miércoles, 12 de mayo de 2010

Magia (parte cuarta)

La noche hacia ya rato que había dejado ver sus estrellas y nosotros estábamos en esa agradable penumbra, que solo un candil con una vela de sebo proporcionaba. Pero esto fue en agosto ahora aún estábamos en julio.
Cuando Juaco regresó del hospital, fuimos a ver a Simón para que nos hiciera unos trucos. Era una forma entretenida de pasar la tarde, acompañando a un amigo que aquel verano, tenía prohibidos los baños de mar. Cuando salimos, encontramos a María la vieja, que camino de su casa, parecía ir muy apesadumbrada. Le preguntamos a su bisnieto que era lo que le sucedía y él nos contó que se había muerto Curro. Le preguntamos si eran familia y él nos dijo que no. Que lo que sucedía era que la abuela María, vivía en una casa que era propiedad de Curro. Siempre había vivido allí y la consideraba como suya. El abuelo José y ella la habían arreglado mucho; metieron el agua, hicieron el baño, azulejaron la cocina... a cambio de estos arreglos, Curro apenas si les cobraba de renta doscientas pesetas al año. Ahora, Curro el hijo, dijo que aquello se acabó, que había que pagar una cosa razonable, o que se marchase con alguno de sus hijos. Le había puesto de renta seiscientas pesetas al mes y a ella no le alcanzaba. Aquella noche, mientras me dormía, comencé a rumiar un plan que librara a aquella pobre mujer de la obligación que le había impuesto aquel burro. ¡Eureka! ¡Eso era lo que iba ha hacer!.
Le conté a Simón que a María apenas si le llegaba la pensión, para pagar la renta y que sus hijos no la podían ayudar, porque bastante tenían para ellos. Necesitaba que me dejara la vara para hacer un encantamiento, y aunque el mago era algo reticente, por lo que mi madre pudiera decir, al ver que era para una buena causa, aceptó. En aquel mismo momento recurrí a mi antepasado...
-Huematzim, necesito gastar una broma...
-Ya te he enseñado mucho, ahora eres tú el que tiene que meditar, mirar dentro de sí y aprender.
-Huematzin, es por una buena causa...
-No puedo enseñarte nada más, niño. A tu edad sabes mucho más de lo que yo nunca he sabido. Mira dentro de ti y ten confianza. No me llames ya, mi misión ha terminado, me despido de ti, hijo.
Y así me dejó. A partir de aquel momento, aunque alguna vez lo llamé, él no vino y con once años, realice mi primer trabajo sin ayuda. Como veréis, dio buen resultado.

-A ti al que llaman Curro, que tienes poco seso y mucha ambición.
-A ti al que llaman Curro, que eres avaro y apenas tienes corazón.
-Deseo, que como burro, rebuznes en vez de hablar.
-Hasta que, a María, la renta acuerdes rebajar.
Curro, que trabajaba en Aboño de donde era encargado de la cementera, se manejaba bastante bien. Aquel día tenía el turno de tarde y por la mañana fue a ver unas fincas que había heredado en Antromero. Cuando llegó a casa traía un hambre de mil demonios y era ya la hora justa para comer y salir corriendo al trabajo.
-¡Paca!
Quiso llamar a su mujer- asustándose de que de su boca solo saliera un – hiaaa-. Se aclaró la garganta pensando que toda la mañana sin hablar, le había distorsionado la voz. Repitió la llamada y nuevamente de su garganta salió aquel sonido. Paca, que entraba en aquel momento con un barcal de ropa que había tendido al sol, le dice...
-¿Que es lo que té pasa?
Y él quiere contestar, que no lo sabe, pero lanza un nuevo rebuzno. Ante el extraño fenómeno y cada vez más encolerizado, rebuzna y rebuzna hasta llamar la atención de los vecinos, que se allegan extrañados de que, el Curro tenga un burro en casa. La cólera da paso al miedo, se mete en la cama y decide no ir a trabajar. Luego piensa en como justificar el día y decide mandar a su mujer al médico para que le venga a ver y para que le dé un volante. Pero los intentos por comunicarse son vanos; ni tratando de hablar bajo, ni a gritos, de ninguna forma sale de su boca una sola palabra; solo rebuznos a cada cual más sonoro y más rebuzno. Por fin, la mujer, tiene una idea y le entrega lápiz y papel para que escriba lo que quiere. Sus manos tiemblan torpes por el nerviosismo, pero consigue redactar la nota que entrega a su mujer.
-Hiaa, hiaaaa hiaaa hiaaaa- lee la pobre Paca cada vez más desorientada y asustada. No espera un solo segundo más, se quita las zapatillas, se echa una rebeca por los hombros y sale pitando a casa del médico.
-¡Tiene que verlo usted, don Manuel, yo no puedo decirle lo que le pasa, pero está muy mal, venga enseguida por favor!.
Y don Manuel fue y lo vio. Ni siquiera sacó el estetoscopio del maletín. Cuando se iba, Paca le pregunta...
-¿Qué es lo que tiene, don Manuel?
-Es un síntoma agudo de burrología, así que, como yo solo soy médico, llama a un veterinario. Adiós.
Aquella noche, Paca medito y medito hasta llegar a la conclusión de que alguien había echado mal de ojo a su marido. Pensó en cuantas personas se podían haber sentido molestas con él, llegando a la conclusión de que podían ser bastantes. Así, que a la mañana siguiente, muy temprano, se fueron en el Carreño hasta Gijón. Bajaron andando hasta la estación de Langreo, donde subieron al carbonero, que los dejaría en Pola de Laviana. Luego, caminaron por un monte hasta las cercanías de un pequeño pueblo, donde vivía una "bruxa". Preguntaron la dirección a un aldeano que se hallaba segando y este, les encaminó hacia una casucha a la entrada de una cueva. Dando tropezones por la "caleya", llegaron casi hasta la puerta, en la que ya les esperaba una vieja, que no se sabe, si salió, por el ruido de los tropezones, o por que de veras era adivina. Nada mas verlos la vieja exclamó:
-Pasa "nin", que nada mas verte el hocico, bien se ve que rebuznas como borrico.
Ciertamente, era extraordinario que aquella mujeruca, supiera el mal de Curro, con solo atisbar su rostro. Hizo sentar la vieja, a ambos esposos, en unas "tayuelas" al pie del llar, donde cocía algo en una caldera. A todo esto, Curro y Paca que no habían abierto aún la boca, vieron como la mujer sacaba de la faltriquera, unas tabas de carnero pintadas en colores; una era azul, otra roja, verde la tercera y de su color natural la cuarta. Ahuecó sus manos con los huesos dentro y comenzó a agitarlas para que se mezclasen bien. Luego, los echó a tierra -nunca mejor dicho, por que el piso era de tierra apisonada- y observó sus posiciones. Como no quedara conforme, otra vez los lanzó y una más nuevamente. Las tres veces quedaron por igual los huesos, con lo que la vieja dio por terminada la consulta.
-Poderoso es el agüeyador que té agüeyó, pues yo nada puedo hacer, mas, este consejo te he de dar:
"A todos a quien mal hiciste,
has de pedir perdón
sin que uno solo te falte
y de todo corazón
de lo contrario, él lo sabrá
y no tendrá remedio tu mal"

Temiendo dar de más, dejó Curro en un cuenco, que parecía ex profeso, dos billetes de cinco duros, como pago por el servicio, pero al ver la mirada de la mujer, Paca se apresuró a dejar otros veinte duros que ella llevaba.
Cuando bajaban del monte, la mujer iba poniendo de vuelta y media al tacaño de Curro y le metió en la cabeza, que tenía que resarcir a todos aquellos con los que se hubiera portado mal, tal y como dijera la bruja.
A la mañana siguiente, acompañado por su esposa, fue visitando uno por uno a todos con los que había tenido rencillas. Hablar no hablaba, pero con sus dos manos juntas imploraba perdón mientras que Paca intentaba traducir lo que deseaba.
-Que te pide perdón, por mover los mojones de la finca. Los volverá a su sitio.
-Que te pide perdón, por que fue él quien se llevó la madera que habías cortado.
-Que te pide perdón por que tú tenías razón y le habías dado de más en la vuelta de aquel dinero. Te lo devolverá.
Paca interpretaba correctamente cada una de aquellas cosas, por que conocía de sobra a su marido y sabía a quienes se la había jugado. ¡Qué distinto era de su difunto padre!. Entre todos los agraviados estaba la abuela María, a la que también visitó. Cuando llegó a casa, tras haber pedido perdón por boca de su mujer a cuantos ofendiera, la pena impuesta estaba redimida. Pero eso él no lo sabía y permaneció mudo, sin atreverse a abrir la boca, un par de días más. Pasado aquél tiempo se decidió a hablar y viendo que podía, dio por bueno lo echo y por merecido aquel castigo, prometiéndose a sí mismo, no volver a incurrir en falta.

Simón y yo, queríamos probar con el resto de las varas, y así fuimos eliminando las que nada me decían. Al final solamente cuatro parecía que tenían poderes; La vara del chichimeca Huematzim, la vara del Oloiboni Masai, la vara Urim y la vara Saami. Únicamente la vara que perteneció a Huematzim, tenía en mi mano la facultad de conseguir cosas, o por mejor decir; tenía el poder de la magia blanca. El palo espinoso de acacia del Masai, solamente mostraba situaciones, gentes y lugares, al igual que la vara Saami y la Urim. La Saami, no era sino un cuerno de reno con símbolos extraños y la Urim era una rama, tal vez de olivo, en la que se hallaban incrustadas siete piedras de distinto aspecto y color. Parecía como si estas tres varas estuvieran esperando a su verdadero médium y mis poderes con ellas, solamente servían para mostrar el camino que debían seguir.
Aquella tarde, antes de tomar en mi mano, la vara con la inscripción Urim, Simón me explicó lo que él creía de ella:
-Urim y Thummim eran al parecer unos instrumentos –tal vez piedras preciosas- que servían para la adivinación. El sumo sacerdote de Israel, las llevaba en el interior del pectoral llamado del juicio, y según la Biblia, Arón debía de llevarlas sobre su corazón cundo se presentara ante Yahvé.
-Cuantos nombres raros –dijo mi hermano Abel-
-Arón era el hermano mayor de Moisés y Yahvé es lo mismo que decir dios. También tu nombre proviene de la Biblia... ¿sabes quién era Abel?
-Sí, el hermano de Caín.
-Ya veo que eso lo sabes. Dejemos ahora que Sergio vea si puede contarnos una bonita historia.
Tomé la vara y trate de concentrarme. De repente tuve la sensación de encontrarme a bordo de un falucho en medio del mar. Parecía estar sentado a popa, desde donde veía el mástil de la embarcación, con la blanca vela al frente. El agua golpeaba con suavidad los costados y el viento henchía la vela acercándonos prestos a la orilla. Cuando nos hallamos a menos de media milla, comenzamos a costear. El mar no era tal, aunque lo pareciera, pues al rato estábamos en el lugar de donde partimos. Era un lago. Un lago enorme, en forma de pera al que atravesaba un río. Desde la embarcación podía ver somormujos, grullas y gaviotas que picoteaban en las playas y, en tierra, hacia occidente, una ciudad bastante grande. Desembarqué hacia el sur, cerca del río, donde había un pequeño poblado de pescadores. Un hombre que se hallaba remendando una red, me miró por un instante. Cuando me acerqué a él y sin mediar palabra, levantó el brazo indicándome el camino que debía continuar. Proseguí avanzando raudo, cual si volara, río abajo hasta llegar a las ruinas de unas sinuosas murallas. En las cercanías, el paisaje que divisaba desde lo alto era cual el de un oasis; palmeras, naranjos y plantaciones de plátanos... también se veían aquí y allá, algunas casas de estilo árabe con sus planos tejados. Finalizó mi viaje, no sin escuchar antes, el sonido de unas trompetas y un fuerte ruido como de piedras al desplomarse, aunque no pude precisar a que se debía.
Abrí los ojos y entregue la vara a su dueño. No, a su dueño, no; a su tenedor como unas semanas más tarde se proclamó Simón.
El mago estaba pensativo. En su cabeza estaba comenzando a fraguarse la teoría que en agosto, tal vez nos llevara por medio mundo.
-Creo –comenzó a razonar Simón- que has estado en el lago Tiberíades, o mar de Galilea, que el río es el Jordán, donde Juan bautizó a Jesucristo, y que la ciudad, no me cabe duda, se trata de Jericó. Jericó fue una ciudad cananea, que mantuvo varios asedios de los israelitas. La historia dice, que, siete sacerdotes tocando trompetas durante siete días y portando el arca de la alianza, derribaron milagrosamente las murallas, con lo que, la ciudad cayó en sus manos. Es muy posible que esta vara esté esperando a alguno de esa ciudad, alguien que por el Urim y el Tummim, tiene el poder de adivinar lo que está por venir. Es muy posible también, que estas piedras incrustadas sean gemas cuyo brillo este oculto por la suciedad del tiempo.
Simón buscó un paño y comenzó a frotar lo que parecían cristales de colores a la vez que razonaba...
-Son siete, el número mágico por excelencia, como los sacerdotes y los cuernos de carnero que tocaron durante los siete días de la semana, como los siete planetas, incluyendo el sol y la luna, emisores de luz y conocidos desde la antigüedad. Como la descomposición de la luz en siete colores, las siete notas musicales, los siete sabores que se pueden gustar; dulce, salado, picante, amargo, agrio, ácido y rancio. Los siete tactos que se pueden percibir; caliente, frío, húmedo, blando, duro, suave y áspero. Los siete olores primarios; alcanfor, floral, mentolado, almizcle, éter, picante y fétido.
Pero mi madre nos llamaba a voces y tuvimos que dejar al mago solo con sus cavilaciones.

No hay comentarios: