lunes, 20 de septiembre de 2010

EL GANSTER

Sentado en la terraza del café, saboreaba un gintonic. Traje claro, camisa negra donde resaltaban los nacarados botones cuando la corbata, sin pasador, se mecía por efecto de algún movimiento. En sus manos cuidadas y enjoyadas, el periódico doblado y redoblado para de cómoda manera leer solo un par de columnas. Las piernas cruzadas dejaban ver unos calcetines a juego con la camisa, allí donde los botines de piel de becerro lo permitían. Sombrero panamá, que de vez en cuando, posaba sobre la silla contigua, para alisarse unos cabellos oscuros con hebras canas.

Parecía un indiano, o quizá un gángster americano de los años cuarenta. Dupont de oro sobre los cigarrillos egipcios de papel de variados colores y que antes de fumar golpeaba contra este a la antigua usanza. Rolex del mismo material a la muñeca. Aire entre indolente e interesante, seguro que todo ficticio y con ánimo de atraer la atención. En ocasiones sacaba del bolsillo interior de la chaqueta agenda y pluma estilográfica y garabateaba algo que parecía haber descubierto en el diario.

Su forma de actuar, y aquellas fechas, eran tan propicias para sus propósitos, que dieron el resultado apetecido.

En una mesa no muy lejana, dos señoras maduras se fijaban en él sin recato alguno y cuchicheaban. De pronto, una de ellas, se levantó, dejó el bolso sobre la silla, y con paso decidido, se dirigió hacia él.

-Buenas tardes, perdone la molestia... Es que mi amiga y yo, estábamos comentando si usted será escritor. Con esto de la Semana Negra... Es que somos muy aficionadas a estas cosas del cine y de las novelas y... nos tiene intrigadas. Yo apuesto que sé quién es. ¿Será por casualidad el señor Montalbán?

El hombre había hecho ademán de levantarse y dirigió su mano al sombrero en señal de saludo, pero tanta verborrea casi le frena. Acabó de izarse y se pudo comprobar que el parecido brillaba por su ausencia. Casi un metro noventa, delgado, sin gafas, unos treinta años...

- Buenas tardes señora. Solo ha acertado usted a medias. Soy escritor, pero no soy la persona que indica... Mi nombre es Ricardo de Alvear y Motilla del Palancar a su disposición.

- ¡Ya decía yo! El señor Motilla del Palancar. Es conocidísimo. Perdone el lapsus...

- Por Dios señora, no se disculpe...

- Me presentaré, soy la señora viuda de don José de la Mata, que fue ilustre banquero de esta plaza. Si me lo permite le presentaré a mi amiga... Marta ven...

- Por favor, háganme el honor de sentarse a mi mesa.

Miró hacia la puerta de la cafetería donde el camarero servilleta al brazo esperaba la más mínima indicación y le hizo una seña.

- Señor...

- Haga el favor de traer las consumiciones de las señoras a esta mesa o de servirles lo que deseen.

Dialogaron durante un buen rato, donde se puso de manifiesto que las citadas señoras, de literatura, ya fuera del género policíaco o de cualquiera otro, estaban pez. Nuestro querido amigo, notó en ellas solo un afán esnobista y de querer aparentar. El novelista dejó caer varios nombres de autores conocidos mezclados con otros, como el suyo propio, sacados de pueblos más o menos conocidos, y a todos dijeron conocer, literalmente, claro, aunque sólo existieran imaginariamente.

Las dos mujeres parecían un buen bocado, listas para ser desposeídas de lo que más se vanagloriaban continuamente: su dinero. Tanto el uno como las otras, estaban deseosos de continuar con aquella naciente amistad, aunque, a lo que se veía, con distintos fines. Acordaron celebrar una pequeña reunión, una cena seguida de coloquio.
- El viernes, dijo el escritor, es un día que me viene muy bien, si no tienen otro inconveniente.

- Por nosotras encantadas. Sólo existe el problema que por ser fin de semana, nuestras amistades suelen ir al campo. Seremos únicamente el matrimonio Ripoll y yo. Si usted, Ricardo, pudiese traer a alguien...

- Tengo un amigo, un poco loco, como todos los pintores vanguardistas, que puede acompañarme. Pero es de conversación amena y muy psicólogo. Si ustedes me lo permiten, lo llevaré.


Si la tarjeta de visita, hecha para la ocasión, de uno decía simplemente:

Ricardo de Alvear y Motilla del Palancar

Novelista

la del otro rezaba:

Calixto de la Sierpe Operándoniz

(CASIOPE) Pintor y Escultor

Licenciado en artes varias por la Universidad de la Vida.

El tal Calixto, aparentaba tener poco más o menos la edad de su amigo, sin embargo, mirándolo detenidamente, se veía que era mayor. Él a la moda, negro y ancho traje, la blanca camisa sin cuello, las oscuras gafas de sol que ocultaban sus ojos y aquella coleta en su pajizo pelo, parecían darle un tono juvenil que en realidad no poseía. De pequeña estatura y movimientos nerviosos, siempre gesticulantes, no reflejaba tampoco la realidad de su persona. Era frío, calculador y muy tranquilo. Era la mente lúcida. La que maquinaba los planes.

- Ricardo, tenemos que hacer un plan distinto en esta ocasión. Si tan engreídas son como dices, las limpiaremos y punto. No les vendrá mal una cura de humildad.

- Ten en cuenta, Román, perdona Calixto, que son gente conocida y que no se van conformar. Lo pregonarán a los cuatro vientos y nos echarán detrás toda la policía de la ciudad.

- ¿Estás seguro? Después de haber estado tirándose el pegote con sus amistades, ¿no les dará en cara y callarán?

- Es un riesgo que no quiero correr. No hasta que tú las conozcas.

- Bien, después de la cena llegaremos a una conclusión.

Los dos amigos llegaron a la casa justo a la hora en que habían quedado citados. El piso, un dúplex en pleno centro, era de los antiguos. Altos techos adornados con escayola de filigrana muy barroca, muebles de estilo, pisos de madera y mármol, estancias empapeladas con papel pintado a mano, en fin, la decoración era sin duda de la misma fecha que la construcción. No por eso dejaba de ser funcional y aunque todo llamaba a otra época, el televisor y la torre musical también estaban presentes.

La primera sorpresa la recibieron una vez hubieron llamado al timbre. Esperaban sin duda que alguien del servicio les franquease el paso, pero no el clásico mayordomo de punta en blanco.

- Sin duda son las personas que los señores están esperando...

- Así es. Haga el favor de anunciarnos.

- Soy el mayordomo, Simeón, a su servicio señores. Si me permite el sombrero... gracias. Tengan la amabilidad de pasar por aquí.. Del amplio recibidor, profusamente recargado de cuadros de veleros y vapores, pasaron a un saloncito. Los anfitriones ya se levantaban a recibirlos. Dejaron las copas que sostenían en una mesita de cerezo y mármol, sobre la cual reposaba la maqueta de una goleta, y tendieron sus manos hacia los recién llegados.

- Buenas noches señor Alvear...

- Buenas noches señoras, y por favor, llámenme Ricardo. Les presento a mi amigo Calixto, mas conocido en el mundo artístico por Casiope.

- La señora viuda de la Mata... la señora de Ripoll...

- Encantada... Mucho placer... aquí mi marido... Fernando Ripoll.. es médico y director de la asociación " Médicos más allá de todas las Fronteras habidas "

-¿Se sientan, por favor?... ¿que desean tomar?

Hechas las presentaciones, consumidos unos cócteles, y tratándose ya como viejos conocidos, pasaron al salón. En la ovalada mesa estaba dispuesta una vajilla de Sevres, cubertería en plata maciza con empuñadura ribeteada en oro, y cristalería de Bohemia sobre mantelería holandesa. Nada se escapó al ojo de Calixto. Los candelabros también de plata, las miniaturas de las paredes en tablas policromas, el marfil y el jade de la vitrina... Aquella casa sin duda era poseedora de tesoros de un valor que sus dueños no parecían apreciar demasiado. No podía explicarse otra cosa. La alarma situada junto a la puerta de entrada era simple y de un modelo pasado. Cierto es que esa puerta era el único punto débil y estaba protegido, y que a los altos balcones, era imposible acceder sin ser vistos o provocar sospecha. pero, tanta facilidad, tanta simpleza en la dueña, causó recelo en Calixto, que, cogiendo una figurilla del aparador, admiró y encomió su belleza, a la par que dándole vuelta, observó la numeración de su base. No cabía duda. La sospecha se esfumó. Podían haber sido imitaciones, pero la catalogación de que habían sido objeto las piezas, daba buena fe de su autenticidad.

La cena transcurrió de forma amena y el don de gentes de Ricardo embelesó a las señoras que no hacían sino contemplarle y babear de gozo. Por contra, el señor Ripoll tenía harto a Calixto con su humanitaria labor. No pudo representar su papel de artista moderno y extrovertido, aunque a decir verdad tampoco le importó mucho. Su mente estaba buscando la forma de cambiar aquellos tesoros por dinero contante y sonante.

Cuando las cinco personas, pasaron a tomar el café y los licores, la señora de Ripoll recriminó a su marido:

- ¡Vamos, Fernando, solo faltaría ahora, que les quisieses sacar los cuartos a estos señores!

Aquello provocó un debate entre marido, mujer y amiga, que dejaron un poco sorprendidos a los dos invitados.

- Perdona mujer, pero ya sabes que cuando trato de este tema, me exalto. Un fin tan humanitario, tan filantrópico no se puede resumir en dos palabras. En cuanto a que estos dos insignes artistas, contribuyan a la causa, no es sacarles los cuartos; el reclamar su contribución, si la hubiera, libre y voluntaria por supuesto, es un deber que con todo el mundo me exijo.

- Marta, tu esposo dignifica su profesión con su trabajo, pero además la ennoblece como presidente de la asociación que preside, y no debes de recriminarle que busque los cauces para ayudar a tanto ser oprimido.

- Yo entiendo, que sacar a colación un tema como ese, con alguien a quien acabas de conocer...

- ¡Acaso no recuerdas, que el embajador de Dinamarca contribuyó con diez mil dólares y sólo lo vio en aquel cóctel

- Es cierto, pero...

- ¡Y aquél futbolista! No sólo fue su donación, consiguió con su ejemplo que todo el equipo lo hiciera..

- De todos modos, te has anticipado mucho querida. Aún no he requerido de estos caballeros óbolo alguno, lo cual no quiere decir, que no lo tuviese en mente.

- ¡Fernando, por favor! ¡Sé más sutil!

- Señoras mías, querido Fernando; dejen esta discusión. Nosotros, o yo al menos por mi parte, estoy plenamente de acuerdo en que cualquier método es bueno con tal de conseguir un buen fin. Es decir: El fin justifica los medios... en casi todas las ocasiones. Esta es una de ellas, le parece bien que le extienda un cheque por valor de... ¿cien mil pesetas?. Mañana les entregaré además un lienzo mío para que lo puedan subastar. Espero que con él, esté más o menos a la altura del donativo del señor embajador de Dinamarca. Sólo una condición les tengo que poner; a todos los artistas nos chifla y nos asusta a la vez la publicidad, y supongo que usted ya tendría previsto mencionar el hecho a la prensa. Por favor, no lo haga público hasta que nos hayamos marchado.

- Yo por mi parte, puedo contribuir a esa subasta con el objeto más preciado que poseo. Mi estilográfica. Ella ha escrito mis obras de mayor éxito, aunque eso no signifique que sea rico. No obstante, le firmaré un talón por cincuenta mil pesetillas.

Al salir de la casa, los dos amigos llevaban un humor de perros. No era para menos; fueron por lana y salieron trasquilados

- ¡Maldita sea!. Este estúpido con su aire de filántropo trasnochado me ha dado la tabarra de tal forma, que el lenguado se me ha agriado en él estomago. Tenemos que actuar rápidamente, lo más sencillo es ceñirnos al plan inicial.

- Menudo lío tenemos montado. ¿Cómo fuiste tan generoso y de dónde vamos a sacar un cuadro para mañana?

- No hay ningún lío. Hemos quedado para almorzar a las dos. Tenemos tiempo suficiente. Lo primero será comprar algunos bártulos de pintar y una lámina que cambiaremos por la que hay en mi cuarto del hotel. Lo refirmaré y asunto concluido. Siendo día libre del servicio, llevaremos dos bolsas cada uno a la casa, las rellenaremos con lo más valioso y nos largaremos. Si algo saliese mal, acudiremos a la comida portando nuestro cuadro. Allí veremos la forma de actuar. Los cheques no pueden cobrarlos hasta el lunes y por tanto no sabrán que son falsos. Hay dos días de margen.

- Perdona Román, pero no tengo nada claro el asunto. Esto no es lo que habíamos planeado al venir aquí.

- ¿Es que acaso vamos a cejar en nuestro empeño porque se tuerzan algo las cosas? ¡Nunca lo hemos hecho!

- Lo nuestro son los timos, no los robos. Somos, o creía ser más fino que un vulgar ratero.

- ¿Cómo vulgar ratero?. En todo caso... de guante blanco. Sin intimidación, con astucia. Deja tus temores, piensa en todo lo que hay en esa casa, y en lo que debe de contener el joyero y la caja fuerte.

El portero, subido a una pequeña escalera, frotaba con un paño esparciendo por los cristales de su habitáculo el lechoso liquido de limpieza. De espaldas a la puerta, no vio las dos figuras que con paso rápido se introdujeron en el ascensor. Llegados ante la puerta, uno e ellos tocó el timbre; era la comprobación de que el inmueble estaba vacío. Después desconectarían la alarma, con la ganzúa abrirían la puerta y pasarían al interior. Más la sorpresa se vio reflejada en sus rostros; la puerta se abrió y Simeón apareció en el quicio.

Por la amplia escalera de madera, bajaba una joven que de una traílla llevaba un perro. Todos coincidieron en el rellano en el mismo momento; Calixto, Ricardo, Simeón, joven y chucho.

- Buenos días, ¿Qué desean?

- ¿Ya han salido los señores de Ripoll?

- Perdonen los señores, pero están equivocados. Aquí viven los señores de Bonet. Deben de estar confundidos.

- ¿Cómo dice?

La chica tiraba del perro que en esos momentos olfateaba a Ricardo, saludó, y continuó su camino entre curiosa e intrigada.

- ¿Acaso no nos recuerda? Estuvimos anoche...

El hombre no le dejó terminar la frase. Se le veía nervioso mirando de reojo a las escaleras por donde ya desaparecía la vecina. Hizo ademán de cerrar la puerta a la vez que alzando la voz decía...

- Lo siento mucho, pero esta no es la casa que dicen, ni yo les conozco.

Ricardo llevándose la mano a la sobaquera y en tono amenazador dijo...

- Déjanos pasar inmediatamente o te descerrajo un tiro. Nos vas a explicar ahora mismo ese cuento de que esta no es la casa que buscamos y el de que no nos conoces.

Una vez en el interior, y a puerta cerrada, el asustado criado comenzó a balbucir...

- Perdonen los señores... pero lo que les digo es cierto. Esta casa pertenece a los señores de Bonet. El señor es el dueño de la Compañía Consignataria de Buques Bonet y Cía.

- Entonces, ¿quiénes son las personas que anoche nos invitaron?

- Son familiares...

- ¿Qué clase de familiares?

- Lejanos...

- ¡Explícate mejor o no doy cuenta de mí!

- Por favor, no se pongan nerviosos. Yo les explicaré. Llevo al servicio de esta casa muchos años. Entré a formar parte de la compañía, en un barco del que fui desde cocinero a mayordomo. Por vicisitudes de la vida, cometí algunos errores de los que las personas que ayer les citaron, poseen las pruebas. Si llegasen a conocimiento del señor Bonet, supondría mi despido automático y tal vez la cárcel. Soy demasiado mayor para ello. Estas personas me chantajean. Por otro lado no es un chantaje difícil de soportar. Solamente me exigen que un par de veces al año les abra la casa y dé una cena, Invariablemente ocurre siempre en verano, cuando los señores están de vacaciones. No sé nada más, ni quiero saberlo, aunque supongo los resultados.

- ¿Cuales fueron los errores de los que hablas?

- Bueno... algo de contrabando...

- Eso todos los marinos lo hacen; tuvo que haber algo más.

- Sisaba en los gastos de cocina, sobre todo en el aceite.

¡Pues tuvo que ser gordo para que te acojones!

- Bastante...

¡Así que eso es todo!. ¡Los muy caraduras utilizan esta casa como tapadera para desplumar incautos!

- ¡Y esta vez hemos sido nosotros !

- Pero, ¿y la gente, no vuelve por aquí a reclamar?

- Hasta ahora nadie lo ha hecho.

- ¿Cómo van a reclamar lo que voluntariamente dieron?.¡Hay que cambiar los planes!. Simeón, sírvenos unos aperitivos mientras doy vueltas a algo que se me está ocurriendo.

- ¿Qué tienes en mente Calixto?

- La forma de recuperar como tú quieres, nuestros cheques y otro tanto más. Pero necesitaremos la colaboración del criado. Simeón, llama al restaurante donde hemos quedado citados con esos señores de pega, y diles que nosotros no podemos ir. Que tenemos un deber de carácter inexcusable, y que nos perdonen. Diles también, que les estaríamos muy agradecidos si mañana nos invitasen a tomar el té, y que a ellos también les será provechoso.

El mayordomo se comprometió en el plan y cumplió a la perfección con la parte que Román le preparó para la jornada siguiente.

El domingo a la hora prevista, llegaron los dos amigos. Después de los saludos de rigor, Román entregó el cuadro prometido que fue admirado por todos y pasó a tratar el asunto primordial de aquella reunión

- Señores, por la cantidad de obras de arte que hay en esta casa, no podemos menos que ofrecerles una pieza valiosísima que una amiga nuestra posee y de la que ha de desprenderse por hallarse en un apuro. Este vaso etrusco en terracota, lo valora en mucho más de lo que lo vende, pero la necesidad es grande. Cinco millones es su precio por tratarse de ustedes.

Cuando Simeón, que estaba sirviendo el té, vio la figura, llamó aparte a la señora.

- Señora, ¿Tendría la amabilidad de venir un momento?

Ella salió intrigada. El mayordomo la llevó a una sala cuya puerta estaba cerrada con llave. Pasaron al interior donde todo eran vitrinas con figurillas. En una de ellas, dos vasos casi iguales a los que el pintor les estaba mostrando. De un cajoncito, Simeón sacó una carpetilla y mostró unas fotografías a la mujer.

- ¿Te das cuenta de lo que traen estos hombres?

Bajo una de las fotos, había una nota escrita a máquina que rezaba..."Vaso Etrusco del siglo VII antes de Cristo. Forma parte de un conjunto de tres, hallados en la tumba de los Augures en Tarquinia. Como pieza independiente, al igual que las otras dos, no supera el valor de los cincuenta mil dólares. Como conjunto, su valor de cotización se multiplica por veinte. Es decir, los tres vasos juntos, alcanzarían un valor de más de un millón de dólares." "Este vaso se cree está en poder del millonario americano Ernest Hemingway de California, que hace unos años ofreció comprar los otros dos de las fotos anejas"

- ¡Es el vaso que falta en esta vitrina! ¡Hay que comprarlo! Dijo Simeón.

-Espera un poco, llama a Fernando y que él decida.

Dejaron solos a los invitados y todos juntos trataron de comprobar si la pieza era auténtica. El único que tenía idea de arte, era el mayordomo por estar rodeado de él.

- ¡Esta pieza es auténtica! Si es cierto lo que dice esta nota, y el señor no se equivoca nunca, tenemos en la mano... ¡cien millones de pesetas!

Los ojos de los tres compinches relumbraron de avaricia, más solo fue un instante. El criado, que esperaba estas reacciones, los encauzó debidamente, y como pensando en voz alta dijo..

- Es una pena no tener un horno...

Fernando la cogió al vuelo.

- Por ese dinero, podemos dar el cambiazo. Conozco un alfarero que con estas fotos nos fabrica las piezas. Las dejamos aquí, buscamos al americano y con la pasta nos largamos a las Bermudas. Cuando se quieran dar cuenta ya hemos volado.

Volvieron con los artistas, y con sonrisa meliflua, trataron de rebajar el precio.

- La pieza es una maravilla, pero el precio es excesivo para una viuda como yo...

- Tenga en cuenta señora mía, que su valor es mucho más elevado y que además hace un favor a la persona que lo necesita...

- Bueno, de acuerdo. No está bien regatear entre amigos. Cerraremos el trato. ¿Cómo desean cobrar?

- Eso, al igual que el precio, no lo fijamos nosotros; la dueña desea la operación al contado.

- ¡Que barbaridad! Huy, perdonen. Quiero decir, que esa cantidad nadie la tiene disponible en casa.

- Lo suponemos. Pero algo pueden dar a cuenta, y mañana cuando abran el banco, el resto.

- Es que la señal no rebasará las cinco o diez mil pesetas, será todo lo que hay en casa... y eso supongo que no es suficiente...

- Oye, terció Fernando, ¿y por qué no les devuelvo los talones que me dieron ayer? Aún los llevo en la cartera. Eso serviría de fianza. Mañana les das el resto, y a mí el importe de los cheques.

- Por nosotros no hay inconveniente, al fin y al cabo ese dinero ya no era nuestro.

- ¿De acuerdo pues todos?

- De acuerdo.

El lunes a primera hora, Simeón con un negro maletín de cuero en la mano, acompañaba a la señora viuda de la Mata. Lo abrió mostrando el dinero y lo entregó a los dos amigos, se despidieron y cada uno por su lado se fue a sus quehaceres.

La pieza volvió a la vitrina de donde Simeón la había sacado para la ocasión.

El alfarero construyó tres vasos que el mayordomo encargó guiándose por las fotografías que Calixto y Ricardo habían hecho.

Simeón destruyó las fotos y la nota preparada para la ocasión. Para quedar a cubierto con su amo, había simulado el cambio de las auténticas por las falsas. Aunque las primeras, ni eran Etruscas ni del siglo VII a.c. Sólo eran porcelana Vienesa. Valor; unas cien mil pesetas.

La viuda y sus dos compinches, creyendo poseer un tesoro, quisieron dejar sin su parte a Simeón y no volvieron a aparecer jamás por la casa. Como era lógico, no fueron capaces de contactar con el tal Ernest Hemingway, y por consiguiente, no pudieron vender su tesoro. No osaron tampoco venderlo en terreno nacional por temor a descubrir el pastel. Si la falsedad de las piezas que creían haber dejado en casa del consignatario, llegaba a descubrirse algún día, el criado cargaría con la culpa.

Para entonces los dos timadores se habían marchado con cuatro millones, dejando el resto para Simeón, producto del golpe.

Los timadores filántropos timados, quedaron pues, con tres vasos de cerámica asturiana que pagaron... pero que muy caros

fin.

No hay comentarios: