miércoles, 12 de mayo de 2010

Magia. (parte primera)

Dedicatoria.
A mi nieta Ana Isabel.
-Con el deseo de que conserve siempre ese afán de lectura.
-Para que la magia de las letras, la enseñen que este mundo, está plagado de gentes con pasados gloriosos.
-Que en cualquier raza o cultura, ha habido y habrá siempre personas dignas de admiración.
-Para que la naturaleza entre por sus ojos, la respete, la ame y ayude a conservarla tanto como pueda.

MAGIA ES A MAGO, COMO VARITA ES A MARAVILLA
Aquel verano comenzaba como todos, sin embargo, no iba a ser como los anteriores. Pero eso aún no lo sabíamos mi hermano y yo, cuando nuestros padres nos metieron en el tren, camino de la casa de los abuelos.
Viajamos toda la noche en aquel vagón de segunda clase, con sus asientos mullidos y sus pañitos de puntillas en el reposacabezas. Los primeros kilómetros, mi hermano y yo los pasamos pegados al cristal de la ventanilla del pasillo. Veíamos las luces lejanas de algunos pueblos y el bullicio de las gentes en las estaciones donde el tren hacía las paradas. Algún vendedor de blanca chaquetilla, voceaba gaseosa fresca y apuraba las ventas, antes de que el jefe de estación, anunciase con el toque de campana la partida del convoy. El carretón con las sacas de correos, maleteros con el equipaje de los que se bajaban o subían, familiares que decían adiós con las manos, la pareja de la guardia civil que observaba... La locomotora de vapor silba y el tren parte, internándose poco a poco, en la negrura de la noche hasta que una nueva estación aparece. Cansados pasamos al compartimento, mi padre cerró la puerta, echó las cortinillas que daban al pasillo, apagó la luz y nos dijo que durmiéramos. Nosotros así lo hicimos acunados por el traqueteo del convoy y el rumor de la conversación de nuestros progenitores.
Al alba despertamos, las animadas conversaciones que provenían del pasillo, a mí por lo menos, me despejaran casi de sopetón. Agarrando la manilla de la puerta, miré a mi madre, que con una sonrisa de complicidad, concedió el permiso. El pasillo estaba ahora lleno de gente. Gente que seguramente había subido al tren hacía poco, en algunas de las estaciones anteriores y que se mezclaban con los que como nosotros, acababan de despertar. Había bastantes hombres tocados con boinas, calzados con madreñas y con varas en la mano, mujeres portando paraguas y cestas, y todos parecían por su vestimenta, aldeanos que fueran a alguna feria. Olían a humedad, a lluvia recién caída y al humo de aquellos gordos cigarros que liaban petaca y librillo en mano. Como no encontraba hueco para acercarme a las ventanillas del pasillo, volví sobre mis pasos y fui a la del compartimento. Efectivamente, el cielo estaba plomizo, y aunque apenas si se veía caer del cielo, por lo fina, el agua daba un brillo especial al verde. Las diminutas gotas, cual perlas posadas en las matas, en las hierbas, los helechos y los árboles, iban engordando poco a poco hasta que caían al suelo.
-¡Orbaya eh! –dijo mi padre- No te preocupes, en cuanto acabemos de bajar el puerto seguramente lucirá el sol.
El tren bajaba despacio, zigzagueando y atravesando túneles. A veces, allá abajo, se veía la vía por donde habríamos de pasar en unos momentos. Al llegar a la Cobertoria ya no llovía y en Pola de Lena el sol asomaba tímidamente como vaticinara mi padre. Aquí se bajaron los aldeanos y por un momento fue tan notorio el silencio, que parecía que el tren hubiera quedado vacío. Nada mas lejos de la realidad, pues aunque se subió gente en Ujo, Mieres o Ablaña, fueron muchos los que se apearon en Oviedo y más los que se bajarían en Gijón. Pero eso ya no lo veríamos nosotros. Nosotros nos bajamos en Veriña para hacer transbordo al Carreño que nos llevaría a Candas.
Apenas habría transcurrido media hora, cuando los verdes vagones de madera del Feve asomaron por la curva en dirección al pequeño apeadero. Pronto el paisaje de montañas que hasta ahora habíamos venido viendo desde que amaneciera, se complementó con el azul de la mar, una mar que se extendía hasta el horizonte y que lamía las laderas del acantilado allá abajo, en lo profundo. Nosotros ya habíamos hecho aquel recorrido muchas veces, no obstante, a mí, no dejaba de impresionarme la altura y lo cerquita del abismo por los que discurría el trayecto en algunos lugares.
La casa de los abuelos está cerca del monte de San Antonio. Árboles en la parte alta donde mirando a la mar se yergue el faro, abajo, a la falda, huertos de hortalizas, alguna tierra con maíz, prados donde se tienden para remendar las redes y unas pocas casas.
Llegamos sobre las once. Los abuelos, como siempre; bien. Las tías; cada día más solteras. La casa, cada año más pequeña. Los amigos, ávidos de noticias de otros lugares; cuanto dura el viaje, como es la escuela, a que jugáis... Y aunque el viaje fue largo, tal vez cansado, antes de las doce ya estábamos en la capilla, en lo más alto del monte para ver al santo, como todos los años.
Cerca ya de la iglesia de San Félix, hay una casa a la que un vecino nuevo ha venido a vivir. Dicen los que le han visto, pues pocos le conocen, que es un viejo retraído que apenas sale. A veces se le ve arreglando el jardín, pero en muchas ocasiones la casa parecería estar desierta si no fuera por que se le oye cuando toca el piano. Aquella tarde sí estaba en la casa, y, nosotros, los cinco amigos que siempre andábamos juntos, pudimos conocer al hombre y su morada. Nos acercamos a la portilla de madera atraídos por las vigorosas y alegres notas que se escuchaban a través de la ventana. Nuestra curiosidad nos empujó hacia los escalones del porche donde nos sentamos. Tras escuchar un par de piezas, el piano dejó de sonar y en la puerta apareció un hombre de pelo cano.
-¿Os gusta la música? -Preguntó cuando ya nos disponíamos a irnos.
-Si, lo que toca es muy bonito –respondió alguno.
-¿Queréis ver mi casa?. Tengo dentro las cosas más maravillosas que jamás habéis visto.
A mí, por lo menos, me dio un poco de miedo. Por mi imaginación pasaron velozmente las recomendaciones que siempre nos hacia mi madre "ojo con quien andáis, no fiaros de las personas a quien no conocéis". Pero ya era tarde, alguien acepto de inmediato...
-Si, nos gustaría mucho.
En el recibidor ya acusamos el primer impacto, un sarcófago egipcio estaba apoyado en la pared frente a la puerta de entrada. A mi no me asustó en principio, pues los bonitos colores e inscripciones con que estaba adornado llamaban la atención. Simón –así dijo llamarse- comenzó a explicarnos cosas del antiguo Egipto.
-Estos dibujos que veis en el sarcófago, no son sino jeroglíficos, es decir; son como las palabras y, por tanto, dicen cosas; son formulas mágicas para preservar al difunto de todo peligro en el otro mundo. Dentro de ese ataúd, como diríamos nosotros, ponían al muerto momificado ¿sabéis que quiere decir momificado? ¡Ah, que habéis visto "La Momia"!. Bueno, pues eso, después de lavarlo y perfumarlo le sacaban las vísceras, todas menos el corazón y los riñones. Luego sumergían el cuerpo en un liquido durante un tiempo, como si fuera en salmuera, rellenaban los huecos vacíos e impregnaban el cuerpo con resinas olorosas, aceite, leche y especias para acabar envolviéndolo en gasas. Con esto y bastantes ofrendas y manjares, mantenían vivo su "ka" hasta que el alma y el cuerpo se unían de nuevo en el otro mundo. ¿Quiere alguien entrar para ver lo cómodos que estaban?.
-Yo entraré –dijo mi hermano, que por ser el pequeño, siempre quería presumir de machote.
Simón le apartó un poco de los demás y le cuchicheó algo al oído, luego, abrió la tapa y Abel se dispuso a entrar.
-Colócate como yo te he dicho; la espalda apoyada en la tapa del fondo, los brazos a lo largo del cuerpo o cruzados sobre el pecho y no te asustes cuando se quede todo oscuro, solo será un momento.
Cuando se cerró la tapa Simón se volvió hacia nosotros y nos dijo...
-Es muy valiente este chico, sin duda el día de mañana será algo grande. ¿Quién quiere abrir ahora la tapa?
Eso no daba tanto miedo y todos contestamos a una... Yo, yo... -Bien. Tú mismo ¿cómo te llamas?
-Joaquín, pero me llaman Juaco.
-Sepárate un poco para que los demás vean el interior, coges por esta manilla y abres aprisa, con fuerza y hasta atrás. ¡Ya!
Juaco hizo tal y como se le mando y todos gritamos espantados al ver como una piojosa momia se nos aparecía moviendo sus brazos para atraparnos. Simón reía al vernos, por lo que pasados los primeros instantes, comprendimos que allí había truco. La momia era tan falsa como el sarcófago, pero, ¿dónde se hallaba mi hermano?
-¡Cierra, cierra aprisa no nos vaya a coger! -Decía Simón con sorna y muerto de risa.
Juaco volvió a cerrar y Simón abrió acto seguido. Abel apareció tal y como cuando se introdujo. Cuando le explicamos lo que había pasado, también él quiso ver al faraón. Simón nos invitó y uno a uno fuimos entrando para comprobar que simplemente se trataba de una plataforma giratoria con un panel que ocultaba un doble fondo. Cuando la momia estaba al frente, el desaparecido había girado y se hallaba en la otra cámara, luego, un nuevo giro y todo volvía a su posición inicial. -Queridos niños, yo no sé, si vais mucho al circo. Aunque los números de magos no son un espectáculo demasiado habitual, Yo he sido mago en muchos de ellos. Trabajé en América en el Circo de los Hermanos Ringling, aquí en España en el Circo Price de Madrid y en el Olimpia de Barcelona y he actuado en las mejores salas de toda Europa y América. Trabajar en el circo para los magos es muy problemático, por eso casi nadie lo hace, los espectadores están en derredor tuyo y es fácil que puedan ver los trucos. Es mejor actuar en salas donde la gente está al frente y su campo visual es mas limitado, por que esto, queridos niños, no es magia, es ilusión.
Nos fue enseñando las habitaciones de la casa y los cachivaches que contenían, todos ellos relacionados con aquél maravilloso trabajo que durante toda su vida había tenido. A mí me llamó poderosamente la atención una vitrina grande donde guardaba numerosas varitas mágicas. Algunas estaban en estuches, otras simplemente descansaban sobre los cristales de las repisas y todas ellas tenían una nota donde se leía su nombre y procedencia.

-Este aparato que aquí veis, es la guillotina. Es una máquina infernal inventada por monsieur Guillotin y que se utilizó en la revolución francesa más de lo que fuera necesario. Por estos dos pilares, desciende aquella cuchilla que cae con fuerza sobre el tajo, cercenando lo que se encuentre en él. Muchos nobles, gentes del clero y de las clases altas fueron decapitadas por guillotina en espectáculos horrorosos que la gente aplaudía. Las ejecuciones eran públicas apiñándose el pueblo en torno al cadalso adonde llegaban los reos en carros tirados por asnos e insultados por la muchedumbre. Sonaban los redobles de los tambores mientras al reo lo colocaban de rodillas, su cuello entraba en este agujero, los tambores cesaban, la plebe contenía la respiración... la cuchilla se soltaba de la sujeción y bajaba rauda con un silbido y un golpe final. La cabeza caía separada del cuerpo en un cesto y la sangre se derramaba a borbotones sobre las tablas del piso mientras las piernas de los ajusticiados danzaban en macabra convulsión. Así uno tras otro iban cayendo y amontonándose los cuerpos descabezados, que luego eran transportados en los carros para su enterramiento. El verdugo, alzando la cabeza por los pelos, la enseñaba a la gente que aplaudía, gritaba... y pedía más.
Estábamos, o yo por lo menos lo estaba, atenazado no sé si por el miedo, el asco a la sangre, o a la gente que reía y aplaudía aquello. Entonces surgió la pregunta que a todos nos hizo retroceder un paso...
-Este aparato está modificado respecto del original. Aquí, hay dos agujeros más que corresponderían al lugar de las manos, es decir; al que ajusticien aquí, perderá no solo la cabeza, también las manos.
-¿Queréis ver como funciona?. A ver, que alguno de vosotros vaya a la huerta, vea si hay unos pepinos gordos y que los traiga, vamos a hacer la prueba con ellos.
El anciano, que sonreía malicioso observando de reojo la cara de espanto que aún teníamos, introdujo las hortalizas en los agujeros, soltó la cuchilla y sendos trozos quedaron en el suelo con un corte limpio.
-Esto es lo que sucedía, pero como yo soy mago, voy a repetirlo una vez más y veréis lo que sucede. ¿Alguien quiere ocupar el lugar del pepino?.
Ante los enérgicos movimientos negativos de nuestras cabezas y las manos que protegían el cuello añadió...


-Ya me parecía a mí que no iba a haber voluntarios. Fijaos bien ahora y no creáis que lo que vais a ver es un fallo; es magia.
Izó la cuchilla e introdujo un poco más los pepinos, fue hasta la vitrina donde guardaba las varitas mágicas de donde cogió una al azar, luego, con mucho teatro, dio unos pases pronunciando misteriosas palabras y en un momento dado accionó el mecanismo. La cuchilla se deslizó nuevamente hacia abajo y... ¡Oh magia! El pepino del centro, aquel que estaba donde debía de estar la cabeza, se hallaba intacto mientras que los de los lados habían sido cortados de nuevo.
-¡No puede ser!. ¿Por que no ha cortado el del centro?
-¡Por que la hoja no ha llegado hasta abajo!.
-¡Cómo no va a bajar, no te das cuenta que sino bajara, los de los lados no estarían cortados!
-Este número se hace aún, pero yo os voy a contar el truco si me prometéis no decirlo a nadie.
Al ver que todos asentimos, prosiguió –Aquél que dijo que la hoja no llega hasta abajo, tiene parte de razón. La cuchilla llega hasta abajo cuando se hace la demostración con las hortalizas, pero cuando se hace con una persona, se coloca este tope de seguridad ¿veis? . Así no pasa la cuchilla.
-Y si no pasa... ¿cómo corta los pepinos?
-Simplemente por que aquí escondida, entre el agujero de la cabeza y el de las manos, hay otra cuchilla, que es empujada hacia abajo por los tacos laterales que van sujetos a la de arriba. Esta es la que se ve y corta los pepinos.
Nos hizo la demostración varias veces hasta que todos comprendimos el truco, luego, y para quitarnos el mal sabor de boca que aún pudiéramos tener, nos hizo el número de las anillas chinas, el de la botella encantada y unos cuantos pases de monedas donde demostró su habilidad. Con esto, dio por finalizada la función y nos acompañó hasta la puerta, invitándonos a volver otro día.
Simón debía suponer, que nos iba a ser imposible guardar los secretos que nos había mostrado. Si eso fue lo que pensó, tenía razón, pero hombre inteligente, también debió pensar, que nos íbamos a liar al tratar de explicar algunas cosas, como así sucedió.
-Mira por donde sin pagar, habéis gozado de un buen espectáculo –decía mi padre- el próximo día voy yo con vosotros.
Aquella noche tuve muchos sueños, quizás por el cansancio acumulado, quizás por las novedades habidas durante el día. Entre aquellos sueños había uno que a menudo se repetía y que me llenaba de angustia; Estaba en un edificio, tal vez un hotel, en un largo y tenebroso pasillo en el que solamente se abrían dos puertas. Yo sabía que eran los ascensores y que había de coger uno de ellos para buscar algo en los pisos superiores. El ascensor de mi derecha era amplio y estaba bien iluminado, lo sabía de otras veces, pero el tiempo apremiaba y por más que apretaba el botón llamándolo, no venía. Sabía que iba a tomar el otro, aquel que parecía una caja de cerillas suspendida por un solo hilo central. Así fue; se abrió la puerta y solo por un instante dude en introducirme en él, tenía prisa y miedo a que alguien apareciera en aquella penumbra y me cogiera por detrás. Pulsé el octavo o el décimo, no lo sé, solo sé que aquella caja que parecía un ataúd comenzó a moverse entre chirridos y roces contra las paredes. Yo me mantenía con la espalda pegada a la pared, en el centro y sin osar mover un músculo para que no se bambolease. Aquel cajón de hojalata subía uno o dos pisos y de repente caía de golpe desandando parte de lo andado. Por fin llegamos a nuestro destino, salgo frente a una puerta que empujo... y mi sueño se desvanece, el pánico que sentía se ha disipado, me encuentro relajado delante de una vitrina. Esta parte del sueño no la conozco, es nueva y quiera dios que no acabe como siempre, en enuresis. Me doy cuenta de que estoy en casa de Simón, frente a su vitrina de varitas mágicas. Abro las portezuelas y me pongo a examinar las varas. Todas me llaman la atención, pero hay una que lo hace sobre manera; es una pata, quizá de águila, tal vez de búho, con garras largas, afiladas y plumosas. No parece una varita mágica, aunque la nota dice "Vara de chaman chichimeca encontrada en una de las cavernas del cerro del Laurel en Aguascalientes, Méjico". La cojo con cuidado y la mantengo a la altura de los ojos, algo raro sucede, la habitación ha desaparecido, me encuentro en pleno campo, en un claro rodeado por árboles no muy altos y al lado de un montículo con forma de volcán.


Veo hombres, parecen indios o mestizos, semidesnudos y con cintas en la frente, mujeres con niños a la espalda y con sus cabezas tocadas con pañuelos multicolores. En el centro de aquellas gentes se halla el chaman, parece que yo estoy detrás de él, veo todo lo que ve y todo lo que hace, lo que dice. Va vestido con un sayón de tela basta, como de esparto, sobre los hombros lleva una piel de leopardo u ocelote. En la cabeza parece llevar un sombrero pero apenas si puedo ver el ala ya que esta cuajado de plumas de colores; Negras de zopilote, blancas, pardas y amarillas del tecolote, castaño oscuro del águila real... Por debajo del sombrero asoma su pelo negro y crespo que le tapa casi toda la frente. Sus pómulos están pintados con marcas amarillentas y sus labios murmuran palabras sagradas. Miro a su mano derecha, que en alto, y con movimientos acompasados, sostiene la vara sobre la cabeza de aquel que pide la curación. Mientras, la izquierda, sostiene una bolsa de piel de conejo que contiene semillas, hierbas y talismanes.
Fin de la primera parte.

2 comentarios:

Amador Ordás dijo...

Hola Alfredo, me puse a ojear este cuento y la verdad me cautivo y no pude dejar de leer asta el final.
gracias y saludos.Amador Ordás

Alfredo dijo...

Amador Ordás.
¿De veras te leíste la cinco partes?
Hace unos días lo repuse todo seguido, aunque es largo, ha tenido buena acogida.
Gracias y Salu2.