sábado, 10 de abril de 2010

El recordar de Jacinto (Final)


EL RECORDAR DE JACINTO
(tercera parte)
Este viaje es largo y ha mucho lugar para recordar. No es esta situación algo que desee especialmente, y mi pensamiento suele estar en mi trabajo o mi familia, pero casi siempre hay algo que me transporta; una canción, un olor, una conversación o ese puñetero dolor en el vientre que de vez en cuando me ataca. Este mal que me aqueja, lo conseguí en un cuartel de Coruña donde fui a hacer el servicio militar. Alguno pensará que si ya había hecho la guerra, como es que tuve que ir a la mili. La explicación es bien sencilla y conocida de todos aquellos de mi generación; terminada la guerra civil, nos obligaron a cumplir con la patria el tiempo que nos restaba, y no hubo consideración alguna a los méritos que pudiéramos haber hecho. En este corto periodo en el cuartel, pues de allí partí luego de un mes de recuperación para la división azul, fue en el que realmente estuve muerto. Muerto de verdad, tal cual lo cuentan los que han vuelto del más allá por que yo fui uno de ellos.
El barracón donde estábamos alojados era frío y húmedo, y sin embargo, o por eso mismo, las chinches, las pulgas y los piojos proliferaban de tal manera que había que poner latas de agua bajo las patas de las camas que les sirvieran de barrera. Era un obstáculo eficaz solo en parte y a menudo debíamos de dar fuego al hierro para achicharrar tanta miseria. No se podían usar prendas de lana, y recuerdo a uno que le mandaron un jersey de casa, y que durmió con el puesto, que por la mañana semejaba el viven de las olas del mar al moverse los piojos. Lo quemó inmediatamente.
Solamente una vez vi a un soldado libre de aquellos parásitos; lo abandonaron al igual que las ratas abandonan el buque a punto de hundirse, diez minutos antes de morir de unas fiebres. Algo semejante me debió de ocurrir a mí, pues una infección me tumbó en la cama para de allí pasarme al "cuarto de los muertos" de donde nadie salía vivo.
Yo vi la luz, me vi ascender por el túnel en busca de ella, a mí vinieron parientes vivos y muertos, los unos para darme el último adiós y los otros para recibirme en esa nueva vida. Me vi salir de mi cuerpo, de la habitación donde me encontraba y las lágrimas que silenciosamente derramaba la enfermera que hasta entonces me había atendido. Me estaba cubriendo con la sábana señal inequívoca de que ya no contaban conmigo. Creo que me rebelé. De mi garganta debió de salir un gemido pues la joven de blanco uniforme se detuvo en la puerta que ya se disponía a traspasar. Volvió sobre sus pasos, levantó la sabana, esbozo una sonrisa y estampó un sonoro beso en mi mejilla para luego salir corriendo en busca del doctor.
Acabe de reponerme en casa gracias al permiso concedido y a los caldos de mi madre. Ella que me había llorado en la distancia, me iba a llorar de nuevo al verme partir hacia una nueva guerra de mucha mayor magnitud y de la que ya he relatado algunas cosas.
Como resultado de esta enfermedad siempre he tenido un miedo atroz a un estado que los médicos llaman catalepsia. Llevo siempre conmigo un escrito donde advierto de esta circunstancia que me pudiera acaecer. Antes de que procedan a enterrarme, cosa que no deseo, pues prefiero ser incinerado, quiero se me hagan diversas pruebas; mantener mi cuerpo al menos durante dos días, pincharme en los dedos de los pies, o producirme leves quemaduras, comprobar con un espejo si lo empaño... todo ello encaminado a comprobar el más leve movimiento que mi persona pudiera hacer denotar, y señal de que aún estoy entre los vivos, aunque pueda parecer lo contrario.
 
Puede parecer paradójico, o tal vez sea lo natural, que siendo amante de la libertad, de los espacios abiertos, la naturaleza, el sol y la claridad, y odiar todo lo contrario, la muerte de mi tío Jacinto fuera tal y como os la relato...
Salió al campo un atardecer de verano. El sol calentaba lo justo para ir hasta el río y sentarse a la sombra de los fresnos. En el bolso de su chaqueta llevaba como siempre un cuadernillo de crucigramas a los que era muy aficionado.
Se sentó en la piedra de costumbre, apoyado en el grueso tronco, sacó un cigarrillo de la pitillera de plata y lo encendió. Se dispuso a cubrir las casillas con un lápiz de tinta y capuchón metálico, que ya nadie utiliza.
A lo lejos se oyó un fuerte retumbar. El cielo estaba limpio. La centella rasgó aquél cielo azul sin saber de donde venía y fue a caer justo sobre Jacinto. Cuerpo, árbol, piedra y tierra se unieron para siempre.
No sitios oscuros. No sitios húmedos, ni estrechos. No sitios silenciosos. Allí cielo y brisa, sol y suave sombra, canto de jilgueros y aguas cristalinas. Allí tierra, agua y fuego…
fin.

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