miércoles, 12 de mayo de 2010

Magia. (parte segunda)

-¡Sergio, Abel, levantaos que vamos a ir a la playa!

Con los ojos somnolientos y medio aturdido me despierto extrañando la habitación. Instintivamente echo mano a las sabanas y compruebo que, a pesar de la pesadilla del ascensor, hoy no he mojado la cama.
Mi padre se marchó aquella tarde porque tenía que trabajar, y ya no volvería hasta la última semana de julio. Lo fuimos a despedir a la estación y a eso de las nueve volvimos para casa. Este día no había sido del todo gratificante para mí; Habíamos estado en la playa donde jugamos y nos bañamos varias veces, pero luego de dormir la siesta, tuvimos que ir a la huerta del abuelo donde merendamos; Se fue mi padre que era nuestro mejor cómplice planeando excursiones, y lo peor de todo, es que no habíamos ido a casa de Simón como prometimos.
Aquella noche no soñé, o si lo hice no lo recuerdo. Lo cierto es que me fui a la cama esperando proseguir aquella historia tan rara que aún permanecía nítida en mi mente, pero los indios y el chaman no volvieron.
El nuevo día amaneció un tanto gris y pasamos la mañana correteando por el monte. Por una vez, y sin que mi madre se tuviera que desgañitar llamándonos, antes de la una, como le gustaba al abuelo, ya estábamos en la cocina esperando la comida. Mi abuela notó que algo raro pasaba...
-¿Qué es lo que estáis planeando pillastres? Os noto un poco intranquilos...
-Es que vamos a ir a casa de Simón, prometió hacernos algunos trucos...
-Pero será después de dormir la siesta –dijo mi madre.
-¡Oh, no! Nos está esperando.
Las dos mujeres accedieron no sin poner algunas trabas, pero tras unas zalamerías nos dejaron libres.
Abel y yo nos sentamos en la escalera de Simón esperando a que llegaran nuestros amigos. Hoy no sonaba la música y la ventana permanecía cerrada, llegué a pensar que el dueño no estaba, pero al poco, el mago apareció portando una cesta. Venía de la huerta donde había recogido unas lechugas y tres capullos de rosa.
-No sois puntuales, llegáis con un día de retraso –nos reprochó- y vuestros amigos, más aún, ya veo que no han venido.

Echamos a culpa a nuestros padres, y él comprensivo, aceptando las disculpas nos invitó a pasar. Quedamos en el recibidor mientras él entraba a la cocina donde dejó la cesta. Al pronto salió con las rosas y un búcaro con agua que colocó en una pequeña mesa. Como quiera que a mi se me iban los ojos hacia la sala que ya conocíamos y donde almacenaba algunos de aquellos artilugios, nos dijo que fuéramos mirando, sin tocar, mientras colocaba las rosas. Abel se sintió atraído por el cofre de las espadas y yo, que a nadie había contado mi sueño, me pegué a la vitrina de las varitas como no podía ser menos. Aquella fijación mía, que ya observara el día anterior, le llevó a preguntar...
-¿Sientes atracción por alguna en especial?
-Si, por esta que parece una pata de águila.
-¿Quieres tenerla en tu mano?
-Ya la he tenido en mi mano, pero ha sido solo en sueños.
-¿Has soñado con ella? ¿Qué fue lo que soñaste?
-Que la vara perteneció a un hombre que curaba a los enfermos y adivinaba cosas.
-Si, según parece perteneció a un chaman, ¿sabes lo que es un chaman?
-Es como el hechicero de la tribu.
-Cierto. Pero lo que me dices, no es nada nuevo, cualquiera que haya leído el papelito y consulte una enciclopedia, me puede decir tanto como tú.
-Pero, cuando yo cogí la vara... vi a toda aquella gente...
-A ver, ¡cógela!.
Puso la pata mágica en mi mano y yo icé los brazos a la altura de los ojos, cual si fuera un director de orquesta preparado para comenzar a dirigir. Tenía los ojos semicerrados y el cuerpo un poco encorvado hacia delante tal y como me había visto en el sueño. Enseguida, a mi cabeza, comenzaron a llegar imágenes; A la puerta de una cabaña de adobe, había un hombre agachado en cuclillas y que miraba las brasas de una pequeña hoguera. Lo reconocí al instante. Él se percató de mi presencia y levantándose, me condujo por un sendero entre los árboles, hasta el claro del montículo sagrado en forma de volcán. Nos sentamos en el suelo al pie del cono y donde quedaban restos de hogueras anteriores. Encendió fuego. De un zurrón que llevaba a la espalda, saco un cuenco donde puso unos polvos que amasó con su propia saliva, luego, con aquella pintura trazó unos signos en mis pómulos. A continuación tomó una caña gruesa en forma de pipa que llevaba al cinto y en la que puso un poco de tabaco. La encendió con una brasa, luego me lanzo cuatro bocanadas alrededor de la cabeza mientras que, con la garra de águila, parecía querer difuminar el humo en mi derredor. Dejó la pipa en el suelo para sacar de la bolsa de piel de conejo algo entre sus dedos pulgar e índice y que se llevó a la nariz aspirando. Pronto pareció entrar en trance. "Tú eres mi único descendiente entre los descendientes y yo te transmitiré todos mis conocimientos. Tú serás hombre que sana y viajarás a la tierra de los muertos para traer de regreso a los espíritus difuntos. Tu verás lo que los demás no pueden ver y así protegerás a tu gente del infortunio".
Del mismo modo en que la visión vino a mí, me dejó. Abrí los ojos y miré a Simón que estaba un tanto lívido y con cara de haber, si no visto, sí oído, a un fantasma.
-Oye niño ¿has visto de verdad lo que has relatado, o ya lo traías aprendido?
-Sí que lo he visto, es distinto a lo que soñé, pero yo sabía que iba a tener en mi mano esta varita mágica.
-Por favor, elige otra y dime si ves algo. ¿Tal vez esta tan bonita?.
Le hice caso y cogí la vara recubierta con una cinta estrecha de color rosa y orlada en oro. En la punta brillaba una estrella hecha de trocitos de espejo. Di comienzo al ritual y al cabo de unos minutos devolví la vara a su dueño.
-Esta vara no es de ninguna hada madrina. Es un trozo de palo que solo sirve para que jueguen las niñas.
Así fuimos probando las varas una a una. Simón descartaba aquellas que él mismo había fabricado, o las que compró casi al peso en un almacén de Paris.
-Prueba esta otra- me dijo acercándome una rama en cuya nota se leía; "vara de acacia de un oloiboni Masai"
En aquél momento nuestros amigos llamaron a la puerta y mi hermano que había asistido a aquello sin pronunciar palabra, fue a abrir. Mientras lo hacía, Simón me pidió que continuáramos con aquello, otro día, nosotros solos, ya que estaba muy interesado. Pero yo ya tenía la vara en la mano y estaba en posición. Comencé a sentir un fuerte calor, más que cuando estaba en la playa. Sin embargo, me encontraba a la sombra de una gran acacia y había algo de brisa que movía la alta hierba. Estaba sentado en el suelo formando corro, junto con otros chiquillos que escuchaban a un anciano. No me inmuté al ver que mis compañeros eran todos de un color chocolate rojizo, tampoco lo hice al ver sus vestimentas, aunque para mí todo aquello era nuevo. El anciano, al cual entendía perfectamente, a pesar de hablar un idioma raro, se servía de la mímica o alteraba su voz cuando imitaba a los personajes de los que hablaba. En aquellos momentos, y con motivo de un fallecimiento acaecido, estaba narrando cual fue el origen de la muerte.
"Al principio del mundo no había muerte. Leeyio, el primer hombre puesto en la tierra por Naiteru-Kop, recibió de éste un día las siguientes instrucciones:
-Cuando un hombre muera, deberás preparar su cuerpo. Recuerda que siempre habrás de decir estas palabras: "muera el hombre, mas regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".
Pasó mucho tiempo antes de que nadie falleciera, pero un día la muerte llegó al hijo de un vecino. Avisaron a Leeyio para que preparase las honras fúnebres y él, mientras lo hacía, recitaba las palabras que le habían sido transmitidas. Pero cometió un error y dijo: Muera la luna, mas regresará; muera el hombre y en lo remoto permanezca".
Desde aquél día, nadie sobrevivió a su propia muerte. Un tiempo después, fue el hijo del mismo Leeyio el que murió. El entristecido padre, más meticuloso en esta ocasión, recitó con cuidado: "Muera el hombre, más regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".
Al escuchar estas palabras, respondió Naiteru-Kop: "Ya es demasiado tarde. El día que te confundiste nació la muerte entre vosotros". Desde entonces ningún humano regresa de la muerte. Desde entonces es la luna quien, tras desaparecer, regresa al mundo de los vivos".
En el mismo momento en que finalicé el relato de esta leyenda, la visión desapareció y todo volvió a su entorno natural. Los chicos me miraban sin llegar a comprender muy bien si aquello había sido un cuento que yo contaba, o un truco que hubiera preparado Simón. Pero el mago estaba tan boquiabierto como mis amigos y cuando ellos comenzaron a preguntar -¿dónde está el truco? ¿Qué gracia tiene eso?- Simón les explico lo siguiente:
-Lo que Sergio acaba de contar, es una leyenda Masai. Solamente eso, aquí no hay truco, ni tiene por que causar gracia o risa. ¿Sabéis quienes son los Masai?. Ya me imaginaba yo que no lo sabríais. Veréis; Los Masai son un pueblo africano, guerrero y valeroso, donde sus hombres, cazadores de leones, son muy altos, van armados con largas lanzas, espadas y escudos multicolores. Calzan sandalias en un continente en el que casi todos andan descalzos, y visten con una túnica azafranada o rojiza. Se dejan el pelo largo y se adornan con gargantillas y abalorios. Tienen rebaños de vacas a las que cuidan con esmero y de las que toman; sus boñigas como combustible y argamasa para sus chozas, el cuero para sus escudos y la leche como alimento.
-¿Y, contra quiénes guerrean?
-Contra otros pueblos, a los que si pueden, les roban sus vacas y sus mujeres.
-¿Y los leones, como los cazan?
-Ellos no son cazadores por naturaleza, en realidad la carne que comen suele ser de las cabras que tienen, pero es imprescindible para pasar de la adolescencia a la categoría de guerrero, el matar un león. Así demostraran su virilidad, su valentía.
-¡Vaya mal que olerán sus casas si las hacen con boñigas! ¡Puaf!
-No, bueno... el oler bien o mal depende en muchas ocasiones de la cultura de cada cual. Hay quien apetece un perfume, al que otros tacharían de olor nauseabundo. Las chozas las construyen las mujeres, sobre un armazón de palos y ramas, extienden el estiércol con sus manos cuando aún está fresco. Luego, con el calor del sol se seca y ya casi no huele o lo hace muy débilmente.
-¿Tú has estado en África?
-Sí, he estado en Egipto, en Túnez, en Marruecos, en Guinea... pero no en Kenia de donde son los Masai.
Simón quería saber de mi familia, para ver si había algún determinante que explicase aquel fenómeno, de modo que comenzó a interrogarme.
-Háblame de tu familia, a que se dedica tu padre, quienes son tus abuelos, cosas de esas...
-Mi padre es funcionario de correos y viaja mucho. Se dedica a inspeccionar las estafetas de las estaciones de la Renfe. Mi abuelo, el que vive aquí, es jubilado. Antes trabajaba en el Banco de España de Gijón donde vivía. En la casa que tiene en la Carretera de la Costa, aún viven mis tías; Irene que da clases de música en el instituto y Remedios que tiene una perfumería en la calle Uría, cerca de la Plazuela de San Miguel. No tengo abuelos por parte de mi madre, murieron cuando la guerra.
-¿Cómo consecuencia de la contienda?
-Mi abuelo estaba enfermo del corazón desde que era joven. Un día lo encontraron muerto en la cama. Mi abuela se murió por que le pico una avispa.
-¿Era alérgica?
-No sé muy bien lo que es eso, solo sé que la picó en la lengua, en una vena y se murió.
-¿Podría hablar yo con tus padres?
-Con él no, está trabajando, pero mi madre esta con nosotros en casa de los abuelos.
-¿Sabes si a alguien en la familia, le ocurre esto de ver cosas?
-No.
-¿No lo sabes... o sabes que no les ocurre?
-No le ocurre a nadie, por lo menos que yo lo sepa. A mi solo me sucede cuando toco las varas. La que más me llama es la del indio.
-¿Y no te causa extrañeza, no lo ves raro, no te asusta?
-¿Por qué? Él no me hará daño, es de la familia.
-¿De la familia?
-Sí, bueno... no sé. Parece como si lo conociera de siempre, como si fuera un abuelo, o un tío mío.
Fuimos a casa del abuelo que en aquel momento estaba en la huerta. Mi madre y mi abuela hablaban mientras colocaban una puntilla a unas servilletas.
-Este es Simón -dije yo a modo de presentación-
-El más grande de los magos- remachó Abel que venía detrás.
-Señoras –dijo Simón alargando la mano para saludar. El motivo de la visita no es solo para conocerlas, lo que me place grandemente, quisiera mantener una conversación con ustedes, aunque tal vez no se ajuste a los cánones habituales.
-Niños, ¿por qué no vais a jugar?
-No es necesario que los mande fuera señora. En realidad es a ellos, bueno, a Sergio, al que en sobremanera incumbe esto.
-Me está asustando usted. ¿Acaso han cometido alguna falta?
-¡No, que va! Al contrario, creo ser portador de gratas noticias para ustedes. Pero antes debo de tratar de confirmar mis sospechas, para lo que he de hacerles unas preguntas. Sí fueran ustedes tan amables de responder...
-Pregunte pues y veremos si somos capaces de responder.
-Bien, muchas gracias. ¿Tienen en la familia algún doctor, curandero o alguien relacionado con la medicina?
-No.
-¿Alguien que se dedique a la alquimia, el ocultismo, la quiromancia, la astrología, algún clarividente o telépata?
-No.
-Piensen bien, por favor, es muy importante. No me refiero solamente a parientes cercanos, les hablo de abuelos, bisabuelos...
-Señor, yo apenas si conocí a mis padres pues murieron jóvenes. Me crió mi abuela que aún vive en Madrid. Tiene ochenta y siete años. ¿Desea que le pregunte?.
-Si a esa edad tiene buena memoria, ¿por qué no?
-Hasta la fecha tiene muy buena memoria, recuerda perfectamente que nació el mismo día en que fusilaron al emperador Maximiliano primero.
-¿Al emperador Maximiliano de Méjico?
-Sí, claro.
-¿Ha tenido usted hermanos?
-No, he sido hija única.
-Y, esta abuela suya, ¿ha tenido hijos varones?
-Únicamente tuvo a mi madre y a la tía Enriqueta.
-¿Tenía o tiene ella hermanos?
-No que yo sepa, por allá le quedan tres hermanas; una mayor que ella y dos más jóvenes.
-¿Sabe si tienen hijos?
-¿Tan importante es para usted conocer el sexo de mi familia?
-Perdone usted mi insistencia, tengo una teoría que quiero corroborar.
-Mire Simón, mi abuela siempre ha dicho que nuestra ascendencia india ha sido matrilineal, y que, además, esa influencia se había dejado notar hasta el punto de que solo se engendraban mujeres.
-Y su hijo Sergio es la excepción que confirma la regla, ¿no es verdad?.
-Mis dos hijos, Simón, mis dos hijos. ¿Era eso lo que quería saber?


-¡Que tonto he sido, usted tenía la respuesta y bastaba una sola pregunta!. Señora, le explicaré ahora mi teoría: Un lejano día, un indio, muy posiblemente apache con ascendencia olmeca-chichimeca, abandona este mundo. Lo entierran con los objetos que le pertenecieron y que en vida fueron sus útiles de trabajo; un zurrón que contiene hongos alucinógenos, hierbas medicinales, tabaco, la pipa o "tobago" que utilizará para purificar, y su más preciado bien; la vara mágica por donde fluye y transmite su energía vital. Era un chaman. Años después, alguien, que es capaz de profanar tumbas para conseguir dinero, o que lo hace en aras de la ciencia, encuentra el sencillo tesoro. La pata de águila llega a mis manos, sabedor el vendedor, de que sin duda la comprare para mi colección. Ahora llega lo más interesante; el chaman ha tenido descendencia que durante varias generaciones ha sido únicamente femenina. Hasta llegar a su hijo. Él ha sido el primer hombre en generaciones, en que su parentesco, transmitido por línea materna, desciende del chaman. Por ello, él ha sido elegido para continuar con su obra.
-¡Por dios, que dice usted!
-¡Ave María Purísima!
-No se asusten señoras, nada malo hay en ello, más bien al contrario; su hijo ha sido predestinado para ver lo que los demás ni siquiera intuimos, para sanar a los enfermos... y todo ello a través de esta vara que aquí les muestro. Ella es la causante de la simbiosis, el nexo de unión entre parientes y la transmisora de los poderes del chaman.
-Oiga Simón, ¿nos está contando un cuento indio?
-Respóndame usted que es portadora de su sangre. ¿No hay algo dentro de usted que la impulsa a creerlo? ¿Quiere una demostración?
La abuela no osaba abrir la boca, no sé si por que no comprendía lo que se decía, o por que estaba asustada. Mi madre titubeaba, me miraba y me veía tan tranquilo como nunca lo había estado. La serena mirada que yo le devolvía acabó por tranquilizarla. Simón interpretó correctamente y puso en mi mano la vara. Comencé a ver imágenes. Simón estaba ante el chaman, parecía fatigado hasta el punto que del bolso de su amplia chaqueta, saco algo semejante a un porroncillo de cristal y que contenía un liquido amarillento. Levó a su boca uno de los pitorros y pulsó varias veces una pera conectada por una goma al otro pitorro. Yo tocaba rítmicamente un tambor plano mientras el chaman lanzaba el humo de la pipa a Simón.
-"¿De que está enfermo este hombre" –pregunta el chaman-
-"Respira mal Huematzim" –le respondo yo.
-"¿Y que es lo que aspira?"
-"Un tónico para los bronquios Huematzin".
-¿Y mejora?
-No Huematzin, solo le alivia un poco.
-¿Le buscaremos remedio?
-Si Huematzin, es un amigo.
-¿Y, sabes como?
-Para eso estoy aquí Huematzin, para aprender.
-Bueno, pues mira conmigo dentro de él. ¿Está todo en orden?¿Qué es lo que falla?
-Me parece que tiene una disfunción entre la gandula tiroides y la hipófisis.
-¿Puedes arreglarlo?
-Lo intentaré con tu ayuda Huematzin.
Al oír esto, mi madre retiró la vara de mi mano y las imágenes desaparecieron.
-¿Por qué lo ha hecho? –preguntó Simón.
-Tengo miedo de que algo malo le suceda.
-¿A quien, a su hijo, o a mí?. Yo estaba conforme con lo que ocurría y estoy seguro de que nadie corría peligro. ¡Que mala suerte la mía, que vaya usted a creer en el momento en que me pueden sanar! Nadie, ni los chicos, saben que padezco de asma. Nunca me han visto con la bomba en la boca y solo los más allegados, saben que dejé la escena por esta causa. Comprenderá que era imposible para un ilusionista, tener que retirarse tras el telón en medio de un número, solo para oxigenarse.


Fin de la segunda parte.

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