miércoles, 7 de abril de 2010

El loco

Orestes perseguido por las furias


-¿Acaso creéis que no sé que me tomáis por loco?. ¿Es que esta camisa de fuerza que me impide todo movimiento, no me lo dice?. Pues sabed que de loco no tengo nada y que eso de que solo los locos se empeñan en decir que no lo están, es mentira. Yo estoy cuerdo y bien cuerdo, y sé que mate a mi mujer y a su amante, no en un ataque de celos, sino con toda la clarividencia del mundo. ¡Oh Bruto! Tu que hiciste se cumplieran los augurios en los idus de marzo, y con tu brazo heriste al cruel tirano. ¡Oh grandioso Nerón! Tu que abrasaste la ciudad de Roma con toda aquella horda de cristianos dentro. Tu que abriste el seno de tu madre Agripina, que obligaste a suicidarse a aquel miserable maestro Séneca, y diste el pasaporte para el otro mundo a los intrigantes de tu hermano Británico y tu mujer Octavia. ¡Oh Climenestra! Tu que diste muerte a tu esposo Agamenón ayudada por tu enamorado Egisto y que fuiste asesinada por tu propio hijo Orestes. Vosotros todos, legión de santos que quisisteis que la sangre de vuestros enemigos fuese la redención de sus almas pecadoras, venid a mí y ayudadme en este amargo trance. ¡Por que no me soltáis, viles esbirros a sueldo de la seguridad social¡

-Vale, vale. Mire a ver si puede bajar usted solo de la ambulancia...
-Este tío está como una regadera...
-¿Que es lo que mascullas? Trátame con respeto, yo soy un hombre de ciencia que ha estudiado todos los filósofos de la antigüedad, lo mismo griegos que romanos, árabes y hasta chinos. Para mí, ni Platón, ni Aristóteles, ni Séneca, ni Averroes, ni tantísimos otros tienen secretos. Yo me he imbuido en su saber, y ese conocimiento junto con mi inteligencia y con mi sensibilidad, hacen de mi un ser superior cuya alma inmortal esta destinada a volver una vez más al mundo de las ideas.
-Lo que yo digo, majara del todo. ¿Es cierto que mató a su mujer?
-Está soltero y no es capaz de matar a nadie, solo tiene crisis de estas y si no se le atiende a tiempo le dan ataques epilépticos. Ayúdame a sentarlo en la silla de ruedas para llevarlo adentro.
-¿Y le duran mucho? Las crisis, digo...
-Depende, yo lo conozco ya bastante bien. Según Bolueta, el siquiatra, comienza siempre culpándose de algún hecho grave, luego va diciendo cosas que son contrarias de lo que piensa y por fin va amainando hasta que se le pasa y es un tío la mar de legal. Otras veces comienza a desbarrar y a echar espumarajos por la boca hasta que le da el ataque.
-¿Y por que la camisa de fuerza si no hace daño?
-Bueno, suele dar manotazos o se agarra a cualquier cosa y no hay quien lo despegue...

-Siempre igual, los jinetes del Apocalipsis cabalgan contra mí envueltos en blanco sudario, me transportan hasta el interior de esa cueva donde los vampiros chuparán mi sangre hasta dejar esta envoltura carnal exangüe. Pero una cosa no conseguiréis, malditos; mi alma eterna, mi alma inmortal, mi alma blanca y pura de ser inocente, volará al cosmos donde se fundirá con otras almas puras y virginales. Ya estamos preparando vuestra salvación. Salvación que os llegará cuando redimáis vuestras penas.
-Don Antonio, vamos a sacarle un poco de sangre, ¿vale?. Luego, si hace el favor, orina aquí un poco, es para los análisis. Le suelto si me promete que se va a portar bien.
-¿No lo dije yo?. Malditos vampiros, no solo queréis mi sangre pura, queréis mis efluvios más naturales. ¿Para que?. ¿Acaso vais a preparar con ellos, pócimas o ungüentos con los que tratar a las victimas de vuestros aquelarres?
-Serénese don Antonio, ya sabe que hay que seguir el procedimiento, luego le traigo un cafetito, duerme un ratito y lo llevamos nuevo para su casa.
-Ven en mi ayuda Jano poderoso, el de las dos caras. Tú que eres el dios de las puertas ¿no has de abrir la de esta cárcel para mí?. Tú que tienes la llave y vigilas ambos lados ¿no las harás francas para mí y señalaras con tu virga para apartar a todo aquel que quiera detenerme?.
-Venga don Antonio, Le suelto las manos para que haga pis y terminamos. Por favor don Antonio, mire que sino va a venir el médico ese tan malo que le pone inyecciones...
-Yo soy mas listo y fuerte que Amicos, el hijo de Poseidón y la ninfa Melia. No me dejare abatir por otro Pólux de bata blanca y antes de que me clave el dardo relajante, haré lo que me pides sicario. Sabes no obstante que no le temo por lo que es, y le desafiaría en igualdad de condiciones, pero se vale de ese poderoso adormecedor y de que estoy atado. Además, ya estoy que lo derramo, trae acá el frasco.

Castor y Polux
 


-Buenos días, ¿se llama usted Antonio Pérez Rivarte?
-El mismo. ¿Qué demandan ustedes de mí?
-¿Sabe lo que ha ocurrido en el piso de abajo?
-No me interesan los chismes de vecindad, así que buenos días y adiós.
-Espere un poco, por favor, somos de la policía y debemos hablar.
-¡Ah!, creí que eran de la comunidad, ya sabe... el presidente, el secretario o ambos juntos...
-¿Podemos pasar?
-Depende.
-¿Cómo dice?
-¿Está usted sordo? Depende. Puede ser que me necesiten o que les necesite yo. En el primer caso, no. En el segundo, tampoco, así que como dije antes, buenos días y adiós.
-Se ha cometido un crimen.
-Haberlo dicho antes señores, pero de todos modos, podía decir en un primer momento que me ha sorprendido, que estoy bastante apenado porque una criatura abandona la vida de forma alevosa y contrariado porque sucesos de esta índole se produzcan en el mismo lugar en que tú vives. Nada más, adiós.
-Oiga, le he dicho que somos de la policía, no de la prensa.
-¿Cambia eso las cosas?¿Dejara el muerto de serlo?¿No irán ustedes aprisa y corriendo a contar lo que averigüen a los periodistas? ¿Dejaran unos y otros de alimentar el morbo de la gente?.
-Bien, ya nos habían advertido que era usted un tanto peculiar. ¿Quiere dejarnos explicarle el motivo de la visita, o tendré que esposarlo sin más?.
-¿Por qué razón lo haría?
-Como principal sospechoso de la muerte de su vecina.
-¿Y que indicios tiene para alegar semejante cosa?
-Que esta usted como una chota, tío listo.
-Por favor, sargento, mejor estate calladito.
-Perdón.
-Así que creen que fui yo, el que mato a esa persona sin conocerla de lo más mínimo. ¿Por qué habría de hacerlo?
-El marido cree que tenía un amante.
-Jamás creí que nadie pudiera compararme con Júpiter.
-¿Cómo dice?
-Júpiter fue amante de Semele, que era madre de Dionisos o si lo prefieren Baco, el dios del vino. Semele suplico a Júpiter que se manifestase en toda su olímpica majestad, ya que el dios lo hacía metamorfoseado. Sucedió que Semele no pudo soportar el resplandor de su divino amante y murió consumida por las llamas que brotaron de la persona de Júpiter.
-¿Meta que... ?
-Metamorfoseado, Manolo, quiere decir que se convertía en otra persona o cosa, que cambiaba de apariencia a voluntad, ¿entiendes?.
-Ya, el dios ese se hacía más pequeño para conseguir los favores de las damas...
-Efectivamente, señores, Júpiter o Zeus según la mitología, ocupa el trono del Olimpo y es el dios del rayo...
-Perdone, perdone, no quisiera que nos perdiéramos en las cosas del cielo, habiendo aquí en la tierra y más concretamente en el piso de abajo, un cadáver aún caliente. Le preguntare una vez más ¿esta dispuesto a cooperar para el esclarecimiento del hecho?.
-¿Me esposaría si no lo hago?
-Delo por seguro.
-No me amenace joven, sabe que no tiene ningún derecho, pero como le creo muy capaz de hacer lo que dice, y yo no puedo soportar nada que limite el movimiento de mis manos, les ayudare en lo que pueda.



-Así que tu amigo el que decías era incapaz de matar una mosca, se cargó a una vecina, y eso que no estaba majareta, que si lo llega a estar...
-No creo que fuera don Antonio, y menos por el motivo que se está diciendo.
-Y tú, ¿cómo lo sabes?
-Lo sé, pero no te lo voy a decir. Él lo hará en su momento, si no lo ha hecho, sus motivos tendrá.
-Claro, como tú eres su médico, te debes al secreto profesional, no te digo.
-Anda y que te ondulen toca sirenas.



-Señores; el motivo de la reunión no es meramente informativo como se les hizo saber en el comunicado que se les ha enviado. Hemos decidido que cualquiera de ustedes pueda intervenir en cualquier momento, si lo que se dice no le parece correcto. Para ello, no tiene mas que levantar la mano y la palabra le será concedida. Quiero agradecer por tanto la presencia de todos. En primer lugar al esposo de la difunta, a los vecinos que creen tener algún testimonio, a mis compañeros de la policía que me están ayudando en la investigación, al ministerio fiscal y al señor juez, que ha dado la autorización para celebrar este acto, un tanto fuera de lo común. Voy a comenzar, pues la narración de los hechos hasta donde sabemos y que como es lógico, tendrá lagunas que tal vez ustedes puedan rellenar.
-El martes, día catorce, a las ocho de la mañana, el señor Marcelo dice salir de su casa, sita en la calle Las Coletas número ocho, con dirección a Gijón. Deja a su esposa comenzando las faenas de la casa, saca el coche del garaje y se dirige hacia la autopista. Pasado el embalse de San Andrés, sufre sendos pinchazos en ambas ruedas del lado derecho, por lo que decide llamar por su móvil para que le envíen una grúa; son las ocho y diez minutos. Quince minutos más tarde y desde un teléfono del SOS llama de nuevo ante la tardanza de la grúa, que se presenta a las ocho cuarenta. El vehículo es recogido por el señor Primitivo que lo lleva, junto con su dueño, hasta el taller donde se efectuará la reparación. Una vez concluida esta, hacia las diez y media, el señor Marcelo se persona en su lugar de trabajo.
-¿Hasta ahí todo correcto?. Bien. Es importante como comprenderán esto del tiempo y el lugar, pues de esta forma vamos descartando o implicando, a las personas, que mucho o nada tienen que ver con el asunto. Los vecinos, en el tiempo que hemos mencionado, a nadie han visto ya sea en la escalera o en el portal. Haré aquí un inciso para los que lo desconocen, el edificio consta de tres plantas, derecha e izquierda en la primera y la segunda y una sola en la tercera y última. La victima vivía en el segundo derecha. Prosigo, solamente, hacia las nueve, una de las dos vecinas del piso primero doña Encarna, dice haber oído cerrarse una puerta. ¿Asegura que fue la del tercero?.
-No me quisiera equivocar y condenar a alguien por este simple testimonio, pero así fue.
- Por espía de escaleras, Hera vengativa y malhumorada, debías de permanecer encadenada con pesados yunques atados a tus pies con cadena de esparto, que no de oro. Es cierto que sobre esa hora entre en mi casa, todo el mundo sabe aquí, que bajo a desayunar al bar y a recoger la prensa diariamente. Esto parece una novela de Holmes y Watson.
-Lo hemos comprobado, don Antonio, no se moleste por el comentario de doña Encarna que no hace sino cumplir con su obligación. ¿Alguien quiere añadir algo?. ¿No?. Bien, prosigamos entonces. Ninguna de las cerraduras de las puertas, portal y vivienda, fueron violentadas y nada se ha echado en falta, por lo que en principio habría que descartar el móvil del robo. Es posible, no obstante, que ese fuese el móvil, y que sorprendido el intruso por la victima, la matase. Pero, ¿por qué la envolvió entonces en la alfombra?. Hay otras preguntas que tan pronto como se hacen, nos llevan a descartarlo; ¿Por qué quedaba rescoldo en la chimenea?. Es raro, ¿verdad?. Estamos en Julio y hace calor. ¿No sería que el asesino quería jugar al despiste?. Con el cuerpo envuelto y junto a la chimenea... ¿No trataría de hacer parecer, que la hora de la muerte fue distinta a la que en realidad fue?. Y, ¿por qué el asesino se tomó tanto trabajo, para dejar luego en un rincón el arma homicida?. Que olvidadizo, y con un montón de huellas... . ¿Decía usted algo señor Marcelo?.
-Decía que si tienen las huellas, para que esperar más. ¡Deténgalo ya!
-Tener sus huellas sólo significa, a veces, saber quien, pero no donde, ¿me comprende?.
-Por lo que ha dicho usted, quizá esté más cerca de lo que imaginamos.
-Si señor, yo estoy tan seguro de eso último como usted, pero ha de fijarse que también he dicho "a veces" respecto de armas y huellas, y hablando del arma, la verdad es que jamás he visto a alguien que utilizase un abrecartas como posible intimidación o defensa al perpetrar un robo.
-¿Desea usted hablar don Antonio?
-Quisiera preguntar si es ese abre cartas que está sobre la mesa el arma del delito.
-Si, lo es.
-Pues aunque quizá me este incriminando, es muy posible que me pertenezca.
-No sé si le pertnece, pero no cabe duda de que tiene sus huellas.
-¡Él es el asesino!. Loco del demonio, usted era el amante que despechado por que ella le dejó, la mató.
-¿Se lo dijo así su mujer?
-Ella me confeso lo que había estado pasando, pero hasta este momento yo no he sabido quien era el individuo que la acosaba.
-Que el abrecartas sea de don Antonio, no quiere decir que él fuera el amante, y tampoco que la matara.
-¿Que más indicios quiere? Todo coincide; Sabido es que a ese hombre cada poco tiempo le internan en el psiquiátrico, no trabaja o lo hace en casa y esto le da tiempo a cortejar a las vecinas, suyo es el arma y suyas son sus huellas, y esta señora oyó cerrarse su puerta tras el crimen. ¿A que espera para encerrarlo en la cárcel?
-¿Qué quiere decir doña Concha?
-Pues mire señor policía, el que la señora de este vecino tuviera un amante, no significa que las demás lo tengamos, así que quiero que retire esas palabras. ¡Vamos hombre, como él era un cornudo, quiere tratar de igual modo a los demás¡
-Perdone señora, las retiro. Tienen que comprender mi estado de nervios... no quise decir lo que usted ha entendido.
-Bien, un poco de calma. Mejor será que todos se abstengan de lanzar acusaciones, porque si hasta ahora todo parece apuntar en una dirección, pronto puede que cambie. Volvamos por un momento a la carretera, al momento en que el señor Marcelo avisa por su teléfono móvil al seguro de su coche. El aviso de la central, es recogido por la grúa del señor Servando dos minutos después -ocho y doce- dirigiéndose este hacia el lugar indicado. ¿Quiere comentar alguna cosa Servando?
-Si, por supuesto, para eso levante la mano. Yo estaba en la gasolinera nueva del ramal de Avilés y me puse en marcha al momento. Pase por el lugar que me indicaron a las ocho y veinte, y allí no había nadie, lo sé por que la dirección era muy precisa; pasado el embalse, frente a un prado donde pastaban unos caballos y a cincuenta metros de un poste del SOS. Esperé cinco minutos mas o menos, hasta que los motoristas de la guardia civil que pasaban por allí, me dijeron si no tenía nada que hacer, continuara camino. Tuve que ir a dar la vuelta a Tremañes, creyendo que el vehículo estaría en el otro sentido y que había habido una confusión, pero no hubo tal, la central lo confirmó. Cuando volví a pasar, esta vez en dirección a Oviedo, me fije que entonces si estaba el coche y que otra grúa, la de Primitivo, lo estaba cargando.
-¿Puede explicarnos eso Marcelo?
-No entiendo lo que dice y como parece que los demás tampoco, lo voy a explicar una vez más; Salí de casa a las ocho, pinché, como era en dos ruedas y solo hay una de repuesto, tuve que llamar a la grúa. Lo hice por el móvil, como me parecía que tardaba y se me hacía tarde para el trabajo, fui a llamar al poste. Vino la grúa, me llevo al taller, luego me fui al trabajo y estando allí me llamaron diciendo que había problemas en mi casa. Eso es todo.
-Pero la primera grúa pasó por el lugar donde usted decía estar y no lo vio.
-Exactamente, no me vio ¿acaso tengo yo la culpa?¿Qué quiere, que le pague el porte?.
-Y usted, ¿tampoco vio la grúa?.
-Estaba yo como para fijarme en eso.
-¿Cómo estaba?
-Pensando la disculpa que le iba a dar al jefe por llegar tarde.
-¿Y no se le ocurrió llamar para avisar?
-Pues no.
-¿Sabe por que había una tacita con aceite sobre la mesa de la sala?
-Pues no. ¿Acaso debía saberlo?
-Un momento, un momento, ¿una taza de café con flores rojas y borde dorado?
-¿Cómo lo sabe usted?
-Por que es el asesino, ¿no lo ve claro?. Sabe hasta lo que hay en mi casa.
-Eres como Sinón, amañador de historias para tu conveniencia, pero aquí no está Príamo para creer en tus patrañas, aquí hay un policía que te descubrirá. Tu viniste por la noche a mi casa hace unos días y me pediste esa taza de aceite, alegando que tu mujer no se atrevía. Y yo, que ninguna relación quiero con vosotros, y obviando mi forma de ser, fui tan estúpido que te di el continente y el contenido. ¿Me robaste además el estilete?
-Loco, está loco de remate y no sé a que esperan para encerrarle.
-Señor Marcelo, ya ha mencionado varias veces la palabra encerrar. Y usted don Antonio tampoco acuse. Dejen que seamos nosotros los que digamos la última palabra. ¿Si?. Bién, veamos señor Marcelo, si su señora necesitaba el aceite, ¿cómo es que no lo utilizó?
-Yo no se nada del aceite, supongo que sería la disculpa que él dió para para poder hablar con mi mujer.
-¿Sabe que en el rellano del tercero hay una jardinera?
-Lo supongo, las hay en todas las plantas.
-¿Y sabe que en esa precisamente, hemos encontrado la tierra impregnada de aceite?
-¿Por qué lo habría de saber?
-Por que fue usted señor Marcelo el que lo arrojó allí. Usted es el asesino de su esposa.
-¡Como se atreve a decir semejante cosa, es usted un insensato!
-Le contaré como ocurrieron los hechos: Hacia las cuatro de la mañana, mientras ella dormía, le asestó un fuerte golpe en la cabeza. La arrastró hasta la sala y la apuñaló siete veces con el abrecartas, luego la envolvió en la alfombra y encendió la chimenea para que el cuerpo se mantuviera caliente. Quiso culpar a su vecino, a ese que todos dicen que está loco y que en sus crisis se acusa de haber matado a una esposa que no tiene. Para ello y a pesar de no haber hablado nunca una sola palabra con él, se atrevió a pedirle un poco de aceite. Esa era la excusa para colarse en su casa. De la mesa del despacho frente al recibidor donde él le dejó, cogió el abrecartas, cuando salió tiro el aceite en la jardinera y guardó la taza. Confiaba en que unos días después, el hombre se habría olvidado.
-El dia del crimen, antes de llegar al lugar, llamó diciendo donde se encontraba y que tenía avería. Tenía calculado lo que tardaría el remolque en llegar y usted preveía llegar tres o cuatro minutos antes y decir que llevaba allí media hora. Pero se dio la circunstancia de que había una grua camino de Gijón Por eso no lo vio el chofer de la primera grúa. ¿Qué quería demostrar con ello? Tal vez, que mientras se cometía el crimen, usted estaba en otro sitio. Es decir, trata de mantener el cuerpo caliente para que el forense crea que la muerte se produce entre las ocho y las nueve, cuando usted ya no está en casa. Pero usted es tan lego en la materia, que desconoce los metodos de ese señor que hace las autopsias. Tanto, que deja sobre la mesa de la cocina sendos tazones de desayuno con algo de café, y restos de tostadas. Quiere hacer creer que cuando dejó a su mujer, ambos ya habían desayunado. Mala suerte, la finada nada tenía en el estomago. Volviendo a la tacita de aceite de la sala, ¿para que la dejó alli? ¿Quería hacernos creer, que fue la disculpa de su vecino para acercarse a su esposa? Mala suerte otra vez. No todos los aceites son iguales, y comprobado está que el que don Antonio le prestó, era de maíz, el mismo de la jardinera. El que usted puso en la taza, es un buen aceite, pero de oliva. Por último, le diré que su vecino, don Antonio, y tengo su permiso para decir lo que sigue, que su vecino digo, está operado de un cancer de próstata. Esta operación conllevó entre otras cosas, una reseccion total y tiene en la actualidad un tratamiento de quimioterapia. Mal amante para su desgracia puede ser, lo que una vez más, contradice lo que usted asegura. Es por todo lo expuesto que en nombre de la ley, yo le detengo acusado del asesinato de su esposa. La nocturnidad, el ensañamiento, la alevosía, el parentesco, la premeditación y todos los agravantes que el fiscal deba de añadir, no gravaran la pena tanto como nosotros quisiéramos.
-Que la hija de Urano y Gea, Temis, y su hija Astrea te otorguen la justicia que mereces, que Asclepio te de salud para purgar tu condena, y que al final de esta, Hades te este esperando. Yo le sacrificaré el cordero negro para que venga en tu busca, por haber querido mi mal.












Urano y Gea




2 comentarios:

Jackeline dijo...

Que buen relato. Muy entretenido. Felicitaciones

Alfredo dijo...

Gracias por tu paciencia Jackeline.