lunes, 5 de abril de 2010

La calleja del trece

 
Sabido es que a menudo, a algunas calles se las conoce por otro nombre muy distinto del que figura en su placa. La nuestra, la de nuestro cuento, figuraba en el callejero municipal como: "Travesía del Cortijo", y en la desconchada y parcialmente oxidada placa, aún podían apreciarse las blancas letras y el escudo de la ciudad sobre el esmaltado fondo azul. No obstante, todos en el barrio, muchos fuera de él y hasta algunos esporádicos vecinos de ciudades próximas, la conocían como "la calleja del trece".
Cierto es que era estrecha, tampoco era muy larga; tan solo trece números, no estaba situada en el centro de la ciudad y tampoco era paso obligado para algún sitio en especial; no había comercios u otros establecimientos afamados que con rutilantes letreros atrajesen la atención, no había monumento, club deportivo ni nada semejante. La calle solamente tenía dos casas a la misma mano, separadas por las entradas a varias fincas dedicadas a huertos, enfrente una alta tapia de otra finca a la cual se accedía por otra calle. Los números de las casas eran el siete y el trece
¿ Por que entonces el apodo y la fama?. Pronto lo veremos.
El día de la fiesta del barrio, pasaba por allí a duras penas por lo estrecho, la procesión de Nuestra Señora de los Remedios, deteniéndose delante de la casa correspondiente al número -para algunos de mal augurio- que da fama a la calle. Los costaleros volteaban la virgen hacia una de las ventanas, hasta que las inquilinas del inmueble le rezaban unas oraciones.
Este hecho repetido año tras año, le costaba severas reprimendas al viejo cura don Senén por parte del señor Obispo, pero el cano y flaco párroco hacía caso omiso del rapapolvo, y al año siguiente, repetía el itinerario y la consabida paradita.
Comprendo yo, que tal vez esperase que la Virgen pusiera el "remedio" que desde tiempo atrás demandaba, aunque no es menos cierto, que algunas personas contrarias a lo religioso, aprovecharan aquello para criticar al cura, y echarle en cara los billetes que las pecadoras introducían como óbolo en la red metálica que protegían los cristales tras los que oraban.
La puerta del número trece estaba chapeada de zinc y coloreada en tono sangre oscuro. No poseía llamador, timbre o picaporte, por lo que los numerosos abollones dejaban ver bien a las claras cual era el método empleado por los que llamaban. Esa puerta cerrada a cal y canto daba paso a un interior misterioso que yo un día pude atisbar. Al anochecer, jugábamos en la plazuela colindante unos cuantos chiquillos cuando aparecieron varios mozos con corte de soldados. Tenían todos el pelo rapado y alguno llevaba las alpargatas de esparto que yo había visto muchas veces a los que iban al campo cercano a hacer prácticas de tiro. Entre risas y bromas, se acercaron a nosotros y nos preguntaron por la calleja del trece. Con sonrisa de complicidad y aparentando saber más de lo que sabíamos, nos brindamos a conducirles. Llegados al lugar, nos demostraron su agradecimiento lanzando algunas perras gordas al aire, a la par que nos pedían que nos fuésemos. Me hice el remolón buscando en la tierra los imaginarios céntimos, mientras que uno de ellos ya aporreaba la puerta con una piedra. Al poco, ésta se abrió y una femenina y sonriente cara invitó a pasar a los clientes. La música llegó a mí, que miraba embobado, desde las sombras, fuera del haz de luz que la puerta dejaba salir. El bolero de Machin que sonaba en la gramola se me antojó suave, dulce, arrobador. Las bombillas de la lámpara protegidas por tulipas, daban un tono rojizo al vestíbulo del que partía una escalera hacia las estancias superiores. Apoyada en el barandal, la rubia platino de inmaculada camisa blanca, puños y cuello de encaje que a veces veía en la tienda de comestibles, esperaba con una postura entre indolente y melancólica la entrada de los mozos. Recordé aquel perfume de lilas, la nacarada tez y el sombreado de sus azules ojos, las largas pestañas y el rojo carmín de sus labios, las blancas manos de cuidadas uñas y el suave colorete de las mejillas. Todo eso en un instante fue lo que vi. La puerta se cerró y el encanto se rompió cuando instantes después, la gramola lanzó al aire a todo volumen los cantares de Antonio Molina. Me fui con un no se que en el corazón de mozalbete de doce años y que aquella noche en la cama, me hizo derramar alguna silenciosa lágrima.
Durante bastante tiempo no pensé sino en ella; la miraba con curiosidad las raras veces que salía de casa, atisbaba sus ventanas cuando pasaba por la calleja sin motivo alguno, tratando de ver su esbelta figura. Procuraba hacerle todos los recados a mi madre, por ver si coincidíamos. Sabía que en la tienda solo compraba fruta. Los melocotones más carnosos, las uvas de moscatel, la cereza picota. La chiflaban los albaricoques y siempre le pedía al tendero que cuando los tuviese no dejara de enviárselos. Él decía que si, pero luego no lo hacía. A pesar de las buenas perras que la sacaba, no se atrevía a mandar al recadero por el que dirán. Conocía las prisas de sus parroquianas por cederle el sitio, de sus cuchicheos llenos de maledicencias y temía perder clientela.
Yo me quedaba absorto contemplando el zapato de tacón que siempre vestía, tan alto y fino que parecía imposible sostener su esbelta figura. La raya de las medias, siempre en el centro de la torneada pierna, la falda azul oscuro contrastando con la blanca camisa. Nunca llevaba capazo, solo un pequeño monedero en la mano enjoyada con sortija de negra piedra. Crucifijo de oro al cuello y discretos pendientes del mismo material. Andar reposado y señorial con un leve contoneo y aquel suave pero dulzón perfume de lilas.
!Estaba enamorado¡
No creo que llegara a esta conclusión en ese momento, pues desconocía tal palabra, pero algo debía de haber cuando mis pensamientos me llevaban al casamiento. Deseaba que el tiempo volase para hacerme mayor y poder casarme con ella. No cabía duda, estaba enamorado como todos lo hemos hecho alguna vez, y sin querer comprender que el tiempo pasa para todos.
Por un tiempo le perdí la pista. Luego me enteré que un tal Damián, dueño de un taller de forja y cerrajería, la había retirado. Palabras extrañas para mí en aquel entonces.
Investigué al tal Damián con la ayuda involuntaria de mi padre que me llevaba con él los domingos mañaneros, cuando después de misa, iba a tomar unos chatos con los amigos. El recorrido siempre era el mismo y en los mismos lugares solías encontrar a las mismas gentes. Mientras mi progenitor tomaba el vino, yo me comía los aperitivos; de picadillo aquí, de ensaladilla allá. Los que más me gustaban eran los de morcilla que servían en el "Águila". Aquí conocí al cerrajero. Era un tipo mayor, como de cincuenta años o más, de mediana estatura y algo encorvado sin duda por estar agachado todo el día sobre el yunque. La cara negruzca tal vez por la contaminación del carbón de la fragua o por efecto de la cerrada barba. Las bastas manos llenas de callos y dedos de morcilla con negras uñas, poco tenían que envidiar a la grosería y altanería del personaje. Me pareció un tipo asqueroso.
Aquella traición que ella me había infligido con aquel ser al que yo juzgaba despreciable, la estaba pagando muy cara. El rufián, celoso de su pasado, le daba unas tundas mayúsculas, la tenía secuestrada en casa de donde no la dejaba salir, y a menudo volvía del trabajo para ver que hacía. La cosa acabó como tenía que acabar; Margarita volvió a la calleja del trece.
Unas semanas después de volver, apareció por la tienda. Era medio día y dio la feliz casualidad, de que mi madre me mandó a no se que cosa. Me fije en ella tratando de adivinar que cambios se podrían haber dado en aquellos meses con aquel hombre. Su vestimenta era la misma, su porte igual. Igual era su perfume y su carmín, y sin embargo, el olor me repugnó. En una de las piernas tenía una pequeña variz y el paño de la falda se veía ajado, viejo. Los bordados de la camisa estaban deshilachados en algunos sitios y a la altura de las axilas, estaba zurcida. Los polvos y el maquillaje trataban de ocultar, sin conseguirlo, las arrugas que ya empezaban a poblar su cara. Su andar parecía ahora cansado, y seguro, que hacía verdaderos esfuerzos para mantenerse sobre los tacones. Me parecía ajada, enferma. No; me pareció vieja. El hechizo se había roto y el culpable tenía sin duda un nombre: Damián.
Tal vez lo que veía antes, y lo que veía ahora, era lo mismo y no todo era tan claro ni tan negro seguramente, solo una cosa cambiaba; el amor que antes había sentido por ella, ya no lo sentía.
Que no todo debía de ser tan negro, me lo demostraron los hechos que sucedieron algún tiempo más tarde.
Margarita guardaba celosamente un secreto, casi común en todas aquellas que como ella acababan refugiándose en casas como la del trece; tenía un hijo fruto de unos amores demasiado tempranos, y por los que fue arrojada de casa por sus padres. Entregó el niño a una familia campesina para que lo criaran mientras ella ganaba el sustento para ambos, y de vez en cuando lo iba a visitar.
No se si contrariamente a lo que suele suceder en los folletines al uso, al niño lo iban criando muy bien, encargándose de mimarlo tanto el matrimonio como sus dos hijas ya mozas.
Las visitas que en un principio eran frecuentes, fueron espaciándose a medida que el crío crecía, y aunque no lo quería perder, cada vez le costaba más trabajo verlo. Un sentimiento de vergüenza la embargaba empujándola a mandar más dinero del estipulado, como compensación por aquel tiempo y aquellos besos que le hurtaba. La melancolía se reflejaba en su rostro y la incertidumbre y la duda por el futuro se acentuaban cada vez más, sin sospechar que el fin a todo aquello estaba próximo.
Ella fue la única de la casa sobre la que recayó la gracia, la única a quién favorecieron las preces que don Senén día tras día entonaba.
Algo más que cuarentón, el solterón Evaristo se dejó caer por el lugar en una ocasión en que deseaba compañía. El perfume, el porte y las maneras, amén de otras cualidades que sin duda Margarita poseía, le cautivaron. Volvió varias veces y le propuso que viviera con él. Ella era reticente, pues bien dicen que gato escaldado del agua fría huye. Se negó una y otra vez, pero el bueno de don Evaristo no era como el otro. Conoció la existencia de aquel chico de tres años y le dedico su cariño a espaldas de la madre. Cuando ya casi vencida la resistencia de Margarita, ésta le confesó que solo un secreto la impedía dar el paso definitivo, el carnicero, sin dejarla hablar, le contó que él también tenía un secreto; había un niño en un pueblo que le llamaba papá, y que por feliz coincidencia también era hijo de ella.
Un par de años más tarde, cuando ya las casas como las de la calleja del trece estaban cerradas por orden gubernativa, Evaristo y Margarita fueron bendecidos por don Senén que celebró la boda de los padres y el bautizo de una preciosa niña rubia, no tan platino, a la que por nombre impusieron; Remedios.
fin

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