sábado, 12 de junio de 2010

El río.

Según dicen, he nacido bajo el sino de Libra, y como no entiendo de eso, me lo creo. Ni siquiera sé que periodo es el que abarca este signo, nací un 29 de septiembre y las pocas veces que quise saber mi horóscopo, me fijaba en el dibujo de la balanza para saber que dichas me esperaban. Como quiera que nunca se cumplió aquello que me vaticinaban, ni para bien ni para mal, dejó de preocuparme, si es que alguna vez ocurrió.

Como no entiendo de eso, digo, al igual que de otras muchas cosas, no sé si mi signo tiene algo que ver con el agua. A mí me da que esos tienen que ser los de Piscis.
Sin embargo, siempre me han fascinado los ríos. También la mar, pero de otra forma. El río siempre me ha dejado un atisbo de melancolía, una inquietud por saber que es lo que hay tras sus piedras, entre sus ovas, en los recovecos de sus orillas. Escudriño el fondo esperando ver la vida que en él se esconde y por un momento siento que el agua que fluye, escape, se vaya. Es casi el mismo sentimiento que me produce el tren cuando en la estación lo veo partir. Me gusta su rumor, el color de los guijarros y el musgo que crece sobre las rocas, aquellas ranas que antes los poblaban, los pececillos y las libélulas que por él navegan, los unos en el agua, las otras por el aire. El misterio que encierran.

He pasado muchas horas junto al río y tengo imágenes grabadas en la memoria… la del hombre que con su caña se dedicaba a pescar ranas. Su cebo; un pequeño trozo de trapo rojo en el anzuelo. La de Jesús, un amigo de mi padre que pescaba con un cesto. Lo colocaba entre las piernas y con las manos movía la vegetación de la orilla de afuera adentro. Hacia el cesto donde los peces se iban metiendo tratando de escapar del oleaje que formaba. La de aquel pastor que se remangaba los pantalones hasta la rodilla y vadeaba el río casi sin mojarse, a todo correr y pisando fuerte para desplazar el agua. La de mi mujer veinteañera con el retel cogiendo cangrejos. La de mis hijos bañándose en una poza a la orilla donde el agua estaba más caliente.

Hoy vivo frente al arroyo del Reconco. No es río, ya digo, y en verano casi se seca, pero lo oigo cuando en invierno va crecido, lo veo esconderse bajo el puente de la carretera y recuerdo cuando de sus aguas cristalinas, algún pescador sacaba una trucha.

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