martes, 20 de abril de 2010

El españolito. (parte IV de V)

Pronto iban a tomar contacto con la revolución. Dejaban atrás la llanura de pasto amarillento y los nopales que crecían juntos y temerosos de su soledad para comenzar a ver algún Pirúl y grupos de Magüelles de hojas gruesas y puntiagudas.
Los abejorros zumbaban en torno a las milpas que ya comenzaban a las afueras de un pueblo llamado Las Cruces donde encuentran una avanzadilla de Pancho Villa. El jefe al mando está sentado a una mesa en la plaza donde extiende un recibo por cada animal que se le entrega:
"He resibido medio saco de frijoles de Antonio García. Firmado, el capitán Contreras"
"He resibido un cochino de Manuel García. Firmado, el capitán Contreras"
Así una larga fila de hombres van entregando lo que pueden. Son los primeros tiempos y casi todos lo dan de buen grado. Algo más allá, el orondo cacique del pueblo pende de una soga. Ya no habrá tirano en el pueblo.
Vicente y Casanova se colocan a la fila. Cuando les llega el turno, vacían el contenido de la bolsita, diez gruesos guijarros de oro caen sobre la madera y el capitán no acierta a separar de allí sus ojos. Luego, mira a los dos hombres que no han pronunciado palabra.
- ¿Quen son sus mersedes tan ricos?
- Dos hombres que desean unirse a la causa.
- ¿Y, adonde consiguieron esta maravilla?
- Lejos de aquí.
- Pues sean bienvenidos. ¡Mirar cuates, esto es lo que nos hase falta!
Y volviéndose otra vez hacia ellos...
- ¿A nombre de quen pongo el resibo?
- No hacen falta nombres ni recibos, lo que entregamos lo hacemos sin esperar a que nos sea devuelto.
- Pos han de saber ustedes, que la revolusión no quere que naide pense que no somos honrados. Por eso damos el resibo; pa devolver lo que se nos prestó. Pero tamben admitimos donasiones, y la suya así se toma. No ostante, le voy a dar el papel...
No sin trabajo comenzó a escribir a la par que en voz alta rubricaba lo que en el papel ponía... "He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del...
Usted ¿es español?
Si señor, lo soy. Pues vale... He resibido oro que pesará como algo más de un cuarto del españolito y de su compadre el indio... ¿De qué tribu?
Seri.
Y del indio Seri. Firmado; el capitán Contreras.
Desde aquél día Vicente pasó a ser conocido por el españolito. El Seri Casanova, no contaba. Siempre se referían al españolito aún a sabiendas de que los amigos jamás se separaban; que al encomendar una misión al español, a los dos se la encomendaban; que al llamarlo a él, los dos acudirían como fieles sombras el uno del otro, y el otro del uno.
La partida del capitán Contreras ha decidido levantar el campo. Ya ha recogido todo lo que ha podido y el grueso de la tropa espera el avituallamiento. Abandonan el pueblo en dirección sur. Según su costumbre, el jefe ha mandado por delante a sus exploradores; ellos evitaran el encontronazo por sorpresa con los federales. Tras casi un día de marcha, al atardecer, los vigías descubren una patrulla. Son quince de a caballo mandados por un sargento. Vicente va a oler la pólvora y el dulzón de la sangre.
El sargento sabe su oficio. Andando por aquellas trochas y vericuetos, trata de evitar lo más posible las hondonadas donde pueden ser presa fácil. Él también lleva su explorador que ha estado indagando en el llano por donde forzosamente han de pasar al subir una loma. En esa llanura de unos dos kilómetros de largo por uno de ancho, no hay apenas vegetación y los cascos de su montura, levantan el polvo cada vez que lo pone al trote. Llega hasta el mismo borde donde comienza otra pendiente con algunos árboles y rocas desprendidas de la cima. No ve nada anormal y decide volver grupas para comunicar que el camino está despejado. No ha hecho más que caminar unos cientos de metros, cuando en silencio los hombres de Contreras empiezan a apostarse tras peñas y matas. Otra veintena esperan montados para cargar una vez que la

primera descarga haya abatido los más soldados posibles.
Los militares avanzan al paso en fila de a dos. En vanguardia va el abanderado seguido por el sargento y la tropa. Cuando están a la mitad del llano, el mando vuelve a enviar al explorador en descubierta. Parece que no las tiene todas consigo, ya que manda parar al pelotón. Quizá haya visto algún destello de un arma reflejada por aquel sol que ya empieza a ocultarse.
Contreras comprende que la distancia es la suficiente como para que los tiradores apostados no sirvan en esta ocasión, y que el jinete que se acerca al trote los va a descubrir. Tiene que cambiar el plan y así lo hace; arrea su montura y es seguido por los demás. El explorador frena su carrera y da media vuelta espoleando su caballo con furor; sabe que su vida depende del rendimiento que pueda sacarle al animal. Mientras tanto el sargento ha mandado echar pie a tierra a sus hombres y tumbar los caballos para formar un parapeto. Huir no es su forma de conducta y tampoco tendría mucho sitio donde refugiarse. Espera abatir bastantes de aquel puñado de revolucionarios en una primera descarga, como así sucede, pero otro tanto ocurre con su pelotón. La arriesgada maniobra de Contreras ha dado su fruto a pesar de todo, saltan sobre el obstáculo a la vez que descargan sus revólveres y machetes, frenan y se revuelven en escasos metros para pillar a los soldados ya sin más escudo que su propio cuerpo.

Vicente no sabe en realidad que es lo que ha sucedido, ha cabalgado con la cabeza pegada al cuello del animal para resguardarse lo más posible del plomo que les enviaban, ha agotado su munición posiblemente sin acertar a nadie, y menos ducho en estas lides que sus compañeros, ha continuado en su galopada. Cuando se da cuenta y quiere reincorporarse a la lucha, ya los soldados supervivientes están con los brazos en alto en señal de rendición. Contreras no quiere prisioneros; a los heridos los remata en el mismo suelo y a los ilesos manda alinear para su fusilamiento. Alguno de ellos llora al ver cercana la muerte y trata de convencer al capitán para que le deje cambiar de bando. Vano intento. Con una mueca de desprecio Contreras vacía el cargador de su revolver sobre él a la par que grita:
¡Perro traidor!.. ¿Y cuanto tardarías en hasernos a nosotros lo mesmo?
El ajusticiamiento de los federales no ha sentado muy bien a Vicente. Una oleada de enojo le ha ido subiendo desde el estomago hasta la boca que se abre para emitir una protesta...
- Opino, Contreras, que no está bien pasar por las armas a unos hombres que se habían rendido. La muerte en combate nos acecha a todos desde el mismo momento en que decidimos unirnos a uno u otro bando, pero mientras que ésta puede ser gloriosa, o al menos honrosa, lo que usted ha hecho es ignominioso.
- ¿Que quere desir vuestra mersé con esa palabrita?
- Que ha sido un asesinato.
- Mire patrón, si no está de acuerdo con nuestros métodos, se larga ahorita mesmo, y en paz... ¿Sabe que es lo que ellos hubieran hecho?... Pos igualito que nosotros. No podemos coger prisioneros, hay que vigilarlos, darles de comer y llevarlos de un sitio para otro. Eso nos resta movilidá, no hay frijóles para todos y al menor descuido se escapan para luchar nuevamente en contra nuestra, así que si no tiene agallas para ver esto, mejor se va por donde vino...
La discusión entre los dos hombres se mantuvo durante unos minutos más, en los cuales Vicente comprendió por un lado lo arriesgado de su postura; un recién llegado enfrentándose a una filosofía establecida en la que la vida de un hombre nada significaba para la consecución de un fin, la revolución, en la que durante un periodo de diez años iban a morir más de un millón, y por otro, que Contreras tenía no una, sino muchas razones, sus razones, para actuar de aquel modo.

A partir de aquella tarde Vicente y Contreras se miraban de reojo cuando en alguna acción se podía dar una situación similar, el capitán dulcificó un tanto su proceder y Vicente procuraba hacer en lo posible la vista gorda. Ninguno estaba conforme consigo mismo, por lo que a la menor oportunidad que tuvo, el españolito pidió a Villa, con quién ya se habían reunido, que le encomendase otras misiones.
 

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