miércoles, 21 de abril de 2010

El españolito. (parte I de V)

Este cuento que he dividido en cinco partes, lo escribí hace mucho, mucho tiempo. Lo hice como agradecimiento a mi suegro, mejicano de nacimiento, hijo de español y mejicana, que fue quien me animó a ello. Él, ganador de varios premios a nivel local y finalista de novela a nivel nacional de uno prestigioso, era un hombre con apenas estudios, pero que supo transmitir a los demás, el amor que sentía por la tierra que le vio nacer.




El españolito.

¿Qué pueden sentir unos padres, cuando ven partir a un hijo con trece años, a "hacer las Américas"? ¿Qué puede sentir el hijo, al dejar toda su familia y embarcarse en esa aventura?
Tal vez por sus mentes haya pasado por un instante... "es una boca menos a alimentar". Once hijos son muchos, y el salario escaso. Algo menos de hambre, algo menos de miseria. Pero es sólo eso, un instante. ¡Cuan lejos se va! ¿Qué será de él?, ¿Volverán a verlo?, ¡Es tan niño!
¿Y él? ¿Qué piensa, qué siente?
Temor ante lo desconocido, sed de aventuras, afán de ganar dinero para ayudar, pena infinita viendo a la madre llorar.
Vicente Canga Argüelles, salió de su humilde casa con la mejor ropa en un pequeño morral. Un raquítico traje y botas de suelas de cartón, una camisa, una muda, algunas monedas que con esfuerzo juntaron padres, familia y vecinos, y un pasaje para el vapor de Argentina. Va andando desde Villaviciosa a Gijón, para ahorrar los reales de la diligencia. Zapatillas de esparto, chaqueta raída, negra boina y vara en la mano para ayudarse en los caminos. Embozado en la amplia bufanda, camina en aquel frío mes de marzo de 1899.

-Buenos días, señora. ¿Podría darme un poco de agua?
-Pasa nin, pasa. ¿Onde vas per estos caminos?
-Voy camino de Gijón, para embarcarme rumbo a la Argentina.
-¿Tú solín, fíu?
-Sí señora.
-¿Cuántos años tienes rapacín?, ¿Nun yes muy joven?
-Tengo catorce.
-Tendrás fame y fríu, pasa, pasa y arrímate al fueu ¿Quiés un poco lleche, con pan y manteca?¿Tiene pan?
-¿Nun lu quiés?
-Sí, sí. Es que casi nunca lo como. En casa sólo entra la borona, pero pan blanco...
-Espera un poco, que con lo flaquín que tás y el camín que aún te falta, voy date un güevu fritu.
- No se moleste señora...
- Yes demasiao educau rapaz y merez que faigas fortuna, pero nun seyas remilgosu que quien sabe lo que tendrás que pasar. ¿Onde aprendisti a falar asina?
- Gracias señora. Tengo un tío que es cura párroco.
- Pues podía él ayudáte..
- Ya me ayudó, señora. Pero sobre todo en la enseñanza, para otra cosa, tampoco a él le llega.
- Vaya por Dios que tiempos. Voi dai una voz al mi paisano pa que te acerque un pocoñin en la mula.
- Cislooo... Cislooo... Ven p’acá que vas llevar na mula a esti rapaz que marcha pa l’abana.
-¿Tan lloñe t’animaste a dir?, Que‚ ye, ¿qué tienes parientes ellí?
- No señor. Sólo un conocido que me dará trabajo. En cuanto aprenda el oficio, me estableceré‚ por mi cuenta y llamaré a mi familia. Aquí sólo se malvive.
-¿Lleves algo pa comer?
-Sí señora. Llevo borona, tocino y nueces.
-Voi date unos choricinos y un peazu xamón. Lleva tamien estí pan y voy metete un poco miel n’esta frasquina. Asina únteslo pola mañana pa desayunar.
-Gracias señora. Muy agradecido. Ahora, tengo que marcharme. Quede usted con Dios.
-Que él te acompañe.

Vicente llega a finales del mes de marzo a Buenos Aires. Ha dejado atrás veintiún días de navegación. Ha acabado el pan, la borona, los chorizos, el jamón, las nueces... todo lo que llevaba y que con tanto celo ha ido tasando, pues las raciones del barco, como aquella mujer le vaticinó, eran escasas.
La Argentina vive días prósperos. La población va en aumento y la expansión industrial hace que el nivel de vida sea alto. Son tiempos peligrosos no obstante ya que la estabilidad política ha sido hasta ahora precaria.
Vicente aprende rápidamente en el colmado donde trabaja. Reparte los mandados, despacha comestibles y aperos. Duerme en el mismo almacén y come en la trastienda. No hay sueldo, sólo la alimentación y un jergón. Esta es una situación corriente y aceptada por casi todos los que tienen la suerte de encontrarla. Alguna propina pasa a la bolsa que lleva colgada al cuello, pero va a ser ayudante del encargado y a conocer las telas. Es el puesto más codiciado. Mejor vestimenta, ya hay sueldo y pronto podrá instalarse en una pensión. Llega a ser el preferido de las señoras por su buen gusto y amabilidad. Las damiselas le miran a hurtadillas escondidas tras sus madres. El leve vello del labio superior, va dando paso a un ralo bigotillo. Se ha comprado sus primeros botines, ha cambiado la gorrilla por el sombrero, y ya nunca abandonará el flexible bastón.


Cuatro años han pasado desde que llegó, y ya es socio del dueño. El buen hombre no ha tenido más remedio que rendirse a la evidencia; era el que más y mejor vendía, el que llevaba las cuentas. Por su entusiasmo, sus maneras, su talante innovador. Antes de que fuera a establecerse por su cuenta, prefiere verle como aliado a competidor.
Hasta aquí, todo parece coincidir con los relatos que de algunos emigrantes tenemos. Un sabor rancio y añorable se desprende de sus andares y su existencia nos parece casi conocida. Es similar a la de tantos otros, unos llegaron a hacer fortuna, otros... se diluyeron en las masas, llevaron una existencia anodina, o nunca más se supo de ellos. Vicente sentía dentro de sí una inquietud desmesurada. No se conformaba con aquella vida, ya cómoda, que llevaba. Sentía la necesidad imperiosa de conocer aquél vasto mundo donde había ido a parar. Atrás quedaron aquellos años de la infancia sin salir de su aldea, y sin tener siquiera la ocurrencia de que ello fuera a ser posible. Está pensando en recorrer todo el mundo que sea capaz.

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