jueves, 19 de enero de 2017

El ratonero.


Algo vio el ratonero desde lo alto, que no cesaba en sus vueltas y revueltas sobre el mismo lugar. Era su volar no obstante pausado, más veloz en los giros y dejándose llevar por las brisas que valle arriba entraban de la mar. Su sombra se proyectaba al suelo y también sobre las matas de laureles, desde donde ocultos en la espesura, unos vivarachos ojos lo vigilaban.

Los ojos de la curruca, negros como el azabache y orlados por un rojizo y vivo círculo, iban del ave al nido en que tenía sus cuatro polluelos. Indecisa, no sabía si acudir al matorral para protegerlos, o si dejarlos allí solos. Tomó la decisión más acertada impresa desde tiempo inmemorial en sus genes; Mejor solos. No era el estilo de la rapaz, introducirse en el espeso conglomerado que conformaba el seto de boj. Las zarzas, que campaban a sus anchas aprovechando el descuido del aldeano, eran un impedimento añadido. Además, si ella se movía, probablemente cayera entre sus garras antes de llegar. Aguantó, con paciencia esperando que su pareja, quién sabe dónde, hiciera lo mismo. Mientras, el Busardo, cansado de revolotear, decidió posarse en un poste del alumbrado. Desde esa atalaya, sus ojos escrutadores enfocaban en todas direcciones sin mover una pluma, solamente con un rápido giro de cabeza.

El niño, doce o trece años, era también espectador. Él solo veía aquel ave de gran porte, pero intuía que algo había atraído su atención. Quizá un esculibiertu (Lución), un insectívoro, o un roedor.

El ratonero hizo un movimiento, ahuecó las alas, proyectó una deyección,  levantó el vuelo y se alejó. Entonces la curruca entonó su melodioso canto de llamada al macho que apareció de inmediato, y ambos, uno tras otro, llevaron a sus polluelos lo que en el pico portaban. El peligro había pasado.

De inmediato, al oír aquel canto, el niño supo lo que la rapaz había visto o intuido: una sombra, un aleteo, una cría reclamando alimento... Algo más había en el bardal. Luego las vio, las dos una en pos de la otra:  El capirote negro hasta los ojos, la cabeza, el cuello y la garganta grises, el pecho y vientre blanco... Sí, eran Currucas Capirotadas.

Cuando de nuevo los pajarillos se fueron en busca de alimento, el niño se dirigió presto hasta el seto, encontró el nido, vio los polluelos con sus ojos abultados y aún cerrados, su escaso plumón, y las bocas de todos que se abrieron intuitivamente en busca del gusanillo o los mosquitos. Se fue el niño, y su padre que lo veía desde lejos, entró en la casa, revolvió en un arca y  salió con algo en la mano.

- Toma, con esto los podrás observar en la distancia.

Feliz abrazó al padre y se fue a la terraza a mirar con aquellos prismáticos. El aguilucho volvía de nuevo. Esta vez se posó en el grueso cable del teléfono. Niño y ave se miraron desde la lejanía, el uno con sus ojos castaños orlados en amarillo, el otro con los suyos azules que lo hacían a través de los espejuelos de ocho aumentos.

El chico tomó buena nota. Aunque los conocía desde que naciera, nunca los había visto tan cerca. Las patas del Ferre eran de un color amarillo oscuro, pardo las garras, pico negro, más claro en la base, cerca de esa membrana amarilla que se llama cera. Las plumas marrón oscuro, moteadas de blanco en la garganta y el vientre, en verdad era un pájaro muy bonito.

Cada cual a lo suyo, y lo suyo, lo del topo, no era salir de la topinera al capo raso. La imprudencia le costó la vida. El ave se tiró literalmente del cable, para abrir sus alas una décima de segundo después. En los cincuenta o sesenta metros recorridos, alcanzó tal velocidad, que antes de caer sobre su presa, ya sus alas iban frenando, con las patas por delante y que no erraron el tiro. Allí mismo lo remató de un par de picotazos, y de no ser por el ruido de una moto que pasó por el camino cercano, allí mismo se lo hubiera zampado. Levantó el vuelo perdiéndose entre los castaños donde sin duda degustaría aquel aperitivo.

- Así es la vida - le dijo el padre al chiquillo cuando le contó con emoción lo sucedido - todo se reduce a tres cosas básicas: La relación con los demás miembros de la especie, la nutrición para conservar esa vida, y la  reproducción por la cual se le da continuidad. Eso es lo que el ratonero, a su modo hace.




martes, 17 de enero de 2017

El Asesino.



Por una vez quiero ser sincero. Voy a desnudar mi alma frente a ti, con todo lo que ello supone. Te voy a contar aquellos pasajes oscuros de mi vida, tan oscuros, que después te alejarás cuando solamente deseo todo lo contrario, pero es necesario. No quiero continuar mintiendo.

De chico solo ansiaba llegar a cumplir cuarenta años.  ¡Cuán lejos me parecía aquella fecha! Sin embargo, dada mi naturaleza enfermiza, lo consideraba un logro importante. Juzgaba que para entonces ya habría conocido eso que llaman amor. Ambigua palabra de desconocidos efectos, que todos deseaban encontrar.

A medida que iba creciendo, una especie de rencor me invadía. Era el rescoldo de la envidia que llevaba albergada dentro; envidia de aquellos que estaban sanos, de los que asistían a clase con normalidad sin repetir cursos, de los que jugaban en la calle corriendo tras el aro, al escondite o a policías y ladrones.

El rencor se convirtió en odio, y de ese odio nació la necesidad de hacerles pagar el sufrimiento que llevaba conmigo y del que nadie era culpable.

Comencé hurtando cosas a unos, para que dejándolas a otros, les culpasen cargando con un castigo inmerecido. Así, siempre en la sombra, me regodeaba del mal que hacía, buscando con imaginación tretas y maldades. Mas, aquello era insuficiente. ¿Que era un pequeño castigo, comparado con lo que yo sufría? ¡Nada! Debían sentir dolor en el cuerpo. Sí, dolor físico y grande, aparte del moral, ese que acaba llevando a las personas al desprecio de sí mismas. Así llegué a convertirme en asesino.

Salvadas todas aquellas enfermedades en el aspecto físico, continuaron sin embargo los síntomas emocionales; el miedo y la ira me llevaban a la ansiedad, que acababan siempre en depresión. Tenía sentimientos de culpa, pero no lograba perdonar... ni era capaz de pedir ser perdonado para llegar a la paz interior. Solo yo sabía de mis problemas, siempre había sido un embaucador.., y seguí siéndolo.

 A los diecinueve años, estaba trabajando en una estación de servicio a la salida de la ciudad, poco antes de entrar en la autopista. Abría de cinco de la mañana a doce de la noche. En el turno de tarde, a partir de las seis el empleado de refuerzo se iba, quedando un solo operario a cargo de la tienda. Un día, a las once y media de la noche, cuando me dispuse a hacer los aforamientos, entró un individuo a cara descubierta. Suelo oler a los de mi calaña, así que pensé en un atraco. Efectivamente. Puso cinco euros sobre el mostrador y pidió cambio para la máquina de tabaco. Abrí la caja, en ese momento, esgrimió una pistola de pequeño calibre y más vieja que la tarara.

- ¡Dame la pasta sin un solo movimiento sospechoso!

Puse la caja de la registradora sobre el mostrador para que se sirviese, advirtiéndole que el atraco se estaba grabando. Él no parecía muy diestro. Se quedó casi inmóvil, moviendo únicamente la cabeza en busca de la cámara sin verla aunque estaba delante de sus narices. Ante el desconcierto manifiesto en que se encontraba, con las manos en alto le dije:

- Tengo aparte el grueso de la recaudación en un cajón blindado. Te propongo un trato: Te llevas la pasta, la grabación y vamos a medias.

A pesar de lo lerdo que me pareció en un principio, no dudó un solo segundo. Guardó el arma y dijo; Vamos a ello. Pasamos a la trastienda donde le entregué la caja fuerte y la grabación.

- Ahora has de maniatarme bien fuerte con cinta americana y te vas. Llévate todo y nos vemos dentro de tres días para el reparto. Cuando consiga soltarme, llamaré a la policía y contaré lo sucedido.

- ¿Y vas a confiar en mí?

- Sí. Puedes dar por sentado que de no cumplir, te buscaré y morirás.

Todo se hizo tal cual. Aparentemente la policía no sospechó nada. Creyeron estar ante alguien experto, que no era  la primera vez en hacer aquello.

Transcurrido el tiempo acordado, él no solo cumplió, me presentó a alguien con quien trabajaba. A partir de allí, pasé a formar parte una banda que al principio me trató con recelo. Era la banda un tanto sui géneris, pues los miembros hacían sus chapuzas en solitario cuando les venía en gana, otras actuaban todos juntos, y las más, el jefe, a quien apodaban "El Chino", llamaba a unos u otros según le convenía. Distintas personas, distintos métodos, más difícil de atribuir el crimen.

Parte de la banda, cayó en manos de la policía en un atraco del que yo, que continuaba trabajando en la gasolinera, solo participaba como informador de trabajos factibles de ser realizados. Nunca sabía el día ni la hora en que se iba a cometer el robo, y solo el jefe estaba enterado de la labor que me encomendaba.

En aquel atraco, hubo un chivato; el compinche con el que repartí el dinero de la estación de servicio. Fue fácil de saber, solamente el jefe y él pudieron escapar de la encerrona que estaba preparada.

El Chino quiso ponerme a prueba, me ordenó darle un escarmiento y yo lo hice. Fue algo vulgar. Robé un coche y lo atropellé, la cosa se saldó con varios huesos rotos. Charry, que así se hacía llamar, intuyendo de dónde podía venir el atropello, se tuvo muy mucho denunciar a nadie más. Tras haber limpiado bien las posibles huellas, dejé el coche en el mismo lugar donde lo había robado, forcé el tapón de la gasolina y le di fuego... por si acaso. Cuatro coches más ardieron aquella noche culpando todo el mundo a un vándalo maníaco.

El Chino me tenía agarrado por donde más duele; en su poder estaba la grabación de la estación de servicio. Mi compi me había asegurado su destrucción. Ese engaño fue quizá lo que me llevó a cumplir sin rechistar la orden del jefe, con un sádico placer de venganza.  

Ahora pendía sobre mi cabeza cual espada de Damocles aquella prueba que me incriminaba. Esa falta de confianza me sublevaba. El chantaje me encorajinaba de tal forma, que pensé en deshacerme de ambos a la vez, prueba y jefe.

Entonces te conocí. Y aunque esta parte bien la sabes, no quiero pasar por alto el sufrimiento que debiste padecer. Una leucemia se cebó en ti a los ocho años. El último de los tres trasplantes logró devolverte la vida que se te iba. Ese era el nexo de unión entre tú y yo. Más, mi vida caminó por viles derroteros, mientas que la tuya lo hizo por todo lo contrario; ayudaste, ayudas entregada, con amor infinito, con la sonrisa en los labios, a aquellas personas que lo necesitan.

Esa forma de ser tuya, me pareció un tanto ridícula en un principio. Estaba acostumbrado a ser como el perro, que él solo se lame sus heridas, y pensaba que el resto de de la gente debía de ser igual. ¡Craso error!

Me gustabas mucho, aunque como todo ser egoísta, solo me fijaba en lo que me interesaba, tu cuerpo y esa alegría siempre fiel compañera. Luego, puedo ser malo pero no tonto, me di cuenta de que la belleza la irradias desde dentro. Eso me ha llevado al convencimiento de que algunas personas no solo tienen corazón, también tienen alma. Me enamoré de toda tú. De toda, por dentro y por fuera, comprendiendo al fin el significado y los efectos de la palabra amor. Lo que aún no sé, es lo que viste en mí. Tal vez al pequeño gato solitario, abandonado en la cuneta necesitado de cariño y protección.

Me propuse cambiar, pero antes tenía una cuenta que saldar. Sería un último trabajo, que tal vez me llevara a matar al hombre que en sus manos tenía mi destino. Hablaría con él, le pediría la grabación y si se negaba...

Siempre nos habíamos reunido en lugares dispares, esta vez me citó en un garaje. ¡Quién hubiera pensado que al Chino le gustaba la mecánica!  Un motor de coche estaba destripado sobre un caballete frente a un banco de trabajo. En la pared, dos luminarias con cuatro tubos fluorescentes, herramientas en el tablero y piezas sueltas desengrasando en una bandeja sobre una mesa auxiliar. El local era grande, no estaba en uso. El portón de madera cerrado, la oscuridad fuera del lugar donde trabajaba, grande. Hablamos de esto y de aquello. Supe que tenía nuevos socios y me preguntó si había alguna información, le contesté que lo dejaba, solo estaba allí para recuperar la cinta. Entonces echó mano al pecho, yo saqué la pistola y lo encañoné.

- Solo voy a sacar la cartera, quiero que veas algo.

Luego, fuimos hasta la antigua oficina, abrió la caja fuerte y me entregó la cinta.
Destruida la cinta, ¿Que quedaba? No había pruebas para una simulación de robo. Tampoco las había por el robo del auto, ni del atropello, ni del posterior incendio. El único problema residía en que el Chino cantara - Charry había desaparecido de la ciudad - lo que podría suponer una pena por asociación ilícita o algo semejante.

No sabía si acudir a la policía y contar toda la verdad. Aquello implicaba al Chino, y el Chino, podía llegar a ser mi suegro. Aquel día en el garaje, me mostró una foto.

-  Hace años que estoy divorciado, ella es mi hija y no me conoce. Sigo sus pasos de vez en cuando y sé de lo vuestro.


Mi amor, he tomado una decisión, ojalá que sea la acertada: He visto las orejas al lobo y creo que gracias a ti estoy curado. Voy a quemar esta carta, a casarme contigo, y a vivir felices por el resto de nuestros días.

sábado, 14 de enero de 2017

El libro mágico.



Hace años, cuando los libros no estaban al alcance de todos, el préstamo entre particulares era cosa habitual. Por ese motivo, había gente que acostumbraba a escribir en la guarda, a quién pertenecía aquel libro. La pertenencia, era solamente física, pues la intelectual siempre se ha imprimido con letras, que aunque pequeñas, muestran quien ha sido el autor y el impresor, siendo a veces un remedo de la portada.

Trabajo como conserje en el Ayuntamiento del pueblo, donde fui designado para la limpieza de los polvorientos libros, que la familia de un fallecido había donado como legado. De la catalogación y esas cosas, ya se encargarían en la biblioteca. Para mí, como de costumbre, solo la mierda, aunque por esta vez, creyendo mi jefe que me chinchaba, me hizo el gran favor de darme un trabajo sencillo y sin agobio.

La donación era cuantiosa, a groso modo, más de un millar de volúmenes en no muy buen estado muchos de ellos. El tiempo, la desidia y la dejadez de aquella casa otrora espléndida, causaron tanto mal, que ahora iba a ser demolida. 
Los depositaron amontonados en un cuartucho en el almacén de obras, al lado de barredoras, hormigoneras, señales de tráfico y todas esas zarandajas, donde iba a comenzar mi nuevo trabajo. Aproveche la ocasión para pedir, que pintaran el cuarto, lleno de telarañas y restos  de contenidos varios anteriores, y que se colocase algo de mobiliario, así como los utensilios para desempeñar aquella importante labor. Los libros iban a pasar por las manos de los lectores y debían estar además de pulcros, desinfectados. Humedades, polillas y cacas de ratón... las que se quisieran. Concedido todo ello, y tras un pequeño cursillo que tomé mientras pintaban, sentado en mi sillón, comencé por elegir el primero de una pila.

Cubiertas originales en rústica, de piel los más antiguos, de tela o cartón los más modernos, y algunos reencuadernados. El sistema que seguí fue rutinario; una vez quitada la suciedad exterior, hojeaba el volumen, pues un libro puede guardan entre sus hojas desde billetes de banco, a cartas de amor, notas y documentos, o anotaciones al margen. Los colocaba en una estantería, y cuando tenía cincuenta libros más o menos, los enviaba al bibliotecario.

Manejando el trapo, los pinceles, bastoncillos, cera y bicarbonato, fui pasando el tiempo sin encontrar nada digno de mención, hasta que un día, encontré un libro escondite titulado "Almanzor".

Aquello que está escondido, ha de ser por alguna razón, y siempre que se encuentra, pensamos que ha de ser un tesoro. ¿De qué tipo? Eso era lo que había que averiguar. El libro contenía, otro libro.

Con mano trémula lo extraje de su nicho. Estaba bien conservado. Era la cubierta de un cuero fino, grabada con dibujos incomprensibles para mí. Lo abrí. En la página de inicio, muchas anotaciones con fechas y nombres de ciudades totalmente desconocidas como Enkhuysen año 1602. Y otras como Ámsterdam, Rotterdam o Colonia. No quise mirar más por si a alguien se le ocurría hacerme una visita y me pillaba con mi tesoro entre las manos. Devolví el pequeño al grande y lo guardé en la mochila que siempre llevo conmigo.

Aquél día fui yo mismo a la biblioteca con unos cuantos libros ya saneados y limpios. Estaba incapacitado para continuar con el trabajo dado mi nerviosismo. Tras un rato de charla con el encargado, que elogió mi labor, me fui para casa.

Nada más llegar, encendí el ordenador, saqué el Almanzor y comencé a buscar aquellas palabras, y aquellas ciudades para saber qué era lo que tenía entre las manos. Tras la primera página en blanco en su día y hoy rellena con anotaciones, eché un vistazo a la siguientes observando que al manuscrito inicial, pues de eso se trataba, le habían cosido un cuadernillo que formaba parte de un libro titulado Historia de las Trasmutaciones Metálicas y publicado en Colonia en 1604 por un tal Theobald de Hoghelande.

Sabía el significado de Transmutación, palabra muy repetida. Con la mosca detrás de la oreja, pues creía estar en posesión de un libro de alquimia, al menos la primera parte, la más compleja, y no de una cronología histórica como me pareció en un principio. Poco a poco, con paciencia, palabra por palabra fui traduciendo la parte impresa, más fácil que el garrapateado del principio. Allí se narraba una transmutación que Alexander Seton, también llamado el Cosmopolita, llevó a cabo en Enkhuysen, ciudad holandesa en el año 1602.

La historia se remonta un poco más atrás, cuando de este puerto de pescadores, salió un barco que naufragó cerca de Escocia debido a una tormenta. Uno de los náufragos, posiblemente el capitán, fue recogido por Seton que lo cuidó y ayudó a volver a Holanda.
De paso hacia Alemania, Seton pasó por casa del marino rescatado de nombre Haussen. Antes de partir, Seton hizo una demostración de la Ciencia Hermética que practicaba, transmutando un trozo de plomo en oro.

No voy a contar esta historia de por sí muy interesante, porque quizá ya sea conocida, de lo que voy a hablar es de la primera parte, ésa escrita a mano y que apenas llegue a descifrar.

Aquí se hablaba de minerales como el cinabrio, hermoso en su color bermellón y de donde se extrae el mercurio. Esto lo sabía perfectamente; dos minas hoy cerradas hay cerca del pueblo, donde antaño se extraía. Lo que no sabía, es que los alquimistas lo utilizaban como remedio para los huesos, tónico potenciador de la sexualidad y alargador de la vida, cosas inverosímiles dado su poder tóxico. La Pirita, conocida por oropel u oro de los tontos por su color amarillo. El Azufre, de color amarillento fuerte y que arde con llama de color azul conocido desde la antigüedad: "Y Odiseo entonces le habló a la nodriza Euriclea, diciendo: Trae azufre ¡oh anciana!, remedio del aire malsano, y trae fuego, pues quiero azufrar el palacio".

Las fórmulas, de intríngulis maquiavélico por lo complejo de sus enrevesados anagramas, símbolos y conjunciones planetarias, me aturdían: Sol en conjunción con Mercurio y trígono Saturno, tanto a 1º, cuadrado los nodos 4º, y cuadrado Urano 8'. Neptuno ascendente con Saturno en el IC Venus colocándose en oposición al aumento de Marte 1º.

Ni papa. No tenía ni idea de que lo significaba, ni siquiera si estaba bien escrito. Me pregunté si aquello era astronomía o astrología, cosas distintas, pues, si la primera estudia los astros, su movimiento y las leyes que los rige, la segunda estudia la posición y movimiento para predecir el futuro y conocer el carácter de las personas. ¡Era demasiado para mí, y aún no había empezado!

 Pero no cejé en ello. El arte de la transmutación parecía tener mucho que ver con esas conjunciones planetarias, pues cada planeta está unido a un metal. Sol, Sun en inglés, Oro - Mercurio; Mercurio - Saturno; Plomo. Al final iba a resultar, que con la conjunción adecuada, el día adecuado y con los elementos adecuados, se podía conseguir mudar el plomo en oro.

En mi simpleza, creí que con ir probando mezclas variables de estos tres elementos en un crisol, podía llegar a conseguir lo imposible. Pronto me di cuenta de lo idiota que era, cualquiera podía haber hecho lo mismo desde el año 1600 hasta hoy. ¿Y qué decir de los avances tecnológicos, en países tan poderosos que habían pisado la luna, que habían mandado satélites a los confines del universo? ¿Cuántos sabios no habrían pensado en ello? Y, ¿si no lo consiguieron, iba a ser yo? ¡Pobre iluso!.

Releí el libro una vez más. Algo se me había pasado. Aquellos eran los tres elementos "básicos", pues, en su lecho de muerte, y resultas de la tortura a que fue sometido Saton para que dijera su fórmula, entregó a Sendivogius una pequeña parte de un precipitado alquímico, que actuaría como catalizador. El tal Sendivogius era polaco, y al parecer fue recompensado por Seton por sacarle de la cárcel donde lo tenían hasta que confesara.

Estaba harto de hacer pruebas, mezclando en una retorta casi todos los elementos de la tabla periódica, que fueran conocidos hasta el año 1600. Aquellos ensayos sin pies ni cabeza, me dieron más de un susto por ignorante y atrevido. Lo hacía en la fragua que tengo en la casa donde vivo, herencia de un tío herrero. Tanta mezcla sin resultado, me llevó a hacer partícipe al bibliotecario de mi descubrimiento. Suponía, que él tan leído, me podría ayudar a buscar de entre aquellas sustancias mencionadas en el libro, las que podían formar parte del precipitado esencial.

¡Mala leche la suya! ¡Idiotez supina la mía que le dejé el librillo!. Desapareció dejando el trabajo, y dos meses después, me enteré por las noticias, que, puesto en subasta en una casa londinense, alguien había comprado el libro por un montón de pasta.


El tesoro no era, al menos por el momento, aquello que podía enseñar a trasmutar. El tesoro en sí, resultó ser el libro mágico.

jueves, 12 de enero de 2017

Matar es Fácil: La desaparición de Mateo.


Todo comenzó al día siguiente de la desaparición de Mateo. Como todos los fines de semana y festivos, a eso de las diez de la mañana estaba llamando a la puerta de su casa. Su mujer apenas abrió un palmo. Sin intención de dejarme pasar, ni devolverme un saludo de cortesía, dijo que Mateo no estaba. Un poco mosca, pues era la primera vez en cuatro años que tal cosa sucedía, le dije que si no iba a tardar mucho, iría a tomar un café al bar de enfrente. Ella, en ese tono desabrido que solía utilizar, expuso en cuatro palabras el motivo por el que yo no iba a atravesar aquella puerta:

- Mateo desapareció ayer, no sé donde está.

Quedé un poco descolocado, sin conciencia exacta de lo que había dicho, pues me parecía inverosímil. Soy fisioterapeuta, durante la semana trabajo con Mateo en el hospital, y como quiera que no es conveniente que deje un solo día la rehabilitación, sábados, domingos y festivos, siempre a la misma hora trabajamos en su casa. Mateo padece una enfermedad crónica en las articulaciones, y que de no ser por el tratamiento, estaría condenado a la inmovilidad absoluta. Tras este tiempo ha mejorado bastante, suele andar un par de kilómetros, repartidos entre mañana y tarde, pero de eso a desaparecer...

- ¿Se habrá caído y estará en  urgencias o algún  centro médico?

- Llamé anoche al ver que no regresaba. No está en ninguno de esos sitios.

- ¿En casa de su hermano?

- Tampoco.

 Me estaba poniendo nervioso con tan escuetas respuestas sacadas a gancho.

- ¿Y has dado parte para que lo busquen?

- Creo que hasta que no transcurran cuarenta y ocho horas no se puede dar parte.

 Aquello era una solemne memez, Mateo era un inválido que podía estar tirado en cualquier cuneta, y ella allí, tan tranquila y con cara de asco ante tanta pregunta incómoda.

Di media vuelta y me fui hasta la comisaría a presentar la denuncia. Le expliqué al policía que me atendió, quién era yo, por qué estaba allí, lo que sabía de la desaparición de Mateo, las particularidades del caso y hasta la mala relación de la pareja. Ella, cuatro años menor que él, rayana en la sesentena, amargada por una vida que se le iba sin poder disfrutarla,  culpaba de ello a su marido, que bastante desgracia tenía con su enfermedad.

Tras hacer unas comprobaciones urgentes sin resultado positivo, dos policías fueron a hablar con Ana, la mujer. A partir de allí, yo quedé al margen, pero en disposición para lo que pudieran necesitar.

Durante todo aquel fin de semana, no puede apartar de mi cabeza lo ocurrido. La inquina que Ana sentía por mí, seguramente nacía al creerme confidente de Mateo. No voy a decir que esa inquina fuera recíproca, pero sí es cierto mi desagrado por ella. Sabía del mal trato de palabra que le daba, importándole un comino mi presencia, así que cuando estaban ellos solos, cosas peores podían suceder. Estos pensamientos me llevaron a una conclusión: Allí había no solo maltrato... tal vez había un crimen.

Traté de apartar de mi mente semejante barbaridad, pero una y otra vez volvía al mismo punto. A ella le hubiera sido fácil meterlo en el coche, todos los días lo llevaba al hospital para la rehabilitación, y con la disculpa de ver la mar, arrojarlo desde cualquier acantilado. Mateo ya no era el hombre que fue, aunque de considerable altura, era la radiografía de un silbido; pesaba cuarenta y ocho kilos y fuerzas escasas. Hasta de la cama había de levantarlo. Una cama articulada que yo le recomendara, con un colchón el último grito de la tecnología. Sus sensores hacían variar la temperatura en función de la parte del cuerpo que lo necesitaba. También la dureza o la rigidez, dato este importante para transformarlo en camilla de masaje.

Una semana más tarde, de la desaparición de Mateo, fui a la policía a preguntar por la investigación, en los diarios ya no era la noticia de primera página que yo fomentara, y poco se comentaba. Nada se sabía. Entonces, les pedí que escucharan una peregrina idea que me atormentaba.

- Creo que Mateo está muerto, en su casa y en su cama. 

No llegaron a reírse de mí, la cosa era seria, pero creyeron que desvariaba. Proseguí impertérrito.

- El colchón que tiene en su cama, está construido a base de polímeros termoplásticos. Si se calientan demasiado, pueden llegar a estado líquido y al enfriarse vuelven a estado sólido. Su mujer ha manipulado los controles, le ha dado calor hasta que se han reblandecido, el cuerpo se ha hundido dentro del colchón, en ese momento ha bajado la temperatura hasta solidificarse de nuevo. Ese es el ataúd donde han de buscar para que esa mala mujer se pudra en la cárcel.

La policía volvió a visitar a la mujer. Le hicieron preguntas que antes no habían hecho, vieron el librillo de instrucciones de la cama y el colchón, comprobando como uno de los capítulos, demasiado técnico para cualquiera, tenía las esquinas de las hojas sobadas y resobadas de mojar el dedo tantas veces como se pasaban. No tuvo inconveniente en que vieran la habitación. La cama estaba hecha perfectamente, sin una arruga en la colcha. Imposible parecía mi acusación, pero fueron al juez para que diera permiso para deshacer el colchón.

Ana fue condenada veinte años.


lunes, 9 de enero de 2017

Los secretillos de Don Ferrnado.


A pesar de su oficio miserable, aquel hombre dejó a su hijo tres cosas: Un nombre que algunos juzgaban rimbombante, un terruño baldío y una ataúd heredado de sus mayores. Ahora, moría a su vez este hijo, Fernando María Casielles del Monte, que dejaba bastante más a los suyos.

Fernando padre, fue tamargo (tejero) toda su vida. Como jefe de una cuadrilla, en la que su hijo comenzó el oficio a la edad de ocho años, al llegar el buen tiempo allá por mayo, salía de casa para regresar a últimos de setiembre. Recorría pueblos y aldeas donde se requiriese de su trabajo por un salario misérrimo, pero sustancial para la economía familiar. Dejando la mujer a cargo de la casa, de sus otros dos hijos pequeños, los pocos animales que poseían y cuatro perras para ir tirando, cogía rumbo con sus herramientas a la búsqueda del pan que llevarse a la boca.

Así aprendió el hijo el ingrato oficio del padre, trabajando desde el alba al anochecer, durmiendo en el mejor de los casos a "teya vana" en cualquier pajar, desayunando "sopa calada" (pan con agua) y garbanzos con tocino para comer. Pronto tuvo conciencia ese hijo de que aquello no era vida y decidió que él no la viviría. "Cuando sea mayor e independiente, se prometió, seré un hombre rico".

Con catorce años continuaba fabricando tejas, pero quitándoselo de la boca,  ya tenía en marcha la construcción de un alfar en aquel terreno heredado. Los hermanos aprendieron a darle al torno y a cocer el barro, saliendo de allí una buena producción que vendían en los mercados. Antes de los veinte ya tenía una sala de modelado y decoración, un buen horno, aplicaban el vidriado a sus trabajos y gente que trabajaba para ellos. Fernando María, era el jefe, el motor que movía aquella pequeña industria con sus ideas y sus proyectos.

Fernando María Casielles del Monte era un hombre pragmático. Posiblemente él desconociera el significado del término, pero no su filosofía, esa fe que ponía en aquello que funcionaba, y las consecuencias positivas que generaba. El alfar se convirtió en fábrica de loza, su estatus iba en aumento, con ello, y su don de gentes, logró una buena boda y siete hijos.  

Llegado a este punto, dueño de propiedades y caudales en el banco, en lo mejor de la vida, va y se muere. Puntilloso, aparentemente, en todos los órdenes de la vida, no podía por menos que prever el fatal desenlace al que todos estamos abocados, máxime, cuando sus antecesores por parte paterna, habían muerto antes de los cincuenta. Por tanto, dejó una carta que habría de abrirse antes de dos horas después del óbito, donde reflejaba lo siguiente:

- "Es mi deseo, que el velatorio se celebre en el salón del primer piso. Se me vestirá de chaqué, reloj en el bolsillo del chaleco, alianza, gemelos y alfiler de corbata, que serán retirados antes de la inhumación, todo lo cual pasará a mi primogénito Fernando María Casielles Sobrino.
- Se me introducirá en el ataúd que contuvo de la misma forma a mis antepasados y que está en el desván. No tiene tapa, ni falta que le hace. ¡Que a nadie se le ocurra poner una! En su interior, y entre las manos, que reposarán sobre el pecho, se colocará la bolsa que está en el secreter de mi despacho sin mirar lo que hay dentro. La orientación ha de ser este oeste.
- Se dispondrán cuatro velones, dos a cada lado, en cabecera y pies, y una  lámpara baja en cada una de las esquinas de la sala. Detrás de la caja, veinte sillas iguales, en semicírculo ocupadas del centro hacia la derecha por mi amada esposa Doña Leonor, nuestros siete hijos de mayor a menor, y mis dos hermanos. Desde el centro hacia la izquierda lo ocuparán mi muy querida Doña Jimena con nuestros tres hijos, Luego, mi muy querida Doña Amelia con nuestras dos hijas y por último, mi muy querida Doña Irene con los otros dos.
- Es mi deseo, que se me entierre envuelto en un sudario sobre la dura tierra, y  cubierto por la que se saque del hoyo. El ataúd pasará de nuevo al desván, por si se le quisiera dar un uso posterior.
- El reparto de la herencia que dejo, será a partes iguales entre mis deudos - entiéndase; dinero en los bancos y  acciones - teniendo todos la misma consideración. En cuanto al patrimonio inmobiliario, cada cual en su casa y Dios en la de todos".

De las consideraciones que la carta produjera en cada cual, así como del efecto causado entre los que nada sabían de su oculta vida, no vamos a hablar. Diremos no obstante, que sus hijos estaban todos reconocidos, que el primer vástago habido con cada mujer, llevaba el nombre de Fernando María Casielles ya fuese hombre o mujer, en cuyo caso el nombre pasaría a ser el femenino. Esto de los nombres, que puede parecer una pedantería, no era ocurrencia suya, sino el empeño de cada una de sus amantes, y que, dicho sea de paso, no conocían más que la existencia de la esposa, pero no de las demás.

A eso de la media noche, cuando ya las numerosas visitas habían cesado, y los infantes medio dormitaban en sus sillas, se sintió un ruido cual si el difunto se hubiera tirado un buen cuesco. Las llamas de los velones, detectado el gas, se alargaron bien alimentadas, a la par que un olor como de huevos podridos o aguas ferruginosas invadió la estancia. Fue solamente un instante, el preciso para que cada cual se arrebujase en el respaldo de las sillas con cara de espanto. Pero lo peor estaba por llegar.
Mientras los niños chicos creían estar viendo una representación circense, sus madres los cogían de las manos tratando de protegerlos, mudas de terror pero sin osar levantarse. Entonces, don Fernando comenzó a levitar, se desplazó fuera de la caja y quedó de pie. A punto estuvieron de echar a correr, pero el difunto extendió los brazos en un signo conciliador y todos se quedaron donde estaban. Caminando como un autómata, metió la mano en la bolsa, sacó una a una las monedas de oro que contenía, y las fue depositando en la temblorosa mano de los asistentes. Acabado el contenido de la bolsa, volvió al lugar y a la posición en que estaba dentro de la caja.

El resto de la noche nada sucedió, y todos debieron pensar que aquello no había sucedido, que se habían quedado dormidos y habían tenido un mal sueño. Más la moneda continuaba en sus manos por la mañana.

Lo enterraron tal cual había pedido, y aquella moneda obró el milagro de unir a toda la familia de tal forma, que la empresa de la que todos eran partícipes, se convirtió en puntera con sucursales que exportaban a todo el mundo. Loza de todas clases, desde vajillas y cristalería, hasta bañeras o inodoros, lámparas o figuritas de porcelana, sin olvidarse de su origen; también tenían tejeras donde el barro se conformaba en máquina y no a mano como hiciera Don Fernando María Casielles, y primero su padre, su abuelo y otras generaciones.

 Hermanos y hermanastros se trataban con afecto, unidos, por la moneda, y aquella jerga de los tamargos solo por ellos entendida y transmitida por el padre a sus hijos, y de práctica habitual entre tíos y sobrinos; la xíriga. Hasta el logo de la empresa, hacía una referencia explícita al oficio; El cavador, sacando del túnel el barro en finas lajas, el tendedor que se ocupaba de ponerlas al sol, el maserista que amasaba el barro, el cocedor y el pinche. Bajo el logotipo, las palabras que las mujeres pronunciaban cuando a allá por el mes de mayo se marchaban:

"Por San Miguel, tengáis o no tengáis, aquí vengáis, que lo que aquí tenéis sabéis dónde lo dejáis".


sábado, 7 de enero de 2017

Cosas de Chigre; Tuteo.



Estos días, a las puertas del invierno, está haciendo un tiempo hermoso. Me he sentado en la mesa del bar, esa que Manél me tiene reservada entre las dos y las cuatro de la tarde.
Es miércoles. Normalmente un día flojo para esta temporada. Sin embargo hay gente en la terraza, y aquellos dos que bajan por la rampa contemplando la mar, ya han apuntado hacia aquí. Seguro que buscarán sitio.
Delante mismo de mi, una pareja deja libre la mesa. El camarero rápidamente retira el servicio y limpia. El venezolano anda por adentro, tal vez gulusmeando los peroles. Los dos que bajaban aprietan el paso, quieren ese sitio. Una vez sentados, uno de ellos le da la comanda al camarero; Nos vas a servir una botella de "Albariño Entrambasrías", y me dices a cómo va la langosta. El camarero musita una excusa, no sabe si habrá lo que piden en día tan vulgar. Si fuera llocántaro...
En un minuto se presenta Manél. Lleva la botella de vino, una cubitera de pie con hielo y una ración de esguila bien gorda.
- ¿De qué peso hablan los señores? Las mayores hoy son de ochocientos gramos y andan a 90 euros en vivo.
- Por favor , oye, trátame de tu.
- Manél, me llamo Manél, y dispense el señor, pero no es mi costumbre, me encontraría incómodo.
- Vale, pero yo continuaré con el tuteo, espero que no te parezca mal. Esa de ochocientos nos vale, la queremos a la vinagreta, y un poco de pulpo para comenzar.

Manél tardó cinco minutos en volver con una hermosa langosta que les mostró. La rula está pegada al bar y allí tienen un vivero.

- Vale, vale, está muy bien. Si tienes un minuto te diré el motivo por el que tuteo a todo el mundo.
- El señor es muy suyo, no me debe ninguna explicación.
- Ya, pero no quisiera que te sintieras ofendido.

Y le metió un rollo en el que más o menos vino a decir, que si a su padre, por el que sentía el mayor respeto, trataba de tú, lo lógico era hacer lo mismo con los demás.

Oído aquello, Manél no le dejó continuar, con la langosta como excusa se retiró.

El tipo, con resquemor por no poder explayarse a gusto, pasó a contarle a su amigo lo que sin duda ya sabía de sobra.

- Cuando estuve en el ejército, decía: "A tus órdenes mi teniente", y lo mismo que a él, a todos los demás fuera cual fuera su graduación. El teniente me llamó la atención y yo le explique lo de mi padre y quedó satisfecho.

- Oye, no me creo que al capitán o el comandante ese trato les pareciese bien. ¡Bueno es el ejército, y más hace tantos años!

Él insistía, poniendo como ejemplos, el trato con su jefe, los clientes... en fin, que era algo que denotaba proximidad y confianza.

- Ya, pero ¿dónde queda la cortesía? Mira, el encargado, ese tal Manél, nos ha tratado con cortesía, es decir, amabilidad unida al respeto y con mucha dignidad. Sin embargo tú vas por la vida igualando ficticiamente a unos y otros, y no todos merecen, merecemos la misma consideración. Y digo ficticiamente, porque ese tuteo a alguien al que no conoces, lleva implícita la creencia de una superioridad que se manifiesta por medio de ese trato.

- ¿Quéééé´?

- ¡Si coño, que te crees más que los demás!

Se comieron lo que habían pedido entre silencios y monólogos, y terminado el café, el tuteador va y le dice a Manél; Me trae la cuenta, por favor.

El fulano mira la cuenta y de reojo al camarero, vuelve al tuteo y le espeta; ¿No te habrás pasado un poco? Dijiste a 90 la langosta y me cobras 160, 70 por el aguachirle, 24 por unos hielos con güisqui... total 276,40

- Permita el señor... Tiene razón, está mal, falta el pan. Son 278,80 euros. Se lo detallo; La langosta le dije "en vivo", por lo tanto hay que añadir complementos y mano de obra, el pulpo normal en terraza; 20. El aguachirle que usted pidió a 35 la botella, también me pidió del mejor güisqui y eso le he servido. Al café invita la casa. Si tiene alguna reclamación, le traigo el libro. ¿En efectivo o con tarjeta?

Y cuando hubo saldado la cuenta, Manél le dijo: Señor, sé que no volverá por este restaurante, y le quiero despedir con unas palabras: Decía mi abuelo, que por cierto, fue emigrante en la tierra que me vio nacer, que; "Pa Dios hai que tener pol carru". El significado viene a ser, que es necesario el esfuerzo para conseguir aquello que se quiere, y tener paciencia para lograrlo sin esperar a que Dios lo solucione. Yo, de mi cosecha particular, diría más o menos lo mismo, pero con estas palabras: Si vienes de "grandón", apechuga con lo que tu soberbia ha provocado.

Se marcharon, el uno escaldado y el otro seguro que reía por dentro al igual que yo, que como se ve no había perdido ripio.




miércoles, 4 de enero de 2017

La añagaza del pastor.


Estaba la ciudad bien guardada tras sus gruesas y altas murallas, refugio inexpugnable para los residentes habituales, ocasional para los campesinos y pastores, que sus tierras y ganado cuidaban extramuros.

Desde el matacán de la torre del homenaje, enclavada en el punto menos vulnerable, y el más alto, un par de soldados oteaban día y noche el horizonte por si aparecía el enemigo. Cuando esto se producía, tocaban una cantarina campana avisando a los campesinos, o a los comerciantes que montaban sus tenderetes arrimados a uno de los lienzos exteriores de la muralla, para que acudieran a refugiarse. Los soldados de la guarnición, corrían entonces al adarve, para resguardados por los merlones, lanzar cualquier arma arrojadiza a través de las almenas y ladroneras.

Así se frustraron muchos ataques, y el moro, que vigilaba también los movimientos en torno a la ciudad, pensaba con sus capitanes en urdir una estratagema para apoderarse de ella, sin el coste de demasiadas vidas. Hubo diversas propuestas, propuestas como; "Algo semejante al Caballo de Troya". No válida a su entender, ya que hartas veces había leído a Virgilio y su Eneida, a Homero y su Odisea, y la patraña urdida por los griegos contra los troyanos, no resultaría en aquella ciudad, en aquel tiempo. ¡Había que buscar otro medio!

El príncipe moro, que era hombre letrado, tenía como consejero a un Cadí, juez de tropas y acompañante fiel, que precavido él, le contó esta fábula de Esopo;

- Habiendo recorrido un largo camino, estaba el viajero rendido de fatiga. Se tendió al lado de un pozo y a poco se quedó dormido. A punto de caerse dentro del pozo, la Diosa Casualidad se le acercó, lo despertó y le dijo; "Cuidado, amigo mío, si te hubieras caído, no lo habrías atribuido a tu poco juicio, sino a mí, que soy la Casualidad, y hubieras dicho que había sido un accidente"

- No entiendo lo que me quieres decir, ni alcanzo la similitud con la situación que aquí tenemos, Cadí.

- Nosotros, oh príncipe, somos el viajero. Estamos tan fatigados, tan ofuscados buscando la forma de entrar en la ciudad, que sin percibirlo, nos descuidamos. Por tanto somos vulnerables y también podemos ser atacados y vencidos..."por casualidad"

- Bien, he oído tu consejo. ¿Qué te parece si comenzamos sistemáticamente una serie de razias? Les robaremos sus vacas, ovejas y cabras, haremos cautivos a sus pastores y labriegos. En alguna ocasión habrán de salir en su defensa, entonces les tendremos preparada una celada. Apresado el grueso de la tropa, entrar en la ciudad será más fácil.

Dice el refrán, que el hombre propone y Dios dispone. Y diese la casualidad, o fuese por decisión divina, en una razia tomaron como prisionero un pastor de cabras, entrado en años y algo duro de oído, que tratando de quitarse de la solanera, se quedó adormilado bajo una encina. Ni la campana, ni siquiera las trompetas de Jericó lo hubieran sacado de tal sopor, cuando quiso despertar, ya era preso.

Poco darían por su rescate, así que habría que destinarlo a lo único que sabía hacer, pastorear. Pero antes de tomar esa decisión, se trató de sonsacar algo que les pudiera ser de utilidad, más el resultado fue nulo.

El juez, observó por casualidad, cómo miraba el preso a la Fátima que lo alimentaba, y pensó, que quizá por medio de su intervención, tal vez...

La mora, de bonita figura, empezó a tratar al pastor con cierta zalamería, de modo que él se encandiló aún más.

- Si tú pudieras conseguirme aquella bonita campana que luce y tañe en la torre... cuando me la trajeras, mejor me portara contigo.

- Eso no lo puedo hacer Fátima mía, son muchos los escalones, mucha la guardia en la casa del alcaide, mucho el peso de la campana.

- ¡Bah! Dices que me deseas, y nada haces por darme gusto.

- No soy rico, pero en mi casa tengo alguna alhaja que te puedo regalar. ¿Estarías conforme con eso?

- ¡No! ¡Yo quiero mi campana!

Y el sordo, tras mucho cavilar, a la mora le fue con un plan.

- Bueno, puedo intentarlo. Lo primero que necesito es ser libre, lo segundo cuatro hombres vestidos y armados como los soldados cristianos. Entraré en la ciudad, luego, por un portillo que conozco y para no levantar sospechas, lo harán los soldados. Cual si fuera la guardia que va a hacer el relevo, subiremos hasta el matacán y nos la llevaremos.

- ¡Pero os verán y se preguntarán adonde la lleváis!

- Le quitaremos el badajo y diremos que va al herrero a reparar.

La mora le fue con el cuento al Cadí, y este la llevó ante el Príncipe para que ante él explicara tan absurdo y fantasioso plan.

- ¿Y por qué tanto empeño en la campana? Preguntó el jefe moro.

- Porque pidiendo lo imposible, será más fácil conseguir lo posible, mi señor - replicó ella.

- Bueno, está bien, al menos ya sabemos que hay un portillo por donde entrar.

Mentando que solo ellos estaban en el ajo, dejó libre la mora al iluso, que a los cuatro moros llevó hasta una especie de cigarral de su pertenencia. Allí esperarían a la noche, y en viendo la señal de una candela, por el portillo se dispusieron a pasar.

¡Ah vida traidora! Cada cual tenía su plan y la que menos pintaba ahora, era la bella mora.

Cien sarracenos en la oscura noche, en fila de a uno, al cigarral junto a los otros se fueron juntando. Se abrió la poterna y la llama de la vela arriba y abajo alumbró. Entonces los moros, al igual que hasta allí vinieran, uno a uno fueron entrando.

El Príncipe moro, con el grueso de su ejército, esperaba las claras del alba en que las puertas de la ciudad se abrieran de par en par, para a galope tendido, veloces entrar. Más, ¿qué había sucedido? ¡Las puertas no se abrían! En cada almena un soldado, los calderos con aceite hirviendo humeantes y preparados, arcos y flechas, piedras y venablos dispuestos para repeler cualquier intento de aproximación.

- ¡Ah perro cristiano y traidor, bien me la has jugado!

Sí. El pastor, que sería duro de oído, pero no tonto, nada más entrar en la ciudad se fue a ver al alcaide, le contó la añagaza que había urdido y la forma en que se resarcirían de los ganados perdidos.

- Esta noche, por el portillo del lienzo sur, entrarán un número indeterminado de moros. Como solamente se puede entrar de uno en uno, cachiporra que te crió y a la plaza a dormir con los ángeles. Cuantos más entren, mayor será el rescate.

 Y es que se puede ser Príncipe, muy letrado y buen caudillo. Lo que no se puede es fiar a la Casualidad empresas de tamaño porte, ni tomar por tonto y traidor, a alguien por el mero hecho de ser pastor.



Matacán: Voladizo que se ubica en la parte alta de una torre, muralla o cualquier otra fortificación y que permite, de forma segura, observar al enemigo y atacarle si fuera el caso. Por los orificios inferiores se podía lanzar proyectiles sobre los atacantes que se localizaban en la base.

Adarve: También llamado Paseo de ronda: Corredor situado sobre una muralla u otro tipo de fortificación que se protege por un lateral por un parapeto almenado y que permitía a los defensores moverse con rapidez en sus labores de vigilancia o combate frente a los atacantes.

Merlón: Saliente vertical que culmina muchas fortificaciones y que permitía ocultarse al defensor quedando a salvo de los ataques enemigos.

Almena: Espacio existente entre merlones. Con la utilización de la artillería se las conoció como cañoneras ya que por ellos se asomaba el extremo de los cañones.

Ladronera: Elemento defensivo que se proyecta exteriormente, a modo de balcón, con el suelo aspillerado para el ataque vertical, situado sobre los accesos para su defensa y sostenido por matacanes.

Cadí: Entre turcos y moros, juez que entiende en las causas civiles.