domingo, 28 de marzo de 2010

Imposible volver atrás.





¿Fatalidad?... Vencido en la pelea,
fuera en el mundo su derrota gloria,
y su heroica caída una victoria
de su amarga y anónima odisea.
De aquel noble soldado la idea,
que con sus triunfos ilustró su historia,
apenas si conserva la memoria
un cadáver que flota en la marea.
Sintió las alas y ensayó su vuelo;
estaba su alma de grandeza ungida;
le abrió el amor esplendoroso el cielo;
y audaz, altivo, luchador y fuerte...
¡halló, al salir del sueño de la vida,
la realidad del sueño de la muerte!

Diego Fernández Espiro


IMPOSIBLE VOLVER ATRÁS

Como venía haciendo últimamente, salí de casa bien entrada la noche. Era el mío un vagabundear errático por calles desiertas. Mas, lo de errático, solamente era algo que me repetía una y mil veces tratando de convencerme. Al final, sabía con toda seguridad a donde se encaminarían mis pasos. Dentro de mi mente, se desencadenaba una lucha feroz; por un lado el firme propósito de no dirigirme allí, un deseo angustioso por no llegar a plantearme siquiera el dilema de ir, o no ir. Un afán de querer fijarme en cosas dispares y ajenas, que no hacían sino traer a primer término, lo que quería olvidar. Aquella fuerza irresistible, aquel no sé qué, que me impulsaba, que me arrastraba sin remisión, era el antagonista poderoso que vencería al propósito firme. Por más vueltas y vueltas que diese por el pueblo, al final enfilaba el estrecho sendero que me conduciría al acantilado.

Viviendo junto a la mar, a poco que quieras, sus cosas siempre te han de interesar. A mí me gustaba su olor, su color y su sabor. Me atraía el paisaje en torno a ella, sus calas de dorada arena, las agrestes rompientes, el rum rum de los regodones batidos por las olas en el pedrero. Pero ese no era motivo suficiente para que de un tiempo acá, me sintiese tan atraído por aquel lugar.
¿Cuándo comenzó aquello? Ni lo sé. Todo empezó con aquel maldito insomnio. Dejé de dormir sin motivo aparente. Quizás el exceso de trabajo o los problemas familiares. Tal vez el mismo correr de los años por una vida fútil. Quizá porque como Dante en su Infierno... "... el mayor dolor de los dolores en vano recordar tiempos mejores, desde el fondo del mísero destino..." De todos modos, nada parecía tan grave como para que aquello ocurriese. Me acostaba tarde y con miedo a no pegar un ojo, aunque eso sucedía invariablemente. Comenzaba a pensar en cosas banales y rogando que el dios de los sueños viniese a mí. El oído sin embargo estaba presto a cualquier clase de ruido. El tictac del reloj me sacaba de quicio. Comenzaba a rascarme aquí y allá, me enfurecían los ronquidos del vecino que a través de los tabiques de pandereta de la casa, sonaban rítmicamente. Un pitillo. El remedio era mucho peor aunque ya lo sabía. Apenas mediado me tenía que levantar. La boca pastosa y con el sabor a tabaco reclamaba agua fresca. Volvía a acostarme; nada. Después de dar vueltas y más vueltas en la cama, tomaba la determinación de salir a pasear.
Las calles a esas horas, se me antojaban ridículas. Algunos de sus letreros de neón trataban en su intermitencia de atraer la atención, ¿de quién a esas horas? Todo estaba desierto. El camión de la basura tal vez. Algún juerguista si era sábado. Sólo yo. Ni siquiera mis pasos resonaban para hacerme compañía. A veces, los gatos que rebuscaban entre los desperdicios, salían como alma que lleva el diablo cuando de repente se apercibían de mi presencia.
Esta noche he salido también. A pesar del viento casi gélido, a pesar de que amenaza lluvia, he salido. El piso está húmedo por la brisa marina. El olor a salitre es tan fuerte, que las playeras parece que se deslizan como si lo pisara. He tomado una determinación firme; hoy no deambularé por las calles, me dirigiré al monte, allí donde los eucaliptos levantan su barrera de troncos y ramas para preservar las casas del viento del norte. La cuesta es empinada pero no aflojo el paso, jadeo por el esfuerzo y mi aliento es como pequeñas nubecillas que fueran expulsadas por máquina de vapor en el andén de una estación. Del jardín de uno de los chalecitos situados en la ladera, sale un ladrido, ha oído, o ha intuido mi presencia. Alerta a otros que a coro le responden, sólo es un instante, poco a poco sus ecos se diluyen en la amplia noche. Mi presencia se pierde ya, y ellos se han tranquilizado. Han cumplido su misión. Se echarán de nuevo en su perrera, se harán un ovillo y con el hocico junto al rabo, dormirán hasta que otro ruido, otro olor de persona desconocida, llegue hasta su mente.
Mis pies abandonan ahora la estrecha carreterilla que llega hasta la misma puerta de la última casa. Entro en un camino. La senda, pisada y repisada por los pescadores de caña, o por los que gustan de admirar el agreste paisaje, parece una herida. La luna llena, hace que la hierba de los lados parezca cana. Los árboles hace ya un trecho que han desaparecido, sólo alguna zarza, alguna roca que proyecta su sombra fantasmagórica. Las luces del pueblo van quedando atrás y el silencio va dando paso al rumor del mar.
He llegado. Desde aquí, desde lo alto, puedo divisar gran parte de la costa. A mi derecha, allá abajo, las puntiagudas pizarras van menguando su tamaño hasta desaparecer enterradas por la arena de la playa. Luego, el terreno comienza a elevarse una y otra vez como si de una montaña rusa se tratase. La cala en forma de herradura es similar a la de mi izquierda. Vista desde arriba, a vuelo de gaviota, parece la costa, no sé, una hogaza de pan a la que se hubieran dado mordiscos uno a continuación de otro.
Me arrebujo en mi plumífero y me siento en una roca apoyando la espalda en un talud que forma el terreno, de cara a ese mar hoy precioso por efecto de la luna. El viento ha cesado, se llevó consigo todas las nubes y ha dejado un cielo como hacía mucho tiempo no había visto. Quizá no sea del todo cierto, o quizá sea el tan manido tópico, pero es un azul celeste tachonado de brillantes y titilantes estrellas. Las olas casi han desaparecido también, sólo un suave ondular y un leve murmullo al acercarse a besar la orilla. Oigo un ruido acompasado y muy leve en principio. Sé que irá en aumento para desaparecer luego igual que se inició. Miro a derecha e izquierda. Nada aún. En el horizonte, perfectamente recortado, tampoco. Es un barco que pronto aparecerá por uno de los cabos. Así es; una proa asoma poco a poco, por babor que diría el marino. Es sin duda un granelero. Largo, largo y castillo a popa, las luces de situación perfectamente definidas. El negro penacho emanando de su gran chimenea deja una estela que en ese cielo azul oscurece alguna estrella y quiere ir a unirse con la luna. En los camarotes, oscuridad. Dormirán sin duda casi todos. Quizá lleve el piloto automático y con un par de marineros sea suficiente para manejar esa mole. No. Es imposible que tan cerca de la costa lleven el automático.
¿Qué es aquello? Me ha parecido ver una bengala. Es raro. La mar tranquila, el barco navega sin problemas... Otra más. Ahora sé lo que es; son estrellas fugaces que por un momento me han confundido. Cuanto tiempo hacía que no veía ninguna... Desde que estuve en aquel pueblo de Castilla, donde la polución no existe y las noches de verano son como las que se suelen poner a los belenes.
Divago. Estoy divagando y no es éste el problema sobre el que he venido a reflexionar aquí. Aunque en estos breves momentos me he apartado casi de todo, he metido la pata. He vuelto a traer a colación lo que creí había conseguido olvidar. ¡Cuánto mejor estaba divagando!
Ya ha desaparecido el buque y mi mente no puede ser atraída ahora por nada que no sea mi problema. Todo parece estar en armonía. ¿Por qué no yo? ¿Por qué estoy aquí? ¡No lo sé!
¡No seas imbécil! ¡Lo sabes de sobra y tratas de engañarte a ti mismo!
¡No es cierto! Estoy aquí porque esta paz calma mis nervios rotos. Me tranquiliza y reconforta más que las pastillas y más que cualquier tratamiento. ¿No te das cuenta? El agua es un bálsamo. Escucha su murmullo. Dice ven... ven... mi seno es tibio y dulce... ven... ven... soy todo paz... la paz que anhelas con tanto ahínco... ven... ven... te acogeré entre mis brazos de plata y turquesa, te meceré suavemente, con mimo... ven... ven...
¡No escuches ese canto de sirena! ¿No ves que sólo es esa parte enferma de tu mente, la que te reclama al sacrificio?
¿Por qué mente enferma? Es cierto que me embarga su perfume de yodo, sal y algas. Me subyuga su vaivén, su movimiento cadencioso y su leve son... ven... ven...
¡Es una locura!. !Lucha contra ese deseo que sólo quiere tu mal! ¡Piensa en otra cosa! ¡Aléjate de aquí! ¡Oh cielos! ¿Qué he de decir para convencerte?. ¿Acaso no te das cuenta de la tentación del maligno?. ¡Acuérdate de Jesús!
¡No me vengas con historias sagradas!. ¡Nunca me he encontrado mejor !. ¿No ves esa sensación que me embarga?. ¡Es como si flotase!. ¡Es el seno materno lleno de tibieza y amor que me reclama!
¡Eso es una falacia de la cual sólo tú te arrepentirás!. ¡Vuelve atrás insensato, vuelve!
Ya me he levantado y camino hacia la orilla del precipicio. Treinta metros abajo, la espuma nacarada es una leve cinta. Saco las manos de los bolsillos del anorak, levanto los brazos en cruz. En mi cabeza comienzan a resonar con fuerza unas notas de Nabucco. ¿Hablan de libertad o de esclavitud?. Doy un impulso y salto cual aquellos jóvenes de Acapulco que realizan el salto del ángel...
He hallado por fin la tranquilidad. La paz. La libertad tanto tiempo ansiada. Mírame ahí tendido sobre las rocas; descansando. Que delicia. Más... ¿Qué estoy viendo? De mi boca mana un hilo de sangre que se mezcla y diluye con esa agua fría, pegajosa y salobre. Estoy todo empapado y en una postura grotesca. ¡Tengo la cabeza rota!
¿Qué has hecho estúpido?. ¡Te has matado!. ¡Estas muerto!. ¿Acaso no es tu alma, o tu última esencia, eso que se va, lo que te ve desde lo alto?
¡No puede ser! ¿Hacia dónde me dirijo?. ¡No quiero ascender por ese túnel, quiero volver a mí!. ¡No deseo morir !. ¡ Soy joven y lleno de vi... y estaba lleno de vida!. ¿Es posible que ya no pueda volver a ver los senos turgentes de una mujer?, ¿Los labios carnosos y sensuales, los ojos dulces y llenos de amor de una compañera? ¿No gozaré más de una buena lectura o de una buena obra de arte? ¿No tendré el gozo de ver corretear a mi lado unos hijos? ¿Dónde quedan los buenos ratos con los amigos, el placer de vivir esa vida que me he negado? ¿Es que no volveré a ver tanta belleza como hay en este condenado mundo? ¡He de volver! ¡Tengo que volver! ¡No puede ser que me esté sucediendo a mí eso que algunas veces he leído! Voy a frenar en esta loca ascensión a ese vacío que me atrae. ¡Tengo que parar! ¡He de volver atrás ! ¡Otros lo han hecho!
Estoy volviendo. Milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, pero vuelvo. Ya no soy una masa difusa entre la bruma. Me veo con claridad. Estoy llegando. Volveré a ser yo otra vez. ¡Me salvaré, y nunca jamás pasaré por este trance! ¡Oh cielos, que amargura, que sensación de vacío... de eternidad he sentido ! ! He logrado vencer a ese poderoso imán que me atraía! Ahora he de incorporarme, pedir ayuda y salir de aquí. ¡Qué esfuerzo me cuesta mover los brazos! Trataré de sacar el que tengo bajo mi cuerpo. Aún no me atrevo a abrir los ojos. Tengo miedo. La salitre adherida a mis pestañas, y mis párpados casi sin fuerza, hacen que el esfuerzo sea casi baldío. Tengo ganas de orinar. Por fin veo algo de claridad. Sólo unas pequeñas ranuras.
He abierto los ojos de golpe. La verdad es, que ha sido todo tan real, que cuando la luz se ha hecho en mi mente, casi me dan ganas de llorar primero y de abofetearme después. Todo ha sido una desagradable pesadilla. Una horrible y larga pesadilla. Sin duda he cenado demasiado. Me levanto de la cama y sin calzarme las zapatillas, corro al baño. El frío de las baldosas ayuda a despejar mi mente aún turbia. La luz del amanecer entra por las rendijas de las persianas. Se me han quedado los pies helados. Vuelvo a acostarme. Mi mujer duerme apaciblemente. Me arrebujo junto a ella, a su calorcillo. Trato de darle la vuelta hacia mi lado para besarla y ahuyentar mi miedo, mi terrible miedo. Tengo que agradecerle que esté allí. Quiero que me rodee con sus amorosos brazos, me proteja y me reconforte. Ni siquiera se inmuta. Me quedo amodorrado cogido a su cintura, mi cabeza apoyada en su pecho. Ha pasado una hora, tal vez dos. Suena el despertador y ella lo para con los ojos aún cargados de sueño. Se levanta. Comienza a ponerse la bata. La invito a que se quede unos minutos más. Con un ademán harto conocido, se despereza. No parece escucharme. Se habrá levantado de mal humor. Debe de ser temprano. Quizá sea domingo. La verdad es que no sé en el día en que vivo. La llamo; silencio. Me levanto. Voy a la cocina a prepararme una manzanilla, tengo ardor de estómago. Aún tengo los pies fríos. Ella está en el baño. Cuando llega, le ofrezco una taza. Continua ignorándome. ¿Qué pasa? ¿Es que estás molesta conmigo? Silencio. Enchufa la cafetera, prepara el tostador, del frigorífico saca mantequilla y mermelada, retira la jarra con el humeante líquido y va a ocupar... la misma banqueta que yo creía estar ocupando
Me fue imposible volver atrás.

FIN

Este cuento también lo escribí para el concurso de Carreño y tuvieron a bien premiarlo. Gracias a los que lo leyeron.

4 comentarios:

su dijo...

Un claro ejemplo de arrepentimiento, hay que estar muy seguro para tomar ciertas decisiones, pues a veces no tenemos posibilidad de volver atrás. Un saludo.

Alfredo dijo...

Una de las cosas que me enseñaron en la "mili", fue aquello de... Adonde, por donde, como y cuando. Antes de tomar decisiones importantes hay que procurar recordar esto.

Marta C. dijo...

Querido Alfredo,antes que nada te diré que tu relato me ha emocionado, casi se me saltan las lágrimas.
Por otra parte, es un relato magnífico, tan bien narrado, las escenas son visuales, audibles. Esa lucha interna con dos voces opuestas, en fin Alfredo, no me extraña que te lo premiaran. Es un relato muy bien escrito, las palabras justas, los sentimientos profundos. Parece como si hubieras vivido algo así y te lo dice una que lo ha vivido. Sin embargo, entrando ya en el tema de las ideas, te comento que todos los siquiatras que me han tratado me han dicho algo que puedo certificar: cuando tomas la decisión NO HAY VUELTA ATRÁS, pero no en el sentido en que tú lo dices, si no en el sentido de que la mente se obnubila, dejas de ser tú y te posee un único pensamiento DEL QUE NO PUEDES ESCAPAR, aunque quieras. Por eso, la única solución ante una persona con tendencias suicidas es que la familia esté muy cerca y muy vigilante cuando creen que ha entrado en crisis. Te aseguro, Alfredo que no es una decisión libre. No decides tú, cuando la causa de tu dolor hace de tu vida una lenta agonía, no decides tú, cuando no puedes más, no decides tú. La mente enferma se apodera de ti y solo ves una salida, solo una. Y te juro que el sentimiento de liberación que se siente cuando crees que todo ha terminado es lo más parecido a la felicidad. Es muy difícil que alguien que no ha pasado por esa situación lo entienda. Y ahí es donde entran el cariño de los tuyos, su empatía y comprensión. Eso no tiene precio. De ahí mi relato de este jueves. Un fuerte abrazo, Alfredo y GRACIAS.

Alfredo dijo...

Marta C.

Yo vivo en un concejo que ha sido marinero por antonomasia y donde he pasado la mayor parte de mi vida. Me gusta la mar… y en esa mar, de este pueblo, hay quienes decidieron poner fin a su vida. Yo apenas sabía de estas personas; un hola y adiós, cuando te encontrabas con ellos, simplemente.
Año tras año, el Ayuntamiento venía haciendo un concurso de cuentos, y yo, ante algo que era importante; mucha gente leyendo, entrega de premios en la Casa de la Cultura o la Iglesia, pensé en escribir el cuento, tratando de que alguien con problemas, se diera cuenta, de que una vez cometido el acto, ya no hay marcha atrás. Que por una acción irremediable, alguien se iba a perder muchas cosas buenas.
Yo soy un chaval, pero me voy haciendo mayor, añoro todo cuanto en la vida he pasado; bueno o malo, y espero que así continúe siendo por muchos años.
Ánimo.