martes, 20 de abril de 2010

El españolito. (parte III de V)

En principio, y para tratar de unirse a la revolución, habrían de recorrer muchísimo camino y esto solamente en si, ya era una aventura. Su punto de destino esperaban fuera Nuevo Laredo donde se unirían a las gentes que Madero pudiera haber reunido. Sin embargo...
Cargando con sus escasos bártulos llegaron a El Paso y de allí a Ciudad Juárez. La escasez de recursos era notoria por lo que trabajaron en todo lo que les salía; de friega platos, peones, muleros... pero con lo que iban a conseguir algún dinero fue vendiendo un elixir o tónico capaz de fortalecer y dar vigor al más decrépito de los mortales. Tres granos de peyote, un poco de tequila, azúcar de caña y algo de agua para rebajar, era la mezcla. Claro que sus efectos duraban poco tiempo y que sabedores de esto, cuando consiguieron reunir lo bastante para comprar caballos, se largaron lo más aprisa que pudieron. Aunque su intención inicial ya se había torcido, decidieron ir hasta Chihuahua donde un nombre comenzaba a sonar con fuerza; Francisco Villa. No llegarían allí sin que les sucediesen un par de aventuras que pudieron haber sido el colofón a tantas penalidades sufridas.
Cerca de Casas Grandes hallaron un arroyo de cristalina agua que caía por una cascada de diez o doce metros de altura formando una pequeña laguna. La pradera formada por la humedad casi la rodeaba y el aluvión dejado por la corriente se veía cual playa dorada. Algunos álamos, capulines y tecojotes daban sombra y servían de refugio a ardillas u onzas. Era el sitio propicio para descansar unos días. Quitaron las sillas a sus monturas a las que trabaron, apilaron algo de leña para la noche y decidieron darse un buen baño. Después comieron algo de cecina de venado y se tumbaron sobre la hierba. A media tarde, Casanova preparaba una lanza para tratar de pescar algunos peces de los que abundaban, mientras Vicente preparaba la fogata. El indio lanzaba hacia la orilla el pescado con tan pasmosa facilidad, que el español no resistió la tentación de probar suerte. Cogió la azagaya y guiado por la mano del experto, falló el primer tiro, también el segundo y el tercero, pero el cuarto no fue fallo a querer; fue una desviación hacia algo que brillaba en lecho. Removió y halló. En su mano una gruesa pepita de oro lanzaba su guiño al sol del atardecer. Salieron del agua mirándola con incredulidad hasta que plenamente convencidos de su suerte lanzaron un ¡Jujuy Chihuahua!
Comenzaba a amanecer y Vicente ya atizaba el fuego para hacer tortitas preso de la agitación natural en quién con toda seguridad espera hallar su placer, su dorado. Durante toda la mañana removieron todo el fondo del pequeño lago y casi no hallaron nada; seis u ocho granos no mayores que un garbanzo. Estaban un tanto desilusionados. Mientras comían, Vicente pensaba, Casanova estaba intrigado viendo a su amigo con el ceño fruncido y sin mediar palabra, cuando de habitual era parlanchín. De pronto, Vicente dio un brinco y se puso en pie.
- ¡En el centro de la cascada, Coyote! ¡En el centro de la cascada!
Se lanzaron allá con los platos de hierro, arrojaron la comida y comenzaron a excavar bajo aquella ducha. Pronto entre el cascajo comenzaron a sacar una y otra pepita hasta el total de setenta. Más de dos kilos lograron en aquel día memorable, pero ya no consiguieron más. El placer se había agotado. Aunque recorrieron el río arriba y abajo de la cascada y laguna, nada más pudieron encontrar. Se dieron por sumamente satisfechos y pensaron emprender la marcha a la mañana siguiente.
Apenas habrían cabalgado un par de horas por las escarpadas pendientes, cuando se vieron rodeados por unos indios de piel muy oscura. Los dos amigos llevaron con cautela sus manos a las armas a la vez que Casanova trataba de entablar conversación con ellos.

- Son Tarahumaras y odian al hombre blanco, mucho ojo Vicente.
Desmontaron y siempre con la mano sobre la culata de sus pistolas, les ofrecieron de la seca carne que llevaban y algo de licor. De inmediato se estableció una relación aparentemente amistosa y que a medida que transcurrían los minutos se notaba más verdadera. Les gustaron los caballos a los que acariciaban y con grandes risas les invitaron a ir hasta su poblado. No era este sino oquedades en la roca de la montaña y resguardadas las entradas de algunas de ellas por muros de adobe. Para subir o bajar solamente el tronco de un árbol con algunas entalladuras a modo de escalera. Algunos niños cuidaban de los pequeños rebaños de ovejas y cabras y alguna vaca. Poco tenían todos que compartir, pero lo hicieron. Comieron, bebieron y llegaron a la parte más importante del ritual; mostrar sus habilidades. Al son de un desafinado violín y un tambor de piel de cabra, entonaron una melopea ininteligible hasta para Casanova. El shaman tomó un poco de peyote y comenzó a aplicarlo sobre los amigos en la frente, brazos y manos y les colocó un grano bajo la lengua. Así conjuraba cualquier brujería que sobre ellos pudiese alguien verter. También les libraría del reumatismo y de otros males, y repelería a las serpientes.
Sin armas de fuego, admiraban los revólveres que los dos extraños llevaban al cinto. Uno de ellos, agarró una piedra, se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo utilizó como honda, acto seguido, invito al español a que hiciese puntería con su arma en el mismo sitio. Casanova sabedor de que ambos no eran muy buenos tiradores con el revolver, clavó en un poste, con una paja, un trapo no mayor que una moneda de dólar. Se distanció quince pasos y dándole la espalda, se volvió tan rápido como pudo lanzando su cuchillo. La diana fue festejada por Vicente con varios disparos al aire y con un griterío de admiración por parte de los indios. Uno de los viejos quiso apostar entonces, a que su hijo era capaz de ir y volver hasta el gran desierto en ocho días. La distancia era de más de quinientos kilómetros lo que suponía un total de mil entre la ida y la vuelta. El medio de transporte, las piernas.
Jugadores por naturaleza unos y otros apostaron; ovejas contra cabras, vacas contra caballos... todos querían participar en la fiesta. Se formaron dos equipos de diez corredores cada uno, que traerían como prueba, aquel cactus alucinógeno del color de la tierra del gran desierto. Los Rar'muri, o gentes de pies ligeros, siempre dispuestos para la prueba no habían probado aquella especie de cerveza de maíz llamada tesguino. Algunos, tratando de mejorar su espíritu, fumaron tabaco mezclado con tortuga seca y sangre de murciélago y al día siguiente partieron dándole patadas a la bola de madera del ritual.
Durante siete días Vicente y Casanova ayudaron en las tareas propias de la colectividad. Habían apostado sus caballos más por imperativo que por el afán de quedarse con sus miserables cabras. Cazaron, recolectaron, pastorearon y enseñaron a las mujeres la forma de hacer y de utilizar el jabón. Los parásitos desaparecieron como consecuencia de lo mucho que les llegó a gustar, lavarse la cabeza unas a otras. Con ello además, aquellos groseros cabellos cortados a cuchillo, se volvieron sedosos.
Antes de cumplirse el plazo indicado, comenzaron a llegar los corredores. Increíblemente cierto fue que perdieron los caballos en la apuesta contra el viejo. Su hijo llegó de los primeros. Los que perdieron sus animales no mostraron mayor enfado; otra vez los ganarían, pero nuestros dos incautos tendrían que hacer el resto del camino a pie. Para evitar esto, Vicente llegó a un acuerdo con ellos; les comprarían los caballos. De una bolsita que llevaba al cuello y en la que previamente había introducido cinco pepitas de oro, extrajo cuatro. Se las mostró al anciano. Aunque este no quería desprenderse de los animales, cedió ante las atenciones que ellos habían tenido con toda la tribu y porque además redondearon la compra con una de las dos carabinas que tenían. La otra pepita se la entregó al shaman que queriendo corresponder les entregó bastantes provisiones para el camino.

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