martes, 16 de marzo de 2010

El palomo.




Este cuento es mío. Lo escribí hace un montón de tiempo y con él gane el premio del Ayuntamiento de Candás. Era la primera vez que concursaba. Hoy, visto através del tiempo, quizá parezca un tanto empalagoso, sin embargo yo creo que el jurado vió o intuyó el ansia de libertad que cada uno llevamos dentro. El amor que se puede sentir por los animales, aunque sea por un simple pájaro, el valor de la amistad o el compañerismo y, todo ello reflejado, como no, en un niño y un ave que es el simbolo de la paz.

EL PALOMO

Su mayor ilusión sería corretear. Poder viajar y ver los distintos países que, en los libros de aventuras salían reflejados. Vagar sin rumbo por las verdes praderas que veía tras los cristales. Llenarse de sol, de lluvia y de viento en los cálidos días de verano o en los grises y lluviosos de otoño.
Por eso, el mejor regalo para él, era un buen libro de aventuras, donde sus ansias de volar, casi, casi se lograban. Se sumergía en ellos con fruición. El era el protagonista, el pirata, el guerrero de la edad media, el escalador o el submarinista, el aviador o el cazador africano.
Sin embargo, a menudo, la melancolía le invadía de forma invariable. Y no podía ser de otra forma.....
Un día por su cumpleaños, recibió el mejor regalo que le podían hacer. El mejor de todos. Aunque en cierta forma pudiera parecer mofa a su afán, a su sed de aventuras, a su querer volar.
Eran un par de palomas mensajeras macho y hembra, aún muy jóvenes. Tan jóvenes que todavía no habían echado su primer vuelo.
Se entusiasmó con ellas. No quiso que las dejaran en el desván de la casa, aunque tenía una gran claraboya que lo iluminaba y varios huecos en forma de triángulo para la ventilación, que servirían para entrar y salir libremente.
Las colocó, con el consentimiento de su madre, en el alféizar de la ventana preferida que daba a los maravillosos prados, aquellos que iban hasta el río bordeado por álamos y castaños.
Su jaula, era espaciosa, con un ventanuco en forma de arco en cada uno de sus laterales que permitiría la salida. Tenía también sus dos comederos y bebederos y el suelo deslizante, haría la limpieza más cómoda.
Había cumplido doce años, y el regalo se lo había hecho un amigo suyo, vecino próximo que, como a él, le gustaban en gran manera los animales.
Toma Fernando - le había dicho su amigo Antonio - cuando los acabes de criar y empiecen a volar, siempre volverán a ti, a tu jaula que ya es su morada. Aquí vendrán a comer y a dormir, y cuando estén fuertes, podrás comprobar su fidelidad y su potencia mandándolos a las sueltas.
Como verás - prosiguió Antonio - están anilladas y el número y fecha de nacimiento junto con tu nombre, están registrados. La letra corresponde a su nacionalidad.
Pasaba gran parte del día acariciándolas, hasta el punto de que casi tenía abandonada la lectura. Solo leía cuando, arrebujadas formando una bola de plumón, se dormían entre gorjeos, y aún así, apartaba a menudo la vista del libro para contemplarlas.
Los palomos crecieron rápidamente. Ya querían volar. Movían sus alas como queriendo indicar a Fernando, que estaban preparados para la aventura, para cruzar una y mil veces el azul cielo. El se resistía, aunque comprendía que la puertecilla se tenía que abrir de una vez. Que estaban hechos como él, para que la brisa, el sol y el aire, acariciaran su cuerpo. Pero le costaba tomar la decisión. Temía que al abrir aquella puerta no volvieran más. Que un sinfín de peligros los acecharían tras los cristales de aquella ventana.
Unos días llevaban batiendo alas, señal inequívoca de fortalecimiento preparatorio para el vuelo. Fernando los sacó y vio como con timidez pero con tesón comenzaron a dar cortos vuelos en la habitación. Del armario a la jaula; de allí a la lámpara que se mecía bajo su impulso. Fernando comprendió que ya era el tiempo. Aquella mañana, tras acariciarlos y besarlos, abrió la ventana, y dejándolos en el alféizar, esperó a que libremente se decidieran.
Dieron dos o tres paseos antes de lanzarse. Cuando lo hicieron, quedó maravillado. Surcaron el cielo, cual bajel majestuoso que remonta las olas. Describían círculos ora en un sentido ora en el otro. Se dejaban llevar por el viento o hacían filigranas aumentando a veces la velocidad, disminuyéndola otras.
Su temor a perderlos desapareció por un momento fascinado por su vuelo. Más no debía haberlo tenido. Cuando Fernando creyó saturados de aire puro sus pulmones y cansados sus músculos por el esfuerzo, les silbó dulcemente a la par que, por si acaso, mostraba unos granos de maíz en la palma de su mano.
Ellos emprendieron el regreso y no fueron a posarse a otro sitio más que a la ventana que tan bien conocían.
Fernando los cogió suavemente, los besó en el pico y los introdujo en su casa.
A partir de aquél día, la puerta de la jaula desapareció. Ellos lo agradecieron de la única forma que podían. Salían a volar mañana y tarde, volviendo cada poco tiempo para ser acariciados, para comer en la mano de aquél que les daba la libertad.
El plumón había desaparecido por completo. El macho tenía sus patas rojizas, pico negro y gran mota blanca su nariz. Ojo profundo enmarcado por la ceja roja como sangre. Cuello plomizo azulado, cobreado ya veces verdoso según la luz, alas fuertes y vigorosas moteadas de borrones negros. La hembra, estilizada, casi blanca con manchitas ocres, delicada en apariencia pero con un esqueleto que se palpaba bajo las plumas vigorosas, capaz de las más duras pruebas.
Una tarde de primavera, llegó Antonio a casa de Fernando con una carta, y entregándosela dijo...
- Aquí tienes una ocasión de probar tus palomas. Dentro de quince días hay una suelta en el pueblo de San Martín. Son pocos kilómetros y si los mandas no se perderán.
Fernando dudaba, por una parte quería ver la rapidez y la orientación del palomo, por otra temía perderlo. ¡Había tantos peligros acechando!
Sin embargo, llegado el día, se lo entregó a su amigo, para que con los suyos, los embarcase al lugar de la suelta. Se despidió de él con sumo cariño. Le decía frases animatorias, como si le pudiese comprender. Le acariciaba la cabeza y le besaba en el pico, allí entre la blanca mota de la nariz y la roja ceja que bordea el ojo.
Los encestaron en una jaula de madera y los subieron al camión la tarde antes del concurso. A la mañana siguiente, los soltarían sobre las nueve. Antonio decía que en línea recta habría ciento cincuenta kilómetros, por lo que si eran puntuales, llegarían a casa de diez y media a once, quizá algo más.
Sería un vuelo corto precursor de otros más largos.
La noche la pasó Fernando con gran desasosiego. Soñó con gavilanes, cazadores sin sentimientos, con redes tendidas en lo alto y escopetas repetidoras acechando el paso de su palomo. Al amanecer, los sueños se tornaron más placenteros. Veía su ave coronada de laureles. Campeona sobre todas las demás, llegando la primera a posarse suavemente en su mano.
Se despertó temprano, y allí junto a su ventana, esperó con impaciencia la llegada. Tenía el reloj a mano para fichar rápidamente.
Ahora los estarán soltando, pensaba. Remonta el vuelo, se está orientando. ¡Que pronto lo ha conseguido ,apenas si ha tenido que dar un par de vueltas y ya enfila raudo el camino de vuelta por un imaginario surco trazado en el azul del cielo!
Escudriñaba con ansia el claro retazo tras la ventana. Hacia las diez abrió de par en par la ventana y colocó en el centro la jaula con la paloma para que él al verla apurase aún más el vuelo. Al poco, un diminuto punto se acercaba. Su corazón dio un vuelco de alegría. ¡Allí estaba su campeón! Habría tardado hora y media según sus cálculos. El palomo se posó en la ventana y quedó como atontado esperando la caricia por su proeza. Lo cogió rápidamente, sacó la anilla rosor y la metió en el reloj. Su amigo Antonio sería el encargado de los tramites para que en la sociedad se comprobase el tiempo real de vuelo, la velocidad alcanzada y el puesto obtenido. Mientras, el palomo descansaba y la paloma hacía arrumacos en torno suyo.
Más nerviosismo hasta saber el puesto conseguido. Por fin, Antonio llegó con la noticia. ¡Había conseguido un octavo puesto!
Feliz augurio presagio de mayores hazañas. Fue una experiencia positiva: Durante los días que continuaron, no dejó de hablar a quién quiera que a su casa llegase de su gran palomo. La satisfacción le salía por sus brillantes ojos.
Contaba poder mandarlo a distancias mucho más lejanas. Esperaba verlo llegar, como la primera vez, cansado, pero esperando el mimo, la caricia. Además, llegaría sin duda el primero.
Las distancias de las sueltas, fueron cada vez mayores. La primera habían sido ciento cincuenta kilómetros, la segunda ya fueron doscientos cincuenta, después trescientos, cuatrocientos. Pero la prueba más importante distaba unos ochocientos kilómetros, contados siempre en línea recta. Era la prueba más importante por su kilometraje, ya que para Fernando, todas eran como la primera a la que acudió. Todas las vivía con el mismo afán, con la misma ilusión, con la misma zozobra.
Para aquella grandiosa prueba, preparó especialmente al palomo. Le alimentó de forma equilibrada, componiendo su alimento con maíz, cebada, trigo, algarroba y alguna que otra semilla secreta recopilada de los numerosos libros que había leído. Ayudado por su amigo le había hecho volar y volar. Cuando ya cansado deseaba volver a su palo, Antonio agitaba al pie de la ventana un gran trapo blanco y le hacía remontar el vuelo consiguiendo con ello que su autonomía fuese cada vez mayor y que sus músculos se endureciesen a tope. Así, cuando el día llegó, el palomo estaba en plena forma. Más vigoroso y fuerte que nunca.
La despedida fue, al igual que las anteriores, muy emotiva. El miedo y la ilusión se entremezclaban dentro de Fernando. Los momentos de alegría daban paso a otros de melancolía, en los cuales acariciaba con ternura a sus dos palomas.

Los soldados de transmisiones, encargados de la suelta, abrieron las trampillas de las cestas a la hora fijada. Diez horas después, si no sucedía un imprevisto, comenzarían a llegar a su destino los más rápidos
El palomo, una vez abierta la trampilla, salió presuroso sin falta de empujarlo. Se remontó a lo alto, y dando dos amplias vueltas, se lanzó veloz por el camino que creía acertado.
Desde su altura vio tierras que nunca antes había recorrido. Tierras secas, de colores ocres y amarillentos. Remontó ríos, colinas, valles y montañas de altas cumbres con penachos de nieve para las que tenía que aprovechar las más mínimas vaguadas y las corrientes cálidas que le hicieran subir alto si quería atravesarlas.
Aprovecho todos los vientos, todas las corrientes favorables, pues en su mente tenía grabada aquella ventana y aquel niño tras ella. También su pareja le esperaba.
Fernando estaba, como de costumbre, sentado junto a su ventana. Esta era amplia, de cuatro hojas que dejaban pasar el sol y la luz a raudales. Desde allí veía el río y oía su murmullo; los trinos de los pájaros le despertaban al clarear el día, cantando desde los castaños. La falda del monte al otro lado del rió donde casi siempre había vacas pastando; el sendero y el tosco puentecillo de madera que conducía al pequeño molino de agua.
Adosada a la pared, y bajo el ventanal, se encontraba la cama a la cual desde su infancia estaba atado. Desde que recordaba, había sido así. A ciencia cierta, no sabía si alguna vez había conseguido andar.
El alféizar donde colocó un día las palomas, estaba al alcance de su mano. Ahora la hembra estaba sola en su jaula. También a su alcance, se encontraba la gran estantería colmada de libros. La ventana se abría por medio de un artilugio que el manejaba.
Aquel era casi todo su mundo. Aunque rodeado del afecto familiar, no podía por menos añorar los juegos, la libertad que poseían los demás chiquillos. Por eso, su refugio había sido siempre la lectura. Con ella y su imaginación, recorría más mundo que todos los chicos con sus dos piernas.
Ya estaba llegando a su termino el plazo que calculara para el regreso de su palomo. Durante todo el día no consiguió concentrarse en la lectura ni en ningún otro menester.
El desgranar lento de las horas le exasperaba; pero ya habían pasado ocho. Ya tenía que estar al llegar. Diez minutos....media hora. Se estaba retrasando; pasaba una hora del calculo y Fernando estaba cada minuto más nervioso.
Al anochecer, a su amigo Antonio le habían entrado tres, de los cinco que mandara, en el palomar. Fue corriendo a dar la noticia a Fernando. Lo encontró desolado.
-¡No te apures, llegará! Aseveró, tratando de quitarle importancia.
-Un mal viento o cualquier otra cosa, a mi me faltan dos. Vendrán todos juntos.
Más el palomo no llegó aquella noche ni a la siguiente. El abatimiento de Fernando era inmenso. Casi no había dormido esperando. No había comido siquiera y cuando su madre le dijo que quizá no volviera, gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas.
Lloró en silencio, aunque aún le quedaba esperanza. Sin embargo, los días pasaron y no llegó.
Por aquellos días Fernando observó que la hembra, en cada salida traía alguna ramita en el pico, que sistemáticamente colocaba en uno de los ángulos de la jaula.
¡No cabía duda! Con un poco de suerte dentro de poco tendría nuevos palomos que paliaran en parte la tristeza por la desaparición de su preferido. Colocó las pajas en el recipiente adecuado y la puesta no se hizo esperar. No obstante, Fernando dudaba que los palominos llegasen a nacer. Creía muy difícil que, sola como estaba la paloma, empollase. Normalmente, el macho reemplaza a la hembra cuando esta, cansada de estar sobre los huevos, quiere salir del nido. Aquí no había pareja.
¿Dejaría la paloma enfriarse y perderse aquellos dos posibles palomos? No. La paloma comió de la mano de Fernando, salió a beber y estirar sus patas durante breves minutos realizando cortos vuelos; pero no dejó perderse aquello que se estaba formando.
El chico estaba muy contento con el proceder de su mensajera. Llevaba ya cinco días sin apenas salir del nido. Un corto vuelo por las mañanas y otro al atardecer. Quince desde que el palomo no volvió. Llevaba anotada la cuenta y tenía calculado el tiempo que tardarían en asomar a la vida la nueva generación. Enfrascado coloreando en el calendario el día previsto para la rotura del cascarón, no se apercibió de que su madre le hablaba. Cuando al fin salió de sus ensueños, oyó que tenía visita.
El recién llegado se presentó como presidente de la sociedad colombófila. Agradeció al niño el amor que dedicaba a sus palomas y le hizo mil preguntas. Después dijo que tenía para él una sorpresa, se levanto de la silla en que había permanecido durante la conversación y, abriendo la puerta, dejó pasar a la madre de Fernando que, entre sus manos traía a su precioso palomo.
Fernando quedó atónito. Boquiabierto, no acertaba a decir palabra. Si andar hubiese podido, habría saltado y corrido, se hubiera revolcado por la hierba y habría lanzado al aire una y mil veces su palomo. Lo cogió con cuidado, como si temiese dañarlo y a la par que depositaba sus besos en aquella querida cabeza, dos gruesas lágrimas fueron a perderse entre las plumas del ave.
Cuando por fin pudo articular palabra, dio las gracias a aquél que lo colmaba de felicidad.
-No me des a mí las gracias. Hubo una buena persona que lo recogió cuando estaba con un ala rota. Después de curarlo y viendo la anilla, a mi me lo envió. Así conseguimos saber quien era su dueño. Hoy me cabe el orgullo de devolvértelo.
El palomo tornó a su jaula y ayudó a salir adelante a sus hijos. Hijos que como sus padres, fueron acreedores de premios y galardones que, Fernando tiene colgados junto a su ventana.
fin

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