domingo, 18 de julio de 2010

El final de la reyerta. (6)

Cual si fuera uno de aquellos duelos del oeste americano, los parroquianos y damiselas se arrimaron a las paredes del local. Alguno al que no le convenía que le vieran en aquél lugar, escapó con pies raudos. Yo sopesé las posibilidades y le hable con calma…

- Señor, quiero advertirle para que deponga su actitud. Practico jiu jitsu y podría salir lesionado. Acepte el dinero que le ofrecen y márchese.

- ¿Tienes miedo verdad maricón?. Ya verás cuando te raje tu bonita jeta.

Se abalanzó sobre mí embistiendo como un toro, con la navaja por delante. La distancia entre nosotros no eran más de tres pasos, eché atrás la pierna derecha, agarré su muñeca con mi mano izquierda mientras que mi brazo se colaba entre el suyo y el cuerpo. En décimas de segundo, se oyó un chasquido y el hombre impulsado por su propia fuerza, por la maniobra de mi brazo y, por el peso de mi cuerpo al adelantar el paso que había dado atrás, cayó de espaldas dando una voltereta en el aire. Tenía sacado el hombro de su sitio y aullaba de dolor. Le di una patada a la navaja que estaba en el suelo y que alguien se encargó de recoger. No dio tiempo a más, la sirena del furgón se apagó y dos uniformados entraron con el tolete en la mano. La llamada fue de Andrea. Del cuartel de la policía en Begoña, al bar situado junto a la casa de socorro, apenas hay mil metros. Tras los de uniforme, entró el municipal que siempre estaba de servicio en el puesto y un policía de paisano. Antes de un cuarto de hora, el herido estaba siendo atendido y los demás en el cuartel.

Todos salieron después de prestar declaración, todos menos yo. El comisario me puso de vuelta y media, me largó un discurso donde amasó familia, inconsciencia, amistad, inconsciencia, delito, inconsciencia, gravedad del echo, inconsciencia… incluso me amenazó con contárselo a mi madre. No hizo falta.

Al salir de la comisaría, Andrea se dirigió a mi casa, me había dejado en el portal apenas hacía cuatro días. Mi madre preguntó que deseaba y ella, retorciendo sus manos con nerviosismo no sabía como decirle lo que había sucedido.

- Señora, soy amiga de su hijo Roberto. Siento lo que voy a decirle, pero Rober ha mantenido una riña y está en la comisaría. No, no se preocupe, a él no le sucedió nada, solamente fue un altercado de poca monta… por mi culpa, perdóneme…  dijo rompiendo a llorar y liberando la tensión nerviosa mantenida hasta entonces.

- ¡Vamos, vamos, no seas niña! Todo se arreglará. ¿Seguro que está bien? Me echo una rebeca y me voy para allá. Eres tú la chica con la que ha salido estos días ¿verdad?

- Sí.

- Eres muy guapa, no me extraña que se fijara en ti... pero… perdona, ¿cuantos años tienes, veinticinco?

- Tengo treinta y uno.

- ¿Sabes que él tiene muchos menos? Bueno, eso es igual, no importa. ¿Está detenido? Tampoco importa, lo sacaremos, su hermano es inspector en León y aquí conocemos a mucha gente del cuerpo.

- ¿Su hermano es policía?

- Si hija sí, ¿vienes o tienes algo que hacer?

- Voy con usted.

- Contigo, niña contigo. Hala vamos, no estés preocupada, yo sé que mi hijo nunca hará nada malo. Y tú, no te eches la culpa, seguro que no la tienes.
Continuará... tal vez.

2 comentarios:

vazquez74 dijo...

Esperemos que continúe porque está francamente interesante.
Saludos.

Alfredo dijo...

Gracias por tu paciencia. Aún no veo la forma de terminar esto, espero que se me ocurra.
Salu2