viernes, 14 de mayo de 2010

De la picadura al emboquillado.

En la sobremesa del otro día en la finca de mi cuñada, hablaba con un conocido sobre el tabaco. Esa fue la causa de escribir sobre el Cardillo o Tagarnina. Hoy va de marcas.
Decía yo que empecé a fumar a los doce años. Mi padre, que por aquel entonces fumaba Ideales tipo "Caldo", aprovechó la ocasión en que estaba accidentado en un dedo, para pedirme que le liara un cigarro. Quería comprobar si era yo diestro en ese arte, cosa que de serlo, a buen seguro que me daría una tunda. Lógicamente, no pique el anzuelo, aunque la verdad es que nunca se me ha dado eso de liar. Tampoco lo necesitaba; los había hechos, cosa que él parecía desconocer.
El Caldo, era una picadura liada en gruesos cigarros que se rehacían envolviendo las tres cuartas partes de cada uno de ellos, en papel de arroz y que venía en librillos. La parte restante se guardaba para unirla a otras sobras y formar un nuevo cigarro. Las marcas de los librillos o libritos que recuerdo eran Jean y Zig-Zag. Ahora también los utiliza la gente para liar el tabaco de pipa y otras cosas peores.
A lo que vamos. Por entonces mi padre me tenía asignado el trabajo de cobrar las facturas del taller y me daba como pago un pequeño porcentaje. Yo me callaba que algunos de los pagadores, también me daban algo. Con dinero en el bolsillo y yendo al instituto solía pasar por el estanco. Cuando la moneda era escasa, compraba la misma marca Ideales, pero en otro formato que no hacía falta liar. Eran de papel amarillo y costaban dos pesetas y diez céntimos. También compraba Peninsulares de a dos cincuenta, los Hechos, el Rumbo de papel dulce y que venía en unas carteritas de cartón. Del mismo estilo era Ganador y todos ellos de tabaco negro. Luego creo que aparecieron los Celtas, no lo sé a ciencia cierta, lo que sé es que en la mili fumé celtas por un tubo.
El tabaco rubio era para cuando ya estaba boyante, Bisonte, Jirafa, Carabelas y algún otro. Pero mi padre dejó el taller, con ello las facturas, el sueldo y las propinas. Pasé a depender de mi madre y la paga, no daba para mucho.
Ya de mozalbete lo habitual era el Chester – sin filtro- solo los domingos, por la semana comprábamos dos o tres pitillos para ir tirando. Había un quiosco, creo que hoy es estanco, en la esquina frente a la escalerona que nos abrió las puertas del cielo y además, vendía por suelto. Al entrar olía el pequeño local como aquellas cajitas metálicas de tabaco de Virginia que mi tía Pilar tenía en su casa de Mieres. Las marcas que tenía se veían poco, las guardaba en cajitas de madera; Kool y Paxton mentolados y todo aquel repertorio de Wiston, Camel, LM, Dunhill, Malboro, Lucki, Pall Mall, Philip Morris etc. que ya venían emboquillados.
También fumé algo de tabaco francés; Gaulosies y Gitanes gracias a unos chicos que estuvieron de vacaciones en casa de mi tía Dora, pero no me gustaron ninguna de las dos marcas.
Cualquiera que lea esto, pensara que es una tontería, no lo era entonces por que todo el tabaco extranjero, solo entraba de contrabando. El tabaco nacional, negro o rubio, era como hoy en día casi todo canario y extremeño.
Cuando ya empecé a trabajar, iba con mis amigos a la Plaza del Sur. Allí nada más entrar por una de las puertas unas cuantas mujeres, supuestas vendedoras de leche, nos ofrecían tabaco que sacaban de las lecheras. Aquí no era como en La Piedra de Vigo donde se compraba por cartones, con un paquete era suficiente.
Este vecino de mi cuñada, bastante más joven que yo, me hablaba de cuando él empezó a fumar; del Goya, del Ducados y los Celtas con filtro. Para mí eso fue anteayer.

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