sábado, 22 de mayo de 2010

De Vírgenes y Santos.

Es costumbre asturiana bastante extendida, colocar una azulejo con la imagen de la patrona bien sea a la entrada, en el porche o similar. Cuando hicimos nuestra casa, quisimos poner un azulejo con la Virgen de Sonsoles, muy “milagrera” ella y de gran devoción para los abulenses.
No es que en esta casa seamos muy religiosos, ni tan siquiera lo justo. Yo me declaro ateo en muchas ocasiones y soy de la opinión, de que después de muerto, la cebada al rabo. Sin embargo, no es lo mismo hablar de un dios intangible, que de una Virgen, incluso de un Santo. Las Vírgenes existen y los Santos también.
A lo que vamos, como no fuimos capaces de encontrar lo que buscábamos, nos trajimos una imagen de las que vendían en el mismo santuario, sin mucho parecido con el original a decir verdad.
Mi mujer le tiene gran devoción a esta virgen y yo también. Bajo su manto he pasado a mis hijos, a mis nietas, a mi cuñada y con amigos. A unos para que los proteja y a otros para que los sane. Hasta ahora ha dado resultado y nos ha librado de cosas muy gordas.
A lo que vamos, digo otra vez y a ver si de esta cuento lo quiero contar, en vez de irme por las ramas. Poco después de terminada la casa, la presidenta de la Casa de Méjico en Gijón, llamó a mi mujer para comunicarle que tenía algo para ella y que le habían traído de allá. Era una estampa de la Guadalupana y que tenemos en un cuadro en la escalera. Está rodeada de las fotos de toda la familia.
Al morir mi madre, me traje para casa una Inmaculada que era de mi abuela y que tenía olvidada sobre un armario por que no se atrevía a tirarla. También me traje la Milagrosa que compró a raíz de que la parroquia dejara de repartir aquellas capillas, que iban por un par de días de casa en casa. Me traje al santo de su devoción, San Antonio. De la imagen de este santo, tuvo varias, todas de barro o escayola. Recuerdo que la más antigua, rota en varios pedazos, sin pintura y desgastada hasta lo indecible, la traía siempre con ella en el bolso. También una lámina del Sagrado corazón que tenía tras la puerta de la primera casa donde vivimos.
Por último, con el fallecimiento de mi padre, me traje para casa una imagen de la Virgen del Carmen a la que él tenía gran aprecio.
Tenemos como manda la tradición un san Pancracio regalado, un azulejillo de la Virgen del Rocío que nos trajo Jandro y a Santa Marta que era de mi suegra.
Esto parece la casa de las Vírgenes, y para ser católicos no practicantes, parece una iglesia. Pero estamos muy conformes y mi mujer no piensa desprenderse de ninguna.
Ayer me deje una en el tintero y me he dado cuenta hoy al sacar a los perros. Es la Vigen de Covadonga cuya imagen está en un benditero a la puerta de casa.







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