martes, 18 de mayo de 2010

El leproso.


Caminando por los cerros de Calasparras se divisa la figura de lo que a lo lejos parece un peregrino, mas el sonido de la campanilla advierte que no es monje ni penitente; es un leproso que arrastra su mísera existencia apoyando su diestra en tosca muleta. En la siniestra, larga vara rematada en cruz donde pende la esquila. Esclavina, jubón, calzas y hasta el morral son harapientos, pequeña calabaza al cinto y escuálido can, que camina al lado de su dueño.

Tres caballos galopan por el camino; de los montados, uno forzosamente a ha de ser mujer, pues lo hace a la jineta, otro abre el camino y el tercero guarda la espalda. El malato se aparta unos metros de la senda y mueve con presteza su esquila, advirtiendo a los que se acercan, que allí hay un apestado. Pero la dama, y pese a las advertencias de los caballeros que la acompañan, detiene su montura, pide ayuda para desmontar y se acerca al enfermo;

- “Llevo prisa señor, pero eso no ha de ser obstáculo para tratar de mitigar en lo posible vuestro dolor “.

Agua fresca, alimentos y unas monedas le entrega. De su fino dedo extrae un anillo que pone en su mano para que cuando llegue a la ciudad, todos sepan que es su protegido. Para que le den ropas limpias, cobijo y le atiendan como ha de menester.

- “Dios os lo premie señora, mas no os acerquéis tanto, que aunque la gasa me cubre, no es agradable mi cara. Estoy tan desnarigado que parezco la de la guadaña, de esta mano que antaño blandió con brío la espada y certera la lanza en mil combates, justas y torneos, hoy solo me quedan dos dedos, del pie que calzaba espuela de plata hoy solo un muñón y ni calzar puedo una alpargata “
- ¿A que nombre respondéis?
- Fui conocido como el Caballero Negro, pues mi yelmo negro coronado de negra pluma y la negra capa que al viento ondeaba, hicieron que la gente me apodara así. Más mi nombre que respondía al de Fernán González, hoy solo lo hace al de apestado.
- No habléis tan amargamente caballero, y soportad con el mejor animo esa cruz que Dios os ha impuesto.
- Si nuestro señor Jesucristo que es Dios y Trino, dijo a su padre “aparta de mí ese cáliz“ ¿no lo he de hacer yo que soy un pecador, con mayor motivo?

Sigue su camino el leproso, el aire se torna frío y el cielo barrunta tormenta, a lo lejos se divisa una posada hacia la que con su renqueante paso se dirige. A veinte metros de la entrada se detiene, trata de llamar la atención de los están dentro a toque de campanilla hasta que lo consigue. El posadero sale en principio intrigado, para recriminar mas tarde la cercanía del leproso. Ya se agacha para recoger piedras con que tirar y ahuyentarle

- Largo de aquí miserable ¿Acaso quieres contagiarnos a todos?
- ¿No tendrás misericordia de un pobre enfermo que necesita cobijo por una noche? Un sitio a un lado del pajar que me resguarde del agua que se avecina. De mañana me habré ido y te dejare limpio el lugar que ocupe. Te lo ruego por la Virgen Santísima, mira que es campo raso y no hay un triste oquedal donde guarecerse.
- Largo te digo, no hay sitio aquí para ti. Me infestarías mis cabras o la burra y los que tengo de posaderos, señores muy principales, me denunciarían a los alguaciles. ¡Vete ya andrajoso!
- Cuan cambiado esta el mundo. La duquesa de Montoro me reconfortó, me dio de comer y beber, monedas y hasta su anillo para que mostrándolo me fuera concedido lo que pidiere. Ella rica y poderosa no temió contagiarse con mis llagas y tu, humilde posadero, temes perder cuatro miserables cabras. Siempre el pobre se hermanó al pobre mientras que el rico sacaba provecho de ambos, hoy se trocan las cosas.
- El rico por el mero hecho de serlo puede dar un poco de lo que le sobra, pero yo ¿y si pierdo lo poco que tengo?, ¿Y si pierdo la vida?. Basta ya de monsergas, aligera el paso y vete.
-¿De nada ha de servir el sello, de quien dijo me abriría todas las puertas?
-Ni el mismísimo anillo del Papa, ni la corona del rey en bandeja de plata. !Largo malandrín¡
-Una vez mas insistiré; si te dijera quien fui, y lo que tiempos atrás hice por ti, ¿no tendrías piedad de mí?
-Ni aunque mi propio padre fueras, que no lo eres, ya que Dios lo debe de tener en su Santa Gloria. Nada quiero saber de antaño, pero si es cierto lo que dices, solo una cosa haré y con ello saldo mi deuda; En esta tierra que es mía y como a media legua, hay una gran higuera y bajo ella un cobertizo para pastores. ¡Que Dios te ampare!

Media legua son muchos pasos para un tullido pero por fin llega al lugar en que descansará, aún sin saberlo, eternamente
La condesa ha regresado al castillo y de entre sus consejeros el chambelán le recrimina - amablemente - la entrega a unos rufianes del emblema feudal.

-¿Rufianes decís? Yo lo entregue a un viejo y afamado caballero que tuvo el honor de defender los colores de la reina en numerosas ocasiones, que se puso al lado del débil defendiendo mancillas y atropellos y que hoy vaga por los caminos portador de un mal incurable, pese a que su familia gastó toda su hacienda tratando de remediarlo.
-Señora... tres individuos gozan de la bolsa que a menudo nos reclaman en vuestro nombre, bolsa que dilapidan en bacanales y barraganas tan rápido, que de continuar así, pronto vaciaran las arcas del condado.
- Que los traigan a mi presencia de inmediato. He de saber que ha sucedido.

Los soldados buscan a los hombres, pero estos enterados de la llegada de la condesa han huido. Para la justicia es inequívoca señal la fuga, de que obraron con maldad y por tanto se impone su búsqueda.

-Un pelotón al camino Real, otro al de la Venta - va gritando el jefe de la guardia.

-Señora Condesa, el hombre al que decís haber entregado el anillo, esta enterrado en el cementerio del convento. Era un leproso, pero murió molido a palos. Yo mismo le di tierra pues ninguno de mis frailes osó tocarlo. ¡Cuan difícil resulta para muchos cumplir con sus votos!
-¡Mi buen abad, que triste muerte para tan principal caballero ser asesinado mientras dormía y tan solo por unas monedas! Pero también, ¿qué clase de clérigos tenéis en vuestro convento, incapaces de dar a alguien cristiana sepultura?

De los tres asaltantes, el jefe, el maquinador del plan, era el posadero, que presto corrió a esconderse en su figón confiando a la suerte el no ser reconocido. Vano intento el del tal personaje, regente de la única posada a medio camino entre la ciudad y la villa ducal. Los otros dos; soldados de fortuna que abandonaron los tercios, ex convictos y ex condenados pero con mil delitos aún pendientes, fueron atrapados en el camino real. Poco duró el juicio y poco tardó en cumplirse la sentencia. Los colgaron juntos en el mismo árbol, allá en el soto al lado del río, que no merecieron horca en la plaza de armas del castillo.

-A vos, Juan Medina Pinto, por instigador de los hechos que sin pudor alguno propusisteis a los llamados Pero Fidalgo y Macias Gómez, que con ellos ejecutaste tan horrendo crimen; teniendo en cuenta el desamparo y el desvalimiento, la nocturnidad, la enfermedad así como la avanzada edad de aquel que otrora fuera tu señor, te condenamos a alimentar, mitigar en todo lo posible, dar cobijo y en fin, a todo cuanto sea menester hacer por aquellos que portando el mismo mal del caballero Fernán González, lleguen a tu posada. Por ello, toda tu hacienda se dedicará a lazareto, asignándose, no obstante una soldada que ayude a mantener a los que allí se refugien. Si incurrieses en malos tratos de palabra u obra, huida, o dejadez de las funciones que se te encomiendan, serás descuartizado y tu cabeza expuesta en la picota.

De nada le sirve el que parece sincero arrepentimiento, no es eximente el que no hubiera reconocido a su señor de antaño, pues al fin y al cabo, de un ser humano se trataba, conocido o no.

Mientras es conducido a la posada en la que desempeñará a partir de ahora su nuevo trabajo, Juan Medina recuerda, recuerda como empezó todo. El amor que sentía por la bella Zorinda. ¿Amor? Aquello era mas que amor. Era una ciega pasión que casi lo lleva a la muerte. Una pasión enfebrecida por aquella agarena de ojos de almendra, negros como la noche, de labios carnosos y sensuales de rojo sangre de toro. Esa que tan bien sabe colocar; ora mohín de fingido disgusto, ora sonrisa amorosa, mas tarde, risa alegre que deja ver sus pequeños dientes, tan blancos, que resaltan en el moreno de su tez. Juan Medina bebe los vientos por ella, por ella se olvida de sus obligaciones, por ella, para tenerla contenta, comete sus primeros hurtos.

- ¡Cómo me gustaría aquel corpiño!
-¡Yo te lo conseguiré!
-¡Oh!, que joya tan bella!
- ¡Tuya será!

Zorinda es un ser que quiere ser libre. Libre de todos y para todo y cuyo único pensamiento es vivir, gozar de la vida siempre y a cada momento, sin preocupaciones, tratando de evitar los sinsabores, las penas o el dolor. Que toma lo que se le da, sin dar nada a cambio, a no ser que a ella misma le satisfaga darlo.
En un claro del bosque, las muchachas se han sentado alrededor de una fogata. La noche es estrellada, preciosa para contar historias, sobre todo si son de galanes. Zorinda hace reír a las doncellas imitando a tal o cual dama mientras, a un caldero puesto al fuego, va añadiendo ingredientes. Comienza una canción que se acompaña de un pandero a la par que comienza a girar en torno al corro. Las demás acompañan con las palmas...

De Trebujena ha venido un doncel
Que hermoso, que hermoso que es él
Mirábame a escondidas
A escondidas le miraba
Por no ver que me vieran
Pues con mi padre me hallaba
Mi alma de él quedó prendida
Y por siempre enamorada
De Trebujena ha venido un doncel
Quisiera desposarme con él.

Las mozas corean la canción, alguna se levanta para acompañar el baile. El brebaje está listo y todas lo toman. Algún hongo alucinógeno lleva el caldo, pues el son del pandero va aumentando paulatinamente. También los cánticos, los saltos y los giros van en aumento sin apercibirse de que alguien, entre la espesura, está esperando el momento propicio. El desenfreno ha llegado al cúlmen. Las mozas totalmente desinhibidas, se van despojando de sus ropas que lanzan al aire. Es el momento. El emboscado salta al corro. En un santiamén las ávidas féminas le dejan tan en cueros como ellas están. Todas quieren explorar ese cuerpo joven y fornido, pero la morisca puede más y es la primera en hacerlo suyo.
Cuatro caballeros portando lanzas y doce de a pie, abren paso a su ilustrísima, que junto a otros clérigos, se dirige a la ciudad. Portan las reliquias de San Cosmén en gran urna de plata y los cálices que regaló el señor cardenal para la inauguración de la nueva Seo. La noche se les ha echado encima y cansados, deciden atajar por el bosque. Una luz brilla entre los árboles. El capitán, creyendo puedan ser bandidos, manda silencio y precaución. Se acercan, obispo incluido, para comprobar quienes son y que hacen.

¡Aquelarre, aquelarre! Grita el obispo mesandose los cabellos y con los ojos a punto de salirse de sus órbitas viendo aquella orgía.
-¡Detenedles! Ordena el capitán.
-¡A Lucifer, a Lucifer! Sigue gritando el obispo que ha visto al hombre. ¡Coged al fauno!

La mesnada trata de cumplir lo que su capitán manda, pero las mujeres ebrias de pócima y lujuria no ven al soldado, solo al macho. Por fin han sido reducidas y tapadas sus vergüenzas. También Juan Medina, pues de él se trataba, que ha sido severamente apaleado cuando intentaba huir.

Las confesiones de las muchachas fueron rápidas. No hizo falta el tormento, ni el potro ni, el hierro candente. Entre lloros sin cuento acusaron a Zorinda de haberlas dado un bebedizo. Era lo único que recordaban. Del hombre nada sabían.

Demostrado quedó que los únicos responsables eran Zorinda y Juan Medina, y aunque examinados los restos del perol, no se pudo hallar nada que se pudiese tildar de brujería, el obispo, que estaba empeñado en mandar a alguien a la hoguera, cargó sus iras contra la muchacha y el palafrenero. Por indicación suya, el abad de Güadir, hábil inquisidor, hizo parecer lo blanco negro y lo negro blanco y allí donde no había más que concupiscencia, halló falsa religión y hasta brujería. No osara nadie contradecir a tan lucido defensor de la ley divina, pues sus ejemplares castigos, que se contaban por cientos, no parecían exentos de funestas consecuencias para aquel que lo hiciera.

El día es oscuro. El viento desapacible parece quisiera decir el desagrado que le produce lo que está a punto de ocurrir. Dos palos hincados en tierra, paja, leña y la antorcha presta. Salen del calabozo los condenados. Los pocos curiosos que van a presenciar el acto están silenciosos. Algunos lloran, unas mujeres rezan entre dientes. Los suben a las piras, son atados a los postes por el verdugo que al oído les pide perdón como si él fuera el culpable de su muerte y da fuego a la leña.

El cielo, a veces es misericorde. Las lagrimas amargas de Juan Medina y los gritos desesperados de Zorinda son borrados por el humo y el crepitar de la madera. Las llamas están a punto de lamer sus cuerpos, el calor se hace insoportable, pero de repente, las nubes descargan con furia apagando las hogueras.

-¡Milagro! - Gritan algunos.
-¡Es una señal! - Dicen otros.

La ceremonia se ha suspendido. Los condenados son llevados de nuevo a sus celdas hasta que el tiempo mejore y pueda ser cumplida la sentencia.

Muchos han sido los disconformes durante el juicio, por lo que a última hora se esperaba una conmutación de la pena. De entre ellos Fernán González, señor a quien servía Medina, y que viendo que no había perdón, se ha ido a ver al príncipe Don Enrique.

- Señor, no creo que mi criado sea merecedor de tal castigo, y aún sin creer que lo sucedido ha sido un milagro, si creo que ha sido una señal. Quiero pediros que anuléis la sentencia.
- Mi querido Fernán, vos bien sabéis que nada puedo yo contra la iglesia.
- Alteza, vengo a rogaros por ambos. El es cristiano viejo, y ella, aunque morisca, solo se la ha podido acusar de no comer cerdo, cuando lo cierto es que nunca come carne, ni siquiera de cordero.
- ¿Habeis notado hacia donde mira cuando reza? Según dicen, hacia la alquibla... y es cristiana nueva... El juicio ha sido justo, ellos tuvieron defensor.
- Permitidme entonces que me acoja a la ley de Dios. Estoy dispuesto a entablar combate con cualquier caballero en defensa de la verdad.

El príncipe Don Enrique sopesa la situación; La última palabra ha de ser la suya puesto que él es el brazo secular, además él es muy capaz de convencer, no ya al obispo, sino al cardenal Casares. Si el combate se establece y Fernán sale vencedor, este le deberá un gran favor. Si sale derrotado, quien sabe si muerto, habrá perdido a alguien muy popular y que le hace demasiada sombra.

- No os prometo nada, hablaré con el cardenal.
- Mil gracias, alteza.

El cardenal Casares también sopesa la situación; no desea oponerse al príncipe y estaría bien visto por el pueblo la indulgencia. De otra parte, considera que el obispo se ha excedido, y aunque no quiere desautorizarle, pueden llegar a un acuerdo. Otra cosa será el convencer al abad de Guadir, pero sin duda con algunas prebendas...
El acuerdo ha sido tomado. El caballero Fernán González romperá hasta tres lanzas, prosiguiendo después con las armas que estimaren oportuno hasta la primera sangre. El caballero que la derramare en primer lugar, se dará por vencido sin continuar la lid.
Si la victoria fuese para Fernán, el condenado será libre. Si por el contrario fuese para su contrincante, el reo será conducido a la mazmorra donde permanecerá de por vida.
En cualesquiera de los casos, la magnanimidad del príncipe Don Enrique y la caridad del Santo Oficio, perdonan y trocan la vida a la llamada Zorinda por la de prisión a perpetuidad.

Los dos adversarios son buenos luchadores. Las tres lanzas acordadas se han roto en el escudo del contrario. Ahora, el Caballero Negro maneja la espada con brío mientras que el caballero de la Cruz lo hace con la maza. Los caballos se entrechocan, resoplan y se revuelven guiados por las rodillas de los caballeros. Los escudos se abollan y los penachos de los yelmos ha rato que son pisoteados por los cascos. Casi extenuados, los jinetes tienen movimientos más torpes e impredecibles. De repente, el caballero de la Cruz se separa de su adversario, arroja escudo y arma al suelo, levanta una mano mientras que con la otra se aferra al muslo izquierdo. Por encima de la polaina mana un hilo de sangre. El combate ha terminado.

Juan Medina, libre, pero repudiado por todos los suyos, se ve obligado a buscarse el sustento por otros lugares. Va tirando con mil penalidades, sus relaciones con la canalla son conocidas y está a punto de volver a la cárcel. Por fin, un golpe de suerte le hace dueño de la posada. Ahora que podía enderezar el rumbo de su vida, los malos vicios adquiridos le llevan a meter la mano en las bolsas de sus parroquianos. Así hasta convertirse en el asesino de su salvador. Al final llevará su castigo con resignación y humildad. Hará del lazareto un oasis para los leprosos que en el se acogen, y cuando muere, contagiado del mal, sobre su tumba alguien escribe “aquí yace un hombre bueno”.

A Fernán González la vida le depara todo lo contrario a su merecimiento. Debiera haber encontrado; tranquilidad, después de tanta lucha; reconocimiento, tras tanta abnegación; amor, por tanta bondad. Sin embargo, la lepra, enfermedad terrible se ha apoderado de su cuerpo. La tranquilidad se troca en inquietud; el reconocimiento en aborrecimiento; el amor en miedo. Pero ya el descanso eterno ha venido en su ayuda. Ahora su alma está rodeada de la de otros como él y su cuerpo vuelto al polvo allí donde una cruz advierte por si acaso “aquí yace un leproso”

Fin –marzo de 2001.

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