sábado, 17 de abril de 2010

La residencia.

Aparqué casi a la misma entrada de la casa. La calle, sombreada toda ella por falsos plátanos, estaba casi desierta. Una mujer con un mandil floreado, se afanaba en trasvasar leche de una cantara casi llena, a otra casi vacía. En el abierto maletero de la furgoneta podían observarse otros metálicos recipientes, y de la casa frente a la que la lechera se hallaba trajinando, una doncella de blanco delantal, salía a recoger el diario suministro.
Se respiraba la paz que unas calles más abajo nos era negada por el intenso trafico. A lo lejos, una pequeña campana tocaba el ángelus de medio día. Los gorriones se perseguían unos a otros enredando vuelos y trinos, y de los jardines emanaba el dulzón aroma de las flores.
Los bajos muretes permitían ver el cuidado césped y los parterres de toda la urbanización.
De todos los chalets, el único bordeado por alta tapia, era al que nos dirigíamos. En el blanco luminoso de la fachada resaltaba el brillante verde de las contraventanas, y hasta el negro tejado de pizarra hacía guiños con el reflejo del sol.
Todo parecía agradable: Sin embargo, algo había que no era capaz de discernir. Algo que comenzó como una sensación y se estaba traduciendo en mal humor conmigo mismo, por no saber de qué se trataba. Apreté el timbre con la insistencia propia de aquél, que por estar alejado del sonido, no lo oye. Una voz un tanto áspera y molesta por aquella insistencia, preguntó por el interfono...
- ¿Que desea?
- Somos familiares y amigos de Aurora Puente.
La femenina voz se suavizó un tanto, aunque solamente para responder...
- Un momento, por favor.
Creí que la puerta se franquearía, y no fue así. Unos instantes después, la misma voz sonó de nuevo para decirnos:
- Si me disculpan... vayan por la puerta grande que hay más abajo y que les abrirán en un momento. ¿Han comprendido?
- ¿Acaso nos estarían viendo?, ¿Se nos notaría cara de tontos, como para no comprender la estúpida simpleza que nos pedía?
Aquella molesta incomodidad que sentía, se debió de transmitir a mis acompañantes, los cuales hicieron comentarios alusivos al tema.
Caminamos unos metros hacia un verde portón y por el que pronto asomó la cabeza de un hombre.
- Buenos días. Pasen por aquí.
Un estrecho sendero se abría entre las hortensias. Esperamos a que el hombre cerrase la puerta tras nosotros y lo seguimos por aquella zona del jardín que apenas parecía utilizarse. Me fije en un rincón donde varias hamacas, herrumbrosas y desvencijadas, esperaban desde tiempo inmemorial a que alguien las tirase a la basura. Semioculto entre el follaje, un bidón contenía restos diversos.
Desembocamos en la parte trasera de la casa. Seis u ocho árboles, un poco de pradera y en el centro un parche de cemento que el antiguo dueño habría empleado sin duda como pista de tenis. Un camino embreado conducía desde el garaje cerrado y con puerta de madera, a otro portón de chapa que daba a otra calle. Junto a una de las paredes de la alta tapia, una enrollada manguera que poco tiempo antes habían utilizado para baldear.
El hombre farfulló una disculpa y nos dejo a la entrada del garaje. Lo vimos desaparecer por lo que parecía la parte más cuidada del jardín. Pasados cinco minutos, toda la molestia, todo el mal humor, todo el desasosiego que pudiera tener conmigo, desapareció. Quedé anonadado. Estupefacto y completamente desarmado. Las hojas de madera se abrieron de par en par. La luz inundó el local. Una mujer como de cuarenta y cinco o cincuenta años, nos tendió una mano fofa, húmeda y sin fuerza.
Lo siento mucho... lo siento mucho...
El habitáculo estaba recién barrido. Algunas manchas de aceite absorbidas por el cemento, no habían podido ser eliminadas por el serrín que aún se veía pegado. Arrimado a uno de los laterales, un blanco banco del jardín. En el opuesto, cinco sillas todas diferentes parecían haber sido requisadas a toda prisa de diversas estancias. En la pared frontal posiblemente un tablero de herramientas permanecía tapado por un amplio paño blanco. Unos cables eléctricos salían de un enchufe junto a una semioculta y estrecha escalera que conducía hacia las instancias superiores. En el otro extremo estaban conectados a cuatro candeleros de mísera y mortecina luz. En el centro, sobre unas negras angarillas de hierro, reposaba el ataúd.
Ahora sabía de donde emanaba aquel malestar que tenía desde un principio. Todo era consecuencia de la sospecha que guardaba en mi subconsciente.
Altas paredes para que nadie ajeno a la casa pudiese contemplar la decrepitud que se escondía tras ellas. Esa entrada casi subrepticia, hurtándonos de la vista de los otros inquilinos. Aquella soledad inmisericorde de la difunta. La tétrica estancia donde reposaba fuera de la vista de aquellos que cualquier día pasarían por aquél sórdido lugar.
Su vida había estado rodeada de lujo y de comodidad, pero al final, sin familia cercana, se vio condenada al frío estancamiento en aquella "residencia de lujo" para la tercera edad, donde voluntariamente se internó.
Ahora, algunos antiguos vecinos, que por casualidad nos enteramos del óbito, éramos los únicos que estábamos allí.
¿Dónde estaban todos aquellos amigos de los buenos tiempos? ¿Aquellos que eran invitados a fiestas, viajes y regalos?
Esto era distinto. Allí no había alterne. Quizá a la hora del funeral aparecieran por la iglesia para lucir traje y joyas. Pero ahora no. Ahora su soledad denotaba la falacia de las relaciones entre los íntimos del circulo social en que se movía.
La gobernanta de la residencia juzgó que su presencia estaba de más. Murmuró la excusa del trabajo y nos dejó. Todos huían de aquél lugar, no por el trabajo que pudieran tener. Huían avergonzados de aquella situación por la que sin duda antes ya habían pasado. ¡Que más da! Unos breves instantes de aguantar el tipo, y hasta otra. Uno menos a dar guerra. El próximo que entrase a ocupar la plaza vacante, sería más joven, habría que cuidarlo menos y seguramente pagaría más.
Al salir del funeral, la gobernanta se acercó al grupo que creía sus parientes. En realidad, solo uno podía considerarse como tal, ya que era primo de la fallecida. A los demás nos conocía de las visitas que la girábamos y por tal nos tomaba por parientes. Nos expresó de nuevo sus condolencias y quiso que quedase bien clara una cuestión primordial para ella y en la que ninguno de nosotros habíamos pensado siquiera.
- Si desean conocer el testamento, se leerá a las siete en la residencia. A ustedes no les atañe, pero me siento en la obligación de decírselo por evitar malos entendidos. Lo poco que poseía, lo cedió a la residencia de manera voluntaria y sin presión de ningún tipo poco antes de morir.
Aquello fue el remate de la jugada. Maldije para mis adentros a todos los que miserablemente comercian con la vida y con la muerte de la ancianidad, y rogué por que esta especie desapareciese de la faz de la tierra.
Fin

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