sábado, 31 de julio de 2010

Veneno.

El jardín está descuidado. La maleza lo invade y los rosales pugnan por seguir sobreviviendo entre zarzas y espadañas. El camino que conduce a la casa se ha estrechado y la hierba aflora por las separaciones de las baldosas levantando alguna de ellas. Las ramas de los árboles hace mucho que no han sido podadas y penden por doquier formando un tupido bosque.
En el centro de la finca de altos muros de piedra cubiertos por la hiedra, aparece la casona. La amplia escalera en la que antaño debió de lucir el mármol de la balaustrada, está hoy llena de musgo y las hojas se arremolinan en los escalones. El metal de los herrajes de la puerta, debió parecer de oro, pero hoy solo un verdín que arroya impregnando la noble y tallada madera los cubre. Algunos cristales de las altas ventanas tanto del piso bajo como de los altos están rotos, pero los postigos cerrados casi todos ellos, sirven de freno al aire, el sol, y el agua que se cuela estropeando los pisos en aquellos que están abiertos. En el tejado también faltan algunas de las pizarras donde sin duda se formaran goteras, pero las ventanas de la buhardilla son hermosas por sus remates de filigrana estilo barroco que combinan la madera y la piedra con un gusto especial.

Al adentrarnos en la casa después de luchar lo indecible para arrastrar la pesada puerta, contemplamos con pena la ruina en la que se halla y no podemos dejar de pensar en lo felices que hubieron de ser sus primeros moradores, disfrutándola.

Estamos en el recibidor donde a pesar del polvo y la suciedad, se pueden contemplar las grandes baldosas blancas y las negras más pequeñas dispuestas haciendo dibujos romboidales. Mi imaginación comienza a volar y ve como un criado negro de blancos guantes y blanco pelo ensortijado, nos recoge sombreros y bastones y con una leve reverencia nos invita a pasar al vestíbulo. De aquí parte la escalera principal hacia las estancias superiores, y aunque la madera de los peldaños está agujereada por la carcoma y parece que va a fallar en cualquier momento, en mi mente siguen formándose unas imágenes tal vez demasiado manidas, pero nítidas; La señora de la casa baja por ellas a recibirnos. Larga cabellera atada a la nuca con una cinta de terciopelo rojo donde comienzan unos bucles que reposan sobre los hombros. Vestido blanco de brevísima cintura ceñida con estrecho fajín del mismo color que la cinta del pelo sobre amplio polisón. Manga jamón a medio brazo y fino guante hasta la muñeca. No se por que asocio esta imagen a la Escarlata en Lo que el Viento se Llevó. Tal vez sea ese halo misterioso que la casa emana y que hace que mi animo esté de un romanticismo exacerbado.

En esta casa sin pasillos, entramos ahora en el comedor situado al frente e iluminado por tres amplios ventanales que dan a una cerrada terraza semicircular. Seguramente aquí se reunían una veintena de invitados que a la luz de los candelabros y servidos por los criados, rendían pleitesía a la hermosura de su dueña. Estoy buscando en mi mente el compañero, la pareja de esta mujer y al que no acabo de ver. Quizá esté soltera o su marido sea tan insignificante a su lado, que yo no soy capaz de imaginármelo.

Recibidor, vestíbulo y comedor son las tres piezas centrales más importantes de la planta baja, pues del ala oeste, y partiendo nuevamente del recibidor, encontramos una salita sin duda destinada a biblioteca ya que aún conserva los anaqueles para los libros. Esta dependencia da paso a otra del mismo tamaño aproximadamente y que podría haber sido el despacho de ese señor que no veo como esposo y que ahora quiero ver como anciano venerable, como padre. La estancia que sigue a continuación, se me escapa a que pudiera estar dedicada, y pienso que si el señor recibía a sus visitas en el despacho o biblioteca, bien pudiera ser esta estancia para que la señora de la casa hiciera lo propio con sus amistades.

El ala este estaba dedicada primordialmente a los servicios, pues en ella se encuentra la cocina, despensa, dos cuartos para los criados, guardarropa y escalera al sótano donde se hallaba la bodega. En el piso superior debieron estar los dormitorios; de los niños, la institutriz, los señores y los huéspedes, siendo esta planta la única donde existe un baño.
                                 
El agente que vendía la finca fechaba la construcción de aquella casa hacia mil ochocientos setenta. Conocía el nombre de todos los que fueron sus propietarios, y antes de que yo me decidiera a la compra debía de contarme una historia. Era sabedor de que más pronto o más tarde yo llegaría a conocer por otros el secreto que encerraba y no quería que le acusase de haberlo ocultado.

La visión que a mí me ofrecía aquella edificación era algo inexplicable. Un gozo interior se apoderaba de mí hasta el punto en que cualquier cosa que me dijera, por mala que fuera, no me apartaría ya del propósito de su adquisición. Mucho era lo que habría de gastar, pero no importaba. En cada hueco, en cada rincón veía inmediatamente que era lo que necesitaba, lo que le iba como anillo al dedo. Ya aspiraba el olor de las nobles maderas que emplearía y del papel de los libros en los estantes. Paladeaba los vinos que encerraría en la bodega y saboreaba las viandas en aquel gran comedor junto con mis amigos.

El vendedor me explicó que nadie tras la muerte de la primera dueña consiguió vivir allí más de tres meses y esta era la historia.

Don Argimiro Solana del Río fue quien mandó construir aquella edificación donde pasaría a residir cuando se celebrase su enlace matrimonial. Hombre importante y con importantes negocios a ambos lados del Atlántico a pesar de su juventud, manejaba el suficiente dinero como para permitirse aquella casa. No fue el suyo un matrimonio de conveniencia, muy propio de aquellos tiempos; lo fue por amor. Un amor dulce, tierno, sosegado, pero que no dio fruto.

Doce años lleva de matrimonio y no tiene hijos que puedan heredar el día de mañana su cuantiosa fortuna. Ahora esta preparando un viaje a ultramar. Su esposa se despide temerosa por el azar que significan tantos días de travesía, más no es la primera vez que emprende un largo viaje. Pero este va a ser de consecuencias funestas para ambos.

Los negocios que le han llevado tan lejos tocan ya a su fin. Va a emprender un regreso que teme en cierto modo. A su lado lleva una mujer canadiense de raza india con la que ha convivido y de la que está enamorado con una pasión fuera de lo común. Es la hija menor del jefe de la tribu que le ha servido de interprete en la compra de la madera de aquellos grandes bosques. Es joven y hermosa, y aunque viste a la moda francesa, su piel dice bien a las claras de su origen.

Al ya casi cincuentón, ni las conveniencias sociales, ni el posible rechazo de amigos, parientes o clientes lo intimidan. Nada le importa ante ese amor cálido, impetuoso, tan distinto de aquel que le llevó al altar.

Dos mujeres muy distintas se van a disputar el amor del hombre; la una callada, sin una queja, sin un reproche más que en aquellos ojos que no dan crédito a lo que intuye. La otra, fogosa, retadora, esgrimiendo su esbelto y prieto cuerpo como bandera para no perder aquello por lo que tanto camino ha andado.

Argimiro la ha presentado como su secretaria, y no es tan tonto como para no saber lo que la gente pueda suponer, le da trato de usted, muchas veces la llama princesa, pues lo es, y procura que ella se exprese en el idioma que de niña aprendió.

La elección ya estaba echa de antemano y aunque en principio comprende que es injusto, con el paso de los días va creciendo dentro de él una ira sorda que le enturbia la mente. Discute con su esposa por cualquier nimiedad y le reprocha que le espíe y atosigue. Ella llora en silencio, se recluye en sus habitaciones que han pasado a ser separadas, ya no recibe visitas. Los criados, al principio, sienten pena por ella, pero con el paso del tiempo hasta ellos le van tomando la delantera. Es la india la que manda más por dejadez de la dueña que por otra cosa.

La situación llega a ser inaguantable para Argimiro que para mayor desesperación es sabedor de que su amante espera un hijo. Una noticia que durante años se le negó y que ahora va a suceder fuera de toda norma ética. Tiene que buscar una solución, y aunque una idea peregrina hace tiempo que le ronda por la cabeza, siempre la desecha de inmediato. Hoy se encuentra a sí mismo recreándose en la forma, llamándose bastardo pero decidido a cumplirla.

Los jardineros han podado los árboles, cortado los setos, segado la hierba y plantado los parterres. En el estanque corre el agua y los peces de colores forman bandada huyendo de las sombras de los que aparecen junto al pretil. Los albañiles han limpiado las piedras y los mármoles, han retejado y puesto en pie las chimeneas. Los pintores barnizan puertas y marcos, encalan paredes y sacan brillo al parquet. Electricistas, carpinteros y fontaneros también se dedican a lo suyo y la casa va adquiriendo el esplendor de antaño.

Aunque estoy orgulloso de como va quedando la obra, no dejo de pensar que allí se cometió un asesinato. El asesinato de la dama que con ensueño ocupa un lugar en mi corazón desde el primer momento que conocí la finca. La figura de Escarlata ha dado paso a la dulce cara de Melanie.

El solapado medio que empleó Argimiro fue ruin, cobarde. No solo por el echo ya despreciable en si, sino por la forma en que fue llevado a cabo. Muchos envenenamientos ha registrado la historia; fueron famosos los de los Borgia y no menos transcendentes fueron los que sufrieron Augusto y Claudio, pero que una dulce mujer haya de morir no siendo culpable más que de querer a su marido, no tiene perdón.

En la distancia veo como aquellos emperadores romanos toman la pócima que su esposa les tiende y me ofende hasta la semejanza con que Argimiro actúa. Ofrece a su esposa la copa con el vino ¿Porqué tan gentil hoy?, parece inquirir ella. Y sus ojos azul celeste lloran lagrimas interiores que resbalan por su garganta hasta mezclarse con el vino y la ponzoña. Ella también lo sabe, sabe que esta es su despedida y musita un "gracias mi amor"

Pero en el pecado se lleva la penitencia como se suele decir, y no podía ser de otro modo. La ley es implacable y la justicia se hace para todos. La condena del asesino que no verá nacer su hijo ilegítimo, es el garrote vil, y si inmerecida es toda muerte, lo es mas la del inocente.

Lo han sentado en la silla, ajustan el collarín a su garganta. Las manos del verdugo están tan frías como el hierro y algunos interpretan como miedo, el respingo que da el reo a su contacto. De poco sirven las monedas que el que va a ser ajusticiado entregó para que realizase bien su trabajo. El pobre hombre está nervioso ante la calidad del personaje y tiembla al apretar el tornillo. Por fin un crujido y el cuello se quiebra. El alma de un pecador comienza su descenso a los infiernos, o cuanto menos al purgatorio si es que se ha arrepentido de su maldad.

¡Que más me da a mí, si como dicen el fantasma de aquella mujer vaga por la casa! ¡Que me importa que su etérea figura deambule de su habitación al despacho en busca de su esposo al que nunca hallará! Al fin y al cabo, de nadie se va a vengar y a nadie atormentará. Ella es la atormentada. Llorará camino de una a otra habitación buscando a su amor perdido y tal vez yo pueda redimirla de su prisión si algún día consigo que una mujer de su condición comparta conmigo esta nuestra casa. Si soy capaz de que ambas mujeres se identifiquen y que de ese nuevo amor nacido entre nosotros, sea ella participe. Entonces tal vez se vaya y descanse para siempre...
fin.

2 comentarios:

vazquez74 dijo...

Preciosa historia. La descripción de la casona me ha recordado, no se porqué, el palacete que está en Carrió, siempre que paso por allí camino de Candás o Luanco me fijo en esa finca.
Un saludo desde el "pueblón".

Alfredo dijo...

Vázquez.
Gracias por leer el cuento. Ya sé que son largos para un blog y que a muchos les pueden resultar soporíferos, y es que andamos por la vida con demasiada prisa. Tu comentario me alegra, al menos hay alguien que me lee.
Respecto de la casa, te diré que el cuento se me ocurrió viendo un libro que tengo de arquitectura. Había un plano y sobre él edifiqué esta pequeña historia. Ya tiene más de diez años.
De la casa de Carrió poco te puedo decir, no la conozco sino por una entrada de Marisa en su blog de Mitología. Por la carretera apenas si se ven los tejados.
Salu2.