viernes, 13 de agosto de 2010

Gitanillo.

Sentado a la vera del camino vi acercarse a un gitanillo. De lejos parecía tener ocho o diez años, algo patizambo, pelo liso y largo, pantalón deshilachado por los bajos sobre los pies descalzos. Vara en la mano con la que hurga por la cuneta, da palos a las hojas bajas de los castaños, o trata de cortar las hierbas más altas. Lleva la camisa de cuadros anudada sobre el ombligo, no por tradición o costumbre sino por que no hay botones para introducir en los ojales. Al ver que lo observo, se para, se inclina sobre el talud del camino allí mismo donde nace un frondoso castaño. Con cuidado comienza a separar unos helechos con la vara, me mira de reojo para ver si yo me intereso. Presumiblemente nada hay de interés ni para mí ni para él, pero entiendo que es su forma de hacerse el interesante. Seguro que a continuación espera que yo le pregunte que es lo que busca y me soltará cualquier cuento Macabeo que vaya bien a sus intereses. Yo permanezco casi impasible, de vez en cuando lo miro pero sigo sentado volteando sobre mi dedo índice la cadena de la cual pende una pequeña navaja. Pasado un cuarto de hora de, yo te miro, tu me huyes y viceversa, no aguanta mas y me vocea...

-¡ Oye! ¿Tú no lo has visto?
- El qué
- Eso que había aquí.
- No he visto nada
- Pues parecía un conejo.
- Aquí no hay conejos, no se dan en esta tierra con tanta humedad. ¿Acaso no lo sabes?
- Te digo que había algo como un conejo y que se ha metido por este agujero... Si me dejas la navaja, le hago un pincho a la vara y la meto por el agujero para ver sí lo cojo...
- La navaja no sirve para eso, es muy pequeña y no corta.
- ¿Entonces para que la llevas?
- Por que es un adorno, además tiene una lima para las uñas.

El agujero y el conejo quedan relegados a un segundo término, la conversación se ha iniciado y él se ha acercado a mí. Trae consigo un olor a humo de leña recién quemada y una sonrisa que deja ver unos blanquísimos dientes resaltando en el moreno de su cara.

- ¿Me cambias la navaja por otra cosa?
- No te la voy a cambiar, además, ¿por qué cosa?

Su mente está en la chabola donde busca algo que pueda trocar. Vano intento, nada posee equiparable a aquella joya. Quizá la bicicleta. Aunque es una bicicleta roñosa, con una rueda mayor que la otra... pero, ¿para qué va a querer una bici de niño?

- Tengo una bici fenomenal, con una rueda trasera de montaña y el guía de carreras... ¡Te doy un cachorro de la Lila! - dice cambiando de opinión.
- ¿Quién es la Lila?
- Una perra mía que tiene cuatro cachorros. Es de raza... de raza...

Su mano izquierda se coge el mentón, los ojos semiguiñados y la derecha rascándose el cogote. El cerebro le trabaja aprisa. Trata de encontrar un nombre que suene rimbombante. Yo lo atajo.

- Será un chucho
- No, es de raza... es que no me acuerdo ahora como se llama, pero es buena. ¡Ya sé! Es de raza "posterriere". ¡Sí, eso, “posterrier”!
- No se dice posterriere, es fox-terrier. ¿Seguro que es de esa raza?
- ¡Seguro! Es pequeña, de pelo negro y blanco mezclado. No blanco por un lado y negro por otro, sino todo a la vez, como si fuera gris, ¿me entiendes? Y tiene bigotes muy largos, el rabo corto, coge muchas ratas y sabe hacer otras cosas.
- Qué cosas- le pregunto tratando de ponerle en un aprieto.
- Anda a dos patas, lo mismo con las de adelante que con las de atrás, coge lo que le tires en el aire, pero lo mejor de todo es que sabe contar.
- No me digas.
- Que, ¿qué no te lo crees?
- Si tú lo dices, por que no. Pero habría que verlo, aunque el que la madre sea lista y de raza, no quiere decir que los cachorros lo sean.
- Vienes y los ves, ¿vale?
- Vale.

Mientras íbamos hacia el poblado de chabolas que estaba allí cerca, pensaba yo en que tal vez fuese verdad lo que había dicho. Siempre me había intrigado, al ver a los gitanos pasar junto a mi casa, el porqué de la fidelidad de los cánidos hacia aquellos que, ni parecía les pudiesen dar mucho de comer, ni les tratasen con demasiado cariño. Los críos bajaban desde los barracones que les colocó el ayuntamiento hasta la escuela y siempre iban escoltados por cinco o seis perros. Una vez entraban los gitanillos, se daban la vuelta por donde habían venido hasta la hora de salir de la clase, en que regresaban siempre fieles en busca de sus amos.

Anduvimos un rato por la carretera durante el cual él no dejó de hablar. Era un gorjeo cantarín que se confundía con el de los gorriones que se guarecían del sol en la umbría. Las ramas de los castaños a ambos lados del camino formaban casi una bóveda y daban un grato frescor en aquel cálido día. Llegamos a un claro. Sobre pilares de cemento había diez o doce cajas de chapa ondulada de unos siete metros por tres dispuestos en dos filas. Las ventanas, si alguna vez las hubo, habían sido sustituidas por barrotes. Por alguna de ellas salía el tubo de una estufa colocada en su interior. La mugre, las pintadas de diversos colores y la suciedad en general, dominaba por doquier. Un goteante grifo incrustado a una tubería de polietileno había formado un regato. Lavadoras, neveras y chatarra en general formaban montones aquí y allá. Un borrico pastaba una hierba áspera y dura, que formaba remolinos entre los que se enredaban plásticos, papeles, botes y botellas de cuarenta razas.

-Espérame aquí, - me dijo dejándome en el camino.

Varios chiquillos pequeños salieron de entre las chabolas montados en sus herrumbrosas bicicletas. Pasaron junto a mí y alguno me sacó la lengua, luego se perdieron por donde nosotros habíamos venido. Un gitano negro como un zapato negro, algo bizco, seco de carnes y de edad indefinida entre los veinte y los cuarenta, acercándose a mí me pregunta..

- ¿A quién busca?

Ese acento suyo y la desconfianza manifiesta me pusieron un tanto nervioso.

- He venido con... comencé a decir mientras buscaba un nombre que no sabía - he venido a por un perro.
- ¿Y quién se lo vende? ¿Viene solo?

Gracias a Dios que el crío apareció en aquel momento con el perro en los brazos.

- ¡Vamos, corre antes de que la linda se dé cuenta!

Nos marchamos a toda prisa, no por que la perra reclamase su cachorro, por perder de vista a aquel sujeto que me estaba intimidando.

- ¿Cómo te llamas? Pregunte para tratar de recordarlo otra vez en semejante situación.
- Me llamo Pedro, pero me dicen Perico el zambo. ¿Te gusta el perro?

Sobre el brazo izquierdo mecía un cachorrillo de no más de cuatro semanas mientras que con la derecha lo acariciaba una y otra vez. Luego lo cogía con ambas y enfrentándolo a su cara lo besaba en el hocico. Yo le veía hacer. Me parecía que aunque le diera la navaja con cadena y todo, no iba a decidirse.

- Te cuesta desprenderte de él ¿he?
- Es el más bonito de la camada. Se lo digo yo que de esto entiendo mucho.
- ¿Porqué ahora me tratas de usted, cuando antes lo hacías de tú?
- Es que vamos a hacer un trato y los tratos tienen que ser serios.
- Pero podemos hacer un trato y ser amigos

El chico parecía ahora mucho más mayor. Ya no era el gitanillo del principio que trataba de engatusarme. Sentía perder el perro, pero había comprometido su palabra. Una palabra que junto con sus cachorros era lo único que tenía.

-Te voy a dar la navaja, pero como me parece que saldrías perdiendo en el trato, te voy a dar también mil pesetas. Además, yo vivo junto a la escuela, en aquella casa del jardín que tiene dos palmeras. Cuando quieras, vas a ver al perro. Me harías un favor si en estos primeros tiempos, hasta que sea más grande, lo cuidas tú un poco y me lo vas enseñando.

Sus ojos se agrandaron y la boca le quedó abierta por el estupor.

-¿De verdad me dejarás ir a verlo? ¿Quieres que yo te lo cuide?

No dijo ni palabra del dinero hasta que al marchar, después de haber dado mil besos al perro, dobló varias veces el billete y guardándolo en el puño derecho, lo levantó y dijo...

- Gracias.

Se fue corriendo, alegre y feliz. Aquel día hice un amigo que todos los días al salir de clase, se presentaba repeinado y con playeros nuevos para jugar con mí perro “posterriere”.
fin.

4 comentarios:

vazquez74 dijo...

Una historia preciosa, muy amena. Aunque yo tendría bastante reparo en meterme en un poblado de los gitanos, no tengo nada contra ellos pero tampoco son "santos" de mi devoción.
Saludos y buen fin de semana.

Alfredo dijo...

En Candás están cerca del cementerio, casi todos trabajan para el Ayuntamiento. Los críos siempre tienen perros y es cierto que bajaban a la escuela con ellos.
Que lo pases bien estos días de fiesta.
Salu2.

lemaki dijo...

Es cierto, es una historia entrañable. Solo se necesita mirar alrededor con ojos de amistad... esta cursilada, viene a cuento de que al detenerte junto a él y observar qué hacía, estabas contactando con el niño, intentando establecer cierta camaradería.

Me ha gustado, como todo lo que escribes.

saludos.

Alfredo dijo...

Gracias por la paciencia con que me soportas lemaki.