jueves, 10 de junio de 2010

El asesinato que no lo fue tanto.

Esta es la breve historia, del último capitulo, en la vida de un hombre que odiaba a sus hijos. ¿Por que los odiaba?. Quien sabe; quizá por que los envidiaba; eran mas jóvenes que él, no tenían dolores, habían llegado mas lejos en la vida, querían que hiciera lo que ellos mandaban... quién sabe. Sea como fuere él ya les estaba preparando el futuro, un futuro lleno de pesares.

Aquella mañana se dirigió a una agencia inmobiliaria que había cerca de su casa. Entró apoyándose en su cayado, pero de forma resuelta y decidida.

-Buenos días. ¿A quién me tengo que dirigir para la compra de un piso?

-Buenos días señor, yo misma le puedo atender. ¿Qué es lo que deseaba?.

-Verá, tengo un piso demasiado amplio para mi solo, y tiene el inconveniente, que siendo antiguo, no tiene ascensor. Deseo comprar algo más pequeño, a ser posible en el barrio y en el que no necesite subir escaleras, por las piernas sabe...

-Si no le ofende... ¿me puede decir la edad que tiene?

-Por que me iba a ofender, tengo ochenta y siete.

-Pues no los aparenta, yo no le hubiera echado más de setenta. Mire, se lo digo por que no sé la noción que usted tiene sobre el valor de los pisos.

-Ya sé que están caros, todo el mundo lo dice...

-¿Y sabe que a su edad, ningún banco le concedería una hipoteca?.

-¿Y quién la necesita?. Ya le he dicho que tengo un piso grande que deseo vender, si con el trueque que pudiera hacer, aún me viera en la necesidad de añadir algo de dinero, no se preocupe, en el banco tengo algo ahorrado.

-Perdone, pero como comprenderá, era mi obligación decírselo... Dígame donde está su piso, los años que tiene, los metros... es para hacerle una tasación aproximada y así buscar algo, acorde con el dinero que se pudiera sacar por la venta.

Quedaron de acuerdo; el piso antiguo se vendería- siempre hablando en pesetas- por no menos de veinte millones -su valor era netamente superior- y se haría un contrato de compra por el nuevo. La entrega inicial era de cinco millones, que él entregaría la semana próxima, aplazando el resto hasta que la venta se efectuase. Acordaron que por la tarde, la chica le acompañaría para ver lo que a partir de entonces sería su nuevo domicilio y a echar un vistazo al que iba a vender. Acto seguido, nuestro hombre se encaminó al banco donde guardaba sus ahorros. Un joven que se hallaba trabajando tras una mesa, se levanto en cuanto lo vio y con una sonrisa en los labios le pidió que se acercase...

-¡Hola don Manuel! ¿Qué tal le va?

-Buenos días Dionisio, ya estoy otra vez por aquí.

-¿Y que quería en esta ocasión?

-Veras, quiero que me prepares cinco millones para mañana o pasado, cuando tú quieras. Es que voy a comprarme un apartamento y los tengo que dar de entrada.

-¿No le sirve un talón?. Es que, es mucho dinero para llevar por la calle...

-No te preocupes por eso, pero el dinero lo necesito contante y sonante.

-Bueno, vale. Mañana mismo lo puede retirar o, si quiere, dentro de una hora está listo.

-No, no, mañana vengo a por ello. Muchas gracias.

-De nada don Manuel, ya sabe que aquí siempre estamos a su disposición. Oiga, y el piso, ¿lo compra por aquí cerca?.

-Si, no tengas miedo, que no me voy a ir del barrio.

Todo iba por el camino trazado y la parte mas sencilla del plan estaba en marcha.

A la mañana siguiente, retiró el dinero del banco y se fue a su casa. De tarde, casi al anochecer, pidió un taxi que le dejó en las cercanías del domicilio de uno de sus hijos. Esperó cerca del portal y cuando un joven se dispuso a entrar, lo hizo con él. Mientras el chico subía en ascensor, él se quedó mirando los buzones y cuando halló el que buscaba, introdujo un sobre dentro. Luego, anduvo un par de calles y buscó otro taxi. El nuevo destino fue la casa del otro hijo, donde repitió la misma operación. De nuevo en casa, cenó tranquilamente, recogió los platos en el fregadero y salió. Las escaleras estaban desiertas y por las calles próximas no encontró a ningún conocido. En un bolsillo llevaba una madeja de cuerda que había comprado en el supermercado y que acariciaba sintiendo grato al tacto aquel basto cáñamo.

La vía del ferrocarril no estaba demasiado lejos, cruzó la carretera y se metió por un camino que bordeaba un prado. Por aquel lado, altas zarzas ocultaban las luces de la ciudad y del barrio donde casi toda su vida había transcurrido. De frente, solo la continuidad de los campos. De sopetón apareció la trinchera de la vía, que en aquel lugar trazaba una curva tratando de evitar la carretera. Lanzó el cayado por encima del bardal, luego, sacó la cartera y encendiendo el mechero, quemó en un montoncito los billetes que contenía y el fajín que abrazaba el cordel. Subió el talud y se sentó en una de las traviesas en medio de los raíles. Con la mitad de la cuerda, se ató las piernas a la altura de los tobillos, que luego pasó por debajo de un carril. Cuando estuvo bien sujeto se tendió boca arriba y trató de hacer de igual forma con las manos; rodeó un par de veces el rail y con la boca trató de amarrase las manos lo mejor que pudo. Que importancia tenía que no estuviese muy bien, al fin y al cabo, las ruedas del convoy lo destrozarían todo y nunca se sabría si en realidad los nudos estaban bien hechos. Tenía la cabeza apoyada en el frío hierro y la grava se le clavaba en la espalda, pero sería por poco tiempo. Desde aquella posición contemplaba el firmamento tachonado de estrellas recordando tiempos pasados, mejores tiempos sin duda. Un par de lagrimas se le escaparon hacia las sienes, pero solo un par; el rum-rum del tren ya se transmitía desde el riel a su cabeza. Cerro los ojos y comenzó a hablar...

-Ahora mamones pagaréis todo lo malo que hicisteis conmigo; los desprecios, la falta de caridad, las humillaciones, la falta de cariño... todo. Todo lo vais a pagar...

El maquinista del tren expreso llamó por teléfono a la policía, al sindicato de maquinistas, al jefe de estación, a los bomberos, al jefe de circulación, a su mujer... . Los nervios no le dejaban estarse quieto y contaba a todo el que quería escucharle que él no había tenido la culpa...

-Al salir de la curva lo vi y no pude hacer nada. Tiré del freno a fondo y aunque la velocidad en la zona no es mucha, esto no hay quien lo pare en tan corto trayecto. Yo creo que el hombre estaba atado, lo que no se es si estaba muerto, pues no se movía absolutamente nada.
Con las luces del día, alguien dudó que la sentencia dada por la noche, asesinato, estuviera tan clara como parecía, pero calló hasta que algunas pruebas fueran más concluyentes.

El encargado de la investigación, dio por sentado que al hombre lo habían amarrado vivo y que carentes de valor para matarlo por sus propias manos, dejaban el desenlace en manos de un destino calculado. La gran cantidad de sangre fresca así lo atestiguaba. Lo del atado era aún más obvio; las dos piernas cercenadas casi a la altura de las rodillas permanecían juntas a un lado del terraplén. Las manos, que tal vez trataron vanamente de proteger la cabeza, formaban un amasijo de huesos, sesos y soga imposibles de discernir cual era cada cual.

Empezaron las pesquisas; ¿Alguien había dado cuenta de su desaparición? ¿Esposa, hijos?¿Qué enemigos podría tener un anciano? ¿Podía deberse el crimen al robo o a extorsión? ¿Alguna venganza?. Las respuestas a aquellas preguntas fueron bastante rápidas; El infortunado era viudo y vivía solo. Tenía dos hijos, que según parecía, se enteraron de su muerte en el mismo momento en que la policía hacía las investigaciones. Enemigos no parecía tener, por lo que la venganza no entraba dentro de los posibles. En cuanto a la extorsión...

-¿Tenía dinero su padre?

-Bueno, digamos que se manejaba bien y que algo tenía en el banco.

-¿Sacaba grandes sumas o hacía movimientos bancarios que pudieran llamar la atención?

-Yo no lo sé y supongo que mi hermano tampoco. Mejor será que eso lo pregunten en el banco.

Y vaya si lo preguntaron. La consecuencia fue que, ya entrada la tarde, en un despacho de la comisaría, dos opiniones contrapuestas se comenzaron a discutir; asesinato y suicidio.

-¿Suicidio? ¿Cómo puedes decir eso?

-Si, te lo digo.

-¿Estas seguro de lo que dices? Fíjate lo que tienes en contra y rebate; al viejo lo ataron a la vía.

-Se ató el solo.

-Ya, y yo soy malabarista.

-No creo que lo seas. Pero él entendía de nudos. Trabajó en el puerto.

-Los hijos simularon el robo y mataron al padre. Tienen en su poder la pasta que esa misma mañana había sacado del banco, y en la cartera no tenía un céntimo

-Ambos arguyen que el dinero lo encontraron en el buzón del portal.

-Están de acuerdo, no pueden decir otra cosa. ¿Cómo entiendes tú que ese hombre tuviera a la venta su piso y apalabrado otro al que se iba a mudar?

-Era su coartada, el padre quiso inculpar a los hijos.

-¿Iba a tener tan mala leche?

-¿El padre no y los hijos sí?. Mira, vamos a comenzar por el dinero que parece el móvil más probable; pregunta: ¿por qué lo quiso en efectivo?. La inmobiliaria dijo que al contrato era norma dejar una señal, pero no que necesariamente fuera en efectivo. En el banco, le ofrecieron un talón, cosa que él rechazó, ¿porqué?. Por que el muy ladino quería que fuese una prueba incriminatoria. Lo colocó en el buzón esperando que lo encontraran y que callaran hasta ver si alguien lo reclamaba.

-Muy arriesgado me parece.

-Sí, pero efectivo. Seguramente él como cualquiera, pensaba que un dinero que viene del maná, hay que dejarlo reposar hasta que el dueño lo reclame, y si nadie lo hace, mejor. Uno de ellos cogió el dinero y ni siquiera a su mujer se lo dijo, el otro al parecer ni se había enterado; aún lo tenía en el buzón. Referente a la cuerda te diré, que además de que era un experto en nudos, el muy tonto se dejó el tique de compra en uno de los bolsillos. Tiró la cartera, no lejos, pero dejó todos sus documentos para ser reconocido. En cuanto al dinero que pudiera llevar en ella, creo que lo quemó. Esperaba que nosotros, al verla vacía, pensáramos en el robo como móvil, así empezaría una investigación que daría como resultado la detención de sus hijos. Estoy a la espera del análisis de unas cenizas para corroborar esto.

-Casi me convences, pero no me acaba de entrar en la cabeza que ese hombre pudiera tener tan mala idea.

-Eres joven y has tratado poco con personas mayores. Veras: Con ochenta y tantos años, el pelo, si lo tienes, lo más probable es que sea cano, las orejas y la nariz mucho mayores que cuando tenías veinte y, que la artritis o la artrosis se hayan apoderado de tus articulaciones y de tus huesos. Las orejas te han crecido, sin duda, por tratar de oír mejor lo que a tu alrededor crees que se dice. Empezaste empujando con la mano el pabellón auditivo hacia delante y se te han quedado de soplillo. Lo cierto es, que presumido aún, té niegas a colocarte un audífono porque “solo es que algunas personas pronuncian bastante mal” y claro; tu no “coges bien las palabras”. Los ojos por el contrario, te han menguado tanto que té quedas embobado mirando a las chicas. Los ojos, y la vista han menguado, pero tu solo- otra vez solo- necesitas lentes para leer de cerca. Solo necesitas levantarte tres veces a orinar de noche, solo que te ayuden un poco para entrar en el coche o que te acompañen al médico, al banco, a votar... por que tú no entiendes ya muy bien esos “líos que arman por tan poca cosa”. Antes ibas al médico, pedías número y esperabas la cola, ahora hay que llamar por teléfono un día o dos antes, pedir una cita, dar el número de la historia, esperar la cola, ir al especialista, hacer análisis, radiografías y seguir un tratamiento, que en el mejor de los casos, no sirve para nada y te causa insomnio. El mundo es una jodienda, todos dándote ordenes, haz esto, haz aquello, eso no, aquello sí. Lo peor es que los avariciosos andan tras tu dinero, te piden que lo gastes en cosas que no necesitas, quieren que su nombre figure en la cartilla del banco... “por si un día necesitas que te vaya a por dinero”. Él, ellos, no tienen mala idea, simplemente -a veces- aflora a sus mentes todas las manías, todos los defectos que durante toda su vida han ido acumulando y que su lucidez no dejaba salir al exterior. Hoy el bien y el mal no tienen el mismo sentido que antaño, lo confunden y piensan que ellos actúan correctamente, siendo los otros los que se equivocan.

FIN

En el desván de Prendes tal día como hoy 6/12/03

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