martes, 3 de agosto de 2010

Santos benditos.

Partí el primero de mayo, fecha en la que se conmemora Nuestra Señora de la Peña de Francia. Como era perceptivo, me encomendé a los Santos Reyes Magos antes de comenzar el viaje. Iba a ser este un viaje mixto; primero, por carretera y, luego, embarcaría en el ferry hacia Inglaterra. Llegué bien al puerto de donde saldría mi barco. Un barco grande y nuevo, o recién pintado quizás, y que infundía gran confianza. Sin embargo, recordé que en los viajes por mar, santa Marta y san Francisco Javier, eran los santos a los que había que invocar. Sin olvidarme de san Elmo, para que nos librase de las tempestades y, de san Placido y san Juan Nepomuceno para no morir ahogados. Con tan buena compañía, y sin que sucediera nada digno de mención –perdí el alfiler de la corbata, pero recé la oración a san Antonio de Padua y lógicamente lo encontré- llegamos a buen puerto.

Iba yo a hacerme cargo de un pequeño comercio de lanas que una tía mía – Dios la tenga en su gloria- me había dejado en herencia. He de dar gracias a san Benito Arzobispo de Milán, que por su intercesión me hizo ganar un litigio con un dependiente suyo muy aprovechado, digámoslo así, que se quería quedar con todo.

Coloqué en la tienda unas estampitas de san Severo, protector de los curtidores y cardadores de lana, y otra de san Onofre, patrón de los tejedores, para que me dieran buena suerte. Así comencé un negocio del que nada conocía, únicamente apoyado por mi fe en san Francisco de Asís, protector de los comerciantes, y en unos dependientes que se me declararon fieles.

Poco a poco, y a pesar del idioma, bendecido por santa Rita de Casia, a la que a menudo invocaba como protectora de los casos imposibles, me fui haciendo con el intríngulis del negocio. Tan bien me marchaban las cosas, que decidí casarme. Buscaría una mujer buena y hacendosa y que por intermedio de san Francisco de Paula, nos concediese Dios la gracia de la fecundidad para tener hijos fuertes y sanos. Gracias a santa Ana, madre de María, serían felices los partos y posiblemente también, numerosos.

Con permiso de sus padres, corteje a una linda muchacha que con su madre acudía a la tienda y tras seis meses de noviazgo, nos casamos. Pedí yo la intercesión de las santas Francisca, Mónica, Perpetua, Felicitas y Sinforosa, protectoras de las mujeres casadas.

Mas, algo raro debió de suceder, a los tres meses de casados y apenas consumado cuatro o cinco veces el matrimonio, ésa pérfida mujer, hija de la gran puta, calentorra vaginal, ninfómana de oficio, se largó con el vecino dejándome sin dinero y con mi honor mancillado.

fin.

2 comentarios:

vazquez74 dijo...

Muy divertido. Seguramente el matrimonio se fue al garete por intercesión de Santa María Magdalena, o con mayor seguridad, de Santa María Egipciaca, patrona de las mujeres descarriadas.
Si es que hay Santos para todo, aunque luego, para encontrar uno en la vida real. Y de Vírgenes ya no digo nada.
Saludos.

Alfredo dijo...

Este cuento tiene una estructura similar a la de “consejas”. En ambos lo único que hice fue unir una serie de nombres, con una pequeña trama.
Sobre María de Magdala no sé que pensar después de haber visto la peli “Mileniun”, creo que fue ésta, donde se trata de demostrar que ella era la esposa de Jesus. No lo recuerdo bien y tal vez esté equivocado.
Salu2.