sábado, 22 de mayo de 2010

Dutil o el alma de un tonto.

En el centro de la empedrada plaza, había un pilón dividido en dos por su parte central, o si se quiere, dos pilones adosados. Cada uno de aquellos receptáculos, que tiempo atrás mitigaron muchas sedes de los que acudían a la feria, poseía una fuente; La del lado sur, agua sosa de manantial, de esa que dicen es tan buena para lavar los ojos. La del lado norte, agua normalita, de la "traída" con su cloro añadido para matar los bichitos.

Cinco callejuelas confluían en aquella plaza; La de la Cruz, denominada así por tener en su justo centro una de granito sobre base y tres escalones del mismo material y que estaba frente por frente a la iglesia de San Antón, la de orgulloso campanario festoneado por colosal nido de cigüeñas.
Mirándose a uno de los laterales de la iglesia, estaba la calle del Comercio. Rimbombante nombre para media docena de casas. Bien es verdad que allí se encontraba el almacén de coloniales, regentado por el señor Damián y sus hijos y que de las antiguas colonias, solo tenía azúcar de la bella Cuba, café de Colombia, cacao de la Guinea y garbanzos mejicanos. Había frente a la entrada, un largo mostrador con su bomba para el aceite a granel, el voluminoso molino manual de café, la balanza de amplios platillos con su papel de estraza al lado, y la cuchilla para los bacalaos. Era el mostrador de los artículos a más zafios. El de las patatas, las zapatillas de esparto, el atún en escabeche y las sardinas arenques. El otro mostrador, más pequeño y que formaba ángulo recto con el anterior, era el de los artículos más finos; Bellos tarros de cristal con frutas en almíbar, latitas de conserva, galletas de coco, botones, puntillas, hilos, cintas, betunes, licores, perfumes...
En esta calle estaban asentados los negocios de Anselmo, dueño de una de las dos tabernas, aquella que con sus dos futbolines a la entrada era el lugar de encuentro de los mozos, y el garaje de bicicletas del señor Aníbal. Este tenía que hacer de zapatero remendón ya que el alquiler de la media docena de " bicis " y los cuatro parches que colocaba, no le daban para vivir. Tenía además la calle, una afamada casa de bordados y zurcidos, cuyas dueñas, en tiempos aprendizas de las monjas, eran dos hermanas solteronas; Dorotea y Amalia.
La calle por bajo de la iglesia, era la de los Carrizos. En ella se encontraba la farmacia con su bascula pintada de un blanco ya amarillento y sus anaqueles completos de tarros de loza, con los dibujos de su contenido y nombres tan sugestivos a veces como... "Oreganun Vulgare", "Myrtus", o "Eugenia Caryophillata" y que daban fama de sabio al viejo cascarrabias de don Tomás.
Justo al lado de la farmacia, se encontraba la otra taberna. La menos moderna, la que tenía una amplia bodega llena de toneles vacíos y que antaño debieron contener buen vino. Hoy telarañas y cuatro o cinco pellejos. Arriba, ocho o diez botellas de licores y, eso si, un tonel de aceitunas negras que siempre estaban buenísimas.
De las otras dos calles, una se perdía en el soto, donde antiguamente se celebraba una gran feria de ganado. La otra, enlazaba con el barrio de los telares.
¡Mi barrio! Barrio de ciudad provinciana que parecía un pequeño pueblo. Teníamos de todo allí y solo los domingos de tarde íbamos al centro, al cine. Por tener, mi barrio tenía hasta tonto. Dutil, lo llamábamos, y no sé si en verdad era nombre, apellido o mote. Su altura era considerable a pesar de que caminaba encorvado. Pies hacia adentro, rodillas semiflexionadas. Sus manos grandes, poderosa la izquierda, muerta y colgante la derecha de un brazo siempre doblado, como en cabestrillo. Las orejas de soplillo, la nariz y el mentón prominentes. Todo demasiado grande, contrastando con aquella pequeñísima cabeza siempre rapada al "dos". Los dientes de caballo con alguna separación en aquella boca casi de continuo babeante e incapaz de pronunciar palabra. Alguna risotada deforme de vez en cuando, sin saber por que, o un umm, umm, umm cuando deseaba transmitir algo.
Esta fisonomía más o menos simiesca, tal vez sea la del clásico idiota, la del tonto de pueblo. La del retrasado mental, o como ahora se dice, disminuido físico y psíquico. Más yo nunca me atreví a llamarlo más que por su nombre. Aquellos ojos pequeños, de un azul clarísimo, me lo impidieron.
Tendría Dutil, ¿quién sabe?, veintidós, veinticinco, tal vez treinta años. A mí que era un crío de ocho o diez me parecía bastante mayor. Su cerrada barba, que solo le afeitaban los domingos, era suficiente credencial de esa mayoría. A pesar de esa edad, de esa mayoría, su pequeño cerebro no le permitía sino imitar burdamente algunas de las cosas que los chiquillos, tras los que andaba continuamente, hacíamos. Más yo creo que algo dentro de aquella cabeza funcionaba bien a veces. Era especialista de olfato, pues bastaba que alguien comiese por la calle cualquier cosa, para en pocos segundos tener a su lado a Dutil con su hambre sempiterna.
 Una tarde de Domingo, en que se celebraba bautizo, a un padrino gracioso se le ocurrió colocar una moneda en la pilastra bajo el chorro de la fuente. El que quisiera la moneda, tendría que cogerla con la boca y las manos sujetas a la espalda. Toda la chiquillería que habíamos estado esperando la salida de la iglesia para coger los caramelos y confites que se solían lanzar a la rebatiña, hicimos cola para intentar lo que juzgábamos cosa fácil.
El chorro de la fuente era grueso y caudaloso, cayendo sobre la pilastra desde casi un metro de altura. La piedra estaba cóncava ya por el desgaste del agua, y además, sumergida un par de dedos por el contenido del pilón. A estas dificultades, había que añadir el estorbo que significaba la fuente en si y el brocal, que hacía que nos tuviésemos que colocar de lado. El primero de la fila, se quitó la camisa que entregó al que le seguía. Juntó sus manos atrás y se metió bajo el chorro. Después de beber unos cuantos tragos sin querer, con un atragantón y una ducha superlativa, se retiró. La moneda continuaba brillando tentadora bajo el agua.
Durante un buen rato se continuó con el juego con más o menos fortuna, hasta que el padrino comprobó que uno de los chicos, el "Coty" sacaba los dineros entre sus dientes con gran facilidad. Ya no tenía gracia. Se retiró del pilón, lanzó los caramelos que traía en una bolsa de papel y algunas perras chicas, y se fue con el cortejo a disfrutar de la merienda que seguro tenían preparada. Nosotros les obsequiamos con la canción de rigor;
Echen, echen, echen
No se lo gaste en leche
Eche usté padrino
No se lo gaste en vino
Fue en vano, el padrino no soltaba más y por eso arreciamos con aquello de..
La madrina una sardina
y el padrino un chicharrón
La madrina una sardina
y el padrino un chicharrón, rón, rón

Dutil había estado mirando, seguro que sin saber a ciencia cierta en que consistía el juego, pero sin duda tenía que ser divertido por la gran algazara que se armaba.
Los chicos nos reunimos con las ganancias. El Coty tenía la mayor parte de las perras, pero las repartió con los que le habían cedido el puesto en la cola de la fuente. Nos fuimos a comprar pipas, aceitunas, regaliz para hacer vino y con lo que nos sobró, cerillas y petardos para pasar una tarde bárbara.
Al salir del bar, para ir bajo los soportales de la iglesia, a disfrutar de lo comprado, vimos un gran revuelo junto al pilón. Corrimos hacia allí. Al pobre Dutil lo sacaban en esos momentos del agua, chorreando, con un susto gordísimo y una herida sangrante en la mejilla derecha. Él también quiso probar, se resbaló, y casi se ahoga.
Anisio, el "botones" comenzó a reírse a mandíbula batiente, pero el Coty lo calló rápidamente.
¿De que te ríes?, ¿Ya no te acuerdas que él te libró del troski?
El Troski era un perro chucho, un perro villano hijo de siete padres como su dueño decía, pero al cual tenía en gran estima. Blanco, con manchas negras y cabeza de color anormalmente rojiza, no era un mal perro. Pero el botones, que lo era de un hotel, le hizo de rabiar y le mordió. Anisio tenía catorce años y era el mayor de la panda, aunque debido a su trabajo, pocas veces estaba con nosotros. Presumía de saber idiomas, y el día del mordisco había aparecido por los soportales con un paquete de "Chester"
-¡Mirar lo que les he sacao a unas franchutas!, ¡Y algo más que no cuento por que hay ropa tendida!
- Llegaron ayer por la mañana al hotel, y en cuantis que las vi, les cojo las maletas y les digo... ¿Cómo tale bu?, Que quiere decir que como están. Luego, cuando llegamos a la habitación les suelto... "Si bubule monte al cható y a la tur, ye se lo montre" Y ellas me dijeron que "güi" ¿Sabéis que les dije? Que si querían subir al castillo y la torre, que yo se lo enseñaba. Fui con ellas y allí, ¡No veáis!. Me dieron el chester y cinco francos, y como dije antes, algo más. ¡De tres erre!
Se marchó todo engolado, sacando el pecho, con su traje verde de botones de metal. Al pasar frente al Troski, que estaba atado a la reja de la ventana de Manolo el guardia, comenzó a meterse con él. El perro reculó ladrando hasta la pared, pero luego que Anisio se acercó, dio una corta carrera, se colocó tras él y le enganchó por una pantorrilla. Entonces comenzó a gritar y a llorar. Menos mal que Dutil pasaba por allí y que los perros le tienen miedo cuando los mira a los ojos y lo soltó... que si no... ¡Y luego decía que lloraba por el traje que era del hotel!
Yo lo vi, decía el Coty, y por eso os lo cuento. Hay que defender a quién te defiende, o por lo menos, estar agradecido y no reírse de él aunque sea tonto.
Yo sé por que el Coty lo defendía. Quizá es que tuviese buen corazón, pero lo primero que vino a mi mente, fue aquel viernes de feria. Al atardecer, estaba yo en el balcón de casa viendo como ya iba el ganado poco a poco de vuelta. Algunos de los conductores se paraban para abrevar en el pilón a sus ovejas o vacas y continuaban su camino. El Coty estaba en mitad de la calle. Miraba una piara de rojizos cerdos que se alejaba entre una nube de polvo, cuando por detrás apareció un numeroso grupo de toros y vacas. Uno de los toros, bien fuera por que le pico el tábano, o por oler el agua que de seguro no había catado en todo el día, se arrancó a todo correr. El Coty, al sentir los esquilones de los cabestros, dio media vuelta. Sus ojos se abrieron desmesuradamente por el estupor al contemplar como aquella negra masa de largos cuernos se le venía encima. Quedo petrificado. El toro estaba ya a menos de cinco metros y aunque los hombres que venían flanqueando la vacada, se habían dado cuenta, nada podían hacer por venir un trecho atrás. Dos de ellos corrieron con sus varas en alto por ver si podían frenar al animal. El Coty se sintió levantar en el aire. Dutil lo sujetaba por la camisa con su manaza de forma que los pies no llegaban a rozar el suelo. El toro ya embestía al bulto que tenía ante sí. Cual banderillero que ejecuta la suerte al quiebro, así actuó Dutil. Amagó un paso hacia la derecha para volver a su sitio una vez burlado el animal. Fue visto y no visto. El toro siguió su trote camino de la fuente y Dutil soltó al Coty unos pasos más allá, en el quicio de un portal donde ambos se resguardaron de lo que venía detrás. El ensordecedor ruido de los cencerros no me dejó oír, pero los ademanes del hombre vara en ristre, decían bien a las claras de la regañina que le estaba cayendo al Coty. Solo cuando miro a lo que creyó un adulto, no sé si para agradecer o continuar su perorata, bajo la vara, y con la boca abierta siguió su camino mirando atrás varias veces incrédulo.
Tres o cuatro domingos después, hubo nuevo bautizo y el padrino de turno, quiso realizar el número de la fuente y las monedas. Pero allí estaba Dutil que en cuanto se apercibió, no dejó acercarse a ninguno de los críos al pilón. Temía sin duda que nos sucediese lo que a él le había ocurrido.
Otro tanto sucedió con las avispas. Con los calores del verano acudían al pilón gran cantidad de estos insectos. Nosotros las cazábamos con un puñado de ovas. Luego, con sumo cuidado, les quitábamos el aguijón y las alas y con palitos les hacíamos cucañas. Dutil nos debió imitar sin duda, y sin duda le picaron. En cuanto nos veía a la caza, corría a alejarnos de allí con empujones y su farfulleo babeante... um... umm... umm.
Alpargatas negras de esparto, pantalón de peto mahón y camisa era su atuendo habitual en verano. En invierno, zapatos escalcañados, pantalón de pana de color indefinido por el uso, y la misma camisa. En los días más crudos, una raída y vieja chaqueta llena de lamparones era lo que le defendía de los elementos. Se le notaba el frío en los sabañones de las orejas y en la roja y húmeda nariz.
Vivía con su madre, viuda y vieja, a la cual sin duda costaba gran esfuerzo mantenerlo, y aunque creo que fue para ella un gran alivio, a pesar del dolor, su trágica muerte, a mí me causó un hondo pesar.
Aún recuerdo aquella mirada triste, compasiva y cariñosa a la vez, conque me obsequió el día en que me rompí el brazo. Él fue quién me recogió del suelo cuando fuimos a robar peras a los huertos que hay tras la iglesia y me caí de la tapia. Los otros chicos, asustados, corrieron todos a dar aviso dejándome allí tirado. Sentado en el suelo lloraba yo asustado y desconsolado viendo la mano retorcida y un quiebro feísimo en el antebrazo. El apareció y, levantándome por la cintura cual si fuera una pluma, no me dejó hasta que los brazos de mi madre sustituyeron al suyo.
Mientras mi brazo estuvo escayolado, fueron numerosas las veces que sentí posarse su manaza en mi hombro. Cuando me volvía para ver quién era, la sonrisa de los azules ojos de Dutil me envolvía. Él levantaba su seco brazo derecho y decía... umm... umm... umm. Éramos cómplices de algo... Algo teníamos en común... Éramos casi iguales.
Fue a últimos de Noviembre cuando el señor Vicente, como todos los años, estimó que estaba lo bastante frío para comenzar la matanza. Sus cerdos eran los primeros de la vecindad en pasar a colgar en forma de chorizos, morcillas y jamones en el amplio zaguán de la casa. En días sucesivos, él iría dando cuenta, pues era el matarife, de los de sus vecinos. Aquél año tenía dos para el San Martín. La hembra grande y rolliza que apenas se podía mover. El macho, no muy grande, pero que se notaba prieto y con poco tocino. Era rojizo y de genio fuerte. Cuando vio varias personas a la puerta de su pocilga, intuyó lo peor. Se aculó contra la pared y comenzó a gruñir desaforadamente a la par que comenzaba a lanzar mordiscos a troche y moche. Pero el señor Vicente estaba curtido en estas lides. Se acercó al murete hablándole suavemente y sin hacer aspavientos.
Chino, chino, chino. Tranquilo, que te va a dar lo mismo. Chino, chino.
- Mira - dijo a su vecino Paco - cuando yo lo agarre por una oreja, tu abres la portilla, lo arrastraré, y vosotros lo cogéis por las patas.
- Vale. Cuando quieras. Pero ten cuidado que se defiende bien.
El matarife hizo lo que decía. Con rapidez inusitada, alargó la mano, le cogió una oreja a la primera y se la retorció tanto hacia atrás, que el animal arreció en sus chillidos a la vez que levantó la cabeza. La otra mano del señor Vicente actuó tan rápido como la primera. Se aferró a la otra oreja y tiró del cerdo hacia adelante sacándolo del cubil por la puerta que ya Paco tenía abierta. Cuando la mitad del cuerpo rebasó esta, Paco introdujo un lazo en el hocico dándole varias vueltas. Consiguió evitar alguna dentellada y amortiguar los dichosos chillidos. Fue un instante, después lo agarró por las patas delanteras y con el concurso de otros dos vecinos, lo llevaron a la mesa.
El animal empleaba toda su fuerza para librarse de aquellas manos que deseaban su mal. Sus ojos, antes casi ranuras, casi se desorbitaban diciendo bien a las claras, de su miedo, de su pavor.
Una de las mujeres colocó un barreño de zinc junto a la mesa. Instantes después, el cuchillo certero hirió y cortó en le sitio adecuado, La rojiza, espesa y pegajosa cálida sangre, caía a borbotones en el recipiente.
La hembra dio menos trabajo, pero costó más esfuerzo debido a su peso. Se dejó morir casi sin un gruñido. Como si de antemano hubiera comprendido lo inevitable.
A pocos metros estaban preparados dos montones de seca y amarilla paja. Se dejaron sobre uno de ellos los exánimes cuerpos, y se prendió fuego. Luego, cuando ya casi consumida, se les dio vuelta. Arrimaron la paja que había quedado en reserva, y en pocos minutos desapareció junto con las cerdas de los bichos. Entraron entonces en acción las cuchillas que raparon concienzudamente toda la piel. Se le quitaron las pezuñas que lanzaron a la rebatiña entre los mirones que éramos toda la pandilla y luego los limpiaron bien con trapos y agua caliente.
A nosotros este acontecimiento anual, nos causaba impresión. La sangre nos daba miedo, por lo menos a los más pequeños, aunque después comiéramos de muy buena gana las sabrosas morcillas de arroz. A veces teníamos que taparnos los oídos para no oír aquellos lastimeros, desaforados e impotentes quejidos. Más duro era para mi ver como poco a poco el animal se debilitaba. Sus gruñidos se hacían más suaves, más pausados. De cuando en vez un rebrote de genio. Por fin, la última convulsión que ponía término a la parte primera del drama.
Entraban los cerdos en la casa y los colgaban de una de las vigas del portalón. Colocaban bajo ellos una artesa y entraba el cuchillo a cortar y rajar. Un olor característico se esparcía por la estancia. El tajo de rabo a garganta, luego tirar con fuerza de las patas para que la abertura se ensanchase y dejase caer el mondongo en el recipiente. La blanca capa de tocino daba paso a los colores de las entrañas aún humeantes. Las tripas se lavarían y en ellas se embutirían los chorizos y las morcillas, quizás también el lomo. Hígado y lengua se reservaban siempre para el veterinario que habría de decir si el cerdo estaba bueno.
Estas escenas que nosotros contemplábamos varias veces por aquellas fechas, tenían un espectador aquel año, muy para su desgracia; Dutil. Su afán de imitar lo llevó a la muerte.
Aquél día Dutil, estaba solo en casa. Se sentó en la vieja mecedora y se dio un gran corte en la barriga.
Nadie se pudo explicar como con una sola mano, por aquella herida, llegara a sacarse varios centímetros de intestinos
. ¿Es que acaso no sintió dolor?
Lo encontró su madre. Estaba lleno de sangre en aquella mecedora, con un trozo de tripa en la mano. Casi exangüe, sin un quejido. La miró con aquellos ojos que querían decir...
 ¡Mira que bien lo he hecho! ¡Igual que el señor Vicente!
Estupor primero. Gritos y carreras después en demanda de auxilio. Ya era tarde. Para cuando la ambulancia llegó, Dutil estaba en otra parte. En el limbo de los niños posiblemente.
Yo no vería más aquella boca babeante de risotadas sinceras. Aquellos firmes andares vacilantes que te ayudaban en el momento oportuno. Ya no diríamos aquello de... ¡A correr, a correr que viene Dutil!, para alejarnos de él, o para verlo perseguirnos queriendo participar de nuestros juegos y travesuras.
Ya no tendríamos quién nos protegiera de las avispas, de los padrinos guasones y roñicas, de los perros con malas intenciones o de los toros aviesos. Las mujeres no guardarían más el trozo de chorizo, la onza de chocolate o el torrezno para un pobre hambriento que en todos los portales esperaba algo.
Yo ya no vería aquellos ojos azules clarísimos que en ocasiones podían ser tan dulces. Que en ocasiones dejaban ver su alma pura y limpia.

FIN

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