viernes, 2 de julio de 2010

Yoyó.


Resulta que el otro día mis nietas vinieron con el dedo metido en el hilo de este infernal artilugio. Digo infernal ya que yo nunca he sabido hacerlo funcionar, ni de chico, ni ahora de mayor. De pequeño alguna vez los hacíamos con dos botones grandes de abrigo; se colocaban juntas las dos caras convexas y se unían por los agujeros- mejor de dos y muy cerquita del centro- con un hilo, luego, se ataba un bramante fino y se trataba de hacerlo funcionar. Pocas veces se conseguía pues el eje es fundamental. Recuerdo que una vez vi un tipo en la tele, aún en blanco y negro, que hacía malabarismos inimaginables, mucho más complicados que los que hacían los/as chicos de mi tiempo.

A mí me parece que esto del yoyó es una moda que va y viene cada cierto tiempo -segun dicen ya existía en China bastante antes de Jesucristo- pero aquí en España aparece de tarde en tarde, supongo que cuando los americanos de las hamburguesas, no tienen personajes de película infantil para imitar.

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