sábado, 17 de julio de 2010

La riña. (5)

Al volver a casa, pasamos primero por el Coto. Paró ante una casa de planta baja con un jardincito a la entrada. No era muy grande y se veía antigua, aunque cuidada.

- Esta es mi casa, jamás he traído a ella a ningún hombre. Tú serás el primero, con una sola condición; nunca, nunca, vuelvas por el bar. No te quiero ver en aquél lugar. ¿Me lo prometes?.

Y yo prometí algo que no iba a cumplir. Entonces no lo sabía y di mi palabra de buena fe, pero a veces nos olvidamos con demasiada premura de aquello que prometemos. Nos ponemos excusas, a sabiendas de que vamos a quebrantar nuestra palabra, y que a menudo nos traen consecuencias adversas. Luego lo lamentamos, pero ya es tarde.

Durante unos días no la vi. Hablé con ella por teléfono, pero no la vi. La impaciencia me consumía y su voz a través del hilo me decía que a ella le sucedía igual. Encontré la excusa perfecta para ir a verla el sábado. Me habían dado las notas y quería comunicarle que la razón por la que la había conocido, no había salido tan mal; en aquél examen por el que mi amigo y yo nos lamentábamos, tuve un notable. No era tan malo después de todo. Además la conocí, además me enamoré con ese amor primero que dicen es el que perdura y que deja una huella indeleble.

Sábado, día de paga para muchos y fatídico para mí.

Fui solo, no quise salir con los amigos, pero me vestí como si fuera domingo. Serían como las siete de la tarde. Mis piernas me encaminaron hacia el bar. ¡Ya sé que lo había prometido! ¡Ya sé que estaba haciendo mal!. Sabía que debía volver sobre mis pasos, pero la fuerza que me impulsaba era superior. Empujé la puerta, la animación era grande. La rubia regordeta estaba sentada a la misma mesa y hacía tratos con un par de hombres. La pizpireta tomaba algo en la barra con otro y a una joven morena y delgadita le hacía arrumacos uno con pinta de albañil. Mi Andrea discutía con un tipo casi tan alto como yo, pero mucho más grueso, más fuerte.

- Te digo que si yo tomo cubalibre, tu también, para eso pago.

- El cartel lo dice bien claro; “Las copas a se pagan a quince pesetas, las invitaciones a veinticinco”. Nada dice de qué han de ser y yo tomo lo que me da la real gana. Argüía Andrea.

- Ninguna zorra trata de emborracharme mientras ella toma manzanilla.

Entonces nuestras miradas se cruzaron, un destello de alegría brilló por un instante en sus ojos, para acto seguido cambiar toda su expresión. Con muy mala leche me espetó…

- ¿Qué fue lo que te dije?

El maderero, eso me pareció por el olor ahumo, las botas llenas de barro y sus manos con uñas plenas de mierda, se metió por medio.

- Oye, puta, estás hablando conmigo. Deja al chulillo este y vamos a aclarar lo nuestro. Cuatro cubas llevo y ni una teta me has dejado tocar y encima me cobras el doble por el agua que te estás tomando a mis expensas.

- Señor, por favor, modere su léxico. De nada me conoce para insultarme, tampoco a la señorita, que a lo que veo, simplemente cumple con lo que le ordenan. Me atreví a pronunciar.

- Oye mierdecilla, ¿acaso por que te ves más alto que yo, crees que me puedes ganar?

Noté que a pesar de sus palabras, algo de precaución tenía consigo. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo escondido en el puño.

- ¡Toma tus cien pesetas de las invitaciones y lárgate de aquí!. Gritó Andrea, a la par que de la caja sacaba un billete y lo ponía en el mostrador temiéndose lo peor.

Pero el maderero ya tenía abierta la navaja, no quería el dinero, quería apagar sus frustraciones con sangre, la sangre de aquello que odiaba; la juventud, la valentía de aquel se enfrentaba a él, la defensa de una puta que nada valía…

Continuará… tal vez.

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