viernes, 6 de agosto de 2010

Nerea y el amor. Un invento maravilloso.

En el desván de mi casa de Prendes tal día como hoy 21 de febrero de 1990 y que relata lo que viene aconteciendo desde el 18 de junio de1967 respecto de un invento maravilloso.

A mi tía Luisa
con todo el cariño que le profeso
y que soy incapaz de demostrar.

Es cierto tía, de aquella conversación que mantuvimos hace ya muchos años, nació en mi la inquietud, inquietud que hoy ha dado sus resultados. Tuya fue la idea y mío ha sido el estudio y la puesta en practica. Arduo esfuerzo ha costado, pero sin tu intuición maravillosa jamás hubiese llegado a conseguir lo que he conseguido.

Esta nota que aquí escribo, tal vez nunca verá la luz. Tú sabes como soy; tímido y como tal, introvertido. No dejo aflorar mis sentimientos y soy incapaz de demostrar con gestos, ademanes y mucho menos palabras, todo el amor o incluso la rabia o el odio que pueda llevar dentro. Por eso creo que ni esta nota, ni mi invento serán conocidos. Es más, tengo serias dudas de que si se conociese, fuera para bien.

Yo lo cree pensando que tal vez sirviera para que las ideas que bullen en nuestras mentes, afloraran de esa forma dulce y maravillosa en que vienen a nosotros en la nebulosa del primer sueño. Antes de quedarnos dormidos, al menos a mí me sucede, nuestra mente flota vagando por sitios y situaciones casi siempre placenteras. Las frases mejor pensadas, dignas de ser escritas con letras de oro. Historias de amor inverosímiles y maravillosas, proyectos, intrigas, héroes, villanos, viajes fantásticos... tantas cosas. No calculé yo en principio, que también hay malvados, y que como tales, solo elucubran el mal de los demás. Es posible que con mi invento, ellos se vieran más lucidos por la mañana al repasar lo pensado entre las brumas del sueño. Tal vez fuera catastrófico.

“Que bueno sería – dijiste- que se inventara una máquina para saber cuanto duelen las cosas”

“ ¿A que cosas te refieres? – pregunte yo un tanto intrigado- ¿y a que dolor, al físico o al moral?”

“Me refiero al dolor en general, tanto al que sentimos en nuestra carne como al que sentimos en el corazón, o por mejor decir, en el alma. ¡Cuanta gente se queja y nunca sabemos a ciencia cierta si es verdad o no! Muchos, no sé si hipocondríacos o maulas, se quejan de que les duele aquí o allá, y otros, quienes realmente sufren, ni siquiera se lamentan”.

Paraste un momento, y tal vez, tratando de quitar algo del pesar, o de la amargura que te produjo el pensamiento que te había incitado a decir aquellas palabras, añadiste ya más jovial...

“También sería bueno inventar una máquina que fuese capaz de escribir lo que nuestra mente piensa. De esta forma nada se nos escaparía, lo llevaríamos todo registrado. Un aparato como un magnetófono, que grabara en una cinta lo que pensamos y poder hacer uso de ello o no según convenga.”

Si, sería bueno, pensé yo. Y comencé a darle vueltas al asunto. No al de los dolores, pues como joven y egoísta, a mí no me dolía ninguna cosa y poco o nada sabía del sufrimiento de los demás. Comencé a cavilar si la idea de idear un aparato que capturase las ideas, válganse todas las redundancias, podía ser factible. Pero, ¿qué sabía yo de la mente? Nada. Que el cerebro emite ondas, que hay estudios sobre el sueño, que el cuerpo esta regido por zonas del cerebro y que suelen ser contrarias; derecha de la cabeza, izquierda del cuerpo y viceversa. Total, nada de nada. El principio sería pues como siempre: estudiar. No me asustaba la idea, pues como suele decirse caía de cajón que toda idea, además de tenerla, hay que pensarla y madurarla para llevarla a término. Por el camino se quedaran horas y horas de estudio, de consulta, de conversaciones, de pruebas. Pero aunque esa idea no llegase a fructificar, es seguro que nosotros mismos nos habremos enriquecido con todo aquello que aprendimos.

Medité muy bien hasta donde quería llegar. Por donde debía de buscar y por donde ir. Cómo, con qué medios llegaría hasta allí y cuando sería el momento adecuado.

Estudié algo de neurología, psicometría, psicotecnia... en fin, casi todo lo que comienza por psico. Me hicieron gracia cosas como que hay un nervio al que llaman vago y que no es tal, pues regula la actividad de pulmones y corazón, que otro, al que dicen accesorio, no lo es para los hombros. Hay uno que se llama patético y patético ha de ser que falle, pues sin él nuestros ojos no serían como son. Hay otro, al que le dicen hipogloso, que pudiera por un trueque de letras, parecer que está relacionado con el gusto y aunque no es así, cerca le anda ya que es el que permite mover la lengua.

Es increíble cuan ignorantes somos. No por desconocer cuantos, como se llaman y que función tienen los nervios craneales, que al fin y al cabo con que los conozcan los que tratan a menudo con ellos, es suficiente. Lo digo simplemente, y esto me sucede muchas veces, por que cada vez que tratas de tocar un tema y buscas información, descubres lo poco que sabes de él.

Ya sé tía, que como casi siempre, me estoy perdiendo en palabrería vana, o tal vez trate mas bien de concienciarme yo mismo de que las cosas que digo son ciertas. Tu estarás esperando que te diga de una vez como conseguí la meta que me había propuesto, pero comprende tía, que después de tantos años de estudio, de lucha y de trabajo en la soledad de mi laboratorio, tengo que explayarme. Contarte, y al decir esto miento, pues no solo es a ti a quien quiero contar, sino que a través tuyo quisiera que todo el mundo se enterase, contarte digo, como se gestó mi triunfo.

Tu hermano, mi padre, Dios lo tenga en su gloria, me dejo muchas tierras y algo de dinero, como tu ya sabes. No mucho, de dinero digo, pues bastante me lo gasté yo estudiando o haciendo que estudiaba aquí y allá. El pobre llegó a creer que tenía varios títulos académicos, cuando la verdad es que únicamente estaba licenciado en el arte de vivir bien la vida. Las perspectivas que se me avecinaban tras el óbito eran un tanto oscuras; trabajar o vender. Si vendía, mas temprano que tarde me quedaría sin un duro, así que decidí coger el toro por los cuernos y comenzar a trabajar desde el principio. He decir que para mí, trabajo es pensamiento, mente, ideas. Lo demás son labores menores.

Contrate como contable a un antiguo compañero de estudios, un lince con vocación de cartujano que me llevó todos los asuntos en que me metí. Llamé al pastor y al vaquero que toda la vida habían trabajado para mi padre y les expuse mi plan: En tres años había que doblar el número de cabezas de ganado. Yo no podía gastar ni una peseta, así que su sueldo sería en especie, harían sus cálculos y se quedaran con el sobrante. Si les convenía bien, a los tres años volveríamos a hablar, de lo contrario vendería los bichos y las fincas. Ante la perspectiva de perder las casas y su modo de subsistencia que ya desde sus abuelos habían llevado, aceptaron. El negocio fue bien para ambas partes, aumentamos la cabaña, ellos sacaban tajada y yo también. La progresión fue geométrica, montamos la quesería y más tarde el matadero. El negocio era solo familiar, en él participaban los hijos de los pastores junto con sus mujeres. Yo sabía que algo de carne se les quedaba entre las uñas, no a los viejos que eran de ley, a los jóvenes que querían motos y más tarde autos. No me importaba. Soltero como estaba y sin descendencia, el dinero me sobraba en abundancia. En realidad, era de ellos, el dinero, digo, pues ellos lo trabajaban ya que yo nunca he dado un palo al agua. Lo mío desde hacía tiempo era la investigación. Siempre lo había sido; investigué las ciudades, sus teatros y cabarets, sus restaurantes y casinos... casi todo lo que se podía comprar con dinero, yo lo había tenido ya. Te parecerá increíble parte de lo que te estoy contando, pero es cierto. Casi siempre disfrute de estos placeres yo solo – ya sabes que soy apocado – y la gente que con mas asiduidad me veía obligado a frecuentar, me tomaban por una persona cuanto menos misteriosa. Unos, los mejores, decían de mí que era un conde al que una pena de amor hacía estar siempre melancólico. Otros aventuraban que había matado a un hombre en un duelo. Este hombre, sería el hermano de una novia con la que no quería que yo tuviese amores. Nada más falso. Los duelos caballerescos hacía décadas que no se celebraban y yo jamás tuve una novia; sólo he tenido amantes.

A estas alturas, crees que miento, o en todo caso, que padezco de doble personalidad. No lo puedo negar, ni lo voy a hacer; sería un cínico, aunque tal vez también sea eso. Casi todo el mundo oculta esta faceta de su vida, la de la doble personalidad, digo, cuando es lo natural; en la oficina; machote y conquistador, en casa; pelotillero y friega platos. Ante el poderoso; humilde, ante el humilde; prepotente. Vas de puritano y si puedes, se la pegas a tu mejor amigo con su mujer. Me dirás que esto no es significativo y que la personalidad doble es otra cosa. ¿Un trastorno funcional quizás? ¿Maldad pura? ¿Inconsciencia?. Sea lo que fuere el caso es que como yo, hay a millares. Tú, tía, ser puro e inocente, tocada por la mano de algún santo, en tu bondad, no comprendes estas cosas. Es mejor así.

Probablemente me haya perdido otra vez, continuaré. Pedí al pastor un corderillo y algo de pienso para alimentarlo. Extrañado, no por la petición, sino por que lo metí en una habitación de la casa, me lo llevó el mismo. No me preguntó y yo nada le dije. Con aquel animal comencé mis experimentos. Electrodos, osciloscopios, espectrofotómetros, máquinas de infrarrojos y de rayos x, escáner... y hasta un láser llegué a tener con el tiempo. Estas entre otras muchas eran las herramientas que utilizaba. Sin embargo, llegué al convencimiento de que el cordero es un bicho lelo. Su cerebro apenas tiene movimiento, ninguna fuerza positiva ni negativa sale de él. Lo deseché. Estuvo muy bueno cuando fue asado en el horno del pan de la mujer del pastor, eso no se puede negar. Necesitaba algo más inteligente, algún bicho que hiciera funcionar mis aparatos, que enviaran sin cesar reacciones químicas, distintas longitudes de onda, impulsos eléctricos, movimiento de neuronas, lo que fuera.

Fui a la ciudad. Necesitaba comprar algunas cosas en la botica. Mientras preparaban el mandado, me senté no lejos de allí, en la terraza de un café. En el parque una niña jugaba con su perro. El bicho era todo blanco a excepción del morro que lo tenía negro. El pelo ensortijado y rabo corto que movía sin cesar, de pequeña alzada y posiblemente joven. No cesaba de dar saltos y hacer cabriolas cuando su dueña se lo ordenaba. De vez en cuando, se lanzaba a sus brazos lamiendo la cara de la chiquilla para saltar de inmediato al suelo y dar gozoso dos o tres vueltas a su alrededor. Ella, giraba en pos del bicho tratando de reprenderlo. Sus largas trenzas de negrísimo pelo, hacían volar los anchos lazos rojos que remataban las coletas. La falda se acampanaba con los giros y dejaba ver las puntillas de sus enaguas.

Pasé tan largo rato mirándola, que el camarero, apostado en la puerta del establecimiento para dar servicio, se acercó a mi mesa un par de veces y con tono desabrido me preguntó si deseaba algo más. Me molestó su desagradable proceder y a punto estaba de decírselo cuando le pedí la cuenta. Me detuvo no obstante la mirada torva que de mí a la chiquilla dirigía y comprendí el porqué de su actitud. Azorado dejé unas monedas sobre el mármol y me fui a paso largo sin ser capaz de decir a aquél imbécil, que era un cerdo por imaginar lo que yo intuía estaba imaginando.

Tú sabes tía, y no hace falta decírtelo, que era el bicho el centro de mi atención. ¡Cuanta miseria puede haber en la mente de algunos!.

Un perro. Necesitaba un perro inteligente y sabía quien lo podía tener: El pastor. Era lógico. Sin embargo, mira que cosa tan tonta, no le tenían, Solo tenían mastines grandes y cachazudos con anchos collares erizados de puntas ¿Cómo es posible que podáis conducir los rebaños sin esos pequeños, trabajadores, ágiles e inteligentes perros de pastor?. La respuesta fue que los lobos eran abundantes en la sierra. Los mastines hacían su trabajo, pero los perros pequeños morían casi todos entre las fauces de aquellas alimañas. Hacía años y paños que no los llevaban con ellos. Increíble. No me lo podía creer. ¿No sería que el agudo pastor temía que el bicho pasara a mejor vida tras los experimentos?. Tal vez fuera eso.

Días después le dije al hombre que ya no me hacía falta el animal, que el trabajo que llevaba a cabo no rendía frutos y que daba el tema por zanjado. Para despistarlo aún más encargué diez sacos de azúcar y diez de sal, que ostentosamente hice descargar y subir a una de las habitaciones de la casa. Como no tenia ningún experimento que realizar con aquella mercancía, al agua del baño añadía cada día un par de kilos de sal con lo que menguaban los sacos y a mí me parecía estar de vacaciones en la concha de Artedo. El azúcar sin embargo se iba por el retrete.

Espié a los cabreros y pude comprobar que no me equivocaba; ¡Vaya si tenían perros!. Allí comenzó mi faceta de ladrón. ¡Jamás volveré a pedir algo que necesite, o lo compro, o lo robo!. Ya sé tía que es reprobable a tus ojos tal cosa, pero en la ciencia, en la guerra y en el amor, todo vale. ¡No quisiera que vieses jamás el trato que muchos científicos dan a sus cobayas!

El bicho era de color canela, el morro y la punta de las orejas negro. Sobre treinta y cinco kilos, ojos castaños, pecho poderoso y fuertes patas, pelo corto y raza mixta indefinida. Cierto es que era además de trabajador infatigable, amistoso y besucón, faceta esta que si bien en un principio me convino- para llevármelo, claro- mas tarde se me hizo agobiante. Lo tenía todo el día sedado para que no llamase la atención con su potente ladrido y el tonto de él, cuando se le pasaban un poco los efectos, me lamía la cara y las manos. Apoyaba sus patazas sobre mis muslos cuando estaba sentado leyendo y me miraba largo rato a los ojos. Yo acariciaba su cabezota un rato y luego le premiaba con una buena ración de cordero. Parece mentira el aprecio que se puede llegar a sentir por un animal. Yo que siempre había llamado bicho a todo lo que no respondiese a nombre cristiano, había claudicado, me había rendido llegando a la conclusión de que si el hombre tiene alma, los animales también tienen la suya y también han de tener su cielo. No, infierno no lo tendrán; ellos son mejores que nosotros y jamás lo merecerían.

Quisiera tía, que hubieras visto el cariño que llegamos a profesarnos. Dejé de sedarlo, pues obedecía a la primera y con una sola seña, se sometía a mis experimentos contento, como si supiese que su antiguo trabajo era agua pasada y que el nuevo era mucho mas importante. No cabe duda de que al principio las recompensas eran necesarias, pero luego dejaron de serlo. Con él avancé infinitamente más que con la oveja, pero llegado al límite, hube de buscar un nuevo cerebro más interesante, más cerebro.

Un día me fui hasta la ciudad, al piso que tengo allí, cerca de la plaza mayor. Antes de salir a cenar a un restaurante, di un largo paseo sin saber, o quizás sabiéndolo pero ocultándomelo a mí mismo, que era lo que buscaba. Al parecer no lo hallé, y la cena, quizá por ese motivo, no fue de mi agrado. A la mañana siguiente, desperté temprano. En la calle un mozo, al menos eso me pareció por la voz, cantaba a voz en grito la mercancía que vendía:

¡Churros, hay churros! ¡Calientitos oiga, churros calientitos!

Me asomé al balcón y pude comprobar que no me había equivocado. Un imberbe mozalbete de quince u dieciséis años, venía por la acera mirando hacia los huecos de ventanas y balcones por si asomaban los clientes. Levaba un mandilillo blanco, propio de damisela, esa es la verdad, y colgado del brazo y una cesta de mimbre larga y ancha. Tapados con un paño, iban sin duda los churros, y por una de las esquinas, asomaban unos verdes tallos de junco. Lo llamé. Podría decirte tía, que el motivo parecía claro; comprar una docena de churros para el desayuno. Sin embargo, esta solo era la excusa, una excusa que a estas alturas, otra persona, que no tú mi dulce tía, podría imaginar. El muchacho debía estar en el portal esperando a que yo bajase, y yo, novato en estos menesteres, esperaba a él que subiese. Por fin y tras unas palabras lanzadas al hueco de la escalera, subió.

- Comprenda usted que si tengo que subir a todos los pisos, no me tiene cuenta...

- Perdona, no había pensado en eso, y como solo llevo el batín encima, me daba algo de reparo.

Para hacerme perdonar, le compré mas de lo que deseaba y además, le di una buena propina. Él, que por la pinta jamás habría tenido un duro suyo, me lo agradeció de un modo que me sorprendió; me miró de arriba abajo, en especial allí donde el batín acababa y dejaba ver los muslos, y dijo...

- Gracias, señor. ¿No desea nada mas...?

A pesar de mi experiencia, te juro tía, que me quede azorado. Su voz un tanto melosa, su mirada entre burlona y avariciosa y sus ademanes al volverse cuando ya bajaba los primeros peldaños, me pusieron nervioso. ¿Crees tía, que pueda despertar yo en los demás, sentimientos tan contradictorios? ¿Acaso ilumina mi faz un algo de lujuria?

Aunque tenía cierto temor por lo que él pudiera pensar o creer equivocadamente, mi mente me decía que aquel era el sujeto idóneo. Era perfecto para mis planes; un poco de dinero, algo de ropa, quizá algo de cariño... ojo, ojo, que por ahí puede haber problemas. El tema del comportamiento que debía tener hacia él, me intranquilizaba, sus miradas insinuantes, mientras que con parsimonia, iba introduciendo los churros, en el junco y luego aquella pregunta tan tendenciosa, me preocuparon todo el día.

Al día siguiente volvió y yo le compre todo lo que le quedaba en la cesta. Le hice sentar y le propuse trabajar para mí. Le explique que es lo que deseaba de él, que no corría ningún riesgo, que le daría un buen salario. Yo quería que participase en mis experimentos, pero no sabía como hacer para que creyese que en verdad yo era un científico. Mi intuición me decía que él parecía tener ya su opinión formada; los experimentos eran una excusa y yo solo buscaba su cuerpo. Fui de frente al meollo de la cuestión para dejar claro el asunto:

- Mira Jacinto –así dijo llamarse- perdona si te ofendo, pero yo no soy marica. Te lo digo por que noto en tu mirada una gran incredulidad. Tal vez el ofrecimiento de ese dinero te haga pensar cosas raras de mí, no lo hagas, yo vivo solo para la investigación y el trabajo.

- No se preocupe por mí, lo que yo pienso es cosa mía. Cumpliré lo que me mande y para que lo sepa, si no lo sabe ya, yo si soy marica.

Recordé que Jacinto era un mortal hijo del rey de Laconia, Amicis. De extraordinaria belleza, Apolo quiso elevarlo al Olimpo para que junto a él estuviese toda la eternidad, pero un día en que se dedicaban a lanzar el disco, Apolo lo lanzó con tal fuerza que desgarró una nube. Jacinto quiso recoger el disco antes de que cayera a tierra, pero este rebotó fuertemente contra el suelo y fue a estrellarse contra su rostro. Allí mismo quedo muerto y Apolo, que en vano trataba de reanimarlo, le dijo:

“No morirás enteramente. Mi música te cantará y convertido en flor, llevarás al mundo el pregón de mi dolor”.

Así de la sangre vertida en tierra, brotó una flor y del tallo varios capullos que llevaban incrustados los suspiros del dios.

Esta historia vino a mí como un raro presentimiento y me causó gran desasosiego, pero pensé, que al fin y al cabo, nada malo iba a hacer y no consentiría que aquel mozalbete me complicara la vida. ¡Que equivocado estaba!

Acordamos vernos unos días después, cuando yo tuviera ultimados unos asuntos. Lo más importante para mí era volver a la finca. El perro llevaba abandonado dos días y aunque le había dejado bastante provisión de agua y comida, no estaba tranquilo. No por que no estuviera bien, ya sabes tía que mandé recrecer el muro del jardín que mi madre tanto cuidaba. Era el sitio por donde fácilmente se podía acceder a la casa y fácil de asaltar por tanto. Aquello me sirvió para dejar que el perro saliese y entrase a su libre albedrío, fuera de las miradas de los pastores.

Llamaron a la puerta. Supuse que sería Jacinto. No lo era, eran dos hombres que se presentaron como policías.

- ¿Conoce usted a Jacinto Contreras?

- Conozco a un Jacinto, pero en verdad desconozco sus apellidos.

- Si le digo que era el chico que vendía churros, ¿le reconocería?

- Si señor, a ese creo conocerle. Me ha servido un par de veces y ahora mismo estaba esperando por él. ¿Le ha sucedido algo?

Me sometieron a un severo interrogatorio y donde mi desconocimiento total del individuo, jugaba en mi contra. Ellos preguntaban y preguntaban y yo no sabía responder, no podía responder lo que no sabía. Creyeron que mentía, y aunque no me detuvieron, ni me llevaron siquiera al cuartelillo, me dijeron que no saliera de casa.

El resto del día lo pasé fatal. Imaginaba mil barbaridades, pues aquellos hombres no me dijeron absolutamente nada de lo sucedido. De noche, volvieron a llamar a mi puerta, un escalofrío recorrió mi espalda. Abrí. Era un matrimonio mayor que vivía en uno de los pisos superiores. Se les veía un tanto cohibidos, tal vez pensaran en mi como en el culpable de algún delito. Quizá les avergonzaba el inmiscuirse en la vida de alguien al que apenas veían una o dos veces al año. Sea como fuere y pasado mi susto inicial, pensé que aquella era la ocasión de enterarme de algo, si es que ellos no estaban investigando por su cuenta... El temor con que hablaban me dijo bien a las claras y ya desde el primer momento, que habían sido ellos los que denunciaron el hecho. Sin embargo no me culpaban. Menos mal. Y el hecho era el siguiente: a eso de las once de la mañana, el anciano volvía a casa tras haber dado un paseo y comprado el periódico. En el portal vio unas frescas manchas de sangre, siguió los goterones y halló la cesta de los churros en un rincón. El cobertor que fue de blanco paño, estaba tinto en sangre, la cesta volcada y su contenido desparramado por el suelo. Avisaron al dueño de la churrería, el cual solamente pudo decir de Jacinto, que era su último día de trabajo, que se había despedido, pues alguien “ le iba a poner a vivir”. Como el caso parecía bastante extraño, dieron parte a la policía.

Aunque la desaparición del chico había sido reciente, la cantidad de sangre era lo suficiente como para buscarlo. Nada halló la policía, pero no por eso dejó de investigar. Quisieron saber si yo -sospechoso por que de tarde en tarde aparecía por aquella casa, con una relación reciente con el individuo, soltero y solitario y quién sabe si también de inclinaciones dudosas- quisieron saber, digo, si en verdad era lo que se presuponía.

Ya estaba enterado de todo, y aunque inocente, comencé a temblar una vez se marcharon los viejos. En este país, mas vale estar alejado de la justicia - perdón de la policía- ya sabes tía que ellos, con solo acusar, cumplen, mientras que tú tienes que demostrar tu inocencia. Como serán, que nadie volvió por mi casa a decirme que ya estaba todo resuelto; ¡me enteré por el periódico!. Como lo lees, tía, dos días después de mi interrogatorio, bajé a por la prensa y algo de comida cerca de casa. Cual fue mi sorpresa, cuando al mirar la primera plana leo: “La policía descubre al asesino del churrero.” “ El hombre se arroja por el balcón de su casa cuando va a ser detenido.” Al parecer aquel hombre mantenía relaciones con Jacinto, este le dijo que se iba con otra persona, no como él; tacaño y miserable, otra persona amable y que le ofrecía todo lo que pudiera desear. Los celos que sembró sin motivo, fueron los que le causaron la muerte. Su amante, lo siguió y en un portal cualquiera- vaya casualidad ser el mío- lo degolló arrojando su cuerpo a una hondonada fuera de la ciudad. La policía, enterada de la relación, fue a investigar; llamaron a la puerta, abrió una anciana y preguntó, una voz resuena en el largo pasillo... policía... policía... policía, una carrera, cristales que se rompen y el ruido sordo contra el suelo de alguien que ni siquiera grita. La altura no era demasiado grande, no lo suficiente para morir.

Indirectamente, yo había causado una muerte, yo había arrojado el disco y el chico ávido de tener, de poseer, se lanzó sin pensar las consecuencias. Estas, fueron funestas para él y poco menos para otro hombre, que del hospital, pasó a la cárcel para siempre. Tardé bastante en volver por la casa y cuando lo hice, fue para enseñarla al de la agencia que la vendería. Quedé unos meses bastante deprimido, y mis investigaciones paradas. Aquella loca idea que tuve la noche anterior a conocer a Jacinto, se me quitó de la mente. Había pensado secuestrar a alguien para mis experimentos. Con el secuestro, la mente del individuo ha de experimentar sensaciones poderosas y contradictorias; miedo -más que miedo pavor- en un principio, luego, el terror deja paso a una calma expectante; a ver que va a pasar ahora. A medida que transcurre el tiempo, los recuerdos de la familia te invaden, no volverás a ver jamás a tus hijos, a tu esposa, a tus padres. La duda se instala en ti; ¿que querrán hacer conmigo? ¿porqué yo, que es lo que les he hecho?. Crees que tienen que estar equivocados y renace una leve esperanza. Todo ese cúmulo de sensaciones podían ser medidas, cuantificadas. Pero a la mañana siguiente conocí a Jacinto, él se prestó al experimento y yo adormecí la mala idea que había tenido.

Tía, muchos días me coloco ante e espejo y me pregunto: ¿qué eres en verdad?. No soy ni más bueno ni más malo que otra persona cualquiera. Tal vez sea raro, pero no malo. Tengo pensamientos un tanto retorcidos a veces, pero al final no dañaría a una mosca. No por lo que me pudiera suceder, eso, aunque se piensa, a veces, no es determinante; siempre hay una excusa, un recoveco, una justificación. Como te he dicho, tía, he tenido amantes, he apostado y hasta hecho trampas con los naipes. Quizás alguien haya sufrido por mi culpa, pero nunca he sido el chulo, la mala persona y cuanto menos, el criminal que pudiera desprenderse al leer estas líneas que te envío.

Como bien entenderás tía, esta misiva no es fruto de un solo día. Por eso, habrás notado que mi estado de ánimo varía en función de cómo me he levantado o de lo que me ha sucedido. Hoy estoy mejor; no me siento culpable de nada, ni tampoco compasivo con migo mismo. Sé que he vivido bien la vida y con mis cuarenta y ocho años, aún me queda mucho por disfrutar.

Me hice el propósito de continuar con mis experimentos y para ello pensé en poner un anuncio en la prensa. ¡Fíjate que sencillo!. A veces lo más simple nos pasa desapercibido; así somos de ciegos. Pero la temporada que pase en blanco, tras los sucesos acaecidos, me vino muy bien. Me cansaba dando largos paseos con mi perro, -ya no me importó que los pastores lo vieran y lo reconocieran- para luego tumbarnos sobre la gruesa alfombra del salón. Nos hartábamos de jamón y cecina para rematar con el chocolate con almendras. Como te decía, el anuncio en la prensa fue un éxito; gracias a él logré finalizar con resultados positivos mi proyecto. Pero también hubo algo más; ya te iré contando. El anuncio, y a ver si de esta soy capaz de contarlo, rezaba como sigue:

“Investigador privado busca para programa de experimentos a una persona que se ajuste a los parámetros siguientes:
Edad: entre veinticinco y treinta y cinco años.
Estudios: medios (no relevante).
Sexo: indistinto.
Disponibilidad: total durante tres meses.
Se ofrece: Salario a convenir, alojamiento y manutención.
Los experimentos que se realizaran, no entrañan ningún riesgo de cualquier tipo.
Durante el primer mes, el seleccionado permanecerá aislado del exterior.
Es imprescindible una entrevista personal”.

A continuación daba mi nombre y señas para el envío de correspondencia. He de decir que yo no tenía teléfono-¿a quien iba o quien me iba a llamar?- y ya en el mismo instante de poner el anuncio, comprendí que era engorroso el tú me escribes, yo te escribo, quedamos... Cuando salí de poner el anuncio, me dirigí a la compañía de teléfonos y solicité una línea.

Tenía serias dudas en cuanto a sí acudiría alguien al reclamo, pero el mismo día de la salida del diario, ya me escribieron cuatro personas, lo sé por que las fechas de las misivas coincidían con el matasellos. Una de las personas era mujer. Me llamó de inmediato la atención y supe que no quería a nadie mas, esto es, si ella encajaba y yo le encajaba a ella.

La entrevista, se celebró en una sala de la Cámara de Comercio, que mi amigo el cartujano se encargó de pedir prestada por unos días- su despacho era una ruina y no me parecía propio citarla en el piso que aún tenía-. La chica acudió puntual. Era esbelta, sobre zapato de tacón mediano, muy morena tanto de pelo como de piel, guapa y de ojos tan negros como el cabello que ataba en cola. Me levante del sillón en cuanto asomó su cabeza por la puerta acristalada y ya en ese momento di por seguro que se vendría conmigo al pueblo. Igual daba que pidiera cuatro, que cuarenta. Lo mismo sería si pedía vestidos de franela o de seda, si quería trabajar un día o un año. Lo que fuera. Creo que me enamore ya en aquel momento. Hablamos, hablamos y hablamos, ella no tenía prisa, yo mucho menos. Aquella misma noche durmió en mi casa y su perfume inundó las rancias estancias.

Los viejos del lugar, enterados de la nueva, y sabiendo que no éramos matrimonio, me miraban de soslayo y muy socarronamente. Se había creado una expectativa tremenda, pues pasaban los días y no la veían salir de casa. Así, acudían a mi puerta con cualquier pretexto con tal de ver si ella les abría. ¡Señorito, le traigo unos huevos!. Patatas, pollo, calabacines, lechuga, bollos... Jamás estuvo la despensa tan surtida a menor precio. Como no me dejaban trabajar a gusto –lo cierto es que había pasado una semana y aún no había comenzado- decidí que la conocieran. Se la presenté a la mujer del pastor mayor y ella se encargó de darla a conocer a las demás mujeres. Me hicieron ver la necesidad de que la asistenta se quedara todo el día, no sé si por poder estar enterados de todo lo que aconteciera. De momento les dije que seguiría como hasta la fecha, con un par de horas bastaba.

Por fin íbamos a comenzar, ella estaba bien instalada, sabía de pe a pa todo lo concerniente a los trabajos que realizaríamos y también le picaba el gusanillo. Vio la trayectoria que llevaba y, mujer inteligente, creyó a pies juntillas que aquello iba a dar resultado. Seriamos famosos ambos.

Avanzábamos poco a poco, pero el tiempo que habíamos ajustado, hubo de prorrogarse. Casi al finalizar el segundo semestre, me dijo que por que no compraba un coche para poder ir y venir a la ciudad alguna vez. Aunque yo nunca había tenido tal necesidad, –tampoco tenía carné- lo compré. Ella sería el chofer y el viaje de estreno sería al Musel. Íbamos a ver el desembarco de un montón de vacas que el cartujano me había comprado en Holanda. La idea fue de un hijo del pastor mayor. Quería aumentar la producción de la quesería con la leche de las estupendas frisonas ya que hasta la fecha, solo se hacía queso de oveja – las moruchas que teníamos por el monte no daban leche para tanto- y con aquellas vacas se harían mezclas, tendríamos terneros para carne y se potenciara también el matadero.

Aquel día comenzó mi desgracia; Nerea -así se hacía llamar la joven- y al que aún llamaré cartujano, se conocieron. Digo cartujano, así, con minúscula por que si primero fue un apelativo cariñoso –en realidad se llama Emerenciano, lo que no sé si era más ofensivo- aunque fue un apelativo cariñoso, digo, mas tarde pasó a ser mi epíteto favorito. Claro que siempre añado “de mierda”. Pero no anticiparé acontecimientos tía, y volveré unos meses atrás.

Nerea me mandaba mensajes a través de los electrodos. Si, como lo oyes. Mi proyecto estaba tan avanzado que era capaz de interpretar doce o quince palabras no dichas, pensadas. No era la cantidad lo que importaba, con el tiempo y paciencia llegarían muchas más. Lo importante es que había descubierto la secuencia, la cadena, la manera de cómo se forman esas palabras. Estábamos felices por el descubrimiento aunque, yo solo le había mostrado la forma de elaborar un par de ellas. Tenía mis motivos. Ya te dije que cuando la vi, me enamoré de ella. No fue un sueño, ni una frase hecha; fue un flechazo en toda regla y que pasaría a mayores con el tiempo. Yo nada le dije; tengo veinte años mas que ella. Había palabras como “deseo”. Si, deseo físico, carnal. Pero, ¿por quien?. Un desliz podía dar por finalizado el experimento, ella podría marcharse y eso sería para mí algo terrible. No por lo que había trabajado, que importa eso. Me faltaría... la vida. Callé.

Los mensajes iban en aumento y llegó el momento de hablar. El sistema de trabajo era en estos momentos rutinario, pero trabajoso. Conectaba a Nerea a los aparatos a la hora de dormir. Luego, a la mañana siguiente ella me comentaba que era lo que pensaba cuando se acostó, si soñaba y que era lo que recordaba. Así, contrastando con los datos de los instrumentos, se formaba un puzzle que a fuerza de machacar y machacar se iba componiendo. Pero mis preguntas eran directas e implicaban respuestas directas. De esta manera, entendí que ella sentía por mí lo mismo que yo por ella. ¡Que bien me supieron aquellos jugosos besos!. Aquellos rojos y gordezuelos labios me enloquecían. ¡Cuánto hacía que no disfrutaba del placer de un beso!. Y los que me habían dado, ¡qué falsos en comparación con estos!. Pero si alegres fueron aquellos momentos, aquellos días de felicidad, otros vinieron en que la oscuridad y el rencor se adueñaron de mi alma.

El cartujano era un hombre... bueno, ¡era una birria de hombre!. No es que tuviera mal físico; era delgado, moreno y de pelo lacio, algo encorvado de hombros y hablaba demasiado, tal vez porque estaba siempre a solas con sus libros de cuentas. Pero era un desastre; nunca llevaba limpios los zapatos, el traje debía de ser de antes de la guerra, la corbata grasienta y la camisa, que en tiempos debió de ser blanca, tenía un cerquillo negro en cuello y puños que daba grima. Comía malamente en un tugurio frente a su casa y no gastaba ni un céntimo de lo que ganaba. Solo le conocí un vicio, pues era abstemio impenitente en el beber, en el fumar, en el deporte, en las mujeres... el vicio que tenía era el cielo. Conoce o ha visto estrellas, constelaciones, cometas, eclipses... todo lo referente al espacio sideral y que desde el desván de su casa contemplaba con un grandísimo telescopio. Como habrás visto, tía, te estoy hablando en pasado, pues así era. A partir de que conoció a Nerea, cambió radicalmente. Comenzó a ir por casa - él también se compró un coche - se vistió de forma elegante, comenzó a fumar egipcios en boquilla larga de nácar, se compro una casa a la orilla del mar... Es cierto que podía hacer eso y mucho mas, el sueldo que yo le pasaba, o por mejor decir, que le tenía asignado, era sustancioso, aparte de los beneficios en los que también llevaba parte, debía de tener un buen pellizco en el banco. No era todo eso lo que me tenía intranquilo, eso se lo merecía y muchas veces yo se lo había comentado. Pero él era así. Hasta entonces.

Un mal día, Nerea me pidió el coche para ir a la ciudad. Tenía algo importante que hacer. Recordé que, de su palacio en las profundidades del mar, salía la hija de Ponto y Gea para acudir en auxilio de los navegantes. ¿A que navegante iría ella a socorrer, al baboso de Emerenciano?. Aunque tenía fe ciega en el amor que nos profesábamos, el aguijón de los celos me picaba cada vez que el cartujano la miraba. Era la suya una mirada... no sé, quizá como la mía; de abobado, de lelo. No, era una mirada de enamorado. Y luego su forma de tratarla; con mimo, con reverencia. Me ponía enfermo y más de una vez le dije que la chica era coto privado. Que nos queríamos, que quitase aquella cara de bobalicón.

Ya sé tía, que aquello del coto estuvo mal, pero es que aquel cabezón no comprendía que ella debía de ser solo para mí.

- ¿Acaso te ha dicho alguna vez que te quiere? ¿Te dijo ella que se va a casar contigo?. Entonces, el campo está libre y yo te voy a hacer la competencia.

Era cierto. Hasta la fecha, nunca me había dicho un te quiero y de casarnos no habíamos hablado tampoco. Repasé todos nuestros momentos de pasión, y aunque no hallé palabras, hallé amor. El único verdadero que he sentido en mi vida.

Aquella noche no llego a casa. Los nervios me devoraban y a las dos de la mañana, pedí al pastor que me llevase a la ciudad. Fui a la casa de socorro, a los hospitales y clínicas sin ningún resultado. Las negativas que recibía, debían de alegrarme, sin embargo, mis nervios no conocían la tranquilidad. Me volví para casa. Nada durante la mañana, tampoco durante la tarde ni durante la noche. Otra noche mas de insomnio, pero esta fue peor; un mal pensamiento cruzó por mi mente. Los celos comenzaron a corroerme. A primera hora de la mañana, volví a la ciudad. Fui directamente al despacho del cartujano. No estaba allí, y según el portero, hacía dos días que no venía. El hombre me franqueó la entrada de la oficina, de sobra sabía que yo era el dueño de la finca, que el cartujano trabajaba para mí, y de la amistad que nos unía. Quería buscar yo un indicio de donde y de con quien andaba. Pero ¿por qué aquella desconfianza? Él había sido mi amigo desde la juventud y ella, ella... a pesar de creer conocer su cerebro, que poco sabía de ella. Me dijo que vivía en una pensión, que trabajó de telefonista y que estaba cansada de meter y sacar clavijas, de decir que la conferencia con Albacete tenía tres horas de demora, de que la gobernanta le cronometrase el tiempo que tardaba en orinar. Poco más sabía; que sus padres vivían lejos y que tenía dos hermanos mayores.

El piso era grande, siete huecos sin contar los dos baños y un par de cuartitos que probablemente en su día fueran roperos. Era difícil de precisar, pues a excepción de una de las habitaciones, el resto se hallaba completamente vacío. La habitación que servía de despacho, no tenía muchos muebles; una mesa grande de roble, con una buena escribanía, un sillón de buen cuero, una librería acristalada... tenía lo suficiente para realizar su trabajo, ni más, ni menos. Me creí un estúpido y sentía vergüenza de mí mismo, pero allí estaba; escudriñando los rincones, abriendo cajones y revisando libros. Buscaba, que sé yo, una carta, una dirección... algo. Y lo encontré. Encontré una carpeta tamaño folio de color negro, de esas que cierran las solapas con una goma. La abrí. Comencé a leer y me fui poniendo rojo a medida que avanzaba. Estaba tan congestionado, que el corazón estaba a punto saltarme del pecho. Allí, en una copia de un documento que sin duda estaría a buen recaudo, se daba cumplida cuenta con pelos y señales del expolio del que había sido objeto.

Si la Nerea hija de Ponto y Gea, tuvo en don de la predicción, esta otra Nerea, tenía el don de la artería. Una de las líneas de aquel papel, atrajo poderosamente mi atención en ella se decía; “ ... y doña Nerea González Hellín, doctora en psiquiatría...”. ¡Traidora!.

No me importó el resto de lo que decían aquellos folios. Estaba con el alma por los suelos, no por que quizás intentara robarme mi sueño; solo me dolía el engaño. Pero la cosa nada tenía que ver con mi invento. La cosa tenía que ver con el dinero, con el vil metal. ¡Me habían dejado sin una perra! Si, tía, todo el dinero de los bancos se había esfumado, la quesería y el matadero estaban hipotecados, pero lo que más me dolía es que los ladrones eran aquellos en quien confié; mi amigo y mi novia. Como suele suceder, el triángulo se había cerrado y yo, que en un principio fui uno de los lados, ahora era el centro de un circulo en el que convergían todos los epítetos posibles; simple, estúpido, cornudo... ¿cornudo?... espera, no te flageles. ¿Qué pruebas tienes?, ¿no será demasiado pronto para adelantar acontecimientos?. Me senté a recapacitar. Había dado por sentado, primero; que Emerenciano y Nerea debían estar confabulados para robarme el dinero y segundo; que los dos se fugaron en amor y compaña. ¿Que había de cierto en todo esto?. Lo cierto es que ella me ocultó lo que en realidad era. ¿Por que? No lo sé. Lo cierto es que el dinero no estaba. Los extractos que acompañaban aquel documento, así lo corroboraban. ¿Por qué el cartujano, siempre fiel, había dado ese paso? No lo sé... ¿avaricia? Me extraña. ¿Inducción? Se me hace difícil creerlo, pero ¿no sería posible?. Lo cierto es que ambos habían desaparecido a la par. Interrogantes, interrogantes y pocas respuestas, pero las que pocas que tenía, eran para disculparlos. Si en un principio, los celos y el rencor me nublaron la mente, algo en mi interior me decía que estaba equivocado, que alguna explicación tenía que haber. Pero el dinero si que faltaba.

Regresé a casa. Pagué al taxista y ensimismado en mis pensamientos, no me di cuenta hasta que tropecé con él, de que el coche de Nerea estaba a la puerta. El corazón me dio un vuelco. Di dos o tres vueltas en derredor suyo buscando un abollón, un golpe, que pudiera justificar aquella desaparición. Entré. Ella vino hacia mí con carita de pena y ojos llorosos. Me abrazó, la abracé. Comenzó a hipar muy quedo sobre mi hombro. Le pregunté el motivo y me contesto que su padre estaba en el hospital, que se iba a morir. Sentí un dolor inmenso, no por el hombre, al fin y al cabo a él no lo conocía, era por ella. Aunque mi alma experimentó un gran alivio, las lagrimas se me saltaron al verla de aquel modo. No me preocuparon las respuestas que pudiera tener a las preguntas que me había hecho. Solo me importaba que estaba allí y que me quería, que había venido a mí, a su refugio.

Como dice aquella canción, la vida te da sorpresas y sorpresa grande fue ver a “Mere”- Nerea así lo llamaba- aparecer por casa un rato después de yo llegar. No era el momento adecuado, íbamos para estar cerca de la familia de mi novia, pero no pude reprimir una pregunta:

-¿Acaso van tan mal los negocios que hipotecaste la hacienda?.

La tranquila y despreocupada respuesta alejaron en parte mis temores.

- No te preocupes, las hipotecas son para la formación de la nueva sociedad. ¡Hala marchaos ya, que se va a hacer de noche!. Si algo sucede... no dejes de llamarme a la casa de la playa, toma el número, y de ese asunto ya hablaremos a la vuelta.

Nerea conducía en silencio, su cara de preocupación me coartaba, y de ese modo, no era capaz de encontrar las palabras adecuadas para tranquilizarla, así que la observaba con el rabillo del ojo e iba diciéndome mentalmente lo idiota que era. Pensé que no servía para aquellas situaciones, que jamás había consolado a nadie y que aunque lo deseaba vivamente, ni una palabra saldría de mi boca. Fue ella la que habló. Con calma, con una tranquilidad que no era el reflejo de su semblante comenzó un monólogo.

- Recuerdo que cuando era muy pequeñita, mi madre – sobre todo en verano- me obligaba a dormir la siesta. Yo quería estar con mis amigas a las que abajo, en la plaza, oía cantar jugando a la comba. Pero ella, que siempre padeció de jaquecas, me acostaba a su lado. El balcón estaba abierto, la verde persiana bajada hasta el suelo. Por entre las rendijas de las maderas, pasaba la luz del sol y dejaba ver innumerables motitas de polvo flotando en la pesada atmósfera. De vez en cuando, sobre la pared, una vaga sombra aparecía, se alargaba, se estiraba y desaparecía. Mi madre que sabía que estaba con los ojos abiertos, aprovechaba aquella circunstancia... “Duérmete Nerea, mira esos cuchillos, mira como vienen a por ti”. Tardé mucho tiempo en comprender que aquellos cuchillos, no eran sino las sombras de las personas que atravesaban la plaza. Pero mientras, el miedo se instaló dentro de mí. Mi padre fue muy distinto. Para él todo era luz, alegría, juegos... Él siempre me acostaba en la noche y nunca podía faltar un pequeño verso...

“ Mi pequeño angelito se va a dormir
vigilad hadas del bosque, que nadie la despierte
que por la mañana a la escuela ha de ir
y las letras aprender, para contar a su padre
un cuento, dos y hasta tres.
Vigilad hadas del bosque, que nadie la despierte
que sueñe con príncipes y princesas,
con carrozas, palacios y pasteles de fresas.
Que por la mañana a la escuela ha de ir
y las letras aprender, para contar a su padre
un cuento, dos y hasta tres”.

- Ahora él se va a morir y lo único que puedo hacer yo, es estar a su lado.

Efectivamente su padre se murió, y su madre, egoísta por naturaleza, quiso montar el numerito de viuda inconsolable y sola. Pero Nerea la conocía demasiado bien y después del entierro le vino a decir mas o menos... “ ¡ahí té quedas madre!”.

Ya sé tía, que como de costumbre pensé mal -aunque no me avergüenzo por ello- me alegraba aquella decisión que tanto me beneficiaba. Al fin y al cabo, si ella no se quedaba con su madre, era por que se vendría conmigo. Además, sin duda tenía motivos suficientes y más adelante lo pude comprobar.

El regreso a casa, tenía similar tinte que a la ida; ambos callados, ella triste, yo con un come come de gozo por dentro. Como entonces, ella comenzó a hablar tras un largo silencio:

- Quiero agradecerte lo mucho que me has apoyado y decirte que sin embargo, yo no me he portado correctamente contigo.

Hice una mueca como si fuera a protestar o a decir algo, aunque nada había mas lejos de mi intención. Lo que yo quería era escuchar su confesión -aparte de que no sé que podría haber dicho-.

- Cuando me contrataste, yo no estaba sin trabajo. Soy sicóloga becada por la universidad, y la labor que tenía encomendada era el estudio sobre los fraudes en los anuncios. Pero mi engaño no duró mucho; me enamoré de ti y renuncie a lo que estaba haciendo.

Que maravillosa mentira aquella que hizo que nos conociéramos. Pero quedaba algo mas por explicar...

-¿Qué pasó con el dinero? Solté yo sin querer.

Dejó de mirar al frente un instante extrañada para fijarse en mi.

- Como es lógico, al renunciar al trabajo, lo hice también al dinero. ¿Por qué te interesa eso? ¿De que dinero me hablas?

- Te hablo de todo mi dinero, de las hipotecas que hay sobre las fincas... He encontrado los extractos de los bancos y donde había de haber algo, no hay nada. También he encontrado una lista en la que figuras como beneficiaria...

Paró en el arcén y con una mirada que amenazaba borrasca me dijo...

- Por mucha lista en la que aparezca, jamás he oído, he tocado o he sabido nada de ningún dinero. ¿De que me estas acusando?

Estaba incomodo, yo no quería aquella conversación en aquel momento y solo mi subconsciente era el culpable de haber preguntado por el maldito dinero.

- Nerea, espero que me perdones si te ofendo, pero debes de comprender que este preocupado. Ayer estuve en el despacho de Emerenciano y en una carpeta hallé unos papeles. Como ya te he dicho, hay extractos de los bancos que certifican la salida de todo el dinero que había y una lista en la que entre otros- mi contable, mis capataces y algunos mas- figuran todos tus datos... profesión, nombre y apellidos, dirección... Espero que él me aclare lo sucedido y que todo sea un malentendido por mi parte.

Levantando una mano como para indicar que iba a continuar, tomé aliento profundamente para proseguir. No quería decir aquello, ni mi disculpa, ni el reproche, pero era necesario.

- Aunque, tu me engañaste. Yo estaba celoso, te busque por todas partes, creí que te habías marchado, que me habías abandonado y tal vez, ciego, no comprendí el verdadero significado de lo que vi. Yo te amo mas que a mi propia vida y esa cantidad de años que nos separa es un peso difícil de soportar. Creí que te habías fugado con el dinero y con Mere que tanto te hace la rosca. Para mí fue una bendición cuando llegue a casa y allí estabas tu. Ahora tu engaño no tiene importancia para mí, pero en aquel momento si lo tuvo.

Ya sé tía que fui un imbécil, si, el día que regresó de su casa para decirme que su padre se moría, di por bueno lo que ella y el cartujano me dijeron ¿por qué demonios comencé aquella conversación? ¿Es que acaso aún dudaba del amor y de la amistad? ¿Es que soy tan miserable que para mi cuenta más el dinero? ¿Qué resquemor anidaba aún en mí? ¿Era merecedor de su amor siendo como era?
 
Ella me dijo que a pesar de mis años, era un crío. No fue un reproche tía. Me lo dijo con su voz dulce, recostando mi cabeza sobre su pecho. Allí escondida mi cara entre sus senos y aspirando su cálido perfume, me llamo tonto. Tonto por no haber sido capaza de comprender que si yo me creía viejo, mi compañero de instituto lo era tanto como yo. Tonto por no comprender que una mujer medianamente inteligente, se casaría con el dueño de la hacienda y no haría planes con el contable para robar lo que de otra forma podía ser suyo. Me dijo tía, que era un tonto adorable y que jamás se separaría de mí.

Nada mas hay en este mundo que mi Nerea, tía. Apenas me importó lo que el cartujano tenía que contarme y que más o menos era; El dinero de las hipotecas, estaba completo y a buen recaudo. Los nombres de aquella lista pertenecían a los integrantes de la sociedad que se formaba. Cada uno de ellos poseería un número de acciones que yo había de repartir. Las ayudas de distintos ministerios nos ayudarían a amortizar las hipotecas. El resumen de la historia tía, es como si fuera una venta en la que yo cobraba y seguía siendo el dueño. Intríngulis del cartujano. Yo me fui de luna de miel mientras él se quedaba con los papelotes y con una rubia-ingeniero de Monte Palomar- que por aquellos días quiso observar el cielo en el telescopio de la casa de la playa.

Estuvimos en Japón tía, y allí hablamos de nuestro invento a unas personas. La oferta fue tentadora hasta para alguien que tenga mucho dinero y lo vendimos. Pero no fue solo por eso. Aquella compañía nos demostró que estábamos equivocados, que si funcionaba entre nosotros era debido en gran parte a la “química”. Sin embargo ellos adaptaron y modificaron la idea de tal forma, que hoy, cuando se habla de realidad virtual, sé esta hablando de algo nuestro; de aquella persona que un día dijo “que bueno sería inventar una máquina que escribiera lo que se piensa”, y de mi mujer y mío que trabajamos sobre esa idea. Si tía, en gran parte gracias a nosotros, hoy se proyectan imágenes en tres dimensiones con las que ocio, medicina, educación, formación y mil cosas que están por venir, harán de este un mundo mejor.

Nada más querida tía, solo la petición de que accedas a ser la madrina de bautizo de nuestro primer hijo, el cual esperamos nazca el próximo septiembre.

Un fuerte abrazo.

En el desván de mi casa de Prendes 15 de Julio de 1991

2 comentarios:

vazquez74 dijo...

Confieso que me asustó un poco la extensión, al imprimir el relato para leerlo más cómodamente, pero una vez terminado reconozco que no le falta ni le sobra nada: me ha encantado. Está escrito en un estilo epistolar muy convincente, con momentos muy humorísticos como el de Jacinto; la historia en sí misma es amena y el desenlace, feliz, nos demuestra que muchas veces los equívocos nacen en nuestra propia cabeza y a menudo pueden malograr amistades y amores incipientes.
Enhorabuena y un saludo.

Alfredo dijo...

Muchas gracias por leerlo Váquez y por el comentario analítico que de él haces. No suelo tener muchos y tal vez sea por que me enrollo demasiado. Prefiero pensar esto mejor a que soy malo de solemnidad.
Me alegro que te haya gustado
Salu2