domingo, 22 de agosto de 2010

Espadas y pistolas.

No puedo precisar la fecha pero seguro que fue antes de tener nueve años. Con nueve años empecé al instituto y mi vida de niño dio un giro importante; dejé los juegos de niño, niño, para empezar a pensar como pipiolo que comienza una nueva andadura.

Pero yo quiero contar alguna de ésas cosas que hacía antes. Ya he dicho en otra ocasión, que mi padre era empleado de Renfe. También tenía un taller con torno, fresa, equipos de soldadura y demás. A mi me salieron los dientes viéndolo trabajar y algo se me pegó.

Mi amigo más querido era el hijo más pequeño del tendero que vivía en la casa pegada a la nuestra. Su padre recibía la mercancía en cajones de madera de pino y que una vez vacíos sacaba a la calle, Tal vez el motivo fuera propagandístico; muchos cajones, mucha mercancía, mucha venta, tienda bien surtida, venta asegurada.

En las tardes de verano, esas en que viene la nube y refresca el ambiente, nosotros hacíamos casetas apilando las cajas para guarecernos. Otras veces nos servían para formar parapetos y utilizar a modo de fuerte o de castillo. Leíamos, leía yo - él era un año menor y aún decía guego por huevo - los cuentos del Guerrero del antifaz que sus hermanos mayores compraban. La afición por los espadachines era grande y tratábamos de imitarlos. Entonces arrancaba yo un par de tablas de los cajones, sobre ellas dibujaba a lápiz la espada, la recortaba con la sierra, afilaba los cantos y la punta con una escofina y le trabajaba el puño. Como constructor, mi espada siempre era un poco más larga y más fina por efecto de la lija. Si mi perfección en la construcción de las espadas era notoria, lo era mucho más cuando hacía un revolver. Me gustaban los colt 45, siempre ha sido mi revolver. Yo no quería aquellos de pistones que te regalaban por reyes, eran de calamina, pequeños y enseguida se estropeaban, o aquellas escopetas con tapón de corcho atado con una cuerda. Dibujaba en la tabla, recortaba, con los trozos sobrantes hacía unas cachas para aumentar la culata, también para el tambor, las pegaba con aquella cola de caballo que el paisano siempre tenía en un bote. Redondeaba, mataba aristas, lijaba y ya estaba. Lo más difícil era la guarda del gatillo, para hacerlo de la misma pieza utilizaba el berbiquí y la navaja, pero en ocasiones, queriendo afinar más de la cuenta, la guarda se rompía y ya no se podía voltear. ¡Que tardes pasábamos jugando a indios y vaqueros! Mi caballo imaginario se llamaba "Centella" y mi perro, también imaginario, "Lucero". Debía de gustarme el cielo.

8 comentarios:

lemaki dijo...

Alfredo leer esta publicación me ha recordado al libro de Juan José Millás, El mundo (creo que fue Premio Planeta, pero no lo leí por eso... me gusta mucho este escritor).

Este relato es tan explícito, detallo y está tan bien elaborado que consigues recrear para tus lectores tus juegos, el torno y taller de tu padre, los juegos con tu amigo que todavía decía guego por huevo y la fabricación de la pistola...

un gusto leerte.

saludos.

Alfredo dijo...

Siempre presumo de tener mala memoria, pero hay cosas que perece tenemos grabadas a fuego. Es muy posible que los recuerdo se idealicen; lo pequeño se hace grande, lo simplemente guapo se vuelve hermoso... pero yo lo siento así y así lo escribo, según me sale de mi corta memoria y de mi corazón.
Gracias por leerme, por animarme, pero sobre todo, por estar ahí.
Salu2.

rubo dijo...

Eran tiempos en que el ingenio y la imaginación suplían las carencias de casi todo; por contra, ahora los críos cada vez están más "refalfiaos" gracias a las "grandes superficies" y las consolas.
A veces pienso que... si diera vuelta la tortilla (que no la dará), qué sería de todos estos guajes refalfiaos... tendrían que espabilar.
Saludos.

Alfredo dijo...

Estoy de acuerdo contigo en casi todo lo que dices, sin embargo a nosotros - a mi hermano y a mí - nunca nos faltó de nada. Lo que yo hacía era por iniciativa propia, simplemente me gustaba. Veía trabajar a mi padre diez o doce horas diarias y eso era, la famosa impronta que muchas veces menciono. Nunca hemos llevado el trabajo como si fuera una pesada obligación, siempre lo hicimos como algo natural y necesario. Aunque a veces, es cierto que reniegas.
Salu2.

rubo dijo...

Al mencionar "las carencias de casi todo" me refería a que estabais, como quien dice, en plena posguerra y se aprovechaba casi todo, lo del "reciclaje" no se inventó ahora. Fabricabais espadas y pistolas artesanales porque seguramente, en caso de extravío o pérdida, los padres no iban a estar cada poco comprando una en la tienda, no es como ahora que hay hijos que parecen los amos de la economía de su hogar.
Saludos.

Alfredo dijo...

Tampoco es eso, no sé como explicártelo. Entonces había poca publicidad, el periódico no tenía mucha tirada, los aparatos de radio eran escasos - recuerdo aquellos de galena- la televisión no existía y por tanto no nos comían el coco como ahora. Todos sabíamos que los juguetes venían por Reyes y en ocasiones muy especiales, por lo que no se nos ocurría pedirlos. Te confesaré algo, yo nunca tuve necesidad de de tener coche, hasta que me casé. Cuando era mozo venía a Candas en tren, al Jardín en tranvía y luego en autobús, andábamos cantidad y en momentos puntuales, tirábamos de taxi. He tenido amigos y muchos conocidos, creo que todos éramos parecidos.
Mi padre trataba al suyo de usted, yo de tú, mis hijos me toman por el pito del sereno, y mis nietas creen que el dinero nace en los árboles. ¿Quien tiene la culpa? Respuesta; La culpa es soltera.

rubo dijo...

Creo que todo se reduce a la propia evolución de la sociedad; el exagerado respeto de antes frente a la permisividad, incluso la mala educación, de algunos en el presente.
Confieso - sin ánimo de alabarme porque no soy así - que pude tener coche a los veinte años, si hubiera querido. Sin embargo, lo compré (con ayuda paterna, eso sí) a los veintiséis, una vez concluida la carrera, y lo conservé diez largos y hermosos años, hasta que por necesidades de comodidad y espacio compré el coche actual.
Soy de los pocos que conserva la misma novia desde los veinte años, y durante mucho tiempo fuimos fieles usuarios del transporte público y del "coche de San Fernando" porque no quedaba otra. Ahora casi no hacen la selectividad y ya aparcan el "buga" delante del instituto. Los tiempos cambian.
Saludos.

Alfredo dijo...

De acuerdo rubo.