martes, 6 de abril de 2010

El recordar de Jacinto (I)





Este cuento está basado en hechos reales. Algunos los oí de boca de mi padre y otros de un compañero de trabajo que estuvo en la División Azul. Pero, tanto los personajes, como las situaciones, son ficticias. En algo debía de contribuir yo.



Aprovecho la ocasión para decir que los cuentos son todos mios, las fotos de alguno de ellos, también. Las fotos, vídeos o gifs etc. que no lo sean y que de alguna manera vulneren la propiedad artística o intelectual del autor, le ruego me lo comunique a fin de retirarlo de inmediato si así lo requiere.



EL RECORDAR DE JACINTO
(primera parte)
 
Sentado junto a la ventanilla situada justo detrás del ala del avión, recuerdo. Aunque trate de evitarlo, recuerdo cuantas veces he vivido mi propia muerte. Es la claustrofobia que hace que nada más subir a ese aparato, y lo hago las menos veces posibles, conecte a todo gas el chorro de aire vivificante sobre mi cabeza. Es como si la brisa que se me ha negado allí dentro, me acariciara dándome un algo de la libertad que creo restringida. No tomo casi nuca el ascensor, si viajo en tren, procuro pasear a menudo por el pasillo, mirar por la ventanilla aunque sea de noche y jamás se me ocurriría dormir en el angosto espacio del compartimento de un coche cama. Los lugares oscuros y silenciosos me aterran y no dejo de sentir pánico en un cementerio, no por que los que allí se encuentren descansando se puedan levantar, si no de pensar en lo húmedos, y nunca mejor dicho, lo encajonados que se encuentran. De pensar, que a pesar de lo que en vida pudieron haber sido, poco o mucho, ya no lo pueden ser nunca jamás; que aquellas ansias, aquellos afanes, aquellas alegrías y aquellos problemas ya nunca los tendrán.
En este vuelo he pedido el asiento de no fumador por ver si encuentro compañero que no se entretenga con las volutas de humo, y con quien pueda conversar, en el anterior hice lo contrario y viaje solo; hoy, a pesar del cambio, me sucede otro tanto. Tal vez sea el horario y la ruta lo que hace que viaje tan poca gente. Quizá sea que yo siempre pido los últimos lugares, en la cola del aparato, para así tener más campo de visión, más espacio, menos ahogo.
Mientras el gran aparato volador rueda por la pista camino del aire, sujeto los codos contra los apoyabrazos, agarro el cinturón de seguridad con ambas manos aferrándome a él, inclino la cabeza hacia delante y en un acto reflejo y por tanto no deseado, comienzo a recordar.
Tengo dieciocho años y ya llevo más de cinco trabajando. No es este mi primer empleo, pues aunque joven, me defiendo bien en mi oficio y eso hace que salte de uno a otro lugar en busca del mejor salario. La empresa para la que trabajo actualmente tiene buen economato y buen comedor. Aunque estamos militarizados y dedicados a la fabricación de armamento, la guerra en este verano del treinta y siete, no reviste para mi ninguna característica especial.
La propaganda funciona bien y todos pensamos que la guerra se ganará. Algún bombardeo aislado nos recuerda lo que está sucediendo y también el cambio de moneda que a nadie agrada; es coincidencia general que los "Belarminos" son solo papel. Basta con poner un duro de plata en cualquier ventanilla, en cualquier mostrador, para que el funcionario, comerciante o tabernero se abalance sobre él con rapidez inusitada. Sin embargo, algo está cambiando; la materia prima escasea y los rumores de que Aranda y Solchaga vienen sobre Gijón, son cada vez más insistentes.
Hemos llegado a octubre, han echado el candado a la fábrica y nos han dado un viejo mosquetón y un puñado de municiones. No dejan de decirnos que es voluntario, pero dan por sentado que harás aquello que te piden. En traqueteantes camiones nos llevan a detener al rebelde que se acerca a Infiesto. Nos van dejando en diversos puntos, a mi cerca de Colunga, desde donde nos trasladaremos andando al puesto de operaciones que está en el Fito. Voy de zapatos; mal calzado para andar por trochas y vericuetos, las piedras hacen que cada poco se me retuerza un pie y me están saliendo vejigas y rozaduras. Al parecer, en este monte que vamos a tomar, un grupo de facciosos se han hecho fuertes y hay que desalojarlos de las cumbres; si llegasen a colocar artillería, dominarían una amplia zona.
Comenzamos la ascensión entrada la mañana. Somos todos bastante jóvenes y casi todos afiliados a la Unión General de Trabajadores, más por lo del trabajo que por ser verdaderos sindicalistas. El jefe de mi grupo presume de haber entrado en combate muchas veces y trata de quitar importancia a la acción. A medio camino ordena parar el grupo, manda descansar y que comamos algo de lo poco que llevamos en el macuto. El sol pega de lo lindo y no hay donde guarecerse. Solo zarzas y algunos matojos. Parece julio. Los demás grupos que al parecer rodean el monte, deben de haber hecho lo mismo que nosotros. Nuestro jefe no para de consultar el reloj como si la hora de parada y arranque estuviera concertada. Reemprendemos la marcha y a poco comenzamos a oír algún disparo hacia la derecha. Levanta la mano haciendo la señal de alto, manda preparar el arma y caminar en silencio y agachados. Ya debemos estar muy cerca, faltarán cuatrocientos o seiscientos metros para la cumbre y ya se oyen nítidamente los disparos de fusil y el tabletear de las ametralladoras. Por nuestro lado aún nada ¡Quizá esta zona esté desguarnecida! Más de pronto, comenzamos a oír el silbido de las balas antes aún que el estampido de las descargas.
-¡Al suelo, al suelo! Grita una voz.
Me pego tanto al terreno, que la alta hierba casi me cubre. Coloco el macuto sobre mi cabeza y espero, después de un rato interminable, cesa el fuego, levanto un poco la cabeza para tratar de oír algo, solo el zumbido de las moscas o los abejorros. El jefe da la orden de avanzar...
- ¡Adelante, adelante!
Comienzo a subir a gatas junto con otros compañeros. Las manos aferrán tan fuertemente el arma, que tengo los nudillos blancos, seca la boca, rozados los codos de hincarse en la tierra y con el macuto que me estorba. La voz continua animándonos machaconamente..
- ¡Adelante, ya son nuestros!
Habremos recorrido unos cien metros y no se han vuelto a oír detonaciones por este sector. Nosotros no hemos disparado ni un solo tiro. Pienso que los compañeros de las otras zonas les están dando mucha madera y los facciosos de la nuestra han tenido que ir a apoyarlos. ¡Craso error!. En un instante se desata el infierno, varias ametralladoras al unísono comienzan a soltar plomo a diestro y siniestro. La voz sigue conminándonos a avanzar, yo lo hago pegado al terreno lleno de sudor y escupiendo a cada poco la hierba que me entra en la boca y que no acierto a cerrar por el jadeo. Una lluvia de piedrecillas, tierra y pequeñas ramas cae sobre mi. Oigo los gritos del jefe pero más lejanos, no se que es lo que ordena. He tenido que detenerme para limpiarme el sudor que me ciega y a recobrar el aliento. Levanto un poco la cabeza y miro a los lados para tratar de ver a mis compañeros; nadie a la derecha, nadie a la izquierda. ¿Que pasa aquí? Me pregunto. ¿Me habré quedado rezagado? Espero unos instantes con la mejilla hundida en la tierra y el macuto sobre la cabeza. Una terrible duda me hace dar un respingo, miro hacia atrás, allá abajo, casi a la falda del monte, corren mis compañeros. El maldito responsable del grupo había estado mandándonos hacia adelante mientras que él, daba media vuelta. El terror se ha apoderado de mi. Dejo el macuto olvidado y con el fusil en la mano comienzo una desenfrenada carrera hacia la seguridad. Las balas silban sobre mi cabeza y parece imposible que los tiradores sean tan malos que ni me acierten. Quizá sea que solo tratan de asustar. Sin embargo, en mi loca carrera me parece intuir algunos cuerpos que ya no se levantaran.
Estoy fuera de tiro y las detonaciones han cesado. Comienzo a caminar para sentarme al poco. Me quito los zapatos. Tengo los pies sangrantes de las rozaduras y el "mono" roto en rodillas y codos. Ato los cordones del uno al otro y me los echo al hombro. Recobrado el aliento, descalzo, continúo hacia abajo ya más tranquilo. La tarde cae rápidamente. No encuentro a nadie en mi deambular de un lado a otro. Anochece casi de sopetón y doy gracias por hallar un pequeño pajar, abro la puerta y me dejo caer sobre la seca y perfumada hierba. Al momento me quedo profundamente dormido.
Despierto con la acuciante necesidad de tirar del pantalón. Es otro día. Una neblina baja lo inunda todo. Tengo que beber. A unos metros parece que diviso unos árboles. Buscaré un regato donde mitigar mi sed. No hallo nada. El hambre también llama a mi estómago. Por fin, y tras caminar en varias direcciones, encuentro un arroyo donde me arrojo de bruces. Refresco mis dolidos pies. Los zapatos y el fusil los he dejado donde dormí.
Sentado, con el agua hasta los tobillos y descansando la cabeza sobre antebrazos y rodillas, pienso en el lío en que estoy metido. No se donde estoy, mis compañeros tal vez piensen que he desertado o que estoy muerto. Tengo hambre, frío y no puedo casi caminar. Hay un silencio que junto con la densa niebla, hacen que todo parezca irreal. Por primera vez tengo miedo. Estoy pensando, cosa que no había hecho hasta ahora, y me aterra; no se adonde ir, ni que hacer. No me hace falta pensar más. Siento algo frío tras la oreja izquierda. Me vuelvo poco a poco.
- ¡Levántate!. ¡ Las manos por encima de tu cabeza!
¡Ya está! Pienso yo. Me cogieron y no son de los míos. Efectivamente. Me conducen hacia una pequeña casa de aldea donde hay otros como yo. Alguien me da unas alpargatas que agradezco y comienzan a interrogarme.
-¿De donde vienes?.
-¿Dónde está tu fusil?.
- ¿Cuantos erais?.
- ¿Cómo se llama tu división?
De todas las preguntas, las que más les interesa son las del puñetero fusil y la del número de compañeros. No paran de repetírmelo una y otra vez. Yo les digo siempre lo mismo; el fusil lo deje en un pajar donde pasé la noche solo; nuestro grupo era de quince o veinte, pero la noche la pasé solo; eran varios camiones y de cada uno se formaban dos grupos y en total seríamos cerca de trescientos. Me llevan hasta las cercanías de un pajar.
¿Fue aquí?
- No lo sé. Puede que sí.
Me hacen ir hacia allá mientras esperan con las armas listas. Cuando se cercioran de que no hay nadie, buscamos el arma. No aparece.
- Sería en otro. Era de noche y no lo puedo saber.
Me conducen a otro y otro más. Cada vez están más nerviosos creyendo que les preparo una encerrona. Maldigo mi perra suerte. ¿Como es posible que en esta zona haya tantos pajares parecidos?
Cansados de buscar me devuelven a la casa. Hay uno empeñado en darme el paseo. Me introducen en una pequeña habitación donde hay varios más que como yo hemos tenido mala fortuna. Pocos minutos después sacan a dos de ellos. Al rato devuelven a uno, lívido y desencajado, mientras se oye una descarga. Es un crío y se acurruca en un rincón llorando... No tendrá más de dieciséis años. ¿Acaso yo no lo soy?... Silencio. Una tenue luz entra por un ventanuco. Vuelven a por otro. Pasan diez minutos y otra descarga. Ahora me toca a mí. Me colocan junto a otros tres al lado de una tapia y de espaldas a ella. La pared tiene impactos de proyectiles y algunas salpicaduras frescas. Las alpargatas se han oscurecido al rozar con la hierba. ¡Esto va en serio!. No soy muy religioso, y sin embargo estoy rezando. Mis dientes castañetean como si estuviésemos en pleno invierno. Algo están esperando no obstante para darnos el pasaporte. Por fin llega el que parece ser el jefe. ¡A este le conozco yo! Puede que sea mi salvación. La voz casi no me sale del cuerpo y a mi mismo me suena extraña ...
-¡Melquíades! ¿No me conoces?...
Este cabrito con camisa de falangista, o se hace el soca, o de verdad no me reconoce...
-¡Si hombre! Tú eres Melquíades el de las Regueras y pasabas todos los días camino de tu trabajo por delante de mi casa. Soy Jacinto, el hijo de Antolín; el más pequeño, el que está trabajando en Gijón.
Por fin se ha hecho la luz en esa mente.
- ¡Ah sí, el hermano de Mercedes y Angelita! ¿Que carajo haces tú aquí?
La verdad lisa y llana me puede costar la vida en este momento así que habrá que adornarla un poco.
- Nos fueron a buscar al trabajo. No teníamos más alternativa que coger un mosquetón y venir al frente, o quedarnos sin trabajo y tal vez la cárcel. Solamente hace dos días que salimos de Gijón y casi me matan allá arriba ayer. Ahora estos me traen loco por que tiré el arma y no sé donde. Yo lo que quiero es irme. Nada tengo que ver con esto. Estoy aquí a la fuerza. Si puedes, haz algo por mí.
Me ha dado de comer, pantalón y chaqueta, calcetines limpios, me manda curar los pies, un pequeño hatillo con comida y dos pesetas y me manda para casa no sin antes tratar de convencerme para que me una a ellos.
- Recuerdos a tus hermanas y a tus padres. Cuídate y no te metas en jaleos. Has tenido suerte por esta vez. Tendría que llevarte a Llanes preso hasta que manden el aval, pero...
 
La azafata me estaba ofreciendo un zumo, que como normalmente sucede yo rechazo, pues me suele aumentar la sensación de hormigueo en el estómago. No ha insistido y prosigue su camino. Yo por esta vez, dejaré de recordar.

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