miércoles, 21 de abril de 2010

El españolito. (parte II de V)

Ha vendido su participación en el almacén. Ha cargado una gran carreta de infinidad de artículos con los que piensa comerciar, y se ha subido decidido al pescante, arreando sus cuatro mulas. Botas altas y flexibles que sobre el pantalón anuda con un cordón bajo la rodilla, chaqueta amplia que deja ver en ocasiones la cartuchera de la que pende la canana y el revólver. Sombrero amplio sujetado por el barboquejo y carabina a la espalda. Su más preciado tesoro, va en el fondo de la carreta, dos cajones, uno con munición y otro con armas cortas y largas. Lleva además algo que cree va a ser muy apreciado; cerillas y cantidad de frasquitos de potingues. Pero lo que más estima y en lo que más confía, es en su valioso cuaderno. Allí tiene anotadas infinidad de recetas recopiladas de los diarios o de las mismas clientas y que con su menuda y estilizada letra ha ido llenando día a día. Consejos médicos, de belleza, de limpieza, carpintería, cocina, conocimientos geográficos y rústicos... Ningún tema ha quedado sin tocar. Como compañero y ayudante ha contratado a otro español venido como él a hacer fortuna. Se va a convertir en uno de los muchos buhoneros que recorrieron arriba y abajo todas las américas.
De aquella Buenos Aires que ya iba asentándose como capital federal de la nación, se dirigieron hacia Rosario. Vicente tiene diecinueve años recién cumplidos y su ayudante diecisiete. Podían hacer el trayecto en barco, pero de lo que se trataba era de comerciar y conocer. Van a seguir la línea de ferrocarril que se está construyendo a Córdoba y Santa Fe. El largo trecho de trescientos kilómetros, les depararían sin duda fatigas, pero también aventuras. Más, apenas iniciado el viaje, una carta llega a sus manos. Se ve obligado a malvender todos sus artículos y aperos para regresar a España; su madre gravemente enferma lo reclama a su lado. Aunque todas sus ilusiones se ven truncadas en un momento, prepara velozmente el viaje para tratar de recoger el último aliento de la que le dio el ser. No lo consiguió y llega solamente para el entierro.
Han pasado apenas dos años y de nuevo se va a embarcar. El capital traído, ha menguado considerablemente en este tiempo de casi inactividad total y ayudando a los suyos. Ha comprado alguna tierra y una pequeña casa donde los que quedan vivirán algo más holgadamente. Apenas si ha dejado lo suficiente para el pasaje, por lo que prácticamente comienza de cero nuevamente. Pero tiene más edad y más experiencia. Esta vez su destino será Méjico para donde parte el 12 de noviembre de 1906.

El comercio de las telas que conocía, hace que no pase hambre y que vaya viviendo. Pero no es lo mismo que en la Argentina. El patrón es demasiado severo y no permite que ninguno de sus empleados intimen lo más mínimo con la buena clientela. Cuando, en más de una ocasión, una señora reclama los servicios de tal o cual, le da una disculpa y hace que otro la atienda o lo hace el personalmente. Esa política no gusta a Vicente por que ve que así nunca podrá medrar. Pide la cuenta y se va. Ira alternando trabajos y lugares hasta llegar a los Estados Unidos, y un día de 1910, trabajando en el ferrocarril en el desierto de Yuma, conoce la noticia de que Madero ha convocado al pueblo a una rebelión armada. Su afán aventurero le llama. Él, que nunca estuvo de acuerdo con los métodos represivos de Porfirio Díaz, va a tratar de unirse a la revolución. A decir verdad, no es solo el afán patriótico lo que le mueve, - solo lleva allí cuatro años - intuye que un tiempo nuevo ha de venir donde todo será mejor.

Su mejor amigo es un indio Seri de Sonora al que se conocía por Coyote-Casanova y que, siguiendo la antigua tradición, practicaba la caza y la pesca con suma destreza. Este hijo de la tierra, se jactaba, aunque solo en contadas ocasiones, de ser nieto de Dolores Casanova, hija de una familia de Guaymas que de niña fue raptada por los indios y que llegó a convertirse en la reina de los Seris por su unión con el shaman de la tribu. El bisabuelo Casanova había resultado muerto en la refriega del rapto a manos del Coyote-Iguana y no obstante, Lola le siguió hasta la isla de Tiburón donde tuvieron varios hijos. Uno de ellos fue el progenitor del amigo con quien Vicente iba a vivir aventuras y desventuras Era de estatura algo mayor a lo común de su raza, y al lado de Vicente, con su metro setenta, perecía un gigante. Vestía una mezcolanza de ropas por las cuales no se podía adivinar a que tribu pertenecía, y su mayor similitud era con los indios apaches. Mocasines y polainas de piel de gamo, pantalón de paño azul muy justo, con bordados a los costados y cortados por las rodillas; casaca de blanco algodón hasta medio muslo prieta en la cintura por un fajín rojo que le daba varias vueltas y cinta del mismo color sujetando los largos, negros y fuertes cabellos. Llevaba siempre y al estilo gaucho un largo puñal con mango de palo fiero tallado y que a velocidad inusitada sacaba cuando era necesario. Lo manejaba con tal habilidad, que era capaz de acertar una naranja a veinte pasos desde cualquier posición o postura. Hombre parco en palabras dominaba el español, el nahuatl, el zapoteco y el mixteco pues en su nómada vida había recorrido todo el territorio mexicano y parte del estadounidense.
Su amistad con Vicente nació como consecuencia de los los cuidados que este prodigó a su mujer en circunstancias adversas para ella. La india huichol Nakaweri, llamada así en honor de los dioses de la vegetación, vivía como todos los suyos apegada a sus tradiciones, pero siguió en su nomadeo a Casanova hasta un poblado cerca de Yuma nacido al amparo de unos almacenes del ferrocarril. Fue un largo peregrinar desde el norte de Jalisco para ir a morir en una tierra extraña víctima de la picadura de una cascabel.
Casanova había salido según su costumbre tratando cazar algo que le pudieran pagar bien en la cantina. Normalmente tardaba en volver tres o cuatro días, y en este intervalo, Nakaweri fue picada por el crótalo. Se arrastró en busca de ayuda desde su no muy lejana cabaña hasta el poblacho. Vicente la recogió, le aplicó un torniquete, sajó, chupó y escupió, pero todo fue inútil. El mal ya había progresado mucho y a pesar de las cataplasmas y los cuidados de Vicente, unas horas después de regresado el indio, murió.

Este vano esfuerzo por tratar de conseguir lo inevitable, le fue pagado a Vicente en forma de amistad incondicional por parte del indio, que ya nunca más se separó de él. Aquél hombre adorador del sol, la luna, la tortuga y el pelícano como todos los de su tribu y que decía que su raza era kunkaahac o raza madre, no tuvo inconveniente en seguir a alguien que carecía del linaje que él presumía tener.

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