miércoles, 29 de septiembre de 2010

Entrar, o no entrar, he ahí el dilema.

El día estaba propicio para una caminata, así que me fui hasta el monte Areo. Ni un alma por el camino, cosa rara pues siempre hay alguien como yo que gusta de la soledad y el gasto de energía. Un prado estaba recién regado con esos orines y excrementos de vaca a los que llaman purin y que perfumaban el ambiente con su olor característico. Pese a la vegetación y los numerosos árboles, no se oía el canto de los pájaros. El ruido, si, de las hojas mecidas por la suave brisa, las tiras de plástico amarradas a las estacas clavadas por los arqueólogos y al fondo, muy al fondo el traqueteo del tren.

Llegué al mirador desde donde se ve casi todo el valle. Unas peñas pintarrajeadas decían de los vándalos que en todas partes abundan y que no sé porque motivo han de dejar su huella seudo- reivindicativa.

Con tanta piedra pensé ¿y si alguna de estas rocas tuviera grabado algún dibujo prehistórico aún sin descubrir?. Difícil era, pero quien sabe. Fui examinando las piedras procurando no dejar ninguna atrás. En un momento dado tuve ganas de orinar y yo tengo la costumbre de hacer como mi perro; él levanta la pata y la apoya contra la tapia, árbol o farola, yo suelo aguantar la pared brazo extendido, palma al frente... por si se cae. No hice más que apoyar la mano, cuando un sonido extraño me hizo dar un salto atrás. La roca, no, la roca no, una parte de la roca comenzó a moverse. De inmediato pensé en un zaratán terreno, cosa nunca vista, pero a medida que aquella pared se movía, mi pensamiento se fue hasta Alí Baba. Ni mucho menos, no había pronunciado el ¡ábrete sésamo! y aquello parecía un vórtice, una puerta a una nueva dimensión, un agujero negro e intrigante con nubes de vapor color pastel. ¡Tal vez si me asomara!. Más temí que al hacerlo me pasara como en aquella película de la mosca -¡que horror! - una cabeza de mosca en cuerpo de hombre y un cuerpo de mosca con cabeza de hombre.

Al igual que Homer Simpson en uno de sus capítulos, metí una mano para probar. Fue un mete y saca rápido, por si acaso, pero nada sucedió. Esta vez la dejé algo más de tiempo, una agradable sensación la recorrió; calidez, frescor, ligereza, suave hormigueo placentero... tal parecía que estuviese acariciando un seno de mujer.
El vórtice se cerraba, ¡aquél era el momento para decidirse! Entrar y ya veremos, o quedarse y continuar con la rutina diaria...

2 comentarios:

lemaki dijo...

Espero que regreso pronto de sus vacaciones Rubo porque decidirme si pasar dentro del remolino o esperar a que el torbellino pase, es una cuestión algo complicada, lo que nos propones en este cuento tan bien descrito y narrado...

Imaginar el inicio de una gran aventura puede ser muy motivante pero supone esfuerzo, entrega, pasión y a determinados momentos del día y sobre todo, a ciertas edades tanto interés y atracción, frenan en seco...

Un excelente relato.

saludos.

Alfredo dijo...

lemaki.
Estoy por apostar medio euro, a que, a pesar de lo ingrata que nos puede parecer a veces la vida, solamente un chalado se arriesgaría. Aunque chalados y visionarios ha habido miles en la historia y a ellos debemos grandes cosas.
Salu2.