domingo, 25 de julio de 2010

A vueltas con Corujas.

Cuando mis abuelos paternos estaban enterrados en el cementerio de Villarejo, siempre me quedó la comezón de subir por una “caleya” desde el campo santo hasta no sé dónde. Intuía que aquél camino me habría de llevar a la aldea donde mi padre vivió y el suyo trabajaba. Pero nunca me decidí. Ahora sus restos reposan en Oviedo y no he vuelto por allí. Quería buscar, si aun existía, “La Ferraura” (la Herradura) y los famosos Cuarteles.

Según mi padre… “Cuando contaba 3 o 4 años de edad nos fuimos a vivir a los cuarteles de Corujas, la Herradura: aquella casa tenía planta, piso y aseo, pero no había electricidad, ni agua, el agua lo subíamos los chicos en latas; la luz era con vela, o con carburo. La casa contaba con un corredor a ambos lados y una parra que se cargaba de racimos de uvas, también un patio muy grande, con jardín y árboles frutales: un peral, que solo dio dos peras en su vida, una cerezal, guindales, una nisal, tres ciruelos, dos ocalitos grandes, y muchos rosales de cien hojas. También había un huerto grande en la parte trasera de la casa, teníamos gallinas, conejos, una cerda con cerditos y una cabra, que llamábamos Paquita. Nos la regaló un tío de mi madre de muy chiquitina, la criamos a biberón y tanto nos quería la Paquita que en agradecimiento por lo bien que la tratábamos, nos daba 3 o 4 litros de leche diarios; También nos daba un cabritín todos los años que luego vendíamos por 15 pesetas a un contratista de mulas muy alto, y muy gordo. Se lo comía para merendar como el que come una onza de chocolate y, cuando iba a comer a un bar, tenía que pedir la comida para cuatro”.

Esta es la descripción que hace de la casa, en cuanto al lugar…

“La Herradura está a unos 600 m. de altura sobre la carretera de Mieres. Desde los l0 años hasta los 14 fui al colegio de frailes del babero, a unos 4 k. de distancia, teníamos que ir andando y se entraba a las 8, 15 de la mañana. Una temporada llevamos la comida en una fardela o bolsa y la calentábamos en la cocina del colegio, por la tarde entrábamos a la 1,30 y salíamos alas 4,30. La comida que nos mandaban casi nunca la comíamos, y por la tarde al volver a casa la tirábamos en un bardial, para que se la comieran los pájaros, casi siempre era arroz. Cuando se enteraron, nos hicieron venir a comer a casa, así que caminábamos todos los días para ir al colegio 16 kilómetros”.

“Primero, cuando yo tenía 7 u 8 años,  fui a una escuela de Rozadas de Bazuelo, estaba más arriba en el monte a unos 2 kilómetros de la Herradura: a esa escuela acudí poco tiempo, después pasé a la escuela de Santullano hasta los 10 años”.

¿Y que podían hacer los chicos en aquel monte?

“Los chicos vecinos, se divertían mucho con las cosas que yo hacía: en una ocasión hice bolos labrados a hacha y una bolera. Tenía una chabola que yo mismo hice en el patio de mi casa; allí tenía herramientas, como un cepillo, una garlopa, alguna lima, un serrucho, un martillo, un formón, compás de puntas, etc. etc. Claro, todo esto era de mi padre, pero yo lo tenía. Cuando construí la chabola también hice un banco para trabajar. Los bolos eran 9 y el minique.
En una ocasión hice dos automóviles, un chico montaba y otro tiraba, tenían puerta y volante para girar la dirección.
En otra ocasión hice un cable aéreo, una mina en mi patio con vagones y manpostas y cuadros de la mina como los de verdad.
También, hacía lámparas con vasos y redes viejas que cogíamos junto a la lampistería tirados ya como inservibles: con una tapa de una caja de serbus para los zapatos, una red, un vaso, un trozo de vela y unos alambres quedaba la lámpara hecha, los domingos que no trabajaban los mineros nos metíamos en la mina, claro, que todo esto era sin que lo supieran nuestros padres, y sin que nos viera nadie, si no, ¡vaya zurra que nos caía!. Unos montábamos en un vagón y otros tiraban y viceversa, en una ocasión nos vio un hombre y nos dijo que no entráramos, unos días antes se habían matado dos mineros y no entramos.
En otra ocasión hicimos un equipo de fútbol, para esto tuvimos que juntar una carrada de troncos de los que salen de la mina ya viejos, arrastrarlos con cuerdas desde la escombrera hasta la orilla de la carretera; cuando juntábamos una pila grande llamábamos a un carretero que venía con un carro de bueyes y los llevaba a una panadería, le pagaban 6 duros, 3 para el y 3 para nosotros. Con esos 3 duros compramos un balón de reglamento, luego juntamos otra carrada para comprar la bomba, parches, una lezna y tener fondos para otras cosas como jerseys, o camisetas. Pero esto nunca lo compramos, se desintegró el equipo antes.
Hacíamos carreras de aros, al primero le dábamos una copa que consistía en una esquila puesta del revés con un pedazo de madera puesto debajo como peana: también jugábamos al pío campo, al salto de la muerte, a ambera, ambera, salta de la puchera, a tres marinos en la mar, a los ladrones, a la peonza, a las bolas, a los cartones y en la primavera íbamos a niales, o nidos de pájaros, los nidos están muy fimos por dentro y los huevos son de colores según los pájaros, los hay blancos, azules, grises, con pintas, amarillos, verdes, de muchos colores".

"El día 10 de marzo de 1.931 cumplía 14 años y dejé de ir al colegio de los frailes del babero. El día 20 del mismo mes empecé a trabajar en un garaje en Mieres, se llamaba Garaje Larrea".

Esto y algo más escribía mi padre cuando tenía casi ochenta años. Quería que los nietos, algún día leyeran algo de las costumbres, juegos y vivencias de sus mayores para que no todo quedara en el olvido. Me acuso de no prestar la debida atención cuando era pequeño y no tengo ni idea de juegos como "el salto de la muerte" y "embera, embera, salta de la puchera".

Siempre me ha parecido, que lo más triste de pasar por este mundo, es que nadie te recuerde cuando te has ido. Ya sé, que ese recuerdo está solamente destinado a aquellos grandes hombres o mujeres que hicieron historia. Sabios, filósofos, músicos, gobernantes, reyes, conquistadores deportistas... Aquellos que dejaron una huella profunda y que serán recordados por todos los tiempos. También sé que somos infinitos los que han vivido, vivimos y vivirán una vida anodina y sin ser recordados más que por unos pocos de una o quizás dos generaciones; Padres, abuelos hijos, nietos... Una de estas vidas, sin importancia para muchos, puede ser la de mi madre o mi padre. Él, ella, fueron importantes para los suyos - otras vidas anodinas y perdidas, de nadie en el recuerdo ya -. Importante para sus hijos, y que debiera serlo para sus nietos y para sus descendientes. Porque gracias a nuestros ancestros, vivimos nosotros y gracias a ellos, que nos dieron el ser, podemos pasar a la historia si es que lo merecemos. Entonces, tal vez, alguien recuerde, diga, que eras hijo de tal o de cual, y por un momento estarás haciendo justicia y homenaje a tus mayores.

Yo rindo homenaje desde aquí, a los míos. El homenaje del recuerdo, para que mis descendientes, si es que algún día sienten curiosidad, sepan quien era su familia. Aunque sus vidas hayan sido simples, anodinas. Aunque no estén en la historia.

5 comentarios:

vazquez74 dijo...

Qué historia tan bonita, y cuánta razón tienes en lo injusta que es la Historia (con mayúscula) que pasa por alto las pequeñas "historias" de cada día.
Saludos.

vazquez74 dijo...

Completando el comentario anterior (realizado a altas horas de la noche y en víspera de día laborable), una de mis mayores errores fue, creo yo, no haber recopilado por escrito las vivencias de mi abuelo Manolo. El había nacido en 1911, fue labrador y minero (estuvo algún tiempo en Mieres), hizo la "mili" en el Marruecos español, fue "miliciano" en el Puerto Ventana, estuvo echado al monte y preso en un conocido campo de concentración en Avilés... Pero cuando el murió, yo tenía tan solo diecisiete años y me preocupaban más otros asuntos... de faldas.
Saludos.

Alfredo dijo...

Vázquez, seguramente sabes más de lo en este momento crees. Piensa, recuerda, y si es posible indaga. Alguien en la familia ha de haber que sepa cosas.
Gracias por tus comentarios.
Salu2.

Alfredo dijo...

Tu abuelo Manolo era seis años mayor que mi padre que por tanto también vivió la guerra. Un hermano de mi madre creo que anduvo por ese puerto; tenia dieciséis años. Estaba con los republicanos en un puesto cuando dieron orden de retirarse, pero al grupo no les llegó esa orden. Tras estar dos días sin comer, pensaron que los habían abandonado y cada cual se fue para su casa. Llegó a Copian andando, descalzo y con hambre de varios días. Por su pertenencia al partido, estuvo en un batallón de trabajadores en Burgos no sé cuanto tiempo.
Salu2

Anónimo dijo...

La caleya junto al cementerio sube a brañanoceo, de ella partía un camino, que hoy no existe que iba a la ferraura, la ferraura hace años que no queda ni una teja.
Un saludo.