sábado, 7 de agosto de 2010

Parafraseando. (O casi)

Hoy es un día cualquiera, huero de ideas, mente cansada, cuerpo adormecido.

Me levanté pasadas las ocho, saco los perros y desayuno. Pongo hilo a la desbrozadora, regulo un poco los chiclés, está algo alta de ralentí. Me espera la hierba donde el cortacésped no ha podido llegar. Comienzo la faena. El ruido no me deja pensar como yo quisiera, además necesito algo de concentración para la tarea. ¡Quién fuera mujer para poder hacer dos cosas a la vez!. Dicen que ellas utilizan las dos partes del cerebro mientras que nosotros, pobres adanes, solamente somos capaces de utilizar una. Llevo la tijera en el bolsillo para eliminar algunas de las zarzas que desde el otro lado de la cerca suben sobre los lilandis. Con la misma máquina le doy un repaso al seto de abajo, hoy no tengo ganas de subir al garaje a por el corta setos. Miro el sol ya casi en lo alto, serán las doce más o menos, tengo la camisa pegada al cuerpo y la gorra empapada. Es hora de beber algo. Me tomo un vaso de agua fresca y me como una pera y una ciruela. El azúcar me dará la energía para acabar lo que estoy haciendo. Me siento a la sombra de un naranjo mientras fumo un cigarrillo, hoy he comenzado con el vicio antes de tiempo. Tiro la colilla, cojo la tridente y el garabato y me voy en pos de la hierba tumbada. Antes agarro dos naranjas, las últimas que van quedando en las ramas de arriba. Les doy un mordisco arrancando la cáscara del culo y succiono el jugo dulce y fresco. Entre la hierba he encontrado el ala de una pega joven, tal vez los gatos se atrevieron a atacarla. Recuerdo aquella que murió en la terraza de la casa de Candás, quizá estaba enferma, pero su pareja no la quería dejar allí, la acompañaba aún a sabiendas que nada podía hacer por ella. Después que la retiramos, durante dos o tres días vino a buscarla. Esperaba encaramada al alto seto y la llamaba, creo que tristemente.

He acabado de recoger, otra vez he de subir al garaje, tengo el carretillo lleno de limones para mi cuñada, los paso a un par de bolsas, cargo la maldita mercancía que va a ser pasto de las llamas cuando la autoridad levante la prohibición. Mientras el montón de hierba, ramas de poda y flores marchitas va aumentando de volumen. Ahora me daré un buen baño, hoy no tira tanto el nordeste y el agua parece que no está muy fría. El cloro me despejará la cabeza, aunque las vías respiratorias se resientan algo. Si, verdaderamente hoy ha sido un día cualquiera. Al menos la mañana.

2 comentarios:

vazquez74 dijo...

Pero por lo menos lo tienes ocupado, a mi padre si le quitaran la huerta y las fincas del pueblo creo que se moriría. Admiro a los jubilados como vosotros, que no os pasáis el tiempo durmiendo la mañana o paseando o en el chigre.
Y hay días para todo, para escribir mucho o para no escribir nada.
Saludos.

Alfredo dijo...

Yo nunca he tenido huerta, como dice un conocido, la tierra queda cada vez más abajo. Miento, al principio mi mujer se empeñó y abrimos un trozo de tierra. Era ella la que lo llevaba, pero los resultados no pagaban el esfuerzo.
No soy de los que echan la partida, aunque un cacharro de vez en cuando no viene mal. Es muy sano disfrutar de todo un poco y aunque la finca entretiene, el trabajo se va haciendo pesado, sobre todo en verano que hay que segar todas las semanas. No me quejo, pero si fuese mas llana…