lunes, 29 de marzo de 2010

Pueblos. El porqué.




Ayer, cuando mi hija y yo comentábamos sobre los blogs en internet, surgió la pregunta ¿porqué el nombre de pueblos?. A la sazón ella aún no había entrado en el que yo preparo y por tanto no sabía de que iba el asunto. Tras comentarlo, me di cuenta que este tema necesitaba una explicación y hoy vengo con ella.
A mí me llaman poderosamente la atención otras culturas, otros países, otras razas. Me causa admiración como pateros, moros, sudacas, espaldas mojadas, blancos, negros, amarillos, cobrizos, del norte, del sur, del este u el oeste son capaces de adaptarse a los lugares a los que emigran.
No quisiera que al decir moro, sudaca etc., se entendiese como peyorativo. Nada más lejos de mi intención, lo hago al igual que entiendo lo hacen los argentinos, que a todos los españoles nos llaman gallegos, aunque uno sea de Albacete. Ni ellos tratan de ofender, ni nosotros nos damos por ofendidos. Una vez aclarado esto último, os diré el porqué de mi admiración.
Cuando yo era niño y hacía el bachiller, en tercero y cuarto, estudiaba francés. Dos años. Apenas si me quedaron en la mollera un par de palabras, y eso que empecé a cartearme con una chica. Por entonces esto estaba de moda; una asociación nos ponía en contacto, tratando de fomentar ambos idiomas. A decir verdad la cosa no funcionó porque yo, que escribía en francés, debía de recibir respuesta en español. Sin embargo la chica lo hacía en su idioma. A la segunda misiva recibida opte por no volver a escribir, no entendía la mitad de las cosas que me decía. Más tarde, comencé una carrera técnica y me tocaron otros dos años, esta vez de ingles. Tampoco en esta ocasión fui capaz de aprender cuatro palabras seguidas y los exámenes los saqué de chiripa.
Esta no facultad mía para aprender otro idioma, hace que vea a los emigrantes con esa admiración de la que llevo hablando un rato. Chinos, senegaleses, rumanos, marroquíes, búlgaros, pakistaníes… Tal vez si yo hubiera vivido en Alemania, Grecia o cualquier otro país aprendería… lo dudo. Es cierto que muchos de esos emigrantes tienen estudios, pero la mayoría de ellos no los tienen y aprenden rápido.



Mi abuelo paterno tenía un bar. Recuerdo que cuando era muy pequeño, tres o cuatro años, a ese bar acudían a tomar el té los moros que Franco trajo para la guerra. Mi abuelo encendía la chimenea y ellos permanecían sentados a las mesas comiendo cacahuetes y hablando de sus cosas. Yo tenía un amigo; Blancanieves. - así lo llamaban en casa, tal vez por que era más negro que un zapato- que me sentaba en su cuello y me desgranaba el maní para que fuera comiendo. A pesar del miedo que la gente decía que daban, a pesar de la culera del pantalón donde parece ser que guardaban a los niños, yo nunca tuve miedo.
Quizá ese roce, aunque no pudo ser muy largo en el tiempo, con aquellos cabileños, pastores, nómadas o agricultores, me creó una especie de vinculo afectivo con todos los emigrantes, con sus pueblos, con sus culturas…

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