miércoles, 28 de abril de 2010

En al casino. ( parte IV)

Don Roberto espera con impaciencia, la hora en que este nuevo día, ha de reunirse con don Tanis. Hoy tiene para él más importancia lo que desea contarle, que lo que le cuente el terrateniente. No obstante, como casi todos los días, esperará a que don Tanis acabe su relato para relatarle sus anhelos.
-¿Comienza con su relato, don Tanis?
-Cuando gusten. Hoy parece que tampoco va a venir el cura.
-Así estaremos menos tensos, siempre pone mala cara cuando usted menta los ídolos de ese país. -Es cierto don Servando, pero, no hay que olvidar que es cura y además, viejo.
-Don Tanis, yo también soy viejo, o por mejor decir, mayor y sin embargo con los años me he hecho más condescendiente, no al contrario.
-En fin, cada cual es como es, y nadie lo remedia. Si les parece les cuento la última etapa de mi viaje.
-Les contaba ayer, que había presenciado un intento de inmolación por parte de aquella chiquilla. Es cierto, que su cuerpo era el de una mujer; caderas redondeadas, busto adecuado, prieta de carnes, ojos negros grandes y rasgados, color moreno suave y pelo que yo intuía como la noche. Pero no es menos cierto, que para nosotros, a esa edad, las chicas están dejando los calcetines, mientras que en esta, se adivinaba que a no mucho tardar iba a ser madre.
-Al día siguiente, después de dar una vuelta junto al río, le dije a Singh que preparase el coche para bajar hasta Benares. No tenía el ánimo suficiente para continuar viaje, y ya me planteaba el volver atrás, a Nueva Delhi, coger el avión y regresar a casa. El motivo de ese cambio súbito de mi forma de ser, habría que achacarlo a un par de cosas; primera, me encontraba solo como nunca antes lo había estado y sentía añoranza. En segundo lugar, por aquello que vi junto al río y que iba a ver ampliado mas abajo, en Benares o Varanasi.

-Benares está situada en una región que parece muy fértil. Desde el automóvil podía contemplar los campos de cereales y de caña de azúcar. En la ciudad, multitud de artículos de latón, trabajos de filigrana y brocados de seda, hilo de oro y plata se veían por doquier. A través del río, la ciudad da una impresión de esplendor que se disipa al mirar con más atención. Las estrechas calles serpentean tortuosamente entre edificios pintados o labrados, muchos de los cuales tienen galerías colgantes.
-No les he comentado, algo de suma importancia que sucede en la India. A mí ya me había sucedido en otros lugares, pero en ninguno como allí. Al bajar del avión noté en el aire un perfume especial que en aquel momento, no supe definir. Luego, muchos olores distintos llegaron a mi nariz; el de los animales y sus excrementos, el olor de la selva cargada de flores y las coronas y ramos marchitos ahogándose en el río. La madera quemada en las piras, de sándalo y aceites a veces, de tabla de cajón en otras. El olor de algunos vivos próximos a la muerte y la de los propios muertos, el humo y la carne quemada.
-Don Tanis, no sea tan expresivo, por favor.
-No hay mas remedio, señores. Así es la India, llena de contrastes. Grandes multitudes de peregrinos llegan de todo el mundo a Benarés, la ciudad más sagrada del hinduismo. Se reúnen a lo largo del río donde unos terraplenes y escaleras se adentran en el agua. Hay unas partes niveladas que se utilizan para las piras funerarias. El Ganges, es el río sagrado para los hindúes, que creen que la inmersión en sus aguas, purifica los pecados y que morir en sus orillas conduce a la salvación. Aunque yo ya lo había visto en menor medida en Allahabad, no dejó de causarme admiración lo que allí veía; hombres, mujeres y niños sumergiéndose en aquellas aguas que a mi se me antojaron sucias y fetidas. Unos, se introducían vestidos y sus ropas se pegaban al cuerpo, otros a medio vestir o en cueros, echándose agua por la cabeza con vasijas, frotándose los ojos para desplazar el agua que les entró, escupiendo y quien sabe si orinando, con las hogueras, el humo, las cenizas y los residuos flotando a su alrededor. El acre olor a torrezno, las huesudas figuras de los gurús o santones que permanecían estáticos. Los moribundos que se acercaban al agua, solos o en compañía. La muchedumbre por todos lados, en los balcones, a las puertas de las casas, el río. Gentes de buena posición, míseros pobres, tullidos, músicos, ceremonias, oraciones...

-Le dije al chofer que nos marchábamos, ni siquiera quise ver el más sagrado de todos los templos, el Bisheshwar, o templo Dorado. Aquella huida no duró mas que unos kilómetros, al llegar cerca de un recodo del río, llamaron mi atención una gran cantidad de balsas que estaban varadas. Algunas aún humeaban y en torno a ellas bullía una gran agitación. No de personas, que no había. El lugar, quiza por que había empezado a llover también, me pareció un tanto tétrico; Los árboles de las orillas estaban secos y carecian de vegetación, tal vez debido a los incendios contagiados de los tumulos que hasta allí llegaban. El agua remansada estaba verdosa de ovas y aquí y allá flotaban cuantiosos restos de cremaciones. Algunos cocodrilos emergían cuando hallaban algún bocado apetitoso. Otros, ahítos, dormitaban en las orillas mientras hacían la digestión. Vi a uno de ellos abalanzarse sobre unos troncos y lanzar un bocado. La recompensa fue el muslo y la pantorrilla de alguien que había quedado a medio quemar. Sentí como chascaba el hueso y como tibia y fémur poco a poco se introducía en la garganta de aquel saurio. Toque en el hombro a Singh y le dije que me llevara a Delhi, ¿para qué iba a llegar hasta Calcuta?, una ciudad de la que muchos dicen es la cloaca del mundo. Ese señores ha sido mi viaje.

-Don Tanis, nos ha dejado un poco acongojados...
-Don Servando tiene razón, si señor- añadió el boticario-
-No se preocupen, seguro que don Tanis tendrá alguna anécdota mas alegre. No nos va a dejar con el corazón afligido, ¿verdad don Tanis?.
-¿Quiere que le cuente, como tres hermosas muchachas, me bañaban y perfumaban todos los días que estuve en casa del maharajá, don Roberto?
-¿De veras don Tanis?
-Pues no, pero, ¿a qué hubiese estado bien, si fuera verdad?
-Don Tanis, está haciendo parecer que soy un sátiro, y que sólo a mí me gustan las mujeres.
-No se enfade don Roberto, es usted el mas joven y necesita salir alguna vez de este pueblo y ver caras nuevas.
-Y en el regreso, ¿no le ocurrió nada digno de mención?
-Nada en absoluto, pero ya que en mi relato he hablado del budismo y del hinduismo, no quisiera dejar de lado a los seguidores de Alá. Recuerdo que ya de regreso, en Agra, el chofer quiso que visitase el Taj Mahal. Había estado aquí cerca, en casa del maharajá y sin embargo, con la prisa que tuve para continuar camino, no lo había visto. Se dice, que la construcción del más famoso de los edificios antiguos de la India, se prolongó durante veinte años y que en él trabajaron veinte mil hombres. El sha Jahan construyó este mausoleo, para su esposa favorita, a la cual se conocía por el sobrenombre de Mumtaz Mahal- la elegida de palacio- y que murió hacia el año mil seiscientos. La tumba, se alza sobre una plataforma cuadrada con un minarete en cada esquina, tiene más de setenta metros de altura y está decorada con inscripciones coránicas y relieves escultóricos.
-¿Y, de las otras esposas, no se sabe nada?
-Oh si, las fueron enterrando cerca del jardín y el estanque central, que se abre al exterior por una puerta monumental.
-Seguro que ha deslumbrar todo ese mármol blanco...
-Y más con el rojo contraste que ofrecen las mezquitas que están a su lado. Dicen que los cuerpos del emperador y de su esposa yacen en una cripta y sólo los cenotafios se yerguen en el centro de una sala octogonal, rodeados por una pantalla perforada de mármol y piedras semipreciosas. Y eso es casi todo, caballeros.

El maestro, como todos los días, ha seguido a don Tanis. Se sientan un tanto alejados de los demás y cual si fuese su confesor, le da buena cuenta de lo pasado el día anterior. Los demás no ven la sonrisa de aprobación de don Tanis, ni el apretón de manos de afecto y felicitación, por aquello de lo que ambos se congratulan.



Han pasado diez años. Don Roberto tiene una hija de ocho años, que es amiga de los hijos de don Tanis. Don Roberto y Don Tanis, aún continúan tratándose de usted, a pesar, o quizá por eso, de que son amigos.

El maestro se casó con la hija del boticario, continúa en el pueblo y sólo salen de él cuando van de vacaciones en compañía de don Tanis. Don Tanis sale más a menudo, sobre todo cuando una llamada de teléfono dice; ven.
Es la palabra que él utilizó con Mery y que ahora es el santo seña de ambos, para acudir a los brazos del otro. La galesa consiguió casar a don Tanis y sigue fiel a lo que un día le dijo. Le ha dado tres hijos que viven con él y pasa los inviernos en el pueblo, pero el resto del año puede ser en Inglaterra, Argentina, India, Australia. Es a cualquier lugar adonde presuroso acude con solo oír; ven.
Fin
Prendes 3/12/02  

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