sábado, 17 de abril de 2010

Lecturas que dejan huella.

Yo empecé a la escuela cuando tenía cuatro años. Hasta los seis fui con las monjas y cuando entré, lo hice sabiendo leer; mi madre ya me había enseñado en la cocina de casa. Me ayudaron mucho los cuentos del Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar y Pedrin, que los hermanos mayores de mi vecino y amigo Toño me dejaban. Iba a su casa y nos pasábamos las horas muertas viendo los "santos" primero y luego deletreando. Cuando se hacía tarde, mi madre aporreaba la pared para que volviera. Hoy tengo, no la colección entera, pero si muchos números del Guerreo de Gago. Pequeña Huella.

El hermano de mi padre, Juan, que vivía en Madrid, me trajo una vez un cuento como yo no había visto nunca; tapas de cartón duras a todo color, letras grandes y una historia sobre un aviador que se ve forzado a aterrizar en la misteriosa África. Recuerdo los dibujos de los emplumados negros que portaban lanzas y escudos y aunque ni conservo el libro, ni recuerdo la historia, sé que acababa bien. Pequeña huella.

Cuando salí de las monjas, me metieron con Don Emiliano, un maestro que daba clases a chicos desde los seis hasta los quince o algo más. Allí todos los días había lectura: Pelayo, el Gran Capitan, Diego García de Paredes, los Reyes Católicos, Viriato, Cervantes, Goya… "Cien figuras españolas" se titulaba y todos los días una pagina. No leíamos el capítulo entero, el gran pillín siempre nos hacía dejar la lectura a la mitad, seguramente para que al siguiente día leyéramos con más afán. Gran huella.
Luego el instituto, aquí, con tantas asignaturas la lectura bajó un poco. Lo que no bajaron fueron las aventuras del Cachorro, del FBI, el Jabato, el Capitán Trueno…

Tendría yo doce años, cuando una prima de mi padre me regaló por reyes El Correo de Lyón. Fue, creo recordar, el primer libro serio y sin ilustraciones que leí. Algunas veces cuando iba a casa de mi madrina, la solterona hermana de mi abuelo, veía en la galería que daba al río y a las vías del vasco y la renfe, una ingente cantidad de novelas apiladas contra la pared. Pero no tenían santos. Las hojeaba, pero jamás leí ninguna. Aún era joven. Más tarde me harté de leer novelas como a las que ella era aficionada; de intriga, de Estefanía, y hasta de Corin Tellado. Eran aquellas que se cambiaban en el quiosco a cincuenta céntimos.

Cuando iba a la Escuela de Peritos y Maestría, solo estudiaba tecnología y poco más. Me piraba alguna clase para ir a la biblioteca, no a leer, iba a hacer las laminas de dibujo ya que en casa leía. Con la paga que mi madre me daba, compraba libros de saldo de editoriales catalanas y que vendían al peso. Eran ediciones malas en cuanto a la encuadernación pero fieles a los clásicos y con buenas traducciones. Leía cuanto caía en mis manos, pero ya para entonces casi no había huellas. Las huellas se hacen cuando el terreno esta blando.

No hay comentarios: