miércoles, 28 de abril de 2010

En el casino. (parte I de IV)

Todo pueblo que se precie, ha de tener su casino, y casino es nuestro edificio, aunque al estilo tradicional de los pueblos y no de ésas ciudades donde al oír esa palabra se piensa en juego, ruleta, dados...
Las dos plantas del caserón miran hacia la plaza del pueblo; Desde detrás de los arcos de los soportales la del bajo y la de arriba, desde los altos balcones. En la plaza, como es casi obligado, una fuente de cuatro caños donde las mozas, con la disculpa de llenar sus botijos, cotillean y se dejan ver al atardecer. Bajo los soportales, en la entrada, cuatro o cinco mesas de madera con sillas de tijera que sólo ven la luz en verano, aunque aquí el verano comienza en mayo y acaba en octubre. Las mesas de dentro, son, como no, de patas de hierro fundido sobre las que descansan antiguas piedras de mármol abrillantadas por bayeta, partidas de garrafina y de mús. Es lugar permitido a todos; mozas y mozos, mujeres y niños. No me he olvidado de los hombres, que se da por sentado, y si he hecho mención de los demás, es por que todos ellos tienen vedado el piso superior.
En la planta de arriba solamente entran los hombres, aunque algunos no se atreven. Sillones de cuero, mesas de castaño macizo, apliques y lámparas de bruñido metal, cuadros al óleo, esculturas en bronce, caoba, cristal y mármol... Aquí se leen los diarios de la capital o algún libro de la biblioteca, se mantienen conversaciones de negocios o profesionales, se dirige la marcha del pueblo... Es normal, es el lugar donde se reúnen el alcalde y el secretario, el médico y el boticario, el teniente y el terrateniente, el cura y el maestro, el banquero y el hostelero...

En la tarde de hoy casi todos ellos están reunidos en torno a Don Estanislao, don Tanis para los amigos, señor de muchas fincas, muchas ovejas, cabras y vacas, dueño de una quesería, de pisos en la capital y muy buenos caudales en el banco. Ha llegado de su último viaje por los confines del mundo y esperan, sin osar interrumpirle y cayéndoles la baba, que les narre las peripecias, que invariablemente, emprende año tras año durante varios meses.
-Si señores, en mis largos viajes a lo largo y ancho de este mundo, he subido montañas para muchos inaccesibles, bajado a profundos abismos, atravesado desiertos de inmensas y continuas dunas, cruzado tupidas selvas llenas de animales que estaban al acecho de una presa que bien podía ser yo, surcado las aguas de pantanos llenos de cenagales plagados de mosquitos y de arenas movedizas, en frágiles canoas a las que los yacarés no dudaban en hincarle el diente. En mi deambular, he conocido templos dedicados a todos los dioses, unos hermosos en su magnificencia y otros en su sencillez, magníficos palacios donde reinaban reyezuelos tiránicos, y humildes casas donde comprensión, equidad y amor eran las reglas más comunes. He visto en fin, las dos caras de la moneda, bondad-maldad, riqueza-miseria, honor-vileza, amor-odio, generosidad-avaricia... lo que me lleva a aseverar algo que está en la mente de todos, pero que a menudo olvidamos; que el hombre puede ser peor que una fiera para el hombre, que el habito sí hace al monje, y que lo de tanto tienes tanto vales, es cierto en casi todas las ocasiones.
-Pensaba hacer el Gran Camino o ruta de Kim, desde Lahore, en Pakistán, a Calcuta, pues hacía varios años que en Inglaterra, había conocido a un viejo y nostálgico coronel, que me encandiló con sus narraciones sobre aquel país, que recientemente habían abandonado y sobre todo, con aquella ruta. Me dijo que para aquel viaje, las prisas no contaban, por lo que pensé en un medio de transporte que se me antojaba muy romántico. Era si duda el mejor transporte para conocer detalladamente los dos mil cuatrocientos kilómetros que separaban ambas ciudades; esa especie de triciclo que allí tanto abunda y al que llaman rickshaw. Contrataría un par de estos vehículos, uno para el equipaje y otro para mi propia persona, cada cien o doscientos kilómetros, pues los conductores a los cuatro o cinco días de marcha, posiblemente quisieran volver a sus casas.
-Creía tener todo planificado, pero cuando en Madrid fui a encargar billetes, cambio de moneda y demás preparativos, me convencieron para eliminar aquel larguísimo tramo de Lahore a Delhi, ya que poco había que ver que no viera después, amén de que el transporte elegido era a ojos de todos una barbaridad y problemático el cruce de fronteras.
-A mí no me parecía entonces que hacer una media de cincuenta kilómetros diarios, más o menos, durante dos meses fuese demasiado, sin embargo acepté el consejo y hube de darles la razón. Aún perteneciendo ambos a la península indostánica, el Pakistán de religión musulmana, y la India hinduista, aún conservan resabios provenientes de la formación de ambos países, y se dice que el Pakistán Oriental desea separarse del Occidental formando una nueva república. Pero esto son sus cosas, yo estoy aquí para contarles las mías.
-Así pues, el diez de octubre del sesenta y dos partí de Madrid en avión hacia Francfort, desde donde me embarcaría rumbo a Nueva Delhi, punto de partida para aquel viaje. Hasta Alemania fui en un cuatrimotor de Iberia, pero allí me esperaba una grata sorpresa; iba a inaugurar un vuelo en un avión sin hélices, que llaman de reacción y que por cierto, es una maravilla.

-Una semana permanecí en Delhi y me parecía poco tiempo para ver todo cuanto se me ofrecía. He de hacer aquí otro inciso, pues puede que alguno piense en una ciudad, cuando en realidad son dos: Delhi, la antigua y Nueva Delhi la moderna. La antigua con maravillosas mezquitas y palacios; Visité el minarete de la mezquita más alta del mundo: "Qutb Minar" que tiene cinco pisos y que es considerada como la séptima maravilla del Indostán. En Quwwt Al-Islam, que es el primer edificio musulmán construido en la India, traté, como dice la leyenda y para conseguir un deseo, traté, digo, de rodear con mis brazos una gran columna de hierro procedente de un templo dedicado a Visnu. No lo conseguí, pues había que hacerlo de espaldas y aquel pedazo de metal con inscripciones en sánscrito y que nunca se oxida, me negó mi deseo. Visite el "Palacio Presidencial" con sus trescientas cuarenta habitaciones y rodeado de grandes y bellos jardines, el Museo Nacional de la India, que como se puede suponer contiene de todo, pintura, arqueología, antigüedades... En el Fuerte Rojo, hay varios edificios rodeados por altas murallas de arenisca roja y que en otro tiempo fueron la residencia del emperador mogol. Alguno de ellos, como la sala de la Audiencia Pública, con paredes de mármol e incrustaciones de piedras preciosas. También visité templos dedicados a Narayana o Visnú, el mercado, con sus vendedores de dulces, los de objetos de plata que allí mismo construían...

-Las vacas sagradas deambulaban en Delhi por cualquier lado sin osar ser molestadas por nadie aún a pesar de que pudieran pisar, tropezar o derribar personas, cacharros y enseres ya fuera en los mercados o en cualquiera otra parte. Cruel paradoja el que estos animales fueran tan bien considerados y tratados, cuanto que la vida de las personas, no valía tanto como ellos como podrán observar por el caso que me aconteció.
-A lo largo del Gran Camino, vi numerosos encantadores de serpientes que ofrecían su arte esperando recibir unas monedas, y aunque la mayoría de ellos sin duda, habían evadido el riesgo extirpando la gandula venenosa del ofidio, la gente lo desconocía. Elefantes ricamente enjaezados portadores de personajes importantes, rebaños de carabaos, carretas de bueyes engalanadas con flores que acudían a bodas, mujeres con vasijas de latón a la cabeza y enfundadas en multicolores saris de fino satén y bordados con hilos de oro, indígenas semidesnudos o con blancos vestidos... en fin, una abigarrada multitud llena de un colorido tal, que es difícil de imaginar a no ser que pienses en las mil y una noches.
-A ambos lados de la carretera, muchos curiosos estaban plácidamente sentados contemplando a los que por ella transitaban, sin importarles el polvo, el olor de los excrementos que los animales dejaban, ni las moscas que a ellos acudían. Sentados a la forma de los Budas, veían pasar aquella incesante procesión durante horas y horas y sus ojos retenían las imágenes en silencio, sin existir para ellos, tiempo, calor, sed o hambre.
-Estaba decidido ya a emprender la marcha, cuando el diablo me tentó para que abandonara el camino trazado, al que retornaría unos días después, y me dirigiera a Jaipur donde quería admirar el Palacio de los Vientos. En esta ocasión, y siendo mucho más corto el trayecto, quise se hiciera realidad aquella obsesión mía y contrate los dos rickshaw.
-Ya Camino de Jaipur, fui asaltado por unos bandidos, quedando malherido y tirado en la cuneta al borde de la jungla...
-Don Tanis, si me `permite un momento...
-Como guste don Anselmo...
-¡Perico!
-Diga señor cura
-Perico, haz el favor y manda recado por un chiquillo que hoy no voy a rezar el rosario, que lo lleve doña Encarnación.
-¿Y la misa?
-Tampoco, tampoco. Para las cuatro beatas de siempre y que ya fueron por la mañana, bien pueden dejarlo por una tarde. Hoy tenemos que oír a don Tanis y bien me puedo permitir un respiro... Prosiga usted por favor.
-Bueno don Anselmo, no se lo tome tan a pecho, que la narración no es para tanto.
-Usted continúe, que ya veré yo si es importante o no.
-Bien, prosigo...

-Los dos hombres que contratara en Delhi, huyeron a golpe de pedal después de haber arrojado al suelo todas mis pertenencias y no fueron capaces de hacer frente a aquella horda de salvajes que se ensañaron conmigo, por que traté de defender honor y propiedad.
-Aunque las heridas eran profundas y había perdido mucha sangre, mi miedo no era a morir de ellas, pues no habían tocado ningún órgano vital, temía mucho más a que entre el follaje apareciese una cobra, algún chacal o el tan temido tigre. Mas como en cualquier lugar de la India, aquel camino parecía el paseo de un pueblo de España después de la misa de doce. Al poco acertaron a pasar por allí gentes de muy diversa condición, haciéndolo en primer lugar un rico maharajá. Al hombre, que iba en una carroza tirada por bueyes, le precedían varios soldados armados de lanzas y azagayas y le seguía una comitiva de porteadores. Paró por unos instantes a contemplarme y juzgando posiblemente que yo era un paria de muy baja condición, pues me habían despojado de mis ropas, y que además, mis heridas parecían graves, decidió dejarme allí y alejarse a toda prisa. Una buena acción hubo a bien hacer no obstante, cual fue dejarme una vasija con agua y que agradecí de corazón, pues la fiebre comenzaba a apoderarse de mí y algo me habría de calmar.
-Más tarde, cuando ya el sentido me abandonaba, vi acercarse a alguien. El hombre de oscura tez vestía pobremente, a su espalda llevaba un mísero macuto y en su mano una larga vara sobre la que se apoyaba. Era sin duda un shudra o intocable, un descastado al que según se decía ninguna ley protegía. ¿Acaso a mí siendo europeo y no perteneciendo a ninguna de sus castas me protegió?. Paró y alivió su carga dejándola junto a mí, luego recogió varias hojas de bor o baniano con las que primero espantó las moscas que ya libaban en mis heridas y me cubrió con ellas para evitar en lo posible que los insectos volvieran. Yo agradecía que por fin alguien se compadeciese de mí y ya comenzaba a darle las gracias, cuando el hombre abrió el morral, introdujo en él la vasija que el maharajá me dejara, lo cargó al hombro nuevamente y se marchó. Poco después pasó un brahmán que me despachó con cuatro rezos y quemó un palito de sándalo, pero nada más hizo. ¿Quién lo diría?. Por fin un vaica que era llevado en unas angarillas por ocho sirvientes, se detuvo y ordenó a sus criados que me lavaran y curaran. Me depositaron con sumo cuidado en la litera y me condujo a su casa donde acabe de reponerme de aquel asalto.
-Como pueden observar, ni el rico ni el pobre, ni siquiera el sacerdote, fueron capaces de hacer algo positivo por aquel que agonizaba. El rico temió ser presa de los ladrones como yo lo había sido y huyó a todo correr escondido entre las espadas de sus hombres. El pobre hizo lo que pudo; me espanto las moscas y cobró por ello con lo único que tenía, el brahmán rezó, más, si hubiese sido vaca, tal vez hubiera curado mis heridas. Solo un hombre de mediana posición, que profesaba la religión budista, un agricultor temeroso de su dios, logró con su caridad que hoy pueda yo comentar aquel mal trance por el que pasé.

-Gracias a Dios que ese hombre, aún siendo ateo, tuvo misericordia de usted.
-Ateo para lo que nosotros entendemos, don Anselmo. La filosofía de su religión, se basa en cuatro verdades primordiales:
"La verdad del dolor, porque todo en la vida es dolor nacido del ansia de querer".
"La verdad del sufrimiento por el dolor, ya que solamente dominando los deseos, se domina el dolor".
" La verdad de la supresión del dolor, la cual es imposible de lograr si no es con la muerte."
"La verdad del camino de santidad, que solo se halla por la práctica de la piedad y la meditación del destino".
- Para Buda, la ignorancia de esas cuatro verdades es la raíz de todos los males.
-¡Parece que ha calado en usted esa religión budista!
-Siendo el budismo muy importante, no deja de ser una religión minoritaria, y es el hinduismo la religión mas seguida en el continente. No cabe duda de que todas las religiones tienen algo de positivo, y el príncipe Sidharta, Gautama, Buda o el Iluminado, pasó seis años de privaciones y aislamiento hasta conseguir que "el corazón libre matara todos los deseos". También Jesús ayunó cuarenta días...
El maestro vio que aquella conversación derivaba a polémica religiosa y se apresuró a cambiar el rumbo.
-Don Tanis ¿y las mujeres, son tan bellas como dicen?
-Parece mentira para usted don Roberto, que siendo maestro desconozca la multitud de razas que hay en la India. ¿O quería preguntarme otra cosa y no se atreve por que está aquí el cura?
-Por dios don Tanis...
-No, no, es que he leído que son tan estilizadas, con ese hermoso pelo negrísimo... el color aceitunado...
-El cura ya se va. Me espera la misa, y si hubiera algo de escabroso... ya me lo contarán... en el confesionario.
Mientras el cura salía, don Tanis prosiguió volviendo el rostro hacia las espaldas de don Alfonso, a la par que levantaba la voz para que oyera bien.
-De todo hay, como diría don Alfonso, en la viña del señor, pero ha de saber que en mis viajes procuro ser lo más asceta posible y que no me fijo mucho en las esculturas carnales... Y ya en tono normal... sin embargo le diré que, las de raza aria, que no estén demasiado mezcladas, son para mí de las más bellas y sus torneadas figuras son de un sensual... aunque para gustos hay colores. Lo más triste es que la mujer sigue teniendo en muchos lugares el valor de una propiedad, que muchas niñas aún hoy, son muertas nada más nacer y que es cierto lo de la inmolación por el fuego de algunas esposas.
-Ya que hemos hecho este inciso, propongo e invito a llenar nuestros vasos.
-Usted paga don Servando, sea pues.
-¡Pericoo!
-¡Va!
-Llena las copas por favor.
-¿Puede proseguir con el viaje, don Tanis?
-Como no.

-Como el resultado que me habían dado las bicicletas fue malo, opté por alquilar un coche con conductor en Delhi. Me fui a una agencia y por dos rupias diarias me alquilaron un Crisler descapotable de color blanco, con un chofer de luenga barba y bigote, vestido de pantalón corto y guerrera y tocado de turbante rojo. La gasolina costaba a tres rupias por litro y además había de pagar un suplemento de nocturnidad. De todas formas era muy barato.

-Iniciamos el camino hacia Agra distante unos doscientos kilómetros y que esta situada en la orilla derecha del río Yamuna. La carretera, como de costumbre, era un continuo trajín. De vez en cuando el conductor tenía que bajarse a apartar algún animal, sortear camellos, carretas o personas y me hacía señas para que tuviese calma y paciencia, cosa que ya había asimilado en los primeros días de mi estancia allí. Topamos con una larga fila de elefantes profusamente engalanados a los que no había modo de adelantar y para mas inri, uno de ellos se sentó sobre el coche pese al viraje de mi chofer. La cosa se saldó con una abolladura en la aleta delantera derecha de modo que quedó incrustada entre el eje de la rueda. Las discusiones comenzaron al punto entre ambos conductores, el del elefante y el del coche. Parecía que no llegarían a ponerse de acuerdo, hasta que enterado de lo que sucedía el maharajá Shah Jahata, amo y señor de aquella procesión de proboscidios, determinó que fueran pedidas disculpas al extranjero, que se remolcase el auto y que se me invitase a subir a su elefante.

Tan alto honor fue aceptado por mi parte, no sin pensar que hubiese sucedido si en vez de coche me desplazara en bicicleta. Aquella fue la primera vez en que monté en elefante, pero no fue la última ya que el maharajá, me invitó unos días a su palacio. Allí jugué al polo, muy mal por cierto, no le di mas de dos veces a la bola, y fui a la cacería del tigre, lógicamente en elefante. Pero eso se queda para otro día.
-Don Tanis, hace usted igual que la mora, nos enzarza día tras día como en las mil y una noches. -Ella tenía razón como se vio en el cuento, y es que un poco está bien, pero mucho, a m-as de que puede ser cansado, resultara sin duda pretencioso.

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