viernes, 25 de junio de 2010

Diego García de Paredes.

Nacido en Trujillo, Cáceres, el 30 de marzo de 1468, y muerto en Bolonia, Italia, 15 de febrero de 1533. Militar español de valor temerario y extraordinaria fuerza física, combatió como capitán de infantería en las guerras de Granada, Grecia, Italia, Norte de África y Navarra.

En 1483 era soldado de las tropas de Isabel la Católica. Participando en la Guerra de Granada desde 1485 hasta la toma final en 1492. Destacado durante toda la campaña, asombra al ejército con sus proezas y se convierte en uno de los paladines cristianos del final de la Reconquista, entablando amistad con Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido por la historia como el Gran Capitán: amistad que habría de durar hasta la muerte. Se dice que Fernando el Católico le armó caballero por su propia mano.

Entró como capitán de la guardia personal del Papa Alejandro VI (Rodrigo de Borja, Borgia en italiano) a finales de 1496 por mediación de Bernardino de Carvajal pariente suyo que estaba en el Vaticano. Esta recomendación y el hecho acaecido, en la que mató a cinco, hirió a diez, y puso fuera de combate al resto de una comitiva de italianos que habían echado mano de las espadas durante una disputa le sirvió de aval. Él solamente estaba armado  con una pesada barra de hierro. El Papa. Alejandro VI nombró inmediatamente a Diego capitán de su escolta y se le encomendó la sagrada misión de cubrir sus espaldas.

Como capitán y guardaespaldas de los Borgia, intervino junto a las tropas españolas al mando del Gran Capitán en la captura del corsario vizcaíno Menaldo Guerra, que se había apoderado de Ostia bajo bandera francesa, se encargó de tomar Montefiascone y participó en la Campaña contra los Barones de la Romaña (conquistas de Imola, diciembre de 1499, y Forlí, enero de 1500).

Por estas fechas, Paredes se vio involucrado en un suceso que produjo gran revuelo en Italia, a consecuencia del cual se produjo el cese de García de Paredes en el mando de su Compañía y su posterior encarcelamiento. El mentado suceso fue un duelo que se celebró en Roma con el capitán italiano Césare Romano que, no sabía con quien medía las palabras. Diego cortó al italiano la cabeza de un mandoble.
Fugado de la carcel y del ejército Papal, pasó a servir como mercenario del Duque de Urbino, enemigo de los Borgia. Después de la guerra de la Romaña, como no podía volver con el Pontífice ni había tropas españolas a las que incorporarse, pasó a servir como comandante de mercenarios italianos de la poderosa familia italiana de los Colonna.

A finales del 1500, García de Paredes fue enviado al asedio de Cefalonia, en Grecia, ciudad que los turcos arrebataran recientemente a la República de Venecia. Setecientos jenízaros defendían aquella fortaleza situada sobre una roca
de áspera y difícil subida que españoles y venecianos no podían rendir. Los turcos tenían una máquina provista de garfios que los españoles llamaban “lobos”, con los cuales asían a los soldados por la armadura y levantándolos en alto los estrellaban contra el suelo dejándolos caer de repente, o bien, los subían hacia la muralla para matarlos o hacerlos cautivos. Diego García de Paredes, se dejó llevar al muro cogido por los garfios, le pusieron encima de la muralla. El no soltó ni espada ni rodela, puso pie sobre las almenas y, una vez abierto el artefacto, quedó en libertad de acción para comenzar una lucha increíble pero completamente cierta; con violencia desenfrenada empezó a matar a los turcos que se acercaban para derribarle. Refuerzos y más refuerzos vinieron contra él, estrellándose ante la resistencia del hombre de energías asombrosas. Resistió heroicamente en el interior de la fortaleza durante tres días, hasta que, debilitado por el hambre, las necesidades fisiológicas y las heridas, se entregó a sus enemigos. Ante semejante muestra de coraje los turcos respetaron su vida y le tomaron prisionero Le encerraron en una torre, le cargaron de cadenas y le vigilaron celosamente a fin de pedir rescate. Los turcos resistían el asedio con desesperado valor, pero a los cincuenta días Gonzalo Fernández de Córdoba y Benedetto Pesaro acordaron dar el último asalto: los soldados escalaron los muros y penetraron en la plaza combatiendo a muerte.
Restablecidas sus fuerzas, Diego aprovechó para arrancar las cadenas de su prisión, echar abajo las puertas del calabozo, matar a sus captores con el arma que arrebató al centinela y dando tajos y mandobles colaborar en el ataque desde dentro hasta que se tomó la plaza. Solo quedaron ochenta turcos vivos, los demás habían perecido peleando con su valeroso jefe Gisdar.

En las murallas de Cefalonia, comenzó la leyenda de Diego García de Paredes: un hombre de fuerzas increíbles, resistiendo tres días contra una guarnición de soldados turcos ,sólo pudo encontrar semejanza en los relatos de las hazañas de Hércules y Sansón; con ellas lo ligó el comentario de la tropa, siendo conocido a partir de ese momento entre los soldados españoles como “El Sansón de Extremadura” y por aliados y enemigos como “El Hércules y Sansón de España”.

Diego se incorporó de nuevo a los ejércitos del Papa en 1501. La aureola de héroe alcanzada en Cefalonia valió el olvido de lo pasado, y César Borgia, nombró nuevamente a Paredes capitán en su ejército. Rímini, Pésaro y Faenza cayeron en las manos de los soldados del Papa; la resistencia de esta última plaza irritó tanto a César Borgia que ordenó pasar a cuchillo a todos los habitantes; Diego García de Paredes, se indignó al escuchar semejante atrocidad y se dirigió a César con determinación: “No esperéis tal cosa de mi brazo, yo os ayudo aquí como soldado y no como asesino, y no he de permitir ensangrentar una victoria”; César Borgia mandó indultar públicamente a los vencidos. Fue durante estas campañas cuando Diego coincidió con Leonardo da Vinci, por entonces al servicio de César Borgia como ingeniero militar.

En el año 1501 comenzó la segunda guerra de Nápoles entre el rey Fernando el Católico y Luis XII de Francia por el Reino napolitano. Diego se incorpora a los ejércitos de España a mediados de ese mismo año. Durante esta guerra, a las órdenes del Gran Capitán, participó en las conquistas de Cosenza, Manfredonia, Tarento, Arpino, Esclaví, Santo Padre, y finalmente Rossano (rendida en combate encarnizado tras recuperarse Paredes de una grave herida de bala de arcabuz que estuvo a punto de acabar con su vida). Diego se cubrió de gloria en los campos de Italia y luchó heroicamente en las más famosas batallas libradas en aquella época, entre ellas las de Ceriñola y Garellano de 1503. Durante una de las fases de esta última batalla, Diego llevó a cabo la más célebre de sus hazañas bélicas, recogida por las crónicas de la historia y, tal vez, engrandecida por su leyenda: herido en el orgullo tras un reproche injusto del Gran Capitán, Paredes, se dispuso con un montante en la entrada del puente del río Garellano, desafiando en solitario a un destacamento de 2.000 hombres, cifra aparentemente exagerada, pero, al parecer, mayormente aceptada, del ejército francés; Diego García de Paredes, blandiendo con rapidez y furia el descomunal acero, comenzó una espantosa matanza entre los franceses, que solamente podían acometerle mano a mano por la estrechez del paso, ahora repleto de cadáveres. Ni franceses ni españoles daban crédito a sus ojos, comprobando como García de Paredes se enfrentaba en solitario al ejército enemigo, manejando con ambas manos su enorme montante y haciendo grandes destrozos entre los franceses, que se amontonaban y se empujaban unos a otros para atacarle. Acudieron algunos refuerzos españoles a sostenerle en aquel empeño y se entabló una sangrienta lucha en la parte ancha del puente; al fin, dejando grandes bajas ante la aplastante inferioridad numérica, los españoles se vieron obligados a retirarse, siendo el último Paredes. En esta jornada heroica, entre muertos a golpe de espada y ahogados en el río, fallecieron quinientos franceses. La fuerza, la destreza y la valentía de Diego García de Paredes, ya extraordinariamente admiradas, llegaron en estos momentos a cotas difíciles de igualar.
Diego, que fue un hombre muy pendenciero y con un sentido del honor al límite, participó en numerosos duelos a lo largo de toda su vida: desde cuchilladas en reyertas de taberna con vulgares fanfarrones y matones hasta duelos concertados, extendidos bajo salvoconducto ante notario, frente a coroneles del ejército español, capitanes italianos o la élite del ejército. Diego García de Paredes jamás sufrió la afrenta de verse vencido, resultando imbatible para todos sus adversarios.

Cuando en 1504 Nápoles pasó a la corona de España y El Gran Capitán gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes; Gonzalo quiso recompensar a los que le habían ayudado combatiendo a su lado y nombró a Diego García de Paredes, con la autorización de Fernando el Católico, marqués de Colonetta. Tras el final de la guerra, Diego regresó a España como un auténtico héroe, aclamado por el pueblo allí por donde pasaba.

En cierta ocasión, mientras los nobles esperaban a que Fernando el Católico terminase sus oraciones, entró Paredes de forma súbita en la estancia, quien hincado de rodillas dijo: “Suplico a V.A. deje de rezar y me oiga delante de estos señores, caballeros y capitanes que aquí están y hasta que no acabe mi razonamiento no me interrumpa”. Todos quedaron asombrados, expectantes ante la posible reacción del Monarca por semejante osadía, pero Paredes prosiguió: “Yo, señor he sido informado que en esta sala están personas que han dicho a V.A. mal del Gran Capitán, en perjuicio de su honra. Yo digo así: que si hubiese persona que afirme o dijere que el Gran Capitán, ha jamás dicho ni hecho, ni le ha pasado por pensamiento hacer cosa en daño a vuestro servicio, que me batiré de mi persona a la suya y si fueren dos o tres, hasta cuatro, me batiré con todos cuatro, o uno a uno tras otro, a fe de Dios de tan mezquina intención contra la misma verdad y desde aquí los desafío, a todos o a cualquiera de ellos”; y remató su airado y desconcertante discurso arrojando el sombrero (otras versiones dicen que fue un guante) en señal de desafío. Fernando el Católico por toda respuesta le dijo: “Esperad señor que poco me falta para acabar de rezar lo que soy obligado”. El Rey permaneció unos instantes en silencio, dando lugar a que las personas implicadas en aquella trama dieran un paso al frente y defendieran su honor desmintiendo las acusaciones de Paredes. Sin embargo, ninguno de los presentes se arriesgó a romper el tenso silencio del ambiente y enfrentarse al Sansón extremeño: García de Paredes decía la verdad, había ganado una vez más. Después de concluir sus oraciones, el Monarca se vino hacia Paredes y colocando sus manos sobre los hombros de Diego, le dijo: “Bien sé yo que donde vos estuviéredes y el Gran Capitán, vuestro señor, que tendré yo seguras las espaldas. Tomad vuestro chapeo, pues habéis hecho el deber que los amigos de vuestra calidad suelen hacer”; y Fernando el Católico, sólo él, porque nadie se atrevió a tocarlo, hizo entrega a Paredes del sombrero arrojado en señal de desafío.

Durante un tiempo ejerció la piratería, en toda la extensión de la palabra, pues era bastante común que muchos de los guerreros de esta época se dedicaran a estas aventuras; Paredes fue proscrito y puesto precio a su cabeza, perseguido por las galeras Reales estuvo a punto de ser capturado en Cerdeña. Sus correrías llegaron a ser conocidas y temidas por todo el Mediterráneo, siendo sus principales presas mahometanos y franceses: “púsose como cosario a ropa de todo navegante: y comenzaron a hacer mucho daño en las costa del reino de Nápoles, y de Sicilia: y después pasaron a Levante: y hubieron muy grandes, y notables presas de cristianos, e infieles” .

El sueño aventurero de independencia no podía durar mucho; para el año de 1509 se hablaba de una gran empresa histórica: la conquista del norte de África. Tras recibir el perdón Real, García de Paredes, ahora como un simple soldado de Cristo, tomó parte en la Cruzada del cardenal Cisneros frente al infiel en tierras africanas. En 1505, Diego ya había participado en la toma de Mers-el-Kebir (Mazalquivir) y en ese año de 1509 participó en el asedio de la conquista de Orán. De regreso a Italia, un elemento del valor y la fama de Paredes no podía pasar desapercibido a los ojos del Emperador de Alemania, que buscaba reunir un ejército para intervenir en Italia por las posesiones de la República de Venecia. En el verano de ese mismo año (1509), Diego ingresó en las fuerzas Imperiales de Maximiliano I como maestre de campo. Sin embargo, la invasión fue rechazada y la empresa no llegó a rematarse (Sitio de Padua (1509)), aunque sirvió para que el capitán español lograra nuevos laureles heroicos ganando Ponte di Brentaera, el castillo de Este, la fortaleza de Monselices y cubriendo la retirada del ejército Imperial. A finales de año, Diego se incorporó en Ibiza a la Escuadra española, dispuesto a marchar de nuevo a África. En 1510, García de Paredes participó bajo las órdenes de Pedro Navarro en los asedios de las conquistas de Bugía y Trípoli, además de lograr el vasallaje a la Corona de Argel y Túnez. Regresó a Italia, incorporándose nuevamente al ejército del Emperador para ocupar su puesto de maestre de campo y defendió heroicamente Verona, desahuciada por las fuerzas Imperiales. Diego era ya una leyenda viva en toda Europa y fue nombrado coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II, luchando denodadamente en la batalla de Rávena, 1512 (derrota de la Liga Santa al mando de Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, ante Gastón de Foix, duque de Nemours, a pesar del éxito demostrado por la infantería española que, mandada por Diego García de Paredes y Pedro Navarro, derrotó a la infantería francesa y a los lansquenetes alemanes, resistió la tremenda carga final de la caballería pesada del ejército francés, durante la cual perdió la vida Gastón de Foix, y logró retirarse con gloria entre la carnicería) y en la Batalla de Vicenza o Creazzo, 1513, donde quedó aniquilado el ejército de la República de Venecia.

Posteriormente, en el invierno de 1520, peregrinó a Santiago de Compostela como escolta del Emperador Carlos V, participó como Capitán en la Guerra de Navarra (Batalla de Noáin (1521), Batalla de San Marcial (1522), asedio al Castillo de Maya y asedio de la fortaleza de Fuenterrabía), ayudando a expulsar a los franceses del reino patrio, y acompañó al «César» en sus primeras campañas como Coronel de los ejércitos Imperiales, combatiendo valerosamente en la defensa de Nápoles y en la célebre Batalla de Pavía, 1525, donde los españoles hicieron prisionero a Francisco I, rey de Francia.
Tras regresar a Trujillo, el veterano héroe sintió una profunda soledad en sus últimos años después de las muertes de sus seres queridos y de su fracaso matrimonial con María de Sotomayor. Con el cabello y la barba ya encanecidos, el cuerpo lleno de antiguas cicatrices y el alma sangrante por su soledad, Diego abandonó definitivamente el terruño y viajó por toda Europa en el séquito Imperial de Carlos V, gran admirador del legendario luchador, quien le nombró Caballero de la Espuela Dorada, sirviendo en Alemania frente a los seguidores de Lutero. En 1532 acudió, una vez más, a la llamada del Emperador Carlos V y marchó a socorrer Viena, asediada por Solimán el Magnífico donde no fue preciso entrar en combate, pues visto el formidable ejército Imperial de más de 200.000 hombres, los turcos levantaron el asedio. En el año santo de 1533, tras regresar de hacer frente a los turcos en el Danubio, asistió a la coronación oficial del Emperador Carlos V en Bolonia, donde, falleció a consecuencia de las heridas recibidas al caer accidentalmente de su caballo en un juego fácil compitiendo con unos chiquillos. Antes de fallecer, conocedor de que su final estaba cerca tras la fatal caída, “parece que le place a Dios que por una liviana ocasión se acaben mis días”, dejó escritas sus memorias: Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes.

Cuando lavaron el cadáver antes de ponerlo en el sepulcro, se le halló todo cubierto de cicatrices, consecuencia de más de cuarenta años de activa vida militar dedicada al oficio de las armas. Los restos del Sansón de Extremadura fueron repatriados a España en 1545 y enterrados en la iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo, donde permanecen en la actualidad.

Diego García de Paredes tuvo dos hijos: Sancho de Paredes (n.1518), hijo legítimo de su esposa María de Sotomayor, y Diego García de Paredes (n.1506), hijo natural, del mismo nombre que el padre, nacido de los amoríos de Diego y Mencía de Vargas, que participó en la conquista del Nuevo Mundo y fundó la ciudad de Trujillo en Venezuela.

Diego García de Paredes fue un héroe a un tiempo histórico y legendario, mitificado por el pueblo y enormemente conocido en la España del Siglo de Oro. Las noticias que tenemos sobre García de Paredes se caracterizan por mezclar realidad y fantasía, pues la figura de este trujillano pertenece tanto a la historia como a la leyenda escrita y oral. Hombre de gran corpulencia, atlético y forzudo como un toro, considerado uno de los hombres de más fuerza que jamás se hayan conocido, de su fuerza hercúlea hay multitud de leyendas: durante uno de sus galanteos nocturnos “arrancó la reja que le molestaba mientras cortejaba a una dama” y, para no ensuciar su nombre, seguidamente “arrancó todas las demás rejas de la calle”, ocultando así la identidad de la joven. Cuentan también que “arrancó de cuajo la pila de agua bendita de la Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo y se la llevó a su madre enferma para que se santiguase”, siendo necesarios seis hombres para devolverla a su sitio. Dicen que “detenía con sus manos la rueda de un molino girando a toda velocidad”, otras veces “detenía con una sola mano la marcha de una carreta de bueyes”, y que, habitualmente y sin mayor dificultad, “trasladaba enormes bloques de piedra granítica”.

La fama de Diego como guerrero fue tal, que Miguel de Cervantes inmortalizó sus hazañas en su obra universal, El Quijote:

“Un Viriato tuvo Lusitania; un César Roma; un Aníbal Cartago; un Alejandro Grecia; un Conde Fernán González Castilla; un Cid Valencia; un Gonzalo Fernández Andalucía; un Diego García de Paredes Extremadura...
Y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia, y puesto con un montante en la entrada de un puente, detuvo a todo un innumerable ejército que no pasase por ella, e hizo otras tales cosas, que si como él las cuenta y escribe él asimismo con la modestia de caballero y de cronista propio, las escribiera otro libre desapasionado, pusieran en olvido las de los Héctores, Aquiles y Roldanes.
No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con victoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre”.

Su sepulcro de Santa María la Mayor, en Trujillo, tiene un largo epitafio en latín, grabado en letras capitales, cuya traducción es la siguiente:
“A Diego García de Paredes, noble español, coronel de los ejércitos del emperador Carlos V, el cual desde su primera edad se ejercitó siempre honesto en la milicia y en los campamentos con gran reputación e integridad; no se reconoció segundo en fortaleza, grandeza de ánimo ni en hechos gloriosos; venció muchas veces a sus enemigos en singular batalla y jamás él lo fue de ninguno, no encontró igual y vivió siempre del mismo tenor como esforzado y excelente capitán. Murió este varón, religiosísimo y cristianísimo, al volver lleno de gloria de la guerra contra los turcos en Bolonia, en las calendas de febrero, a los sesenta y cuatro años de edad. Esteban Gabriel, Cardenal Baronio, puso este laude piadosamente dedicado al meritísimo amigo el año 1533, y sus huesos los extrajo el Padre Ramírez de Mesa, de orden del señor Sancho de Paredes, hijo del dicho Diego García, en día 3 de las calendas de octubre, y los colocó fielmente en este lugar en 1545.”

Resumido y adaptado de Wikipedia.

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