viernes, 17 de septiembre de 2010

El tunel.

Sentado sobre la tupida y alta hierba del prado, mordisqueaba una hoja de verde laurel. De vez en cuando, escupía aquel fuerte sabor mientras mis ojos vagaban por el paisaje. Allá en el fondo, el río de negras aguas bajaba a encontrarse mansamente con el mar. Un mar seguramente lejano tras aquellas montañas ya viejas y desgastadas por el viento.

Sonidos esporádicos llegaban a mis oídos y yo los iba identificando aún sin ver lo que los producía; el suave y amortiguado traqueteo de los vagones arrastrados por la pequeña locomotora, y que pronto aparecerían ante mi vista cargados de carbón; la descarga de la batería de cok sobre el carro y el posterior enfriamiento del mineral; la blanca columna de vapor, producida por el agua, en contacto con el incandescente material, se elevaría al cielo a continuación. De vez en cuando el silbido de una maquina haciendo maniobras y algún que otro topetazo. Más cerca, la esquila de las vacas pastando y el canto de un malvís.

El prado donde me encontraba, estaba a medio camino entre la cima del monte y el tortuoso valle por el que transcurría el río. Desde aquí, una pronunciada pendiente se iba suavizando hasta el punto de formar un llano, que de repente, caía verticalmente en el ancho cauce.

Los laureles y algún que otro castaño bordeaban la pradera a mi izquierda, impidiéndome ver las casas de la aldea, y más allá, en el fondo, la fábrica. A la derecha, zarzas y una pequeña portilla eran la frontera con un camino. Por arriba, de donde yo holgazaneaba, la carretera hería con su cortada al monte y delimitaba el prado.

Al otro lado del río, dos vías férreas serpenteaban con él a la falda de los montes. Una, vía estrecha para los trenillos de las minas. La otra, vía más ancha, más señorial, como debe de corresponder a los ferrocarriles nacionales. Mientras la primera buscaba el mar con el río, la segunda lo atravesaba por un alto y largo puente de hierro. A cada lado de este, las negras bocas de dos túneles parecían querer tragarlo.

Me cogí de las manos, apoyé los codos en las rodillas, alcé el dedo pulgar de una de ellas, y guiñando un ojo, comencé a contar las vagonetas de carbón que arrastraba una maquinilla; diecisiete, dieciocho, decía yo en voz alta, cuando los gritos de Manolín me distrajeron.

- ¡Aquí, aquí está!

Dijo a alguien a quien no podía ver, a la par que se aupaba para saltar la roja y blanca alambrada que bordeaba la carretera. Ya saltaba el poco más del metro que ésta levantaba sobre el arcén, cuando Paco y Fermín aparecieron arriba.

- ¿Que hacemos?

Dijo uno, cuando ya todos estábamos reunidos.

- Vamos hasta la Fuensanta.

- ¿Y por que no nos atrevemos hoy?

- ¿Que hora es?

- Serán las cuatro. Cogemos la merienda y nos vamos. Tenemos tiempo de sobra.

- Mejor otro día. Yo hoy no voy. Es tarde. ¡Vamos hasta la Fuensanta!

- De tarde nada. Mira, en media hora estamos en el puente. Lo pasamos, y luego el túnel. Como hay que ir corriendo, en diez minutos está.

- ¡No te rajes Paco!

- ¿Y quien sabe los trenes que pasarán?

- De tarde solo pasa el correo, y ese, antes de que lleguemos allí ya pasó; luego, hasta la noche, no vendrá el rápido.

- ¡ Venga, vamos ! ¡ No seas caguica !

- Tenemos que ir todos. Si alguien se queda, corremos el riesgo de que le pregunten por los demás y cante. ¡Además, ya sabes que hay que ser pares!

- Bueno... Vale. Vamos a por la merienda y acordaos de coger las cerillas.

Chorizo u onza de chocolate y zoquete de pan, y arrancamos hacia la aventura.

Lo habíamos planeado muchas veces. Por eso, dando grandes mordiscos a los bocadillos, emprendimos el camino sin hablar siquiera. Todos sabíamos la ruta. Subimos por la carretera casi un kilómetro, hasta el camino que la atraviesa para bajar la madera en mulas a la mina. Nos apartamos del asfalto, y por el sendero, llegamos a una pequeña explanada casi toda llena de rollas de eucalipto. El negro agujero de ventilación y asistencia, se presentaba ante nosotros tentador. Ya habíamos explorado muchas veces con anterioridad unos metros de aquella galería, pero nunca nos atrevimos a ir muy adentro por falta de luz. Allí no podíamos jugar con fuego.

- ¡El día que tengamos una lámpara!

- ¡Venga, dejarlo! Hoy vamos a lo que vamos.

De allí a la cabecera del puente, nos llevó más de media hora, y eso que íbamos bajando casi a la carrera. Vimos pasar el tren correo con su flamante máquina eléctrica casi nueva del paquete.

- ¡Ves, el correo! Y además con máquina eléctrica. Así será fácil pasar. No va a haber ni gota de humo.

El puente ya era un reto de por si. No había camino, no había pasillo. Solo las traviesas colocadas sobre el armazón de vigas. Entre ellas, el vacío, y seis u ocho metros más abajo, el agua que mareaba solo de verla. Aquella quietud, aquella pereza con que parecía discurrir visto desde el monte, se convertía aquí en velocidad inusitada. Corriente impetuosa que nos arrastraría si caíamos en ella.

Antes de comenzar, pusimos la oreja sobre los carriles. ! Nada !

- Podemos pasar. No viene ningún tren.

Subimos sobre los rieles. Manolin y yo nos enganchamos por el brazo. Paco y Fermín hicieron lo propio.

- ¡Vamos allá!. ¡Mirad al frente y no resbalar!

Un paso tras otro, despacio primero y luego con confianza, comenzamos a caminar. Ni una palabra hasta que ya estábamos cerca del final. No podíamos perder la concentración y que por una tontería nos fuésemos a las plomizas aguas desde aquella altura.

Atravesamos mejor de lo que esperábamos. Algún titubeo, alguna pequeña parada, pero habíamos pasado. El entrenamiento sobre los estrechos carriles de las vagonetas de la mina, nos había venido muy bien. En el rellano antes del túnel, comenzamos a buscar. Hallamos lo que esperábamos en un rincón; dos gruesos cabos de cuerda embreada. Preparamos un pequeño fuego con algo de hojarasca para encender las antorchas que se resistieron algo a acusa de la humedad. Otra vez oreja a la vía. Ningún ruido. Ninguna vibración. Camino expedito.

El túnel era más corto que el del otro lado. Ciento cincuenta metros o algo más. No podíamos ver la salida por que hacía curva. Sería coser y cantar. Nos emparejamos de nuevo para caminar sobre los rieles pero, optamos por ir en fila india arrimados a la pared. El camino era mejor. Bastantes piedras, pero se sorteaban bien.

El silencio solo era roto por el chisporroteo que de vez en cuando producían las antorchas. En algún lugar, una gotera dejaba oír un acompasado son al caer sobre el charco que ella misma formaba. Nuestras playeras de goma solo producían ruido cuando tropezábamos, a la vez que el que daba el punterazo exclamaba ...

- ¡Caguenla!

Íbamos a buen andar, aunque con el corazón en un puño. Yo abría el paso con una de las luces, Manolín detrás, luego Paco con la otra, y en retaguardia Fermín. A unos treinta metros mi corazón dio un vuelco. Frené en seco del susto. Algo más negro que el túnel se había movido a mi derecha.

- ¿Que pasa? ¿Por que te paras?

- ¿Es que has oído algo?

- ¡No! - Dije, respirando fuerte. ¡Sigamos!

La luz y las sombras me habían jugado una mala pasada. Un par de metros adelante, se abría una especie de trinchera. Un pequeño arco de dos o tres metros de ancho y uno más o menos de fondo. La mala luz, y el movimiento de éstas reflejado en las esquinas, hizo que pensase que algo se movía.

Ya llegábamos a la mitad. Esta vez el refugio que apareció, solo me sorprendió por que estaba cerrado con largos palos de eucalipto. Nos paramos a investigar. Los delgados troncos estaban tan unidos y tan bien atados que no permitían ver el interior. Una pequeña portilla nos franqueó el paso. Junto a la pared, un armazón de estacas sostenía unas tablas a modo de somier y sobre las que había un jergón y unas mantas. Un candil de aceite, un botijo que debía haber sido blanco y unas latas fue lo que vimos de sopetón. Luego, un infiernillo de alcohol y un cazo que se encontraban en un rincón. Algunos chorizos y un poco de panceta colgaban de los palos. Sobre una minúscula repisa, descansaba un gran pan, apenas empezado y que se veía tierno.

Nos miramos con sorpresa. En un instante y sin mediar palabra, dimos media vuelta y emprendimos la huida. Sin duda un asaltador, un ladrón se escondía allí. El famoso sacamantecas. ¡Quien sabe!. Lo cierto es que todos parecíamos haber pensado lo mismo. Nos olvidamos del peligro de los trenes. Solo pensábamos en él ó los, que allí vivían y qué nos podían hacer por haber descubierto su escondrijo.

Vimos luz. Corrimos y ya fuera, arrojamos las antorchas. Como alma que lleva el diablo, no paramos hasta el otro puente, el que sirve de paso para la fábrica desde ese lado del río. Más sosegados ya, comenzamos a subir la cuesta camino de nuestra aldea.

Nos sentamos en las escaleras del pajar de María la Vieja muertos de cansancio,

- ¿Quien vivirá en ese agujero?

- Algún ladrón.

- O algún pobre.

- Tiene que ser un bandido. Un pobre viviría en cualquier cueva de las que tanto abundan, sin ruidos y sin humo. De esto, ni mu. Nadie tiene que saber que hemos estado en el túnel, y menos, lo que vimos.

- ¡Eso! Hasta que averigüemos todo, ni palabra. Hay que hacer un juramento.

- ¡Vale! ¡La mezcla de la saliva!

- Eso para este caso es muy flojo. Ha de ser el de la sangre. El pacto de la sangre es el bueno.

- ¡Vale!; ¡El de la sangre!. ¿Quien tiene un alfiler?

- Yo lo busco.

Así fue. Pinchazo en el dedo índice izquierdo, que baja directo del corazón. Apretón para que la sangre fluya cual menudo rubí. Unión de roja esencia que hade mantener el sagrado vinculo de la lealtad entre amigos.

Durante los días siguientes ayudamos en las labores caseras. Como era verano, fuimos a la hierba. A la hora de la comida, en el mismo prado, nos apartábamos de los demás para fraguar nuestro plan.

- Procurar sonsacar en casa todo lo que podáis sin enseñar la oreja.

- También hay que vigilar. Hay que hacer guardia para ver si somos capaces de descubrirlo.


Un sábado que mi padre libraba de la fábrica, me llevó al cine a la sesión nocturna. Teníamos que andar carretera abajo, tres o cuatro kilómetros hasta llegar a la villa. Varias aldeas como la nuestra, y alguna casa desperdigada, estaban asentadas al borde de la poco transitada calzada.

La película era de gánsters, y a la salida, tomamos algo en el bar de en frente. La noche era ya bien cerrada cuando regresábamos. Comentábamos los lances de los buenos y los malos arropados por la oscuridad y el canto de los sapos, cuando de pronto...

- ¡Alto!. Buenas noches.

Saliendo del quicio de una puerta, una silueta oscura se nos había colocado enfrente. El susto que me llevé, fue mayúsculo.

- Buenas noches. Contestó mi padre.

- ¿De donde vienen?

- Del cine.

- ¿A donde van?

- A casa.

- ¿Donde viven?

- En el Caleyu.

- ¿Me da la documentación? Muy bien. ¿Me haría el favor de firmar? Gracias. Buenas noches.

- Adiós. Buenas noches.

Proseguimos nuestro camino en silencio. La figura del capote verde-oliva y tricornio de charol, fue a reunirse con el compañero que yo adivinaba, más que veía, por la brasa del pitillo. Cuando ya estábamos lejos, mi padre saco el mal humor a relucir.

- ¡Cara duras!. ¡Por no subir más arriba como será su obligación, te meten un susto en mitad del camino!.

- ¿Que pasa?, ¿Por que te ha pedido que firmes, y que hacen ahí?

- Bueno... ellos reciben en el cuartel la orden de ir hasta tal sitio, pero como son muy vagos, o tienen miedo, esperan a que pase alguno de los que más lejos viven, y así no suben. La firma es la justificación.

- ¿A quién pueden tener miedo?

- Hombre... aunque la guerra ya hace casi diez años que acabó, aún quedan algunos en el monte.

- ¿Como que quedan algunos en el monte?

- Si hijo, si. Tu sabes que la guerra es cosa de al menos dos bandos; unos ganan y otros pierden. Los que ganan represalian a los que pierden, si estos han estado significados en algo. Es decir, a los cabecillas, a los importantes o a aquellos que han sido denunciados por algo gordo. Para que no los cojan, muchos se echaron al monte y por eso están los guardias por aquí. Para tratar de cogerlos. Otros no dan por acabada la guerra y continúan luchando a su modo. Pero no tienen futuro. Cuanto más pasa el tiempo, peor. Sin duda la única esperanza que les queda es pasar a Francia. Los hay que esperan, y seguramente tienen, ayuda de fuera. Los restantes aguardan escondidos a ver que es lo que pasa, a que se adormezcan las cosas, o a que cambie el régimen.

Callamos hasta llegar a casa. Yo pensaba en el túnel. Ya sabía a que se debía el jergón de la trinchera del túnel. ¡Uno del maquis!

Al día siguiente me faltó tiempo para contar a mis amigos lo que había sucedido y las sospechas que embargaban mi animo. Decidimos reanudar la vigilancia que teníamos algo abandonada. Aquél mismo día, la suerte nos sonrió sin quererlo. Nuestra vecina Josefa iba a visitar, como todos los domingos, a unos parientes.

Desde nuestra atalaya, la seguimos con la vista sin prestarle demasiada atención. Llevaba una cesta al brazo y una saquilla en la cabeza. Entró en el castañar a la vera del río y por unos instantes la perdimos. Un buen rato más tarde, cuando salió por el otro extremo, Fermín notó algo raro.

- ¡No lleva la saca! ¿Donde la ha dejado?

- ¡Seguro que entre los árboles para que alguien la recoja!

-¡Será para su marido!

- Ese que dicen que murió en la guerra.

- ¿Por que no vamos hasta el castañar?

- ¿Y si hay alguien allí con una pistola y nos larga cuatro tiros?

- ¡Como se va a atrever a hacer ruido de día!

- ¡Venga, vamos!

- ¡De eso nada, yo no voy!

- ¡Paco, siempre estas igual !, ¿ Que nos va a pasar?

- ¿Y si tiene navaja o cuchillo y nos raja? ¡Así no se hace ruido!

- ¡Bueno, yo voy! El que quiera que me siga.

Fuimos todos. El bosquecillo, aunque pequeño, era muy tupido. Las ramas de los castaños formaban una bóveda que casi no dejaba pasar los rayos del sol. La hojarasca y la maleza dificultaban el paso, aunque había claros en algunos sitios. Los pájaros cantaban llamándose unos a otros y los insectos zumbaban al desplazarse. Un grueso tronco estaba caído, y tras él, un hombre con la boina sobre la cara, dormitaba. Quedamos petrificados por unos instantes. Paco estornudó del susto, y el hombre se levantó de un brinco. Su cara de asombro se fue dulcificando. Nosotros le mirábamos con la boca abierta sin acertar a pronunciar palabra. Agarrotados, no podíamos correr como nuestra mente nos ordenaba.

- ¿Que hacéis aquí, chicos?

- Íbamos.. .íbamos...

- ¡A coger pájaros, a coger pájaros!

- ¡Eso, eso. A nidos. Venimos a nidos!

- ¿Estáis solos?

- Si. Estamos solos.

Pasados los primeros momentos, y casi perdidos los recelos por ambas partes, el hombre nos preguntó de donde y de quién éramos. Parecía conocer a nuestras familias, aunque aseguró que venía de la capital. Nos sentamos. Con suavidad sacó del bolsillo del chaleco una navaja. Como un resorte nos pusimos en pié.

- No temáis. No os voy ha hacer nada, dijo agarrando una rama rota y comenzando a pelarla.

Conversamos un rato. El trataba de despistar. Venía en busca de trabajo que estaba muy difícil. Se había enterado de que en la fábrica podían darle alguna cosa. Pero no debíamos comentar con nadie que le habíamos visto, no fuese que otro se enterase y le quitase la plaza. Se lo prometimos, y en prueba de agradecimiento, metiendo la mano en los bolsos de la chaqueta, sacó unas figurillas de animales tallados en madera de cerezo. La disculpa era buena, pero yo no apartaba los ojos de la saca de Josefa.

Se levantó y dispuso a marchar. Nosotros hicimos lo propio por el camino contrario. No llegamos a salir de los árboles. Volvimos sobre nuestros pasos sigilosamente para observar lo que hacía. Con la bolsa a los pies y la boina en una mano, se rascaba el crespo y moreno cabello, no sabiendo sin duda que hacer. Por fin, tomó una decisión. Se dirigió camino de la fábrica. Llegó hasta la linde de los árboles y dando un pequeño rodeo, volvió saliendo por el extremo opuesto camino del puente. Cruzó el claro en un santiamén, y, mirando a todos lados, atravesó el puente con paso rápido y seguro. Pensamos que se internaría en el túnel, más no fue así. Subió por el monte un trecho. Los helechos y las zarzas eran allí muy altos por lo que lo perdimos de vista. Quedamos un rato tendidos entre la vegetación, desilusionados. Cuando después de un tiempo decidimos irnos, Fermín lo vio.

- ¡Ahí baja otra vez!

Efectivamente. El hombre, saliendo de los matorrales, se introdujo rápidamente por la negra abertura. Ya no nos quedó duda. En aquél lugar moraba aquella persona. El porque, había que averiguarlo.

Las indagaciones que llevábamos a cabo en casa, no daban resultado. Era igual que les hablases del maquis, o del marido de Josefa. En seguida se ponían en guardia y te contestaban con evasivas. Por eso decidimos volver a visitar el túnel. Allí averiguaríamos la verdad aunque tuviéramos que enfrentarnos con Damián. Ese era el nombre del marido de la vecina, el que creíamos pertenecía al hombre del túnel y que no habría muerto en la guerra.

Para no cruzar el puente de hierro al estilo funámbulo, fuimos a la inversa; por el que entraban los camiones a la fábrica. Dejamos el pueblo atrás, y luego de caminar largo trecho a la vera de la vía, llegamos al túnel. Encontramos las antorchas que ya habíamos utilizado y les dimos fuego. Como la vez anterior, todo era silencio. Llegamos a la mitad del camino. La trinchera se hallaba vacía.

- ¡Aquí no hay nadie!. Seguro que esto hace tiempo que está abandonado.

- ¡No digas tonterías¡. ¡Este pan es tan fresco como el de la otra vez!

- !Nos habrá oído y se largaría!

- Si. ¿Pero como sabe él que vienes?

- Es fácil. Si ve luz por la derecha, se va por la izquierda.

- La luz no se ve hasta que casi estas aquí. ¿No te das cuenta de que es una curva?

Algo indefinido cruzó por mi mente. Crucé la vía hacia la trinchera opuesta. Alumbré con mi cabo y halle lo que buscaba.

- ¡Mirad! Tiene colocados dos espejos de forma que desde enfrente puede ver lo que ocurre. Lo lógico es que se entre con luz, si vienes por la derecha, ésta se refleja en este espejo, y si vienes por la izquierda, en este otro. Vamos a hacer la prueba.

- ¡Si, si se ve! Ahora pasa al otro lado.

¡Vale, vale, También se ve!

- Eso es lo que hace. Tiene mucha vista. Como hemos venido por el lado de la fábrica, el se fue por el lado del puente. Vamos a apagar las luces y esperar a ver si vuelve.

Nos sentamos en el camastro en la más completa oscuridad. Pasó lo que nos pareció un largo rato. No quitábamos la vista del lugar donde intuíamos los espejos, para ello, la portezuela debía permanecer abierta. Sentimos un ruido lejano. Aguzamos el oído

- ¡Es el tren!

- !Viene el tren!. ¡Quietos todos!

- ¡Cerremos la puerta y esperemos!

- Aquí nada puede sucedernos.

El ruido se fue acercando. Un silbido. La máquina se introducía ya en el túnel.

- ¡Caguenla! ¡Es un mercancías y trae máquina de vapor!. ¡Nos vamos a ahogar con el humo!

Por las estrechas rendijas se veía ya la luz de la locomotora. El chu-chu característico y el traqueteo estaba ya encima nuestro. Una corriente de aire y algo de vapor se coló dentro. El humo, a Dios gracias, se quedó arriba y no llegamos casi a notarlo. El ruido se fue amortiguando y todo volvió a la calma. Abrimos la puerta y salimos a orinar.

- Mejor será que nos vayamos.

- Si, mejor será.

- ¿Por que? ¡Ahora ha de venir! Si el tren ha pasado, creerá que no hay nadie dentro.

- Yo solo espero cinco minutos y si no viene, me largo.

- Vale. Esperemos diez minutos.

No hizo falta esperar tanto. Un tropezón nos indicó que se acercaba. Uno de los espejos brilló durante unos segundos, luego, otra vez. Sin duda tenía una linterna y se alumbraba de trecho en trecho. Con el corazón en un puño, esperamos muy juntos. Ya lo oíamos respirar. De repente, esa respiración cesó. Unos segundos interminables... ¡la puerta!. ¡La habíamos dejado abierta!

Con un ademán rápido, el hombre encendió la linterna dirigiendo la luz dentro del recinto para cegar a quien estuviese allí. Lo consiguió. Nos tapamos los ojos y dimos un grito.

- ¡Condenados pillastres! ¿Que demonios hacéis aquí?

Armándonos de valor, acertamos a balbucir que no temiera nada de nosotros. Que solo queríamos hablar con él. Damián encendió la lámpara de aceite, sacó su navaja y cortó pan. Hecho mano de un rancio queso y nos dio una tajada. Le contamos nuestras sospechas, y él, aseverando, nos confesó por que estaba allí; era un perseguido. Lo habían juzgado en rebeldía y condenado a muerte por que era del socorro rojo. Por que siempre ayudó a los de su partido, a los más necesitados. En el pueblo, casi todos sabían de su existencia aunque la negaban. Le habían hecho funeral y todo, con la idea de que creyeran que estaba muerto, aunque las autoridades dudaban. Nos pidió que nada dijésemos, pues su vida dependía de ello. Confió en nosotros por que conocía a nuestros padres, a nuestras familias. Porque era un hombre bueno.

Nos vimos varias veces más, pero no en el túnel. Por ese lugar no volvimos jamás. Nos veíamos en el castañar, donde nos enseñaba a tallar con la navaja y donde nos contaba cosas de la guerra. Nosotros a cambio, le decíamos como iba la fábrica, hasta donde solía llegar la pareja de la guardia civil, como poco a poco aumentaba el trafico... en fin, hablábamos.

Teníamos entre once y trece años, pero había en el pueblo uno algo mayor, Rubén, que iba a cumplir los diecisiete y que siempre andaba detrás nuestro. No nos gustaba, pues siempre cargaba alguno con las culpas que él tenía, por lo que tratábamos de darle esquinazo. Además, no era nativo. Llegó al pueblo no hacía más de dos años, y su forma de ser, no era como la nuestra. Era envidioso y solo por el hecho de ser mayor se creía con derecho a manejarnos. El era un peligro para nuestra relación con Damián. Teníamos que vigilar muy mucho para que no se enterase de nuestros pasos. Así y todo, no le dejo de extrañar aquella furia que mostrábamos por el arte de la navaja y la madera. Imposible le parecía que alguna de las figuras saliera de nuestras manos. Como más tarde supimos, trató de averiguar de donde las sacábamos. Por eso, nos siguió. Descubrió el lugar de nuestras ocultas citas y el lugar donde Damián se ocultaba. No tardó en correr con el cuento a la guardia civil, y un día, los guió hasta el escondite. En parte fue su perdición y lo pudo haber sido más.

El cabo, comandante de puesto, no creyó mucho lo que aquel rapazuelo le contaba. Sin embargo, no estaría de más ganar honores y quizá un ascenso, si era cierto. Con cuatro de sus números decidió dar una batida. Para dar sensación de confianza, Rubén se internó en el túnel con una linterna. Dos de los guardias quedaron a la boca, el cabo y los otros dos, se adentraron unos quince o veinte metros detrás de Rubén. De pronto el tren apareció. El cabo y los otros dos retrocedieron abalanzándose a al primer refugio. El estruendo del convoy cesó y solo se oyeron los gritos de Rubén aumentados por el eco de la galería. El tren lo había alcanzado. Los guardias se olvidaron a lo que iban. A todo correr trataron de llegar al herido. Sus linternas danzaban arriba y abajo según corrían. Alguno tropezó y cayó cuan largo era, todos quedaron por un instante boquiabiertos cuando vieron que alguien traía en brazos el cuerpo mutilado de Rubén. Lo sacaron del túnel. Ataron garrotes a los muñones bajo las rodillas para que no se desangrara y a todo correr se dirigieron al pueblo. Damián cargó con el cuerpo todo el tiempo. Luego, cuando todo ensangrentado, trató de marcharse de la casa del médico, el cabo dijo...

- Lo siento. Date preso.

Todo el pueblo testificó a su favor en el nuevo juicio que le hicieron. Incluso los guardias que quisieron ascender a su costa. Pudo huir y no lo hizo por ayudar a un semejante. Nadie le libró no obstante de unos años a la sombra. Pero aquellas condenas de muerte injustificadas, se anularon. Poco a poco iban siendo otros tiempos.

Rubén salvó su vida pero no su alma. Los médicos hubieron de cortar más arriba para reparar los desgarros, y se vio condenado a arrastrar su cuerpo sobre un carrillo con ruedas de bolas que empujaba a base de brazos. Vendía lotería por los bares donde siempre tenía el oído presto para recoger cosas que luego denunciaba. Llegó el momento que ni la misma policía le hacía caso. Se dio a la bebida y un mal día su cuerpo apareció destrozado por el tren. No se supo a ciencia cierta si las pequeñas ruedas de su medio de transporte se atoraron en un paso a nivel, o si deliberadamente se arrojó a él. Tenía veintitrés años.

FIN

5 comentarios:

lemaki dijo...

Vaya manera de escribir!! A pesar de la extensión (que no es un inconveniente... pero en parte, no estamos acostumbrados a texto tan amplios), es una lección de historia contemporánea la que nos brindas.

Me ha llamado la atención que fueras con tu padre al cine. Mis padres tienen sesenta y cuatro y sesenta y tres años, respectivamente y no recuerdo que sus padres (mis abuelos) les llevaran a ver una pelídula.

El caso de los maquis, he encontrado "En el bando republicano pronto se toma conciencia de las posibilidades que ofrece una guerra de guerrillas en la retaguardia enemiga. La idea fructifica en la creación, a iniciativa de Juan Negrín, a la sazón jefe del gobierno y ministro de defensa, del XIV Cuerpo de Ejército Guerrillero en octubre de 1937."

Y sobre todo das con el origen de nuestra Guerra Civil: el odio, la envidia y el rencor entre los propios vecinos y personas del mismo pueblo, tal como hizo Rubén, al denunciar al marido de Josefa. Tal vez exista algun tipo de justicia, incluso divina?? es escribir demasiado...

Me agradó mucho tu lectura (siento el retraso...). Un placer pasar por aquí.

saludos.

Alfredo dijo...

lemaki
Yo tengo sesenta y cinco, he ido mucho al cine con mis padres y sobre todo con mi madre a quien encantaba el cine. La última peli que vi con ellos fue "El padre pitillo". Aún iba de pantalón corto y mi madre me puso la rebeca sobre las piernas; la cinta era para mayores.
También iba con mi tío Paco, mi padrino y con el que me sucedió el caso de los guardias, sobre lo que basé mi cuento.
Te estoy muy agradecido por tener la santa paciencia de leerme y estoy contento por que uno de los fines de mis narraciones, es que la gente se sienta interesada y amplíe conocimientos en otras fuentes mas solventes. Tú lo haces, me alegro.
Salu2.

rubo dijo...

Un relato estupendo sobre las experiencias y pequeñas (y grandes) aventuras de la juventud. Me ha gustado mucho, aunque no te perdono que el "malo" se llame Rubén y acabe tan mal...
Eres un gran narrador de historias.
Saludos.

rubo dijo...

Por cierto, tienes unos perrinos muy guapos...

Alfredo dijo...

rubo.
Siento mucho la coincidencia, pero el cuento ya estaba escrito de hace tiempo. Al colgarlo pensé cambiarle de nombre, caí en la cuenta, pero para qué; los que te conocemos por tus escritos sabemos de sobra la abismal diferencia entre ambos.
Te doy las gracias por leerme y ser benevolente conmigo.
Salu2.