viernes, 2 de julio de 2010

El tributo de las cien doncellas.

Al morir el rey Silo (783) es elegido rey el joven Alfonso II, pero Mauregato, del cual la leyenda dice que era hijo bastardo de Alfonso I con una mora, organiza una fuerte oposición y consigue que el nuevo rey se retire a las tierras de su madre, Munia -que era vascona- adjudicándose el trono asturiano con la ayuda de Abderramán I. A cambio de la ayuda, Mauregato se compromete al pago de un tributo de cien doncellas.

En el año 788, los condes Don Arias y Don Oveco se rebelan contra el rey Mauregato y lo matan como venganza de haber otorgado a los moros tal tributo. El rey Bermudo I, su sucesor, quiere acabar con el “pago en mujeres”, sustituyéndolo por un pago en dinero. A Bermudo le sucede Alfonso II el Casto, que había sido depuesto por Mauregato (791–842), quien rechaza el tributo en dinero y entra en batalla con los moros para evitar su pago. Vence en la batalla de Lodos donde matan al capitán moro Mugait, en una emboscada cuando regresaban con abundante botín de una razia, quedaando el pago abolido.

En tiempos del rey Ramiro I de Asturias (842/850, Abderramán II, pide de nuevo el tributo de las cien doncellas. Ramiro accede de nuevo al pago creyéndose en debilidad ante el moro. Es entonces cuando nace la leyenda de los de Simancas, que entregan las siete doncellas que les corresponden, con una de las manos cortadas. Bastante brutos me parecen, con este acto de rebeldía. Mejor el harén que mancas de por vida. Como consecuencia de este hecho, se da la mítica batalla de Clavijo, en la que participa el propio apóstol Santiago. Las crónicas cuentan que Ramiro I tuvo un sueño en el que aparecía el Apóstol Santiago, asegurando su presencia en la batalla y la victoria. Al día siguiente los ejércitos de Ramiro I, animados por la presencia del Apóstol montado en un caballo blanco, vence al ejército moro y desaparece definitivamente el tributo de las cien doncellas.

Como agradecimiento, Ramiro I instauró el voto de Santiago, comprometiendo a todos los cristianos de la Península a peregrinar a Santiago de Compostela portando ofrendas como agradecimiento -al que desde entonces se llamó Santiago matamoros- por su intervención.
Ayer, cuando hablaba del tema con mi nieta de once años, me dijo que ella prefería irse con los moros ante que quedarse sin mano. Somos de la misma opinión, sin haber tratado yo de influenciar en nada.

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