lunes, 15 de marzo de 2010

Leyenda Masai

Este es mi primer blog y estoy dando pasos cual niño de pocos meses. Por ello, volveré una y otra vez sobre esos pasos inciertos, hasta que aprenda a caminar. Lo de ayer fue una prueba, pero, por ahí van a ir los tiros. Voy a tratar de escribir cuentos y leyendas, unas veces propios y los más recopilados de libros que leí hace tiempo. De ahí el título "érase una vez" y que también podría ser el de "érase que se era", por que casi todos los cuentos comienzan de este manera. El "quizá" no es más que un deseo, para que muchas de las cosas buenas que se cuentan, sucedan.










La leona y el avestruz.
 
En cierta ocasión, una leona y una hembra de avestruz fueron madres al mismo tiempo. Sin embargo, mientras que los polluelos crecían y cada día que pasa tenían mejor aspecto, los desgraciados cachorro contrajeron la sarna. La leona, entonces, tomó la determinación de raptar a los saludables hijos del avestruz y cambiarlos por sus propias crías. La infortunada avestruz tenía verdadero miedo de la gran fiera y no osó protestar cuando encontró a los maltrechos leoncitos ocupando el lugar de sus verdaderos hijos. Pero tampoco deseaba prestarles sus cuidados y los abandonó hasta que murieron de hambre.
No sabiendo que hacer para recuperar a sus polluelos, la atribulada madre recorrió la llanura buscando a alguien capaz de ayudarle o que le mostrara una solución. Mas cada vez que preguntaba o pedía amparo, invariablemente, le respondían:
-No, no. Esos polluelos son de la leona.
No es necesario decir que la leona puede ser muy peligrosa si se lo propone; nadie tenía el valor suficiente para dar la razón a la hembra de avestruz y reconocer su maternidad. Así pues, caminó incansable, dirigiéndose a todo el que encontraba. Cuando halló a la mangosta, le repitió sus cuitas, perdida ya toda esperanza de encontrar remedio. Pero, sorprendentemente, lo que escuchó fue lo que sigue:
-Creo –dijo la mangosta- que tienes toda la razón. Te ayudaré a recuperar a tus hijos. Vuelve aquí mañana e intentaremos conseguirlo.
El avestruz partió con una chispa de ilusión alumbrando en su pecho, aunque, reconoció, bien poco podría lograr una mangosta frente a una leona.
Tan pronto dejó al gran pájaro, la mangosta comenzó a buscar un termitero con dos salidas. Al día siguiente comenzó a instruir al avestruz:
-Ve a tal sitio y darás con un termitero. Verás que tiene dos aberturas, una de ellas, en la punta. Cuando hayas localizado ese lugar, reúne a los animales y pídeles que vayan allí. Debo dirigirme a ellos ese es un buen emplazamiento.
Lentamente, las criaturas de la sabana se fueron congregando en el punto acordado. Cuando todos estuvieron presentes, la mangosta subió a lo alto del termitero y tomó la palabra. Expuso las quejas de la madre avestruz e invitó a los asistentes a tomar la palabra.
La mayoría prefirió guardar silencio. Algunos sí quisieron expresar su opinión, pero tan pronto abrían la boca, la leona gruñía quedamente, de forma amenazadora, clavando en el temerario una mirada mortífera. El así amenazado farfullaba algunas vaguedades, carraspeaba, se rascaba la cabeza y callaba, fijando la vista en el suelo con gesto mohíno. Nadie, al final, había osado hacer frente al asunto y opinar sobre los polluelos. Todos callaron. En ese instante, la mangosta habló:
-Me gustaría dar mi visión de este problema. Por descontado que resulta un asunto espinoso, pero creo que podemos llegar a un acuerdo.
La concurrencia observaba a la pequeña mangosta, todos se preguntaban adónde quería llegar.
Debo pediros –continuó- vuestra ayuda. Contestadme, por favor, a algunas preguntas. ¿Creéis posible que alguien con plumas tenga hijos con pelo?
La respuesta fue unánime.
-No, de ninguna manera, es imposible.
-Ahora bien, ¿Creéis que alguien con pelo tenga hijos con plumas?
-No, no tampoco, eso es posible.
Pues, entonces, la cuestión ha quedado zanjada. Podéis todos regresar a vuestra casas, Los polluelos son del avestruz, y no de la leona.
La leona furiosa al oír estas palabras, dio un gran salto para caer sobre la mangosta. Pero el ágil animal se metió por la abertura superior del termitero y escapó furtivamente por la segunda salida. La leona, rugiendo con furia, trataba de localizar a la fugitiva, pero no pudo verla. Concluyó que se había guarecido en el interior y determinó esperar allí hasta que saliera.
Se sentó, pues, en lo alto del termitero y allí aguardó durante días, hasta que el hambre la mató. La madre avestruz recuperó a sus polluelos. Y de esta forma acaba la historia.
 
 
 
 
 
 
 

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