domingo, 21 de marzo de 2010

Merejo


- ¡Merejo! ¡Merejooo!
- ¡Va!
- ¡Merejo! Hay un cliente que te aguarda en el reservado.
- Ya voy, ya voy. ¡Puñeteros! Cuando uno está tan ricamente tomando un trago, siempre aparece alguien a fastidiar.

Salió tras la mesa de mármol del rincón, y apurando el vaso cogió la caja dirigiéndose a la estancia contigua.

- Limpia. ¿Quién quería el limpia?
- Aquí, por favor...
- Puf, pues anda que no tienen barro ni na esos zapatos...
- Si así no fuera, seguro que no lo necesitaba. ¿Es que acaso le parece mucho trabajo?
- Pues verá usté, como pa tres pesetas.
- No le he preguntado el precio, solo le he dicho que si le parece mucho. Si es así, lo deja y en paz.
- Pues tie usté razón, mejor pa otro día.

Dio media vuelta y con paso vacilante volvió a su mesa, se dejo caer en la silla y escanció de la botella. No había bebido mucho; un cuartillo mitad blanco mitad tinto, pero para aquel canijo cuerpo alcoholizado, era más que suficiente. La modorra comenzó a apoderarse de él y en breves momentos quedó con la cara apoyada en la fría piedra, dormitando.

- Oye Tomás, dile a Merejo que se vaya a dormirla a otra parte.
- No molesta patrón, y ya me está cogiendo manía. Siempre soy yo el que lo echa...
- Anda, anda. Déjate de monsergas. Que más da que té coja manía, ¿o acaso le tienes miedo?
- Pues no estaría yo muy seguro. Como hombre no tiene media bofetada, pero ya sabe quién es, y lo mismo te busca un lío.
- Esos que cuentan por ahí no son más que bulos. No hagas caso.
- Tiene razón el chico, Damián. Este chivato sería capaz de vender, si lo tuviera, a su propio padre por un vaso de vino.
- Mira Félix, quien es creemos saberlo todos, pero la policía lo sabe mejor que tú y que yo y ten por seguro que por mucho que les cuente, ya no le hacen caso.
- Ya sabes que más de uno está entre rejas por su causa, y alguno en el cementerio.
- Eso fue cuando la guerra, y no está probado.
- Ya, ya. Por eso se convirtió en un borracho; del remordimiento que le corroe las entrañas.
- Si todos los borrachos lo son por denunciar gente, yo, o no vendería un vaso de vino, o estaría rico. Y ambas cosas por conciencia.
- ¿Como?
- Si coño, si tuviera conciencia, no lo vendería, y si no la tuviera, a todos serviría. Son muchos los borrachos de la ciudad a los que no atiendo, y no son confidentes. Ya sabes que los echo de aquí.
- Es cierto, a todos... menos a este. ¿Acaso tu también le tienes miedo?
- Este desgraciado no tiene donde caerse muerto, y son muchos los años que por aquí trabaja. Además, nunca da la tabarra, se limita a hacer el poco trabajo que le mandan, a tomar su cuartillo y si acaso echar una cabezada sobre la mesa.
- Merejo, Merejo. Venga ya, que es hora de cerrar. Vete para casa.

Se izó lentamente. Los ojos entre somnolientos y vidriados decían a las claras lo mucho que la luz lo afectaban. Un rebelde mechón de su lacio flequillo le caía sobre la frente. Se limpió la comisura de la boca con la grasienta manga de la chaqueta, cogió la mugrienta boina del banco y la caja de los bártulos, y marchó hacia la puerta. Su menuda figura se perdió dando bandazos en las sombras, mal iluminadas por las pobres, escasas y desnudas bombillas de la calle.
Al día siguiente, al oscurecer, llegó al bar aquel con corte de señorito a quien Merejo no quiso limpiar los zapatos. Pidió una cerveza y preguntó si era hora de cenar.

- Siempre es hora de comer en esta casa. Pase al reservado y le atenderán. ¿Usted es forastero verdad?
- Sí señor.
- ¿Madrileño?
- Pues sí.
- Y si no es indiscreta la pregunta... ¿a qué se dedica?
- La pregunta es indiscreta, pero no tema, no tiene la menor importancia. Soy veterinario y estoy haciendo una inspección de toda la cabaña de la provincia. Estoy en la pensión "La Estrella" y si la habitación es buena y me gusta, no lo es así su cocina. Sin duda preferiré la suya si el olfato no me engaña.
- Gracias por el cumplido, ya verá como no le defraudamos, ah, y perdone la intromisión. Ya sabe que los provincianos somos curiosos...
- Lo que no me gustó mucho ayer fue el limpiabotas. ¿Es siempre así de trabajador y respondón?
- No se lo tome a mal. Cuando hace un trabajo y tiene alguna perra, lo primero es el vino. Es su comida y su cena. Solo vino. De eso se mantiene. Tiene mala fama, pero es un pobre hombre amargado.
- ¿Acaso le dejo la mujer?
- Eso no sería lo más malo. Muchos dicen que todo comenzó por que denunció a su hermano que era republicano significado y perseguido. Lo cogieron y lo fusilaron a poco de acabar la guerra. Todos lo culparon a él ya que cuando Fidel - que así se llamaba - estaba huido, Merejo recibió tantas palizas, que al fin cantó y dijo donde estaba escondido. Yo no lo creo, lo que pienso es que en un golpe de fortuna la policía cogió a Fidel, luego hicieron que pareciera que Merejo lo había delatado y la mala lengua de la gente hizo el resto, al culparlo, lo destrozaron.
Fueron muchas cosas juntas; las palizas, la muerte del hermano y las acusaciones. Mas tarde algunos vecinos fueron a parar a la cárcel por lo que también le cargaron el San Benito. ¿Por que? Solo por la vecindad. ¿Que culpa tenía él de vivir en un barrio obrero, donde la mayor parte estaban afiliados a un sindicato, o eran comunistas?. Ninguna. La policía, que como se suele decir, no es tonta, los descubrió y poco a poco fueron cayendo todos.
Mientras el Fidel estuvo preso, fueron muchos los que a Merejo vieron entrar y salir del cuartelillo esposado. Lo detenían con cualquier excusa y eso fue suficiente para acusarle de chivato ya que daba la fatal coincidencia de que lo llevaban al cuartel y zás, redada. Uno o dos para el talego y él, a la calle con los morros hinchados. Así se le creó la fama de confidente, tal vez alentada por la misma policía a la que les interesaba tener atemorizado aquel barrio. Este pobre se fue dando a la bebida y así está, alcohólico perdido.
- ¿Y usted no tiene miedo?. ¿No teme que él u otro le denuncie?
- ¿Yo? Pues no señor. ¿Que hago yo? Tengo fama de decir siempre lo que pienso y no me caso ni con unos ni con otros. Hasta ahora todos me han respetado y es que en verdad, si hay que repartir leña, a todos doy por igual. Lo que está bien, bien está, y lo que está mal, mal está.
- Hombre, hablando del rey de Roma...
- Usted cree que si le mando que me limpie los zapatos, ¿lo hará?
- Sí. La que cogió por la mañana ya la ha dormido. Espere...
- Merejo, tienes aquí un cliente.
- Gracias Damián. Si señor, si quiere un buen servicio, nadie como Merejo maneja la bayeta y el betún. Haga el favor de sentarse.
- Desde luego no parece usted el mismo de ayer.
- ¿Por que me lo dice?
- No quiso saber nada de mi calzado.
- Sería que estaba cansao. Es que estoy malo de la espalda, sabe usté. La verdá es que tampoco mácuerdo. También me falla la memoria desde que me pego un vagón en la cabeza con la topera.
- Lo siento...
- Bonitos zapatos sí señor. Estos son de buena piel y buena suela. No como los que se ven por aquí. Le van a quedar que ni de charol.
- ¿Da para mucho el negocio?
- Ná, pa ir tirando ná más. La mercancía cuesta de encontrarla y los clientes de aquí solo quieren un servicio a los sábados o a los domingos de mañana. Y no mucha gente. Menos mal que ya llega el verano y empiezan a venir los turistas. Los franceses traen buen calzao y dan propina, pero los ingleses son tacaños y se calzan con cartón y plexiglás. Luego están los que como uste vienen a negocios. Suelen ser madrileños y les gusta ir siempre relucientes. ¿A que he acertao en lo de los negocios y lo de los madriles?
- Básicamente si que ha acertado.
- Es el oficio, sabe uste. Pocos me se despintan, y no por la cara que casi ni les miro, solo por los zapatos y por el tono de la voz. Si cambia el pie, le doy betún al otro. Es que los zapatos hay que quitarles bien el polvo y el barro lo primero, por que si no el betún lo tapa y cría una costra que además de fea, pue dañar los cosíos. Luego se le da el betún a un zapato y luego al otro, así se va empapando el cuero, y después cepillo y mucha bayeta pa que brille y elimine los restos.
- ¿Por que le llaman Merejo?
- Mapellido Merediz, pero como me gusta el vino, alguno empezó a decir... del pellejo... directo al Mere... jo. Pa que rimase sabe uste. Y así me quedó Merejo. Ya no me importa. Casi nadie sacuerda y toos creen que es mi nombre.
- ¡Damián, ponme la media que ya acabo! ¿Va a estar mucho por aquí?
- Un par de meses. Tendrá trabajo casi a diario si lo hace bien.
- Descuide uste, no soy de los que le dan el betún a los calcetines, y pa brillo, de lo mejor. Solo trabajo con las mejores ceras y tintes. Ya lo verá si le cojo de cliente. Tamien le puedo vender tabaco americano a buen precio. ¿Usté a que se dedica?
- Soy veterinario.
- Pues aquí hay mucho ganao, mucha caballería y muchas ovejas. Tendrá coche o moto, por que sinó se va a destrozar muchos zapatos por los caminos...
- Si, tengo el coche oficial.
- Coño, entonces que es, ¿del menisterio?
- Sí, del de agricultura.
- ¿Y que coche le han dao?
- Un Balilla.
- Aquí hay dos tasis desa marca. Tamien hay un once ligero y una rubia. Pocos particulares tienen coche, a lo más motos y bicis. Listo, son dos pesetas y la voluntá.
- Tenga dos cincuenta por esta vez y a ver si mañana hay descuento.
- Oiga señor veterinario, ¿va a ir al cuartel de la policía a revisar los caballos?
- Pues sí. Aunque ellos tienen su propio equipo, he de hacer un informe.
- ¿Conoce a alguien allí?
- Por que, ¿acaso necesita una recomendación?
- ¿Me la pue dar?
- Depende de lo que se trate.
- Ya le contaré un día destos. Tengo un poblema serio.
- Pues nada, si está en mi mano y se hace acreedor a ello...
- Oiga, que si hay que presentar el certificao de buena conduta... de lo hablao ná.
- No será para tanto. ¿Acaso es mala gente?
- Según se mire. Si se cree lo que cuentan...
- Yo solo me guío por mis propias conclusiones y no por los cuentos y habladurías de los demás.
- Entonces le he de contar una historia. La de mi vida. Así podrá juzgar.

Merejo limpió a diario durante un par de semanas los zapatos del madrileño. Hablaban de cosas diversas y ninguno volvió a tocar el tema del primer día. Ambos esperaban conocerse mejor. Una tarde, solos en el reservado, sentado en el banquillo y afanado en su trabajo, el limpia se decidió a abrir su alma al forastero.
- Tenía yo un hermano más pequeño, Fidel, se llamaba. Era un mecánico cojonudo que lo había mamao desde crío. Yo le ayudaba, ¡Hecha grasa aquí! y yo la echaba, ¡Trae la lleve inglesa!, y yo la llevaba, ¡Ten aquí!, y yo tenía, ¡Limpia aquello!, y yo lo limpiaba. Solo eso por que siempre había estao destripando terrones y no sabía na.
- En un local junto a la casa teníamos el taller y trabajábamos mucho. Reparábamos coches y camiones, pero sobre todo, maquinas pal campo, rejas de arao y to eso. Al Fidel le comió el coco uno que decía que era viajante de maquinaria y sapuntó a la CNT. Eso era antes de la guerra. Yo le decía que no se metiese en líos, pero no macia caso. Aquí, no siendo unos cuantos del barrio toos eran de derechas. Luego, cuando empezó el jaleo, hacía bombas caseras y lo descubrieron pero se pudo escapar. Se tiró al monte con la intención de pasar las líneas. Yo le llevaba de comer cuando podía y algo de ropa. Tenía que tener mucho cuidao porque me vigilaban. A mí me dieron unas cuantas zurras y estuve preso. Nos quitaron el taller porque como él no trabajaba y yo no sabía hacer na, debíamos dinero. Un día me llevaron pal cuartel, me metieron en una celda y me dieron de palos que gritaba como loco. Toos los que estaban encerraos moyeron. Por la mañana metieron a mi hermano conmigo; lo habían cogio antes deque a mí en un pueblo cercano. Llamaron por teléfono diciendo que lo tenían. Los muy cabrones lo hicieron a propio intento, me soltaron con la cara toda hinchada y dos costillas rotas. La gente pensó que a él lo habían cogío por que yo les dije donde sé escuendía. ¡Mentira podrida!. Los vecinos comenzaron a darme de lao. Me sentó mu mal y empecé a beber más de la cuenta. Me tuve que agarrar a la caja y al cepillo pa limpiarle las botas a los que nos habían jodío. Si nó... no comía. Luego le salió el juicio y le echaron tres penas de muerte. Decían que por su culpa murieron que sé yo cuantos. Recién acabada la guerra lo fusilaron. Hasta ahora diez años después, me siguen llamando al cuartel. Yo no tengo, ni nuca he tenío na que decir. Ellos lo saben, pero así los que me conocen cuando están en el bar dicen... ¡cuidao con lo que dices que está ahí el Merejo!. Como ando por tos los laos, la gente sacojona. ¡Vete a saber a cuantos les han hecho lo mismo!. Lo malo es que él que peor fama tengo, soy yo.
- En verdad que si es cierto lo que me cuenta, es una canallada. Hablaré con el jefe de policía y veré lo que puedo hacer para que no le molesten más. ¿Es eso lo que quería?
- Sí señor, muchas gracias. Se nota ques usté de carrera, lo ha cogío al vuelo.
- Oiga una cosa, usted ¿no es también un poco rojo?
- Mire usté, yo nunca me metío en política, pero desde que pasó aquello, les tengo una inquina que no les puedo ver. Si pudiese hacer cualquier cosa con tal de Jod... fastidiarles...
- Cualquier cosa... ¿cómo qué?
- No sé... algo que sirva pa luchar en contra de tos estos sinvergüenzas que nos han destrozao la vida. Sería una buena revancha y así me desquitaría.
- ¿No lo dirá de boquilla?
- Uste no me conoce, no sabe la mala leche que tengo...
- ¿No se rajará si le aprietan?
- Posiblemente, si me quitan el vino. Pero nunca por los golpes que me den. Ya estoy curtío.
- ¿Le interesaría un trabajillo para realizar con discreción?
. ¿Cómo cual y para que?
- Sería el principio de esa revancha que tanto anhela
- ¿Y que tendría que hacer?
- Oír, contar lo que oye, repartir propaganda...
- ¿Y se van a fiar de mí, con la fama que tengo de chivato?
- Precisamente por eso puede ser muy útil a la causa. Nadie pensará que hace el doble juego.
- ¿Y si memborrachan y macen cantar, o si pierdo los papeles y me cogen?
- Me parece que esa gente ya no está interesada en lo que pueda decirles, no obstante, no se preocupe; solamente me conoce a mí y solo a mí conocerá. Si consciente o inconscientemente me delatara, yo sabré arreglármelas para que nada nos suceda... o me suceda. ¿Entiende? En cuanto a lo de perder los papeles parece algo más problemático, pero procuraremos que eso no suceda.
- Ósea: que si me chivo, lo paso mal, si no es mi culpa o semescapa, me defiende.
- Exactamente. Se nota que no es de carrera, pero la ha cogido al vuelo. ¿Acepta?
- Un momento, ¿Y pa quién trabajamos?
- De momento mejor es que no lo sepa, diremos simplemente que lucharemos como buenos camaradas contra el régimen establecido.
- Eso de camaradas me suena a fascio...
- ¿Acaso los compañeros de su hermano no se trataban también de camaradas?
- ¡Ah claro, seré burro!. Si señor, estamos de acuerdo, esta es mi palabra y esta mi mano, ¡Chóquela!

Los pastores que con un zoquete de pan y un trozo de tocino trabajaban del alba al ocaso, eran el caldo de cultivo en que se movía el veterinario. Vaqueros, peones del campo y todos aquellos que por un miserable sueldo o un mal rancho, doblaban el espinazo sin vislumbrar tiempos mejores, oían con esperanza las palabras de aquel hombre culto
Muchos apenas si sabían leer, pero él les hizo ver la necesidad de aprender para poder estar a punto el día en que comenzase la revolución y de nuevo dejasen de estar sojuzgados. Él puso la semilla que fue germinando dentro de su pecho e hizo que sus ansias de libertad e igualdad un tiempo dormidas en muchos de ellos, renacieran nuevamente.
No les dio tiempo sin embargo a llevar a cabo ninguna acción revolucionaria. Apenas si formaban un grupúsculo que a lo más que llegaban era a ayudarse mutuamente en las fatigas cotidianas. Reuniones secretas, como es de suponer, donde acordaban reivindicar algunas mejoras en su precaria existencia y que de poco les sirvieron. Planes y adoctrinamiento que se vinieron abajo de la noche a la mañana.

- Coño, Damián, ¿no decías que el Merejo era un pobre desgraciado? Menudo lío le ha buscado al veterinario. Se lo han llevado para Madrid con las manos esposadas a la espalda, y acordándose de todos los muertos del cabrito que ahora está en el hospital con el delirium.
- ¿Que me dices Félix?
- Que el Merejo, le contó a la poli, que el madrileño era además de veterinario, del partido comunista y que repartía propaganda. Le cogieron una maleta llena de ella en la Estrella.
- ¿Y como sabes que ha sido Merejo?
- Por que el maldito borracho en su loca demencia no hace más que gritar a voz en cuello... "Ya cayó otro, ya cayó otro"

Merejo se murió en el hospital no sin antes tomar una media de vino mitad tinto, mitad blanco. Era su última voluntad y los médicos que lo habían tenido de secano durante una semana, no acertaban a comprender como aquel brebaje lo resucitó. Fueron solo unos días. Después, reventó.
Lo que nadie llegó a saber nunca, fue que él jamás delató a persona alguna. Aquella cantinela que una y otra vez repetía en su delirio, no era jactancia, era por todo lo contrario a lo que se imaginaban. El "Ya cayó otro" no era un grito de triunfo. Era el amargo grito de aquél que sabía que le imputarían uno más en la lista de supuestas delaciones. Uno más por el cual el tabernero Damián, no llegaría a pagar jamás como no lo había hecho por los anteriores, ni lo haría por los posteriores. Él era el lobo con piel de cordero que escudándose en sus falsas críticas al poder, y en la cínica defensa del débil, llevaba a la muerte sin remordimiento alguno a todos aquellos que solo deseaban un mundo más justo.
Fin
Candás 20-7-92

No hay comentarios: