miércoles, 25 de agosto de 2010

Era un guardia civil.

El pueblo estaba en fiestas. Temprano, en la mañana, había sonado la diana floreada y los grupos de charangas repartidos por las calles, llamaban a los vecinos a participar del jolgorio. Sus sones estridentes llenaban el aire a la vez que sus atuendos ponían una nota más de colorido en el ya abigarrado y tumultuoso desorden de cadenetas, farolillos de papel y banderolas que de farolas a balcones estaban tendidos.

A media mañana, los más pequeños participaban con mayor o menor suerte en carreras de patines y otras pruebas atléticas.

Los mozalbetes quinceañeros husmeaban en los puestos y tenderetes de los "jipis" tratando de encontrar la pulsera, los pendientes o las gargantillas que mejor les sentase y que a su vez fuese ganga o chollo. A la una, después de la misa cantada, la banda comienza en el paseo su sesión "vermú" con piezas de diversos géneros y que son muy aplaudidas. Tocarán durante algo más de una hora. Ellos son el enlace entre los vinos mañaneros y la comida que hoy no puede ser demasiado tranquila para muchos. El horario es muy apretado si se quiere estar a todas. A las cinco comienza la carrera ciclista y hay que ver de cerca a los ases que han ganado famosas pruebas y criteriums.

El circuito preparado para esta ocasión, es de unos seis kilómetros y tendrán que dar quince vueltas. Es casi llano, pero con bastantes curvas y un gran repechón donde sin duda habrá que apretar los dientes. El final, casi se prevé; por meta pasara, seguramente, en cada vuelta uno de los lideres de cada equipo en cabeza, y parecerá que hay una reñida pugna. Al final, si no se pican, cualquiera de los modestos subirá al pódium para acrecentar su fama. Luego, entre todos, se repartirán las pesetillas de los premios. Lo sustancioso, lo que acordaron cobraría cada uno antes de venir, ya lo tienen en el bolsillo.

El ayuntamiento ha puesto al servicio de la carrera a casi todo su personal. Un brigada y seis municipales de a pie y otros dos en coche. El contramaestre y todo su equipo de limpieza, electricistas, jardineros y albañiles. Por este día cada uno hará lo que le manden. Colocar tribuna y vallas, megáfonos, pancartas...

La peña ciclista tiene hombres con sus brazaletes y pequeñas banderas rojas para avisar en caso de peligro en las curvas, y para vigilar que los aficionados no se echen encima de los corredores. Los directivos estarán en meta cronometrando y dando posiciones. Se ha contratado también a un afamado locutor radiofónico que por los altavoces tratará sin duda de caldear más si cabe el ambiente.

Los directores de cada equipo y los mecánicos con sus coches propaganda, no podían faltar en esta vistosa prueba. Ellos solo darán las primeras vueltas al circuito para que todo el mundo pueda apreciar la parafernalia de las grandes clásicas por etapas.

No pueden faltar tampoco los voluntarios de la cruz roja con una flamante ambulancia y dos parejas de trafico de la guardia civil.

La tribuna está colocada en el centro de la calle mayor. Allí esta situada la meta y también la salida. Las vallas metálicas colocadas en ambas bandas a todo lo largo, separan a los aficionados y curiosos de los deportistas.

El locutor a voz en cuello va nombrando las formaciones participantes, y cantando las virtudes de los más famosos. A cada nombre aplausos y vítores que arrecian cuando le toca el turno al jefe de filas.

Los equipos esperan que el director de la prueba de el banderazo de salida. Ante su coche están dos de los motoristas de trafico y el coche de la municipalidad que ya va saliendo con sus azuladas luces intermitentes y algún que otro toque de sirena.

El director va a dar la salida de un momento a otro. Mira a los motoristas y les hace un ademán con la cabeza para que se vayan adelantando. En ese momento, dos espectadores, situados uno a cada lado de la calle y en la cola del pelotón, saltan la valla. En un instante recorren los escasos metros que les separan de los guardias que cierran filas tras los ciclistas. Dos secas detonaciones se oyen casi al unísono. Una de las motos saltó hacia adelante avanzando hasta derribar a alguno de los últimos de la formación y que caen al suelo en confuso revoltijo. El guardia queda tendido sobre la moto con una pierna atrapada. En el cuello, casi en la nuca, se percibe el pequeño agujero tiznado de pólvora que el proyectil ha dejado atravesando el plástico gris del atalaje del casco. El cuenta kilómetros se ha llenado de sangre que comienza a gotear hacia el suelo.

La otra motocicleta, ha caído de lado y su motor continúa en marcha. El guardia junto a ella, ha quedado tendido boca arriba cuan largo es, tratando de llevarsela mano a la cara como tratando de quitarse las gafas que le enturbian la vista y que no tiene colocadas. Sus ojos denotan estupor, y ya casi el velo de la muerte pugna por fijarlos, cuando dos nuevos impactos en el pecho hicieron que su cuerpo rebotase en el pavimento.

Los traidores asesinos inmisericordes, con sus aún humeantes armas en la mano, se dirigen hacia la valla. Los que tras ella estaban, retroceden haciendo un hueco para que salten y se pierdan entre el gentío.

El director había dado la orden de salida y ya la cabeza comenzaba la marcha sin apercibirse de lo que atrás sucedía. Los caídos se levantaban. Todos menos dos que por ir vestidos de verde, ya no lo harían nunca jamás por su propio pie. Los levantarían para introducirlos en un cajón y echarles unas paletadas de tierra encima.

Sonó el teléfono. De momento no reconocí la voz, pero antes de que se identificase, ya lo había adivinado. Mi primo, con el que hacía tiempo no hablaba, me llamaba desde el pueblo.

- Te llamo para saber si conoces la noticia...

- ¿De que se trata?

- Cristina se ha quedado viuda.

- ¿Así que fue a él?

- Si. Uno de ellos.

Cristina era algo pariente nuestra. Como casi todos los que viven en pueblos pequeños. Yo había asistido a su boda y conocía al marido desde que empezaron sus relaciones.

El aviso de José confirmaba las sospechas que yo tenía acerca de la identidad de uno de los muertos en aquél atentado. Lo había oído a los compañeros de trabajo, aunque no me podían decir el nombre. De un tiempo a esta parte, los nombres no contaban, solo contaba el número.

¡Han matado otros dos guardias!

Aquél mocetón fuerte, afable y dicharachero que yo conocí, había sido trasladado al País Vasco a los seis meses de su boda.

Sentía cierta intranquilidad, más era su deber, y allí fue. Primero solo, después la añoranza y las cartas de Cristina, hicieron que la dejara ir con él. Habían sopesado el riesgo, más...como casi todos los que allí iban destinados acabaron diciendo...

- ¿Por que me ha de tocar a mi?¿Por que a nosotros? ¡No pasará nada! Esto se está calmando. Ya no es lo que era.

¡Que equivocados estaban! No les dio tiempo de ahorrar para aquél taquillón de la entrada. Dos meses después de llegar Cristina, Manolo había caído.

La fatídica negra bala de plomo de aquella ruleta loca, se había detenido. Otra vez más, el premio siniestro era la muerte del inocente, del sin culpa.

Bandera, medallas y condecoraciones sobre la negra y brillante tapa de pino del ataúd. Lloros desgarrados, lágrimas sin cuento. Luego, las autoridades. Algunos sintiéndolo de veras. Otros, ya curtidos por la fuerza de la costumbre, tratando de aparentar un dolor que no era sino rabia contenida por la faena que les habían hecho.

Los consejos...

- Tienes que decir que los perdonas. Pero que esta sea la última vez. Que no vuelva a suceder.

- ¡No, jamás los perdonaré! - ¡Váyase al cuerno, ministro! ¡Tenía veintisiete años y era mi único hijo! Llego a encariñarse con su trabajo. ¡Madre de Dios! Tan peligroso que le ha costado la vida.

- No queremos honores. ¡Queremos venganza! ¡Cójanlos y hagan con ellos lo mismo!

El avión llegó con su carga fúnebre. Lo introdujeron en un furgón y se dirigieron al pueblo seguido de varios coches con esposa, padres y autoridades que habían acudido a recibirlo. Hicieron una breve parada ante el cuartel donde otros vehículos se les unieron y donde se colocaron las coronas y ramos que se habían ido depositando desde el día anterior.

Los crespones rezaban...

De tu esposa.

De tus padres.

De tus compañeros.

Del ayuntamiento en nombre del pueblo.

El partido contigo.

Con sentimiento del partido.

- ¿Que partido ni que ocho cuartos?

- ¿Cuando él había pertenecido a ningún partido ni de un signo ni de otro?

Llegué temprano al pueblo, y aún así, no conseguí lugar en la pequeña iglesia. La explanada estaba repleta también de un gentío tenso y silencioso.

Esperamos casi dos horas y cada vez era mayor el número de personas que se iban congregando. Muchos de ellos eran conocidos del pueblo a los que hacía tiempo no veía. Otros, camisa azul, corbata negra y bulto sospechoso en la axila.

Tropecé con alguien, chaqueta azul cruzada, gafas de gota oscuras, revolver trasero al cinto. Me miró inquisidoramente sin decir palabra y cuando aparté la vista de sus ojos que intuía tras los cristales de espejo, volvió la cabeza, encendió un pitillo y continuó mirando a la gente.

La iglesia está casi al borde de la carretera. En aquella zona hay un repecho bastante pronunciado que se suaviza al llegar al aparcamiento un poco más arriba. Un Land-Rover precedía al cortejo que ya subía la cuesta. Entró en el plaza atascada de coches y rápidamente de él descendieron guardias civiles y policías nacionales. Ellos serían los encargados de recoger el féretro e introducirlo en el templo.

El coche mortuorio frenó en plena cuesta obligando a los demás a hacer lo propio. Los guardias se prepararon para cargar al muerto, mientras que de los otros coches descendían Cristina, a la que una amiga asía del brazo, los padres de Manolo sosteniéndose uno al otro, el presidente de la Comunidad Autónoma, alcalde, mandos militares y guarda espaldas. El profundo silencio era roto únicamente por los trinos de un jilguero desde los prados cercanos. Ya la comitiva estaba a medio camino, cuando una figura se destacó del estrecho pasillo que la gente formaba y grito ..
- ¡No hay derecho! ¡A esto no hay derecho ! ¡Viva la guardia civil!

Fue el detonante. En un abrir y cerrar de ojos, alguno de los más cercanos se abalanzaron sobre las autoridades con animo de agredirles y lanzándoles imprecaciones. Otros comenzaron a cantar el cara al sol brazo en alto. Muchos prorumpieron en aplausos y vivas, no se si para acallar a los que cantaban, o para liberar la tensión que llevaban dentro. Los guarda espaldas contuvieron a los alborotadores que en su forcejeo habían dado un mojicón al presidente autonómico y que se apreciaba por el rosetón de su mejilla.

Como consecuencia de todos estos empujones, a punto estuvo de caer al suelo la caja con el difunto. Yo ya no pude ver más, pues comencé a notar que alguien tiraba de mi brazo izquierdo. Volví la cara y vi como una joven que estaba a mi lado y al borde del desmayo, se me aferraba con las fuerzas que aún le quedaban. Alguien se agachó sobre ella soltándole el lazo de la blusa alrededor de su cuello y pidió que nos apartásemos para dejar pasar un poco de aire. Introdujo los dedos entre la falda y la blusa a la altura del estómago para comprobar si estaba muy apretada y buscó la cremallera para abrirla. Con unos cachetitos en las mejillas, pareció que se recuperaba. Desde fuera se oía ya la voz del oficiante que poco a poco se imponía a los rumores exteriores.

Acabada la ceremonia, no volvieron a repetirse los incidentes. Solo aplausos. Camino ya del cementerio, la gente comenzó a dispersarse comentando lo acaecido.

Fue al día siguiente cuando en el trabajo vi a David. David era compañero mío y quien en el funeral dio el grito que precipitó a los más exaltados.

- Hola David. ¿Eres pariente mío y acaso no lo se?

- ¿Por que razón?

- Te vi en el entierro de ayer y parecías muy afectado. Yo estaba allí por que Cristina es prima mía. Tu, ¿de que la conocías?

Su mirada de casi desprecio y las palabras que pronunció a la par que giraba para marcharse, me hizo ver lo míseros de corazón que somos. Yo al igual que muchos, estábamos allí por compromiso, por expectación o por hacerse ver. El solo estaba por el deber moral de acompañar al caído que en muchas ocasiones y silenciosamente, nos había acompañado y dado seguridad en la vida.

- ¡Era mi obligación. Era un guardia civil !

FIN

2 comentarios:

rubo dijo...

Una gran historia, cuántas veces hechos trágicos como éste descubren los héroes, pero también las personas míseras o mezquinas que nos rodean.
Saludos.

Alfredo dijo...

He dudado mucho sobre si debía de subir este cuento, que lleva mucho tiempo reposando. Al fin y al cabo, está basado en un hecho real que solamente recordarán las victimas que quedaron.
Siempre digo a mis hijos, que matar es demasiado fácil, en la realidad y en la ficción. Por eso admiro tanto a esas personas que con su trabajo nos hacen reír, yo no sé y en mis cuentos siempre voy a lo fácil.
Salu2.