miércoles, 28 de abril de 2010

En el casino. (parte II de IV)

Al día siguiente, a la hora del café, ya esperaban a don Tanis todos los contertulios del día anterior y algunos más, pues el boca a oreja funcionaba como en casi todos los pueblos: Sin falta de pregonero.

¿Dónde habíamos quedado ayer? Preguntó don Tanis haciéndose el olvidadizo...
-En casa del maharajá, don Tanis.
-Ah sí. Pero lo de casa es un decir. Aquello era un palacio donde solo las cuadras de los animales ocupaban más que este pueblo. El edificio para los caballos mediría casi cien metros, todo pintado de blanco donde resaltaban los rojos ladrillos de columnas y portería. Dentro habría no menos de cincuenta caballos; árabes puros, anglo-árabes e hispano-árabes y todos estaban en los libros de registro genealógico de caballos. Cada uno tenía su silla de montar a la puerta del habitáculo y un criado para cada cuatro caballos que dormía allí mismo. Unos los utilizaba para jugar al polo y otros para las carreras.
-¿Pero don Tanis, es que allí hay carreras de caballos?
-Mi querido amigo, el maharajá tiene muchos gastos y los caballos son uno de sus importantes negocios, por eso cuida a sus equinos mejor que a sus criados; la mayoría de ellos nunca han visto un avión, mientras que sus pura sangre, han viajado a los derbis de Epsom Downs en Inglaterra, al de Kentucky, en Churchill Downs de Louisville en Estados Unidos, por decir los mas destacados. Usted sabe que los sementales campeones son de gran valor para sus propietarios, no sólo por las ganancias conseguidas en las carreras, sino también porque otros propietarios de caballos y criadores pagan sumas considerables por el privilegio de cubrir sus yeguas con esos sementales...
-Si, lo que hace aquí el ejercito, pero sin cobrar tanto.
-Efectivamente don Servando.
-Continúe don Tanis, por favor...
-Prosigo pues, diciendo de paso, que los elefantes los dedica al arrastre de madera en la jungla, lo que le produce pingües beneficios, y también posee varios tigres. Estos magníficos animales también aportan dividendos como luego verán. Tiene aquel palacio sesenta habitaciones principales, amén de comedores, y otras salas menores destinadas a juegos de mesa, lectura o charla. El salón de baile esta presidido por una imponente figura en bronce de Siva en su forma Nataraja o dios de la danza. En una mano lleva una llama y en la otra un tambor y está rodeado por un circulo de fuego...

-Ídolos, y además en un salón de baile.
-... su pie se apoya sobre el demonio de la ignorancia, don Anselmo.
-¿Me está llamando usted ignorante, don Tanis?
-Ni se me ocurriría don Anselmo, sólo he terminado la frase que usted interrumpió.


-Parece tan grande como el Escorial, ¿verdad don Tanis?- dijo don Roberto tratando de quitar hierro nuevamente al asunto.
-Algo mayor, don Roberto, algo mayor.
-¡Jolin! Pero continúe por favor.
-Al parecer siempre tenía multitud de invitados a los que hacía participar bien en los juegos o en las cacerías. Y a una de estas fui invitado como ya dije anteriormente. Me vestí para la ocasión, he de decir que en mis habitaciones había desde un traje de esmoquin a un kimono japonés, todo ello de mi talla y a estrenar.
-¿Es que tenía para sí solo varias habitaciones?
-Sí, don Roberto. El maharajá dispuso para mí, como supongo que para los demás invitados, una habitación en la que nada faltaba. En la antecámara los muebles eran de roble estilo imperio inglés, y aunque no sé si para fastidiar, habían colocado un busto de Napoleón. Unos estantes con libros, reloj, y oleos de galeones en batalla. En la habitación propiamente dicha, la cama era redonda y enorme, las sabanas de seda, los motivos ornamentales eran los típicos del país; la flor del loto, el nenúfar y la datura como símbolo de la vida, la creación y la muerte. Un contraste demasiado pronunciado, pero que no desentonaba. Podíamos decir que la antecámara era más intelectual, propia para leer o escribir y el dormitorio más sensual. Aquí, decorando las paredes, había miniaturas de Apsara y Gandharva que son...

-Un momento don Tanis, espere a que me vaya, hoy voy yo a rezar el rosario porque ya intuyo que usted se va a meter en un terreno algo escabroso.
-No diga eso don Anselmo, estamos hablando de decoración...
-Por eso, por eso. Algo he leído sobre el tema de la decoración hindú, buenas tardes.
-Buenas tardes tenga usted, don Anselmo.
-Esta algo picajoso hoy, ¿no?
-Así estaremos más tranquilos, ¿verdad don Tanis?
-Don Roberto, a lo que les estoy contando puede asistir el cura con toda tranquilidad; Nada hay del otro mundo y no comprendo el porqué de su prevención.
-Pues para andar con suspicacias, mejor esta en la iglesia. ¿Prosigue, por favor?-pidió don Servando.
-Decía que Apsara, en la mitología hindú, es una ninfa celestial de gran belleza, que aparece representada a menudo como una música o danzarina. Las Apsaras suelen estar acompañadas de los Gandharvas y que son sus consortes celestes, espíritus capaces de poseer a mujeres mortales. Bueno, el caso es que, volviendo al principio, les diré que en la sala de armas, el maharajá me presentó a mi compañera de cacería. Era ella una mujer pelirroja, como de treinta y algunos años, galesa de nacimiento y bisnieta de un terrateniente que había pertenecido a la Compañía de las Indias Orientales. Su carácter era abierto y se la veía con mucho mundo. Sabía de armas y ella misma eligió la carabina que yo debía portar, entendiendo que era lego en la materia. Debió de creer falta de conocimiento por que yo me quedé boquiabierto al contemplar el armero. Y es que no era para menos; una compañía de nuestro ejercito se podía abastecer allí, y todos los fusiles eran de gran calidad.
-Los elefantes estaban dispuestos. Nos dirigimos al que nos indicaron y que al parecer se llamaba Jahim, o al menos eso parecía decir su conductor. A diferencia de otros que llevaban una a cada costado, a Jahim le habían colocado sobre la espalda una gran cesta de mimbre a la que subimos. Un faldón rojo orillado de flecos amarillos bordeaba el contorno de la cesta, y del mismo color era el dosel que nos habría de proteger del sol. A un toque de silbato, todos los proboscidios comenzaron a andar en fila india, nunca mejor dicho, por un camino de tierra y a continuación por una vereda que acabó perdiéndose entre la alta hierba. El río Yamuna o Jumna es ancho y caudaloso, discurría a nuestra derecha, un poco mas allá de los arrozales. Numerosas mujeres trabajaban en la plantación de arroz y la estampa era de un colorido extraordinario; Un campo verde, con espigas de dos palmos y multitud de colores, todas las variedades del rojo, del azul y del amarillo en las vestimentas de aquellas mujeres. Ellas se levantaron al ver la procesión y saludaron con la mano. En la distancia resaltaban sus blancos dientes en las oscuras caras brillantes de sudor. Algunos hombres araban mas allá ayudados por búfalos y otros se afanaban en la limpieza de un canal, pareciendo todo lleno de vida y armonía. A nuestra izquierda, los árboles escasos al principio, se iban espesando al igual que el follaje y todo parecía indicar que nos adentrábamos en la jungla. Los que trabajaban los campos habían desaparecido y con ellos el sonido de sus risas y cantos. Ahora se oían las llamadas de las distintas aves y el aullar de algún pequeño simio. Mery Saunders con gran sensibilidad, me hacía notar estas cosas. Es cierto que hablaba mucho, pero su charla era amena y de gran conocimiento. En su tierra tiene vacas y ovejas en abundancia, por lo que no me fue difícil congeniar con ella. De la India posee un basto conocimiento, pues pasa grandes temporadas y allí vivió con su padre y abuelo. Jahata y ella son amigos desde siempre. Ya sus bisabuelos lo eran, pues, durante la rebelión de los cipayos, se salvaron la vida el uno al otro. Desde entonces sus descendientes se tratan como hermanos y estos dos, se ven a menudo en Inglaterra donde ella le busca compradores para sus potros.
-Los cipayos, ¿no eran los soldados indígenas de los británicos?
-Efectivamente, don Rosendo.
-Y, ¿sabe usted por que se rebelaron?- preguntó de nuevo.
-¿Puedo explicarlo yo, don Tanis?
-Sin duda usted lo hará mejor que yo don Roberto. No estoy seguro de contestar acertadamente a eso.
-Bien. Perdonen si me extiendo un poco, no quisiera que me considerasen un Marisabidilla, pero es que he estado estudiando el tema...
-Los cipayos vieron cómo el gobierno británico dejó de respetar sus tradiciones religiosas y de casta. Se sintieron ofendidos por los cambios sociales que introducían, por las labores de los misioneros cristianos y por que los obligaban a participar en guerras ajenas a la India. El malestar aumentó, rebelándose, cuando la Compañía de las Indias Orientales empezó a distribuir unos fusiles más modernos: Para cargar estos fusiles, los cipayos tenían que morder las puntas de los cartuchos que estaban engrasados. Los rumores de que los cartuchos estaban engrasados con grasa de vaca y cerdo enfureció a los hindúes, para quienes la vaca es un animal sagrado, y a los musulmanes, para los cuales el cerdo es un animal impuro. Los soldados, que habían sido encadenados por negarse a utilizar los nuevos cartuchos, fueron liberados por sus compañeros. Los amotinados mataron a un gran número de oficiales y con la ayuda de la guarnición de Delhi, la capturaron. Fue entonces cuando se sublevaron otros regimientos, tomando la ciudad de Cawnpore y sitiando la de Lucknow. Las represalias británicas y los motines fueron igual de violentos; Los amotinados asesinaban a sus superiores, mujeres y niños, y los británicos disparaban con cañones a los amotinados capturados. Los cipayos superaban en número a los soldados británicos y la rebelión no tardó en extenderse hacia el norte y el centro de la India, logrando el apoyo popular. Luego, las tropas británicas reconquistaron Cawnpore y Delhi y finalizaron con el asedio de Lucknow. La principal consecuencia de la rebelión fue la abolición de la Compañía de las Indias Orientales y la transmisión de la administración de la India a la Corona británica. A largo plazo, se consiguió respeto para las creencias y costumbres de los indígenas por parte de los dirigentes británicos y un sentimiento nacionalista indio.
-De libro, don Ramón, de libro.
-Muchas gracias, don Servando.
-Ya le dije que yo no lo haría mejor. Desconocía el asunto de los cartuchos engrasados, ya ve.
-Gracias don Tanis. Siga usted si quiere, por favor.
-Tras casi una hora de camino, llegamos a un lugar donde unos cincuenta hombres esperaban. Los conductores pararon los elefantes formando un circulo con las cabezas hacia el centro y el que parecía el jefe de los de a pie, después de muchas reverencias, comenzó a hablar con Jahata. Después el Maharajá nos explicó en que consistía la cacería y como debíamos de actuar. Aquellos hombres eran, al igual que aquí se hace, los ojeadores. Portaban varas de bambú, panderos, campanillas y cualquiera otra cosa susceptible de armar ruido. Formaron una larga fila y comenzaron a caminar haciendo sonar sus instrumentos y dando golpes a las plantas, con el objeto de que los animales escondidos huyeran hacia un sitio determinado. Los elefantes se colocaron tras ellos, a sus espaldas, de modo que si alguna fiera se revolviera, los cazadores pudieran desde su altura, disparar salvaguardando la vida de los de a pie. Al principio, yo iba tenso, las manos aferrando la carabina y dispuesto a soltar plomo al menor atisbo de peligro, hasta que dándose cuenta de ello, Mery, me aconsejó que me relajase. Los nudillos, que se me habían quedado blancos, tornaron a su color natural, mientras ella, sin despistarse un ápice, me hacía ver las flores de los magnolios o los rojos frutos de los banianos.
-¿Sabes como germinan los banianos? Me preguntó.
-Pues sinceramente no lo sé, supongo que como los demás árboles.
-No, que va. Es un poco más complicado. Las semillas no germinan casi nunca en el suelo, sino en la copa de las palmeras, donde las depositan las aves; desde allí emiten raíces que rodean y acaban por matar a la palmera. ¿Qué te parece?.
-No lo sabía, pero me parece triste que un árbol de tanta prestancia como la palmera, tenga que morir para dar la vida a un congénere.
-No te entristezcas, estas palmeras crecen más rápido y cada una puede dar vida a varios banianos, pues las raíces que caen a tierra, se transforman en troncos.
-Al poco ella llamó mi atención diciendo:
-Prepara tu arma y abre bien los ojos, estamos llegando al desenlace de algo que verás muy pocas veces.
-Casi habíamos atravesado el bosque, como pude observar mas tarde, y ahora parecía que los rugidos que de vez en cuando oía camuflados entre la algarabía de los ojeadores, eran más nítidos. De repente, música y voces cesaron. Los hombres que iban delante corrieron hacia la grupa de los elefantes escondiéndose, pero tratando de observar lo que iba a acontecer. Los árboles dieron paso a una tupida y alta hierba que casi llegaba al pecho de los hombres. Los tigres, pues parecían dos, dudaban indecisos hacia donde ir. Atrás, un semicírculo de elefantes que les había venido persiguiendo, adelante, un olor a humano que parecía cerrar el circulo. Los elefantes empujaban. El circulo se cerraba. Nosotros, desde tres metros de altura, veíamos como la hierba se movía cual si una boa reptara. En alguna ocasión pude ver la cabeza del gran gato que ahora rugía desaforadamente. Cuando ya la distancia era mínima, eligieron el camino más fácil; hacia delante y a todo correr. Pero allí, ante otro grupo de hombres que a pie firme les esperaba, había unas redes en las que los tigres se fueron a enredar, cual cogen aquí a las palomas cuando atraviesan los Pirineos. Metieron a las fieras en jaulas de barrotes de hierro no sin esfuerzo y los escopeteros, que ni un solo tiro habíamos disparado, descargamos nuestras armas al cielo en señal de regocijo.
-Don Tanis, no parece que sea muy peligroso.
-Es que usted no ha visto de cerca las uñas y los colmillos de los gatitos, don Servando.
-¿Y, no se hizo una foto, don Tanis?
-El merito no fue mío, don Roberto. Yo me limite a disfrutar viajando en elefante en compañía de una bella dama, a comer en plena naturaleza los manjares que nos ofrecieron y trabar amistad con alguno de los invitados.
-No me diga que no se hizo una foto.
-Si, la hicimos. Y mañana se la enseñare. Es la foto de todo el grupo, tigres incluidos, delante del palacio. Los tigres van a viajar en breve a dos zoológicos, uno de Europa y el otro de América que ya han abonado un adelanto de su precio. Ahora y para no cansarles mas, voy con su permiso a releer la prensa de Madrid.
-Cuéntenos algo mas don Tanis, los periódicos siempre dicen lo mismo y si ya los leyó por la mañana...
-No se haga de rogar don Tanis, mire como estamos todos con la boca abierta.
-Está bien, seré condescendiente pero un ratito nada más.
-Aquella tarde, Ravi Shankar dio un concierto de sitar y la gente con el diablillo de la música dentro, comenzó a bailar. Fueron solo unas cuantas piezas antes de la cena, pero suficiente para que Mery se cogiera a mí, bastante patán por cierto, y no me dejara. Podría explicarles que fue lo que comimos, pero no sabría decirles de qué estaba compuesto. Respecto de las danzas de Bharatanatya, Kathak y Manipuri que contemplamos, puedo decirles lo mismo, los pasos de baile de los danzantes son difíciles de comprender. Unos tienen que ver con las artes marciales, otros tienen su origen en cuentos tradicionales y los mas son temas sobre leyendas referentes a Krishna. Al final, a mí me dolían las articulaciones sólo de ver como aquellas muchachas giraban cabeza, manos o piernas. Tanto movimiento de cejas, ojos y cuello me hicieron decidirme por la retirada cautelosa hacia mis aposentos.
-Cuando el vaica Rukmini Gore me tuvo hospedado curándome de mis heridas, me puse en contacto con la central de mi banco en Madrid que me envió dinero. Aunque es difícil la comunicación desde tan lejos, uno tiene amigos y todo se hace más fácil. Digo esto por que ya llevaba allí cinco días, mi coche estaba reparado y yo podía continuar viaje. El problema era como agradecer al maharajá su hospitalidad, y ahí es donde entran los amigos. Un amigo, de un amigo, de un amigo, que era cónsul de España en Nueva Delhi, me proporcionó lo que estaba buscando. Se trataba de dos preciosas escopetas de caza que habían quedado en la legación, pues el personaje a quien iban destinadas como agradecimiento de favores, había muerto antes de recibir el regalo. Envié al chofer a por ellas y cuando estuvieron en mis manos, casi me arrepiento de regalarlas. Ligeras, equilibradas, gatillos suaves, los cañones paralelos pavonados y de un tacto finísimo. El repujado era soberbio; dos faisanes mirándose frente a frente por cada uno de los lados y con incrustaciones en oro. Era un trabajo digno de la mejor armería vasca como así lo atestiguaba su firma.
-Al día siguiente partía para una nueva singladura que diría el marino, y que esta vez me llevaría hasta Allahabad, donde el Yamuna confluye con el Ganges, lugar importante de peregrinación para los hindúes. Pero eso, si no les importa, será para otro día.

Cuando don Tanis se separó del grupo para leer la prensa, don Roberto, el maestro, lo siguió. Se sentó frente a él que lo miraba hacer como diciendo ¿qué querrá este ahora?. Pronto lo supo y no tuvo mas remedio que sonreír aunque para sus adentros. Otra cosa le hubiera sentado fatal al maestro.
-Don Tanis, perdone que le aborde de nuevo, pero es que ardo en deseos de preguntarle algo y he supuesto que sólo a mí me lo dirá. Ya sé que puedo parecer pretencioso e incluso importón, pero usted me conoce de sobra y yo sé del afecto que me tiene.
-Que me quiere preguntar.
-Usted siempre ha dicho que se morirá soltero, es del dominio público, pero, ¿no se enamoró de Mery o ella de usted?
-¿Me permite que le haga yo una pregunta?. Bien, ¿cómo es que siempre pensando en el amor y en las mujeres, permanece soltero?. Déjelo, es igual. Le voy a responder. El amor es algo maravilloso que cuando llega hay que apurar hasta la última consecuencia. El amor pasa muchas veces ante nosotros y no lo debe confundir con el cariño. El cariño permanece mientras que el amor viene y va. Yo tengo ya cincuenta y tres años, ¿cuántos tiene usted, treinta y cinco?. Es hora de que se busque un amor, que pasado este, le quede mucho cariño y así será feliz el resto de sus días. Yo ya me he vuelto muy cómodo, nadie aguantaría mis manías. Pero como esto no es lo que quería saber, le contare algo para nosotros dos. Si algún día llegara a casarme, lo haría con Mery. Por eso, y aunque así no fuera, no quiero que nadie le falte al respeto y nadie, solo usted sabrá lo que paso entre nosotros.
-Durante el baile de la cacería, Mery muy junto a mí me dijo al oído: "eres tímido Tanis y nunca me vas a decir nada de lo que yo quiero oír". Quede tan sorprendido, que el vals se me aturulló mas de lo debido y casi la piso. Fue solo un momento, pues a continuación vino lo peor... "quieres casarte conmigo". Estaba sin resuello y asiéndola por la muñeca, la lleve fuera. Hacía calor, las estrellas brillaban a docenas en la noche azul. Nos sentamos en un balancín de mimbre y quise hablar pero ella, poniendo sus dedos sobre mis labios dijo: "calla y escucha. Me doy perfecta cuenta de que nuestros mundos son diferentes, que a ti te costaría mucho adaptarte al mío y a mí al tuyo. No te pido tal cosa, ni quiero que me lo pidas. Pero podemos estar casados, pasar juntos unos días en España, otros en Inglaterra o donde quiera que estemos y tengamos necesidad el uno del otro. ¿Qué te parece?
-No comprendo bien tu proposición. ¿Es que necesitas estar casada?.
-Tanis, no quiero ser la querida de alguien, no me ofendas.
-Perdona Mery, no lo he dicho con esa intención, quise decir que si hay algún motivo...
-El único motivo que tengo es que quiero ser tu mujer. Presumir de ti aunque este cada uno en un rincón diferente del mundo. Quiero correr a tu lado cuando tenga ansia de ti y que a todo el mundo le parezca normal. No me preocupan los chismes y me importaría un pimiento lo que dijeran si fuera tu amante, pero no es eso lo que deseo. El vinculo, fíjate que estupidez, me haría creer que aún estando lejos eres mío y yo soy tuya, sin él, no te tengo, te veo como algo que pudo ser y no fue.
-Don Tanis, esa mujer está enamorada y si yo tuviera la suerte que usted tiene, no lo pensaría.
-Que clara se ve la vida de los demás, cuando somos ciegos para la propia. Pregunte a la hija del boticario porque está usted ciego.

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