida, va a cambiar radicalmente. El fallecimiento de su mujer agrava la situación, pues le deja un hijo de de siete u ocho años. Se ve en la necesidad de mendigar. Tocando la zanfona en las escaleras de la iglesia de Lunéville, lo encuentra un tal Georges de La Tour que lo lleva a su casa por un tiempo. Él convencerá a Armand para que vaya a Montpellier, donde en la facultad de Medicina, trabajaban aquellos que seguían los pasos del maestro Nostradamus y cuyas curaciones se contaban por millares.
 Armand y su hijo han de atravesar toda Francia de norte a sur. Son tiempos complicados, el ducado de Lorena, independiente del reino de Francia, sufre continuas invasiones de los franceses. Más padre e hijo se ponen en camino, logran llegar a una Lyon prospera gracias al comercio de la seda, y de allí a Montpellier. Pero una vez en su destino, el grupo de cirujanos ha partido para hacer el Camino de Santiago, tratando de curar a cuantos peregrinos encuentren.
El ciego ha acabado la bolsa que La Tour le entregara. Han tasado el dinero, pasado fatigas, hambre y sed. Tocando y recitando, para tratar de reponer lo que de la bolsa salía, procuran componer canciones que narren alguna de las vicisitudes de las gentes de los pueblos por donde pasan. Hay que hacer atractiva esa narración para que aflojen la mosca.
Dos hombres la querían
ella a ninguno de los dos
que quiere a un viejo avaro
de buena condición.
Con él se casó
y pronto se dio cuenta, que,
no daba dinero, ni cariño, ni amor.
Solo sirvienta de balde quería,
y eso consiguió,
a fuerza de palos hasta que la domó.

Quien busca buen partido por pura ambición,
creyendo encontrar el bien futuro,
no piensa, que ni el presente está seguro.

En pos de los que le podían sanar, han llegado a Astorga. Una vez más la suerte les sonríe. Una señora y su doncella les escuchan con atención en el mercado. El chico, es un guapo mozo que recita a veces con deje italiano, otras francés, mientras el viejo da vueltas a la manivela y pulsando las teclas de su zanfoña. Ella les entrega suficientes monedas como para que vean que es persona importante, preguntándoles si tocarían en la fiesta que van a celebrar en su hacienda. Aunque los Armand barruntan buena comida y alojamiento por unos días, el ciego percibe no obstante la suficiencia de la señora, de nombre Rebeca. Armand tiene por entonces 42 en ese año de 1632, su hijo, también Armand, está a punto de cumplir 16.
Las sospechas del padre se cumplen ciento por ciento; Rebeca trata despóticamente a los criados y casi siempre está de mal humor. Ella es la que lleva las riendas de la casa, pues es la única heredera de su difunto padre, y su madre solo piensa en las musarañas. Difícil tarea en un tiempo de hombres. Sin embargo, a él le trata fina y educadamente, con mimo se pudiera decir, tal vez por lástima. Solo es un pobre ciego; pobre por su pobreza y pobre por su ceguera. Pero precisamente esa incapacidad, hace que nuestro hombre tenga más afinadas si cabe sus sensaciones, el tacto, la intuición, la percepción, el tono, ya sea afectivo o áspero... Esas sensaciones le llevan a indagar sobre Rebeca y su contradicción. La pesquisa no es exhaustiva, con cuatro preguntas aquí y allá ha comprendido la razón de su comportamiento; Rebeca tiene 33 años y está soltera. Los más piadosos dicen de ella que no es fea y que tiene buen cuerpo, que es ese malhumor constante lo que ahuyenta a los hombres. Sin embargo, los que se le acercaron buscaban solo la hacienda del padre. Eso la encorajinaba, y, a la par que su carácter se agriaba, sus facciones se endurecían. Además, ella ansiaba tener una descendencia que mantuviera la herencia de sus ancestros, y... su tiempo se le iba pasando.
En las largas conversaciones que mantenían, con las que Reverón aprende el idioma, ha conseguido que Rebeca se dulcifique. Que muestre su verdadero yo completamente contrario a lo apreciado en los primeros días. Así, ambos han caído en unas redes que al unísono tejieron. Ella ha permitido que Armand toque su cuerpo, pero no su cara, aún tiene miedo de que aprecie lo que a ella le devuelve el espejo. A él no le hace falta. Sabe que su belleza ha aflorado desde el interior, ya no es quién aparentaba ser.
Rebeca y Armand se casaron, el uno olvidó lo que con tanto ansia buscaba, y con su primer hijo, la otra se dejó acariciar. Ahora, sin miedo, fue ella la que quiso continuar con él el Camino en busca de la visión perdida. Le sirvió de lazarillo, manejando la carreta en la que viajaron hasta dar con los judíos, o moriscos, que nadie sabe lo que a ciencia cierta eran. Ellos le ayudaron por medio de una punción por la que aspiraron las cataratas, y para cuando Riverón se quitó la venda, otro hijo estaba en camino. Dos más vinieron, fue entonces que Armand hijo se volvió a Francia; tenía que buscar su propio destino, en su tierra.

Con todos aquellos datos y el lienzo bajo el brazo, me volví para Madrid. Sabido aquello, Adela, la restauradora, comenzó a dar saltitos de alegría, y sin decirme otra cosa, me agarró del brazo, cogimos un taxi y me llevó al Museo del Prado. No fuimos a tiro fijo, recorrimos las galerías hasta que  en una de ellas, un retrato me llamó poderosamente la atención. Sin duda tenía un gran parecido con mi abuelo, aunque este era ciego, con barba, y tocaba la zanfona.
Este es tu antepasado -me dijo- y la parte que le falta al lienzo que tú tienes.
Todo coincidía; la historia que desentrañara mi amigo, el instrumento guardado en el desván, el encaje del "retal" en el lienzo y el semblante igual a aquel que tenía un duende, al que todos los días le ponía un ajo.


Georges de La Tour 1593-1652 Pintor de Luis XIII
Museo Nacional del Prado; Ciego tocando la zanfona, zanfoña o zanfonía.

Oleo sobre lienzo de 86x 62.5 cm.