viernes, 9 de abril de 2010

El recordar de Jacinto (II)

EL RECORDAR DE JACINTO
(segunda parte)

Mi trabajo hace que me tenga que desplazar de un lugar a otro muy a menudo. Mi vehículo preferido es el autocar. Grandes espacios abiertos por las ventanillas, ciudades, gente... Hoy y según mi costumbre, estoy situado en la parte posterior. Llevo los cascos puestos y oigo una emisora que solo pone música. Los ojos semicerrados y a punto de adormecerme acunado por los suaves movimientos del pullman. Una canción, Lily Marlen, aunque en versión moderna, me transporta de nuevo a mis recuerdos. ¿Que fue lo que me impulsó? No lo se. Solo se que un día me encontré embarcado en la aventura más aciaga de mi vida; la División Azul. Con muchos compañeros pase hambre y frío hasta lo indecible. Casi todos quedaron por allá; unos bajo la nieve, otros en algún cráter de una bomba, en la misma trinchera o en cualquier camino de la estepa rusa.
Malaquías se quedó en aquél tren camino de Kanev en el frente Ucraniano. Formábamos parte de un convoy de refuerzos y fuimos atacados por la aviación. Charlábamos un grupo de españoles e intentábamos replicar a las pesadas bromas de los Waffen S.S que nos tildaban de "valientes", cuando dos cazas Yacovlev aparecieron en el cielo. El tableteo de las ametralladoras comenzó y cientos de proyectiles formaron regueros a lo largo de los raíles. Los antiaéreos instalados en los vagones plataforma respondieron inmediatamente. Aquellos que antes se reían de nosotros, se peleaban por conseguir un lugar bajo los asientos de madera donde guarecerse. Malaquias quedó sentado, tan tranquilo, con el pitillo entre los labios. Yo pensé que él tenía razón; de nada servía aquello. Los proyectiles de veinte milímetros perforaban todo cuanto hallaban a su paso e iban a estrellarse contra el suelo traspasándolo y dejando boquetes por los que se veían las traviesas de la vía. Me iba a quedar sentado también, cuando una idea cruzó por mi mente; que más daba morir de una forma u otra. Lo haría como un valiente. Era la ocasión de vengar las humillaciones anteriores. Me levante del asiento y comencé a pegar patadas a diestro y siniestro en el trasero de los alemanes llamándoles cerdos cobardes. Cuando por fin todo volvió a la calma, porque los aviones acabaron su munición, aquellos que se jactaban me miraban avergonzados. Creí que mi amigo me estrecharía la mano y reiría conmigo, no fue tal, cuando me acerque a él, un pequeño hilo de sangre asomaba por la comisura de los labios y teñía el papel del cigarrillo. Una bala le había entrado por la espalda, cerca de las cervicales, y recorriendo todo su tronco había salido por la ingle. Comencé a temblar, mi compañero no se escondió por que no podía; estaba muerto. Yo me hice el chulo creyendo que él lo era, y casi sigo su misma suerte.
Esto no es sino una pequeña anécdota de las muchas que viví. Aunque el espectro de la muerte estuvo junto a mí, no logró por esta vez darme su abrazo último. Peor lo iba a pasar más adelante.
El ferrocarril no podía acercarnos más a nuestro punto de destino. Malas carreteras, caminos embarrados, pueblos destruidos y cantidades ingentes de material abandonado jalonaban nuestro paso. Llegamos a una aldea donde de nuevo estuve a punto de pasar a mejor vida. Tenía asignada una guardia relativamente cómoda; el establo. En lugares donde las temperaturas descienden con frecuencia hasta los veinticinco o treinta bajo cero, el calor de los animales se agradece, y la vela, más que un castigo es una bendición. Pero el calorcillo también es traicionero.
Tan cerca del frente es muy posible, y con relativa facilidad sucede, que haya infiltrados y saboteadores. La consigna era pues, disparar primero y preguntar después.
En el barracón había una cincuentena entre caballos y mulos colocados cara a la pared donde se ubicaban los pesebres. Entre ambas filas, el pasillo por el que yo daba lentos paseos y que estaba alumbrado por tres candiles de mortecina luz. El portón de dos hojas superpuestas abría hacia adentro y cerraba por fuera. La hoja inferior estaba cerrada y la superior solamente entornada. Cansado de tantas idas y venidas me senté un momento. La experiencia me decía que esto es muy peligroso sobre todo si estas agotado por muchos días de marcha, pero no podía más. Coloqué una delgada vara apoyada en el tablero entreabierto de forma que cualquier movimiento, por leve que fuese, la derribase y me sirviese de aviso. A lo lejos se oían las detonaciones de los cañones de gran calibre y su funesta música me iba adormeciendo. Era lo que cabía esperar. Más la argucia surtió efecto, el palo cayó haciendo un leve ruido y yo me levanté sobresaltado. Me eché el fusil ametrallador a la cara y avancé hacia la puerta despacio y con sigilo. De pronto la madera se abrió de par en par, una linterna enfocó al hueco buscándome y no hallo sino el vacío. La luz del candil fue lo suficiente para ver recortada la silueta de un oficial, que con la Luger en la mano apuntaba en todas direcciones hasta que aun lado, reparó en mi y quedó fijada su arma, detrás dos soldados hacían lo propio.

-¡Español borracho, estabas durmiendo!
-¡De eso nada Boche, no dormía!.
-¡Estabas dormido, bastardo!.
-¡Bastardo lo serás tu, cabrito.
-¡Te digo que no dormía, estaba atrás!
-¡Estás ante un oficial de la Wehrmacht, más respeto!
- El mismo que tu me tienes a mí. Yo solo obedezco ordenes de mi jefe español y a él solo he de dar cuenta de lo que hago.

Este dialogo transcurría mirándonos desde detrás de nuestras armas, y que ninguno bajaba. Estaba seguro de que si yo lo hacía primero, antes de decir un amén estaría listo. El alemán que había intuido mi triquiñuela, se fue ablandando al ver mi firme decisión. Sopesó sus posibilidades y vio que aunque podría matarme, el no saldría mejor parado. Veinte balas salen en un segundo aunque solo el agarrotamiento de la muerte sea el que accione el gatillo.

-¿Me aseguras que no dormías?
-Te lo aseguro. No dormía.
-Bien. ¿a que hora terminas tu guardia?
-A las cuatro.
-Esta bien.
Bajo su pistola enfundándola, dio media vuelta y se marcho con sus soldados. Solo entonces baje yo mi arma. Corrí a orinar y pensé que tendría que tener cuidado de allí en adelante con aquel hombre. Aunque los oficiales del arma a la que pertenecía tenían fama de caballeros, uno nunca sabe lo que puede suceder en tales circunstancias, y aunque jamás me alegré del mal de nadie, respiré cuando días más tarde y emprendida la marcha, lo encontramos al borde de un camino con un agujero en la frente.

Nunca llegamos a nuestro punto de destino, Kanev. Llegamos después de mil combates y peripecias al lugar más flagelado de todo el frente: Korsun.
Korsun fue a decir de muchos, la hecatombe donde sucumbieron más de vente mil hombres destrozados por la metralla y por los sables de la caballería rusa que saciaron su sed de venganza de derrotas anteriores.
Tratando de abrir una brecha en la bolsa en la que estábamos encerrados, salimos en vanguardia los granaderos con la bayoneta calada, luego los cañones ligeros de la infantería y por último la artillería. Era la noche del diecisiete de febrero tan fría, que el sudor se me helaba en la frente y formaba escarcha en los ojos y boca. Tan negra, que apenas si podía ver mis manos. Empujábamos el material pesado, ayudábamos a las bestias que resoplaban, jadeaban y caían extenuadas. Los cañones quedaron atascados hasta los ejes en aquella nieve endurecida y allí mismo agotaron sus municiones. La metralla caía incesante levantando cuerpos, animales, material, todo. Los centenares de heridos que se trataban de evacuar, quedaron inermes a su suerte; la muerte. Si dura fue la noche, peor aún fue el alba. Agotada la munición y luchando a la bayoneta contra la caballería, logre llegar como tantos otros a un río. Era como de diez o doce metros de ancho, pero profundo y caudaloso. El agua helada se tragaba los caballos de tiro con su pesada carga y a los hombres con sus largos capotes. Los que lograban la otra orilla a nado, quedaban congelados prisioneros en sus uniformes, por lo que muchos tomaron la determinación de lanzarse al agua desnudos. El fuego ruso se abatía sobre nosotros sin misericordia. Estaba clara la decisión; el quedarse significaba una muerte segura, lanzarse al agua; la única posibilidad. La suerte corrió de mi lado, en un pequeño barranco relinchaba un caballo presa del terror. Su compañero agonizaba y el conductor del carro estaba bajo él alcanzados ambos por un obús. Corrí esperando que a nadie se le ocurriese lo que a mí, lo desuncí y como pude lo monté. Me quite el capote, la guerrera y las botas. Coloque las prendas a modo de silla y aprestando la culata del mosquete para apartar a todo el que quisiese cogerse a mí, nos lanzamos al agua. Como si con un sable me hubiesen cercenado las dos piernas hasta casi la altura de las rodillas me pareció el contacto con el liquido elemento. Me palpé para cerciorarme de que estaban allí. Atravesamos el riachuelo, y cabalgué en dirección a Lysianka como un poseso dejando atrás un mar de desolación. No sentía las piernas por lo que intuí se me estarían congelando. Me senté sobre la nieve y comencé a frotarlas hasta que la sangre fluyó del interior hasta la epidermis. Movía los dedos de nuevo señal inequívoca de que todo estaba bastante bien.
El noble bruto que fue mi salvación, lo hizo por partida doble. La noche caía rápidamente y con ella todo el resto de vigor de mi montura. Se desplomó y yo con él. Me di cuenta de que había estado dormitando agotado sobre el pobre rucio. Me encontraba en un campo casi abierto. Unos pocos árboles, la nieve que todo lo cubría, y la soledad. Ni un solo ruido ni cerca ni lejos. Solo el rumor del gélido viento. Si me quedaba allí, era seguro que moriría congelado. No tenía donde guarecerme, ni fuerzas para tratar de conseguirlo. Tomé mi decisión. Desmonté la bayoneta del fusil. Horadé la garganta del caballo que apenas se movió; ya estaba casi muerto. De un tajo lo abrí desde el cuello hasta el rabo. Saqué la masa caliente de sus entrañas y me introduje todo lo que pude en su vientre. Arrimé a la abertura, no sin esfuerzo, las tripas que ya se iban enfriando. El viento comenzaba a cesar y grandes copos de nieve caían mansamente. Encomendé mi alma a Dios y esperé de su misericordia una muerte dulce, o un despertar más grato.

La mañana estaba entrada ya, cuando unos disparos me sobresaltaron. Por un momento no supe donde estaba, luego se hizo la luz. Traté de zafarme de mi mortaja helada con los movimientos torpes propios del entumecido, más, aquellos disparos, ¿de quien provenían? ¿Amigo, o enemigo? Saqué una mano y con cautela fui apartando la nieve acumulada. Pude ver lo que había sucedido. Dos lobos de pelo gris, casi blanco, habían estado comiendo las heladas entrañas del caballo. Su festín no debió de durar mucho, un grupo de soldados rusos se acercaba riendo con sus fusiles en la mano. Les disputaron el botín a los cánidos y ellos habían ganado. Ahora prepararían el fuego y comerían unos buenos filetes. Pero no contaban con que el ágape que preparaban tendría sorpresa. Quedaron paralizados al ver como con un enorme esfuerzo, el equino muerto y semienterrado en la nieve, paría un decrépito soldado enemigo. Uno de ellos sé hecho rápidamente el fusil a la cara, más al verme ensangrentado y desarmado, lo volvió a bajar. Pasado el estupor, comenzaron a reír de tal manera que hasta se revolcaban en la nieve. Comimos de la carne y bebimos buen Vodka que nos entonaron las tripas. Me llevaron prisionero y fui una atracción para todos a los cuales se lo contaron.
La gran suerte que tuve, fue que el comandante ruso de aquella zona, había estado en la guerra civil española. Los frentes de Brunete, del Guadarrama y de Teruel, le eran harto conocidos y yo jugué mis bazas. Le conté como había estado luchando en el bando republicano, como había sido hecho prisionero y como me habían obligado a ir al frente ruso desde un campo de trabajo. Me ayudo lo indecible y años más tarde, regrese a España repatriado como prisionero de guerra.
Durante los años que pasé en aquellas tierras, trabaje en mi oficio, lejos de los frentes, con comida caliente y un lecho donde dormir todas las noches. Una vez más había escapado de la muerte por puro milagro, y yo que nunca había sido muy religioso, me encontraba siempre en estas situaciones aferrado a la medalla de la Virgen del Carmen cosida en mi camiseta y rezando una salve.

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