miércoles, 12 de mayo de 2010

Magia. (parte tercera)

El domingo por la mañana fuimos a Gijón, el abuelo, mi madre, mi hermano y yo. Bajamos andando por San Esteban hasta el muelle, donde pudimos contemplar los pesqueros. Uno me llamó la atención por que estaba cargando carbón. Le pregunté al abuelo y me respondió que, posiblemente fuera el último de los pesqueros que utilizaban aquel combustible. En el mismo muelle tomamos el tranvía y nos apeamos en los Campos, cerca del piso en el que vivían las tías. La casa tenía a la entrada un pequeño jardín bastante descuidado y que desentonaba un tanto con las luminosas y alegres galerías que daban a él. Subimos por las escaleras de madera hasta el segundo, donde ya Irene nos esperaba con la puerta abierta. Mientras Irene alborozada nos daba sonoros besos, apareció Meyos por el pasillo soltándose el mandil y dando también grititos de alegría.
Comimos en aquella casa de la que yo guardaba muy gratos recuerdos y por la tarde, nos marchamos con la tía Irene que comenzaba también las vacaciones. Remedios se quedaba sola ya que no podía abandonar el negocio, pero dijo, que al domingo siguiente, iría ella para Candás.
Cuando llegamos a casa, a eso de las siete, mi abuela le dijo a mi madre que Simón había estado allí preguntando por ella, y que había quedado en volver, como así sucedió. Venía el hombre un tanto alterado, aunque al ver a Irene se cortó un tanto.
-Señora Guadalupe, desearía hablar con usted, en privado, si no le molesta.
-Puede hablar con toda tranquilidad, Simón, todos somos de la familia, esta es mi cuñada Irene.
-Bien, pero es que se trata de algo... que a usted no le va a gustar mucho...
-Diga lo que sea y ya veremos.
-¿Se han enterado de lo que ha sucedido esta mañana?
-¿A que se refiere?
-Un niño ha tenido un accidente en el muelle. Un grupo se estaban bañando y como de costumbre, competían a ver quien era el que más lejos y alto saltaba. Uno, al que por cierto conozco de andar con sus hijos, tuvo la mala fortuna de chocar de cabeza contra la arena del fondo. Lo sacaron inconsciente y ahora mismo está en el hospital de Jove.
-¿Y es muy grave?
-Se encuentra en estado comatoso.
¿Y que quiere, que nosotros hagamos, aparte de sentirlo?
-Yo había pensado... que Sergio... la vara. Podemos ir al hospital y hacer algo por el chico, ¿no cree?.
-¡Simón! ¡Por favor, es solo un niño de once años!
He pensado mucho en lo que sucedió el otro día... y creo que Sergio es aún muy niño para esas cosas. Cuando sea mayor se decidirá.
-Perdona Lupe –intervino el abuelo- Tú bien sabes mi parecer; cada persona tiene un camino trazado y jamás se apartará ni un solo paso de él. Es inútil que luchemos contra nuestro sino, lo que ha de suceder, sucederá.
-¿Usted también, abuelo?
El abuelo ladeó la cabeza apretando un poco los labios en señal de asentimiento, con lo que Simón, creyendo que estaba todo ganado, salió a toda prisa exclamando...
-¡Ahora mismo vengo, voy a buscar el taxi!
No transcurrieron ni diez minutos, cuando se presentó de nuevo. Era tarde cuando llegamos a Jove y hubo que dar bastantes disculpas, par poder acceder a la habitación de Juaco. Simón convenció también a la madre de Joaquín que velaba, para que saliese acompañada por la mía a tomar el aire. Cuando quedamos solos los tres, Simón me dio la vara y yo me arrime a la cama. La habitación era pequeña y azulejada de blanco, hasta por encima de mi cabeza, más o menos. La pared, y hasta el mismo techo estaban pintados al aceite con una pintura que en su día debió de ser blanca y que hoy estaba amarillenta. El ambiente se notaba tan frío y desangelado, que un estremecimiento me recorrió la espalda. La cara de Juaco asomaba entre sábana y almohada con un color cerúleo, acorde con el resto de la estancia. Me coloque en posición no sin antes tratar de ver sus ojos por la rendija que dejaban sus párpados. Luego, comencé.
-¡Huematzim, Huematzim! Hoy soy yo el que ha de subir al monte sagrado.
-¿Y, que es lo que sucede?
-Necesito tu ayuda Huematzim. Mi amigo va camino de la tierra de los difuntos.
-¿No será que alguien lo reclama?
-Tal vez, pero yo deseo que vuelva, es mi amigo y su madre sufre.
-¿Qué podemos hacer?
-Indícamelo tú Huematzim, yo aún no estoy preparado.
-¿Preguntamos al que lo reclama por que lo hace?
-Sabio es tu consejo Huematzim.
-¿Qué te dice?
-Su abuelo dice, que era para él, el nieto más querido. Que, mejor estará allí a donde va, que pasando hambre en su casa.
-¿Y el niño, que dice?
-Que el abuelo tiene razón, está cansado de comer chicharros y andar con el culo remendado.
-¿Nada hay que puedas decirles para convencerlos?
-Si Huematzim, a ambos les diré, que al niño le espera un futuro prometedor, será alguien importante y su vida estará colmada de felicidad. El abuelo debe ayudarlo desde donde está y no ser egoísta; ha de dejar que sus padres disfruten del hijo.
-¿Has visto que eso vaya a suceder así?
-Si Huematzim, así lo he visto.
-Pues entonces, cúralo; tienes el poder para ello. En tu cuello llevas el amuleto.
Una letanía, escondida en lo más recóndito de mi mente, comenzó a fluir de mi boca, a la par que pasaba la vara en torno al cuerpo.
-Tloque nahuaque nite quinoitia... (Señor nuestro Dios, ten clemencia)
- Nemilizameyalli tlapatiliztli yolicniuh... (Fuente de vida, remedia al amigo entrañable)
-Teta tenan nino nelilmatini... (Los padres te están agradecidos)
-Ni tlachia teitec... (Yo miro, yo veo dentro de alguno)
-Caxanilia nitleta ...(Alivio yo a alguien en algo)
-Nite patia ... (Yo a alguien curo)
-Nite tlacuicuila...(Yo chupo enfermedad)
-Cuiculia nitetla...(Yo de alguien tomo enfermedad)
-Nicte tlapaztiliztli... (Yo a alguien remedio)


Instantes después, sentí la voz de Joaquín y noté el abrazo cálido de Simón, al que se le escapaban dos lagrimas.
-Sergio, gracias, tú me has curado.
-Te olvidarás de lo que has dicho y solo recordarás que tu madre rezaba por ti.
Juaco comenzó a llamar entonces a voces a su madre, que regresó corriendo para estrecharlo entre sus brazos.
-¡Hijo mío, que alegría más grande! ¡Gracias a dios que te has recuperado! ¡Y los médicos... que no te querían llevar a Oviedo, por que decían que un bache podía ser fatal!
De regreso a casa, mi madre solamente dirigió una mirada interrogante a Simón
Si él lo hizo- fue la respuesta a su muda pregunta. Pero También Simón tenía una pregunta que hacer.
-¿Qué es lo que llevas colgado al cuello, Sergio?
-Una cuenta de cristal que mi bisabuela me colocó a poco de nacer.
-¿Sabéis que el cristal de roca, posee los poderes mágicos de revelar los secretos del futuro?. Los chamanes, en su fase iniciática, llevaban incrustado en la frente un cristal de roca para que pudieran ver a través de las cosas.
-Por favor Simón, el chico está cansado –protestó mi madre-
En los días siguientes, Simón no dejaba de pasar por nuestra casa, pero no era para verme a mí; era para ver a Irene. Que algo sucedía era notorio; las amplias chaquetas pasadas de moda, quedaron arrumbadas, elegantes trajes vinieron a suplirlas, en cuanto a su cano y largo pelo, tenía ahora un corte más actual, habían desaparecido las barbas que solía llevar de tres o cuatro días y sus mejillas rasuradas dejaban ver la tersura de su piel. Parecía mucho más joven, -en realidad tenía cincuenta y seis años- de modo que la tía Irene se sintió atraída por él. No era solo su prestancia; Simón era culto, había viajado por numerosos países, tocaba el piano, tenía mucho dinero. Y lo mejor era, que de nada alardeaba o se jactaba.

Fue la primera semana de agosto, que Simón fue a la huerta donde estaba el abuelo y le pidió a Irene en matrimonio. Allí sentados bajo el emparrado y bebiendo vino de la bota, acordaron la fecha de la boda. Como quiera que mi abuelo no tenía un pelo de tonto, cuando esto hubo sucedido, dijo en voz alta... -Ya podéis pasar todos, no sea que me tiréis la cerca- pues sabía que todos nosotros estábamos afuera esperando impacientes.
Simón e Irene estaban felices y a todos contagiaban su alegría y buen humor. El mago, se sintió obligado a exponer a mi abuelo, los medios de subsistencia con que contaba para mantener a la que sería su mujer, y comenzó el relato, de cómo había conseguido sus bienes.
-En esta vida todo es cuestión de suerte y yo no me puedo quejar de la mía. Verán ustedes: Apenas contaba yo doce años, cuando un mago, que se hacía llamar "Ly Son Yon", apareció por mi pueblo. Dio la casualidad, de que, antes de la representación, su ayudante se puso enfermo, y, dio también la casualidad, de que yo acertara a estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Los trucos que realizaba me engancharon de tal forma, que lo seguí por media España como ayudante y aprendiz. Pronto comencé a darle ideas de algunos trucos que se me ocurrían, y él, a veces, las ponía en practica con mayor o menor suerte. Cuando creí que ya nada tenía que aprender de él, comencé a trabajar como ayudante con magos en Francia y en Inglaterra donde a la par que aprendía, practicaba sin cesar. Al poco de comenzar la gran guerra, y con diecinueve años, me embarque para América. Allí representé por primera vez, el truco de cortar a una persona por la mitad, que había aprendido en Londres de P. T. Selbit, y obtuve tal éxito, que desde Nueva York a San Francisco, no quedó población importante por donde pasara el transcontinental, donde yo no actuase.
-Efectuamos una de aquellas paradas en Laramie, pueblo situado en las rocosas, que iba a quedar grabado en mi mente para siempre y no por la actuación precisamente. Deambulando por la ciudad, di con un salón del más puro estilo; porche de madera, puertas batientes, cristales pintados... Adentro; larga barra a la izquierda, escupideras de bronce, mesas de verde tapete, tarima para la orquesta y proscenio para las actuaciones. El local estaba casi lleno de hombres que bebían junto a la barra, o que jugaban a las cartas. Varias camareras servían las mesas aguantando de mejor o peor grado, las bromas y los pellizcos. Me arrimé a un lado de la barra y pedí cerveza mientras observaba. En un momento y sin saber el por que, un gigantón de más de dos metros de alto y casi uno de ancho, tenía a otro hombre agarrado por la pechera y a cinco palmos del suelo. Su poderoso brazo, como pata de mula, se estaba preparando para lanzar una coz contra la cara de aquel infeliz vejete. Ni corto ni perezoso, y sin pensar en las consecuencias que aquel acto me pudieran acarrear, de dos zancadas me planté allí delante -¡detente!- dije al grandullón colocando mi bastón ante su manaza. El me miró arrugando el hocico y con una expresión en los ojos, de como quien dice: "Como se atreverá este alfeñique", dirigió el puño hacia mi. Entonces, hice un suave movimiento y convertí mi bastón en esplendoroso ramo de flores. Un ¡ho! de admiración salió de las gargantas de aquellos rudos hombres y paralizó la mano agresora. Yo no perdí el tiempo y con un par movimientos, deje eclipsado al gigante que asombrado veía como de sus orejas o de su nariz, manaban monedas. La mano que sostenía en alto al viejo descendió posando a este suavemente en el suelo, deposite las monedas en la bandeja de una de las chicas y le pedí que sirviera cerveza. Acto seguido, cogí un mazo de cartas de una mesa, subí al tablado y les hice unos cuantos trucos. No sé si fue tan buena la actuación, como para que el dueño del local quisiera contratarme, o era que estaba agradecido por haber evitado la pelea que ya se cernía sobre el local.
-Cuando salí del salón, halle al viejo sentado en los escalones. Estaba esperándome para agradecerme lo que había hecho por él.

-Soy John Silver – me dijo tendiéndome su mano.

Yo pensé de inmediato en el pirata de la Isla del tesoro, aunque este, ni tenía pata de palo, ni parche en el ojo. Me senté junto a él, más que por propia iniciativa, por que no soltaba mi mano. Mientras, continuaba hablando.
-Ha sido usted muy valiente al defenderme de ese grizzli, y sin violencia. Muchas gracias.
-No ha sido nada.
-Usted parece una buena persona, justo lo que yo andaba buscando.
-Oiga Silver –comencé yo a disculparme- solo estoy aquí de paso...
-No importa para lo que le quiero proponer. ¿Tiene dinero?
-Algo tengo, claro está.
-¿Cuánto tiene?
-Quinientos dólares – mentí-
-Es mucho dinero. Si me presta trescientos, le entregaré dos pepitas de oro que aquí llevo. Con el dinero comprare herramientas y víveres para explotar un placer que he descubierto. Podría vender el oro, pero la gente se preguntaría de donde lo he sacado y seguramente las tierras que deseo comprar, se llenarían de buscadores que acabarían con todo aquello. Usted me da el dinero y yo lo emplazo para dentro de un año en este mismo lugar. La mitad de lo que encuentre, será suyo.
-Aquello parecía claramente una estafa en toda regla. Un timo muy fácil de dar a un joven imberbe que, además era extranjero. Sin embargo, sus palabras parecían sinceras. Tampoco él se ajustaba a los cánones habituales del estafador; vestía con sencillez, sus manos eran callosas, tal vez las de un trabador del campo y no quería todo el dinero, solo lo suficiente. Sus ojillos escrutadores no parecían mentir y en conjunto, se apreciaba que era una buena persona. Tal vez solo fueran sueños los que revoloteaban por su mente y el dorado nunca apareciera.
-Le voy a dar el dinero.
-¿Y, no querrá venir conmigo?
-No, gracias. Tengo contratos que cumplir.
-Sacramento, San Francisco, Los Ángeles, cuantos nombres españoles. En todas esas ciudades trabaje durante tres años y con bastante éxito por cierto. Como todos los magos, procuraba cambiar el repertorio y estaba al tanto de lo que otros mostraban en sus espectáculos; Thurston y el truco de la levitación, Goldin y la soga india, Houdini y sus fugas...
-Al cabo de aquel tiempo, inicie una nueva turné, esta vez hacia el este. Como tenía unos días de actuación en Denver, y estaba a cuatro pasos de Laramie, recordé lo acaecido años atrás y me decidí a acercarme hasta allá. Busque el banco y sin hacerme muchas ilusiones me presenté...
-Me llamo Simón Álvarez de las Asturias, ¿tendrán ustedes algo para mí? El hombre hizo unas consultas y se fue directo al despacho del director. A poco salieron ambos, me pidieron alguna identificación que yo presenté, y con una amabilidad rayana en la adulación, me hicieron pasar al despacho. El director me entregó entonces una carta en cuyo sobre podía leerse:
"Señor Simón Álvarez de las Asturias.
15 de julio de 1922
15 de julio de 1923
15 de julio de 1924"
-Abrí el sobre y encontré la siguiente misiva:
"Amigo Simón: Hoy se cumple la fecha en la que acordamos nos veríamos. Durante tres días le he esperado en vano, por lo que he tomado la determinación de volver al año que viene en la misma fecha. Quiero suponer que esta usted bien, y que solamente su trabajo le ha demorado.
Paso a relatarle los hechos acaecidos desde el día en que nos conocimos, hasta el día en que deposite su parte del trato, en este banco.
Con el dinero de nuestra sociedad, compre los víveres y todo lo necesario para tratar de hallar el placer. Construí una pequeña cabaña cerca del nacimiento del río Platte donde me instalé con mi familia. Allí había encontrado las pepitas que le di, y allí me proponía buscar. Durante varios meses la búsqueda fue infructuosa. Llegó el invierno y la nieve me impidió trabajar, pero un día en que salí a cazar, tuve la fortuna de resbalar en el hielo que cubría el río. La capa era delgada y se rompió con mi peso. No había mucha profundidad, pero quede empapado perdiendo además el rifle. Con el agua helada cubriéndome hasta las rodillas, busque a tientas en el fondo hasta que hallé el arma. Cuando lo saque, asido por el cañón, en mi mano enguantada traía lo que yo pensaba eran guijarros. No era así. Eran tres o cuatro pepitas como de diez o quince gramos. Volví a casa a todo correr, cambie mis ropas mojadas y con mis hijos volví al lugar. En cuestión de dos minutos hallamos casi sesenta y dos kilos de oro. ¿Verdad que fue mucho, en tampoco tiempo?. La explicación es sencilla, el oro estaba en cuatro bolsas de cuero. Una de ellas se había abierto y parte de su contenido se había esparcido por el río, por eso yo no encontraba el placer: no lo había. Dejamos de buscar hasta la primavera. Con el buen tiempo, volvimos al lugar sin esperanza de encontrar más, como así sucedió.
Traje el oro al banco y dije que era el producto de veinte años de trabajo en diversos ríos de la región. Con mi parte del dinero compré las tierras que tanto deseaba, y como aquí hay muchas vacas, nosotros nos dedicamos a la cría de caballos. De eso entienden bien mis hijos; son medio indios.
Desde el día en que encontré las bolsas, no dejaba ni uno solo, de pensar como habrían ido a para allí. La respuesta me la trajo mi hijo John Silver, Pluma de Ave. Cabalgando por el monte Elbert, encontró una pequeña cueva. Dentro de ella estaba el esqueleto de un hombre, blanco sin duda y que sin duda se vio perseguido y muerto. Aún tenía sus botas calzadas y numerosos casquillos de bala, atestiguaban que se había defendido. En una grieta, Pluma de Ave, encontró un trozo de cuero en el que, a punta de navaja, estaba detallado el lugar donde encontramos el oro. Esta es la historia de nuestra riqueza. Espero verlo el año que viene, y si quisiera visitarnos, solo tiene que preguntar por el rancho Silver, a ambas orillas del River Platte del Norte y en la falda del monte mas alto de Colorado".
-Así fue como me hice verdaderamente rico. Algo mas de treinta kilos de oro que en dólares eran una fortuna. Por una vez sucedió lo contrario a lo que normalmente ocurre; primero se encontró el tesoro y después el plano.
-¿Y volvió a ver a aquél hombre?
-Hubiera sido una descortesía por mi parte, que tras haberme hecho rico, no fuera siquiera a darle las gracias. Estuve unos días en su rancho, y resultó ser cierto que sus cinco hijos eran medio indios. Su madre, era una comanche a la que su marido indio, había repudiado por que no tenía hijos.
-Pues si los llega a tener...

Fin de la tercera parte.

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