viernes, 26 de marzo de 2010

Los Jibaros



Jíbaros Reductores de cabezas

Los españoles dieron el nombre de Jíbaros a un pueblo amerindio originario del altiplano ecuatoriano, que habita en Sudamérica en la cuenca amazónica. Forman comunidades tribales cuya economía se basa en la agricultura, la caza y la pesca. La unidad social básica es la familia, en su sentido amplio: viven agrupados en una casa grande, dividida en dos partes, una de ellas reservada a los hombres y la otra a las mujeres. Esta vivienda es parte de un grupo mayor de casas, cuya cohesión se basa sobre todo en los lazos familiares.
Pero por lo que son realmente conocidos y temidos como pueblo de guerreros belicosos, es por la practica del rito de la "reducción de cabezas" de sus enemigos.
Hacia el año 1450, el ejército inca de Tupac Yupanqui ataca una provincia situada en la actual frontera entre el Perú y Ecuador, al norte del río Marañón. Sus soldados sienten una violenta repulsión hacia aquellos indios de la selva: no sólo son feroces combatientes, sino también decapitan a los enemigos vencidos y reducen sus cabezas hasta que queden más pequeñas que sus puños.
Esta costumbre no tiene por único objeto hacer alarde de trofeos de guerra durante las fiestas tribales. Cada vez que matan a un enemigo, el guerrero jíbaro, conserva su cabeza que luego reduce para evitar que el espíritu del muerto, “el muisak”, vuelva para vengarse de su matador.
El complejo ritual, destinado a encerrar el alma del muerto en su propia cabeza, cuidadosamente reducida, comienza con la preparación de esta y dura varios días. Las ceremonias mágicas son de relevante importancia, alternándose con las operaciones manuales propiamente dichas.
Para la reducción de la cabeza, los Jíbaros primero cortan la cabeza de su adversario. Luego con un cuchillo se hace un corte desde la nuca al cuello, se tira de la piel y se desprende del cráneo, desechando el cerebro, ojos y demás partes blandas, además de los huesos.
El siguiente paso consiste en meter la piel en agua hirviendo a la que se añade jugo de liana y otras hojas, que evitan que se le caiga el pelo. Mantienen la cabeza sumergida durante unos quince minutos; ya que si lo hacen por más tiempo la cabeza podría ablandarse demasiado y posiblemente se pudra. Los párpados son cocidos para que el muerto no pueda ver lo que lo rodea. La piel endurecida se tiñe de negro para que su espíritu quede para siempre sumido en la oscuridad y los ojos y los dientes son lanzados en ofrenda a las anacondas de los ríos.
A continuación retiran la cabeza del agua, la que en este momento ya es de la mitad del tamaño original, y la ponen a secar. Una vez seca, se raspa la piel por dentro para quitar restos de carne y evitar el mal olor y la putrefacción y se frota por dentro y por fuera con aceite de carapa.
Después cosen el corte realizado en la nuca para extraer los materiales blandos y el cráneo. También cosen los párpados y la boca, quedando la cabeza como una bolsa, en la que se echa una piedra del tamaño de un puño o el volumen equivalente en arena caliente.
Finalmente la cuelgan sobre el fuego para desecarla poco a poco con el humo, a la vez que se le va dando forma al cuero con una piedra caliente. En este proceso la cabeza acaba por reducirse. Luego se retira la piedra o la arena y se tiñe la piel de negro.
Una vez que el ritual ha terminado, se hace un orificio en la parte superior de la cabeza reducida, por el que se introduce un lazo. Luego, el tsantsa es envuelto en una tela y guardado por el guerrero en una vasija de barro. La operación dura en total seis días.
A partir del siglo XIX, los jíbaros comenzaron a intercambiar las cabezas reducidas por objetos y armas. Los traficantes revendieron los trofeos en Europa, donde se convirtieron en curiosidades buscadas por los coleccionistas y los museos. Hoy en día las comunidades de jíbaros, nunca totalmente pacificadas por los blancos, tienen guerras periódicamente. Se dice que se han seguido reduciendo algunos muisaks, a pesar de las severas leyes ecuatorianas y peruanas sobre esta materia

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