miércoles, 14 de julio de 2010

Mi cita. (2)

Durante toda la noche me fue imposible conciliar el sueño. Me era imposible apartar aquella imagen de mi cabeza, y sus palabras de mi mente.

Sabía que no utilizaría el teléfono, y si lo hacía, que no acudiría a la cita. Sin embargo, por la mañana comencé a sacarle brillo a mis zapatos. Aquellos de color que tanto me gustaban, los que me hacían el pie pequeño y estrecho. De las puertas del armario colgué dos perchas; en una, el traje oscuro que solamente había usado para la boda de mi hermano, en la otra, aquél gris que mi madre decía me favorecía tanto.

Mi madre me veía hacer y notaba mis cavilaciones. Por fin, queriendo saber a que se debía tanto misterio, preguntó casi afirmando…

- ¿Tienes una cita, que tanto te acicalas?

- Es posible - respondí yo aún dubitativo.

- Ya es hora, pronto cumplirás diecisiete, y aunque pronto para amoríos, no está de más que salgas con alguna chica.

Descolgué el auricular y desenrollando el papelillo una vez más, me dispuse a marcar aquél número que sabía de memoria.

- ¿Andrea?

Su voz me llegó cálida, hermosa…

- ¡Hola corazón! Sabía que eras tú. Llevo toda la mañana esperando tu llamada. Aún no sé como te llamas, y si no vas a venir, no me lo digas. Espera, espera, quiero decirte algo antes de que te decidas. He pensado mucho en ti… no te convengo. No quiero que me hagas sufrir… ni que tú sufras, yo soy una mala mujer. Conozco a los hombres, sé su forma de pensar y de hacer. Tú eres un buen chico y jamás te has visto en este trance. Podríamos vivir algo bonito, pero puedo ser tu madre, tengo el doble de años que tú y una mala profesión. Dime si quieres que nos olvidemos de todos… de todo… aunque solamente sean unos días…

- Donde y a que hora – fue mi escueta respuesta.

A las cuatro de la tarde ya estaba yo en el quiosco de Begoña. Llevaba ese Lewis ajustado al muslo y con algo de campana en la pernera, el cinto de hebilla grande, la camisa tejana blanca con los botones de nácar… No había sido capaz de domar el flequillo pajizo que se me venía a la frente. Miré mis manos morenas de agua y aire de mar por ver si temblaban, no, estaba tranquilo.

Apenas si había encendido un cigarrillo, cuando una Vespa se paró junto a la acera. La miré casi con indiferencia. Solamente me atrajo el ver que era una mujer quien conducía. Fue solo un instante, aquella amazona, con sus ojos protegidos por grandes gafas oscuras, me miraba y sonreía.
Camisa alegre estampada con flores pequeñas, pantalón negro a media pierna y talle alto, zapatillas de cuña atadas al tobillo, melena sujeta en parte por diadema ancha y roja que hacía juego con el cinto.

- ¿No vas a venir?

El corazón se me subió a la boca de golpe, arroje el pitillo y corrí a engancharme de su cintura. Antes de subir, mis labios rozaron los suyos en un beso casto. La moto partió y yo aspire el aroma de sus cabellos, apreté firme, pero con delicadeza mientras notaba un leve respingo.

Continuará... tal vez.

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