martes, 20 de abril de 2010

El españolito. (parte V de V)

Vicente y Casanova pasaron a encargarse del armamento, y este trabajo les llevó a cruzar varias veces la frontera para la compra de armas. Tuvieron que establecer una complicada red de enlaces para saber en que lugar habrían de hacerse las entregas, ya que la movilidad de Villa y sus Dorados hacía imposible el estar en el punto fijado de antemano con muchos días de antelación.
Por aquellos tiempos no tenían problemas en el lado americano, ya que el presidente Wilson estaba interesado en que Villa se convirtiese en el presidente de México. Otra cosa distinta sería cuando unos años después y tratando Villa de que los americanos luchasen contra Carranza, atacaron la ciudad de Columbus produciendo varios muertos. Wilson ordenó al general Pershing que atrapase a Villa, cosa que no logró.
Tampoco tuvieron problemas a este lado del río grande, pues los dos amigos trabajaron con la astucia suficiente como para no toparse con los soldados. Procuraban que las carretas en las que portaban los rifles y las municiones dejaran las menos huellas posibles, y siempre que pasaban cerca de un pueblo redoblaban las precauciones haciendo un barrido de las mismas. Los carros eran cuatro y quince los hombres bajo el mando de Vicente que siempre cumplió las misiones con rapidez y eficacia por lo que Villa le tenía en gran aprecio.

Vicente entró con Doroteo Arango, más conocido por Pancho Villa, con sus caballos y soldaderas en la ciudad de México en diciembre del 14, y allí estaba cuando este se sentó en la silla presidencial del palacio Nacional. En las calles se mezclaron con los zapatistas venidos de las montañas. Todos cantaban reían y lanzaban disparos al aire. Se comía en los puestos ambulantes donde vendían tamales, enchiladas, nopalitos, tripitas de carnero, chicharrones de puerco, elotes cocidos, tacos de carnitas, el mole de guajolote, frijolitos con chile, arroz con carne, atole con bolillo o dulce cocal. Pero el tiempo fue pasando y un mes es mucho para permanecer ocioso; hubo muertos en peleas callejeras y abusos de todas clases y no era raro ver atravesados en la banqueta de las pulquerías los que dormían la borrachera. Cuando cansados y sin saber que hacer, los dos jefes guerrilleros decidieron volver a sus tierras, Vicente y el indio optaron por quedarse en la ciudad. A sus espaldas quedaban batallas como las de Ciudad Juárez, innumerables refriegas y servicios a la causa. Vicente tiene ya treinta y ocho años, está cansado, con los bolsillos vacíos y no ve que el futuro pueda mejorar tanto como él había soñado.

Muy cerca del Zócalo hay una tiendecita de telas que está en venta. El dueño ha muerto y su mujer quiere con sus chamacos retornar a su pueblo de origen. Con el aval de Villa consiguen un préstamo para comenzar, ya que del oro que la causa les habría de reintegrar, nadie se acordó, ni ellos lo reclamaron.
Trabajaron duro y lograron clientela fija como para poder pagar a un dependiente que atendiera el negocio. Mientras Vicente y Casanova se dedicaban a recorrer los barrios de la metrópoli en venta ambulante y a visitar las fábricas de hilados y tejidos de donde abastecerse. Vendían al fiado y nunca tuvieron que arrepentirse. Una vez al mes pasaban a cobrar y siempre hacían nuevos amigos como el españolito decía, que les otorgaban su amistad y más encargos.
El dinero entra en la caja de forma peligrosa según Vicente. Para él peligro es tener tanto como para no poder dejarlo en casa, ya que de los bancos no se fía, y por tanto hay que invertirlo. Vale más tener posesiones que papel moneda que casi nunca le ha servido de nada, por ello deciden comprar un hotel que hay cerca del Palacio Presidencial, aunque continúan con el "cajón de ropa" que ya ha sido ampliado y donde venden los mejores géneros. Vicente, con sus nuevas obligaciones va a apartarse de la venta ambulante, pero el indio continuará, pues es el trato con la gente llana lo que más le gusta.
Ya le parecía a Vicente que era demasiado mayor para el casamiento, y ni siquiera pensaba en ello, cosa que sí hacía cuando vivió en la Argentina. No es que en esta nueva tierra no hubiera tenido novias, pero siempre fueron para él una cosa secundaria. Tal vez la inseguridad tanto vital como monetaria en la que había vivido, hizo que su subconsciente bloqueara aquella parte de su ser que tiempo atrás le invitaba a formar una familia. Pero esa idea tan largo tiempo dormida, brotó de pronto cuando vio a la chica que en el mismo hotel se dedicaba al cuidado de las habitaciones. Era la hija de dos empleados suyos; recepcionista y cocinera, que en la casa vivian. India mestiza, de pelo en trenza largo y negrísimo, brillante cual hilos de puro azabache, contaba una historia a sus hermanitos sentados en el balancín del porche. Su hablar pausado y musical llegó hasta los oídos de Vicente que no pudo por menos de pararse embelesado...
-"...era una donsella de las más hermosas que se llamaba Ickapoyo, que quere desir "copo de algodón". Un día, el Escorpión Gigante, la vio caminar por las llanuras de Tlalnahuac y quedó tan prendado de ella, que quiso raptarla. La joven gritó y gritó hasta que su padre y los hombres acudieron en su ayuda. El monstruo sembraba la muerte por toditos lados y la lucha era muy desigual, pero con engaños lograron rescatarla y el Escorpión huyó enfuresido hacia el sur".
"Uno de los héroes y que era llamado Nextitel, el más bello y el que más valientemente había luchado, fijó su vista en Ickapoyo y en su pecho nasió el amor. Otro tanto le susedió a la niña, que deseó refugiarse en los fuertes y protectores brazos de aquél, pero la vergüensa y el rubor que se le puso en las mejillas se lo impidió".

"Mientras tanto el Escorpión Gigante lleno de ira vagaba descargando su ira sobre los pobres hombres que estaban atemorisados. Los penetrantes ojos de Nextitel, que quere desir Roca Gris, lo vigilaban hasta que cansado de su maldad desidió salir a su encuentro. Allá en Xantetelco se dió la gran batalla. El Escorpión Gigante lansaba sobre el héroe su venenoso aliento que hasía morir animales y vegetales dejando la tierra todita muerta. Nextitel, llamó para que lo ayudaran a los vientos que se revolvieron contra el monstruo, pero el animal llamó al fuego en su auxilio para que con sus terribles llamaradas derritiera las rocas. Ya estaba casi seguro de venser, cuando el héroe tomó un poderoso rayo y lo arrojó a su adversario que cayó fulminado a tierra partido en tres pedasos formando unos picos que hoy se llaman Cerros de Xantetelco. La victoria fue festejada y ya estaba anunsiada la boda entre Copo de Algodón y Roca Gris, cuando enterados los amigos del Escorpión Gris de lo que había susedido, desidieron unirse y amenasaron a los hombres con la mesma muerte. Una ves más éstos acudieron a Nextitel para que los ayudara. Se formó un gran grupo de guerreros que al sonar de los atambores y los caracoles partieron con su jefe al frente a combatir. Pasaron los días. Los retoños cubrieron las ramas de los árboles y los campos germinaron, pero de los valerosos guerreros no había notisia alguna. Nadie sabía si habían muerto o continuaban luchando".
"Ickapoyo fue languideciendo en la espera, luego se negó a probar bocado y un día se quedó dormida para siempre. Los habitantes del valle lloraban con desconsuelo mientras tejían blancos liensos de algodón para envolver su cuerpesito y en estas lamentasiones estaban, cuando la vos del caracol anunsió el regreso de Nextitel".
"Lloró silensioso ante el cadaver de su amada toda la noche y al despertar el nuevo día, tomó entre sus brasos aquella a la que amó como a naide y se encaminó hacia la ancha garganta del valle donde con gigantescas piedras construyó la tumba más grande de la tierra. Él había dicho: Aquí erigiré un túmulo gigantesco para que sierre el camino del sol, y que él la salude todos los días al naser y la despida todos los días al morir".
"Así lo híso, depositando a su amada y disen que de su cuerpo lánguidamente extendido, destacaba el contorno de su talle; su cabeza orientada al norte, sus pies hacia el sur y su pecho virginal cual cumbre diamantina tocada por los rayos del sol. Luego, junto a ella, erigió otro mausoleo en el que se encerró a fumar la pipa símbolo de la pás eterna.
Vicente quedó prendado de la muchacha. Ella que lo admiraba, y nunca pensó que el patrón pudiera fijarse en su persona, se sintió incómoda pero halagada en un principio, para más tarde sentirse atraída de veras. El maduro y ya rico hacendado la cortejó con el permiso de su padre que no dejaba de sorprenderse, ya que no era raro que después de oscurecido, se presentara un grupo bajo la ventana de la chica a la que dedicaban unas canciones.
El día de la boda diez mariachis la despertaron cantando las mañanitas para flanquear luego su camino hasta la iglesia. Todos vestidos con sus trajes de brillantes botonaduras de plata, sus anchos sombreros bordados de oro, sus pistolas enfundadas, con la rica canana repujada, sus guitarrones, violines y trompetas. Cinco caballistas iniciaban la comitiva y otros tantos la cerraban. En medio, y también a caballo, el novio ataviado con traje estilo inglés y el padrino con sus mejores galas Seris. Luego la calesa con la novia y sus padres. Día memorable y matrimonio feliz del que nacieron once hijos, pero eso ya comienza a ser otra historia.

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