jueves, 6 de mayo de 2010

La revolucionaria.

Durante mucho tiempo había reinado la tranquilidad, es cierto que algunas veces, el orden establecido se resintió; pero eran estallidos repentinos, sin mucha euforia, y pronto eran reprimidos de forma contundente por el dictador y sus secuaces.
Esta vez tenía que ser distinto. Ella era una trabajadora infatigable. Durante años y años acató el orden establecido, el ritmo impuesto, que a menudo variaba sin previo aviso y al antojo del que mandaba. Grandes esfuerzos, trabajo silencioso y preciso sin un reproche, sin una queja. Más después de tanto tiempo sin cambios, algo nuevo, algo renovador, había llegado hasta ella de modo que la hizo recapacitar. La verdad era que siempre estaba tan atareada, que nunca pudo pensar en su situación, que no había dado paso a las nuevas corrientes, a las nuevas tendencias. Llegó a la conclusión de que aquél sometimiento, de que aquella esclavitud continua, había de finalizar. Elaboraría un plan perfecto que implicase a cuantos más compañeros y compañeras le fuese posible. Debía convencerles, atraerles a su causa para así derribar al dictador. Bastaba ya de tiranías, la decisión estaba tomada; no se volvería atrás y conseguiría con el concurso de los que como ella estaban sometidos, lo que en otros muchos lugares habían logrado o estaban en el camino de hacerlo. Comenzaría su proselitismo entre los más próximos; aquellos que a su lado se afanaban día a día. Una vez que en este circulo más próximo se convencieran de sus teorías, la progresión podía ser geométrica. Tantearía primero. Nunca se sabe como es y como piensa en verdad el que a ti esta más cercano. Quizá alguna desilusión, quizá algún fracaso o incluso alguna denuncia.
Lo lógico, lo natural, sería comenzar en la clandestinidad más absoluta. Si no lo hicieran así, serían reprimidos brutalmente sin duda alguna. Luego, cuando fueran fuertes, se darían a conocer. Surgirían de forma espontánea a millares planteando sus revindicaciones y presentando batalla si el tirano, como era de esperar, tratara de aniquilarlos.
Había que comenzar también, de forma que la silenciosa revolución, no implicase de momento a ningún compañero trabajador de un centro vital. Era la única forma de pasar desapercibido. Cuando fuesen suficientes los abanderados de la libertad, se trataría de contar con el concurso de estos compañeros y su ayuda inestimable, les llevaría a la victoria final. Al derrocamiento del que con mano férrea imponía su ley.
La perseverancia siempre rinde frutos positivos. Habían aumentado en tal número en tan poco tiempo, que estaban decididos a adoctrinar a los de los centros operativos. ¿Que harían? ¿Tantear un solo centro vital, o varios a un tiempo? Distintas opiniones, acalorados debates y por fin, la luz, la paz, el consenso. La propuesta más lógica de todas cuantas se presentaron, fue la de acudir al estamento más próximo a su centro social. Si los que están cerca de casa no te comprenden, ¿lo harán los de lejos?


Uno noventa de altura, noventa y tres kilos de puro músculo trabajado a fuerza de años de duro deporte de competición primero y ahora como maestro en varias disciplinas. Este era Antonio, un cuarentón dedicado en cuerpo y alma durante toda su vida a aquello que le gustaba. Ni ahora que era Director de aquel pabellón de deportes, había dejado de entrenar. No es menos cierto que sus deberes también implicaban comidas y banquetes, horas de discusiones en despachos y salas de reuniones y que estos quehaceres, en cuanto se descuidaba, le hacían coger unos kilos de más. Pero llevaba Antonio una temporada en baja forma. Aquél dolor de estómago lo había retirado ya voluntariamente del poco buen vino que tomaba con las comidas. Licores nunca fueron de su agrado y casi nunca los tomaba. Ahora mucho menos, pues eran veneno para él.
Ni se decidía ni tenía tiempo para acudir al médico, aunque sabía que no tenía otro remedio. Las sales de frutas, el bicarbonato, o las pastillas antiácido no eran la solución para aquella gastritis que se le presentaba y que podía acabar en úlcera. Aguantó unos meses más. Estaba bajando de peso por que apenas si comía y muchos de los ejercicios que debía hacer diariamente, los olvidaba adrede. La espalda comenzaba a dolerle también horriblemente, hasta el punto en que llegó a pensar si no tendría alguna vértebra dañada por un esfuerzo.
Fue su perdición el demorarlo tanto. Aquellas cédulas que crecieron amparadas en su dejadez, acabaron con su vida. El triunfo de las revolucionarias había dado su fruto. Pero el abatimiento del dictador, de Antonio, fue para ellas también su propio fin. No más trabajo, no más vida, por los siglos de los siglos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

CREO QUE EL VERDADERO PROLETARIADO ESTA EN REALIDAD EN LAS DEFENSAS QUE LUCHAN EN SILENCIO HASTA EL FINAL

Alfredo dijo...

Gracias por el comentario y por leerme.